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Dominación Mujeres, Fetichismo, Heterosexual

La doctora elena y los mendigos 3

La primera ves de valentina con un indigente.
La Primera Vez de Valentina – La Mayor se Rinde
Valentina fue la última. Siempre la última en todo: la que organizaba, la que ponía orden, la que decía “esperemos a ver cómo sale con las otras primero”. Durante semanas leyó los mensajes del grupo en silencio, vio las fotos discretas que Florencia y Camila se animaban a mandar (piernas temblorosas, semen goteando por muslos, caras sonrojadas y satisfechas), y cada vez sentía el estómago apretado de una mezcla imposible: horror, envidia, curiosidad ardiente y un calor traicionero entre las piernas que la hacía apretar los muslos bajo la mesa de la cocina.
Una tarde, mientras planchaba la camisa de su marido con movimientos mecánicos, le escribió al grupo:
“Estoy lista. No quiero esperar más. Pero necesito que sea… diferente. No quiero sentirme como una cualquiera. Quiero que me miren como si fuera algo precioso aunque me estén ensuciando. Quiero que me digan que soy hermosa mientras me hacen cosas sucias. ¿Pueden organizarlo así?”
Carla respondió casi de inmediato.
“Por supuesto, Valentina. Vamos a hacerlo especial para vos. Nada de multitudes todavía. Tres hombres, los más atentos y verbales. Tú diriges el ritmo, yo estoy al lado cuidando todo. El sábado a la medianoche, sala de siempre.”
La preparación
Valentina pasó los días previos en un estado de ansiedad constante. Se duchaba menos, se ponía zapatos cerrados todo el día aunque estuviera en casa, dejaba que el sudor se acumulara en axilas y pies. Cada vez que se quitaba los zapatos sentía el olor subir y se sonrojaba sola en el baño: “¿Realmente voy a hacer esto?”.
El sábado llegó con un nudo en la garganta.
Entró a la sala vestida con un conjunto que había elegido con cuidado: vestido negro ajustado pero elegante, medias finas color carne (que se quitaría después), zapatos de taco bajo que olían fuerte después de todo el día. Nada de perfume. Nada de ropa interior.
Carla y Laura la recibieron con abrazos cálidos. Los tres hombres ya estaban ahí: el anciano principal (el más experimentado y verbal), el gordo de barba larga (el que hablaba sin parar), y uno nuevo que Carla había elegido especialmente para Valentina: un hombre de unos 68 años, alto, de piel muy oscura, cuerpo fuerte pero con años de calle, con un olor corporal denso y masculino que llenaba el aire sin esfuerzo.
Cuando Valentina se detuvo frente a ellos y se quitó lentamente los zapatos, el silencio fue absoluto.
Los tres la miraron como si vieran un milagro.
Los primeros piropos y la adoración inicial
El anciano fue el primero en hablar, voz ronca pero casi respetuosa:
—Dios bendito… mirá lo que nos trajeron. Una dama. Una reina de verdad. Mirá esa piel tan blanca, tan cuidada… y sin embargo vino hasta acá con los pies sudados para nosotros. Vení más cerca, preciosa. Dejá que te admiremos.
Valentina dio un paso tembloroso. El gordo de barba larga se inclinó hacia adelante, inhalando fuerte.
—Uffff… ¿sentís ese perfume, compadre? Mujer fina que se guardó todo el día para nosotros. Mirá esos pies… perfectos, suavecitos, pero oliendo rico a sudor de hembra. Sos demasiado hermosa para estar acá con negros sucios como nosotros… y por eso mismo estás temblando de ganas, ¿no?
El hombre nuevo, el alto, se acercó despacio y se arrodilló frente a ella sin tocarla todavía. Solo miró.
—Señora… usted es un sueño. Un sueño que bajó a la cloaca a buscarnos. Mirá qué piernas largas, qué caderas… y esa carita de buena esposa que viene a portarse mal. Permitime olerte, reina. Solo olerte.
Valentina asintió, casi sin voz.
El alto acercó la nariz primero a sus pies. Inhaló profundo, cerró los ojos y soltó un gemido largo.
