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Dominación Hombres, Incestos en Familia, Infidelidad

Agus , la mama y el abuelo

pequeñas delicias familiares.

Primera Parte: El Secreto de la Joven Esposa

La mamá de Agustina tenía apenas 26 años cuando todo comenzó. Acababa de casarse con el amor de su juventud, un hombre que la había deslumbrado pero que ya empezaba a mostrar su verdadera cara. A pesar de su juventud, era una mujer impresionante: 172 centímetros de altura, 92-60-90 de medidas que la habían convertido en una modelo exitosa. Pero su esposo, el padre de Agustina, parecía no valorarlo, más interesado en salir con sus amigos que en disfrutar de la mujer que lo esperaba cada noche.

El suegro, un hombre de unos 62 años, viudo desde hacía años, sí parecía notarlo. Desde la boda, sus miradas se habían vuelto más intensas, más persistentes.

—¿Necesitás ayuda, hija? —preguntó un día mientras ella intentaba alcanzar un plato en la alacena alta.

Antes de que pudiera responder, sintió cómo el cuerpo de su suegro se pegaba al suyo, alcanzando el plato con facilidad pero no retirándose de inmediato. La mano del hombre «casualmente» descansó en su cintura, deslizándose lentamente hacia su culo.

—¡Ah! Gracias, suegro —dijo ella, apartándose con una sonrisa nerviosa.

Los días siguientes se convirtieron en un juego de toques «accidentales». Una mano en su culo al pasar por un pasillo estrecho, un brazo que rodeaba su cintura «para ayudarla» con algo, miradas que se prolongaban un segundo más de lo normal.

Un día, mientras su esposo trabajaba tarde, el suegro la encontró en el jardín.

—Te ves espectacular con ese vestido, hija —dijo, acercándose más de lo necesario.

Su mano rozó su pecho, «ajustando» el escote que no necesitaba ajustes.

—Suegro, no debería… —comenzó a decir, pero su voz era apenas un susurro.

—Shhh, nena. Nadie tiene que saberlo —respondió él, acercando su boca a su oreja—. Tu marido no te valora como merecés.

Esa tarde, mientras su esposo estaba en una reunión de negocios, el suegro la acompañó al dormitorio principal. La puerta se cerró con un clic que sellaría un secreto.

—¿Estás segura, hija? —preguntó el viejo, aunque ya sabía la respuesta.

Ella asintió, sintiendo cómo sus manos temblaban mientras desabrochaba los botones de su blusa. Sus tetas perfectas quedaron al descubierto, los pezones erectos por la anticipación.

—Hace tanto tiempo que nadie me mira así —confesó con voz temblorosa.

El viejo sonrió y se acercó, tomando una de sus tetas en su mano, acariciando el pezón con su pulgar.

—Es que mi hijo es un boludo que no sabe lo que tiene —dócilmente, su otra mano se deslizó hacia el vestido, levantándolo hasta descubrir su concha satinada.

La joven esposa sintió una oleada de calor recorrer su cuerpo mientras los dedos de su suegro exploraban su intimidad. Hacía años que nadie la tocaba así, con esa mezcla de deseo y admiración.

—Suegro… —susurró, pero no supo qué más decir.

El viejo la llevó hacia la cama, donde la desvistió lentamente, como si desempacara un regalo valioso. Ella se dejó hacer, sintiéndose como en los tiempos en que modelaba, cuando todas las miradas se centraban en ella.

Cuando finalmente estuvieron ambos desnudos, ella sintió una mezcla de nervios y excitación. El viejo, a pesar de sus 62 años, mantenía un cuerpo firme y una erección que prometía horas de placer.

—Estás hermosa, nena —murmuró mientras recostaba a la joven esposa en la cama.

La besó con una pasión que ella había olvidado que existía. Sus manos recorrían cada centímetro de su cuerpo, redescubriendo sensaciones que creía perdidas.

—Suegro, no debería estar haciendo esto —dijo ella entre besos, aunque su cuerpo respondía con entusiasmo a cada caricia.

—Callate y disfrutá, nena. Te merecés esto —respondió el viejo, deslizándose hacia abajo hasta encontrar su concha húmeda.

El primer lamido del viejo en su clítoris hizo que la joven esposa arqueara la espalda. Un gemido escapó de sus labios mientras las manos de su suegro se aferraban a sus caderas, manteniéndola en su sitio mientras su lengua exploraba cada pliegue de su intimidad.

—¡Dios, sí! —gritó ella, sintiendo cómo el orgasmo se construía rápidamente.

El viejo continuó su minucioso trabajo, alternando entre lamidos suaves y succiones firmes en su clítoris, mientras sus dedos exploraban su entrada.

—¡Suegro, voy a…! —no pudo terminar la frase cuando el orgasmo la sacudió con una intensidad que no recordaba haber experimentado.

Pero el viejo no estaba satisfecho. Subió lentamente, besando cada parte del cuerpo de su nuera hasta llegar a sus labios.

—Ahora te quiero adentro, nena —murmuró contra su boca.

La joven esposa sintió cómo la erección de su suegro se deslizaba entre sus labios, encontrando su entrada sin esfuerzo. El primer empujón la hizo gritar de placer.

—¡Sí, metéla toda! —exclamó, abrazando al viejo con sus piernas.

