• Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (4 votos)
Cargando...
Dominación Hombres, Gays

Dominado por el Quarterback.

Diego, el cerebrito tímido, cae rendido ante Jake, el quarterback dominante. De la rivalidad académica surge una entrega total, llena de deseo crudo y sumisión..
Siempre supe que Jake era un problema andante. Desde el primer día en la universidad, cuando lo vi en el auditorio abarrotado, con esa camiseta ceñida que delineaba cada músculo de su torso y brazos, como si su cuerpo fuera una escultura viviente diseñada para intimidar. Él estaba ahí, en la última fila, rodeado de su pandilla de deportistas, riendo con esa voz ronca que llenaba el espacio. Yo, en cambio, me sentaba al frente, con mis notas meticulosas y mi mente enfocada en devorar cada sílaba del profesor. Él era el quarterback estrella del equipo de fútbol, el tipo que aprobaba los exámenes por los pelos porque el entrenador movía hilos. Yo era el cerebrito, el que ganaba becas y destrozaba debates con citas de autores que nadie más había leído. Nuestra rivalidad empezó en esa misma clase de literatura avanzada. Él intervino en una discusión sobre tensión narrativa, soltando una opinión superficial, y yo lo corregí con precisión quirúrgica, citando a Kafka y Dostoyevski. La clase se rio, pero él no. Me miró fijamente, esos ojos verdes perforándome como si me estuviera midiendo para algo más que un argumento. En ese instante, sentí un tirón en el estómago, un calor que se extendió por mi pecho y bajó hasta mi entrepierna. No era odio. Era algo crudo, innegable. Atracción. Mi pulso se aceleró, y tuve que apartar la vista, fingiendo ajustar mis gafas. ¿Por qué demonios me afectaba así? Orgullo contra deseo, resistencia contra esa necesidad traicionera de mirarlo de nuevo.

Los meses siguientes fueron un infierno sutil. En el campus, lo veía por todas partes: en el pasillo, en la cafetería, en el gimnasio donde yo iba a quemar el estrés acumulado de las noches en vela estudiando. Él siempre parecía notar mi presencia antes que yo la suya. Una vez, en la biblioteca, lo pillé observándome desde el otro lado de la sala de lectura. Su postura era relajada, piernas abiertas, brazos cruzados sobre el pecho, pero sus ojos eran pacientes, como si estuviera esperando que yo cediera primero. Yo fingía sumergirme en mis libros, pero mi mente era un caos: «No lo mires, no dejes que vea cómo te tiemblan las manos». Silencios cargados se acumulaban en mi cabeza, pensamientos no dichos como «quiero odiarte, pero tu mirada me desarma». Vergüenza ardiente contra la excitación que me hacía apretar los muslos bajo la mesa. Él era el experimentado, según los rumores: salía con quien quisiera, chicas, chicos, sin importarle. Yo era el inexperto, el virgen que se escondía detrás de los textos para no enfrentar lo que mi cuerpo gritaba. Cada encuentro casual intensificaba la tensión. En el gimnasio, una tarde, lo vi levantando pesas, el sudor perlando su piel bronceada, su olor invadiendo el aire cuando pasó cerca de mí. Mi respiración se entrecortó, el pulso latiendo en mis oídos como un tambor. Él se detuvo, demasiado cerca, su calor corporal radiando hacia mí, reduciendo el espacio entre nosotros a nada. No dijo nada, solo una mirada sostenida que duró eternidades, como si me estuviera leyendo el alma.

La rivalidad se volvió personal en un proyecto grupal. El profesor, con su ironía cruel, nos emparejó: «Ustedes dos, trabajen en un ensayo sobre tensión en la literatura. Aprendan a colaborar». Jake sonrió, esa curva confiada en sus labios que me hizo tragar saliva. «Genial, cerebrito. Nos vemos en la sala de estudio del dormitorio esta noche». Su voz era baja, observadora, como si ya supiera que esto era más que un trabajo. Yo asentí, fingiendo indiferencia, pero internamente era un torbellino: deseo contra orgullo, la necesidad de rendirme luchando contra mi resistencia. ¿Por qué accedí? Porque una parte de mí lo quería cerca, expuesto, vulnerable bajo su mirada.

Llegué temprano a la sala, un espacio cerrado y asfixiante: una mesa pequeña, dos sillas pegadas, paredes que parecían cerrarse con el calor del atardecer. La ventana apenas se abría, atrapando el aire viciado. Me senté, ordenando mis notas con manos temblorosas, intentando mantener el control. Él entró minutos después, cerrando la puerta con un clic que resonó como una sentencia. El olor a su sudor fresco del entrenamiento invadió la habitación, mezclado con algo más primal, masculino. Se sentó a mi lado, no enfrente, su rodilla rozando la mía bajo la mesa. El espacio se redujo inmediatamente, su proximidad invasiva haciendo que mi pulso se acelerara. «Empecemos», dije, voz firme pero traicionada por el leve temblor.

—Relájate, no muerdo… a menos que me lo pidas —murmuró él, su aliento cálido cerca de mi oído mientras se inclinaba para ver mis notas.

Sentí su mano en mi hombro, corrigiendo mi postura con firmeza, dedos presionando la tela de mi camisa, transmitiendo calor a través de ella. La textura de su piel era áspera, callosa de los entrenamientos, contrastando con mi suavidad inexperta. Mi respiración se aceleró, el sonido amplificado en el encierro. Intenté enfocarme en las palabras, pero su mirada sostenida me desarmaba, silencios cargados donde mis pensamientos gritaban: «Quiero resistir, pero tu toque me hace arder». Vergüenza contra excitación, mi cuerpo traicionándome con un calor creciente en mi entrepierna.

Él se inclinó más, su mano bajando a mi muñeca, agarrándola con gentileza, pero firmeza para guiar mi pluma sobre el papel. La presión de sus dedos era intensa, enviando pulsos eléctricos por mi brazo. «Así, más despacio», dijo, su voz ronca. El espacio entre nuestros cuerpos se evaporaba, su temperatura corporal envolviéndome como una manta pesada. Oí mi propia respiración jadeante, el pulso latiendo en mi cuello. Internamente, lo reconocí: quería ceder, dejar que me leyera, me expusiera. Pero mantuve la apariencia, respondiendo con un argumento académico, mi voz quebrada.

—Estas tan tenso, cerebrito. ¿Siempre luchas tanto contra lo que quieres? —susurró, su mano aún en mi muñeca, apretando un poco más.

No respondí, pero el silencio dijo todo. La tensión crecía, el encierro amplificándola, y supe que esto era solo el comienzo.

La sala parecía encogerse con cada segundo que pasaba. El clic de la puerta al cerrarse aún resonaba en mis oídos, como si hubiera sellado algo irreversible. Jake se quedó de pie un instante más de lo necesario, observándome desde arriba, su silueta recortada contra la luz mortecina de la lámpara de escritorio. No dijo nada. Solo me miró. Esa mirada paciente, casi clínica, que me hacía sentir desnudo, aunque todavía llevaba puesta la camisa. Mi pulso latía tan fuerte que estaba seguro de que él podía verlo en la vena de mi cuello.

Me obligué a volver la vista a las notas, a fingir que seguía leyendo el párrafo que había subrayado tres veces antes de que él llegara.

—Entonces… —empecé, voz más ronca de lo que pretendía—. La tensión en La metamorfosis no es solo física, es psicológica. Gregor se transforma, pero el verdadero horror es que nadie lo acepta, ni siquiera él mismo.

Jake soltó una risa baja, casi un ronroneo, y por fin se sentó. No enfrente. A mi lado. La silla crujió bajo su peso y su muslo presionó contra el mío sin excusa, sin disimulo. El calor de su pierna traspasó la tela de mis jeans como si no existiera barrera. Intenté no moverme, pero mi cuerpo traicionó: un leve estremecimiento que subió desde la rodilla hasta la base de mi columna.

