La hija de mi criada se tragó mis pedos mientras me lamía el culo
Inocente y vestida de conejita, la dulce preescolar es sometida por mí a una nueva e inesperada perversión sexual.
Me quedé en la puerta viendo cómo la camioneta de Elena se perdía en la distancia. El olor a tierra mojada a las afueras del jardín de niños se mezclaba con el perfume barato que siempre usaba. «Serán unas horas, don Gustavo, se lo juro», me había dicho con los ojos rojos de la preocupación. Su madre, la vieja, siempre se ponía mal con los cambios de tiempo. Ahí estaba yo, frente a mi camioneta encendida, con el único problema de quién me prepararía para cenar, mientras ella corría al pueblo a lidiar con una vieja agonizante. Qué jodidamente generoso soy, pensé con una sonrisa.
«¡Gracias don Gustavo!», me gritó Elena desde la ventanilla antes de doblar la esquina. Levanté una mano, un gesto automático. Ni siquiera me había dado cuenta de que Merany seguía ahí, parada junto a mí, mirando cómo el coche de su madre se convertía en un punto minúsculo.
Me giré para mirarla. Ahí estaba la pequeña, mi pequeña conejita. La descripción que me había dado Elena antes de irse al evento se quedó corta. Verla en persona era otra cosa. Mediría apenas un metro, con ese cuerpecito delgado y erguido que parecía hecho para mis manos. Su piel de canela claro brillaba bajo la luz del atardecer. El cabello castaño oscuro, con esos rizos sueltos que le caían sobre los hombros, parecía seda. Pero lo que me hizo tragar saliva fue el disfraz.
Y es que aquella tarde la pequeña acababa de participar en el festival del Día de la Primavera del colegio. Así que fui, y allí estaba, esperándome, con su disfraz de conejita de primavera como si fuera un trofeo que yo había ganado pero que me tocaba llevar a casa. Elena, ilusa, me la entregó con toda confianza mientras se iba a lo de la abuela.
La camiseta blanca de manga larga se le pegaba al torso, marcando cada curva incipiente de su pecho plano. Pero la falda… joder, la falda rosa claro con sus pliegues y tirantes dorados era una obra de arte del deseo. Le llegaba justo a la mitad de los muslos, dejando al descubierto una porción de piel perfecta que se continuaba con esas medias blancas y opacas que cubrían sus piernas delgadas como un segundo cielo. Y las zapatillas rosas con cierre de velcro… un toque de inocencia que me revolvía las entrañas. Su rostro redondeado, con esos ojos grandes y oscuros, me miraba con una confianza absoluta. Un punto rojo en la punta de la nariz, probablemente pintura, la hacía ver aún más juguetona. Las orejas de felpa rosa en su diadema completaban el cuadro. Un disfraz casero, sí, se notaban las arrugas de la tela económica, los pliegues imperfectos, pero eso solo lo hacía más real, más alcanzable.
«No te preocupes, mi pequeña», le dije, arrodillándome a su altura. «Tu mamá regresará pronto. Mientras tanto, te quedas conmigo, ¿vale?».
Ella asintió con la cabeza, su sonrisa mostrando sus dientes de leche. «Sí, don Gustavo».
«Vamos, sube a la camioneta», le dije, abriéndole la puerta del copiloto. Me encantó cómo trepó al asiento, su falda subiendo un poco más y revelando el borde de sus calzoncitos blancos bajo las medias. Me ajusté los pantalones mientras cerraba la puerta y me subía a mi lado. El motor rugió al ponerse en marcha y salimos del jardín, dejando atrás la luz del día para sumergirnos en la carretera.
El silencio en el interior del vehículo era denso, solo roto por el suave murmullo del motor. Merany se había quedado quieta, mirando por la ventanilla la ciudad. Mi mirada, sin embargo, no estaba en el paisaje. Estaba en sus piernas, en la forma en que la falda rosa se adhería a sus muslos delgados. Cada bache en el camino era un regalo, haciendo que la tela se moviera, insinuando lo que había debajo.
Llegamos a un semáforo en rojo. Frené suavemente. Mi mano derecha abandonó el cambio de marchas y se deslizó hacia el asiento de al lado. Mis dedos encontraron la suavidad de su piel, justo encima de la rodilla. La sentí caliente, suave. No reaccionó. No se sobresaltó. Ni siquiera me miró.
