Don Jesús: de tal astilla, tal palo
En ese momento, Elsa se me abrazó al cuelo y empezó a besarme. Sin duda ella estaba bien dotada de pecho, con unas aureolas generosas y rosadas que contrastaban con su blanca piel. Lentamente mientras nos besábamos, ella bajo sus brazos para agarrar lo míos y depositarlos en aquellas grandes tetas n.