El suegro comenzó a moverse con un ritmo que contradecía su edad. Cada embestida era profunda, calculada para alcanzar los puntos que hacían a la joven esposa gemir sin control.

—Mirame, nena. Mirame mientras te la meto —ordenó el viejo, y ella obedeció, abriendo los ojos para encontrarse con la mirada intensa de su suegro.

El segundo orgasmo la sorprendió, haciéndola temblar debajo de él. El viejo sonrió, acelerando el ritmo hasta que él también alcanzó su clímax, llenándola con su semen caliente.

—¿Te gustó, nena? —preguntó mientras ambos recuperaban el aliento.

La joven esposa asintió, sintiendo una mezcla de satisfacción y culpa.

—Sí, suegro. Demasiado.

Lo que comenzó como un encuentro aislado pronto se convirtió en una rutina secreta. El viejo introdujo a su nuera en un mundo de placer que nunca había imaginado, y ella, hambrienta de afecto y atención, se entregó por completo.

Un mes después de su primer encuentro, el suegro llegó con una sorpresa.

—Tengo un amigo que quiere conocerte, hija. Es discreto, te lo aseguro.

La joven esposa dudó por un momento, pero la idea de ser admirada por otro hombre era demasiado tentadora.

—¿Estás seguro de que es seguro?

—Totalmente, nena. Jorge es como yo. Disfrutamos de las mujeres jóvenes y hermosas.

Esa noche, la joven esposa se vistió con especial cuidado. Lencería negra bajo un vestido rojo que resaltaba sus curvas. Cuando Jorge llegó, un hombre de unos 65 años con ojos vivaces, ella sintió la misma emoción que sintió la primera vez con su suegro.

—No exagerabas, amigo. Es espectacular —dijo Jorge, tomándole la mano y llevándosela a los labios.

Lo que siguió fue una noche de descubrimientos. La joven esposa aprendió que podía complacer a dos hombres al mismo tiempo, que su cuerpo era capaz de sensaciones que nunca había explorado.

—¡Dios, sí! —gritó mientras su suegro la tomaba por detrás y Jorge succionaba sus tetas—. ¡Más!

La experiencia la transformó. Ya no era la esposa ignorada, sino una mujer deseada, admirada, codiciada. Y le encantaba.

Segunda Parte: El Legado Continúa

Catorce años después, la situación había cambiado. El suegro ahora tenía 76 años, pero mantenía una energía que desmentía su edad. La mamá de Agustina, con 40 años, seguía siendo una mujer impresionante que mantenía su relación secreta con su suegro y, ocasionalmente, con algunos de sus amigos.

Agustina, o «Agus» como la llamaban todos, tenía ahora 14 años. Una adolescente curiosa que observaba todo con ojos atentos. Notaba el cambio en su madre: más segura de sí misma, más radiante, y la forma especial en que interactuaba con su abuelo.

Agus era una mezcla de inocencia y curiosidad. Con su uniforme escolar, falda plisada que terminaba justo encima de las rodillas, blusa blanca ajustada que comenzaba a insinuar el desarrollo de sus propias tetas, y medias altas que realzaban sus piernas cada vez más largas y delgadas, era la imagen de la adolescencia encarnada.

El juego comenzó de forma sutil, casi imperceptible.

Escena 1: La Cocina

Un lunes por la mañana, mientras Agus esperaba su desayuno antes de ir al colegio, su abuelo entró en la cocina. Llevaba una bata de seda que le había regalado su nuera años atrás, y nada debajo.

—¿Qué hacés, mi nieta? —preguntó, acercándose a la heladera.

Al pasar por detrás de Agus, «casualmente» su mano rozó el culo de la adolescente a través de la falda del uniforme. Agus se estremeció, pero no dijo nada, sintiendo un calor extraño recorrer su cuerpo.

—Nada, abuelo. Esperando el tostado —respondió, sin volverse.

El abuelo sonrió para sí mismo. Sabía que la semilla estaba plantada.

Escena 2: El Pasillo

Una semana después, Agus volvía del colegio. El abuelo la esperaba en el pasillo, «leyendo» el diario.

—¿Cómo te fue hoy, Agus? —preguntó sin levantar la vista.

Agus se acercó para darle un beso en la mejilla, como siempre hacía. Pero esta vez, el abuelo giró la cabeza, y el beso terminó en los labios. Fue rápido, casi imperceptible, pero dejó a Agus sin aliento.

—Bien, abuelo —respondió con voz temblorosa, sintiendo cómo sus mejillas se ruborizaban.

Esa noche, Agus no pudo dormir. Repasaba una y otra vez el beso de su abuelo, el roce en la cocina, las miradas cómplices entre él y su madre. Una parte de ella sabía que estaba mal, pero otra parte, una parte oscura y curiosa, quería más.

Escena 3: El Sofá

El siguiente sábado, la mamá de Agus había salido con unas amigas. Agus estaba en el living, viendo televisión con su uniforme de colegio puesto porque no tenía ganas de cambiarse. El abuelo entró y se sentó a su lado, más cerca de lo normal.

—¿Qué estás mirando, nena? —preguntó, su mano descansando «casualmente» en el sofá, justo al lado del muslo de Agus.

