Harry Potter y La transgresión de la Autoridad (4ta parte de la Transgresión de la Amistad)
Snape humilla y somete a Harry como nadie.
El eco de sus pasos resonaba en el corredor de las mazmorras, un sonido solitario que parecía ser absorbido por las paredes de piedra húmeda. Harry Potter se detuvo frente a la puerta del despacho de Severus Snape, el libro de pociones pesado en sus manos como un ancla. El mensaje había sido breve y cortante, entregado en el baño de Myrtle la Llorona apenas unas horas antes, con Draco aún sollozando en el suelo: «Mi despacho. A las nueve. Trae tu libro. No se te ocurra faltar.»
Con el corazón martilleando contra sus costillas, Harry golpeó la pesada puerta de roble.
«Adelante», llegó la fría voz de Snape desde dentro.
Harry entró, cerrando la puerta cuidadosamente detrás de él. El despacho estaba sumido en una penumbra verdosa, iluminado solo por los frascos que brillaban con una luz propia en las estanterías. Snape estaba de espaldas, mirando un caldero que burbujeaba lentamente sobre el fuego.
«Deja el libro en la mesa», ordenó Snape sin volverse. «Y siéntate en la silla del centro.»
Harry obedeció, sus movimientos torpes y lentos. La silla de metal era fría al tacto, con correas de cuero en los brazos y las piernas que no había notado antes. Se preguntó para qué servirían, pero no se atrevió a preguntar.
«Potter», dijo Snape finalmente, volverse lentamente. «Sé lo que hiciste esta tarde en el baño de Myrtle la Llorona.»
Harry sintió que el aire escapaba de sus pulmones. «Yo… profesor, yo no…»
«No mientas», interrumpió Snape, su voz peligrosamente tranquila. «Myrtle me lo contó todo. Y Draco… bueno, Draco ya ha sido atendido. Pero tú… tú necesitas un tipo diferente de disciplina. Uno que entienda la naturaleza de tus… impulsos.»
Harry se quedó en silencio, confundido. ¿Qué tipo de disciplina? ¿Lo expulsarían? ¿Le quitarían puntos?
«Veo que no entiendes», continuó Snape, paseándose lentamente alrededor de la silla. «Lo que hiciste a Malfoy es imperdonable, pero también es… comprensible. Dada tu situación con Weasley.»
Harry sintió que se le helaba la sangre. ¿Cómo sabía Snape sobre Ron? ¿Podía leer su mente?
«No, no puedo leer tu mente, Potter», dijo Snape como si leyera sus pensamientos. «Pero no soy tonto. He visto las miradas, los moretones que intentas ocultar, la forma en que evitas a Weasley en los pasillos. Sé lo que te ha estado haciendo.»
Harry sintió las lágrimas quemar sus ojos, pero las tragó amargamente. No lloraría. No delante de Snape.
«Ah, pero eso es precisamente el problema, Potter», continuó Snape, sus ojos oscuros brillando con una ferocidad aterradora. «Dejas que te hagan eso. Te rindes. Pero luego, tú mismo te conviertes en el agresor. Es un ciclo. Un ciclo que debemos romper.»
Con un movimiento rápido de su varita, Snape murmuró un encantamiento. Cadenas mágicas surgieron de las correas, sujetando las muñecas y tobillos de Harry a la silla. El pánico frío recorrió el cuerpo de Harry mientras luchaba contra las ataduras, pero era inútil.
«¡Profesor! ¿Qué está haciendo?», gritó Harry, la verdadera preocupación llenando su voz por primera vez.
«Voy a enseñarte a controlar esa oscuridad que llevas dentro, Potter», susurró Snape, acariciando una varita de avellano que había tomado de su escritorio. «O más bien, voy a controlarla yo por ti. A través del dolor. A través de la sumisión. A través de… lecciones que nunca olvidarás.»
Con otro movimiento de su varita, Snape hizo que la ropa de Harry se deshiciera en jirones, dejándolo completamente expuesto. El rubor de la vergüenza quemó las mejillas de Harry, que cerró los ojos con fuerza.
«No», ordenó Snape. «Mírame. Quiero que veas quién te está castigando. Quiero que entiendas que esta humillación es lo que mereces. Pero también es lo que necesitas.»
Snape abrió una caja de madera que estaba sobre su escritorio y extrajo varios objetos que Harry no reconoció: pinzas de plata, un látigo corto hecho de alguna criatura desconocida, y un frasco de líquido oscuro que brillaba malévolamente.