—Interesante —dijo él, inclinándose hacia mí hasta que su hombro rozó el mío—. Pero creo que estás obviando lo obvio.

Su mano derecha se posó sobre la mesa, muy cerca de la mía. Los dedos largos, nudillos marcados por entrenamientos, venas prominentes bajo la piel. Olía a jabón de gimnasio y a ese sudor limpio que se queda después de una ducha rápida. Me costaba respirar sin que se notara.

—¿Qué estoy obviando? —pregunté, intentando sonar desafiante.

Él giró la cabeza despacio. Nuestras narices quedaron a centímetros. Podía sentir el calor de su aliento en mi mejilla.

—La tensión no solo está en el texto —murmuró—. También está aquí. Ahora mismo.

Silencio.

Mi corazón golpeaba contra las costillas como si quisiera salir. Intenté tragar, pero la garganta se me cerró. Sus ojos bajaron a mi boca un segundo, luego volvieron a los míos. No había prisa en su mirada. Solo certeza. Sabía exactamente lo que me estaba haciendo.

Quise apartarme. Quise decirle que se equivocaba, que yo no era como los demás con los que seguramente se había acostado en los vestidores o en las fiestas del equipo. Pero mi cuerpo no obedecía. Mis muslos se apretaron instintivamente, buscando alivio al roce invisible de su pierna contra la mía.

Él lo notó. Por supuesto que lo notó.

Su mano izquierda se movió entonces, lenta, deliberada. Los dedos se cerraron alrededor de mi muñeca izquierda, la que sostenía el bolígrafo. No con fuerza. Solo con suficiente presión para que sintiera cada callosidad de su palma contra mi piel más suave. El contraste era obsceno. Él curtido, yo intacto.

—Estás temblando —dijo en voz baja, casi tierno.

—No estoy temblando —mentí. Mi voz salió entrecortada.

—Mientes muy mal, cerebrito.

Apretó un poco más. No para lastimar. Para recordarme quién tenía el control. El pulso en mi muñeca latía contra sus dedos como un animal atrapado. Él lo sintió. Lo vi en la forma en que sus pupilas se dilataron apenas.

—Suéltame —susurré. Pero no sonó como orden. Sonó como súplica.

—No hasta que me digas la verdad.

—¿Qué verdad?

—Que llevas meses imaginando esto. —Su pulgar trazó un círculo lento sobre el interior de mi muñeca, justo donde la piel es más delgada—. Que cada vez que me ves en el pasillo, o en el gimnasio, o en clase, tu polla se pone dura y te odias por eso. Que intentas convencerte de que me odias, pero en realidad quieres que te agarre así… —apretó de nuevo, solo un poco más— …y que te haga todo lo que has estado negándote.

El aire se me escapó en un jadeo corto. Vergüenza líquida me inundó el pecho, mezclada con una excitación tan violenta que sentí que iba a romperme. Mi erección ya era dolorosa contra la cremallera. Y él lo sabía. Sus ojos bajaron un instante a mi regazo, luego volvieron a mi cara.

—Estás rojo —observó, casi divertido—. Y no es solo por el calor de la habitación.

Intenté retirar la mano. Él no me dejó. En cambio, la levantó despacio, la acercó a su boca y rozó con los labios el interior de mi muñeca. Solo un roce. Apenas. Pero sentí la humedad de su lengua, caliente, lenta, trazando una línea que me hizo arquear la espalda sin querer.

—Jake… —su nombre salió como un gemido. Me odié al instante.

—Dilo —exigió, voz más grave ahora—. Dime que lo quieres.

Mi orgullo se retorció, luchó, se resistió. Pero mi cuerpo ya había decidido. Mi respiración era un desastre, jadeos cortos y ruidosos que llenaban la habitación cerrada. El olor de su piel, de su sudor limpio, de su excitación incipiente, me estaba volviendo loco.

—No puedo… —susurré.

—Puedes. Y lo vas a hacer.

Su otra mano subió entonces. Dedos firmes en mi nuca, no apretando, solo sosteniendo. Me obligó a mirarlo. Nuestras frentes casi se tocaban.

—Di: “Quiero que me folles, Jake”.

Las palabras se me atoraron en la garganta. Vergüenza, deseo, miedo, necesidad. Todo chocaba dentro de mí.

Él esperó. Paciente. Dominante. Observador.

Y entonces, en un susurro roto, apenas audible:

—Quiero… que me folles, Jake.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, peligrosa.

—Buen chico —murmuró.

Y entonces, por fin, me besó.

No fue tierno. Fue posesivo. Su boca reclamó la mía como si ya le perteneciera. Su lengua se abrió paso sin pedir permiso, profunda, dominante. Yo gemí contra sus labios, torpe, desesperado, mis manos subiendo por instinto a su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la camiseta húmeda de sudor. Él gruñó, satisfecho, y me empujó contra el respaldo de la silla, invadiendo mi espacio, su cuerpo cubriendo el mío.

La mesa crujió cuando apoyó una rodilla entre mis piernas, abriéndolas sin delicadeza. Su mano libre bajó por mi torso, apretando mi cintura, dedos clavándose en la carne blanda justo encima de la cadera. Me tenía atrapado. Expuesto. Y yo, por primera vez, no quería escapar.

Solo quería más.

El beso me destrozó y me reconstruyó en el mismo instante.

Su boca era caliente, exigente, sin espacio para dudas. Me devoraba como si llevara meses esperando este momento exacto, y yo respondía con torpeza desesperada: labios entreabiertos, lengua intentando seguirle el ritmo, pero siempre un segundo atrás. Gemí contra su boca cuando su mano en mi nuca apretó más fuerte, inclinándome hacia él, obligándome a arquear el cuello para darle mejor acceso. El sabor de su saliva se mezcló con la mía, salado, intenso, y sentí cómo mi cuerpo entero se rendía un poco más con cada roce de su lengua.

Cuando se separó, solo lo suficiente para que pudiera respirar, un hilo de saliva unió nuestras bocas un segundo antes de romperse. Me miró. Ojos oscurecidos, pupilas dilatadas, respiración pesada pero controlada. La mía era un desastre: jadeos cortos, ruidosos, llenando la habitación cerrada como si el aire se estuviera acabando.

—Buen chico —repitió, voz ronca, casi un gruñido—. Mira cómo tiemblas.

No podía negarlo. Mis manos seguían en su pecho, dedos clavados en la tela húmeda de su camiseta, sintiendo el latido fuerte y constante bajo los pectorales duros. Él, en cambio, parecía tranquilo. Dominante. Como si esto fuera solo el calentamiento.

Su rodilla seguía entre mis piernas, presionando justo donde más lo necesitaba. Movió la cadera una sola vez, un roce deliberado contra mi erección dolorosa, y se me escapó un gemido agudo, casi patético. Vergüenza me quemó la cara, pero el placer fue más fuerte.

—Te estás mojando los pantalones, cerebrito —murmuró, bajando la mirada a mi entrepierna—. ¿Cuánto tiempo llevas así? ¿Desde que entré?

Intenté cerrar las piernas por instinto, pero su rodilla no me dejó. En cambio, la empujó más arriba, presionando contra mis bolas con firmeza controlada. El roce me hizo arquear la espalda contra la silla, un sonido roto saliendo de mi garganta.

—No… no hables así —susurré, pero sonó débil. Ridículo.

—¿Por qué no? —Su mano libre bajó por mi torso, lenta, dedos abriendo los botones de mi camisa uno a uno sin prisa—. Me encanta verte así. Intentando mantener el control cuando los dos sabemos que ya lo perdiste.

Abrió la camisa por completo. El aire fresco de la habitación chocó contra mi piel expuesta y me puso la carne de gallina. Mis pezones se endurecieron al instante. Él los vio. Sonrió. Lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo, pasó el pulgar por uno de ellos, un roce seco que me hizo jadear y arquearme hacia su mano.

—Mírate —dijo, voz baja, casi reverente—. Tan sensible. Nadie te ha tocado así antes, ¿verdad?