Agus sintió el calor de la mano de su abuelo, tan cerca que casi la estaba tocando. Movió la pierna, pero no para alejarla, sino para que el roce fuera inevitable.

—Una película, abuelo.

El abuelo sonrió internamente y dejó que su mano se deslizara unos centímetros, hasta que descansó sobre el muslo de su nieta. Agus no se movió. De hecho, inclinó ligeramente la pierna, facilitando el contacto.

—Te estás haciendo una mujer muy hermosa, Agus —murmuró el viejo, su mano comenzando a moverse lentamente hacia arriba, hacia el dobladillo de la falda.

Agus sintió cómo su corazón aceleraba. No sabía si debía pararlo o dejarlo continuar. Finalmente, el silencio y la curiosidad ganaron.

—Gracias, abuelo —susurró, mientras la mano del viejo llegaba al borde de sus medias.

Escena 4: La Ducha

Una tarde, mientras Agus se duchaba, escuchó que la puerta del baño se abría. Pensó que era su madre, pero cuando corrió la cortina, se encontró con su abuelo, completamente desnudo.

Agus gritó sorprendida, cubriéndose con las manos.

—¡Abuelo! ¿Qué hacés acá?

—Shhh, nena. Solo vine a ayudarte —dijo él, entrando a la ducha con ella.

Agus quería protestar, pero cuando vio el cuerpo de su abuelo, se quedó sin palabras. A pesar de sus 76 años, mantenía una pija impresionante, larga y gruesa, con las venas marcadas y el glande brillando bajo el agua.

—Abuelo, no… —comenzó a decir, pero sus palabras se perdieron cuando él la tomó en sus brazos y la besó.

Esta vez, el beso fue diferente. Profundo, apasionado, lleno de deseo. Agus sintió cómo las manos de su abuelo recorrían su cuerpo mojado, explorando cada curva, cada pliegue.

—Sos hermosa, Agus. Igual que tu madre cuando era joven —murmuró contra sus labios.

Agus sintió cómo su cuerpo respondía a las caricias del viejo. Sus tetas, aunque aún en desarrollo, se ponían duras bajo sus palmas. Su conchita, que había comenzado a desarrollar un vello suave, se humedecía con una mezcla de agua y excitación.

—Abuelo, esto está mal… —dijo ella, pero su voz era apenas un susurro.

—Nada que se sienta tan bien puede estar mal, nena —respondió él, arrodillándose frente a ella.

Agus sintió cómo la lengua de su abuelo encontraba su clítoris, aún pequeño pero sensible. Un gemido escapó de sus labios mientras las manos del viejo se aferraban a sus caderas, manteniéndola en su sitio mientras su lengua exploraba su conchita virgen.

—¡Dios, abuelo! —gritó Agus, sintiendo cómo una oleada de placer recorría su cuerpo.

El viejo continuó su minucioso trabajo, alternando entre lamidos suaves y succiones firmes en su clítoris, mientras sus dedos exploraban su entrada.

—¡Abuelo, voy a…! —no pudo terminar la frase cuando el primer orgasmo de su vida la sacudió con una intensidad que nunca había imaginado.

Escena 5: El Cuarto de Agus

Esa noche, Agus no pudo dormir. Su cuerpo ardía con sensaciones nuevas, su mente daba vueltas con lo que había pasado en la ducha. Sabía que debía sentirse culpable, pero solo sentía un deseo abrumador de repetir la experiencia.

Alrededor de la medianoche, escuchó que su puerta se abría. Era su abuelo, vestido solo con su bata de seda.

—¿No podés dormir, nena? —preguntó, sentándose en el borde de su cama.

Agus negó con la cabeza, sintiendo cómo su corazón aceleraba.

—No, abuelo.

El viejo sonrió y se recostó junto a ella, su mano encontrando la suya bajo las sábanas.

—¿Te gustó lo que hicimos hoy, Agus?

Agus dudó por un momento, pero luego asintió.

—Sí, abuelo. Mucho.

—Bueno, hay mucho más por aprender —murmuró él, acercando su boca a la de su nieta.

El beso fue diferente esta vez. Más seguro, más experimentado. Agus sintió cómo la mano de su abuelo se deslizaba hacia arriba, encontrando sus tetas pequeñas pero firmes.

—Abuelo… —susurró, pero él la silenció con otro beso.

Su mano continuó explorando, descendiendo hacia su pijama de algodón. Agus sintió cómo sus dedos se deslizaban bajo la tela, encontrando su conchita todavía húmeda por la excitación.

—Estás lista, nena —murmuró el viejo, retirando su mano por un momento para desabrochar los botones de su pijama.

Agus sintió una mezcla de miedo y anticipación mientras su abuelo la desvestía, revelando su cuerpo adolescente a la luz de la luna que entraba por la ventana.

—Sos perfecta, Agus —dijo él, su mano volviendo a explorar su ahora desnuda conchita.

Escena 6: La Iniciación Completa

El abuelo se recostó completamente sobre Agus, su cuerpo viejo pero firme presionando contra el joven cuerpo de su nieta. La pija del viejo, dura y pulsante, se deslizaba entre los labios de su conchita, buscando su entrada.

—¿Estás segura, Agus? —preguntó él, aunque sabía la respuesta.

Agus asintió, sintiendo una mezcla de miedo y deseo abrumador.

—Sí, abuelo. Quiero sentirlo.