«Vamos a empezar con algo simple», dijo Snape, acercándose con las pinzas. «El dolor agudo puede ser un excelente maestro. Te enseñará que tu cuerpo no te pertenece. Que te pertenece a mí.»
La primera pinza se cerró sobre un pezón de Harry, y un grito involuntario escapó de sus labios. El dolor era agudo, electrizante, pero extrañamente… no del todo desagradable. Una parte de él, una parte oscura y confusa, sentía una emoción perversa, una sensación que vagamente le recordaba a las noches con Ron, pero diferente, más intensa.
«Ah», observó Snape con una sonrisa cruel. «Ya veo. Hay una parte de ti que disfruta de esto, ¿verdad, Potter? La misma parte que te hizo violar a Draco. La misma parte oscura que te permite soportar lo que Weasley te hace por las noches.»
Harry negó con la cabeza, las lágrimas finalmente fluyendo libremente. «No… yo no…»
Snape aplicó la segunda pinza, y esta vez Harry mordió su labio hasta saborear la sangre. El dolor se mezclaba con algo más, algo que no quería reconocer. Algo que lo asustaba más que el propio Voldemort.
«La sumisión es un arte, Potter», continuó Snape, pasando sus dedos por las marcas rojas que estaban apareciendo en el pecho de Harry. «Y tú eres un lienzo perfectamente preparado. Toda esa rabia, todo ese dolor reprimido… es un material maravilloso con el que trabajar.»
Snape tomó el látigo y lo hizo girar en el aire. «Diez golpes por cada lágrima que has derramado injustamente sobre mi ahijado. Y luego, veremos qué otros castigos mereces por lo que le has permitido hacer a Weasley.»
El primer golpe cayó sobre el estómago de Harry, dejando una línea roja brillante. El dolor fue seguido por una oleada de calor que se extendió por todo su cuerpo. El segundo golpe cayó más arriba, cerca de su pecho. Para el quinto, Harry ya no estaba gritando. Estaba gimiendo, un sonido que le resultaba completamente ajeno.
«Ya ves», susurró Snape en su oído después del décimo golpe. «Hay placer en el dolor, Potter. Hay liberación en la sumisión. Déjate llevar. Permíteme mostrarte quién eres realmente.»
Snape abrió el frasco de líquido oscuro y lo vertió sobre sus manos. «Esto es un extracto de raíz de mandrágraca mezclado con sangre de dragón. Aumentará cada sensación diez veces. Cada toque, cada golpe, cada… placer.»
Cuando los dedos de Snape tocaron la piel enrojecida de Harry, fue como si mil agujas de fuego se clavaran en él. Pero también había algo más, una corriente eléctrica que recorría su cuerpo, despertando una respuesta que su mente rechazaba pero su cuerpo ansiaba.
«Por favor», susurró Harry, sin saber si estaba pidiendo que parara o que continuara.
Snape sonrió, esa sonrisa cruel que Harry había visto tantas veces pero que ahora significaba algo completamente diferente. «Ah, Potter. Al fin empiezas a entender. La línea entre el dolor y el placer es tan delgada, ¿no crees? Tanto más cuando uno se rinde por completo.»
Durante lo que pareció una eternidad, Snape continuó su tortura, mezclando dolor y placer de formas que Harry nunca hubiera imaginado. Pinzas, látigos, líquidos ardientes, y finalmente, cuando Harry estaba completamente roto y rendido, la verdadera humillación.
«Ahora», dijo Snape, desatando a Harry que se desplomó en el suelo. «Levántate. Sobre tus manos y rodillas. Así es como deben estar los animales desobedientes como tú.»
Harry, temblando en el suelo frío, miró a Snape con ojos vidriosos. Una parte de él moría de vergüenza y dolor, pero otra parte, una parte oscura y secreta, sentía una emoción perversa. Una parte que ansiaba más.
“Levántate”, ordenó Snape, su voz un susurro cortante como el cristal roto. “Sobre tus manos y rodillas. Así es como deben estar los animales desobedientes como tú.”
Harry obedeció sin pensar, sus músculos temblorosos protestando por el esfuerzo. Estaba completamente roto, su mente nublada por el dolor y una extraña anticipación que no quería reconocer.
Snape dio un paso adelante y colocó su bota de cuero en la nuca de Harry, presionando su cara contra el suelo de piedra. “¿Sientes eso, Potter? Es el peso de la autoridad. Es el peso de tu fracaso. Has fallado como mago, como amigo y como ser humano. Lo único que te queda es aprender tu lugar: debajo de mí.”
La humillación quemaba más que las marcas del látigo. Harry sintió las lágrimas mezclarse con el polvo del suelo, pero no se atrevió a moverse.
