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Dominación Hombres, Gays, Incestos en Familia

El Buen Chico de Papi

Tras años de duelo, un padre musculoso y su hijo adolescente encuentran consuelo mutuo en entrenamientos intensos y cercanía creciente. Lo que empieza como apoyo se transforma en dependencia total..
Este relato contiene muchas escenas muy subidas de tono que contienen feminización forzada y degradación extrema, degradación verbal intensa, Control total y aislamiento.

Todo es ficción y no se refleja en el actuar diario.

Espero lo disfrutes.

____________________________________________________________________________________

Hank había cumplido los cuarenta hacía exactamente cuatro meses y once días. Lo sabía porque esa mañana, al mirarse en el espejo empañado del baño del gimnasio después de una ducha fría, había contado las canas que empezaban a asomar en las sienes y en la barba de tres días que nunca se afeitaba del todo. Metro ochenta y ocho de puro músculo heredado de años en el ejército, hombros anchos como puertas, pecho cubierto de vello oscuro que bajaba en una línea recta hasta el ombligo y luego se espesaba en el pubis. Cicatrices: una larga y dentada en el costado izquierdo de una bala que rozó en una misión en el desierto hace quince años, otra pequeña pero profunda en el muslo derecho de una explosión que casi lo deja cojo. Su cuerpo no era de gimnasio bonito; era de hombre que había cargado peso real, que había corrido con mochila de treinta kilos bajo el sol de cuarenta grados, que había matado y visto morir. A los cuarenta seguía siendo una máquina: abdomen marcado, pero no de revista, brazos venosos, manos grandes y callosas, verga gruesa que colgaba pesada incluso en reposo, con una ligera curva hacia arriba cuando se endurecía.

Desde que su esposa Carla murió tres años, dos meses y diecisiete días atrás —cáncer, rápido y cruel—, el gimnasio “Hierro Viejo” se había convertido en su única constante. Abría a las cinco de la mañana, cerraba a las once de la noche. Limpiaba las barras él mismo, ajustaba las máquinas, ponía la misma playlist de rock pesado que retumbaba en las paredes de ladrillo visto. El olor a hierro oxidado, caucho quemado, sudor seco y desinfectante de pino se le había metido en la piel para siempre. Era su penitencia y su salvación. Allí no tenía que pensar en la casa vacía, en la cama matrimonial que seguía oliendo a ella, aunque hubiera cambiado las sábanas mil veces, en el silencio que lo ahogaba cuando apagaba las luces.

Jamie era lo único que lo sacaba de allí antes de medianoche.

Su hijo. 17 años recién cumplidos ese mismo día. El chico que había crecido delante de sus ojos y que, sin que Hank pudiera impedirlo, se había convertido en un hombre que le robaba el aliento cada vez que entraba por la puerta.

Esa noche del cumpleaños, la cocina estaba iluminada solo por la lámpara sobre la mesa. Hank había preparado la cena él mismo: bistec de lomo bien jugoso, papas al horno con romero, ensalada simple. Había comprado una torta pequeña de chocolate porque sabía que a Jamie le gustaba desde niño. Puso una cerveza fría para él y una gaseosa para el chico. Cuando Jamie bajó las escaleras, vestido solo con un short gris de algodón y una camiseta vieja de Hank que le quedaba grande, el corazón de Hank dio un salto raro.

—Feliz cumpleaños, campeón —dijo Hank, levantándose. Su voz grave llenó la cocina como siempre.

Jamie sonrió tímido, se acercó y dejó que su padre lo abrazara. El abrazo duró más de lo normal. Hank sintió el cuerpo delgado pero firme de su hijo contra el suyo: el calor de la espalda bajo la camiseta, el olor a shampoo de manzana que usaba desde los catorce, el roce de la mejilla suave contra su barba áspera. Le puso una mano grande en la nuca, apretando con esa firmeza que usaba para corregir posturas en el gimnasio.

—Diecisiete ya… Joder, cómo pasa el tiempo. Ya eres casi un hombre, Jamie. Un hombre de verdad.

Jamie se separó un poco pero no del todo. Sus ojos oscuros —los mismos que Carla— miraron a su padre con algo que Hank no supo identificar.

—Gracias, papá.

Hank tragó saliva. Sacó del bolsillo de su pantalón de chándal un llavero con la llave del gimnasio y un pase magnético nuevo.

—Esto es tu regalo. Pase ilimitado. A partir de mañana entrenamos juntos de verdad. Nada de esas sesiones suaves que hacías solo. Vamos a ponerte fuerte, como debe ser. ¿Entendido?

Jamie tomó el llavero. Sus dedos rozaron los de Hank. El contacto fue eléctrico, aunque ninguno lo admitió.

—Sí, papá. Gracias… de verdad.

Esa noche, después de que Jamie se fuera a su cuarto, Hank se quedó sentado en el living con la cerveza tibia en la mano. Encendió el celular y abrió la galería de fotos. Fue bajando lentamente: Jamie a los cinco años, montado en sus hombros en la playa; Jamie a los diez, con braces y sonrisa torcida después de ganar un partido de fútbol; Jamie a los trece, flaco y desgarbado, abrazándolo después de su primera ruptura; Jamie un año atrás , ya más alto, torso desnudo en la misma playa, mirándolo a él con una sonrisa que ahora, con la distancia, le parecía demasiado larga, demasiado intensa. En una foto de hace dos años y medio, los dos sin camisa en el patio de atrás, Hank enseñándole a levantar pesas caseras. Jamie estaba pegado a su costado, riendo, y Hank tenía la mano en su cintura. Recordó cómo en ese momento había sentido un calor raro en el bajo vientre y se había apartado rápido, culpándose de todo.

Apagó el celular. Se fue a la cama. Se masturbó en silencio, con rabia, pensando en nada y en todo al mismo tiempo. Se corrió y se odió.

Al día siguiente comenzaria la nueva rutina.

***

Durante las siguientes tres semanas las tardes se volvieron un ritual sagrado y tortuoso. Lunes a viernes, a las siete de la tarde, Jamie llegaba al gimnasio con la mochila al hombro. Hank lo esperaba con la persiana bajada a medias, solo las luces del fondo encendidas. Empezaban con calentamiento: carrera en cinta durante quince minutos. Hank se paraba al lado, cronómetro en mano, corrigiendo cada detalle.

—Más recta la espalda. Brazos a noventa grados. Respira por la nariz. Así… buen chico.

Jamie sudaba rápido. La camiseta se le pegaba al pecho, marcando los pezones pequeños y duros por el esfuerzo. El short se le subía por los muslos. Hank intentaba no mirar, pero sus ojos traicionaban: bajaban desde la curva del culo cuando Jamie corría, a la erección incipiente que se marcaba cuando el chico se agachaba a atarse los cordones.

Luego venían las sentadillas y Hank se colocaba justo detrás. Las manos grandes se posaban en las caderas de Jamie, dedos abiertos, presionando.

—Baja lento. Culo atrás. Arquea la espalda baja… no tanto. Así. Mete más el culo. Siente cómo se activa el glúteo. Bien… muy bien, mi niño. Buen chico.

Cada vez que decía “buen chico” o “mi niño”, Jamie sentía un escalofrío que le bajaba directo a la verga. Se ponía duro al tercer descenso. Intentaba disimular, pero Hank lo notaba. Lo notaba todo.

Em otro ejercicio de press banca Hank se paraba con las piernas abiertas a cada lado del banco, justo encima de la cabeza de Jamie. Cuando el chico bajaba la barra, su cara quedaba a centímetros del bulto del pantalón de su padre. El olor era intenso: sudor, jabón de pino del baño del gimnasio, testosterona pura. Jamie respiraba por la boca, jadeando, y sentía cómo su propia verga se endurecía contra el short hasta doler. En una ocasión, al subir la barra en la última repetición, rozó accidentalmente con la nariz el paquete de Hank. Ninguno dijo nada. Hank solo apretó la mandíbula y dijo:

—Última serie. Dame todo, campeón.

Después haciendo abdominales el padre sujetaba las piernas de Jamie desde abajo para ayudarle en las últimas repeticiones. Sus manos grandes rodeaban los muslos, pulgares muy cerca de la entrepierna. Jamie colgaba, sudando, gimiendo de esfuerzo, y sentía el aliento caliente de su padre en la nuca.

—Vamos, hijo. Tres más. Por mí. Buen chico… eso es.

Aparte de sus rutinas de ejercicio las duchas compartidas se volvieron obligatorias.

Al principio Jamie intentaba ducharse rápido y salir envuelto en toalla. Pero Hank empezó a decir:

—No seas tímido. Somos hombres. No hay nada que no haya visto ya. A la ducha, juntos, que no quiero que te vayas apestando.