El viejo sonrió y comenzó a penetrarla lentamente. Agus sintió un pinchazo agudo cuando su himen se rompió, pero fue seguido rápidamente por una oleada de placer que nunca había experimentado.

—¡Dios! —gritó, arqueando la espalda mientras el abuelo la llenaba por completo.

El viejo comenzó a moverse con un ritmo lento pero profundo. Cada embestida hacía que Agus gemiera, sintiendo cómo su pija alcanzaba lugares dentro de ella que no sabía que existían.

—Mirame, nena. Mirame mientras te la meto —ordenó el viejo, y Agus obedeció, abriendo los ojos para encontrarse con la mirada intensa de su abuelo.

El orgasmo la sorprendió, haciéndola temblar debajo de él. El viejo sonrió, acelerando el ritmo hasta que él también alcanzó su clímax, llenándola con su semen caliente.

—¿Te gustó, nena? —preguntó mientras ambos recuperaban el aliento.

Agus asintió, sintiendo una mezcla de satisfacción y asombro.

—Sí, abuelo. Demasiado.

Escena 7: El Secreto Compartido

A la mañana siguiente, Agus se despertó con el cuerpo dolorido pero satisfecha. Su abuelo se había ido, pero el olor a sexo y la sensación de su semen aún permanecían en su conchita.

Al bajar al desayuno, encontró a su madre en la cocina, vestida con un robe de seda que apenas ocultaba sus curvas.

—¿Bien dormida, Agus? —preguntó su madre, sonriéndole de una manera que Agus nunca antes había notado.

Agus sintió cómo sus mejillas se ruborizaban, recordando la noche anterior.

—Sí, mamá. Bien.

Su madre se acercó y le susurró al oído:

—Tu abuelo me contó todo. No te preocupes, nena. Es nuestro secreto.

Agus sintió una mezcla de alivio y confusión. ¿Su madre sabía? ¿Aprobaba lo que había pasado?

—¿Mamá, vos y el abuelo…? —comenzó a preguntar, pero su madre la silenció con un beso en la mejilla.

—Más tarde hablaremos, nena. Ahora váyase al colegio.

Ese día en el colegio, Agus no pudo concentrarse. Su mente daba vueltas con los descubrimientos de la noche anterior y la mañana. No solo había perdido su virginidad con su abuelo, sino que su madre sabía y, aparentemente, aprobaba.

Escena 8: La Confesión

Cuando Agus volvió del colegio, su madre la esperaba en el living.

—Sentémonos, Agus. Tenemos que hablar —dijo su madre, patroneando el sofá a su lado.

Agus se sentó, sintiendo cómo su corazón aceleraba.

—Mamá, sobre lo de ayer…

—Tu abuelo me contó todo, nena. Y no estoy enojada. De hecho, me alegra —dijo su madre, tomando su mano.

Agus la miró confundida.

—¿Alegrada? ¿Por qué?

—Porque ahora podremos compartir nuestro secreto. El mismo secreto que él y yo compartimos desde antes de que nacieras —confesó su madre, y Agus sintió cómo el mundo giraba.

—¿Qué? ¿Vos y el abuelo… desde siempre?

—Desde casi que me casé con tu padre. Él siempre me descuidó, pero tu abuelo… él siempre supo valorarme, desearme —dijo su madre, su voz cargada de nostalgia.

Agus procesaba la información, las piezas del rompecabezas encajando en su mente. Las miradas cómplices, los toques «casuales», el tiempo que pasaban juntos a solas.

—¿Y los amigos? ¿Los viejos que a veces vienen a casa? —preguntó Agus, y su madre sonrió.

—También. Es parte de nuestro juego, nena. Un juego que ahora podés jugar con nosotros.

Escena 9: La Primera Vez Juntas

Esa noche, después de que el padre de Agus se durmiera, su madre entró en su cuarto.

—Vení, nena. Tu abuelo nos está esperando —dijo, tomándole la mano.

Agus la siguió, sintiendo una mezcla de nervios y excitación. Cuando entraron en el dormitorio principal, encontraron al abuelo esperándolos en la cama, completamente desnudo. Su pija estaba dura, erguida sobre su vientre.

—Finalmente, las dos mujeres más hermosas de mi vida juntas —dijo el viejo, sonriendo.

La mamá de Agus se desvistió lentamente, revelando un cuerpo que, a sus 40 años, seguía siendo impresionante. Sus tetas, aunque más grandes que las de Agus, mantenían una firmeza envidiable, su cintura seguía siendo estrecha y su culo redondo y firme.

—Vos también, nena. Desvistite —ordenó su madre, y Agus obedeció, sintiendo cómo sus manos temblaban mientras quitaba su pijama.

El abuelo las observaba con ojos llenos de deseo, su pija pulsando con anticipación.

—Venid, mis dos nenas —murmuró él, abriendo sus brazos.

Madre e hija se acercaron a la cama, sus cuerpos tan diferentes pero igualmente deseables. La mamá de Agus se recostó a un lado del viejo, mientras Agus lo hacía al otro.

—Besémonos —dijo la madre, y antes de que Agus pudiera reaccionar, sintió cómo los labios de su madre se encontraban con los suyos.

