Ahora te voy a abrir el culo, doctora, poseida por un mulato de 16 años
Una joven fisioterapeuta es follada por un joven mulato que conoció en su año rural. .
Mi nombre es Alejandra, tengo 21 años y soy estudiante de fisioterapia. Soy costeña pero de piel blanca, ojos cafés, rasgos delicados pero por dentro soy ardiente, y un cuerpo que siempre ha llamado la atención, con tetas bien paradas y un culo que no pasa desapercibido.
Para mis prácticas profesionales me mandaron a una vereda en la zona rural de Cartagena, a trabajar con comunidades afrodescendientes. El calor era sofocante, el olor a mar y a tierra húmeda me envolvía desde que bajé del bus. Me alquilé un apartamentucho en el pueblo, un cuartico con ventilador y una cama que crujía, pero era mi refugio.
Un lunes llegó a la consulta un muchacho. Se llamaba Jeison. Tenía 16 años, pero parecía un hombre hecho y derecho. Era negro, alto, fornido, con los brazos marcados por el trabajo en el campo y una mirada que te clavaba. Llevaba una camiseta sin mangas que se le pegaba a un pecho duro y un pantalón viejo que no ocultaba el tamaño de su paquete. Venía por un dolor de cabeza, pero yo solo pude pensar en lo que tendría debajo de ese pantalón. Le expliqué la dieta, le dije que tomara más agua, pero mis manos temblaban al darle la hoja con las indicaciones.
Nuestros dedos se rozaron y una corriente eléctrica me recorrió toda. Él me miró a los ojos, a los labios, y sonrió. Una sonrisa de puro desafío. «Gracias, doctora», dijo con una voz ronca que me hizo humedecer. Se fue y yo me quedé temblando, con el chocho caliente y la mente en blanco. Nunca había estado con un negro, y ese muchacho había encendido una fantasía morbosa que no pude quitarme de la cabeza.
Los siguientes días, no podía concentrarme. Lo veía por el pueblo, siempre con esa sonrisita, sabiendo que me tenía hecha una caldera. Un viernes, al salir de la consulta, lo encontré esperándome. «Doc, ¿me puede ayudar con algo? Me duele la espalda de cargar leña». La excusa era pésima, pero a mí me daba igual. Lo seguí hasta una esquina solitaria. «¿Y qué querés que haga?», le pregunté, con el corazón en la garganta. No dijo nada.
Me agarró de la cintura, me aplastó contra su cuerpo y me besó. Un beso brutal, de lengua, de saliva, con sabor a cigarrillo y a macho. Sentí su verga dura contra mi vientre y fue como si me diera un vuelco. «Quiero probar su carne blanca, doctora», me susurró al oído, mordiéndolo. No pude decir que no. «Ven a las siete», le dije, y me fui como una loca.
A las siete en punto, sonó una golpe seco en mi puerta. Era él. Entró, miró a su alrededor, y en un segundo me tuvo contra la pared. «Desde que te vi supe que ibas a ser mía», dijo, mientras me arrancaba la blusa. Mis pechos salieron disparados y él se lanzó sobre ellos, chupándolos, mordiéndolos como un animal.
Mis gemidos llenaban el cuartito. Me bajó el pantalón y el calzoncito, me levantó en brazos como si no pesara nada y me tiró en la cama. Se quitó la ropa y cuando vi su verga, se me paró el aliento. Era enorme, negra, gruesa, con unas venas marcadas y un capuchón que prometía un infierno de placer. Era mi primera verga negra y era más hermosa y grande que cualquier otra que hubiera imaginado.
Se arrodilló al pie de la cama, me abrió las piernas y se hundió entre ellas. Me lamió el chocho con una desesperación que me hizo arquear la espalda. Su lengua era áspera, sabía a mi propia excitación. «¡Así, papi, así!», le pedía, jalándole el pelo. Me tenía al borde del orgasmo cuando se detuvo. «Ahora te toca mamármela, doctora». Se sentó en el borde de la cama y me jaló del pelo hacia su verga. La tenía frente a mi cara, imponente.
La metí en mi boca, intentando tragarla toda, pero era demasiado grande. Me la metía hasta el fondo, haciéndome ahogar, con lágrimas en los ojos. «Trágala toda, blanquita, trágala toda», me ordenaba, mientras me metía la verga por el fondo de la garganta. Me estaba usando, me estaba convirtiendo en su perra y yo estaba gozando como una loca.
Cuando ya no podía más, me tiró boca abajo en la cama. «Ahora te voy a abrir el culo, doctora». Sentí pánico y una excitación descontrolada. Me puso de rodillas, me separó las nalgas y sentí un escupitajo frío en mi ano. Luego, la cabeza de su verga empujando. «¡Ahhh, joder, sí!», grité cuando entró. El dolor fue intenso, pero se mezcló con un placer tan profundo que me hizo temblar. Me la metió toda, hasta los huevos. Me rompía el culo, me daba sin compasión, mientras me jalaba del pelo y me decía las cosas más cochinas. «¡Toma, blanquita, toma toda esta verga negra!». Mis gemidos eran inhumanos. Noté cómo se endurecía aún más dentro de mí y, con un rugido, empezó a correrse. Sentí sus latidos violentos y su leche caliente llenándome por dentro. Se derrumbó sobre mí, los dos jadeando, bañados en sudor.
Se quedó dormido en mi cama. Yo me levanté, caminé como pude hasta el baño y me miré en el espejo. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados, el culo roto y goteando semen de un chico de 16 años. Me sentía sucia, usada, y más viva que nunca. Sabía que eso era solo el comienzo.


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