Mis dedos comenzaron a moverse, trazando círculos lentos en su piel. Subieron por su muslo, deslizándose bajo el borde de la falda. La tela se sentía áspera contra el dorso de mi mano. Seguía sin moverse. Mi verga se endureció en mis pantalones, una tensión dolorosa y deliciosa. La imagínaba ahí, en mi cama, sin esa falda, sin esas medias. Solo su piel de canela, mi boca recorriendo cada centímetro de su cuerpecito. Quería olerla, lamerla, sentir su pequeño cuerpo temblando bajo el mío.
«Te ves muy bonita con ese disfraz, Merany», susurré, mi voz ronca de deseo. «Eres una conejita muy sexy».
Ella finalmente me miró, sus grandes ojos oscuros sin entender completamente el peso de mis palabras. «¿Qué es sexy, don Gustavo?».
«Es que… eres muy linda», me apresuré a decir, aunque en mi mente la palabra significaba mucho más. Significaba que quería abrirle las piernas y follarla hasta que gritara. Significaba que su boquita, ahora abierta en una pregunta inocente, era perfecta para meterle mi verga hasta el fondo.
El semáforo cambió a verde. Aceleré bruscamente, pero no retiré la mano. La dejé allí, posesiva, quemando su piel con mi deseo. El resto del camino fue un infierno de excitación. Cada segundo que pasaba, más quería llegar a casa, más quería llevar a mi conejita a mi habitación y mostrarle lo que realmente significaba ser «muy bonita».
La camioneta se detuvo frente a la puerta principal. Abrí mi portezuela y luego la suya. Merany saltó al suelo con la agilidad que solo una niña de cuatro años tiene, sus zapatillas rosas haciendo un ruido casi inaudible en la gravilla del camino.
Entramos juntos por el portón. Dentro, se dirigió con paso seguro hacia la pequeña habitación de los sirvientes en la parte trasera de la casa. El lugar donde dormía con su madre. Allí estaba su cama, sus juguetes, su refugio.
«Merany», la llamé, mi voz cortando el aire tranquilo de la noche.
Ella se detuvo, su cuerpecito pequeño e inmóvil bajo la luz del porche. Se giró lentamente, su rostro una máscara de obediencia expectante. No preguntó nada. Simplemente esperó.
«Ven conmigo», le ordené, abriendo la puerta principal de la casa.
La seguí con la mirada mientras entraba. La vi pasar por la sala, su silueta diminuta contrastando con los muebles. Mis pensamientos se retrotrajeron, como siempre hacían cuando la tenía cerca. Recordé cuando tenía apenas tres años, cómo solía buscarla en el jardín. Cómo al principio eran solo juegos, carreras, cosquillas. Pero pronto los juegos cambiaron. Recuerdo el día que la senté en mis rodillas y le dije que éramos novios, un secreto solo para nosotros dos. Ella, con su cabeza llena de cuentos de hadas, había aceptado con una sonrisa.
Recuerdo la primera vez, vívidamente. Elena estaba en el lavadero detrás de la casa, haciendo ruido con la lavadora y cantando una canción del radio. Yo llevé a Merany al pequeño cuarto de almacenamiento, la senté sobre unos colchones viejos. Le bajé el pantalón y miré sus calzoncitos de flores. Su colita era diminuta, perfecta. Le dije que fuera una chica buena y mamara mi verga. Ella titubeó, con sus ojitos grandes fijos en mi miembro erecto. La guíe, le enseñé a abrir su boquita, a pasar su lengua por la cabeza. Sentí su calidez húmeda y su torpeza infantil mientras me la chupaba, y cuando me vine, le dije que se lo tragara todo, que era la leche de los novios. Y ella lo hizo, tosiendo un poco, con un hilito de mi semen blanco y brillante colgando de su barbilla.
Desde ese día, se convirtió en mi juguete personal. Docenas de veces. En mi coche, en el baño de invitados, en mi propio despacho. La había follado, sintiendo su cuerpecito tenso bajo el mío, sus pequeños gemidos ahogados en mi almohada. Le había hecho mamar verga hasta que su mandíbula le dolía, le había hecho tomar mi semen como si fuera un dulce, y ella siempre lo hizo con esa misma resignación silenciosa.