La primera vez que entraron juntos al vestuario vacío, el corazón de Jamie latía tan fuerte que pensó que su padre lo oiría. El agua caliente llenó el lugar de vapor denso. Hank se desnudó sin pudor: se sacó la camiseta por la cabeza revelando el pecho ancho y peludo. Siguió con el pantalón y bóxer negro bajados de un tirón. Su verga colgaba pesada, gruesa, con la cabeza rosada asomando bajo el prepucio. Los huevos grandes, cubiertos de vello oscuro. Jamie se quedó paralizado un segundo antes de quitarse la ropa. Su propio cuerpo: más delgado, piel más suave, verga ya medio dura por la tensión acumulada de toda la tarde.

Se metieron bajo los chorros separados por un metro. El agua caía ruidosa. Hank tomó la esponja, la llenó de gel y empezó a lavarse el pecho con movimientos lentos y deliberados. Jamie intentaba no mirar, pero sus ojos iban solos: a los músculos del abdomen que se contraían, a la verga que se movía pesada con cada movimiento, a las cicatrices que quería tocar.

—Date la vuelta —ordenó Hank con voz grave—. Te lavo la espalda.

Jamie obedeció. Sintió la esponja en los omóplatos, bajando despacio, presionando en los nudos de tensión. Hank pasó a la palma abierta, piel contra piel caliente. Frotó en círculos amplios, bajando hasta la cintura, luego más abajo, casi rozando la curva del culo.

—¿Te duele aquí? —preguntó, voz ronca, cuando presionó en la zona lumbar.

—No… papi.

La palabra salió rota, suplicante, sin que Jamie pudiera detenerla. Hank se congeló. El agua seguía cayendo. Pasaron cinco segundos eternos. Luego Hank reanudó el frotado, pero ahora más lento, más íntimo. La palma grande cubrió casi toda la espalda baja de Jamie.

—Buen chico —susurró cerca de su oído, aliento caliente—. Siempre tan obediente. Tan dispuesto a todo por tu papá.

Jamie tembló entero. Su verga estaba completamente dura, goteando pre-semen que se mezclaba con el agua. Sabía que Hank la veía de reojo. Sabía que él mismo estaba medio duro. Terminaron la ducha en silencio absoluto. Se secaron en silencio. Volvieron a casa en el auto con la música puesta baja, pero el silencio entre ellos era ensordecedor.

Esa noche, en su cuarto, Jamie no aguantó más.

Apagó la luz, cerró la puerta con llave, se quitó toda la ropa y se tumbó boca abajo en la cama. Sacó de debajo de la almohada la camiseta sudada que había robado del cesto del gimnasio esa tarde: olía intensamente a su padre, a sudor salado, a jabón, a hombre. Enterró la cara en ella, inhalando profundo. Con la mano derecha se agarró la verga dura y empezó a masturbarse despacio. Imaginaba las manos grandes de su padre sujetándole las caderas en sentadillas, imaginaba esa voz grave diciéndole “buen chico” mientras lo empujaba contra la pared de azulejos, imaginaba la verga gruesa de su padre presionando contra su culo. Aceleró el ritmo. Se mordió la almohada para no gemir “papi, papi, por favor” en voz alta. Se corrió con tanta fuerza que tembló entero, chorros de semen caliente salpicando las sábanas, lágrimas de vergüenza y deseo puro corriendo por sus mejillas.

Al otro lado del pasillo, Hank tampoco podía dormir.

Estaba sentado en el borde de la cama grande y vacía, la luz de la mesita encendida. Su mano grande rodeaba su verga completamente dura, venosa, goteando. Pensaba en el gemido pequeño que Jamie había soltado bajo el agua. Pensaba en cómo había dicho “papi” con esa voz quebrada, vulnerable, necesitada. Se odiaba con cada caricia. Se odiaba tanto que se masturbaba con rabia, apretando fuerte, imaginando que tenía a su hijo arrodillado frente a él en la ducha, boca abierta, ojos húmedos, suplicando. Se corrió gruñendo bajo, semen espeso salpicando su abdomen y su pecho. Luego se quedó mirando el techo, respirando agitado, con el pecho subiendo y bajando.

Sabía que la grieta ya estaba abierta.

Y que, día tras día, entrenamiento tras entrenamiento, ducha tras ducha, esa grieta se estaba haciendo más profunda, más ancha, imposible de cerrar.

La rutina se intensificó sin necesidad de palabras. Hank empezó a exigir más: series extra, pesos más pesados, estiramientos después de cada sesión que duraban hasta que Jamie temblaba de fatiga y excitación. Jamie obedecía todo. Cada “buen chico” era un latigazo de placer y vergüenza. Cada corrección de postura era un pretexto para tocarlo más tiempo, para dejar las manos grandes posadas en su cintura, en sus muslos, en la curva de su culo un segundo más de lo necesario. Las duchas compartidas se volvieron el punto de mayor tensión: el vapor denso, el agua caliente cayendo ruidosa, los cuerpos desnudos a un metro de distancia, pero cada vez más cerca.

Una noche, después de una sesión especialmente dura, Jamie se quedó más tiempo en la ducha. Hank entró, lo vio apoyado contra la pared, cabeza baja, agua cayéndole por la espalda. Se acercó por detrás, puso las manos en sus hombros y masajeó lento.

—Estás tenso, niño. Relájate. Papá te cuida.

Jamie cerró los ojos y susurró:

—Gracias, papi…

Hank sintió que algo se rompía dentro de él. Pero no dijo nada. Solo siguió masajeando, bajando las manos por la espalda, deteniéndose justo encima de la curva del culo. El agua caía. El vapor los envolvía. Ninguno se movió durante minutos enteros.

Entonces Jamie giró la cabeza, ojos húmedos.

—Llevo años así… desde los dieciséis. Me tocaba pensando en ti todas las noches. Robaba tu ropa sucia, me la ponía en la cara y me corría oliéndote. Quería que me castigaras, que me usaras, que me hicieras llorar de placer. Quiero que seas tú el primero en todo. Por favor, papi… te lo suplico. Hazme tuyo. Castígame si quieres, pero tócame.

Hank cerró los ojos con fuerza. Todo su cuerpo temblaba.

—Esto nos va a destruir, Jamie. Eres mi hijo.

—puedo ser tuyo también. Tu buen chico. Tu tesoro. Por favor…

Hank agarró la nuca de Jamie con una mano enorme y lo empujó hacia abajo con fuerza.

—Arrodíllate. Ahora.

Jamie cayó de rodillas en los azulejos mojados. Miró hacia arriba, ojos enormes, llenos de lágrimas y adoración.

Hank se agarró la verga gruesa y la acercó a los labios.

—Abre la boca. Toda.

Jamie abrió. Hank empujó de un golpe hasta el fondo. Jamie arcó, saliva saliendo por las comisuras, ojos llorando al instante. Hank sujetó su cabeza con ambas manos y empezó a follarle la boca con violencia.

—Traga, putito. Toma la verga de papi hasta la garganta. Así… más profundo. Buen chico… joder, qué boca tan perfecta para mí.

Jamie gemía alrededor de la carne, arcadas fuertes, nariz contra el pubis, lágrimas cayendo. Hank tiraba de su pelo, empujaba sin piedad, golpeando el fondo de la garganta una y otra vez.

—Esto es lo que querías, ¿no? Que tu papá te folle la boca como una puta. Llora más, niño. Me encanta verte así.

Jamie asintió como pudo, succionando, lamiendo, entregado por completo. Hank lo folló así durante minutos eternos, saliva y lágrimas chorreando por el pecho del chico.

De repente lo sacó, lo levantó por los brazos como si no pesara nada y lo estampó contra la pared, pecho contra azulejos.

—Separa las piernas.

Hank escupió dos veces en su mano, untó su verga y el agujero de Jamie. Metió dos dedos de golpe, sin aviso. Jamie gritó.

—Duele, papi…

—Shh… respira. Papá te va a abrir. Vas a tomar todo.

Movió los dedos con rudeza, curvándolos, golpeando la próstata. Jamie se arqueó, gimiendo alto, verga goteando contra la pared.

Hank sacó los dedos, alineó su verga y empujó con fuerza. La cabeza entró. Jamie chilló. Hank siguió empujando, centímetro a centímetro, hasta enterrarse completo. Los dos gruñeron.

—Joder… qué apretado estás, hijo. Tan virgen para papi.

Empezó a follar. Golpes brutales, profundos, que hacían que el cuerpo de Jamie chocara contra la pared. Hank le dio una nalgada fuerte en el culo, dejando la marca roja de su mano.

