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Dominación Hombres, Fantasías / Parodias, Gays

El chico de la parroquia #1

Me tomó por sorpresa.
En el grupo de la iglesia, Sebas era como una sombra que se movía con naturalidad, sin hacer demasiado ruido, pero que de alguna forma llamaba mi atención cada vez que aparecía. No éramos amigos, ni siquiera cercanos. Apenas si habíamos intercambiado un par de “hola” torpes, pero yo no podía dejar de fijarme en él.

Sebas tenía algo diferente: su estatura alta y delgada, el cabello corto con esos rizos que se escapaban y le daban un aire desordenado pero irresistible, y esos labios gruesos que parecían hechos para besar, que me provocaban a cada instante.

Lo que más me marcaba era verlo llegar después de sus actividades: la ropa algo manchada de arena o polvo, como si acabara de regresar de una aventura física y agotadora. Esa mezcla de suciedad y juventud, de esfuerzo y naturalidad, encendía en mí una llama que no sabía cómo controlar

La noche había caído sobre el centro parroquial, pero aún quedaban luces encendidas y murmullos dispersos entre los pasillos. Las actividades estaban por terminar. Luis se había quedado ayudando a acomodar sillas, como siempre, intentando no pensar demasiado en Sebas… aunque eso era casi imposible.

Sebas. Ese chico nuevo, de mirada clara, labios provocadores y actitud segura que parecía siempre estar a punto de romper alguna regla, solo para ver quién lo detenía. Esa noche llegó tarde, con la camiseta manchada de polvo y un leve brillo de sudor en la piel. Y Luis lo notó todo.

El grupo se dispersó y Luis aprovechó para ir al baño más alejado del edificio. Siempre estaba solo y le servía para despejarse. Empujó la puerta sin pensar… y ahí estaba Sebas. De espaldas, en posición relajada, orinando con la puerta del cubículo abierta como si estuviera en su casa.

Luis se congeló, listo para dar media vuelta, pero la voz de Sebas lo detuvo:

—¿Qué, no te esperabas verme así?

Luis balbuceó.

—No… perdón, pensé que no había nadie.

Sebas no se molestó en cubrirse. Se giró un poco y se dejó ver sin pudor, su pantalón medio abajo, y su entrepierna completamente expuesta. Era delgado, pero bien formado, con un miembro semi-erecto que comenzaba a reaccionar al frío… o a la mirada de Luis.

—Relájate —dijo Sebas, sin mover la mano para cubrirse—. Es solo una parte del cuerpo. ¿O te asusta?

Luis intentó desviar la mirada.

—No me asusta, solo… me tomó por sorpresa.

—¿Te gustó lo que viste?

Luis tragó saliva. No sabía si le hablaba en serio o solo lo estaba provocando.

—No es eso…

—¿Entonces qué es? —preguntó Sebas, dando un paso hacia él, aún con el cierre abierto—. ¿Nunca habías visto una verga de cerca?

Luis lo miró. Por primera vez, sin miedo.

—Sí he visto. Pero no de alguien como tú.

Sebas ladeó la cabeza.

—¿Y cómo soy yo?

—Provocador.

Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.

—¿Y tú? ¿Eres valiente o solo curioso?

Luis dio un paso, se inclinó un poco y bajó la mirada. El miembro de Sebas ahora estaba duro. Aproximadamente quince centímetros, con una curvatura sutil hacia arriba, piel clara, con venas marcadas y una cabeza ligeramente más rosada. Era como si el cuerpo de Sebas hablara otro idioma, uno que Luis entendía demasiado bien.

Se arrodilló sin pensar más, y con un suspiro tembloroso, besó la base, rodeándola con su lengua, sintiendo el calor de la piel. Sebas soltó un gemido suave.

—Mierda… —susurró, apoyando una mano en la pared mientras la otra tocaba el cabello de Luis.

Luis lo tomó con la boca entera, dejándose llevar por el ritmo, sintiendo cada pulso, cada jadeo. Sabía lo que hacía, y lo hacía con entrega.

Sebas se mordía los labios, conteniendo el ruido. Sus caderas se movían apenas, como queriendo más. Pero cuando el placer empezaba a escalar, lo detuvo.

Levantó a Luis con suavidad y le sostuvo la mirada.

—Aquí no. Este lugar se respeta.

Luis respiraba agitado.

—¿Entonces por qué no te detuviste desde el principio?

—Porque no me gusta fingir que no quiero algo… cuando lo quiero tanto como tú.

