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Dominación Hombres, Gays

BERGEN

Un niño es enviado a Noruega como aprendiz, pero su adaptación empieza en el trayecto.
El muelle estaba cubierto de barro, sal y gritos de marineros. El viento del mar golpeaba con fuerza un pequeño barco mercante que se preparaba para partir rumbo al norte, hacia Bergen.

Johann tenía once años y los ojos rojos de tanto llorar. Apretaba con fuerza una pequeña bolsa de tela donde llevaba todo lo que poseía.

Frente a él estaba su tío. Un hombre de rostro duro, curtido por años de trabajo.

—Deja de llorar —gruñó.

Johann intentó limpiarse la cara con la manga.

—Yo…

—¿Qué? —interrumpió el hombre—. ¿Vas a volver a llorar otra vez?

El niño bajó la mirada.

—Bien. Porque en Bergen no hay sitio para niños que lloran.

Se giró hacia un marinero de barba oscura y manos como palas que estaba cargando cuerdas en la cubierta del barco.

—¡Eh, Klaus! —gritó.

El marinero levantó la cabeza.

El hombre agarró a Johann por el hombro y prácticamente lo empujó hacia él. Después se inclinó hacia el marinero.

—Empieza a acostumbrarlo al trabajo —dijo con voz seca—. A obedecer sin rechistar.

El marinero Klaus puso una mano pesada sobre el hombro del niño.

—Vamos, cachorro —dijo con una media sonrisa áspera—. El viaje hasta Bergen es largo. Si vas a trabajar con los comerciantes de la Hanseatic League… —añadió el marinero mientras apretaba su hombro— más vale que empieces a endurecerte ahora.

El niño miró por última vez el puerto de Lübeck mientras el barco comenzaba a separarse del muelle. Cuando el barco había dejado atrás el puerto hacía apenas unas horas, Johann escuchó:

—Eh, cachorro.

La voz grave de Klaus lo hizo levantar la cabeza.

—Aquí nadie se sienta todo el día mirando el agua —dijo—. Si vas a trabajar con los comerciantes de la Hanseatic League, más vale que empieces a moverte.

Johann se levantó de inmediato y siguió al marinero.

Klaus señaló una escotilla y le indicó que bajara.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad del habitáculo, vió a Klaus apoyado en la pared aflojándose el pantalón y haciéndole un gesto para que se acercara.

El niño obedeció. Apretó los dientes y caminó.

Klaus lo observaba. Finalmente dijo:

—¡De rodillas!

Johann lo miró sorprendido, pero supo qué hacer. A su corta edad ya sabía las consecuencias de desobedecer a un adulto. Esperó a que el marinero empujara su cabeza hacia la polla palpitante. Abrió la boca y con aprendida maestría lamió y chupó la verga hasta donde pudo. Dejó que el aroma familiar le embriagara y se esmeró, como había aprendido de su propio tío.

Klaus cerró los ojos y dejó que el niño hiciera su trabajo. De vez en cuando resoplaba al sentir como la caliente boca le iba ordeñando. Sólo sujetó la cabeza de Johann para impedir que se apartara mientras le obligaba a tragar su descarga.

—Come… Vas a necesitar fuerzas. El viaje hasta Bergen dura varios días.

Klaus lo observó unos segundos.

—¿Te gusta?

El niño asintió tímidamente.

Por primera vez desde que había dejado el muelle de Lübeck, sentía algo más que miedo.

Klaus señaló un jergón, junto a unas cajas y barriles.

—Te quedas ahí. Si haces eso, muchacho, no tendrás problemas.

Más tarde, otro marinero se acercó mientras Johann intentaba calentarse las manos.

Era un hombre ancho, con barba negra y los ojos brillantes de picardía.

—Eh, muchacho —dijo agachándose un poco—. ¿Tienes hambre?

Johann asintió con cautela.

El marinero sacó su falo de su pantalón y lo agitó delante de él.

—Toma.

Johann no se movió al principio.

El marinero gruñó.