Negué con la cabeza, incapaz de mentir. El orgullo ya no tenía fuerzas para pelear.

—Dilo —exigió, pellizcando suavemente el pezón entre pulgar e índice. El pinchazo de placer-dolor me atravesó como electricidad.

—N-no… nadie —jadeé—. Nunca.

Su sonrisa se volvió más oscura. Más hambrienta.

—Perfecto. Entonces voy a ser el primero en todo.

Bajó la cabeza y cerró la boca sobre mi pezón izquierdo. Su lengua era caliente, húmeda, girando en círculos lentos antes de succionar con fuerza. Grité, un sonido que no reconocí como mío, y mis manos volaron a su pelo, tirando sin saber si quería apartarlo o acercarlo más. Él gruñó contra mi piel, vibración que bajó directo a mi polla. Mordió suavemente, solo lo suficiente para que doliera un poco, y luego lamió el punto sensible hasta que me retorcí debajo de él.

—Jake… por favor… —No sabía qué pedía. Solo sabía que necesitaba más.

Él levantó la cabeza, labios brillantes, mirada fija en la mía.

—¿Por favor qué? —preguntó, voz peligrosa—. ¿Quieres que te toque la polla? ¿Que te la chupe? ¿O que te abra aquí mismo sobre la mesa y te folle hasta que no puedas caminar mañana?

Cada palabra era un golpe. Mi respiración se volvió entrecortada, casi sollozos. La vergüenza y la excitación se enredaban tanto que ya no podía distinguirlas.

—Todo… —susurré, roto—. Quiero todo.

Él soltó una risa baja, satisfecha.

—Buen chico —dijo otra vez. Y entonces me levantó de la silla como si no pesara nada.

Sus manos grandes se cerraron en mi cintura, dedos clavándose en la carne blanda justo encima de las caderas. Me giró con facilidad, empujándome contra la mesa. Mi pecho quedó pegado a la superficie fría de madera, la camisa abierta colgando a los lados, pantalones todavía puestos pero ya desabrochados por sus dedos hábiles. Sentí el bulto duro de su erección presionando contra mi culo a través de la tela, grueso, caliente, prometedor.

Se inclinó sobre mí, cubriéndome con su cuerpo. Su boca rozó mi oreja.

—Vas a sentir cada centímetro, cerebrito —susurró—. Y vas a gemir mi nombre mientras te abro.

Bajó una mano por mi espalda, dedos trazando la columna hasta llegar al borde de mis jeans. Los bajó de un tirón junto con la ropa interior, dejándome expuesto. El aire frío golpeó mi piel caliente y me hizo estremecer. Mi polla quedó libre, goteando, dura contra mi vientre. Intenté moverme, buscar fricción, pero él me sujetó por las caderas con fuerza.

—Quieto —ordenó—. No te muevas hasta que yo diga.

Obedecí. No tenía opción. Quería obedecer.

Escuché el sonido de su cremallera bajando. El roce de tela. Luego sentí la cabeza caliente y húmeda de su polla rozando la separación de mis nalgas. No entró. Solo presionó, deslizándose arriba y abajo, untando presemen en mi piel, marcándome.

—Estás tan apretado —murmuró, voz ronca de deseo—. Voy a tener que prepararte bien… o te voy a romper.

Metió dos dedos en mi boca sin previo aviso.

—Chúpalos —ordenó.

Lo hice. Torpe al principio, lengua rodeando sus dedos, saboreando la sal de su piel. Él gruñó, satisfecho, y los sacó empapados. Los llevó directo a mi entrada. Presionó con uno, solo la yema, girando en círculos lentos.

—Respira —dijo, cuando sintió cómo me tensaba—. Relájate para mí.

Intenté. Pero cuando empujó el dedo dentro, el estiramiento me arrancó un gemido ahogado. Dolor mezclado con placer, invasión cruda. Él se quedó quieto un segundo, dejándome acostumbrarme, luego empezó a moverlo despacio, dentro y fuera, curvándolo para rozar ese punto que me hizo ver estrellas.

—Ahí está —susurró contra mi nuca—. Tu próstata. Mira cómo te pones duro solo con un dedo.

Añadió el segundo. El estiramiento fue más intenso. Gemí alto, empujando hacia atrás sin querer. Él rio suavemente.

—Impaciente. Me encanta.

Movió los dedos con más fuerza, abriéndome, preparándome. Cada roce contra mi próstata me hacía temblar, gotas de presemen cayendo al suelo. Estaba perdido. Completamente perdido.

Y entonces sacó los dedos.

Sentí la cabeza de su polla reemplazarlos, presionando, exigiendo entrada.

—Mírame —ordenó.

Giré la cabeza como pude. Nuestras miradas se encontraron. Él estaba tan excitado como yo, pero seguía controlando cada movimiento.

—Dime que lo quieres —exigió una última vez.

Tragué saliva, voz rota:

—Quiero que me folles, Jake. Por favor.

Él empujó.

Lento. Implacable. Centímetro a centímetro.

Y yo me rompí en gemidos mientras él me llenaba por completo.

La invasión fue lenta, deliberada, casi cruel en su paciencia. Jake no empujó de golpe; entró centímetro a centímetro, dejando que mi cuerpo se abriera a él como si estuviera reclamando territorio que ya consideraba suyo. Sentí cada vena de su polla rozando las paredes internas, el grosor estirándome hasta el límite del dolor placentero. Mi respiración se convirtió en jadeos entrecortados, casi sollozos, y mis manos se aferraron al borde de la mesa, nudillos blancos, intentando anclarme a algo mientras el mundo se reducía a la sensación de ser llenado.

—Joder… estás tan apretado —gruñó él contra mi nuca, voz ronca y temblorosa por primera vez. No era debilidad; era deseo puro, contenido hasta ese momento—. Relájate, cerebrito. Respira. Déjame entrar del todo.

Intenté obedecer. Inhalé profundo, pero el aire salió en un gemido roto cuando empujó el último tramo y sus caderas chocaron contra mis nalgas. Estaba completamente dentro. La presión era abrumadora: su polla gruesa palpitando dentro de mí, mi próstata aplastada contra la base, enviando descargas de placer que me hacían temblar de pies a cabeza. Mis muslos se sacudían sin control. Sentí una gota de sudor —suya o mía, ya no distinguía— resbalar por mi espalda y caer entre nosotros.

Él se quedó quieto un segundo eterno, dejándome sentirlo. Todo él. El calor de su pecho contra mi espalda, el roce áspero de su vello púbico contra mi piel sensible, el peso de sus bolas pesadas descansando contra las mías. Su mano derecha seguía en mi cadera, dedos clavados con fuerza suficiente para dejar marcas. La izquierda subió por mi columna, trazando cada vértebra hasta llegar a mi nuca. Me agarró el pelo, no con violencia, sino con esa posesión tranquila que me volvía loco.

—Mírame —ordenó de nuevo.

Giré la cabeza como pude, mejilla pegada a la mesa fría. Nuestros ojos se encontraron. Los suyos estaban oscuros, hambrientos, pero seguían controlados. Los míos debían de ser un desastre: vidriosos, desesperados, rogando sin palabras.

—Dime cómo se siente —susurró, moviendo apenas las caderas en un círculo lento que me hizo arquear la espalda y gemir alto.

—Demasiado… —jadeé—. Grande… duele… pero no pares. Por favor, no pares.

Sonrió. Esa sonrisa lenta, peligrosa, que me había desarmado desde el primer día.

—Buen chico. Vas a aprender a tomarme entero. Y vas a suplicar por más.

Entonces empezó a moverse.

Al principio fueron embestidas cortas, controladas, saliendo solo unos centímetros antes de volver a entrar. Cada roce contra mi próstata me arrancaba un sonido que no reconocía como mío: gemidos agudos, entrecortados, casi llorosos. Mi polla goteaba sin parar, presemen cayendo en hilos largos sobre el suelo de la sala de estudio. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando empezaba a llenar el espacio cerrado, mezclado con mi respiración jadeante y sus gruñidos bajos.