—Esto es por provocarme tanto. Por decir “papi” como un puto en celo.

Otra nalgada. Otra mas. Jamie gritaba de dolor y placer.

—Más… papi… castígame más…

Hank aceleró, follándolo como un animal. Le mordió el hombro hasta dejar marca morada. Le tiró del pelo hacia atrás para besarlo de lado, lengua profunda, salvaje.

—Dime que eres de papi.

—Soy de papi… todo tuyo… tu puto… tu buen chico…

Hank agarró la verga de Jamie y lo masturbó con fuerza mientras lo penetraba.

—Córrete para papi.

Jamie se corrió con un grito ahogado, chorros fuertes contra la pared. Hank gruñó, empujó hasta el fondo y se corrió dentro, llenándolo con chorros calientes y espesos.

Se quedaron unidos un minuto largo, respirando agitados. Hank aún dentro, abrazándolo por detrás con ternura ahora. Besó el cuello mordido, suave, lento.

—Buen chico… mi buen chico. Lo hiciste tan perfecto. Papá está tan orgulloso de ti.

Sacó su pene despacio. Jamie gimió por el vacío. Hank lo giró, lo levantó en brazos y lo besó. Beso profundo, lento, lleno de amor. Lengua suave, caricias en la cara, secando las lágrimas con los pulgares.

—Te amo, mi tesoro. Aunque esto esté mal… te amo.

Jamie lloraba, aferrado a su cuello.

—Te amo, papi. Más que a nada.

Hank cerró el agua, lo secó con una toalla grande, envolviéndolo como a un niño. Lo llevó cargado hasta el auto, envuelto en una manta. En el trayecto a casa Jamie dormía con la cabeza en su regazo, Hank acariciándole el pelo todo el camino.

En casa lo llevó directo a su cama. Lo acostó desnudo, se desnudó él y se pegó por detrás, abrazándolo fuerte.

—Duérmete, mi niño. Mañana seguimos.

Pero Jamie no quería dormir. Se giró, besó el pecho de su padre, bajó besando el abdomen, y tomó la verga semidura en la boca otra vez, suave ahora.

—Quiero más, papi… por favor.

Hank gruñó. Lo subió, lo puso a cuatro patas en la cama y empezó a follarlo otra vez.

Esta vez más lento, pero igual de violento. Le dio cachetadas en cada nalga hasta que quedaron rojas e hinchadas. Le metió la verga de un golpe y lo folló profundo, sujetándolo por las caderas. Luego lo giró, le levantó las piernas sobre sus hombros y lo penetró mirándolo a los ojos.

—Dime “papi” mientras te follo.

—Papi… papi… te amo, papi…

Hank lo besaba entre embestida y embestida, besos dulces en la boca, en la frente, en los párpados.

—Eres lo mejor que tengo, mi buen chico. Mi todo.

Jamie se corrió por segunda vez, sin tocarse, solo con la verga de su padre dentro. Hank se corrió después, llenándolo otra vez, y luego se derrumbó sobre él, abrazándolo fuerte, besándolo por todas partes.

Se quedaron así horas, piel contra piel, sudados, semen chorreando entre las piernas de Jamie. Hank le acariciaba la espalda, besaba las marcas rojas, susurraba:

—Nunca te voy a soltar. Eres mío para siempre.

Jamie sonreía, exhausto, feliz.

—Sí, papi. Para siempre.

A la mañana siguiente el sol se colaba tímido, casi avergonzado, por las rendijas de la persiana del dormitorio. Rayas finas de luz dorada cortaban la penumbra y caían sobre las sábanas revueltas, sobre los cuerpos entrelazados que aún conservaban el calor y el olor denso de la noche anterior.

Jamie despertó primero. Estaba boca abajo, con la cara hundida en la almohada que todavía olía intensamente a Hank: sudor salado, semen seco y cuajado, piel caliente de hombre después de horas de sexo crudo. El aroma le llenó los pulmones como una droga. Su culo ardía con un fuego sordo, profundo. Cada pequeño movimiento enviaba punzadas dulces y dolorosas que le recordaban —como flashes— cada embestida brutal, cada palmada que había dejado la piel enrojecida, cada “buen chico” gruñido directamente contra su oído mientras su padre se vaciaba dentro. Entre las nalgas sentía la mezcla pegajosa y fría: el semen de Hank, el suyo propio, lubricación natural, todo seco en costras irregulares que tiraban de la piel sensible cada vez que se movía. Intentó cambiar de posición y un gemidito bajo, casi un quejido infantil, se le escapó sin permiso.

Hank abrió los ojos al instante. No había sueño en esa mirada. Estaba de lado, apoyado en un codo, observándolo con atención casi científica. La luz matutina le marcaba las cicatrices antiguas del pecho y del costado —líneas blancas y rosadas que Jamie había besado y lamido la noche anterior—, hacía brillar el vello oscuro que cubría el torso y bajaba en una línea gruesa hasta donde su verga descansaba pesada sobre el muslo izquierdo. Ya estaba medio dura, gruesa y venosa, solo por mirarlo.

—Buenos días, zorrita —dijo con esa voz ronca de recién despertado, lenta, deliberada, como si hubiera estado ensayando la palabra toda la noche en su cabeza mientras Jamie dormía pegado a su pecho.

Jamie sintió que el rubor le subía desde el pecho hasta las orejas en una oleada ardiente. Giró la cara hacia él, mordiéndose el labio inferior con fuerza.

—Buenos días… papi —susurró, y la palabra le salió temblorosa, pequeña, pero cargada de algo que ya no podía esconder.

Hank estiró una mano grande, callosa, y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, despacio, como si estuviera evaluando una posesión nueva y frágil. Bajó por el cuello, trazando la nuez que subía y bajaba nerviosa, siguió por el hombro delgado, la curva de la espalda, hasta detenerse en la cintura. Entonces agarró una nalga completa con toda la palma, apretó fuerte y abrió las carnes sin prisa, exponiendo el agujero todavía hinchado, rojo oscuro, brillante de restos de semen seco y humedad reciente.

Jamie soltó un gemido bajito y arqueó la espalda instintivamente, ofreciéndose sin pensarlo. El movimiento hizo que más semen seco se resquebrajara y cayera en migajas sobre las sábanas.

—Mírate… —murmuró Hank, voz grave y satisfecha. Metió un dedo despacio en el interior caliente y viscoso, sintiendo cómo las paredes internas se contraían alrededor de él como si lo reconocieran—. Todavía goteas mi leche. Eres un agujero para mi semen con patas, ¿lo sabías? Mi pequeño depósito personal, hecho para llevar mi leche dentro todo el día.

Jamie tembló entero. La humillación le subió por la columna como electricidad pura. Cerró los ojos con fuerza y empujó hacia atrás contra el dedo, buscando más.

—Papi… me gusta cuando me dices cosas así… —admitió en un susurro roto.

Hank sacó el dedo lentamente, lo llevó a los labios entreabiertos de Jamie. El chico abrió la boca al instante, casi por reflejo, y lo chupó con devoción: lengua rodeando el dedo, saboreando la mezcla amarga-salada de semen y su propio sabor. Los ojos se le pusieron vidriosos.

—Claro que te gusta, perra —continuó Hank, metiendo y sacando el dedo de la boca con lentitud obscena—. Siempre has sido una perrita en celo esperando que papi te monte. Desde que tenías 15 y te masturbabas oliendo mis calzoncillos sudados después del gimnasio. Te quedaba mi olor en la cara todo el día, ¿verdad? Te corrías pensando en cómo sabría tenerla dentro.

Jamie asintió con el dedo todavía dentro, saliva brillándole en la comisura de los labios.

—S-sí, papi… siempre quise ser tu perra… —confesó, voz ahogada.

Hank se incorporó con calma felina. Se sentó contra el cabecero acolchado y dio una palmada seca en su propio muslo, el sonido resonando en la habitación silenciosa.

—Ven aquí. Siéntate encima de papi. Quiero verte la cara mientras te hablo claro.

Jamie obedeció casi con torpeza, gateando sobre las sábanas arrugadas hasta quedar a horcajadas sobre las caderas anchas de su padre. Su verga pequeña y dura rozaba el abdomen peludo, dejando un rastro brillante de presemen. Hank lo sujetó por las caderas con ambas manos y lo bajó despacio, controlando cada centímetro, hasta que el culo quedó apoyado justo encima de la verga gruesa que ya estaba completamente dura, palpitando contra la entrada sensible.

—Mírame.

Jamie levantó la vista, temblando. Hank le tomó la barbilla con dos dedos, obligándolo a sostenerle la mirada.