—¿Lo quieres o no?

Johann miró el falo unos segundos. Estaba erecto, tan duro que parecía madera. Se lo llevó a la boca y trató de chupar.
Le costó. No sabía bien. Pronto se acostumbró al sabor y le hizo una mamada larga a pesar del dolor de sus rodillas. Finalmente Johann tragó otro pedazo de lefa. Terminó con el estómago un poco más lleno, se sentía… afortunado.

El día siguiente otro marinero se acercó.

—Ven aquí, chico. Tengo algo caliente.

Johann dudó.

—Vamos, no muerdo.

El niño se acercó un poco.

El marinero lo inclinó sobre una caja de madera, le bajó el calzón, se escupió en la mano… y luego la penetró paulatinamente mientras evitaba que se zafara apoyando una mano en su espalda.

—Demasiado pequeño para esto —dijo riendo—.

Un chillido agudo rompió el silencio.

Unos segundos después, varias caras aparecieron mirando hacia abajo.

—¿Qué demonios pasa ahí abajo? —gritó uno de los marineros.

Otro se inclinó y vio al niño siendo cogido por un compañero .

—¡Mira al cachorro! —dijo riendo—. ¡Le gusta protestar!

Los marineros se miraron.

Uno de ellos bajó por la escalera de la bodega.

— Eres demasiado delicado para esto.

Otro hombre bajó detrás de él.

—Pues habrá que enseñarle a acostumbrarse.

Antes de que Johann pudiera reaccionar, le agarraron por los brazos.

—¡Quieto, cachorro!

—¡No! ¡Por favor!

Uno de ellos sacó una cuerda corta y empezó a atarle las muñecas.

—Relájate —dijo uno—.

Otro sacó un trozo de tela vieja y se la ató sobre la boca.

—Así no gritarás otra vez como una niña.

Lo dejaron atado y amordazado, y esperaron su turno.

Uno de los marineros susurró lascivamente:

—¡El cachorro está aprendiendo a convivir con la tripulación!

Uno tras otro follaron al niño inmovilizado. Los gruñidos y jadeos del marinero apagaban los gritos mudos de Johann.

Para su alivio, cuando se fueron turnando los siguientes marineros, su ano ya se había ensanchado lo suficiente como para sentir cierto placer y resistir mejor las arremetidas, una y otra vez. Notaba como entraban y salían de él sin descanso. Notaba la diferencia de tamaños y formas de follar de cada uno. Oía sus gruñidos. Pasó por el dolor inicial a un placer conocido, para terminar deseando que terminaran rápido; su culito no estaba acostumbrado a recibir tanta verga en tan poco tiempo.

Los marineros no eran crueles con el niño. Solamente estaban concentrados en descargarse, haciendo caso omiso a todo aquello que no fuera su propio placer.

Cuando todo terminó sintió un gran alivio en su culo y muñecas y respiró nuevamente con facilidad. La escotilla volvió a cerrarse parcialmente, dejando entrar solo una franja de luz. Como pudo se subió el pantalón, se acurrucó buscando calor y se durmió.

El viento había aumentado durante la tarde y al anochecer las olas golpeaban el casco del barco y la cubierta estaba húmeda y resbaladiza. Los marineros gritaban órdenes mientras ajustaban las cuerdas.

Johann no se despertó cuando la puerta de la escotilla volvió a abrirse. Tras una luz de aceite de ballena se vislumbraba
una figura alta y ancha que reconoció.

Se agachó junto al niño. No perdió tiempo.

Le quitó rápidamente la ropa y lo cubrió con una manta gruesa desde los hombros hasta los pies.

Klaus frunció el ceño al ver restos de fluidos de sus compañeros por las piernas del niño y sobre el jergón.

Se desnudó, acomodó al niño contra su pecho y lo rodeó con sus brazos grandes.

El calor de su cuerpo empezó a pasar poco a poco al niño.

—Tranquilo, muchacho —murmuró con voz grave—. Respira despacio.