“Ahora vas a aprender a complacer”, continuó Snape, retirando su bota y arrodillándose detrás de Harry. “Vas a aprender que tu único propósito es servir. Tu cuerpo, tu mente, tu alma… todo me pertenece ahora.”
Con un movimiento rápido, Snape desató su propia túnica, liberando su miembro ya erecto. Harry sintió un escalofrío de terror recorrer su espina dorsal, pero su cuerpo, traicionero, respondió con una oleada de calor.
“Por favor”, susurró Harry, sin saber si estaba pidiendo clemencia o más.
“Ah, Potter”, dijo Snape con una risa baja y cruel. “Ya no necesitas pedir. Solo recibir. Y recibirás todo lo que te mereces.”
Sin más advertencia, Snape penetró a Harry con una brutalidad que le robó el aliento. El dolor fue agudo, abrumador, una explosión de fuego que se extendió por todo su cuerpo. Pero mezclado con el dolor había algo más, una oscura emoción que Harry no quería reconocer: placer.
Cada embestida de Snape era una afirmación de poder, una demostración de dominación total. Harry sentía que se estaba desintegrando, que su identidad se disolvía bajo el asalto implacable del profesor. Ya no era Harry Potter, el Chico que Vivió. Era solo un cuerpo, un recipiente para el dolor y el placer de otro.
“¿Te gusta, Potter?”, siseó Snape en su oído, sus dedos aferrándose a las caderas de Harry con suficiente fuerza para dejar moretones. “¿Te gusta sentirte usado? ¿Te gusta saber que eres solo un agujero caliente para mi placer?”
Harry no pudo responder, solo emitir un gemido ahogado que era mitad dolor, mitad sumisión. Cada movimiento de Snape dentro de él era una violación más, pero también era una forma de liberación. Liberación de la culpa, liberación de la vergüenza, liberación de la carga de ser Harry Potter.
Snape aumentó el ritmo, sus embestidas volviéndose más salvajes, más desesperadas. El sonido de su piel golpeando la de Harry llenaba el despacho, mezclado con los gemidos y jadeos de ambos.
“Vas a venir para mí, Potter”, ordenó Snape, su voz tensa por el esfuerzo. “Vas a venir como el perro que eres, sin que te toquen. Solo con mi polla dentro de ti. Demuéstrame cuánto necesitas esto.”
Harry sintió la vergüenza quemarlo, pero su cuerpo obedeció. La presión dentro de él, el dolor mezclado con el placer, la humillación total de ser usado así… todo se combinó en una explosión de éxtasis que lo sacudió hasta los cimientos. Gritó, un sonido gutural y animal, mientras su cuerpo se convulsionaba en el suelo.
Snape siguió moviéndose dentro de él, prolongando el orgasmo de Harry hasta que se convirtió en una tortura de placer. Finalmente, con un gruñido profundo, Snape se vació dentro de Harry, marcándolo como suyo de la manera más primitiva.
Se quedaron así por un momento, Snape todavía dentro de Harry, ambos jadeando en el silencio del despacho. Luego, Snape se retiró lentamente, dejando a Harry temblando y vacío en el suelo.
“Ahora eres mío, Potter”, dijo Snape, arreglándose su ropa con una calma insultante. “Tu cuerpo me pertenece. Tu placer me pertenece. Tu dolor me pertenece. Y cada vez que sientas la culpa por lo que le hiciste a Malfoy, o la vergüenza por lo que te hace Weasley, vendrás a mí. Y yo te enseñaré a encontrar la redención en la sumisión.”
Harry se quedó allí, sin poder moverse, sintiendo el semen de Snape goteando de él. Estaba roto, humillado, completamente dominado. Y en las profundidades de su alma, sabía que Snape tenía razón. Volvería. Necesitaría volver.
“Ahora lárgate”, dijo Snape con desdén. “Y no te atrevas a lavarte. Quiero que sientas mi presencia dentro de ti toda la noche. Quiero que cada paso que des te recuerde a quién perteneces.”
Harry se vistió lentamente, su cuerpo temblando con cada movimiento. Cada roce de la tela sobre su piel marcada era un recordatorio de lo que acababa de suceder. Mientras caminaba hacia las Habitaciones de Gryffindor, sintió el peso de la dominación de Snape, una presencia constante que lo recordaría su lugar para siempre.
Ya no era Harry Potter, el Chico que Vivió. Era la propiedad de Severus Snape. Y en alguna parte oscura de su mente, una parte de él se regocijaba por ello.



Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!