Pero esta tarde … esta tarde era diferente. El disfraz de conejita, la falda, las orejas… había despertado en mí una voracidad que no sentía desde la primera vez. Ya no bastaba con un rápido encuentro en un cuarto oscuro. Quería poseerla por completo.
La alcancé en el pasillo que conducía a mi habitación. No dijo nada cuando mi mano se enredó en su pelo castaño rizado. La tiré suavemente hacia mí, no con fuerza, pero con una autoridad que ella reconocía instantáneamente. La guié hacia la puerta de mi recámara. La abrí y la empujé adentro, suave pero firmemente.
Ella entró y se quedó parada en medio de la enorme habitación, iluminada solo por la luz de la tarde que entraba por las ventanas del techo. Se giró para mirarme. Sus ojos me encontraron en la oscuridad. No había miedo en ellos. Solo una comprensión cansada y prematura. Sabía lo que venía. Estaba acostumbrada. Era mi conejita, y su novio iba a jugar con ella.
Cerré la puerta con un chasquido, el sonido resonando en la inmensidad de la recámara. La tomé de la cintura, mis manos casi rodeando por completo su torso delgado, y la levanté como si no pesara nada. La deposité sobre el centro de mi cama, el colchón deformándose apenas bajo su peso diminuto. Sin darle tiempo a reaccionar, la manipulé hasta que quedó en cuatro patas, su culo pequeño y perfecto apuntando hacia mí, la falda rosa plisada colgando tentadoramente sobre sus medias blancas.
Mis ojos se fijaron en el espectáculo. El disfraz completo, en contraste con la vulgaridad del acto que estaba a punto de ocurrir. Mis manos se deslizaron por sus piernas, sintiendo la textura suave de las medias opacas hasta que llegué a la cintura de su falda. No la quité. Mis dedos encontraron el elástico de su calzoncito barato de algodón blanco. Con un solo tirón decidido, lo deslicé hacia abajo, pasándolo por sus zapatillas rosas y lo arrojé hacia la alfombra. Solo eso. El resto del traje de conejita se quedaba.
Mis ojos se fijaron en su ojete, diminuto y perfectamente formado, ahora expuesto entre el borde de la falda y el principio de las medias. Un día, pensé, un día voy a romper ese culito. Voy a meter mi verga hasta las bolas en ese agujerito tan apretado y la voy a hacer gritar. «Pronto, mi amor», susurré para mí mismo.
Me arrodillé detrás de ella. Mis manos se abrieron paso entre sus muslos y separaron sus nalguitas. Mi boca se dio un festín. La lengua encontró su coñito infantil, sin un solo vello, y lo lamí con avidez, probando su sabor sudoroso y ligeramente salado. «Sí, mi conejita sucia», gruñí contra su piel. «A tu novio le encanta saborearte tu colita y tu coñito». Ella gimió, un sonido agudo y animal que provenía de lo más hondo de su garganta. No era un gemido de dolor, era de pura excitación.
Luego subí, mi lengua plana y ancha pasando por el perineo hasta llegar a su ojete. Lo rodeé, lo humedecí, intenté introducir la punta. «¡Ah, don Gustavo!», gimió ella, arqueando la espalda. Mi cabeza desapareció bajo la falda rosa, el mundo se redujo a su olor, su sabor y sus pequeños gemidos. La tela de la falda rozaba mis orejas, las orejitas de conejo de su diadema se movían con cada sacudida de su cuerpecito.
Después de lo que pareció una eternidad, me separé, jadeando. Era mi turno. Me puse de pie y me desvestí lentamente, mis ojos fijos en ella, que me observaba con paciencia desde la cama, aún en cuatro patas con su traje de conejita. Cuando mi pene, duro y palpitante, quedó al descubierto, vi cómo se tragaba saliva. Me tumbé de espaldas en medio de la cama, mi verga erguida pidiendo atención.
«Ven, mi conejita. Ven a mamarle la verga a tu novio», le ordené.