—Desde hoy las cosas cambian, mi niño. Ya no eres solo mi hijo. Eres mi zorrita, mi putita personal, mi depósito de semen favorito. Vas a aprender a moverte como hembra, a hablar como hembra, a vestirte como hembra cuando estemos solos. Nada de boxers, nada de “papá” en voz normal. Cuando estemos así, vas a ser mi niña. ¿Entendido?

Jamie tragó saliva. El corazón le latía tan fuerte que lo sentía en la garganta, en las sienes, en la punta de la verga.

—¿Q-qué quieres que haga, papi? —preguntó con voz muy pequeña.

Hank sonrió oscuro, peligroso. Se inclinó hacia la mesita de noche, abrió el cajón con lentitud teatral y sacó una bolsita pequeña de tela negra que Jamie nunca había visto. La abrió delante de sus ojos.

Dentro había un conjunto diminuto de lencería negra: tanga de encaje, liguero ajustable, medias de red hasta medio muslo y un collar de cuero fino con una argolla plateada en el centro. Todo olía ligeramente a nuevo, a cuero y tela.

—Póntelo. Ahora.

Jamie temblaba tanto que apenas podía sostener la tanga entre los dedos. Se levantó un poco sobre las rodillas, se la puso con movimientos torpes. El encaje se le metió inmediatamente entre las nalgas, la tela fina apenas cubría su verga dura que asomaba por arriba, ridícula y expuesta. Luego las medias: las fue subiendo despacio por las piernas delgadas, sintiendo cómo el material áspero de la red se adhería a su piel suave, marcando cada centímetro. El liguero lo ajustó con dedos nerviosos, enganchando las tiras a las medias. Por último, el collar. Se lo puso él mismo alrededor del cuello, pero los dedos le temblaban demasiado para abrochar el broche.

Hank lo hizo por él. Lo giró con suavidad por los hombros, le pasó el cuero por la nuca y cerró el broche con un clic seco. Luego metió dos dedos en la argolla y tiró un poco hacia adelante, obligándolo a acercarse más.

—Buena chica —susurró contra su oído, aliento caliente—. Así se ve mucho mejor mi perrita.

La palabra “chica” le pegó directo en la verga como un latigazo. Jamie gimió alto, sintió que se le escapaba una gota gruesa de presemen que manchó el encaje negro y goteó hacia abajo.

Hank lo giró de nuevo para tenerlo de frente. Lo miró de arriba abajo con hambre: el cuerpo delgado y casi lampiño, la piel suave y sonrojada, las medias negras marcando los muslos delgados, la tanga ridículamente pequeña que no ocultaba nada, el collar con la argolla brillando contra la clavícula como una marca de propiedad.

—Joder… estás preciosa, zorrita. Tan frágil. Tan puta. Tan mía.

Le dio una palmada suave pero firme en cada nalga, haciendo que la carne temblara y el sonido húmedo resonara. Luego otra, y otra, hasta que la piel quedó rosada y caliente.

—Ahora vas a cabalgar a papi como buena hembra. Vas a mover las caderas, vas a gemir bonito, vas a pedirme que te llene otra vez. Y cada vez que te corras vas a decir “gracias, papi” como la perrita agradecida que eres. ¿Lo pillas?

Jamie asintió rápido, casi frenético, ojos brillantes.

—S-sí, papi… por favor…

Hank se agarró la verga en la base con una mano y la apuntó hacia arriba. Jamie se levantó un poco, apartó la tanga a un lado con dedos temblorosos y se fue bajando despacio. La cabeza gruesa abrió el agujero todavía sensible, estirándolo de nuevo. Soltó un gemido largo, femenino, casi un maullido desesperado.

—Despacio, putita… siente cómo papi te abre otra vez. Cómo te estira esa zorrita que llevas dentro desde siempre.

Jamie bajó más, centímetro a centímetro, sintiendo cada vena, cada pulso. Cuando estuvo completamente sentado, con la verga enterrada hasta los huevos, soltó un sollozo de placer mezclado con lágrimas.

—Papi… está tan adentro… me llena toda… me parte…

Hank le agarró las caderas y empezó a moverlo arriba y abajo, marcando el ritmo al principio con movimientos controlados. Luego soltó las manos por completo.

—Ahora tú. Muévete. Fóllate con la verga de papi como la perra caliente que eres.

Jamie obedeció. Empezó lento, subiendo y bajando con cuidado, sintiendo cada centímetro deslizarse dentro y fuera. Las medias se tensaban con cada movimiento. El encaje de la tanga rozaba su verga sensible, torturándola. El collar se movía con cada embestida, la argolla tintineaba suavemente. Gemía sin parar, voz aguda, rota, cada vez más alta.

—Papi… papi… me estás follando tan rico… soy tu zorrita… tu depósito de semen… lléname otra vez, por favor… quiero llevarte dentro todo el día…

Hank gruñó profundo. Le dio una nalgada fuerte en cada nalga, el sonido seco y húmedo al mismo tiempo.

—Más rápido, perra. Quiero oír cómo chapotea mi semen dentro de ti. Quiero que suenes bien follada.

Jamie aceleró. El sonido húmedo, obsceno, llenaba la habitación: chap-chap-chap. Se apoyó en el pecho peludo de su padre, uñas clavadas en la piel, moviendo las caderas en círculos desesperados, arriba y abajo, girando, buscando el ángulo que lo hacía ver estrellas.

—Papi… voy a correrme… voy a correrme … no puedo más…

—Córrete, zorrita. ensúciame el abdomen con tu lechita de niña. Y di gracias.

Jamie se arqueó hacia atrás, el collar tirando de su cuello, gritó con voz aguda y se corrió sin tocarse. Chorros finos y claros salpicaron el pecho y el abdomen de Hank en arcos temblorosos. Temblaba entero, sollozando.

—G-gracias, papi… gracias por dejarme correrme… gracias… gracias…

Hank lo sujetó por las caderas con fuerza brutal y empezó a follarlo desde abajo, embestidas cortas, violentas, profundas. La cama crujía con cada golpe.

—Ahora papi va a llenarte, perra. Vas a sentir cómo te inundo otra vez. Vas a caminar todo el día con mi semen chorreándote por las piernas como la zorrita marcada que eres.

Empujó profundo una última vez y se corrió gruñendo largo y animal. Chorros calientes y espesos llenaron a Jamie hasta rebosar. El exceso salió por los lados de la verga, manchó la tanga, corrió por las medias de red, goteó sobre las sábanas en hilos blancos.

Hank lo abrazó fuerte, aún dentro, besándole la frente sudorosa, el cuello, las lágrimas que le corrían por las mejillas.

—Buena chica… mi buena chica. Lo hiciste perfecto.

Jamie sollozaba de placer, aferrado al cuello de su padre, cuerpo tembloroso y exhausto.

—Te amo, papi… quiero ser tu zorrita siempre… quiero que me marques todos los días…

Hank sonrió contra su pelo húmedo, oliendo a sudor y sexo.

—Y lo serás, mi tesoro. Todos los días. En el gimnasio, en casa, en la ducha. Vas a aprender a maquillarte para mí, a ponerte faldas cortas debajo del short cuando salgamos, a arrodillarte cuando te lo ordene sin que tenga que repetirlo. Vas a ser la putita perfecta de papi. Mi niña. Mi propiedad.

Jamie asintió, exhausto, feliz, roto y reconstruido al mismo tiempo, con el cuerpo todavía temblando alrededor de la verga que aún lo llenaba.

—Sí, papi… lo que tú quieras… siempre.

Hank lo besó lento, profundo, lengua suave explorando la boca que aún sabía a semen y lágrimas.

—Buena chica.

Los días siguientes se convirtieron en una rutina implacable, casi religiosa. Hank no volvió a abrir el gimnasio antes de las nueve de la mañana. Decía que necesitaba “tiempo para entrenar a su niña en privado”. Jamie ya no iba al colegio había terminado el último año y, con 17 recién cumplidos, Hank le dijo que no hacía falta que siguiera estudiando “por ahora”. “Tu educación la doy yo”, gruñó una mañana mientras le ajustaba el collar de cuero más grueso que había comprado online con envío exprés. Este nuevo collar tenía una placa grabada en el reverso: “Propiedad de Papi”.

Por las mañanas, antes de que el sol calentara del todo las calles de las afueras, Jamie se despertaba con la alarma que Hank ponía a las 5:30. Se levantaba desnudo de la cama ya que ahora no dormía en su cuarto. gateaba hasta el armario donde Hank había reorganizado todo. Sacaba el conjunto del día: tanga de encaje (siempre negra o rojo), liguero, medias de red o de seda fina, y un plug anal de silicona mediana con base ancha que vibraba a control remoto. Hank lo observaba desde la cama, verga ya dura apoyada en el abdomen peludo, fumando un cigarrillo que había dejado de fumar hacía años pero que ahora encendía solo para verlo toser un poco mientras se lo ponía.

