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Dominación Hombres, Heterosexual, Sexo con Madur@s

El hijo de mis patrones sacó lo perra que hay en mi – 1 parte

María José cruzó la frontera con apenas dos maletas y un corazón destrozado. La crisis en Venezuela la había obligado a dejar atrás a sus dos hijos, un adolescente de 15 y una niña de 12, con su padre..
A sus 36 años, su cuerpo trigueño conservaba la forma que tanto admiraba su exmarido: un culazo que hacía girar cabezas por donde pasaba, tetas medianas pero firmes que aún desafiaban la gravedad a pesar de haber amamantado a dos críos.

En Bogotá encontró trabajo como doméstica en una casa de familia acomodada. Los patrones, un matrimonio de unos cuarenta y tantos, parecían decentes. Su hijo, Santiago, un chico de 16 con ojos vivaces y una sonrisa pícara, la saludaba cada mañana con un «buenos días, María» que parecía contener algo más que simple cortesía.

El primer incidente ocurrió una tarde mientras limpiaba el baño principal. Entró Santiago sin avisar y se quedó observándola mientras ella fregaba el suelo de rodillas, su uniforme corto revelando el contorno de sus nalgas.

«Qué rica se ve de esa posición, María», dijo el chico con voz ronca.

María se incorporó de golpe, sintiendo el calor subirle por las mejillas. «Santi, no es correcto que me hables así».

«¿Por qué no, si es verdad?», respondió acercándose. «Tienes un culo que me vuelve loco».

Durante los días siguientes, el juego de seducción continuó. Santiago la encontraba en los momentos más inoportunos, dejando caer toallas mientras ella estaba a gatas, «accidentalmente» rozando sus pechos al pasar por espacios estrechos. María se sentía confundida, sabía que era incorrecto, pero también sentía un calor entre sus piernas que no experimentaba desde hacía años.

La tarde decisiva llegó cuando los padres anunciaron que pasarían el fin de semana fuera. «Cuida la casa, María. Y a Santiago», le dijo la señora con una sonrisa.

Esa noche, mientras María preparaba la cena, Santiago entró en la cocina sin camisa. Su torso joven y definido brillaba bajo la luz. Se paró detrás de ella, tan cerca que pudo sentir el calor de su cuerpo.

«María», susurró en su oído, «necesito que me ayudes con algo en mi cuarto».

Cuando entraron, Santiago cerró la puerta con un chasquido. «Desde que llegaste no he podido dejar de pensar en ti», confesó, acariciando su brazo. «Sé que te gustaría sentir un joven como yo».

María retrocedió, pero sus piernas tropezaron con la cama y cayó sentada. «No podemos, Santi. Es incorrecto».

«¿Incorrecto?», rió el chico, arrodillándose frente a ella. «¿Tan incorrecto como lo que sientes ahora mismo?»

Sus manos subieron por sus muslos, bajo la falda del uniforme. María sintió un estremecimiento recorrer su cuerpo. Intentó protestar, pero sus palabras se convirtieron en un gemido cuando los dedos del chico encontraron sus labios ya húmedos.

«Ah, sí. Estás lista para mí», murmuró Santiago, deslizando un dedo dentro de ella. «Qué rica estás».

María cerró los ojos, vencida por la sensación. Sus manos encontraron la cabeza del chico, entrelazándose en su cabello mientras él continuaba explorándola con dedos expertos.

«Cojeme, pana», susurró sin creer haberlo dicho. «Cogeme a tu perrita».

Santiago sonrió triunfante y la despojó de su uniforme con movimientos rápidos. Sus ojos se encendieron al ver sus pechos libres, los pezones erectos esperando su boca. Los devoró con hambre, mordisqueando y lamiendo hasta que María gritaba de placer.

«Te voy a coger como nunca te han cogido, putita», prometió el chico, desabrochando sus pantalones.

Cuando su miembro apareció, María sintió una mezcla de miedo y excitación. Era más grande de lo que esperaba, erecto y pulsante con juventud. Santiago la tiró boca arriba sobre la cama y se posicionó entre sus piernas.

