Ahora me ven como hombre (Reescrito) Parte 2: El dominio se impone
Continúa la historia de Carlos .
Beto estaba ahí, desnudo, temblando como una hoja, con esa mirada de cordero asustado que solo me daban ganas de hacerle más daño. Los tipos me miraban, esperando, y uno de ellos repitió:
—Dale, nene, hacelo gritar. Tenés con qué, así que no te hagas el bueno o seguimos con tus hermanas.
Mi familia estaba en silencio, atada, con los ojos clavados en mí. Mi madre y mi abuela parecían suplicar con la mirada que no empeorara las cosas, pero yo ya no estaba pensando en ellas. Algo dentro de mí se había prendido fuego, una mezcla de bronca, poder y una calentura enferma que no podía controlar. Me paré frente a Beto, y mi cuerpo, tallado a los 18 años por el fútbol y el gimnasio, se imponía sin esfuerzo. Mis hombros anchos, duros como roca, se tensaban bajo mi piel bronceada, conectados a unos brazos gruesos con bíceps marcados que sobresalían incluso estando relajados. Mi pecho era firme, con pectorales definidos que se movían con cada respiración profunda, y mi abdomen era una tabla de seis músculos perfectos, bajando hasta una cintura estrecha pero sólida. Mis piernas, musculosas y fuertes como columnas, sostenían mi peso con autoridad, y entre ellas colgaba mi verga: 22 cm de carne gruesa, venosa, con el glande hinchado y brillante, dura como nunca, latiendo con ganas de castigar al puto de Beto por meterse en este quilombo.
Lo agarré del pelo con más fuerza, tiré su cabeza hacia atrás y lo obligué a arrodillarse frente a mí. Mis músculos se flexionaron, los bíceps hinchados por el esfuerzo, mientras sus manos subieron temblorosas hacia mi pija. Le di una cachetada seca en la cara con mi mano callosa, dejándolo atontado.
—No toques sin permiso, pelotudo —le dije, mi voz baja pero cortante como un cuchillo—. Abrí la boca, ahora.
Beto obedeció, con los ojos húmedos y la cara roja por el golpe. Abrí las piernas un poco, dejando que mi cuerpo imponente lo aplastara con su presencia, y mi verga colgó frente a él, tan cerca que podía sentir su respiración agitada contra la piel. Era enorme, venosa, con el glande ancho y rojo, y sabía que ese tamaño no iba a ser fácil para él. Pero no me importaba. Lo tomé de la nuca con una mano, mis dedos fuertes apretando, y lo empujé hacia adelante, metiendo la punta en su boca sin aviso.
—Chupá, puto —le ordené, y el tipo de la nariz rota se rió desde su rincón.
Beto intentó, pero apenas pudo abrir la boca lo suficiente para cubrir el glande. Sus labios se estiraron al máximo, y sus ojos se llenaron de lágrimas mientras trataba de no ahogarse. Empujé un poco más, y sentí cómo la cabeza de mi verga chocaba contra el fondo de su garganta. Dio una arcada fuerte, y un hilo de saliva le cayó por la barbilla, pero no lo dejé retroceder. Lo agarré con las dos manos, una en la nuca y otra en el mentón, mis antebrazos musculosos tensándose, y lo forcé a tragarse más.
—Metétela toda, carajo —le gruñí, y el tipo lastimado se acercó para verlo de cerca, tocándose la nariz rota con una sonrisa sádica.
—No seas suave, pendejo —me dijo—. Que se la coma hasta el fondo.
Empujé otra vez, y esta vez mi verga entró más allá de lo que Beto podía soportar. Sus arcadas eran fuertes, casi vomitaba, y sus manos se agarraron de mis muslos duros como si quisiera escapar. Pero yo no lo solté. Sentí cómo la garganta se le cerraba alrededor de mi pija, cómo el grosor la estiraba hasta el límite, y un placer oscuro me subió por la espalda, haciendo que mis pectorales se tensaran y mi abdomen se marcara aún más. No era solo la sensación física; era verlo sufrir, verlo humillado, sabiendo que yo, con este cuerpo de 80 kilos de puro músculo, tenía el control absoluto.
Saqué la verga un momento, dejándolo toser y jadear como un perro, con la cara empapada de saliva y lágrimas. Mi pija brillaba, húmeda, impresionante frente a todos, colgando entre mis piernas musculosas como un arma lista para más. Miré a mi familia de reojo: mi madre tenía la cara desencajada, mi abuela parecía sorprendida pero con un brillo raro en los ojos, y mis hermanas no podían despegar la vista, aunque Mica parecía más asustada que otra cosa. Pero no me importó. Volví a Beto.