—Lubrícate bien, zorrita. No quiero que te duela cuando papi te folle antes del desayuno.

Jamie obedecía en silencio, arrodillado en la alfombra, dedos temblorosos untando lubricante frío en su agujero ya entrenado. Se metía el plug despacio, gimiendo bajito cada vez que la base ancha lo estiraba. Hank apretaba el control remoto desde la cama: una vibración baja al principio, que subía hasta hacerlo jadear y arquear la espalda.

—Buena chica… ahora ponte el short encima. Pero sin camiseta. Quiero verte las tetitas marcadas por el frío cuando salgamos a correr.

El “entrenamiento matutino” ya no era solo pesas. Salían a correr por el barrio a las seis, cuando todavía estaba oscuro y las calles vacías. Jamie con short gris ajustado que dejaba ver el bulto del plug, medias asomando por debajo, collar oculto bajo una bufanda fina. Hank corría detrás, a veces adelante, pero siempre con el control remoto en el bolsillo. Cada kilómetro y medio, una vibración más fuerte. Jamie tropezaba, gemía, se mordía el labio hasta sangrar un poco.

—Respira, putita. No te corras en la calle. Guárdatelo para papi.

Una mañana, en el parque desierto, Hank lo llevó detrás de unos arbustos altos. Lo empujó contra un árbol, le bajó el short hasta las rodillas y sacó el plug de un tirón. Jamie soltó un gritito agudo.

—Shh… las zorritas buenas no hacen ruido.

Hank se bajó el pantalón de chándal. Escupió en su mano, untó su verga gruesa y entró de golpe, sin aviso. Jamie se tapó la boca con ambas manos, lágrimas instantáneas. Hank lo folló rápido, brutal, contra la corteza áspera del árbol. Le tapaba la boca con una mano enorme mientras con la otra le pellizcaba los pezones duros por el frío.

—Siente cómo papi te marca afuera también. Eres mía en la casa, en el gimnasio, en la calle. Donde sea.

Se corrió dentro con un gruñido bajo, semen caliente chorreando por los muslos de Jamie cuando salió. Hank volvió a meterle el plug, lo subió el short y le dio una palmada en el culo.

—Camina con mi leche dentro hasta que lleguemos a casa. Si se te escapa una gota, te castigo esta noche.

En el gimnasio, las tardes eran para “clientes especiales”: solo ellos dos. Hank bajaba la persiana completamente, ponía el cartel de “Cerrado por mantenimiento”. Jamie entraba ya vestido de zorrita completa: falda plisada corta, blusa blanca semitransparente sin sostén, medias hasta el muslo, tacones bajos para “entrenar el equilibrio”. El collar siempre visible.

Hank lo ponía a hacer sentadillas con barra, pero ahora con falda levantada y tanga a un lado. Cada bajada, Hank se colocaba detrás y le metía dos dedos mientras decía:

—Mete más el culo, niña. Muéstrale a papi lo abierto que estás.

O lo hacía gatear por el suelo del gimnasio con pesas pequeñas en la espalda, como un perrito entrenado. Cada vez que llegaba a sus pies, tenía que besar la punta de las zapatillas de Hank y decir:

—Gracias por entrenarme, papi. Tu zorrita está muy agradecida.

Las duchas ya no eran compartidas: eran obligatorias para Jamie solo. Hank lo observaba desde el banco, fumando o masturbándose lento mientras Jamie se enjabonaba con movimientos exagerados, femeninos, como le había enseñado. Se ponía de espaldas, abría las nalgas con ambas manos y decía con voz aguda:

—Papi… ¿estoy limpia para ti? ¿Quieres comprobarlo?

Hank entraba entonces, lo ponía de rodillas bajo el agua y le follaba la boca hasta que Jamie lloraba de arcadas. Luego lo levantaba, lo ponía a cuatro patas contra los azulejos y lo penetraba lento, profundo, susurrándole al oído:

—Eres perfecta así, mi niña. Tan rota, tan mía. Pero aún falta algo… falta que el mundo sepa que ya no eres Jamie. Que eres mi propiedad.

Una noche, después de una sesión especialmente larga Hank lo había hecho correrse tres veces sin sacarle la verga, solo masturbándolo mientras lo follaba, se quedaron en la cama matrimonial, cuerpos pegajosos, semen seco en las sábanas y en la piel. Jamie acurrucado contra el pecho peludo de su padre, collar tintineando suavemente con cada respiración.

Hank le acariciaba el pelo, pero su voz era seria por primera vez en días.

—Jamie… mi zorrita… esto no puede seguir escondido para siempre. La gente va a preguntar por qué no sales, por qué no contestas el teléfono, por qué el gimnasio abre tan poco. Tu abuela ya llamó dos veces. Y yo… yo no quiero perderte, pero tampoco quiero que vivas como un secreto.

Jamie levantó la cara, ojos grandes y húmedos.

—¿Qué quieres que haga, papi?

Hank tragó saliva. Por primera vez desde aquella primera ducha, había duda en su mirada.

—Quiero que seas mía al cien por cien. Que dejes de ser Jamie para el mundo. Que te mudes oficialmente conmigo como… como mi pareja. O como mi niña. Pero para eso tenemos que decidir qué pasa cuando alguien llame a la puerta. Cuando alguien vea el collar. Cuando alguien escuche cómo gimes “papi” desde la ventana abierta.

Jamie tembló. El miedo le subió por la columna, pero también una excitación oscura, profunda.

—¿Y si nos descubren? ¿Y si nos odian?

Hank lo apretó más fuerte contra su pecho.

—Entonces nos iremos. A otro país, a otra ciudad. Donde nadie nos conozca. Donde puedas ser mi zorrita todo el día, todos los días. Pero antes… antes tengo que saber si estás lista para dar ese paso. Para quemar los puentes.

Jamie cerró los ojos. Sintió el plug todavía dentro, el semen seco entre sus nalgas, el collar apretando su cuello como una promesa.

—Estoy lista, papi. Pero… tengo miedo.

Hank besó su frente, lento, tierno.

—Lo sé, mi tesoro. Por eso esta noche no te follo más. Solo te abrazo. Mañana decidimos cómo seguir. Pero sea lo que sea… nunca te voy a soltar.

Se quedaron así, en silencio, piel contra piel, respiraciones sincronizadas. El abismo ya no era solo deseo. Era también futuro. Un futuro incierto, prohibido, pero inevitable.

Y los dos sabían que, al amanecer, tendrían que elegir: seguir cayendo juntos… o intentar, aunque fuera por un segundo, subir.

Jamie no durmió esa noche. Se quedó pegado al pecho de Hank, escuchando los latidos fuertes y regulares como si fueran un reloj que marcaba el tiempo que les quedaba antes de que el mundo irrumpiera. El plug seguía dentro, vibrando en modo bajo cada vez que Hank, medio dormido, apretaba el control remoto por reflejo. Cada pulso le recordaba: estás lleno de él, sigues siendo su depósito, no puedes escapar, aunque quisieras.

A la mañana siguiente, Hank se levantó primero. Jamie lo oyó moverse por la casa: abrir la nevera, preparar café, encender la cafetera que Carla usaba los domingos. El olor a café fuerte llenó la habitación. Luego pasos pesados subiendo las escaleras. Hank entró con una bandeja: café negro para él, un vaso de jugo de naranja para Jamie, y un plato pequeño con tostadas untadas de mermelada de frutilla —la favorita de Jamie desde niño—.

—Desayuno en la cama para mi niña —dijo con voz ronca, pero sin la dureza habitual. Se sentó al borde del colchón y le pasó el plato—. Come. Vas a necesitar energía hoy.

Jamie se incorporó despacio, el plug moviéndose dentro y haciéndolo gemir bajito. Tomó la tostada con dedos temblorosos y mordió. Hank lo observaba comer, ojos fijos en la forma en que la lengua de Jamie lamía la mermelada de los labios.

—Anoche lo dije en serio —continuó Hank después de un silencio largo—. No te voy a obligar a nada que no quieras. Pero si seguimos así, tarde o temprano alguien va a tocar la puerta. Tu abuela, algún amigo del colegio, la policía si piensan que desapareciste. Y cuando pregunten… ¿qué les decimos? ¿Qué Jamie se fue de viaje? ¿Que está estudiando en otra ciudad? Mentir es fácil al principio. Después se pone pesado.

Jamie dejó la tostada a medio comer. Bajó la mirada al collar que tintineaba contra su clavícula.