Aumentó el ritmo poco a poco. Más profundo. Más fuerte. Cada embestida me empujaba contra la mesa, la madera crujiendo bajo mi peso. Sus manos me sujetaban por las caderas, guiándome hacia atrás para encontrar cada golpe. El ángulo era perfecto; rozaba ese punto una y otra vez hasta que mis piernas temblaban tanto que apenas me sostenían.

—Escúchate —dijo entre dientes, voz ronca de esfuerzo—. Gimes como una puta para mí. ¿Te das cuenta?

—Sí… —sollocé, sin orgullo ya. Solo necesidad—. Sí, Jake… fóllame más fuerte.

Él obedeció.

Se inclinó sobre mí, pecho contra mi espalda, boca en mi oreja.

—Mírate —susurró mientras embestía con fuerza—. El cerebrito perfecto, el que siempre tiene la respuesta correcta… ahora solo sabes gemir y abrirte para mi polla. ¿Te gusta ser mi putita?

Las palabras me quemaron. Vergüenza y excitación se enredaron hasta volverse indistinguibles. Asentí frenéticamente, incapaz de hablar.

—Dilo —exigió, mordiendo el lóbulo de mi oreja.

—Me… me gusta… —jadeé—. Me gusta ser tu putita… fóllame, Jake… por favor…

Gruñó, satisfecho, y cambió el ángulo. Ahora cada embestida era brutal, profunda, golpeando directo contra mi próstata. Mi visión se nubló. Placer tan intenso que dolía. Sentí el orgasmo construyéndose en la base de mi columna, rápido, inevitable.

—No… no voy a aguantar… —avisé, voz quebrada.

—No te corras todavía —ordenó, ralentizando de golpe. Salió casi por completo, dejándome vacío y desesperado, luego volvió a entrar lento, torturándome—. Primero quiero sentir cómo te corres alrededor de mi polla. Sin tocarte. Solo con esto.

Volvió a acelerar. Embestidas largas, profundas, implacables. Mi polla rebotaba contra mi vientre con cada golpe, goteando sin parar. El placer era cegador. Mis gemidos se volvieron continuos, un llanto roto de necesidad.

—Jake… voy a… voy a correrme… —supliqué.

—Hazlo —gruñó contra mi nuca—. Córrete para mí. Muéstrame cuánto te gusta que te folle.

Empujó una última vez, profundo, y se quedó ahí, girando las caderas para presionar contra mi próstata sin piedad.

Me rompí.

El orgasmo me atravesó como un rayo. Grité su nombre, cuerpo convulsionando, polla soltando chorros calientes contra mi abdomen y la mesa sin que nadie la tocara. Mis paredes internas se contrajeron alrededor de él, apretándolo con fuerza, ordeñándolo. Lágrimas de placer rodaron por mis mejillas. Nunca había sentido nada igual.

Él no se detuvo. Siguió follándome a través de mi orgasmo, prolongándolo, haciendo que cada contracción fuera más intensa. Gruñó, bajo y animal, cuando sintió cómo me apretaba.

—Joder… eso es… —jadeó—. Tan bueno… tan apretado…

Sus embestidas se volvieron erráticas. Más rápidas. Más duras. Sus manos me sujetaban con fuerza brutal, dedos clavados en mis caderas. Sentí su polla hincharse dentro de mí, palpitando.

—Voy a correrme dentro de ti —anunció, voz rota—. Vas a llevarme todo el día… mi semen goteando de tu culo mientras caminas por el campus…

La imagen me hizo gemir de nuevo, aunque ya estaba vacío.

—Hazlo… —supliqué—. Lléname…

Con un último empujón profundo gruñó mi nombre —mi nombre real, no “cerebrito”—, y se derramó dentro de mí. Sentí cada chorro caliente, grueso, llenándome hasta el límite. Su polla palpitaba con fuerza mientras se vaciaba, cuerpo temblando contra el mío.

Se quedó dentro un momento más, respirando pesado contra mi nuca. Luego, despacio, salió. El vacío repentino me hizo gemir de nuevo. Sentí su semen empezar a gotear, caliente y espeso, resbalando por mis muslos.

Me giró con cuidado. Me sostuvo cuando mis piernas flaquearon. Me miró a los ojos, todavía oscuro de deseo, pero ahora con algo más suave. Casi tierno.

—Buen chico —murmuró, limpiando una lágrima de mi mejilla con el pulgar—. Lo hiciste perfecto.

Me besó entonces. Lento. Profundo. Posesivo, pero sin prisa.

Y yo, exhausto, roto y completo por primera vez, solo pude devolverle el beso.

Sabiendo que esto no había terminado.

Solo acababa de empezar.

Después de ese primer polvo brutal sobre la mesa, el aire en la sala de estudio se volvió espeso, casi irrespirable. Olía a sexo crudo: sudor, semen, saliva, el olor almizclado de nuestros cuerpos mezclados. Mi pecho subía y bajaba con respiraciones entrecortadas, todavía temblando por las réplicas del orgasmo. Jake me tenía sujeto contra él, una mano en mi cintura, la otra en mi nuca, manteniéndome pegado a su torso como si temiera que me desvaneciera si me soltaba. Su polla, aún medio dura, descansaba pegajosa contra mi muslo, dejando rastros húmedos cada vez que uno de los dos se movía.

Me besaba despacio ahora. No con la urgencia de antes, sino con una posesión tranquila, casi perezosa. Su lengua exploraba mi boca como si estuviera memorizando cada rincón. Yo respondía con torpeza residual, exhausto pero todavía hambriento. Cada roce de sus labios me hacía estremecer. Mi cuerpo entero estaba hipersensible: los pezones hinchados por sus mordidas, el culo palpitante y abierto, el interior todavía lleno de su semen caliente que empezaba a escaparse lentamente por mis muslos.

Se separó lo justo para mirarme a los ojos. Su pulgar rozó mi labio inferior, hinchado por los besos.

—Mírate —murmuró, voz grave y satisfecha—. Destrozado y precioso.

Intenté decir algo ingenioso, recuperar un poco de ese orgullo académico que siempre había usado como escudo. Pero solo salió un sonido ronco, patético.

—No… no puedo ni hablar bien —admití, avergonzado.

Él sonrió. Esa sonrisa lenta que me deshacía desde el primer día.

—No tienes que hablar. Ya dijiste todo lo que necesitaba oír cuando gemiste mi nombre mientras te corrías sin que te tocara.

Bajó la mano por mi espalda, dedos trazando la columna hasta llegar a mi culo. Presionó suavemente contra la entrada todavía sensible. Sentí cómo su semen se deslizaba más, caliente y espeso. Gemí bajito, involuntario.

—Todavía goteas —observó, casi con ternura—. Me encanta saber que llevas mi corrida dentro.

Metió un dedo despacio, solo hasta la primera falange, y lo movió en círculos perezosos. El roce contra las paredes internas hinchadas me hizo arquear la espalda y soltar un jadeo agudo.

—Jake… —su nombre salió como una súplica.

—¿Qué? —preguntó inocente, aunque sus ojos decían exactamente lo contrario—. ¿Quieres más?

Asentí sin pensarlo. El orgullo ya no existía. Solo quedaba esta necesidad cruda, animal.

—Quiero más —susurré—. Quiero… todo.

Retiró el dedo. Me giró con cuidado, sentándome en el borde de la mesa. Mis piernas colgaban flojas, muslos temblorosos. Él se colocó entre ellas, manos en mis rodillas, abriéndome despacio. Me miró entero: camisa abierta colgando de los hombros, pecho subiendo y bajando rápido, polla todavía medio dura y brillante de mi propio semen, culo expuesto y goteando.

—Eres una puta visión —dijo, voz ronca—. Y eres mía ahora.

Se arrodilló frente a mí.