—Ay, madre… este olor a pies de mujer elegante… cálido, ácido, con ese toque dulce que solo tienen las que se cuidan. Sos un manjar, señora. Un manjar que se ofreció a la mugre.
El anciano se acercó a sus axilas. Levantó despacio un brazo y hundió la nariz.
—Axilas sudadas… suaves como seda… pero con olor fuerte, rico. Mirá cómo se le pone la piel de gallina cuando la huelo. Sos preciosa, mamita. Preciosa y sucia para nosotros.
El gordo se acercó entre sus piernas, levantó el vestido con cuidado y acercó la cara a su sexo.
—Abrí un poquito más las piernitas, reina… dejame oler esa conchita fina. Uffff… ya está mojada. Huele a mujer en celo, a hembra que se guardó para que la olamos como perros. Sos una diosa, pero viniste a que te tratemos como nuestra puta linda.
Valentina soltó un gemido ahogado. Las palabras eran vulgares, crudas, pero la forma en que las decían… había admiración genuina, hambre reverente. Nadie la había mirado nunca así. Nadie le había hablado nunca así. Su marido siempre era cortés, silencioso, casi indiferente. Esto era deseo puro, sin filtro, y la hacía sentir poderosa y vulnerable al mismo tiempo.
Los tres siguieron hablando mientras la olían, mientras lamían despacio sus pies, sus axilas, el interior de sus muslos, el borde de su sexo sin penetrar todavía.
—Mirá qué tetas perfectas… van a quedar preciosas llenas de baba y semen.
—Este culo… firme, redondo… y sin embargo vino a que se lo abran negros viejos.
—Sos demasiado fina para nosotros… por eso estás chorreando, reina. Porque sabés que te merecés lo sucio.
Valentina temblaba entera, las piernas flojas, el coño empapado goteando por los muslos. Nunca se había sentido tan deseada. Nunca se había sentido tan expuesta y al mismo tiempo tan adorada.
Carla, desde un costado, le acarició el brazo con ternura.
—¿Querés que empiecen a tocarte más profundo ahora, Valentina? ¿O querés seguir sintiendo sus lenguas y sus palabras un rato más?
Valentina abrió los ojos, la respiración entrecortada.
—Quiero… quiero que me digan más cosas… y que me empiecen a tocar… pero todavía no me penetren. Quiero sentir sus manos, sus bocas… quiero que me digan que soy hermosa mientras me ensucian.
Los tres hombres sonrieron, ojos brillantes.
—Como la reina ordene —dijo el anciano, ya arrodillándose de nuevo.
Y la noche apenas comenzaba.

 

La Primera Vez de Valentina – La Escena de Sexo Completa
Valentina estaba ya al borde de sí misma: el cuerpo temblando, la respiración entrecortada, el coño chorreando por los muslos internos después de tantos minutos de olores, lamidas y piropos crudos que la habían hecho sentir deseada como nunca en su vida. Cuando Carla le preguntó en voz baja si estaba lista para más, Valentina solo pudo asentir, los ojos vidriosos.
—Quiero… quiero que me penetren —susurró—. Pero despacio. Quiero sentir cada centímetro… y que sigan diciéndome que soy hermosa mientras lo hacen.
Carla le acarició la mejilla con ternura.
—Va a ser perfecto, mi amor. Vos mandás.
El inicio: la primera penetración
El anciano principal se colocó entre sus piernas abiertas. Su polla ya estaba dura, venosa, oscura, con el prepucio retraído dejando ver una capa gruesa de esmegma blanquecino y pegajoso que olía fuerte a fermentación rancia. No entró de golpe. Primero frotó el glande despacio contra los labios hinchados de Valentina, untándola con esa crema sucia.
—Mirá cómo te estoy pintando, reina —murmuró con voz ronca—. Te estoy dejando mi marca antes de entrar. Tu conchita fina y rosada… toda brillante con mi mugre. Sos demasiado hermosa para esto… y sin embargo estás abriendo las piernitas para mí.
Valentina gimió cuando sintió el glande empujar. Entró despacio, centímetro a centímetro. La sensación de estiramiento era intensa, diferente a todo lo que había conocido con su marido. La polla era más gruesa, más áspera, más caliente. Cuando estuvo completamente adentro, el anciano se quedó quieto un momento, dejándola sentirlo.
