Internado para varones: «San Ignacio» Capítulo 5: El Padre y su gruesa verga
Diego sentía su glande aplastado en las paredes anales del niño, pero él necesitaba más. Necesitaba llenar al pequeño de su verga, dejar cada rincón de su culito repleto de su ADN. .
Disfruta la parte anterior, el capítulo 4 aquí:
Durante los acontecimientos del primer día del nuevo maestro Ángel Figueroa, el director del internado Diego Salvatierra, tiene una de sus usuales actividades con los jóvenes del instituto.
Diego Salvatierra
Primer día de clases
El Padre Diego Salvatierra odiaba su trabajo últimamente, eso exceptuando cuando tenía a su disposición más de un centenar de culitos a escoger, claro. Ese era el privilegio de su puesto; usar niños crecidos en la cuna de una familia religiosa y convencerlos de entregarle su culo. Debido a su posición y su labia, nadie lo rechazaba y a sus cuarentaiún años, había usado muy bien ese privilegio.
Recordaba las palabras de un Padre de iglesia muy querido: Dios le regaló a la humanidad el bello acto del sexo.
Pero también nos regaló a los niños y quien haya mezclado ambos, era un genio.
En fin, cuando no se trataba de rellenar el culo de un pequeño, su trabajo se reducía en papeleo, quejas y la constante atención de La Congregación, quiénes han estado poniendo sus ojos en los intereses de la escuela.
A Salvatierra le preocupaba tanto las intenciones que pudieran tener, todo su paraíso podría derrumbarse. Verán, hace un año, el ex profesor de deportes había caído por abuso sexual a menores en el club de fútbol donde trabajaba. A La Congregación le preocupaba que ese hombre estuviera haciendo lo mismo en el colegio. Claro que lo hacía, cada clase de deporte era una orgía encabezada por él, pero eso nadie debía saberlo, nadie fuera de este colegio.
Ahora todo era discreto, ningún maestro podía tener sexo al aire libre. Todo era clandestino. «En un colegio creado para disfrutarlo sin tabúes. Carajo»
Le preocupaban los ojos, los espías de La Congregación. Este año tenía tres docentes nuevos, no había problema con dos de ellos. Pero, Ángel Figueroa era un caso raro. Samuel lo recomendó, juró que perdió su trabajo anterior por cogerse a un menor en un preescolar, burló la investigación y era libre. Pero no era como Luis y Zuriel, con quienes había conversado. Ángel era territorio nuevo. Y peligroso. Tendría que vigilarlo.
La cabeza le martillaba. Cada que pensaba en ese caso, su mente implosionaba de estrés.
—¡Hermano! –gritó desde su posición en su oficina—.
Su joven asistente entró al aula.
— ¿Por qué no me recomiendas un pollito para iniciar este ciclo?
— ¿Busca algo en especifico, Padre?
— Sorpréndeme.
El hermano Elías sonrió.
— Hay uno, Padre. Es la sensación de los maestros de primaria.
—Traémelo.
La puerta abrió y entró Jesús Gutierrez de segundo grado. Un niño transferido el ciclo escolar pasado. Un pequeño bello, bello. Con un rostro de rasgos delicados, casi como el de una niña. Una cabellera castaña que adornaba su blanco rostro, y lo que más amaba Diego, un hermoso culo.
Era redondo, firme y bastante gordo para su edad. El Padre Diego odió por un momento nunca haber estrenado a ese pequeño durante su primer día. El problema era que durante ese ciclo, estaba obsesionado con Jorge, un alumno de ahora, tercer grado. Y cuando Diego se obsesiona con un culo, toda su dinámica gira alrededor de él.
Jesús se quedó inmóvil frente al escritorio, con sus pequeñas manitas en su muslos. Estaba nervioso.
—B-buen día, Padre. —dijo Jesús con voz insegura—.
—Buen día, Gutierrez. ¿Sabes por qué estás aquí?
El pequeño lo miró confundido y aterrado.
Negó rápidamente con la cabeza.
—Pues, tu maestro me ha comentado que te has saltado varias misas mañaneras. ¿Podemos saber por qué?
Jesús dudó por varios segundos.
–Es que h-hay maestros que me llevan a sus cuartos en la noche y me levanto muy tarde, Padre.
—¿Y de quién es responsabilidad levantarse temprano?
—P-perdone, Padre.
—Acérquese, Gutierrez.
El pequeño respiraba rápidamente. Se acercó al escritorio y luego, Diego lo llamó de su lado.