Se giró y se arrastró hacia mí, su falda rosa arrastrándose sobre las sábanas. Se acomodó entre mis piernas, sus manos pequeñas y tibias agarrándome la base. Sin más preámbulos, abrió la boca y se la tragó. Su boquita caliente y húmeda me envolvió, su lengua aún inexperta pero decidida moviéndose alrededor de la cabeza. Le acomodé las orejitas de conejo que habían caído hacia un lado, entusiasmado con el detalle. «Así, mi vida, más profundo», le susurré.
Empujé su cabeza hacia abajo, forzándola a tomar más. La mitad de mi verga desapareció en su garganta. La hice varias veces, cada vez más profunda. Una de ellas, la empuje demasiado fuerte. Se atragantó violentamente, soltándome con un acceso de tos que sacudió todo su cuerpecito. Un hilo de baba y fluido colgaba de su labio inferior. Le di tiempo solo para respirar hondo antes de volverla a guiar hacia mi polla. «Otra vez, mi conejita. No te detengas». Y ella, obediente, volvió a abrir la boca para mí.
Su cabeza volvió a bajar, esta vez con más confianza. La vi cerrar los ojos y concentrarse, sus mejillas huecas mientras me chupaba con una fuerza que solo la práctica repetida puede dar. Su ritmo era constante, una succión húmeda y rítmica que me llevaba al borde. Pero su boca no era suficiente. Quería más. Quería su sumisión total.
Mi mano, que había estado descansando en su cabeza, comenzó a ejercer una presión sutil pero constante. Ya no la empujaba hacia abajo para que se tragara más verga. La estaba empujando hacia atrás, hacia mis bolas, hacia el pliegue donde mi pierna se une a mi entrepierna. Ella creyó que quería que me besara los testículos, y así lo hizo. Pero yo insistí en empujarla más abajo. Su movimiento se detuvo por un segundo, una duda pasando por su cuerpo. «Sigue, mi vida», le susurré, mi voz un ronco comando. «No pares».
Obedeció, su boca siguiendo la dirección que mi mano le imponía. Sentí sus labios pasar por mi base, su lengua lamiendo el espacio peludo debajo de mis testículos. Seguí empujando. Mi verga, humedecida por su saliva, se apoyaba contra su frente mientras su boca viajaba más abajo. «Más abajo, conejita. Limpia a tu novio bien».
La llevé hasta mi ano. Sentí su aliento caliente un instante antes de que sus labios, dudosos al principio, me tocaran allí. «¡Ah, joder!», siseé. La presión de mi mano en su nuca se hizo inflexible. «Besa ahí. Dame un beso negro, mi pequeña zorra». Ella no tuvo más remedio que obedecer. Sentí el movimiento húmedo de su lengua, tímido al principio, explorando el pliegue. «¡Sí! ¡Así! ¡Chúpame el ojete, putita!», gruñí, perdiendo todo control.
La excitación era brutal. La imagen de esa niña de cuatro años, vestida de conejita, con la cara metida en mi culo, lamiéndome y chupándome el ano como una cerdita hambrienta, era demasiado para soportar. La obligué a mantenerse ahí, su cabeza atrapada entre mi mano y el colchón mientras su lengua trabajaba mi ojete con una torpeza que me volvía loco. La sentía gemir contra mi piel, el sonido amortiguado por mi propia carne. Estaba usándola, degradándola de la forma más obscena posible, y el hecho de que ella lo permitiera, que su cuerpo respondiera con escalofríos a mi dominación, me llenó de un poder y un deseo que nunca antes había sentido.
«¿Qué pensaría Elena si viera esto?», me pregunté. Mi fiel empleada, la madre que confiaba en mí ciegamente, que me agradecía con lágrimas en los ojos por cuidar de su «tesoro». Se moriría. Vería a su niña, su pequeña Merany de cuatro años, a la que vestía con lo poco que podía, con ese disfraz de conejita casero, con la cara enterrada en el culo de su patrón. El shock la mataría antes incluso de que pudiera procesar la obscenidad del acto.
Decidí que esta escena era demasiado perfecta para no guardarla. «Espera un segundo, mi amor», le dije a la niña, empujándola suavemente hacia atrás. Ella se arrodilló, confundida, su carita de muñeca aún humedecida por la saliva. Me acomodé en la cama, apoyándome en la cabecera, y abrí mis piernas de par en par. De esa forma, mi verga dura y palpitante, mis bolas y mi ojete quedaban expuestos al frente. Y sobre todo, a ella. A mi pequeña conejita, con su cuerpecito de apenas un metro y su piel de canela.