—¿Y si les digo la verdad? —susurró—. Que estoy aquí porque quiero. Que soy feliz siendo tu… tu zorrita.

Hank soltó una risa amarga, casi un gruñido.

—Nadie va a creerlo. Van a decir que te manipulé, que te lavé el cerebro, que soy un monstruo. Y quizás tengan razón en parte. Yo te vi crecer, Jamie. Te cambié pañales, te enseñé a atarte los cordones, te llevé al colegio el primer día. Y ahora te tengo con un plug en el culo y un collar que dice “Propiedad de Papi”. Eso no se explica fácil.

Jamie levantó la vista, ojos brillantes.

—Entonces no expliquemos nada. Vámonos ya. Como dijiste. A otro país. Donde nadie sepa quiénes somos. Puedo ser tu niña todo el tiempo. Sin esconder nada.

Hank lo miró fijo, evaluándolo. Luego estiró la mano y metió dos dedos en la argolla del collar, tirando suave para acercarlo.

—¿Estás segura, zorrita? Porque si nos vamos, no hay vuelta atrás. Dejas tu nombre, tus amigos, tu vida anterior. Solo quedamos tú y yo. Y papi va a querer usarte todos los días, en todas las formas que se le ocurran. No va a haber días libres, ni “normales”. Vas a despertar con mi verga en la boca, vas a dormir con mi semen dentro, vas a aprender a caminar con tacones altos por la casa, a maquillarte como puta de lujo, a suplicar cuando te niegue el orgasmo. ¿Eso es lo que quieres?

Jamie tembló entero. El plug vibró más fuerte —Hank había subido el control sin que se diera cuenta—. Sintió que se le escapaba una gota de pre-semen que manchó las sábanas.

—S-sí, papi… quiero todo eso. Quiero ser tuya completa. Quiero que me rompas todos los días y que después me abraces como ahora. Quiero que el mundo desaparezca.

Hank lo besó entonces, lento, profundo, lengua explorando la boca que aún sabía a mermelada y café. Cuando se separó, su voz era más baja, casi un susurro ronco.

—Está bien. Vamos a planearlo. Pero antes… hoy te marco de verdad.

Lo levantó de la cama como si no pesara nada, lo llevó al baño principal. Allí, sobre el lavamanos, había una caja nueva que Jamie no había visto antes. Hank la abrió: dentro, un kit de depilación láser casero profesional, cera caliente, y una máquina de tatuar pequeña con tinta negra.

—Primero te depilo todo —dijo Hank—. Nada de vello en mi niña. Pecho, piernas, culo, pubis. Todo limpio para papi.

Jamie se dejó hacer. Hank lo sentó en una silla del baño, le untó crema depilatoria fría en las zonas, esperó el tiempo exacto y luego pasó la máquina láser pulso a pulso. Cada flash dolía un poco, pero Jamie gemía de placer más que de dolor. Hank le besaba las zonas tratadas después, lengua caliente sobre piel enrojecida.

Cuando terminó la depilación, lo puso boca abajo en la cama matrimonial, culo en alto. Sacó el plug, lo reemplazó por uno más grande, con base de cristal rosado que brillaba.

—Ahora el tatuaje —murmuró Hank—. Pequeño. Solo para nosotros. En la nalga derecha, donde solo yo lo vea cuando te folle por detrás.

Jamie asintió, temblando. Hank esterilizó todo con alcohol, puso guantes, y con mano sorprendentemente firme trazó las letras: “PAPI” en cursiva fina, justo debajo de la curva del glúteo. El pinchazo de la aguja era agudo, pero Jamie empujaba el culo hacia atrás, ofreciéndose.

—Duele rico, papi… —gimió.

Hank terminó en quince minutos. Limpió la zona con cuidado, le puso crema cicatrizante y besó el tatuaje fresco.

—Ahora eres mía de verdad. Marcada. Propiedad registrada.

Lo giró, lo puso a horcajadas sobre él. Jamie ya estaba duro, goteando. Hank se quitó el bóxer y lo bajó despacio sobre su verga, sin lubricante extra: solo la humedad natural del agujero entrenado y el pre-semen de ambos.

—Cabalga lento, zorrita. Siente cómo papi te llena mientras miras el tatuaje en el espejo del armario.

Jamie obedeció. Subía y bajaba con movimientos circulares, gemidos agudos, voz de niña. El tatuaje fresco ardía con cada choque de caderas. Hank le pellizcaba los pezones, le tiraba del collar, le susurraba:

—Dime quién eres.

—Soy tu zorrita… tu propiedad… tu niña marcada…

Hank aceleró desde abajo, embestidas cortas y profundas. Le dio cachetadas en la nalga tatuada, haciendo que el dolor fresco se mezclara con el placer.

—Córrete sin tocarte. Córrete como buena perra agradecida.

Jamie se arqueó, gritó con voz rota y se corrió en chorros finos sobre el abdomen peludo de su padre. Hank gruñó, empujó hasta el fondo y se vació dentro, chorros calientes que rebosaron y corrieron por los muslos depilados.

Se quedaron unidos un rato largo. Hank lo abrazó por detrás, besando el cuello, el hombro, la oreja.

—Esta noche empiezo a buscar pasajes —dijo al fin—. Un lugar cálido. Playa. Donde nadie nos busque. Pero antes… tienes que decidir tu nuevo nombre. Porque Jamie se queda aquí. En esta casa. En este país.

Jamie cerró los ojos, aún temblando alrededor de la verga que lo llenaba.

—Quiero que tú me lo pongas, papi. El nombre que quieras. El que sientas que soy.

Hank sonrió contra su pelo.

—Entonces serás… Luna. Mi Luna. Pequeña, brillante, mía para siempre.

Jamie —no, Luna— sonrió exhausto, feliz, aterrado y completo al mismo tiempo.

—Sí, papi… Luna. Tu Luna.

El sol ya entraba fuerte por la ventana. Afuera, el mundo seguía girando. Adentro, solo quedaban ellos dos, un tatuaje fresco, un plug vibrante y un futuro que se cerraba como una trampa dulce e inevitable.

Y aunque el miedo seguía ahí, latiendo bajo la piel como una segunda erección, ninguno de los dos quería soltarse.

Aún no.

***

Esa tarde el sol de la tarde ya se había vuelto un naranja sucio y pesado, como si el cielo mismo estuviera ruborizado y avergonzado por lo que pasaba dentro de esa habitación. La luz oblicua cortaba las sábanas revueltas y hacía que las marcas rojas frescas en las nalgas de Jamie parecieran pintadas con fuego. El tatuaje —“PAPI” en cursiva negra, aún hinchado y brillante de crema— palpitaba con cada latido de su corazón acelerado. Hank acababa de untarle la crema con dedos lentos, casi torturadores, rozando deliberadamente el borde del agujero todavía rojo, hinchado y goteante de semen viejo y nuevo. Jamie temblaba entero, el plug vibrante en modo bajo zumbando como un secreto sucio dentro de él, recordándole sin palabras: sigues lleno de papi, sigues siendo su putito marcado, su chico que se pone duro solo con que le digan zorrita.

Hank se sentó al borde de la cama, desnudo, verga semi-dura colgando pesada y venosa sobre el muslo cubierto de vello oscuro. Encendió el último cigarrillo del paquete con un chasquido seco del encendedor, dio una calada profunda que le llenó el pecho y soltó el humo hacia el techo mientras sus ojos seguían cada movimiento de su hijo. Jamie o Luna, cuando se ponía la falda, cuando gemía agudo y suplicante, cuando su verga pequeña goteaba solo de oír “buena niña” gateaba despacio sobre las sábanas arrugadas y húmedas. Medias de red subidas hasta medio muslo, tanga negra apartada a un lado dejando su propia erección balanceándose ridícula y expuesta, collar tintineando como un cascabel de perra en celo con cada avance.

Se arrodilló entre las piernas abiertas de Hank, apoyó la barbilla en el abdomen peludo y caliente, y levantó la vista con ojos enormes, vidriosos de lágrimas que aún no caían, pero ya quemaban.

—¿Ya decidiste, papi? —susurró con esa voz que había practicado frente al espejo durante semanas: suave, casi femenina, pero con un quiebre grave que delataba que seguía siendo un chico de dieciocho años excitado hasta el borde del llanto.

Hank apagó el cigarrillo de un golpe seco contra la lata y metió dos dedos gruesos en la argolla del collar. Tiró con fuerza, obligando a Jamie a acercarse hasta que sus labios rozaron la base de la verga que ya se endurecía visiblemente.