Tomó al niño y lo recostó boca abajo en su regazo.
Sentía los latidos irregulares del pequeño en su pierna.
Aún con su short azul del uniforme; a Jesús se le notaba un enorme culo. Como dos montañas redondas cubiertas de azul.
Tomó la esquinas del short de Jesús y tiró de ellas, dejando el culo del menor descubierto.
Posó su enorme y peluda mano en ese pedazo de carne. El contraste de su enorme mano y el culito del pequeño, lo puso duro.
El culo de Jesús eran tan gordo, que el boxer lo había marcado, dejando su culito con marcas rojas en él. Diego se puso aún más duro, tan duro que sentía la presión del cuerpo del pequeño en su erección.
Levantó una mano y nalgueó. El niño se estremeció. La volvió a levantar y la dejó caer, el azote ahora sonó más fuerte. El pequeño comenzó a sollozar en voz baja.
La enorme mano de Diego se había marcado en el culo de Jesús. Como si lo hubiera sellado, una firma de que estuvo ahí.
Siguió nalgueando, ignorando como el pequeño Jesús ahogaba su llanto. Cuando paró, vio que ahora su nalga había eliminado la marca de su mano, reemplazada por el rojo irritado de sus azotes.
—Bien, eso es suficiente.
Dejó escapar al pequeño y este se dejó caer de rodillas bajo el escritorio, tapando su cara roja y llena de lágrimas.
Ahora, la erección de Diego era tan grande, gruesa y evidente, que parecía guardar un tubo en sus pantalones.
—Cuando hacemos algo malo, hay un castigo. —dijo el Padre Diego—.Pero cuando hacemos algo bien, hay un premio. Y fuiste muy valiente de aceptar tu castigo sin protestar.
El pequeño asintió con lágrimas corriendo de su rostro.
Se liberó de su cinturón, la cremallera de su pantalón y finalmente de su ropa interior. Su verga ahora liberada; era gruesa, un tono más oscuro que su tono de piel clara, la adornaban venas por todo el tronco. Con un enorme glande, aquel trozo parecía irreal.
Jesús no despegó su mirada de la entrepierna del Padre en ningún momento.
Veintidós centímetros de carne, que empezaba desde su grande y redondo glande rosa, hasta culminar en dos enormes testículos peludos.
—¡Wow! —dijo Jesús—.
Diego había olvidado que si bien, era la primera vez que veía el culo del pequeño, era también la primera vez que Jesús veía su verga.
—¿Le gusta su premio, Gutierrez? —dijo Diego azotando su verga en su mano—.
—Sí, Padre. —La expresión de miedo en su rostro, ahora era de deseo—.
Jesús gateó hasta quedar frente al pedazo de carne del Padre. Abrió su boca y chupó el glande de Diego. Se perdió en el placer.
El niño lamía con ganas, con mucho deseo. Había tomado el tronco, pero era tan grueso que no podía cerrar su manita en él.
Siguió dándole una de las mejores mamadas que un alumno de segundo le había regalado.
Tomó a Jesús de la cabeza y comenzó a guiar las mamadas. Diego bufaba cada que sentía la lengüita del pequeño en su glande.
Sosteniendo su cabeza, ahogó al pequeño en su verga, haciéndolo lagrimar y tener arcadas.
El niño nunca dejó de mamar. Lamía su glande como si fuera una paletita, lamía el tronco como helado que se derretía y finalmente, lamía sus enormes bolas peludas. Metiéndose una por una en la boca, el Padre Diego se estremecía en su silla.
Jesús lamía intentando cubrir todo el grosor de la verga del Padre, pero era tan grueso que sus babas corrían por todos lados gracias al esfuerzo.
Salvatierra, tomó la cabeza del pequeño e hizo nuevamente presión en su verga, pero esta vez levantando su pelvis. El niño comenzó a atragantarse, pero nunca dejando de mover su lengua para saborear la carne viril del Padre.
Cuando Diego dejó ir al niño, este tenía el rostro rojo y lleno de lágrimas. Pero ahora, era resultado de comerse una verga gruesa y no del miedo.
—¡Qué rico, Gutierrez! ¿Te gusta?
—Sí, Padre. La suya está muy grande. —dijo el pequeño sin dejar de lamer—.
Diego se levantó de la silla, dejando sus pantalones en el suelo. Ahora, con su entrepierna desnuda y apuntando al cielo, solo llevaba su camisa clerical pegándose a su voluptuoso cuerpo.
Tomó al pequeño Jesús y lo subió a su escritorio. Terminó de quitarle su shortcito azul y su camisita.