El impacto de verlo así —el quarterback intocable, el dominante seguro— de rodillas entre mis piernas me dejó sin aliento. Sus manos subieron por mis muslos, dedos clavándose en la carne blanda. Bajó la cabeza y lamió una línea larga desde la base de mi polla hasta la punta, recogiendo el semen que aún quedaba allí. Gemí alto, cabeza echada hacia atrás.

—Sabes a ti y a mí —murmuró contra mi piel—. Me encanta.

Cerró la boca alrededor de la cabeza, succionando suave pero firme. Mi polla se endureció de nuevo en cuestión de segundos, sensible hasta el dolor. Él la tomó entera, garganta relajada, sin arcadas, hasta que su nariz rozó mi vello púbico. Sentí el calor húmedo envolviéndome por completo, su lengua presionando contra la parte inferior mientras subía y bajaba con ritmo lento, torturador.

—Jake… joder… —jadeé, manos en su pelo, tirando sin fuerza—. Vas a matarme…

Él levantó la mirada sin sacármela de la boca. Ojos fijos en los míos mientras me chupaba profundo, garganta contrayéndose alrededor de mí. El placer era cegador. Demasiado. Demasiado pronto después del primero.

—No… voy a correrme otra vez… —avisé, voz quebrada.

Sacó la boca con un sonido húmedo obsceno.

—Aún no —ordenó.

Se puso de pie. Su polla ya estaba completamente dura otra vez, gruesa, venosa, brillante de saliva y restos de semen. Me miró un segundo, evaluándome.

—Date la vuelta —dijo—. Apóyate en los codos. Quiero verte la cara mientras te follo de nuevo.

Obedecí al instante. Me giré, pecho contra la mesa, culo levantado hacia él. La posición me hacía sentir expuesto hasta lo ridículo: piernas abiertas, semen goteando por mis muslos, entrada todavía roja e hinchada por la primera vez.

Sentí sus manos separando mis nalgas. Luego su lengua. Directa, sin preámbulos. Lamió el semen que escapaba de mí, lengua plana y caliente recorriendo la entrada, empujando dentro para saborear su propia corrida. Gemí alto, vergüenza y placer chocando de nuevo.

—Sabes a mí —gruñó contra mi piel—. A lo que te hice.

Metió la lengua más profundo, follándome con ella mientras sus manos me mantenían abierto. Yo me retorcía, empujando hacia atrás, desesperado por más.

—Jake… por favor… métemela otra vez…

Se levantó. Posicionó la cabeza en mi entrada. Empujó de una sola vez, lento pero sin pausa, hasta que estuvo enterrado hasta las bolas. El estiramiento fue más fácil esta vez, pero igual de intenso. Gruñí, mezcla de dolor y placer.

—Joder… sigues tan apretado —jadeó él—. Como si tu culo no quisiera soltarme nunca.

Empezó a moverse. Embistidas largas, profundas, controladas. Cada salida casi completa, cada entrada hasta el fondo. El ángulo era brutal; golpeaba directo contra mi próstata con cada empujón. Mi polla goteaba sin parar, balanceándose con el ritmo de sus caderas.

—Dime que eres mío —exigió, voz ronca, embistiendo más fuerte.

—Soy tuyo… —sollocé—. Todo tuyo… fóllame como quieras…

Aceleró. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos y sus gruñidos bajos. Sus manos subieron por mi espalda, una en mi nuca, empujándome contra la mesa, la otra rodeando mi garganta desde atrás, no apretando, solo sosteniendo. Posesión pura.

—Voy a correrme dentro otra vez —anunció—. Y vas a guardarlo todo. Mañana vas a caminar por el campus con mi semen dentro, recordando quién te abrió así.

La imagen me empujó al borde.

—Jake… me corro… —avisé, voz rota.

—Córrete —ordenó—. Córrete mientras te lleno.

Empujó profundo una última vez y se quedó ahí, girando las caderas. El orgasmo me atravesó de nuevo, más intenso que el primero. Grité su nombre, cuerpo convulsionando, polla soltando chorros débiles pero calientes contra la mesa. Mis paredes se contrajeron alrededor de él, apretándolo con fuerza.

Él gruñó, bajo y animal, y se derramó dentro de mí otra vez. Sentí cada pulso, cada chorro caliente añadiéndose al primero. Se quedó enterrado hasta que dejó de palpitar, respirando pesado contra mi nuca.

Cuando salió, el semen escapó en un torrente espeso, resbalando por mis muslos, goteando al suelo. Me giró con cuidado, me sentó en la mesa y se colocó entre mis piernas. Me besó lento, profundo, mientras sus manos me sostenían.

—Buen chico —susurró contra mis labios—. Lo hiciste perfecto.

Yo solo pude asentir, exhausto, roto, completo.

Y supe que, a partir de esa noche, nada volvería a ser igual.

Que cada vez que lo viera en el pasillo, en clase, en el gimnasio, sentiría este vacío delicioso dentro de mí, este recordatorio físico de que me había reclamado.

Y que, a pesar de todo el orgullo que alguna vez tuve, no quería que fuera de ninguna otra forma.

El tiempo se había detenido dentro de esa sala. O quizás se había vuelto viscoso, lento, como el semen que todavía goteaba por la cara interna de mis muslos y formaba pequeños charcos en el suelo de linóleo barato. Mi cuerpo entero era un mapa de sensaciones residuales: el ardor dulce en la entrada, los moretones incipientes en las caderas donde sus dedos se habían clavado, los labios hinchados, la garganta rasposa de tanto gemir su nombre.

Jake me tenía sentado en el borde de la mesa, mis piernas flojas colgando a los lados de sus caderas. Él seguía de pie entre ellas, completamente desnudo ahora —había terminado de quitarse la camiseta y los pantalones en algún momento entre la segunda y la tercera corrida—, y su piel brillaba con una fina capa de sudor que lo hacía parecer aún más irreal. Sus pectorales subían y bajaban con respiraciones profundas pero controladas. La suya era la calma del depredador después de la caza; la mía, el temblor de la presa que ya no quiere huir.

Me miró fijamente mientras su mano derecha subía por mi torso, dedos extendidos, trazando la línea central de mis abdominales hasta llegar al esternón. Presionó allí, justo sobre mi corazón, que latía como si quisiera salirse.

—Siento cómo late —dijo en voz baja—. Late por mí.

No era una pregunta. Era una constatación.

Bajó la cabeza y besó ese punto exacto, labios calientes contra mi piel fría por el sudor que se secaba. Luego subió, besos lentos por la clavícula, el cuello, la mandíbula. Cuando llegó a mi oreja, mordió el lóbulo con suavidad y susurró:

—No hemos terminado, cerebrito.

Un escalofrío me recorrió entero. Mi polla, que apenas empezaba a ablandarse, dio un salto involuntario contra su abdomen.

—Jake… no sé si pueda… —murmuré, voz ronca, casi rota—. Ya me corrí dos veces… estoy…

—Estás sensible —completó él, y su mano bajó hasta envolver mi polla con dedos firmes pero gentiles—. Y eso es exactamente como te quiero ahora.

Empezó a masturbarme despacio, movimientos largos y lentos que me hicieron jadear. Cada pasada de su palma rozaba la cabeza hipersensible, haciendo que mis caderas se sacudieran hacia adelante sin control. Era demasiado. Era perfecto.

—Shhh —susurró contra mi boca—. Déjame cuidarte.

Me besó de nuevo, esta vez más profundo, más lento. Su lengua jugaba con la mía mientras su mano seguía ese ritmo torturador. Con la otra mano me sostuvo la nuca, manteniéndome en su lugar, impidiéndome apartarme aunque el placer rozara el umbral del dolor.

Cuando sentí que volvía a endurecerme por completo entre sus dedos, soltó una risa baja, satisfecha.

—Mira eso —dijo, mirando hacia abajo—. Todavía tienes ganas. Tu cuerpo me quiere más que tu orgullo.

Me sonrojé violentamente. Intenté cerrar las piernas por instinto, pero él las mantuvo abiertas con sus caderas.

—No te escondas —ordenó suave—. Quiero verte entero.