Tomé mi celular de la mesita de noche. Abrí la aplicación de video y apunté la cámara hacia mi entrepierna, haciendo un zoom para asegurarme de que cada detalle quedara perfectamente registrado. «Como para que tu mamá vea qué buena hija es conmigo», susurré, más para mí que para ella.
«Ven. Sigue», le ordené, sin dejar de grabar.
Ella se arrastró hacia mí, su cuerpecito delgado y su falda rosa moviéndose con cada movimiento. Se metió de nuevo entre mis piernas, y esta vez, cuando su boca encontró mi ano, lo hizo con la cámara grabando todo. La imagen era increíblemente excitante: su cabecita con las orejitas de conejita, moviéndose mientras me lamía, todo enmarcado por mis piernas abiertas y alzadas. Alargué la mano para capturar la escena de costado, desde una perspectiva imposible para mis ojos.
Fue entonces, en medio tanto placer, cuando mi cuerpo decidió liberar esa otra tensión. No fue planeado. Fue un espasmo, una liberación visceral. Un pedo ronco y húmedo escapó de mí, una explosión cálida y densa estalló directamente en la boca y la nariz de Merany. La cámara lo capturó todo: el momento del impacto, la forma en que su cuerpecito de apenas cuatro años se puso rígido, el sonido ahogado que escapó de su garganta mientras se comía, literalmente, mi flatulencia.
La vi en la pantalla de mi teléfono. Sus ojos grandes y oscuros se abrieron como platos. Su lengua se detuvo. Se lo había reventado en la cara.
El pánico inicial dio paso a una ola de placer tan oscura que casi me hace gemir. Se detuvo, temblando, sin decir nada. Creí que se apartaría, que el asco la vencería. Pero entonces, después de unos segundos eternos, vi cómo su cabeza avanzaba de nuevo, lentamente, con una resignación que me cortó el aliento. Su boquita volvió a encontrar mi ojete. La lengua volvió a moverse, tímidamente, como si esperara que el castigo hubiera terminado.
Esa esperanza era exactamente lo que ahora quería destruir.
Justo cuando su ritmo empezaba a recuperarse, apreté los músculos y solté otro. Este fue más largo, un soplido seco y ruidoso. «¡Mmmph!», gritó ella contra mi piel, su cuerpo entero convulsionando. La vi en la pantalla, sus hombros delgados encogiéndose. Se detuvo de nuevo, pero esta vez el sollozo fue audible, un quejido ahogado de pura humillación. La dejé recuperar el aliento, un minuto largo y cruel. Vio que no venía más. Volvió a intentarlo, su lengua rozándome con una timidez que era patética.
«¡Así está bien, mi vida…!», comencé a decirle, tratando de tranquilizarla. «Sigue así, como si no hubiera pasado na…».
Y en ese preciso instante, antes de que terminara la frase, solté el tercero. Este fue húmedo y sonoro, una detonación sorda y olorosa que la hizo gritar por completo. «¡Aaaay! ¡No! ¡Por favor!», sollozó, su voz de niña pequeña rota por completo. Intentó retroceder, pero mi mano en la nuca la inmovilizó.
«¡¿Te creíste que ya había terminado, putita?! ¡¿Qué pensaste?!», la insulté, gritando. «¡Tu novio tiene muchos regalos para su conejita!». La obligué a mantenerse ahí, su cara hundida en mi entrepierna, mientras ella lloraba desconsoladamente. Le di unos segundos, justo el tiempo suficiente para que su llanto disminuyera a sollozos ahogados.
Entonces, la vi mover la cabeza, como para irse. La detuve. «No. Un beso. Un beso de despedida y se acabó», mentí.
Con los ojos cerrados por el llanto, obedeció. Acercó su boca temblorosa y me dio un beso húmedo y salado en el ojete. Y en ese instante, con sus labios pegados a mí, solté el último. Un pedo corto, potente, seco. Un estallido final. Su cuerpo se tensó como un látigo y un grito estrangulado, casi inaudible, escapó de su garganta.
«Ya. Ahora sí, mi amor», dije, finalmente bajando el celular. La liberé.