—Ahí está… toda adentro —susurró—. Sentí cómo te lleno, preciosa. Mirá cómo tu conchita se traga mi pija vieja y sucia. Sos una reina… una reina puta que vino a que la llenen.
Empezó a moverse con embestidas lentas y profundas, cada salida dejando un rastro de jugos y esmegma mezclado.
La doble penetración
El gordo de barba larga se colocó detrás. Le separó las nalgas con manos ásperas pero cuidadosas, escupió un gargajo grande y viscoso directo en su ano. El moco caliente resbaló por la raja y él lo extendió con los dedos, masajeando el agujero hasta que se relajó.
—Abrime ese culito lindo, mamita —dijo con voz grave—. Mirá qué apretadito está… pero se va a abrir para mí porque sos una hembra generosa. Voy a entrar despacito para que sientas cómo te abro.
Empujó. El glande grueso entró primero. Valentina jadeó fuerte, las manos apretando las sábanas.
—Tranquila, reina… respirá —susurró Carla, acariciándole el pelo—. Relajate… dejalo entrar.
El gordo avanzó despacio. Cuando estuvo completamente adentro, los dos hombres se quedaron quietos un momento, dejando que Valentina sintiera la plenitud absoluta: dos pollas gruesas, sucias, rozándose dentro de ella a través de la pared delgada.
—Dos pijas negras dentro de una dama blanca y elegante… —gruñó el gordo—. Mirá cómo te abrimos, preciosa. Sentí cómo nos rozamos adentro tuyo. Sos hermosa… hermosa y llena.
Empezaron a moverse con ritmo lento, sincronizado. Cada embestida hacía que sus cuerpos sudados rozaran la espalda y el vientre de Valentina. El sonido era húmedo, obsceno: carne contra carne, fluidos resbalando, gemidos bajos y constantes.
Boca, olores y adoración
El hombre alto y de piel muy oscura se acercó a su cabeza. Le puso la polla cerca de los labios.
—Abrí la boquita, señora —dijo con voz profunda—. Quiero que pruebes lo que tu cuerpo ya está recibiendo.
Valentina abrió. Él entró despacio, sin empujar fuerte. Ella succionó con avidez, saboreando el prepucio retraído, el esmegma cremoso que aún quedaba en los pliegues, el sudor salado de las bolas que le rozaban la barbilla.
—Qué boquita tan suave… —susurró él—. Chupando pija de negro viejo y podrido… y sin embargo lo hacés como una reina. Sos preciosa, mamita. Preciosa y sucia para nosotros.
Mientras la follaban por coño y ano, y chupaba la tercera polla, los piropos seguían cayendo sin parar:
—Mirá qué tetas perfectas… van a quedar preciosas llenas de baba y semen.
—Este culo firme y redondo… abriéndose para nosotros como si fuera suyo.
—Sos demasiado fina, demasiado linda… por eso estás gimiendo así, reina. Porque sabés que te merecés lo sucio.
Carla se arrodilló al lado y empezó a lamerle el clítoris en círculos lentos y precisos. Laura besó su cuello, sus orejas, le susurró palabras cariñosas entre los gemidos:
—Estás hermosa, hermana… llena por todos lados… dejate ir…
El clímax
Valentina empezó a temblar violentamente.
—No paren… voy a… voy a correrme…
Los hombres aceleraron solo un poco, siempre controlados. El anciano se vació primero: chorros calientes y espesos inundando su coño, goteando por los muslos cuando salió un poco.
El gordo la siguió: semen caliente llenando su ano, escapando en hilos viscosos que resbalaban por su raja.
El alto se retiró de su boca justo a tiempo y eyaculó sobre su cara y tetas: chorros gruesos, amarillentos, cayendo en su boca abierta, en sus mejillas, en sus pezones hinchados.
Valentina explotó.
Un orgasmo profundo, largo, casi doloroso de tan intenso. Su cuerpo se convulsionó, un chorro caliente salió de su coño salpicando la panza del anciano, mientras gritaba ahogada, las lágrimas de placer rodándole por las mejillas.
