Crónicas de un padre alcohólico
El preámbulo de esta historia de un papá que no puede dejar su vicio, se paciente y si te gusta leer, ésta historia te encantará.
Desde que era jóven comencé a tomar, provengo de una familia pobre, y lo cierto es que mi situación no mejoró nada con el tiempo, no pido que me juzguen por lo que contaré porque realmente no hay nadie bueno en este mundo que pueda hacer eso, juzgar.
Como dije antes, desde joven comencé con el vicio de tomar, mi padre fue alcohólico y cuando se quedaba dormido después de beber demasiado yo tomaba el sobrante de sus botellas y las bebía, al principio lo odié, pero con el pasar de las semanas le agarré el gusto y así crecí, desde los 12 años y no pude parar.
Siempre viví en cuarterías, ya saben, pequeños cuartos donde se reune la gente que no puede pagar una casa o siquiera rentarla por los precios, excesivos, y así conocí a la que se convirtió en mi mujer, aunque nunca nos casamos, Diana, ella también tomaba conmigo y pasábamos horas bebiendo.
Pasó el tiempo y tuvimos a nuestro primer hijo, Gerardo, el pequeño Gera, me sentía orgulloso de el, si bien yo nunca he sido guapo, mi hijo había sacado más parecido a su madre, tierno, morenito, de ojos café y pelo revoloteado, nada tan espectacular pero pensaba que tendría suerte para las morras algunos años después.
Aunque lo intenté no pude dejar de tomar, 4 años después mi mujer me dejó y se fue con otro sin avisar, me había dejado igual al Gera, y aunque al principio me encabroné harto lo superé, la pobreza no te quita de tener sexo, y yo seguí pagando con mi poco dinero alguna que otra vieja, y me ahorraba algunos pesos más llevándolas a la casa.
Todo se vino peor, después de que Gera cumpliera 7 años ya, cada vez le veía más padecido a su madre y aunque no la odiaba, me molestaba su recuerdo, pero mi Gera, se veía todo un chico despreocupado ante todo, siempre con camisetitas y shorcitos, no se despegaba de unas chanclas de crocs o algo así de color verde que tanto le gustaban, sin embargo yo ya no podía más, bebía peor, me endeudada y seguía comprando cada vez más y más, solo pocos sabrán lo difícil que se vuelve parar, y Don Roberto mi gran amigo siempre me entendía y me fiaba para poder seguir, o eso creía hasta que una tarde había ido a pedirle y comprarle algo a mi chamaco que iba conmigo.
– No, compa, ya no puedo fiarte más, me debes mucho dinero, y no tienes ni en que caerte muerto, ya has pasado el límite y me tienes que pagar –
Después de oírle decir eso me sentí desesperado, carajo que me sentí muy mal, Roberto ya era el único que me daba bebidas, mi adorada cerveza, y ya debía en todos lados y a el, no me importaba conseguir dinero para pagar las deudas sino para comprar más alcohol y seguir sintiéndome tan bien.
– Por favor, Roberto, estoy desesperado, amigo, vamos, dime que puedo hacer para que me des algunas botellas, haré lo que sea lo juro – le dije agüitado y con cierta espectativa.
– Mira que no tienes nada de valor y nada que puedas hacer, mejor vete, vete antes de que se me olvide que has sido compa -. Me respondió asperamente.
Había olvidado que mi chamaco estaba ahí, viendolo todo, viendo a su padre arrastrarse por seguir tomando, no me importaba, solo lo noté cuando Roberto lo mencionó
– Tu chamaco, le he echado el ojo y si quieres… –
Se detuvo.
– ¿Mi escuincle? – pregunté y continúe – ¿quieres que te trabaje en algo o te ayude?, se puede quedar a ayudarte si eso quieres lo que sea el sabe hacer hasta de comer, algunas cosas -.
– No, olvidalo, no estás listo para eso, lárgate, fuera de mi tienda ya -dijo no muy convencido.
Cuando lo oí no quise hacer caso y le supliqué que me dijera que si estaba listo que yo si comprendía y que el también hiciera lo mismo, era lo que yo quería, una puerta para no sentirme tan mal como ya me sentía en ese momento sin una sola gota de alcohol.
– Acercate – me dijo y cuando estuve cercae susurró: – Dame a tu chamaco, si me lo das, te perdonaré tu deuda y te daré algunas botellas -. Me guiñó el ojo.
Comprendí todo, miré a mi chamaco y lo vi por primera vez, era coqueto, de sonrisa risueña, y se notaba muy simpático, por primera vez me pregunté que esa forma de vestir tan x, le llamaría la atención a alguien, y volví a mirar a Roberto, le vi como un cabrón aprovechado, y sabía para que lo quería, mi único hijo, mi varón, mi descendiente.
– Gera, hijo… –
– Mande papá –
– Te vas a quedar un rato con Don Roberto, y vas a hacer todo lo que el te diga, no le desobedescas en nada de lo que te pida hacer –
– Si papi, está bien –
– Yo vendré más tarde por ti, así que no te preocupes –
Don Roberto sonrió…


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