Me levantó entonces, como si no pesara nada. Mis piernas se enroscaron alrededor de su cintura por reflejo. Me llevó hasta la pared más cercana —la que estaba justo al lado de la puerta cerrada— y me apoyó contra ella. El yeso frío contra mi espalda contrastaba con el calor de su cuerpo pegado al mío.

—Agárrate —dijo.

Obedecí. Mis brazos alrededor de su cuello, dedos enredados en su pelo húmedo. Él me sostuvo por debajo de los muslos, abriéndome más, y alineó su polla —dura otra vez, imposiblemente dura— con mi entrada todavía resbaladiza de semen y lubricación natural.

—Respira —murmuró—. Voy a entrar despacio esta vez. Quiero que sientas cada centímetro.

Empujó.

Lento. Muy lento.

Sentí cómo la cabeza abría mis paredes hinchadas, cómo el tallo grueso me llenaba de nuevo, centímetro a centímetro, hasta que sus bolas quedaron pegadas a mi culo. Gemí largo, bajo, contra su hombro. El estiramiento era diferente ahora: más profundo, más íntimo, porque estábamos cara a cara. Podía ver cada expresión en su rostro: la mandíbula apretada, los ojos entrecerrados de placer, la forma en que su boca se abría ligeramente cuando se hundía hasta el fondo.

—Joder… sigues tan caliente por dentro —gruñó—. Tan apretado… como si me estuvieras ordeñando.

Empezó a moverse. Embestidas lentas, profundas, casi sacándose del todo antes de volver a entrar hasta las bolas. Cada vez que llegaba al fondo, giraba las caderas en un círculo pequeño que me hacía ver estrellas. Mi próstata, ya hinchada y sensible, recibía cada golpe directo.

—Jake… —jadeé, uñas clavadas en sus hombros—. Es demasiado… voy a…

—No todavía —ordenó, deteniéndose de golpe dentro de mí—. Aguanta.

Me besó entonces, profundo, posesivo, mientras mantenía la inmovilidad total. Solo su polla palpitando dentro de mí, mi polla atrapada entre nuestros vientres, goteando sin parar.

—Dime que me quieres dentro siempre —susurró contra mis labios.

—Te quiero dentro siempre —repetí, voz temblorosa—. Siempre, Jake… no me saques nunca…

Eso pareció romper algo en él.

Empezó a follarme de verdad.

Embistidas fuertes, rápidas, profundas. La pared crujía detrás de mí con cada golpe. Mis gemidos se volvieron continuos, altos, casi gritos. Él gruñía contra mi cuello, mordiendo la piel, dejando marcas que sabía que vería mañana.

—Eres mío —repetía entre embestidas—. Mío… mío… mío…

Sentí el orgasmo construyéndose otra vez, esta vez desde más adentro, más intenso. Mi polla estaba tan dura que dolía.

—Jake… me corro… no puedo parar…

—Córrete —gruñó—. Córrete en mi polla. Muéstrame cuánto te gusta que te folle contra la pared como una puta desesperada.

Empujó profundo una última vez y se quedó ahí, girando las caderas.

Me corrí con un grito ahogado. Chorros calientes salpicaron entre nosotros, manchando su abdomen y el mío. Mis paredes se contrajeron violentamente alrededor de él, apretándolo, ordeñándolo.

Él gruñó mi nombre —mi nombre real— y se derramó dentro de mí por tercera vez. Sentí cada pulso, cada chorro grueso añadiéndose a lo que ya había dejado. Su cuerpo tembló contra el mío, respiración entrecortada por primera vez sin control.

Se quedó dentro hasta que ambos dejamos de temblar.

Luego, despacio, me bajó al suelo. Mis piernas no respondían; tuve que apoyarme en él. Me sostuvo contra su pecho, una mano en mi nuca, la otra en la parte baja de mi espalda.

—Respira —susurró—. Lo hiciste increíble.

Besó mi sien, mi mejilla, la comisura de mi boca.

Yo solo pude cerrar los ojos y dejar que me sostuviera.

Sabía que mañana dolería caminar. Sabía que sentiría cada paso el recordatorio físico de lo que había pasado aquí. Y, por primera vez en mi vida, la idea no me avergonzaba.

Me excitaba.

Porque ahora llevaba su marca dentro y fuera.

Y porque, aunque mi orgullo académico siguiera existiendo en algún rincón lejano de mi mente, ya no era lo más importante.

Lo más importante era él.

Y lo que acababa de empezar entre nosotros.

El silencio que siguió fue diferente. No el cargado de tensión sexual que había dominado la habitación durante horas, sino uno más pesado, más íntimo. Como si, después de tanto desgarro físico, ahora quedara expuesto algo más frágil.

Jake me tenía todavía pegado a su pecho, mi frente contra su clavícula, su mano grande acariciando mi espalda en círculos lentos, casi hipnóticos. El semen se secaba en mis muslos, pegajoso y frío ahora. Mi cuerpo dolía en lugares que no sabía que podían doler: los músculos internos temblaban de fatiga, la entrada ardía con cada pequeño movimiento, los moretones en las caderas empezaban a florecer en morados oscuros. Y sin embargo, nunca me había sentido tan… en paz.

Él besó mi sien. Un gesto suave, casi reverente.

—Vamos a limpiarte —murmuró contra mi pelo—. No puedes quedarte así.

No protesté. No tenía fuerzas ni ganas. Me dejó apoyado contra la pared un segundo mientras recogía su camiseta del suelo y la usó para secar con cuidado el desastre entre mis piernas. Movimientos precisos, atentos. No había burla en su toque ahora; solo una ternura inesperada que me hizo cerrar los ojos para no dejar que se me escapara algo ridículo como una lágrima.

Cuando terminó, me levantó en brazos otra vez —como si fuera lo más natural del mundo— y me llevó hasta la única silla que quedaba en pie. Se sentó él primero y me acomodó en su regazo, de lado, mi cabeza en su hombro. Mis piernas colgaban flojas sobre el brazo del asiento. Me sentía pequeño, vulnerable, pero extrañamente seguro.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja. La primera vez que sonaba genuinamente preocupado.

Asentí contra su cuello.

—Solo… abrumado —admití—. No pensé que… que esto iba a ser así.

—¿Así cómo?

—Intenso. Doloroso. Perfecto. Todo al mismo tiempo.

Sentí su pecho vibrar con una risa suave.

—Eres un desastre, cerebrito.

—No me llames así ahora —susurré, aunque no había enfado real en mi voz.

—Entonces, ¿cómo te llamo?

—Mi nombre. Solo… mi nombre.

—Diego —dijo despacio, probándolo en su boca como si fuera algo nuevo—. Diego.

Lo repitió una vez más, más bajo, casi como una caricia. Y algo dentro de mí se deshizo del todo.

Nos quedamos así un rato largo. El reloj en la pared marcaba las tres de la madrugada. Afuera, el campus estaba desierto. Dentro, solo se oía nuestra respiración sincronizándose poco a poco.

Entonces él habló, voz grave pero sin la arrogancia de antes.

—No fue solo follar para mí.

Levanté la cabeza para mirarlo. Sus ojos verdes estaban serios, sin rastro de la sonrisa depredadora.

—¿No?

—No. Llevo meses observándote. En clase, en la biblioteca, en el gimnasio. Cada vez que me mirabas y apartabas la vista rápido, como si te quemara. Cada vez que me corregías en un debate y tu voz temblaba un poco al final. Sabía que me deseabas. Pero también sabía que te odiabas por desearme.

Tragué saliva. Todo era verdad.

—Y yo… —continuó— quería romper esa coraza tuya. Quería verte ceder. Pero no solo en la cama. Quería que me dejaras entrar de verdad.

Sus dedos trazaron mi mandíbula, el contorno de mi labio inferior.

—Y lo hiciste. Más de lo que esperaba.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Y ahora qué? —pregunté, voz pequeña.

—Ahora decides tú. Puedes levantarte mañana, fingir que esto no pasó, volver a tus libros y a tus debates y odiarme desde lejos. O…

—¿O?