Quedó tirada, jadeando, cubierta de semen espeso, saliva, sudor y restos de esmegma. El olor de los tres hombres impregnado en cada poro de su piel. El vestido arrugado a un lado, el cuerpo brillante de fluidos.
Abrió los ojos despacio y miró a Carla y Laura.
—Nunca… nunca me habían hecho sentir así… —susurró, la voz rota—. Me siento… viva.
Carla le limpió la cara con una sábana suave, besándole la frente.
—Bienvenida de verdad, Valentina. Esto es solo el comienzo.
Laura le tomó la mano, sonriendo con lágrimas en los ojos.
—Ahora somos todas.
Valentina cerró los ojos, todavía temblando de las réplicas del orgasmo.
—Quiero… quiero volver. Quiero más. Quiero que la próxima vez sean más hombres.
Los tres indigentes, aún jadeando, la miraron con admiración pura.
—Cuando la reina quiera —dijo el anciano en voz baja—. Siempre vamos a estar acá para servirla.
Valentina sonrió, exhausta y completamente transformada.
—Pronto.

La Primera Orgía de las Tres Hermanas – Valentina, Camila y Florencia
Después de que Valentina cruzara la línea y volviera a casa con el cuerpo todavía temblando y el sabor de los tres hombres impregnado en la lengua y la piel, las hermanas ya no pudieron esperar más. El grupo de WhatsApp explotó en mensajes esa misma noche y los días siguientes:
“¿Cuándo lo hacemos las tres juntas?”
“Necesito verlas a las dos mientras me pasa lo mismo…”
“Quiero que sea grande. Quiero sentir que somos nosotras contra ellos.”
“Yo también. Pero que Carla nos cuide.”
Carla leyó todo y organizó la noche con precisión quirúrgica.
Lugar: la sala de recuperación grande del hospital, sábado a la 1 de la madrugada. Puertas cerradas con llave, luces bajas, varias camas hospitalarias unidas formando una superficie amplia, sábanas viejas pero limpias al principio.
Participantes del lado femenino: Valentina, Camila, Florencia, Laura (que ya era veterana) y Carla (que siempre dirigía y participaba cuando hacía falta).
Participantes del lado masculino: ocho indigentes seleccionados con cuidado. El anciano principal, el gordo de barba larga, el alto de piel oscura, más cinco más: dos con esmegma muy acumulado, uno con olor corporal particularmente intenso (axilas y culo sin lavar durante semanas), y dos con pies y axilas que despedían un hedor casi mareante a queso fermentado y vinagre rancio.
Carla les dio instrucciones claras antes de entrar:
“Nada de violencia. Nada que ellas no pidan. Hablen mucho, digan cosas sucias pero con admiración. Ellas quieren sentirse deseadas mientras las ensucian. Si alguna dice ‘basta’ o ‘más lento’, paran al instante.”
El comienzo – El ritual de presentación
Las cinco mujeres entraron primero. Se desnudaron despacio, casi ceremonialmente. Valentina con su cuerpo maduro y firme, Camila con curvas suaves y tetas llenas, Florencia con piernas largas y piel pálida. Laura y Carla ya conocidas, pero esa noche estaban ahí para acompañar y participar.
Cuando los ocho hombres entraron, el olor llegó antes que ellos: una nube densa de sudor rancio, pies sin lavar, bolas húmedas, prepucio fermentado, axilas cebolla podrida.
Los hombres se quedaron parados un momento, mirándolas como si vieran algo imposible.
El anciano rompió el silencio con voz ronca:
—Miren nomás… tres hermanas finas, hermosas, casadas, madres… y vinieron a buscar negro viejo y podrido como nosotros. Miren qué cuerpos… qué piel tan blanca… y sin embargo están desnudas y mojadas esperándonos.
El gordo de barba larga soltó un gemido largo:
—Uffff… tres reinas. Tres hembras perfectas que se dejaron sudar para nosotros. Miren esos pies… ya se nota el olor desde acá. Vengan, preciosas… dejen que las olemos como se merecen.
El alto agregó con voz profunda:
—Son demasiado lindas para esto… por eso están acá. Porque se cansaron de maridos limpitos y quieren lo real. Vengan, señoras… dejen que les digamos lo hermosas que son mientras las ensuciamos.