El beso fue diferente a cualquier cosa que Agus hubiera experimentado. Tierno pero apasionado, lleno de un deseo que la confundía y excitaba a la vez.

—Así es, nena. Besá a tu madre —murmuró el abuelo, su mano encontrando la conchita de Agus mientras la otra se deslizaba hacia la concha de su madre.

Agus sintió cómo el cuerpo de su madre respondía a las caricias del viejo, cómo sus tetas se ponían duras y su concha se humedecía. Sintió lo mismo en su propio cuerpo, el deseo creciendo hasta volverse insoportable.

—Ahora, mamá. Enseñale a tu hija cómo se hace —ordenó el viejo, y la madre de Agus asintió, descendiendo hacia la pija de su suegro.

Agus observaba con ojos atentos mientras su madre tomaba la pija del viejo en su boca, su cabeza subiendo y bajando con un ritmo experto. El viejo gemía, sus manos aferrándose a las sábanas.

—Ahora te toca a vos, nena —dijo la madre, retirándose y señalando la pija brillante de saliva de su suegro.

Agus dudó por un momento, pero luego se inclinó, tomando la pija de su abuelo en su boca. Era más grande de lo que parecía, llena de venas marcadas y con un glande ancho que casi no podía caber en su boca.

—Así es, nena. Chupala como tu madre te enseñó —murmuró el viejo, sus manos encontrando las tetas de su nieta mientras ella lo satisfacía oralmente.

Escena 10: La Orgía Final

Lo que siguió fue una noche de descubrimientos y placeres que Agus nunca habría imaginado. El abuelo, su madre y ella, explorando cada cuerpo, cada fantasía, cada deseo.

—Ahora, nena. Sentate en la pija de tu abuelo —ordenó su madre, y Agus obedeció, sintiendo cómo la erección del viejo la llenaba una vez más.

Mientras Agus cabalgaba a su abuelo, su madre se acercó, besándola profundamente mientras sus manos exploraban su cuerpo.

—Así es, nena. Movete así —murmuró su madre contra sus labios, sus manos encontrando sus tetas y estimulando sus pezones.

—¡Dios, sí! Así, mis dos nenas, juntas! —gemó el abuelo, mientras sus manos se aferraban a las caderas de Agus, guíandola en un ritmo cada vez más frenético.

Agus sentía la pija de su abuelo profundamente dentro de ella, mientras los labios de su madre se unían a los suyos en un beso lleno de pasión y prohibición. Las manos de su madre recorrían su espalda, descendiendo hasta su culo, donde un dedo comenzó a rozar su ojito.

—¿Te gusta, nena? ¿Te gusta sentir la pija de tu abuelo mientras tu mamá te toca? —susurró su madre contra su boca.

Agus solo pudo asentir, demasiado ocupada lamiendo las tetas de su madre, que ahora se encontraban frente a su cara. Los pezones duros y oscros invitándola a chuparlos, a morderlos suavemente.

El abuelo, viendo la escena, aceleró sus embestidas. Cada golpe de su pija en la concha de su nieta la hacía gemir contra el pecho de su madre.

—Ahora te toca a vos, hija —dijo el viejo, dirigiéndose a su nuera—. Vení arriba de mi cara. Quiero chupar esa concha rica mientras me la meto a tu hija.

La mamá de Agus sonrió y, con una agilidad que desmentía sus 40 años, se posicionó sobre la boca del viejo, dejando su concha al descubierto justo frente a sus labios. Agus, desde su posición, podía ver todo: cómo la lengua de su abuelo lamiaba la concha de su madre, cómo los labios de esta se abrían para recibirlo, cómo sus tetas se balanceaban con cada movimiento.

—¡Sí, suegro! ¡Chupame esa concha! ¡Meteme la lengua bien adentro! —gritó la madre de Agus, mientras sus manos encontraban las tetas de su hija y las apretaba.

La escena era depravada y excitante a la vez. Tres generaciones unidas en el placer, en el secreto, en la pasión.

—Agus, nena, doblate un poco más —ordenó el abuelo, su voz algo ahogada por la concha de su nuera—. Quiero que tu madre te chupe el culo mientras sigo metiéndotela.

Agus obedeció, inclinando su torso hacia adelante. Sintió cómo las manos de su madre se abrían sus cachetos, exponiendo su ojito. Un momento después, sintió cómo una lengua húmeda y cálida comenzaba a lamiarlo, a explorarlo.

—¡Dios, mamá! ¡Sí! —gritó Agus, sintiendo una nueva ola de placer recorrer su cuerpo.

El abuelo, debajo de ellas, sonrió. Su plan se estaba cumpliendo. No solo había iniciado a su nuera en los placeres de la carne, sino que ahora había traído a su nieta al mismo juego, creando un legado de pasión y secreto que esperaba durara generaciones.

—Ahora, cambien de posición —ordenó el viejo, y las dos mujeres obedecieron sin dudar.

La mamá de Agus se recostó en la cama, abriendo sus piernas. Agus, siguiendo las indicaciones de su madre, se posicionó entre ellas, su cara frente a la concha que la había concebido.

—Lamelá, nena. Hacelo a tu mamá lo mismo que yo te hice a vos —ordenó el abuelo, arrodillándose detrás de su nieta.