«¡Ah, carajo! ¡Qué rico!», gritó cuando entró en ella de un golpe.

El chico la cogió con una ferocidad que la dejó sin aliento. Cada embestida era más profunda, más salvaje. María sintió cómo se abría para él, cómo su cuerpo respondía a cada movimiento con ondas de placer que recorrían su espina dorsal.

«¡Sí, así! ¡Duro, carajo!», gritaba mientras sus uñas arañaban su espalda.

Santiago la volteó, poniéndola a cuatro patas. «Ahora te voy a dar por el culo, mi venezolana puta».

María sintió un escalofrío de anticipación. El chico escupió sobre su ano y comenzó a masajearlo con sus dedos antes de introducir su miembro lentamente.

«¡Ahhh! ¡Me estás partiendo, pana!», gritó María, mezclando dolor y placer.

Santiago la cogió por el culo con la misma ferocidad que antes, mientras una mano la azotaba sin piedad. «¡Toma! ¡Toda mi verga!», gritaba el chico, perdido en el éxtasis.

Después de varios minutos de follarla por el culo, Santiago se retiró con un movimiento brusco. María sintió el vacío inmediatamente, su ano pulsando y ardiente.

«¡Ponte de rodillas, perrita!», ordenó el chico, agarrándola pelo. «¡Quiero que me la saques con esa boquita de puta!»

María obedeció sin dudarlo, su sumisión total ahora evidente. Sus ojos se encontraron con el miembro erecto de Santiago, cubierto con los jugos de ambos agujeros. Sin vacilar, lo tomó con la mano y comenzó a lamerlo desde la base hasta la punta, limpiando su propia mugre.

«¡Así, bebé! ¡Limpia bien esa verga!», gritaba Santiago, agarrando su cabeza y empujándola hacia adelante.

María sintió cómo el chico la embestía en la boca con la misma ferocidad con la que la había cogido por el culo. Sus lágrimas mezcladas con saliva corrían por sus mejillas mientras intentaba respirar entre embestidas.

«¡Te voy a ahogar con mi leche, perra!», amenazó Santiago, acelerando el ritmo.

María sintió cómo el chico se endurecía aún más dentro de su boca antes de liberar un torrente de semen caliente que se desbordó por sus labios. Tragó todo lo que pudo, sintiendo el sabor salado y la textura espesa de su leche.

«¡Ahora te toca a ti, puta!», ordenó Santiago, tirándola sobre la cama y abriendo sus piernas con fuerza.

El chico bajó hasta su entrepierna y comenzó a devorarla con una hambre insaciable. Su lengua recorría cada pliegue, cada pliegue húmedo de su coño mientras sus dedos la penetraban sin piedad.

«¡Ah, carajo! ¡Sí! ¡Ahí!», gritaba María, arqueando su espalda mientras las olas de placer la recorrían.

Santiago introdujo dos dedos en su coño mientras su lengua trabajaba su clítoris con movimientos circulares rápidos. María sintió cómo se acercaba al orgasmo, cómo su cuerpo se tensaba y liberaba en un grito ahogado.

«¡Te quiero coger hasta que no puedas caminar, perra!», prometió Santiago, subiendo y volviendo a penetrarla con fuerza.

El chico la cogió sin descanso, cambiando de posición una y otra vez. La montó, la puso a cuatro patas, la hizo sentarse sobre él. María sentía cómo cada músculo de su cuerpo ardía con el esfuerzo y el placer, cómo su coño y su ano estaban inflamados y sensibles pero ansiosos por más.

«¡Mira cómo te abro, perra!», gritaba Santiago, observando cómo su verga desaparecía dentro de ella. «¡Eres mi perra venezolana ahora!»

María ya no podía formar palabras coherentemente, solo gemidos y gritos de placer. Sus tetas rebotaban con cada embestida, sus pechos erectos y doloridos por el constante mordisqueo y tironeo del chico.

«¡Te voy a llenar toda, perra!», gritó Santiago, acelerando el ritmo una última vez antes de liberar otra vez dentro de ella, sintiendo cómo su semen caliente llen

20 Lecturas/19 enero, 2026/0 Comentarios/por Mariatrix1
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