—O puedes dejar que siga. Que te marque. Que te folle cuando quiera, donde quiera. Que te cuide después. Que te haga mío de formas que ni siquiera has imaginado todavía.

El silencio volvió, pero esta vez era expectante.

Mi orgullo —lo poco que quedaba— intentó protestar. Recordarme que yo era el inteligente, el que ganaba con argumentos, no con sumisión. Pero mi cuerpo, mi corazón, mi polla todavía sensible que dio un leve tirón solo de oírlo decir “mío”, ya habían decidido.

Me incliné y lo besé. Lento. Profundo. Sin urgencia sexual esta vez. Solo entrega.

Cuando me separé, susurré contra sus labios:

—Quiero lo segundo. Todo lo segundo.

Su sonrisa regresó, pero era diferente: más suave, más real.

—Buen chico —dijo, y esta vez no sonó como orden. Sonó como promesa.

Me levantó de nuevo, me ayudó a vestirme con movimientos cuidadosos —cada roce de tela contra mi piel sensible me hacía sisear—, y recogió nuestras cosas. Antes de abrir la puerta, me tomó de la mano. No como posesión. Como algo más.

—Vamos a mi habitación —dijo—. Vas a dormir pegado a mí. Y mañana… mañana veremos cuánto aguantas caminar con mi semen todavía dentro.

Sonreí por primera vez en horas. Una sonrisa cansada, pero genuina.

—No creo que pueda caminar mucho.

—Entonces te llevaré en brazos por todo el campus si hace falta —respondió, serio—. Pero no te escaparás de mí.

Abrimos la puerta.

El pasillo estaba vacío, frío, iluminado solo por luces de emergencia. Caminamos despacio, mi cuerpo protestando con cada paso, pero su brazo alrededor de mi cintura me sostenía.

Y por primera vez desde que lo vi en aquel auditorio, no sentí rivalidad.

Solo sentí que, por fin, había encontrado mi lugar.

El amanecer empezaba a filtrarse por las persianas rotas de la habitación de Jake cuando por fin llegamos. El pasillo del dormitorio estaba desierto, solo el zumbido lejano de un ventilador y el eco de nuestros pasos irregulares. Yo caminaba apoyado en él más de lo que me gustaría admitir: cada paso era un recordatorio punzante de lo que había pasado. El semen todavía dentro de mí se movía con cada movimiento, espeso y caliente, resbalando un poco más por la cara interna de mis muslos. Sentía cómo empapaba la tela de mis bóxers, cómo dejaba una humedad pegajosa que me hacía apretar los dientes para no gemir en voz alta. Jake lo sabía. Lo veía en la forma en que su mano se cerraba un poco más fuerte en mi cintura cada vez que yo titubeaba.

Abrió la puerta de su habitación con una tarjeta que sacó del bolsillo trasero de sus jeans. El cuarto era exactamente como lo había imaginado: desordenado pero masculino. Ropa deportiva tirada en una silla, posters del equipo en las paredes, olor a colonia cara mezclada con el sudor seco de entrenamientos recientes. Cerró la puerta detrás de nosotros y el clic del pestillo sonó definitivo.

—Quítate la ropa —dijo, voz baja pero sin espacio para negociación.

Me quedé quieto un segundo, orgullo residual luchando por salir. Pero ya no tenía fuerzas para resistir. Me quité la camisa abierta con cuidado, siseando cuando la tela rozó los pezones todavía sensibles. Luego los jeans, despacio, porque cada movimiento hacía que el semen se moviera dentro de mí y enviara pequeñas descargas de placer-dolor por mi columna. Quedé desnudo frente a él, expuesto bajo la luz tenue de la lámpara de mesa. Mi polla colgaba pesada, medio dura todavía a pesar del agotamiento, y mis muslos brillaban con rastros secos y frescos de lo que él había dejado en mí.

Jake me miró entero, sin prisa. Sus ojos recorrieron cada marca que había dejado: los chupetones en el cuello, los moretones en forma de dedos en mis caderas, la rojez alrededor de mi entrada que aún se veía cuando me giré un poco.

—Date la vuelta —ordenó suavemente.

Obedecí. Apoyé las manos en la pared, piernas separadas. Sentí sus pasos acercarse. Sus dedos separaron mis nalgas con delicadeza. El aire fresco golpeó la piel caliente y húmeda. Gemí bajito cuando su pulgar rozó la entrada hinchada.

—Todavía goteas —murmuró, casi con reverencia—. Mira cómo te dejé abierto. Rojo, hinchado… perfecto.

Metió dos dedos despacio, solo hasta la segunda falange, y los movió en círculos perezosos. El semen que todavía quedaba dentro se removió, saliendo en un hilo espeso que resbaló por su muñeca.

—Esto es mío —dijo, voz ronca—. Todo esto que sale de ti es mío. Y va a seguir saliendo durante horas.

Retiró los dedos y me giró de nuevo. Me llevó hasta la cama, me tumbó boca arriba con cuidado, como si fuera algo frágil. Se quitó la ropa en silencio, movimientos precisos. Cuando estuvo desnudo otra vez, se subió a la cama y se colocó encima de mí, sin penetrarme, solo cubriéndome con su peso. Su polla semidura descansaba contra mi vientre, caliente y pesada.

Me besó entonces. Lento. Profundo. Sin urgencia sexual. Solo besos que sabían a entrega mutua. Sus manos recorrieron mi cuerpo sin apretar: trazando costillas, cintura, muslos. Cuando llegó a mi entrada, no entró. Solo presionó con la yema de los dedos, masajeando el anillo hinchado en círculos suaves.

—Duele, ¿verdad? —preguntó contra mis labios.

—Un poco —admití—. Pero… me gusta. Me gusta sentir que me follaste tanto que todavía lo siento.

Sonrió contra mi boca.

—Buen chico.

Se movió hacia abajo, besando cada centímetro de mi torso. Cuando llegó a mi polla, la tomó en su boca sin preámbulos. No para hacerme correrme otra vez —sabía que no podía—, sino para calmarla, para lamerla despacio, saboreando los restos de mis orgasmos anteriores. Gemí bajito, manos en su pelo, sin tirar. Solo sosteniendo.

Después de un rato subió de nuevo, se tumbó a mi lado y me atrajo contra su pecho. Mi cabeza en su hombro, su brazo alrededor de mi cintura, su mano posesiva en mi culo. Sentía su respiración calmándose poco a poco.

—No te duermas todavía —susurró—. Quiero que me escuches.

Levanté la vista. Sus ojos estaban serios, sin rastro de la arrogancia del principio.

—Esto no es solo sexo para mí, Diego. Nunca lo fue. Te vi el primer día en el auditorio, sentado al frente con tus notas perfectas y esa cara de “soy mejor que todos”. Y quise romperte. Pero no para destruirte. Para que dejaras de esconderte. Para que admitieras que debajo de toda esa inteligencia y orgullo hay alguien que necesita rendirse. Alguien que necesita que lo dominen, que lo cuiden después.

Tragué saliva. Las palabras dolían porque eran verdad.

—Y yo… —continuó— necesito ser el que lo haga. Necesito verte ceder, verte gemir mi nombre, verte correrte solo porque yo te lo ordeno. Pero también necesito verte dormir tranquilo después. Necesito saber que estás bien. Que eres mío y que estás seguro.

Sus dedos trazaron mi espalda.

—Así que esto es lo que va a pasar: vas a seguir siendo el cerebrito que gana debates y saca dieces. Vas a seguir mirándome mal en clase cuando diga alguna estupidez para provocarte. Pero cuando estemos solos, vas a ser mío. Vas a abrirte para mí cuando yo quiera. Vas a gemir cuando te folle en los vestidores después de un partido, en el baño de la biblioteca, en mi coche aparcado en cualquier parte. Y después, siempre después, voy a cuidarte. Voy a limpiarte, voy a abrazarte, voy a hacer que duermas pegado a mí como ahora.

