De Raul a Renata parte 1
Raul comienza a descubrir su verdadera sexualidad.
Me llamo Raúl, y esta es mi historia. Tenía diecisiete años cuando mis padres, en un intento de alejarme de las malas compañías y, supongo, de la confusión que veían en mí, decidieron enviarme a estudiar a Dublín y Reino Unido por un año. Fue allí, lejos de casa, donde realmente empecé a descubrirme.
Dublín, con su lluvia constante y su ambiente bohemio, me recibió con los brazos abiertos. Me matriculé en un curso de inglés y, para costear mis gastos, conseguí un trabajo a tiempo parcial como repartidor. Vivía solo en un pequeño apartamento, lo cual, aunque a veces me hacía sentir solo, me daba la libertad de explorar mi identidad sin juicios ni miradas inquisitivas.
Fue en Dublín donde conocí a Chen. Era tailandés, descendiente de españoles, y había venido a Irlanda para perfeccionar su inglés. Nos hicimos amigos rápidamente. Chen era extrovertido, divertido y tenía una sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Pasábamos tardes enteras charlando en pubs, bebiendo cerveza y compartiendo nuestras experiencias.
Una tarde, mientras estábamos sentados en un pub, Chen me miró con una sonrisa traviesa y me dijo: «Raúl, ¿sabes que hay formas de ganar más dinero?» Yo, que siempre estaba ajustado con la plata, le pregunté intrigado. Me explicó que había una plataforma en línea donde se podía ganar dinero mostrando contenido para adultos. En ese momento, no le di mucha importancia.
La primera noche, la conversación quedó ahí. Pero la idea se quedó dando vueltas en mi cabeza. Al día siguiente, mientras trabajaba, no podía dejar de pensar en lo que Chen me había dicho.
Un par de días después, en medio de otra de nuestras charlas, Chen me propuso algo que me dejó helado. «Raúl, ¿te has planteado alguna vez vestirte de mujer?», me preguntó, con una mirada que mezclaba curiosidad y desafío.
Me quedé sin habla. La idea me pareció absurda, ridícula. Siempre me había sentido atraído por la ropa femenina, por la idea de verme diferente, pero nunca me había atrevido a explorar esa parte de mí. «No, Chen, ¿de qué estás hablando?», le respondí, tratando de sonar firme.
Chen insistió, argumentando que podría ser una forma de ganar dinero fácil. Al principio me negué rotundamente. Me sentía incómodo, avergonzado. Pero Chen era persistente, y poco a poco, con sus argumentos y su insistencia, logró convencerme.
La siguiente semana, Chen apareció con una bolsa llena de ropa. «Pruébate esto», me dijo, con una sonrisa. Dentro de la bolsa había un conjunto de lencería, una minifalda y medias de encaje. Me sentí nervioso, pero la curiosidad pudo más. Me encerré en el baño y, con las manos temblorosas, empecé a vestirme.
Al principio, me sentía ridículo. La ropa me apretaba, me hacía sentir expuesto. Pero, al mirarme al espejo, algo cambió. La imagen que veía reflejada no era la del chico que conocía. Era una versión diferente de mí mismo, una versión que me atraía y me asustaba a partes iguales.
Chen, que estaba esperando fuera, silbó al verme. «Vaya, Raúl, te ves increíble. ¿Crees que funcionará para el trabajo?», me preguntó, con una sonrisa maliciosa.
Esa noche, no pasó nada más. Pero la semilla ya estaba plantada.
Los días siguientes fueron una mezcla de ansiedad y excitación. Chen me trajo más ropa, más atrevida, más provocativa. Me convenció de que me la probara, de que me sintiera cómodo con ella. Y un día, cuando ya me sentía un poco más seguro, me propuso grabar un vídeo.
«Solo será para probar», me dijo. «Si no te gusta, lo borramos y ya está.»
Esa noche, me preparé. Me maquillé, me puse la ropa, me sentí… diferente. Chen colocó una cámara y me dijo que me relajara. Yo estaba nervioso, pero a la vez, sentía una extraña emoción.
Chen se acercó a mí, con una mirada que nunca antes le había visto. Una mirada de deseo, de control. Me tomó de la mano y me susurró al oído: «Confía en mí, Raúl».
Y así fue como empezó todo.
Chen se abalanzó sobre mí, con una fuerza que me sorprendió. Me besó con pasión, con urgencia. Sus manos comenzaron a desabrochar mi ropa, a desnudarme lentamente. Cada prenda que caía al suelo me hacía sentir más vulnerable, pero también más excitado.
Sentí su aliento en mi cuello, sus labios en mi piel. Sus manos exploraban mi cuerpo, despertando sensaciones que nunca antes había experimentado. Me besó el cuello, bajando por mi pecho, hasta llegar a mis pezones, que se endurecieron al instante.
Luego, me desnudó por completo. Me miró con una intensidad que me hizo temblar. Yo, por mi parte, no podía dejar de mirarlo. Su cuerpo, musculoso y perfecto, me excitaba. Su miembro, imponente, se irguió ante mí.
Me besó de nuevo, con más fuerza, con más pasión. Sus manos se deslizaron por mi cuerpo, acariciando cada centímetro de mi piel. Me sentí dominado, sometido a su voluntad. Y, por primera vez, me gustó.
Me empujó suavemente hacia la cama y me tumbó. Me besó de nuevo, esta vez con más lentitud, con más sensualidad. Sus labios exploraron mi cuerpo, dejando besos húmedos y excitantes por todas partes.
Luego, se colocó encima de mí. Sentí su miembro rozando mi entrada, y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Me preparé para el dolor, pero no llegó. En cambio, sentí una intensa excitación.
Chen se introdujo en mí lentamente, con suavidad. Al principio, sentí un ligero dolor, pero pronto se convirtió en placer. Gemí, y él me besó para acallar mis gritos.
Empezó a moverse dentro de mí, con movimientos lentos y profundos. Cada embestida era una descarga de placer, una explosión de sensaciones. Me aferré a él, sintiendo su cuerpo contra el mío, sintiendo la conexión que se había creado entre nosotros.
Los gemidos llenaban la habitación. Gritos de placer, de dolor, de éxtasis. Me sentía vivo, más vivo que nunca.
Chen se movía con más fuerza, con más pasión. El placer se intensificaba, llegando a un punto álgido. Sentí que estaba a punto de explotar.
Y entonces, ocurrió.
Un torrente de placer recorrió mi cuerpo. Grité, me retorcí, me aferré a Chen con todas mis fuerzas. Él también gritó, y sentí su cuerpo temblar sobre el mío.
Nos quedamos abrazados, jadeando, sudando. La calma llegó lentamente, dejando tras de sí una sensación de plenitud y satisfacción.
Después de ese día, todo cambió.
A los pocos días, revisé la cuenta de OnlyFans que habíamos creado. Y me quedé de piedra. El vídeo había sido un éxito rotundo. Teníamos miles de seguidores, y el dinero empezaba a entrar a raudales.
Me di cuenta de que esto era solo el principio. El principio de un cambio que me llevaría a descubrir una nueva faceta de mí mismo. Una faceta que, hasta entonces, había estado oculta, esperando ser revelada.




Que rico a mi me gustaría hacerlo con una chica trans
Mi telegram J4C3R G