Agus dudó por un momento, pero luego, impulsada por la curiosidad y el deseo, inclinó la cabeza y extendió la lengua. El primer contacto con la concha de su madre fue eléctrico. Sintió cómo el cuerpo de esta se estremecía, cómo un gemido escapaba de sus labios.

—Así es, nena. Así de bien —murmuró su madre, sus manos encontrando la cabeza de Agus y guíandola.

Mientras Agus exploraba la concha de su madre con su boca, sintió cómo el abuelo se posicionaba detrás de ella. Un momento después, la pija del viejo volvía a entrar en su conchita, esta vez con más fuerza, más determinación.

—¡Sí, abuelo! ¡Metémela toda! —gritó Agus, levantando la cara por un momento antes de volver a sumergirse en la concha de su madre.

La escena se convirtió en un torbellino de gemidos, lamentos y caricias. Tres cuerpos moviéndose en sincronía, buscando el placer, encontrándolo en lo prohibido, en lo secreto, en lo familiar.

—Voy a correrme, nenas. ¿Dónde quieren que me corra? —preguntó el viejo, su voz tensa por el esfuerzo.

—¡En la concha de tu hija! ¡Correte en la concha de Agus! —gritó la madre, y el abuelo sonrió.

Unos embestidas más y el viejo alcanzó su clímax, llenando a su nieta con su semen caliente. Agus sintió cómo la eyaculación la llenaba, cómo el calor se extendía por su interior, empujándola hacia su propio orgasmo.

—¡Dios, sí! ¡Me estoy corriendo! —gritó, su cuerpo temblando incontrolablemente.

La mamá de Agus, viendo a su hija en el clímax, no pudo contenerse y también alcanzó su orgasmo, gritando y arqueando la espalda mientras las ondas de placer la recorrían.

Por varios minutos, los tres permanecieron así, sus cuerpos entrelazados, sus respiraciones agitadas, sus mentes nubladas por el placer.

Finalmente, el abuelo se retiró, recostándose a un lado de las dos mujeres, que ahora se abrazaban, sus cuerpos aún temblando por los orgasmos.

—¿Qué les pareció, mis nenas? —preguntó el viejo, su voz suave y satisfecha.

—Increíble, suegro. Como siempre —respondió su nuera, besándolo en los labios.

Agus, por su parte, sonrió, sintiendo una mezcla de satisfacción y asombro.

—Sí, abuelo. Increíble.

—Bueno, esto es solo el principio, nena —dijo el viejo, acariciando el cabello de su nieta—. A partir de ahora, somos una familia muy, muy unida.

Agus sonrió, sabiendo que su vida había cambiado para siempre. Ya no era la adolescente inocente que volvía del colegio cada día. Ahora era parte de un secreto, de un juego, de una tradición familiar que, aunque prohibida, le daba más placer y satisfacción que anything que hubiera experimentado antes.

Y mientras se abrazaba a su madre, sintiendo cómo el semen de su abuelo goteaba de su conchita, supo que esto era solo el comienzo de una nueva vida, una vida llena de secretos, placeres y, sobre todo, de una unión familiar que nadie más podría entender.

A la mañana siguiente, el ambiente en la casa era diferente. El aire parecía más denso, cargado con el secreto que ahora compartían las tres generaciones. El padre de Agus ya se había ido a trabajar, dejándolas solas.

Agus bajó a la cocina, encontrando a su madre de espaldas, preparando café. Llevaba una camiseta de algodón fina y unos panty shorts que se ajustaban perfectamente a su culo, revelando la forma que Agus ahora conocía tan bien.

—Buenos días, nena —dijo su madre sin volverse. ¿Bien dormida?

Agus se acercó y se sentó en uno de los banquetas de la isla, apoyando la barbilla en las manos.

—Mamá… vos decís que sabías desde hace tiempo… ¿cómo fue? ¿Cuándo te enteraste?

Su madre se dio vuelta, una sonrisa comprensiva en su rostro. Apoyó la espalda contra la mesada y la miró fijamente.

—No fue conmigo, Agus. Yo no fui la primera. Te vi a vos.

Agus frunció el ceño, confundida.

—¿A mí? ¿Qué querés decir?

La mamá de Agus tomó un sorbo de su café, sus ojos perdidos en el recuerdo.

—Hace unas semanas. Volvías del colegio, igual que todos los días. Tu abuelo estaba en el living, recostado en el sillón, como si estuviera durmiendo la siesta. Yo estaba en la cocina, pero podía ver todo a través de la puerta abierta.

Agus escuchaba con atención, sintiendo cómo su corazón aceleraba.

—Ese día, él llevaba esa bata de seda que tanto le gusta, pero estaba completamente abierta. Y su pija… su pija estaba afuera, completamente dura. Se veía impresionante, Agus. Larga, gruesa, con esas venas marcadas y el glande tan oscuro y brillante. Y vos te quedaste parada en la entrada del living, mirándola.

La madre de Agus hizo una pausa, como si reviviera la escena.

—Yo me quedé helada, escondida detrás de la puerta de la cocina. Vi cómo tus ojos se abrían, cómo tu boca se entreabría. Sabía lo que estabas sintiendo, porque yo lo había sentido a tu edad. Vi cómo te ruborizabas, cómo apretabas los muslos, sin poder apartar la mirada.

—¿Y qué pasó? —preguntó Agus, con la voz entrecortada.