Hizo una pausa.

—Y si alguna vez quieres parar… solo dilo. Pero hasta entonces, no voy a dejarte escapar.

Sentí un nudo en la garganta. Lágrimas calientes se acumularon en mis ojos. No de dolor. De alivio. De reconocimiento.

—No quiero parar —susurré—. Nunca.

Me besó la frente.

—Entonces duerme, Diego. Mañana va a doler caminar. Vas a sentir cada paso. Vas a sentarte en clase y vas a apretar los dientes porque mi semen todavía estará dentro de ti. Y cada vez que me mires, vas a recordar esta noche. Vas a recordar cómo te rompí y cómo te reconstruí.

Cerré los ojos. Su mano seguía en mi culo, dedos presionando suavemente la entrada hinchada, como si quisiera mantener su semen dentro un poco más.

—Duerme —repitió.

Y lo hice, me dormí pegado a él, con su olor en mi piel, su semen en mi interior, sus brazos alrededor de mí.

por primera vez en mi vida, no sentí vergüenza solo sentí que, por fin, había encontrado dónde pertenecía.

Al día siguiente, cuando salí de su habitación con las piernas temblorosas y el culo dolorido, caminé por el campus como si nada. Pero cada paso era una caricia interna, un recordatorio líquido de él. En la clase de literatura, me senté al frente como siempre. Jake entró tarde, se sentó atrás, y cuando nuestras miradas se cruzaron, sonrió. Esa sonrisa lenta, posesiva.

Y yo, por primera vez, no aparté la vista.

Le devolví la sonrisa.

Pequeña. Cansada. Pero real.

Solo había nosotros y la promesa silenciosa de muchas noches más como esa.

De muchos amaneceres en los que me despertaría con su polla dentro de mí, su voz en mi oído susurrando “buen chico”, y su abrazo después porque ahora era suyo. Y él era mío. Y eso era suficiente.

***

Han pasado seis meses desde esa noche en la sala de estudio.

El campus ya no es el mismo. O quizás soy yo el que cambió tanto que todo lo demás parece diferente.

Sigo sentándome al frente en la clase de literatura avanzada. Sigo tomando notas meticulosas, corrigiendo al profesor cuando se equivoca en una cita, ganándome las mismas miradas de admiración y envidia de siempre. Pero ahora, cuando Jake entra tarde —porque siempre entra tarde—, ya no siento esa punzada de rivalidad mezclada con vergüenza. Siento un calor diferente. Uno que empieza en el estómago y baja directo entre mis piernas, recordándome lo que pasó anoche, o anteanoche, o en el baño del gimnasio después de su entrenamiento.

Porque sí. Seguimos.

Seguimos follando en lugares que deberían ser imposibles: el asiento trasero de su coche aparcado en el estacionamiento subterráneo del edificio de ciencias, con las ventanillas empañadas y mi espalda contra la puerta mientras él me embiste desde atrás murmurando “cállate o nos pillan”; el vestuario vacío después de un partido, yo de rodillas entre sus piernas, su polla gruesa en mi boca mientras él me agarra el pelo y me dice “trágatela entera, buen chico”; su habitación a las tres de la mañana, yo boca abajo con las manos atadas a la cabecera, él follándome lento y profundo hasta que lloro de placer y le suplico que no pare nunca.

Pero también seguimos de otras formas.

Ahora duermo en su cama casi todas las noches. Me despierto con su brazo pesado sobre mi cintura, su aliento cálido en mi nuca, su polla matutina presionando contra mi culo como una promesa silenciosa. A veces me folla despacio al amanecer, sin palabras, solo respiraciones y gemidos bajos; otras veces solo me abraza y me besa la nuca hasta que vuelvo a dormirme. Me cuida. Me prepara café cuando estudio hasta tarde, me masajea los hombros cuando me duele la espalda de tanto leer, me aplica crema en los moretones que deja en mis caderas y muslos porque “no quiero que te duela demasiado mañana”.

Y yo… yo me he rendido del todo.

Ya no lucho contra el deseo. Ya no me avergüenzo cuando me corro sin que me toque solo porque él me susurra “eres mío” al oído. Ya no intento mantener la apariencia de control cuando él me pone de rodillas y me dice “abre la boca”. Simplemente obedezco. Y en esa obediencia encuentro algo que nunca supe que necesitaba: paz.

Hoy es viernes. Hay partido. Él juega de titular, como siempre. Yo estoy en las gradas, no muy lejos del banquillo, con una sudadera suya que me queda grande y huele a su colonia y a su sudor. Cuando marca el touchdown ganador, todo el estadio estalla. Él busca mi mirada entre la multitud —siempre lo hace— y me dedica una sonrisa pequeña, solo para mí. Esa sonrisa que dice “esto es por ti también”.

Después del partido, en los vestuarios casi vacíos, me espera en la ducha individual del fondo. El agua caliente cae sobre nosotros mientras me empuja contra los azulejos fríos. Me folla contra la pared, lento al principio, profundo, sus manos en mis caderas guiándome hacia atrás para encontrar cada embestida. El vapor nos envuelve. Sus gemidos se mezclan con el ruido del agua. Cuando se corre dentro de mí, gruñe mi nombre contra mi cuello y me sostiene fuerte para que no me caiga.

Salimos juntos. Caminamos por el campus a medianoche, su brazo alrededor de mis hombros, mi cabeza apoyada en su pecho. Nadie nos mira raro. Nadie pregunta. Simplemente somos.

Llegamos a su habitación —nuestra habitación, en realidad, porque la mitad de mis cosas ya están aquí—. Me desnuda con cuidado, me tumba en la cama, me abre las piernas y me lame despacio el culo todavía lleno de su semen, saboreándose a sí mismo dentro de mí hasta que tiemblo y me corro sin tocarme, solo con su lengua y sus dedos.

Después, me abraza por detrás. Su mano en mi pecho, sobre mi corazón.

—Te quiero —susurra contra mi pelo.

Es la primera vez que lo dice.

Me quedo quieto un segundo, procesándolo. Luego giro la cabeza lo justo para besarlo.

—Yo también te quiero, Jake.

No hay más palabras. Solo su respiración calmándose contra mi nuca, su brazo apretándome más fuerte, como si temiera que me escapara, aunque sabe que no lo haré.

Cierro los ojos.

por primera vez en mi vida, me duermo sin pensar en exámenes o en mis notas.

Solo pienso en él.

En cómo me rompió para reconstruirme mejor, en cómo me hizo suyo, en cómo, después de todo, yo también lo hice mío.

Fin.

_________________________________________________________________________________________

Estoy aceptando peticiones para futuros relatos, sugerencias, consejos. Todos es bienvenido solo escríbanme por Telegram: @Jakeabbott

Los quiero <3

51 Lecturas/23 febrero, 2026/0 Comentarios/por Phorass
Etiquetas: baño, culo, follando, follar, orgasmo, semen, sexo, virgen
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
El deseo de mi amigo por poseer a mi madre
Mi Chica y Yo, El Cine
Me ayudó a acabar yo también
Ángela
Los Zapatos de mi tia 3
Mi hermana goza de mi pedazo por primera vez
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.388)
  • Dominación Hombres (4.235)
  • Dominación Mujeres (3.120)
  • Fantasías / Parodias (3.415)
  • Fetichismo (2.810)
  • Gays (22.405)
  • Heterosexual (8.474)
  • Incestos en Familia (18.617)
  • Infidelidad (4.576)
  • Intercambios / Trios (3.194)
  • Lesbiana (1.176)
  • Masturbacion Femenina (1.031)
  • Masturbacion Masculina (1.970)
  • Orgias (2.119)
  • Sado Bondage Hombre (462)
  • Sado Bondage Mujer (191)
  • Sexo con Madur@s (4.454)
  • Sexo Virtual (272)
  • Travestis / Transexuales (2.475)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.587)
  • Zoofilia Hombre (2.251)
  • Zoofilia Mujer (1.681)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba