Amor paternal
Ningún hombre la amará tanto como su propio padre..
Apoyada en el borde de la piscina, Yénifer Arcángel, de apenas once años, contemplaba el horizonte, las arenas y el mar remanso mientras las manos de su padre estrujaban sus nalgas. Era menuda, de ojos abolsados y con curvas inapropiadas para su edad. Sonrojada por el atardecer, pero sobre todo por la preocupación de ser descubiertos, volteaba cada tanto a revisar ambos lados: los huéspedes del hotel deambulaban por la terraza, cuchicheaban entre ellos, bebían y reían indiferentes a cualquier amorío. Solo unos pocos bañistas, que volvían de la playa bien dispuestos a hacer el amor, se percataron de lo que hacían. Mirándolos de reojo, susurraban: «Se quieren mucho. Se aman. Igualito era mi papá».
El padre, obeso y lascivo, repudiaba toda ley actual. Ceñido a la vieja usanza, engañaba a su esposa con amantes y prostitutas menores de edad. Amaba los lloriqueos, las suplicas, el desvirgamiento. Ello también incluía a sus hijas, quienes, forzadas a viajar junto a él, veían sus inocencias profanadas por un supuesto amor paternal. Amor el cual Yénifer ahora sentía como algo rígido y membrudo que la penetraba entre los muslos.
—Que rica estás, mami —dijo el padre—. Quédate así. Quietecita.
—Papi —reclamó ella—, aquí no.
Ignorándola, el padre desanudó su bikini. Yénifer, sin embargo, anticipó aquella perversión y cruzó los brazos antes que el top se le escurriera del pecho. Pretendía abandonar la piscina cuando fue encerrada por el abrazo de su padre, que comenzó a moverse luego de inhalar sus fragancias frutales. Al principio lo hizo con ternura, como si la acariciara. Le besaba el cuello, la mejilla, los labios y poco a poco consiguió someter su agarre, llevándole las manos atrás. Una vez así, le murmuró al oído:
—No te resistas y se buena hijita. —Descendió una de sus manos hacia la tanguita—. Esto estorba, amor. —La desbarató y el bikini entero terminó flotando sin rumbo. Excitado por la desnudez de su hija, aumentó la velocidad de sus embestidas hasta provocar que el agua se desbordara. Algunos huéspedes, fastidiados, voltearon a ver qué causaba tal oleaje. Se devolvieron casi de inmediato, abochornados por la imagen de un hombre propasándose contra una niña. «Mejor no molestamos —decían—. Ya luego acabarán». El padre lamía y relamía los cachetes de Yénifer. Aferrado a sus caderas, le escupía obscenidades y, sin que ella lo notara, arrimaba su miembro a la entrada de su conchita. Deseaba oír: «Métemela, papi»; en cambio solo obtenía: «No, papi. Ya basta, por favor» y gimoteos.
Quiso forzarlo; pero al tratar de introducirse, Yénifer, movida por la desesperación, se echó para atrás, ocasionando que su vulva resbalara por todo el miembro. «Papi, ah…», gimió. El padre rechinó los dientes, enterró las uñas en la cintura de su hija y sucumbió al placer. Los chorros salieron en abundancia. Eran hileras densas y blanquecinas que de inmediato quedaban extraviadas dentro del agua. Lentamente llegaron al otro extremo de la piscina, donde un infante —metido en carnes— probaba suerte con su primera sumersión. Se divertía bajo el agua. Intentaba atrapar los haces de luz, sonreía cuando sus movimientos espantaban a algún bañista, y ahora fijaba la mirada en una sustancia que parecía pasta desmenuzada. Se acercó con curiosidad. Tocarla provocaba cosquillas. Vio como venía más a raudales. Le acariciaba el rostro, el pecho, las piernas y, después de infiltrarse en su bañador, también la intimidad. Regocijado, la extendía con las manos —su viscosidad lo maravillaba—, formaba círculos o espirales con ella, y antes de emerger juntó cuanto pudo a fin de mostrárselo a sus padres. Salió apresurado; temía que la sustancia desapareciera. Pero enseguida comprendió que no debía preocuparse porque el aire fresco la volvía muy pegajosa. Incluso la degustó y comprobó que era chiclosa e insípida. «Tobías, ¿qué haces? Ven, hijito», dijeron desde el bar del hotel. El pequeño Tobías, de cuatro años, regresó a sus padres embarrado de semen mórbido. «Tobías, tu carita está… ¡Tobías!».
—Hija de puta —farfulló el padre de Yénifer—. ¿Y ahora?
—Lo siento, papi.
—Me tienes harto, Yénifer. —Subió su short, apartándose de ella.
—¿Papi?
—Vamos al cuarto de una vez. Voy a tener que tomar la pastilla.
—Papi, ¿y mi bikini?
—No sé, apúrate.
—No puedo, papi. Me van a ver.
—¿Y? Tú solo avanza.
El padre abandonó la piscina; Yénifer, aunque avergonzada, se forzó a seguirlo. Subió los peldaños asida a las barandillas. Caía el sol. La brisa marina, fresca y recia, rodeaba su figura y endurecía sus pezones. Al salir, fue recibida con un silbido tan vulgar que la hizo estremecerse de rabia. Sus nalgas danzaron de arriba abajo, seduciendo a varios huéspedes. «Te la entierro toda, mamita —dijo uno—. Así bailas con ganas». Yénifer huyó de la terraza. Sorteaba las tentativas de manoseos con gran destreza, como una gatita escurridiza, y era capaz de deslizarse entre la multitud gracias a su humedad. De pronto, una lluvia de billetes le cortó el paso y la desvió al bar. «¿Cuánto cobras, mami? A ti te entran dos juntos», dijeron a lo lejos. Ella los ignoró: recuperaba el aliento. Aún tenía que subir al tercer piso. «Quieta, mi amor», le susurraron mientras unos dedos se hundían en medio de su culo y retozaban alrededor de su ano. «¿Los meto?», preguntó el ultrajador. Yénifer negó con la cabeza. Aquel hombre estaba decidido a desobedecerla, a gozar de sus gemidos y a sumirse en sus labios cuando le gritaron:
—¿Qué haces, Fernando? Solo te dije que trajeras una toalla.
—Aquí la tengo —respondió—. Es mi mujer, cómo jode… —masculló y liberó a Yénifer.
—¡Apúrate! Tobías se lo está comiendo.
La mujer palmeó a su hijo en la espalda.
—Mami, no… —protestó Tobías, expectorando flemas blancas.
—Quédate quieto, caramba —refunfuñó ella.
Ambos padres limpiaron al niño con fervor, preocupados de que el esperma contuviera alguna enfermedad.
Yénifer dejó el bar a paso largo, alcanzó el principio de una escalera y allí, se quebrantó. Maldijo a cuanta persona cruzó su mente: familia, profesores, “amigos” y todo hombre que deseara sexualmente a las niñas. Aborreció su cuerpo, la vida misma y deseó dormir para jamás despertar. «¿Lloras porque fallaste?», dijo alguien atrás de ella. Yénifer volteó la cabeza: era la mujer de Fernando.
—¿Qué planeabas hacer? ¿Acostarte con él y luego pedirle que me dejara? ¿O quizás ser su amante para que te llenara de regalitos? Pues ni uno ni lo otro. —Se arrodilló frente a ella—. Las arrastradas como tú solo sirven para ser putas —y la abofeteó.
Las lágrimas de Yénifer ahora nublaban su visión. Corrió escaleras arriba y, casi por instinto, se detuvo en el tercer piso, a escasos metros de su habitación. Los últimos rayos del crepúsculo resplandecían sobre las paredes. Cabizbaja, usó las manos para secarse los ojos. Por un minuto permaneció inerte, absorta en sus desgracias; entonces una puerta se abrió. «Al fin», dijo el padre, desnudo y con el miembro erecto. La jaló hacia él sin problemas, pues Yénifer había perdido toda esperanza de salvación. «Me debes una noche enterita, mi amor», murmuró y cerró la puerta.
Desde fuera pudo oírse el forcejeo: cachetadas, golpes, insultos y, por último, la tierna melodía del abuso sexual infantil.
FIN


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