La Profesora encontró en su estudiante lo que no le da su marido
Una profesora se deja coger por su alumno, ante su insipida vida sexual con su esposo. .
Soy Mayra, tengo 36 años y soy la profe de literatura de un colegio de pésima reputación en el sur de Bogotá. Soy güeva, alta, con unas tetas grandes y una cadera que se me va para todos lados, así que desde que entré a dar clases no he tenido paz. Los hombrecitos me miran como si estuvieran en una carnicería y sus comentarios son un asco, pero es lo que hay.
Mi marido, Andrés, es un «señor». Un tipo de 55 años, con su empresa, su carro deportivo, sus trajes de marca y su pelo brillante que usa gel. Un pendejo de manual. En la cama es un muerto. No solo tiene una verga que parece un chicle masticado, sino que encima se cree un dios del sexo.
Se sube, hace cuatro movimientos como si estuviera sacudiendo una alfombra, bosteza, eyacula y se da la vuelta a dormir. «Ay, mi amor, qué agotador fue el día», dice. Y yo me quedo ahí, con el chocho caliente y la rabia hasta la garganta. Hace meses que no me viene, ni por asomo. Me masturbo en la ducha pensando en el repartidor de la panadería, en un actor, en lo que sea, menos en él.
Entre mis alumnos, el peor de todos es Kevin. Un chiquito de 16 años, ya casi hombre, con una mirada de perro callejero y una sonrisa de malandra. Es el líder de una pandilla de la clase, siempre se sienta en el fondo, con las piernas abiertas, como si su ingle ocupara todo el espacio.
Me insiste con comentarios cochinos, me silba cuando paso por el pasillo. Un día lo agarré mirándome los pechos mientras le explicaba un poema de Neruda. Se los restregué con la mano y le dije: «¿Qué mirás, pendejo? ¿Te perdiste?». Se rio a carcajadas y sus amigos se joderon. «Qué dura es la profe, ¿vo’ qué, Kevin? ¿Se te para?». Me dio tanta rabia, pero al mismo tiempo, un calor me recorrió el cuerpo. Esa insolencia, esa energía animal… era todo lo que a Andrés le faltaba.
La situación llegó a su punto máximo durante la jornada de la «Semana Cultural». A mí me tocó organizar el stand de literatura, un rollo. Kevin y su cuadrilla tenían que ayudarme a montar y desmontar. El último día, cuando todos se fueron, quedamos solo nosotros dos guardando los libros y los afiches. «Profe, déjeme ayudarla con esas cajas pesadas», me dijo, acercándose demasiado. Su olor a sudor y a colonia barata me mareó. Le dije que no, que yo sola, pero él ya estaba agarrando una caja grande y pesada. Al pasar a mi lado, «accidentalmente» me la rozó contra las tetas.
«¿Vio, profe? Soy más fuerte de lo que parece», susurró, con la cara a centímetros de la mía. Mi corazón se salió por la boca. «Apártate, Kevin», le dije con una voz que no sonó ni convincente ni fuerte. El soltó la caja al suelo, haciendo un ruido sordo, y en un segundo me tuvo contra la pared. «¿O qué me va a hacer, profe? ¿Me va a poner una mala nota?», dijo, riendo. Su mano fue derecha a mi nalga, la apretó con fuerza. «Qué culito tiene la señora profesora». Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro. Sentí cómo se me humedecía el pantalón. Intenté empujarlo, pero era como empujar una pared de ladrillos. «No me jodas, hijueputa», balbuceé, pero mis palabras se perdieron. Él notó mi falsa resistencia. «A la profe le gusta, ¿o no?». Su otra mano subió por mi blusa y me agarró la teta por encima del sostén. Un gemido se me escapó. Me sentía una perra, una sucia profesora dejándose manosear por un alumno menor de edad, pero el nudo en mi estómago era de pura y simple ganas.
Me giró bruscamente, me dobló sobre un escritorio y me subió la falda. «¡Kevin, no, por favor!», grité, pero era un grito débil. Él se rio. «Cállese y reciba lo que necesita». Bajó su pantaloneta y senti el aire caliente de su verga rozándome. No la vi, pero la sentí. Era dura, gruesa, y se movía con una energía que yo no conocía. Me apartó el hilo del calzoncito y sin más aviso me la metió de un solo tirón. «¡Ahhhh, carajo!», grieé. No fue por dolor, fue por la sorpresa. Estaba tan mojada que entró sin problema. Llenó ese vacío que me tenía loca. Empezó a coger, a darle duro, a embestirme contra el escritorio que se movía con cada golpe. Los sonidos de nuestra piel chocando, mis gemidos ahogados y sus jadeos de adolescente llenaron el salón vacío.
«¿Así le gusta a la profe? ¿Así, como no se la mete su marido?», me gritó al oído mientras me jalaba del pelo. Esas palabras me rompieron la moral por completo. Ya no fingí. Me solté, empecé a mover mi culo contra él, a pedirle más. «Sí, pendejo, así, dame verga, no pares». Mis piernas temblaban, sentía cómo el orgasmo se me venía desde adentro, una ola caliente que me recorría toda. «Me voy a venir, hijueputa», gemí. Él aceleró, como un animal, y sentí cómo su verga palpitaba dentro de mí, vaciando todo su semen caliente. Nos quedamos así un momento, jadeando, con mi cuerpo pegado al escritorio y él encima mío.
Se retiró y se acomodó la ropa. Yo me sentía sucia, usada, y más satisfecha que en toda mi vida. Me arreglé el pantalón, la falda, el pelo. «Esto no se lo contás a nadie, ¿oíste?», le dije, tratando de sonar autoritaria. El se rio, con esa sonrisa de malandra que ahora me parecía la cosa más sexy del mundo. «¿Y quién le van a creer a usted, profe? A la que le gusta que se la meta un estudiante en su propio salón». Me dio una palmada en el culo, se fue caminando y me dejó sola. De vuelta a casa, sentía sus mecos chorreándome por las piernas y lo único en lo que podía pensar era en que al día siguiente lo volvería a ver.


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