El ritual de olores y adoración
Las mujeres se sentaron en el borde de las camas, piernas abiertas. Los hombres formaron un semicírculo.
Primero los pies: cada hermana extendió sus pies descalzos. Los hombres se arrodillaron y olieron, lamieron, chuparon los dedos uno por uno.
—Este olor a pies de mujer elegante… cálido, ácido, rico… —gruñó uno mientras lamía la planta de Valentina—. Sos una diosa que se rebajó para nosotros.
—Mirá estos deditos pintados… y oliendo a sudor guardado —dijo otro con la boca llena de los dedos de Camila—. Reina, sos perfecta.
Florencia gimió cuando un hombre metió la lengua entre sus dedos:
—Qué pies tan suaves… y sin embargo sudados para nosotros. Sos una puta fina, mamita.
Luego las axilas: brazos levantados, narices hundidas, lenguas lamiendo el sudor acumulado.
—Axilas de mujer cuidada… pero con olor fuerte… me vuelven loco —susurró el anciano en la axila de Laura.
Después los sexos: caras enterradas entre muslos, narices aspirando profundo el olor a hembra excitada sin lavar.
—Conchitas finas chorreando… huelen a mujer en celo… —dijo el gordo mientras lamía despacio el coño de Valentina—. Sos hermosa, reina… hermosa y mojada para negro sucio.
La orgía central – Penetración múltiple y intercambio
Las mujeres se acostaron en las camas unidas, formando una especie de estrella: cabezas cerca del centro, cuerpos abiertos hacia afuera.
Los hombres se distribuyeron.
Valentina recibió doble penetración inmediata: el anciano en su coño (lento, profundo, untando esmegma residual), el alto en su ano (escupitajos viscosos lubricando). Mientras, lamía el pie podrido de un tercero que le metía los dedos en la boca.
—Dos pijas negras dentro de la hermana mayor… mirá cómo te abrimos, reina… sos preciosa llena así.
Camila fue penetrada vaginalmente por el gordo de barba larga (embestidas lentas pero firmes, panza sudada rozando su vientre), mientras otro le follaba la boca con polla cargada de esmegma que ella chupaba con avidez. Un tercero le lamía el ano antes de entrar despacio.
—Mirá cómo te traga la conchita… sos una hembra generosa, mamita… hermosa y sucia.
Florencia en triple: una polla en el coño, otra en el ano, la tercera en la boca. Los hombres se movían sincronizados, hablando sin parar:
—Esta hermana menor… piernas largas, culo perfecto… y abriéndose para tres negros podridos. Sos un sueño, preciosa.
Laura y Carla rotaban: chupando pollas que salían de sus hermanas, lamiendo semen que goteaba, besando bocas llenas de fluidos y mugre, susurrando palabras de aliento:
—Están hermosas… miren cómo brillan… déjense ir…
El clímax colectivo
La habitación se llenó de sonidos húmedos, gemidos, gruñidos, respiraciones pesadas.
Los hombres empezaron a correrse uno tras otro:

Chorros espesos dentro de coños y anos, rebosando y goteando.
Eyaculaciones en bocas abiertas, caras, tetas.
Algunos se masturbaban sobre vientres y muslos, dejando capas viscosas.

Las hermanas se corrieron en cadena:
Valentina primero: temblando, chorro caliente salpicando, gritando ahogada mientras dos pollas seguían dentro.
Camila después: ano y coño contraídos, lágrimas de placer, semen chorreando por sus piernas.
Florencia última: triple orgasmo encadenado, cuerpo convulsionando, boca llena de semen y esmegma.
Laura y Carla se corrieron tocándose mientras lamían los restos de sus hermanas.
Al final quedaron todas tiradas en un mar de fluidos: semen espeso y amarillento, saliva, sudor, jugos femeninos, restos de esmegma pegajosos. Olor sofocante, cuerpos brillantes, respiraciones agitadas.
Valentina fue la primera en hablar, voz rota pero feliz:
—Nunca… nunca imaginé que podía sentirme así… con mis hermanas al lado…
Camila, todavía temblando:
—Somos nosotras… juntas… sucias… y hermosas.