Sebas se subió el pantalón, ajustó el cinturón y antes de salir, se acercó al oído de Luis.

—Después de las actividades… búscame. Ya sabes dónde.

Y salió del baño, dejándolo solo, con la boca caliente, el pulso acelerado y el deseo quemando.

Sebas estaba detrás de mí, su respiración caliente en mi cuello hacía que cada pelo de mi cuerpo se erizara. Sus manos firmes y expertas acariciaban mi espalda baja, bajaban despacio hasta mis caderas, presionando con un tacto que no era suave, pero sí medido. Sentí el peso de su cuerpo sobre mí, su mirada fija, hambrienta, que me atravesaba.

—¿Listo para que te meta hasta el fondo, cabrón? —dijo con esa voz ronca que me hacía perder el control.

Me mordí el labio, sintiendo la mezcla de nervios y deseo.

—Sí… Sebas, quiero que me hagas tuyo.

Sus dedos empezaron a abrirme con cuidado, sus movimientos lentos, casi delicados, buscando que me acomodara, que no doliera. Pero al mismo tiempo sentía esa fuerza contenida en su toque, esa promesa de que no me iba a tratar con guantes de seda.

—No soy ningún pendejo para partirte la espalda —susurró—, pero tampoco te voy a dar caricias de princesa.

Le solté una risa baja y me giré un poco para mirarlo, con los ojos llenos de fuego.

—¿Y cómo voy a saber si te vas a portar bien conmigo? —le pregunté, medio en broma, medio en serio.

Sebas me agarró de la nuca y me atrajo para besarme con intensidad. Sus labios y lengua tenían hambre, y yo respondí con la misma urgencia, mordiendo, chupando, explorando.

—¿Quieres que sea bueno? —murmuró entre gemidos—. Porque puedo ser el más cabrón que hayas conocido… o el más tierno.

—Me gusta que seas las dos cosas —dije, jadeando contra su boca.

Volvió a su lugar detrás de mí y sus manos me apretaron con más fuerza, empujándome suavemente para que entrara en mí.

Sentí el primer pinchazo, luego el ardor y finalmente el placer profundo cuando Sebas se acomodó.

—Dime si te duele, cabrón —me ordenó con tono brusco, pero preocupado.

—No, solo… me llenas demasiado —susurré, sintiendo cómo me dominaba por completo.

Empezó a moverse despacio, dándome tiempo para adaptarme, para sentir cada centímetro suyo. Sus manos no me soltaban, y sus dedos apretaban mis caderas, marcando el ritmo.

—Así me gusta, que te vayas acostumbrando —dijo con una sonrisa en la voz—. Pero ya quiero que grites mi nombre cuando te haga mierda.

Reí, nervioso y excitado.

—Eres un hijo de puta, pero me encanta.

Sebas aumentó la velocidad, sus embestidas eran firmes, sin perder el control. Cada golpe me sacaba un gemido, cada movimiento me llevaba más cerca del borde.

—Te voy a follar hasta que no puedas ni caminar, putito —murmuró al oído, con voz ronca.

—Hazlo, Sebas… hazme tuyo —contesté, agarrando su cuello con fuerza.

Su mano bajó para acariciar mis testículos con un apretón suave pero firme, mientras sus caderas se movían sin pausa, marcando un ritmo casi brutal.

—Mierda, eres mío —rugió—, y no pienso soltarte.

Me di la vuelta un poco para mirarlo a los ojos. Estaban llenos de fuego, de deseo puro.

—¿Crees que podré aguantar todo lo que tienes para darme?

—No vas a aguantar ni la mitad, cabrón —me contestó—. Pero voy a cuidar que no te rompas.

Nos besamos otra vez, con desesperación y cariño mezclados, sintiendo que cada segundo nos quemaba más.

Cuando sentí que el orgasmo me explotaba, susurré:

—Sebas… voy a correrme.

—Dame todo, putito —me dijo mientras aumentaba las embestidas—. Que no se te olvide que eres mío.

Nos hundimos en ese fuego, temblando, jadeando. Al acabar, Sebas me sostuvo firme, sin dejarme caer.

—Te lo dije —murmuró—. No soy ningún pendejo, pero sí el mejor que vas a tener.

Nos quedamos abrazados, con el corazón latiendo fuerte, sabiendo que esto era solo el principio de algo que ninguno de los dos quería parar.

 

8 Lecturas/10 febrero, 2026/0 Comentarios/por SexualBoy23
Etiquetas: amigos, baño, culo, follar, hijo, metro, orgasmo, puta
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