Se retiró lentamente, su cara era una máscara de desgracia infantil. Sus ojos grandes y oscuros estaban hundidos en un mar de lágrimas. Se veía como lo que era: una niña pequeña, rota por un hombre que había grabado cada segundo de su degradación. Y mi verga, viendo la repetición en el teléfono, nunca había estado más dura.
Guardé el celular con un cuidado casi reverencial, pesando en mi mano como un trofeo. La dejé allí, arrodillada al pie de la cama, sollozando. Su cuerpecito temblaba, con el traje de conejita ahora arrugado y manchado de lágrimas y sudor. La vi caer hacia adelante, sus pequeñas manos apoyándose en el colchón, su espalda encorvada por el dolor.
La dejé llorar. Disfruté de esos veinte segundos de su miseria, de la forma en que sus hombros delgados se sacudían con cada sollozo. Pero mi polla, goteando y dura, no tenía paciencia.
«Ya basta de llanto, mi conejita», dije, mi voz firme y sin piedad. La agarré por la cintura, mis dedos rodeándola por completo, y la levanté como si fuera una muñeca de trapo. La atraje hacia la orilla de la cama, boca abajo, y la acomodé a mi antojo. Le levanté la falda rosa, dejándola recogida sobre su espalda, y separé sus piernas. Sus nalguitas pequeñas y perfectas se abrieron ante mí, ofreciéndome su coñito infantil, todavía húmedo por mi saliva.
Me arrodillé detrás de ella. Guíe mi verga hacia su entrada. La cabeza rozó sus labios, y noté la diferencia. A diferencia de otras ocasiones, cuando la excitación la dejaba mojada, ahora estaba casi seca. Su cuerpo, a pesar de la costumbre, se resistía. Su coñito estaba cerrado, apretado.
«¡Aaaah!», gritó ella al sentir la presión. Empujé. Resistí. Su carne era una barrera infranqueable. «¡Relájate, putita, o te voy a romper!», le gruñí, dándole una nalgada tan fuerte que el sonido retumbó en la habitación. Ella gritó, más de sorpresa que de dolor, y su cuerpo se tensó aún más.
Joder, estaba apretadísima. Cada centímetro era una lucha. Mi verga, desesperada por entrar, se deslizaba hacia los lados, buscando una entrada que su cuerpecito de cuatro años se negaba a dar. «¡Mamá!», sollozó, su primer llamado de auxilio real.
«Esa no está aquí para salvarte», siseé, y con un movimiento brutal de cadera, forcé la entrada. La cabeza de mi verga atravesó su resistencia con un pop húmedo y doloroso. «¡¡AIEEE!!», chilló, un sonido agudo que rasgó mis oídos como música divina. Su espalda se arqueó en un ángulo imposible, tratando de escapar del dolor que la invadía.
No le di tiempo a recuperarse. Seguí empujando, lenta pero implacablemente. Sentía sus paredes internas, calientes y secas, rasguñando mi piel mientras me abría paso. Cada milímetro era una conquista. La mitad… esa era la frontera que siempre encontraba, el límite físico de su cuerpecito tan pequeño. Era como empujar contra una pared de carne.
Finalmente, me detuve. Tenía la mitad de mi verga dentro de ella. Era lo que su cuerpo de niña podía soportar. Me quedé quieto un momento, sintiéndola temblar y contraerse a mi alrededor, sus sollozos ahora ahogados por la almohada.
Luego, comencé a moverme. Bombeos lentos, superficiales. Salía solo un poco y volvía a entrar, nunca más allá de la mitad que ya había conquistado. Al principio, sus gemidos eran de puro dolor, cortados por el jadeo. «Duele… duele… don Gustavo…», susurraba.
Pero algo cambió. Con cada movimiento lento, su cuerpo empezó a traicionarse. El dolor, mezclado con la fricción constante, comenzó a transformarse. Sus sollozos se volvieron más espaciados, más profundos. Noté un cambio en la humedad de su interior, un calor nuevo y húmedo que lubricaba mi paso.
Uno de mis bombeos fue un poco más profundo. En lugar de un grito, salió un gemido. Un gemido largo, vibrante, que no tenía nada de dolor. Era un sonido de puro placer.