Florencia sonrió, semen goteando de su barbilla:
—Quiero que esto sea para siempre.
Carla las abrazó a todas, cubierta también de fluidos.
—Esto es solo el principio. Cuando quieran… volvemos. Más fuerte, más sucio, más nosotras.
Las tres hermanas se miraron entre risas agotadas y lágrimas de liberación.
—Siempre —dijeron al unísono.

 

María ya había dado a luz hacía unas semanas —un parto sano, un bebé precioso que ahora ocupaba todo su tiempo y energía— y, aunque juraba que volvería al grupo «cuando el nene durmiera toda la noche», por ahora se había retirado temporalmente para enfocarse en la maternidad. El círculo se había reducido, pero el deseo no. Ahora era Laura la que estaba en el centro de la atención: su embarazo había avanzado rápido, y el baby shower era para ella, organizado en su propia casa en Quilmes. Globos azules y rosados flotando en el living, mesas con cupcakes y regalos apilados, invitadas charlando sobre nombres de bebé y consejos de maternidad. Todo perfecto en la superficie, pero debajo bullía el secreto que solo las del grupo conocían.
Laura había insistido en que el evento fuera en su casa, “para sentirlo más personal”. Pero la verdad era que quería que la “segunda parte” —la orgía que Carla había planeado para después— ocurriera allí mismo, en su territorio, rodeada de las fotos familiares y los juguetes de sus hijos mayores. Esa idea la aterrorizaba y la excitaba a partes iguales.
Los sentimientos y emociones de cada una
Laura (la anfitriona y homenajeada, embarazada de siete meses)
Laura se sentía como una impostora radiante. Mientras abría regalos —bodies, pañales, un móvil para la cuna— y sonreía a las invitadas, su vientre redondo se movía con pataditas que la recordaban lo cerca que estaba del cambio. Su marido estaba ahí al principio, besándola en la mejilla y diciendo “qué linda estás, amor”, pero se fue temprano “a un asado con los chicos”. Eso la dejó con un vacío familiar: su matrimonio era estable, pero el sexo había desaparecido desde el embarazo. Ahora, cada mirada que cruzaba con sus hermanas o con Carla la hacía apretar los muslos. Estaba ansiosa por la noche: quería sentir su casa —el lugar donde criaba a sus hijos, donde fingía ser la esposa perfecta— convertida en un antro de degradación. El morbo de profanar su propio hogar la llenaba de culpa materna, pero también de un deseo ardiente que la hacía mojarse solo con imaginarlo.
Sofía (la embarazada de siete meses, amiga del grupo)
Sofía llegó sola, su marido “trabajando hasta tarde”. Durante la tarde se sintió marginada: las invitadas hablaban de “lo lindo que es el embarazo con pareja”, pero el suyo la ignoraba cada vez más, tratándola como si fuera frágil e intocable. Eso avivaba su rabia interna y su excitación. Mientras ayudaba a Laura a cortar la torta, pensaba en cómo su cuerpo, ahora hinchado y sensible, había sido usado en las orgías anteriores como un objeto de placer sucio. El contraste la ponía al borde: “Soy una madre esperando un bebé, pero esta noche voy a oler pies podridos y tragar semen”. Estaba nerviosa por hacerlo en una casa “normal”, pero la idea de ver a las hermanas de Laura entregarse la llenaba de una complicidad perversa.
Carla (la ginecóloga, la líder del grupo)
Carla mantenía la fachada de “amiga profesional”: felicitaba a Laura, tomaba notas mentales sobre su embarazo, sonreía a las invitadas como la doctora confiable que era. Pero por dentro bullía de poder. Era ella quien había coordinado la llegada de los hombres —mensajes discretos para que esperaran en un auto a unas cuadras—. Su vida personal era un equilibrio precario: turnos en el hospital, pacientes que la veían como un ángel, pero noches de depravación que la liberaban de la presión de ser “perfecta”. Esa tarde sentía una excitación controlada: la idea de corromper una casa familiar, con fotos de niños en las paredes, la hacía sentir como una directora de orquesta en un caos delicioso. Estaba impaciente por ver a las hermanas rendirse por completo.
