Dominada y desgarrada por un negro en mi viaje a Cartagena
Una chica quería vivir una experiencia interracial y la tuvo en Cartagena, una ciudad mística donde el sexo se hace realidad..
Valentina tenía 22 años, una piel blanca como la leche, pechos firmes y llenos que desafiaban la gravedad y un culo redondo y tierno que prometía un buen agarre. Llegó a Cartagena buscando escapar de su vida monótona, y en la soledad de su hotel boutique con vista al mar, descargó una aplicación de citas.
No buscaba amor, solo una historia que contar. Deslizó el dedo por las caras hasta que se detuvo en la de él. Se llamaba Malik. No sonreía en la foto, solo la miraba con una intensidad que la caló hasta los huesos. Negro, de unos 35 años, con una mandíbula fuerte y una mirada que prometía secretos y pecados. El match fue instantáneo. El mensaje de él fue simple: «¿Café o whiskey?». Ella respondió: «Whiskey. Y algo más».
Se encontraron en un bar escondido en el casco antiguo, donde el aire olía a madera vieja, ron y deseo. Malik era más imponente en persona, turista al igual que ella, venía de Rabat, Marruecos, su español muy fluido por sus años de viajes de negocios a Colombia y el Caribe.
Vestía una camisa de lino que se adhería a un torso atlético, con pectorales y abdominales que se adivinaban bajo la tela. Su piel negra brillaba bajo la luz tenue de las velas. No hizo small talk. La miró a los ojos, y mientras le servía un trago, le dijo: «Sé lo que quieres, Valentina. Y te lo voy a dar, tan duro y tan profundo que lo recordarás cada vez que te sientes».
El vulgo directo de sus palabras, dicha en su voz grave y calmada, la humedeció al instante. No hubo más preámbulos. Malik pagó la cuenta, tomó su mano y la llevó a su lugar, un penthouse con una terraza privada que se abría como un balcón sobre la noche caribeña.
La puerta se cerró y la atmósfera cambió. Malik se quedó de pie, desatando los botones de su camisa con una calma feroz, revelando un cuerpo escultural, tatuado con tribales que subían por su brazo y espalda. «Quítate la ropa», ordenó. Valentina, con el corazón martilleándole en el pecho, obedeció.
Se deshizo del vestido de verano, quedando en un lencería de encaje blanco que contrastaba dramáticamente con su piel pálida. La miró de arriba abajo, como un depredador que examina a su presa. «Ven», dijo, sentándose en un sofá de cuero negro. Cuando ella se acercó, él la agarró por la cintura y la sentó sobre sus piernas.
La besó con una ferocidad que le robó el aliento, una boca que la devoraba, una lengua que la poseía. Sus manos negras recorrían su cuerpo blanco, apretando sus nalgas, subiendo por su espalda, desabrochándole el sostén para liberar esos pechos perfectos.
Se arrodilló frente a él. Sus ojos se clavaron en su entrepierna, donde una protuberancia enorme y amenazante se dibujaba bajo sus pantalones de lino. Con manos temblorosas, desabrochó el cinturón y bajó la cremallera. Lo que emergió la dejó sin aliento.
No era un pene, era un monumento al sexo. 21 centímetros de carne de ébano, gruesa, con venas marcadas como mapas de un territorio por explorar y una cabeza gigantesca, de un morado oscuro y brillante, que ya destilaba una precum transparente y viscosa. «Chúpala», le ordenó Malik. Valentina la rodeó con ambas manos. Era pesada, caliente, y vibraba de poder. Aún con sus dos puños alrededor, sobraban varios centímetros de carne oscura. La sintió como el bastón de un dios pagano.
La sumisión la invadió. Se inclinó y lamió la cabeza, probando su sabor salado y masculino. Abrió la boca al máximo y logró introducir la punta, sintiendo cómo la estiraba hasta el dolor. Malik agarró su pelo rubio y comenzó a moverla, embistiéndole la boca con su verga colosal.