«Ah…», sonó. «Ah… sí…».
Su cadera, que había estado rígida, comenzó a moverse sutilmente, encontrando el ritmo de mis empujes. Ya no luchaba contra mí. Su coñito, antes seco y cerrado, ahora me recibía con una calidez húmeda y ansiosa. Los gemidos de una niña de cuatro años, llena de mi verga, eran deliciosos; los más hermosos que había escuchado en mi vida.
Aunque sus gemidos me enloquecían, sentía la fricción. Su cuerpecito de cuatro años era pequeño, y aunque ahora estaba mojado, no lo suficiente para el ritmo que quería. «Vamos a mojar esto bien, mi perrita», gruñí. Me separé un poco, viendo cómo mi verga, mitad dentro de ella, brillaba con sus jugos. Le di una orden corta. «No te muevas».
Reuní saliva en mi boca y la escupí con fuerza, justo en el pliegue de sus nalguitas. La corriente tibia y viscosa corrió lentamente, deslizándose por su perineo hasta llegar a donde mi carne se unía a la suya. La vi estremecerse al sentir el calor. «¡Sí! Así. Más lubricada para tu novio», le dije mientras volvía a meterme, sintiendo la diferencia inmediata. El deslizamiento era más fácil, más profundo.
Pero no era suficiente. Lo hice de nuevo. Otra vez escupí, más saliva esta vez, viéndola brillar sobre su piel oscura. Era una práctica usual entre nosotros; su coñito tan pequeño siempre necesitaba ayuda para acomodar mi verga. «Eres una niña tan apretadita… ¡pero a tu novio le encanta!», le susurré al oído, mientras la volvía a penetrar hasta el límite conocido.
La seguí follando en cuatro patas, mis manos agarrando sus caderas pequeñas, empujando contra ella con un ritmo que ya no era lento. Sus gemidos eran constantes ahora, una sinfonía de placer infantil. De vez en cuando, una de las orejitas de felpa rosa se caía hacia un lado, y con una mezcla de ternura y lujuria, se la volvía a acomodar. «¡No! Las orejitas de mi conejita tienen que estar derechas mientras la follamos!», reía.
Quería más. Quería verlo. «Muevete, chiquita», ordené, sin salirme de ella. La manipulé sobre la cama, girándola sin que mi verga se saliera de su coñito, hasta que quedamos de lado, frente al gran espejo del armario. Me subí a la cama también, acoplándome a su espalda, y la obligué a mirar.
«Mira, putita. ¡Míranos bien!», le sisee. La escena era deliciosa, el contraste era brutal. Mi cuerpo de hombre, grande y musculoso, cubriendo por completo a esa niña diminuta. Mi verga, enorme y gruesa, desaparecía milagrosamente entre sus nalguitas pequeñas. No se entendía cómo algo tan grande cabía en algo tan pequeño. Solo se veía la base de mi miembro y el resto perdido dentro de ella. Su falda rosa seguía recogida sobre su espalda, las orejitas de conejita temblando con cada embestida.
«¡¿Ves?! ¡¿Ves qué grande es tu novio y qué chiquita eres tú?!», le grité, excitado por la imagen. «¡Eres solo un agujerito para mi verga! ¡Un coño de niña para que yo lo disfrute!». Sus ojos, fijos en el espejo, estaban vidriosos, perdidos en el placer. «¡Sí, don Gustavo… soy su conejita… su coñito…», respondía, sus palabras cortadas por sus propios jadeos.
Nos quedamos así largo rato, una eternidad de reflejos perversos, mis manos subiendo por su torso delgado hasta apretar sus pechos planos, mi boca mordiéndole el cuello. El orgasmo se fue construyendo, una ola que crecía en la base de mi columna. Sentí cómo mis testículos se apretaban.
«¡Me voy a correr, mi puta! ¡Me voy a correr!», anuncié.
Con un movimiento rápido, me salí de su coñito, que hizo un sonido húmedo de protesta. Apunté la cabeza de mi verga a su ojete diminuto y, con el primer chorro de semen, me corrí sobre él. Un chorro caliente y espeso que salpicó su ano y el inicio de su nalga.