Valentina (la mayor de las hermanas, la organizada)
Valentina había llegado temprano para ayudar con los preparativos: inflar globos, colocar platos, todo con esa eficiencia que la definía. Mientras lo hacía, se sentía dividida: por un lado, la culpa de madre y esposa responsable —su marido en casa con los chicos, creyendo que ella estaba “en lo de Laura ayudando con el shower”—; por el otro, un deseo que ya no podía ignorar. Su matrimonio era una rutina asfixiante: sexo escaso, siempre igual, sin pasión. Esa tarde, cada vez que veía a sus hermanas menores riendo, sentía envidia de su libertad recién descubierta. Estaba ansiosa y aterrorizada: “¿Qué pasa si alguien oye algo? ¿Si mi marido se entera?” Pero el morbo de entregarse en la casa de Laura —un lugar familiar, seguro— la excitaba tanto que tuvo que excusarse al baño para tocarse un momento y calmarse.
Camila (la dulce y callada de las hermanas)
Camila pasó la tarde en un estado de sueño despierto. Ayudaba con la torta, charlaba con las invitadas sobre “lo lindo de ser mamá”, pero por dentro revivía su primera vez: el sabor salado de esmegma, la sensación de estar rellena. Su vida era un remolino de culpa: maestra de día, madre de dos nenas que la veían como un modelo de pureza, esposa de un hombre bueno pero aburrido que la tocaba como por obligación. El baby shower le recordaba lo que “debería” ser su vida, pero la promesa de la noche la llenaba de un deseo prohibido que la hacía sonrojarse sola. Estaba emocionada por compartirlo con sus hermanas: “Vamos a ser nosotras tres, juntas, sucias… liberadas”.
Florencia (la menor de las hermanas, la “rebelde”)
Florencia era la que más se divertía en la superficie: sacaba fotos, bromeaba con las invitadas, hacía chistes sobre “mamás modernas”. Pero por dentro ardía de impaciencia. Su matrimonio era un caparazón vacío: su marido la trataba con respeto, pero sin fuego, como si el sexo fuera un trámite. Después de su primera vez, se sentía transformada, adicta. Esa tarde, cada mirada a sus hermanas mayores la llenaba de orgullo perverso: “Yo las traje acá, y ahora vamos a entregarnos juntas”. Estaba ansiosa por la orgía, por ver a Valentina —la correcta— gemir, a Camila —la dulce— tragar. El morbo de hacerlo en la casa de Laura, con los juguetes de los sobrinos en el piso de al lado, la ponía al borde del orgasmo.
La despedida de las invitadas y la transición
A las 22:00, la última invitada se fue, abrazando a Laura y diciendo “¡que nazca pronto el bebé!”. La casa quedó en silencio repentino. Las mujeres del grupo —Laura, Sofía, Carla, Valentina, Camila y Florencia— recogieron platos y vasos con manos temblorosas, miradas cargadas. Nadie se fue. Nadie dijo nada de irse.
Carla miró su teléfono.
—Llegan en quince minutos. Están esperando a una cuadra.
Valentina tragó saliva.
—¿Y si alguien ve el auto?
Carla le apretó la mano.
—Nadie ve nada. Esta es tu casa, Laura. Tu reino. Esta noche lo hacemos nuestro.
Laura se sentó en el sofá, acariciándose el vientre.
—Esta es mi despedida antes del bebé. Quiero que sea inolvidable. Quiero sentirme viva una última vez antes de que todo cambie.
Las hermanas se abrazaron en silencio. Valentina, Camila y Florencia se miraron con una mezcla de miedo y excitación. Estaban listas.
El timbre sonó suave.
Laura fue a abrir.
Los ocho indigentes entraron, oliendo ya a sudor y calle, mirando a las mujeres con hambre reverente.
El anciano habló primero:
—Buenas noches, señoras… vinimos a hacerlas sentir vivas.
Y la transición a la noche sucia comenzó.

23 Lecturas/17 marzo, 2026/0 Comentarios/por Rodri27
Etiquetas: amiga, baño, hermana, madre, maduro, mayor, mayores, sexo
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