—Sí, mi putita preciosa. Lo decidí hace rato. Y te lo voy a decir bien clarito, bien adentro, mientras te follo esa boquita obediente hasta que llores y me supliques que pare… aunque los dos sepamos que no quieres que pare nunca.

Sin aviso empujó la cabeza de Jamie hacia abajo. El chico abrió la boca al instante, lengua plana y caliente, ojos cerrándose de placer puro cuando la cabeza gruesa le rozó los labios y entró de golpe hasta el fondo. Hank sujetó la nuca con una mano enorme, dedos clavados en el pelo.

—Traga, zorrita. Toma toda la verga de papi hasta que te ahogues en ella. Eso es… más profundo, joder. Qué garganta tan caliente y apretada tienes, mi niño-puto. Siempre tan hambriento de chupar como una perra callejera en celo. Mírame. Mírame a los ojos mientras te uso la boca como si fuera tu coño.

Jamie arcó la espalda, saliva chorreando por las comisuras, lágrimas instantáneas corriendo por las mejillas sonrojadas. Gemía alrededor de la carne gruesa, un sonido ahogado y desesperado que vibraba contra la verga de su padre y lo hacía gruñir más fuerte. Hank follaba su boca con ritmo brutal, tirándole del pelo, golpeando el fondo de la garganta una y otra vez, bolas pesadas chocando contra la barbilla.

—Mírame, putito. Mírame mientras te digo que mañana nos vamos. Que te voy a llevar lejos, a una playa donde nadie nos conozca, donde el único que va a verte con falda y ese plug vibrante voy a ser yo. Vas a despertar todos los días con mi verga ya enterrada en tu culo apretado, vas a cocinar el desayuno con tus tanga empapadas y con mi semen chorreándote por las piernas, y cada vez que te corras sin tocarte vas a gritar “gracias papi por llenarme como la puta que soy”. ¿Lo pillas, zorrita? Vas a ser mi depósito de semen las veinticuatro horas del día. Mi chico que se pone encaje y medias porque le pone la polla dura que papi lo trate como hembra barata. Mi putito que llora de emoción cuando le prometo que nunca va a volver a ser “normal”.

Sacó la verga de golpe, dejando a Jamie jadeando como si se ahogara, saliva y pre-semen colgando en hilos gruesos de su barbilla hinchada. Lo levantó por las axilas —a pesar de que seguía siendo un chico con músculos de gimnasio, hombros anchos y brazos venosos— y lo sentó a horcajadas sobre su regazo. La verga gruesa se alineó sola contra el agujero sensible, rozando el plug que aún vibraba dentro.

—Dime que quieres esto, puto. Dime que quieres huir conmigo y ser mi zorrita para siempre. Dímelo mientras te miro a los ojos y te meto los dedos en ese culo que ya es mío.

Jamie temblaba entero, verga propia goteando sin parar contra el abdomen peludo y sudoroso de su padre. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero su voz salió rota, desesperada, llena de una emoción que casi dolía.

—Quiero… quiero huir contigo, papi. Quiero ser tu zorrita para siempre. Quiero que me folles todos los días hasta que no pueda caminar derecho. Quiero que me digas “buena niña, mi putita” mientras me llenas el culo de leche caliente y espesa. Quiero que me marques más… con la mano, con la verga, con palabras sucias que me hagan llorar de vergüenza y placer. Quiero ser tu chico que se moja entero cuando le dices puta, perra, depósito, depósito de semen. Por favor… llévame lejos. Llévame donde nadie me conozca como Jamie. Donde solo exista Luna cuando tú quieras verla. Por favor, papi… no me dejes nunca.

Hank empujó de un golpe brutal, enterrándose completo hasta los huevos. Jamie gritó —un grito agudo que se quebró en grave—, cabeza echada hacia atrás, lágrimas frescas cayendo como lluvia.

—Joder… qué apretado estás todavía, mi niño. Tan cerradito para papi a pesar de todas las veces que te he abierto. Siente cómo te parto en dos, zorrita. Siente cómo papi te estira y te llena hasta que no quepa nada más. Esto es tuyo ahora. Este culo. Esta boca. Esta verga pequeña que gotea cuando te digo puta. Todo mío.

Empezó a follarlo con embestidas profundas y salvajes, la cama crujiendo como si fuera a romperse, el tatuaje ardiendo con cada choque de caderas. Le dio nalgadas en su culo, uno tras otro, dejando la piel roja e hinchada, marcas de dedos que se superponían.

—Esto es por provocarme, putito. Por masturbarte oliendo mi ropa sudada del gimnasio. Por suplicar “papi” en la ducha con voz de niña. Por robar mis calzoncillos y correrte en ellos pensando en cómo sabría tener mi verga hasta la garganta. Ahora vas a pagar todo eso con tu culo. Vas a caminar con mi semen chorreándote por las piernas en el aeropuerto. Vas a subir al avión con plug vibrante y tanga empapada de mi leche. Y cuando lleguemos a la playa… vas a arrodillarte en la arena caliente, vas a abrir la boca y vas a chupármela mientras las olas nos escuchan. Vas a tragar todo lo que te dé, zorrita. Vas a pedir más. Vas a llorar de lo mucho que te gusta ser mi puta personal.

Jamie se aferró a los hombros cicatrizados, uñas clavadas hasta dejar surcos rojos, gimiendo sin control, voz quebrada entre aguda y grave.

—Más fuerte, papi… fóllame más fuerte… quiero sentirte hasta el estómago… quiero que me rompas el culo… que me hagas tuyo de una vez por todas… soy tu puto… tu zorrita… tu niño-perra… lléname, papi, por favor… lléname hasta que rebose… hasta que me chorree por las piernas… hasta que no pueda sentarme en el avión sin gemir… por favor… te lo suplico…

Hank aceleró como un animal en celo, sudor chorreando por su pecho peludo y marcado de cicatrices. Le pellizcaba los pezones duros hasta hacerlos doler, le mordía el cuello hasta dejar moretones morados que mañana serían su collar secreto.

—Córrete, zorrita. Córrete sin tocar esa verga pequeña y patética que tienes. Córrete por todo mi cuerpo con tu lechita de puta. Y grita que eres mía. Grita que me perteneces. Grita que vas a ser mi depósito de semen para siempre.

Jamie se arqueó hacia atrás, el collar tirando de su cuello hasta casi ahogarlo, y se corrió con un grito desgarrador —“¡Papi! ¡Papi! ¡Soy tuya! ¡Tu zorrita! ¡Tu puto! ¡Tu niño-perra! ¡Te amo! ¡Lléname!”—, chorros finos y claros salpicando el pecho y el abdomen de Hank en arcos temblorosos. Temblaba entero, sollozando de placer, de emoción, de un amor tan prohibido que dolía en el pecho.

Hank gruñó profundo, animal, empujó hasta el fondo y se vació dentro con chorros calientes y espesos que rebosaron inmediatamente, corrieron por los muslos depilados y mancharon las medias de red hasta dejarlas pegajosas.

—Joder… toma todo, mi niño. Toma la leche de papi. Llévala dentro hasta que lleguemos al nuevo mundo. Vas a dormir con ella goteándote por las piernas. Vas a despertar con ella. Vas a oler a mí todo el viaje. Y cuando estemos solos en esa playa… te voy a follar contra las olas, te voy a hacer gritar mi nombre hasta que se te rompa la voz, te voy a llenar tantas veces que vas a caminar como si tuvieras un río dentro.

Se quedaron unidos, respirando agitados, pechos subiendo y bajando al mismo ritmo. Hank lo abrazó fuerte, besando las lágrimas saladas, el cuello mordido, la frente sudorosa. Besos suaves ahora, llenos de una emoción cruda, desgarradora, casi dolorosa.

—Te amo, Jamie. Te amo, Luna. Te amo entero. El chico que fuiste corriendo detrás de una pelota, la zorrita que eres ahora temblando en mi regazo, el putito que vas a ser mañana arrodillado en la arena. Nunca te voy a soltar. Aunque el mundo nos busque con perros. Aunque nos odien hasta la muerte. Aunque sea pecado mortal que nos queme el alma. Eres lo único que me queda en esta mierda de vida… y te voy a cuidar, te voy a follar hasta que llores, te voy a romper y te voy a reconstruir todos los días hasta que no quede nada más que nosotros dos.

Jamie sollozó contra su pecho, aferrado como si fuera a romperse en pedazos.

—Te amo, papi… más que a nada… siempre te amé… desde que te veía levantar pesas en el gimnasio con el sudor chorreándote… desde que me abrazabas después de un partido y sentía tu olor en mi cara… desde que empecé a soñar con que me miraras como me miras ahora… con hambre… con amor… con esa posesión que me hace temblar. Llévame lejos. Hazme tu zorrita para siempre. Hazme llorar de placer todas las noches. Hazme suplicar. Hazme gritar. No quiero ser nadie más. Solo quiero ser tuyo.