—Tu abuelo se movió, como si se estuviera despertando, pero sus ojos siguieron cerrados. Su mano descendió lentamente, hasta rodear su pija. Y comenzó a masturbarse. Lentamente al principio, luego más rápido. Y vos, Agus… vos no te moviste. Seguiste mirando, hipnotizada.

La mamá de Agus respiró hondo, sus ojos brillando con el recuerdo.

—Yo estaba observándolo todo. Vi cómo tu mano se deslizaba «casualmente» bajo la falda de tu uniforme, cómo tus dedos se movían dentro de tus bombachas. Me masturbé al mismo tiempo que vos, Agus. Escondida en la cocina, con los dedos en mi concha, mirando a mi hija y a mi suegro en ese juego secreto.

—¡Dios, mamá! —exclamó Agus, sintiendo cómo su propia concha comenzaba a humedecerse.

—Sé, nena. Sé qué estás sintiendo porque yo lo sentí. Era tan excitante verte así, tan curiosa, tan deseosa. Vi cómo tu abuelo aceleraba el ritmo, su respiración se volvía más agitada. Y entonces, entonces eyaculó. Un chorro espeso y blanco que salió de su pija y cayó sobre su vientre.

La mamá de Agus tomó otro sorbo de café, su mano temblando ligeramente.

—Y vos, Agus… vos casi te caes. Tus piernas flaquearon, tuviste que apoyarte en el marco de la puerta. Vi cómo tu propio orgasmo te sacudía, cómo tus hombros se encogían, cómo apretabas la mano contra tu boca para no gritar. Y yo también, nena. Yo también me corrí contigo, viéndote a vos.

La mamá de Agus se acercó a su hija, su voz bajando a un susurro.

—Después, te apuraste a ir a tu cuarto, y tu abuelo se levantó como si nada, fue al baño, y volvió a recostarse. Pero yo sabía lo que había pasado. Sabía que algo había cambiado entre vosotros.

—¿Y qué hiciste? —preguntó Agus, casi sin aliento.

—Esa noche, hablé con tu abuelo. Le dije lo que había visto. Le dije que sabía que te deseaba, que había sido intencional. Y él me lo confirmó. Me dijo que llevaba tiempo esperando el momento, que veía en vos el mismo fuego que vio en mí a tu edad.

La mamá de Agus tomó la mano de su hija, llevándosela a su propio pecho.

—Le dije que si te tocaba, tenía que contármelo. Que este era nuestro juego, nuestro secreto, y que si vos ibas a ser parte de él, teníamos que compartirlo. Y él aceptó.

Agus se quedó sin palabras, imaginando esa conversación entre su madre y su abuelo, hablando sobre ella.

—¿Y cuando fue la primera vez que estuvieron juntos?

—La semana siguiente. Volvías del colegio y él te esperaba en el living. Yo me escondí en el pasillo, observando todo. Vi cómo se acercaba, cómo su mano «casualmente» se deslizaba hacia tu culo, cómo vos no te apartabas. Vi cómo te besaba, cómo sus manos subían por tu cuerpo, encontrando tus tetas.

La mamá de Agus se acercó más, su voz apenas un susurro.

—Vi cómo te llevaba al dormitorio, cómo te desvestía. Me masturbé viendo cómo te lami la concha, cómo te hacía gemir. Y cuando te penetró, cuando vi su pija entrar en tu conchita virgen… casi me corro de nuevo. Fue la escena más excitante que he visto en mi vida, Agus. Ver a mi hija siendo iniciada por el mismo hombre que me inició a mí.

Agus sintió cómo las lágrimas se formaban en sus ojos, no de tristeza, sino de emoción, de comprensión.

—¿Y vos estabas ahí todo el tiempo? ¿Viendo todo?

—Todo, nena. Vi cómo te movías bajo él, cómo lo abrazabas con tus piernas, cómo le pedías más. Vi cómo él se corría dentro de ti, cómo te llenaba con su semen. Y cuando terminaron, cuando te dormiste en sus brazos, entré al cuarto. Me uní a ustedes en la cama, y los tres dormimos juntos esa noche.

La mamá de Agus se inclinó y besó a su hija en la frente.

—Por eso te dije que era nuestro secreto, Agus. Porque lo es. Desde el principio, las tres somos parte de esto. Y no podría estar más feliz de compartirlo con vos.

Agus sonrió, sintiendo cómo el mundo encajaba finalmente en su lugar. Ya no estaba sola en su secreto, en su deseo. Ahora compartía algo especial, algo único con la mujer que más quería en el mundo: su madre.

—Gracias por contarme, mamá. Por… por todo.

—De nada, nena. De nada. Ahora, ¿qué te parece si vamos a despertar a tu abuelo? Creo que tiene otra lección que enseñarte.

Agus asintió, sintiendo cómo la excitación volvía a recorrer su cuerpo. El día recién comenzaba, y ya sabía que sería inolvidable.

### Escena 12: La Invitación y el Legado

El cuerpo de Agus aún vibraba con la energía de la confesión de su madre. La cocina, ese espacio tan cotidiano, ahora se sentía como el santuario de su nuevo y excitante secreto. Se levantó del banqueta y se acercó a su madre, sintiendo una audacia que no sabía que poseía.