Johann apenas podía hablar. Solo se acurrucó contra el marinero y notó el hierro ardiente del adulto. Intentó alejarse.

Klaus lo sostuvo con firmeza, manteniéndolo pegado a él.

Johann con el corazón latiéndole en la garganta intentó hablar.

—Yo… yo … —balbuceó, pero fue interrumpido.

—¡Cállate! —ordenó con voz dura—. Aquí obedeces. ¿Lo entiendes, mocoso?

Johann se dejó hacer.

—Eso está mejor —dijo, acercándose más—.

Johann se estremeció cuando los dedos del marinero empapados en aceite tocaron su enrojecida y rasgada cueva, pero luego sintió cómo el calor volvía lentamente a su cuerpo. Se dejó hacer.

Klaus apoyó su glande en la entrada cedida y empujo sin prisa, pero sin pausa. Consciente del tamaño de su pene, dijo:

—Muchacho… Esto va a doler un poco.

Johann lo miró con ojos cansados.

—¿Mucho…?

El marinero soltó una pequeña risa.

—Solo al principio.

El hombre sostuvo la pierna del niño con firmeza mientras entraba centímetro a centímetro.

Cuando el glande entró por completo, Johann apretó los dientes y se agarró a la manta.

—Aguanta —dijo el marinero con voz firme—. Solo es el primer momento.

Klaus limpió las lágrimas de Johann con cuidado y susurró al oído:

—Eso es. Si aguantas ahora, luego ya no dolerá tanto.

Johann respiraba rápido, pero no gritó.

El marinero volvió a susurrar.

—Buen chico.

Sacó un pequeño frasco y le dio a oler vapores de beleño.

El escozor fue inmediato. Johann cerró los ojos con fuerza y apretó la manta con ambas manos.

—¡Aguanta! —dijo el marinero—. Es lo peor que vas a sentir.

Un instante después, el ardor empezó a disminuir.

—¿Ves? Ahora el dolor baja.

El marinero dio una palmada firme en la nalga del niño y siguió empujando.

—Y lo agradecerás.

Johann abrió los ojos lentamente.

El dolor ya no era tan agudo. Solo quedaba una sensación caliente en su interior. Los efectos sedantes y narcóticos del beleño permitieron al adulto enterrar por completo su pija y topar con la próstata del niño. El dolor fue inmediato.

—¡Ahh! —gritó Johann, encogiéndose instintivamente.

El abusador se detuvo de inmediato.

—Quieto, muchacho, quieto —dijo, sujetándolo bien.

Johann respiraba rápido, con los ojos apretados. Sus manos se cerraron sobre la tela de la manta mientras el ardor punzante recorría su cuerpo.

—Es normal —gruñó—. La herida está fresca.

Klaus apoyó una mano firme en el hombro del niño.

—Respira —le dijo—. Ya pasó lo peor.

Johann apretó los dientes. El dolor seguía ahí, caliente y profundo, pero trató de controlarlo.

Inspiró despacio.

Luego otra vez.

Poco a poco dejó de temblar.

El marinero soltó una pequeña risa aprobadora.

—Eso está mejor. Tienes más aguante del que parece, cachorro.

El hombre terminó de acomodarlo y empezó un vaivén tranquilo y constante.

—Buen chico —dijo con tono más bajo—. En el mar, si te dejas vencer por el primer dolor, no llegas lejos.

Johann se relajó y se dejo llevar. Sintió lo que nunca antes había sentido. Disfrutó del placer que le regalaba.

El viento frío seguía soplando sobre la cubierta, pero ahora estaba bien cubierto por el cuerpo del marinero.

A lo lejos, el barco continuaba su ruta hacia las casas inclinadas del muelle de Bryggen, en el puerto de Bergen.

Y aunque sus sentidos estuvieran embriagados, Johann sabía que había superado otra prueba más antes siquiera de llegar a tierra.

22 Lecturas/17 marzo, 2026/0 Comentarios/por maroso
Etiquetas: culito, culo, follar, mamada, metro, polla, verga, viaje
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