Hank lo levantó aún dentro, lo llevó al baño como si fuera de cristal. Abrió la ducha caliente. El vapor los envolvió como una niebla densa y caliente. Se lavaron despacio, con una ternura obscena y sucia: Hank enjabonando el cuerpo depilado de su hijo, metiendo dedos para sacar y volver a meter su semen, susurrándole al oído “siente cómo te marco por dentro otra vez”; Jamie arrodillado chupando la verga limpia con devoción absoluta, tragando cada gota, mirándolo desde abajo con ojos llenos de adoración y lágrimas frescas.

Salieron envueltos en toallas grandes. Hank lo vistió con lencería roja sangre, falda plisada corta, tacones bajos. Lo giró frente al espejo del armario, le levantó la falda para que viera el semen todavía goteando por sus muslos.

—Mírate, mi tesoro. Sigues siendo mi chico. Pero mírate con falda, con medias, con mi semen chorreándote por dentro como una puta bien follada. Eres perfecto así. Mi niño que se pone de zorrita porque le encanta. Mi putito emocionado que llora cuando papi le promete que nunca va a dejar de romperlo.

Jamie —Luna— sonrió al espejo, lágrimas frescas corriendo, corazón latiendo tan fuerte que dolía.

—Somos perfectos juntos, papi. Llévame ya. No aguanto más esperar. Quiero empezar a vivir esto de verdad.

Esa noche durmieron pegados, verga de Hank semi-dura dentro de Jamie como una promesa eterna. Aunque ninguno durmió realmente; solo se quedaron abrazados, respirando el uno al otro, sabiendo que al amanecer todo cambiaría para siempre.

Empacaron lo esencial en silencio. Dejaron la carta en la mesa de la cocina. Subieron al auto en la oscuridad absoluta.

Hank manejó hacia el aeropuerto. Jamie apoyó la cabeza en su hombro, mano temblorosa en el muslo de su padre, sintiendo cómo el plug vibraba suave y el semen todavía goteaba.

—¿Estás listo, mi zorrita? ¿Mi chico? ¿Mi putito eterno?

Jamie asintió, voz quebrada de emoción pura, casi un sollozo.

—Listo, papi. Llévame a casa. Llévame donde pueda ser tuyo sin esconderme nunca más.

El auto se perdió en la noche. Atrás: la casa vacía, el gimnasio cerrado, las vidas que ya no eran suyas. Adelante: un mar cálido y salado, una playa desierta al amanecer, mañanas de sexo lento y brutal contra la arena, tardes de conversaciones sucias susurradas al oído mientras el sol quema, noches de lágrimas de placer y promesas rotas y reconstruidas.

Un chico que seguiría siendo chico, pero que se correría gritando “papi” mientras lo follaban con falda levantada y collar tirante.

 

***

Han pasado tres años desde aquella madrugada en que el auto se perdió en la oscuridad rumbo al aeropuerto.

Ahora viven en una casa pequeña de madera elevada sobre pilotes, a veinte metros de una playa casi siempre vacía en la costa pacífica de un país que no exige demasiadas preguntas. El nombre en el buzón dice solo “H. & J.”. Nadie del pueblo los llama por el apellido que ya no usan. Para los pescadores y las pocas familias que habitan la zona son simplemente “el grandote del gimnasio casero” y “el muchacho flaco que siempre anda con él”.

La rutina ya no necesita palabras ni órdenes gritadas. Se despierta con el sonido de las olas y el zumbido bajo del plug que Hank enciende desde el celular antes siquiera de abrir los ojos. Jamie —que aquí dentro sigue siendo Jamie cuando están solos, porque Hank nunca dejó de llamarlo por su nombre de chico, aunque lo vista, lo rompa y lo reconstruya como a su niña— se gira despacio, aún adormilado, y busca con la boca el pecho peludo, el pezón oscuro, la piel que huele a sal, a protector solar barato y a sexo de la noche anterior.

Hank lo recibe con un gruñido suave, medio dormido todavía, y mete una mano grande entre las nalgas depiladas para comprobar que el plug sigue en su sitio, que el agujero está suave, caliente, ligeramente hinchado. Nunca ha dejado de maravillarse de lo bien que el cuerpo de su hijo se adaptó a él: cómo se abre más fácil cada día, cómo se contrae alrededor de los dedos o de la verga como si lo reconociera, como si dijera “por fin llegaste”.

—Buenos días, mi niño —murmura Hank contra el pelo que ahora lleva un poco más largo, teñido de un castaño claro que brilla con el sol.

Jamie sonríe con los ojos todavía cerrados y responde con esa voz que ya no necesita fingir nada:

—Buenos días, papi.

No hay más “zorrita” ni “putita” a la hora del amanecer. Esas palabras vuelven después, cuando el sol ya quema y el sudor mezcla sal con semen, cuando Hank lo pone a cuatro patas sobre la sábana extendida en la arena o contra la baranda de madera de la terraza. Pero por las mañanas siguen siendo padre e hijo. Siguen siendo Hank y Jamie. El amor crudo, el deseo salvaje y la ternura prohibida conviven sin pelearse.

El gimnasio casero que montaron en lo que iba a ser el garaje ahora tiene olor a hierro caliente, caucho y desinfectante de pino, igual que “Hierro Viejo”. Hank entrena a Jamie todas las tardes. Ya no hay correcciones suaves ni pretextos. Cuando dice “baja más el culo” o “arquea la espalda”, lo dice mientras ya tiene dos o tres dedos dentro, mientras le susurra al oído que “así se ve preciosa mi niña cuando entrena para papi”. Jamie ya no se sonroja tanto. Se arquea, gime, se moja sin tocarse, y cuando termina la serie suele acabar de rodillas chupando la verga de su padre como premio, como agradecimiento, como necesidad.

El tatuaje en la nalga derecha sigue allí, un poco más descolorido, pero igual de claro: “PAPI”. Hank a veces lo besa después de follarlo por detrás, pasa la lengua por las letras como si quisiera renovar la tinta con saliva. Jamie tiembla cada vez. No de dolor. De reconocimiento.

No han vuelto. Ni una sola vez.

La abuela murió hace año y medio sin saber nada. Un primo lejano preguntó una vez por mensaje dónde estaba Jamie. Hank respondió con una foto vieja de los dos en la playa —Jamie con short, sonriendo, sin collar visible— y escribió: “Está bien. Viajando. Feliz.” Nunca volvió a escribir.

A veces, muy de noche, cuando el mar está en calma y solo se oye el ventilador de techo, Jamie se acurruca contra el pecho de Hank y pregunta en voz muy baja:

—¿Crees que algún día nos van a encontrar?

Hank lo aprieta más fuerte, le besa la coronilla y responde siempre lo mismo:

—Si nos encuentran, nos vamos otra vez. Y otra. Hasta que no quede lugar donde escondernos. Pero no te voy a soltar nunca, campeón. Nunca.

Jamie suspira, aliviado, y murmura contra la piel caliente:

—Te amo, papi.

—Y yo a ti, mi niño. Mi buen chico. Mi todo.

Y entonces Hank lo gira despacio, lo pone boca abajo, le quita el plug con cuidado y entra sin prisa, lento, profundo, como si quisiera recordarle con cada centímetro que el tiempo no ha cambiado nada esencial: sigue siendo su hijo, sigue siendo su tesoro, sigue siendo el chico que un día le pidió que lo hiciera suyo y que nunca se arrepintió.

Se corren abrazados, sin gritos esta vez. Solo respiraciones entrecortadas, gemidos bajos, “te amo” susurrados contra la nuca, contra la oreja, contra la boca.

Después se quedan pegados, sudorosos, con el semen todavía tibio entre las piernas de Jamie y el olor denso de hombre llenando la habitación.

El cambio no fue volverse otra persona.

Fue entender que podían ser todas las personas al mismo tiempo:

padre e hijo, hombre y chico, dueño y propiedad, amante y amado, destructor y refugio.

Y que, al final, ninguna de esas contradicciones importaba mientras siguieran cayendo juntos.

Abrazados.

Sin querer subir nunca más.

Fin

___________________________________________________________________________________

Estoy aceptando peticiones para futuros relatos, sugerencias, consejos y si quieren ver algunas imágenes de los personajes. Todos es bienvenido solo escríbanme por Telegram: @Jakeabbott

Los quiero <3

15 Lecturas/17 marzo, 2026/0 Comentarios/por Phorass
Etiquetas: amigos, anal, colegio, cumpleaños, mayor, padre, playa, sexo
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