—Mamá… ¿podemos ir a despertarlo juntas? —preguntó Agus, su voz un murmullo cargado de deseo.

La madre de Agus sonrió, una sonrisa de complicidad y orgullo. Tomó la mano de su hija.

—Claro que sí, nena. Vamos a darle los buenos días como se merece.

Subieron las escaleras en silencio, mano a mano, como dos cómplices camino a una misión secreta. La puerta del dormitorio principal estaba entreabierta. El abuelo dormía profundamente, boca arriba, con las sábanas revueltas revelando su pecho velludo y sus piernas fuertes. La bata de seda yacía en una silla, como un testigo silencioso de noches pasadas.

La madre de Agus se detuvo junto a la cama y le hizo un gesto a su hija para que se acercara.

—Miralo, Agus. Así es como lo vi yo por primera vez, cuando era más joven que vos. Y así es como lo viste vos, ¿verdad?

Agus asintió, sintiendo el nudo de calor en su estómago. La madre de Agus se inclinó y le susurró al oído:

—Pero nuestro juego, nuestra familia… no se queda solo con nosotros. Tu abuelo tiene amigos. Amigos que, como él, saben apreciar a las mujeres… a las que les gusta jugar.

Mientras hablaba, la mano de la madre de Agus descendió por la espalda de su hija, hasta encontrar el culo firme bajo la tela del pijama. Lo apretó suavemente.

—La semana que viene viene Jorge, el amigo del que te hablé. El que estuvo conmigo hace años. Todavía me pregunta por ti, ¿sabés? Me dice si mi «hijita» ya es tan mujer como su madre.

Agus sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. La idea de ser deseada por otro hombre, por un amigo de su abuelo, la aterraba y la excitaba a la vez.

—¿Mamá… vos creés que…?

—Shhh —la interrumpió su madre, llevando un dedo a sus labios—. No pienses tanto. Solo sentí.

Con eso, la madre de Agus se inclinó y besó a su hija en la boca, un beso profundo y lleno de promesas. Luego, se deslizó hacia la cama y, con una delicadeza increíble, tiró de la sábana que cubría al abuelo.

La pija del viejo estaba allí, semi-erguida sobre su vientre, como un monstruo dormido. Aún no estaba completamente despierta, pero su tamaño y forma eran innegables.

—Ahora vos, nena —susurró la madre—. Despertalo. Hacelo como te enseñé.

Agus dudó solo un segundo. Miró a su madre, que le sonreía con ánimo. Luego miró a su abuelo, durmiendo plácidamente. Y finalmente, miró la pija que la esperaba.

Se arrodilló junto a la cama, su joven cuerpo tan cerca del viejo. Con cuidado, como si temiera romper un hechizo, extendió la mano y tomó la pija de su abuelo. Era caliente y pesada, y comenzó a endurecerse en su palma.

Agus se inclinó y, siguiendo el ejemplo de su madre, tomó el glande en su boca. Lo lamió suavemente, sintiéndolo crecer y endurecerse hasta alcanzar su máximo esplendor. El abuelo se movió en sueños, un gemido escapando de sus labios.

—Así es, nena… —murmuró él, sin abrir los ojos—. Seguí…

Agus continuó su minucioso trabajo, su cabeza subiendo y bajando, su lengua explorando cada centímetro de la pija de su abuelo. Su madre la observaba desde un costado, sus manos recorriendo su propio cuerpo, excitada por la escena.

Cuando el abuelo finalmente abrió los ojos y vio a su nieta entre sus piernas, sonrió.

—Buenos días, mi nena… —dijo, su voz ronca por el sueño—. ¿Vine a tu sueño o soñaste conmigo?

—Estamos despiertos, abuelo —dijo la madre de Agus, acercándose y uniéndose a su hija en la cama—. Y listos para un nuevo día.

El viejo sonrió, extendiendo sus brazos para abrazar a las dos mujeres.

—Entonces que comience el día. Pero antes… —miró a su nieta, luego a su nuera—. La semana que viene… Jorge viene a cenar. Y me gustaría que Agus estuviera presente. Para conocerlo. De verdad.

La madre de Agus sonrió, mirando a su hija, que ahora levantaba la vista, con los ojos brillantes y la boca aún llena de la pija de su abuelo.

—¿Qué te parece, Agus? —preguntó su madre—. ¿Querés conocer a Jorge?

Agus retiró la boca de la pija de su abuelo, un hilo de saliva uniendo sus labios al glande. Sonrió, una sonrisa de pura complicidad y deseo.

—Sí, mamá. Por supuesto.

Mientras decía esto, el viejo la tomó por la nuca y la llevó de nuevo hacia su pija, mientras su otra mano se deslizaba hacia la concha de su nuera.

—Entonces que así sea —dijo el viejo—. Una nueva etapa para nuestra familia.

La escena se quedó así, suspendida en el tiempo: la abuela, la madre y la nieta, unidas por el placer y el secreto, con la promesa de nuevos jugadores y nuevas aventuras en el horizonte. El legado familiar no solo continuaba, sino que se expandía, abriendo un nuevo capítulo en la historia de una unión tan prohibida como excitante.

3 Lecturas/11 marzo, 2026/0 Comentarios/por PaulaLange
Etiquetas: amigos, colegio, hija, hijo, madre, mama, padre, sexo
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