—Otra vez —le dije, y sin esperar respuesta, le metí la pija de nuevo en la boca, esta vez con un empujón más brusco. La sentí chocar contra su garganta, y él soltó un gemido ahogado que sonó más a dolor que a otra cosa. Lo bombeé así un rato, entrando y saliendo, cada vez más profundo, mis bíceps flexionados mientras lo sujetaba, hasta que sentí que estaba por acabar. No avisé. Agarré su cabeza con fuerza, mis manos grandes cubriéndola por completo, y descargué directo en su garganta, chorros gruesos y calientes que lo ahogaron por completo. Beto intentó sacarse, pero lo sostuve hasta que terminé, y cuando lo solté, cayó al piso tosiendo, con semen y saliva goteándole por la cara.
—Mirá cómo quedó el putito —se burló el tipo de la nariz rota, pateándolo suave en el culo mientras Beto intentaba respirar—. Pero no terminó, ¿eh? Ahora vas a romperle el culo de verdad.
Me limpié la verga con la mano, todavía medio dura, y lo miré a Beto tirado ahí, débil, patético. Lo levanté del pelo como si fuera una muñeca rota, mis brazos fuertes levantándolo sin esfuerzo, y lo tiré contra el sillón, boca abajo, con las piernas abiertas. Él gimoteó, pero no se resistió. Sabía que no tenía opción. Me arrodillé atrás de él, y el tipo me dijo:
—Primero chupáselo, pero no lo hagas fácil. Que se retuerza.
Escupí en mi mano y le pasé la saliva por el culo, pero no fui suave. Metí un dedo de una, sin preparación, y Beto soltó un grito corto que se ahogó en la mordaza que todavía tenía cerca. Su culo era chico, apretado, y mi dedo ya lo estaba forzando. Lo moví adentro, abriendo camino, mientras él temblaba y apretaba los puños. Saqué el dedo y me incliné, pegando la lengua al borde de su ano. No fui delicado; lamí fuerte, empujando la lengua contra el agujero, abriéndolo a la fuerza. Beto intentó moverse, pero lo agarré de las caderas con mis manos grandes y lo clavé contra el sillón, mis músculos tensándose con cada movimiento.
—Quieto, puto, o te va a doler más —le dije, y seguí chupando, metiendo la lengua lo más profundo que podía. Él soltaba ruiditos de dolor, no de placer, y eso me calentaba más. Mi verga volvió a crecer, dura como piedra otra vez, lista para lo que venía.
Después de un rato, el tipo me dio una palmada en el hombro.
—Basta de juegos. Cogételo ya, y hacelo gritar como te dije.
Me paré, escupí en mi mano otra vez y me embadurné la pija, aunque sabía que no iba a ser suficiente. Apoyé el glande contra el culo de Beto, y él se tensó entero, murmurando algo que no entendí por la mordaza. Empujé, lento al principio, y sentí cómo el agujero se resistía a mi grosor. Era demasiado para él, y eso me dio una satisfacción enferma. Empujé más fuerte, y la punta entró con un pop seco. Beto soltó un grito agudo, su cuerpo temblando, pero no paré. Seguí metiendo, centímetro a centímetro, abriendo ese culo apretado con mi verga de 22 cm.
Cuando iba por la mitad, él ya estaba sollozando, y un hilo finito de sangre empezó a salir. El tipo de la nariz rota se rió.
—Así me gusta, pendejo. Que se acuerde de vos.
Lo agarré de los hombros con mis manos fuertes, los músculos de mi espalda ondulando, y empujé todo de una, brutal, hasta que mis huevos chocaron contra su culo. Beto gritó tan fuerte que retumbó en el living, un alarido de puro dolor que me hizo empalmarme más. Saqué un poco y volví a meter, bombeando sin piedad, cada embestida arrancándole un quejido. Su culo se apretaba alrededor de mi pija, pero no era placer lo que sentía él; era sufrimiento, y yo lo estaba disfrutando como nunca.
Mi familia lo veía todo. Mi madre tenía los ojos cerrados, incapaz de mirar. Mi abuela, en cambio, no apartaba la vista, y mis hermanas parecían hipnotizadas por el espectáculo. Yo seguí, metiendo y sacando, cada vez más rápido, mis muslos duros chocando contra él, hasta que sentí que iba a acabar otra vez. Agarré a Beto del pelo, lo tiré hacia atrás con un movimiento brusco de mi brazo, y terminé adentro de él, llenándolo con chorros calientes mientras él temblaba y lloriqueaba como el débil que era.
Saqué la verga, todavía goteando, y lo dejé ahí, desplomado sobre el sillón, con el culo rojo y un poco de sangre marcando el desastre que le había hecho. El tipo de la nariz rota aplaudió lento.
—Buen trabajo, pendejo. Mirá cómo lo dejaste al putito. Pero todavía no terminamos con vos.
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