Pero antes de que terminara de eyacular, antes de que el segundo chorro saliera, volví a clavar mi verga en su vagina con un grito gutural. «¡¡No!!», gritó ella, sorprendida por la vuelta brusca. El resto de mi corrida, los chorros restantes, los liberé directamente dentro de ella, sintiendo cómo mi leche llenaba su interior, mezclándose con sus jugos, marcándola por dentro una vez más. Me quedé dentro de ella, temblando, vaciándolo todo, mientras nos veía a los dos en el espejo: el hombre exhausto y la niña usada.
Me quedé dentro de ella un momento largo, sintiendo cómo mi leche, tibia y espesa, comenzaba a escaparse de su coñito recién abusado, deslizándose lentamente por el interior de sus muslos. Su cuerpecito temblaba bajo el mío, un pequeño pájaro atrapado en una jaula de carne. El olor en la habitación era denso, una mezcla de sexo, sudor y mi propio aliento. Con un suspiro de satisfacción profunda, me retiré de ella, mi verga saliendo de su interior con un sonido húmedo y final. Caí de espaldas sobre la cama, completamente agotado, con el corazón latiéndome en el pecho como un tambor moribundo.
Cerré los ojos, escuchando el único sonido que rompía el silencio: el sollozo contenido de Merany. Sentí su peso moverse en el colchón. Se estaba levantando. Con los ojos todavía cerrados, la imaginé de pie, arreglándose torpemente su traje de conejita, con la intención de ir a su cuarto, a lavarse, a intentar borrarlo todo de su piel y de su memoria. «No», pensé. «No tan fácil».
«¿A dónde crees que vas?», dije, mi voz ronca, sin abrir los ojos.
Los sollozos se detuvieron. «A… a mi cuarto, don Gustavo», respondió, su voz un hilo casi inaudible.
«Te falta algo». Abrí los ojos y me senté. Ella estaba de pie al borde de la cama, una figura diminuta y desvalida. Mi verga, todavía semi-erguida y brillando con la mezcla de sus jugos y mi semen, yacía sobre mi muslo. «No te vas a ir con mi verga sucia. Límpiame».
Sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo, pero no protestó. Sabía que era inútil. Asintió lentamente y se inclinó sobre la cama, su cara acercándose una vez más a mi entrepierna. Con la resignación de una vieja prostituta, abrió la boca y comenzó a chuparme. Su lengua era suave, su succión cuidadosa. Estaba limpiándome, quitando cada rastro de nuestro acto, dejándome reluciente. La miré desde arriba, viendo cómo su cabeza se movía, las orejitas de conejita balanceándose suavemente. Era una imagen de sumisión perfecta.
Y era la trampa perfecta.
Mientras su atención estaba concentrada en mi miembro, levanté lentamente mi pierna, flexionándola hasta que mi pie quedó cerca de su cara. Ella no se dio cuenta. Estaba demasiado ocupada cumpliendo su último deber. Con una sonrisa interior, apunté y solté el último.
No fue un pedo largo. Fue un estallido seco, potente y brutalmente apestoso, disparado a quemarropa directamente en su cara, justo cuando su boca estaba envuelta alrededor de mi verga limpia.
El efecto fue instantáneo y definitivo. Se retiró de golpe como si la hubieran electrocutado. Sus ojos se abrieron con un terror puro y absoluto. Un grito, no de dolor, sino de una humillación que rompía el alma, escapó de su garganta. Y entonces, se derrumbó. Se deshizo por completo. Cayó de rodillas en el suelo, y sollozó, no con tristeza, no con dolor, sino con una desesperación animal, un llanto convulsivo y feo que venía de las profundidades más oscuras del alma destrozada de una niña de cuatro años. Se levantó corriendo, sin mirar atrás, y salió de la habitación, sus sollozos perdiéndose en la distancia de la casa enorme y silenciosa.
Me quedé tumbado en la cama, escuchando cómo sus llantos se desvanecían. Y entonces, empecé a reír. Primero fue una risa baja, un gruñido en mi pecho. Luego creció, convirtiéndose en una carcajada fuerte y sin control. La había roto. La había quebrado por completo. Elena podía volver, podía pasar lo que fuera, ya no importaba. Esa niña estaba perdida. Estaba condenada. Estaría lista para mí la próxima vez que la quisiera. Y la querría muchas, muchas veces más.
FIN



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