«Así, perrita, cómetela toda. Ahógate con mi verga», gruñó. Valentina se dejó usar, lágrimas de esfuerzo y placer rodando por sus mejillas mientras intentaba tragar esa vara negra que le destrozaba la garganta. Malik la hizo lamer sus testículos, grandes y colgantes, mientras él se masturbaba el resto de su miembro sobre su cara. Luego, la tiró al suelo, la levantó a cuatro patas y se arrodilló detrás de ella. Le dio una nalgada tan fuerte que le dejó la marca de su mano en su culo pálido. «Mira qué rico se ve mi mano en tu piel blanquita», dijo, y volvió a golpearla.
Se arrodilló y le lamió el coño a Valentina desde atrás. Su lengua era ancha y áspera, y la lamió con una voracidad animal, chupando su clítoris, metiéndola profundamente en su agujero. Valentina gritó, arqueando la espalda, sintiendo un orgasmo que la recorrió como una corriente eléctrica. Malik no le dio tregua. Se colocó la cabeza de su monstruo en la entrada de su coño ya empapado.
«Esto va a doler, zorra. Y te va a encantar», advirtió. Y con un solo embestida brutal, se enterró hasta el fondo. Valentina lanzó un grito ahogado, una mezcla de dolor agudo y un placer tan intenso que casi la desmaya. Se sintió partida en dos, llena hasta el punto de ruptura. Malik empezó a follarla sin piedad, con golpes secos y profundos que hacían que sus pechos botaran salvajemente. «¡Toma toda esta verga negra, putita! ¡Siente cómo te abro!», gritaba él, mientras la agarraba de las caderas y la jalaba contra él para meterla aún más profundo.
La volteó, la subió a la mesa de cristal del salón y la folló con ella boca arriba, viendo cómo su verga negra desaparecía y aparecía en el coño rosado y en carne viva de Valentina. Le apretaba el cuello mientras la penetraba, cortándole el aire un poco, aumentando su éxtasis.
La puso a montarlo. Valentina, con las piernas temblando, se deslizó sobre esa vara. Esta vez controlaba el ritmo, y se movía como una posesa, subiendo y bajando, sintiendo cada centímetro de esa carne que la desgarraba y la completaba al mismo tiempo. Malik se comía sus pechos, mordiéndole los pezones hasta hacerla gritar.
Pero el clímax de la noche estaba por venir. Malik la tiró de la mesa, la dobló sobre el alféizar de la ventana, con la ciudad de Cartagena de testigo, y le humedeció su culo con los jugos de su propio coño. «Ahora voy por tu culo, blanquita», dijo. Valentina sintió pánico y una excitación febril. La cabeza de su verga, gigantesca y lubricada, se presionó contra su anillo cerrado.
«Relájate y no te dolerá», ordenó Malik, y con un empuje lento pero implacable, comenzó a abrirla. El dolor fue intenso, una quemazón que la hizo llorar, pero Malik no se detuvo. La fue llenando, centímetro a centímetro, hasta que tuvo sus 21 centímetros enterrados en su culo.
«¡Mira qué bien te queda! ¡Ahora eres mía por completo!», rugió. Y comenzó a follarla por el culo con una fuerza brutal, sacándola y metiéndola por completo, mientras una de sus manos la masturbaba sin piedad. El doble estímulo, el dolor mezclado con el placer más sucio y prohibido, la empujó al borde. «¡Soy tu perra, Malik! ¡Dámelo todo! ¡Rompe mi culo!», gritó ella, perdida en una orgía de dolor y placer.
Malik sintió cómo se contraía su ano alrededor de su verga y no pudo aguantar más. Con un rugido animal, se corrió. Valentina sintió las eyecciones, calientes y potentes, inundando sus entrañas por detrás, una cantidad tan grande que le bajó por las piernas. La sensación de su semen caliente en su culo la hizo estallar en el orgasmo más violento de su vida, un clímax total.
El semen de Malik se escurría por las pantorrillas de esta escultural hembra, sus nalgas rojas, su sexo húmedo, su carita de puta, y Cartagena de fondo, el cuadro perfecto de una larga noche de sexo salvaje.


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