Ahora, tenía al niño de ocho años completamente desnudo. Su abdomen planito y delgado, que bajaba en una cintura pequeña y un culo enorme. Un bello cuerpo de niña, en un pequeño putito.
Tomó su grueso glande y comenzó a azotar la boca del pequeño. El niño intentaba recibirla como cachorro en busca de la teta de su mamá.
Se arrodilló para estar a la altura de Jesús y le clavó un enorme beso. Usaba su lengua para saborear cada rincón de la suave boca del pequeño. Su barba recortada le daba cosquillas a Jesús.
Cuando se separó de él, una línea de saliva unía su barbuda y vulgar boca de adulto, con la pequeña boca de niño de Jesús.
Revisó su cajón y tomó un botesito de lubricante. Colocó un poco en su glande y lo extendió.
Tomó otro poco en dos dedos y abrió el culito de Jesús.
Un espectáculo, dos enormes cachetes blancos que guardaban un hoyito abierto por tantos adultos. Finalmente, una verguita subdesarrollada, blanca y con los diminutos huevos rojitos. Una obra de arte, cortesía del Señor.
Llevó sus dos dedos lubricados al anito del pequeño. Jesús se estremeció al frío tacto del liquido.
El Padre Diego untó el lubricante con movimientos circulares que le gustaron a Jesús, pues el niño comenzó a gemir en voz baja, hizo presión e insertó sus dos dedos. El pequeño se quejó.
Debido a su grosor, era importante que Diego dilatara con anticipación, así que siguió ensartado sus enormes dedos en el niño.
Cuando ya tenía la mitad dentro, comenzó el mete y saca. Sentía el culo de Jesús calentito y apretado, así que siguió avanzando en sus paredes anales. Jesús comenzó a mover sus caderas en señal de disfrute e incomodidad por igual.
Tenía sus ojitos cerrados mientras siseaba y movía su culito.
—¿Te gusta, papito? Tengo dos deditos dentro de ti. Estás bien apretadito.
— Sí Padre. Se siente muy rico.
Era momento. Sacó sus dos dedos ahora húmedos, admirando el hoyito del niño, abierto y listo para recibir su premio.
Se levantó y apuntó su grueso glande al culito descubierto de Jesús. Poquito a poquito, su trozo fue avanzando.
El niño comenzó a quejarse y llevar sus manitas al abdomen del Padre.
Diego siguió embistiendo, mientras su gruesa verga iba abriendo el culito del niño. Aún lubricado, la verga de Diego era muy gruesa para un culito tan tierno, así que tuvo paciencia y esperó que se acostumbrara a él.
Solo la mitad de sus veintidós centímetros estaban dentro y no parecía que podía entrar más, así que Diego comenzó su trabajo.
Empezando lento, embistió a Jesús. El niño comenzó a gemir fuertemente con su boquita en forma de una gran O.
— ¡Sí, Padre!
— Eso, pequeñito. Que tu culito la trague completita.
Su verga estaba bien babeada, por la mitad engullida por el culito de Jesús.
El Padre echó su cabeza para atrás bufando de placer.
Alzó las piernitas del niño y siguió embistiendo. Jesús tenía las mejillas rojas y la mirada perdida en tanto placer.
—¿Son los maestros mejores que yo? ¿Quién te la mete más rico?
—Usted Padre, Uste-ted…
Aquello era música para sus oídos, así que el Padre Diego comenzó a embestirlo con más fuerza, mientras Jesús suspiraba con su boca aún en O.
Diego sentía su glande aplastado en las paredes anales del niño, pero él necesitaba más. Necesitaba llenar al pequeño de su verga, dejar cada rincón de su culito repleto de su ADN. Sabiendo que seguía, tapó la boca del menor con su enorme mano, tan grande que casi tapaba todo su rostro. Asegurando que ningún sonido pudiera salir del niño, Diego comenzó a ensartar el resto de su virilidad.
Jesús comenzó a moverse, intentando safarse. El grosor invadiéndolo lo estaba lastimando.
Diego no se tentó, así que con esfuerzo siguió avanzando rumbo a la próstata infantil de su culito con su verga abriendo y desgarrando la carne anal de Jesús.
El niño bufaba como loco, poniendo los ojos en blanco y moviendo freneticamente su cabeza. Diego no sabía si era por el placer o el dolor de tan gruesa verga llenándolo. «O ambos».
Sonrió.
Cuando sintió su pelvis tocar las nalgas del niño, supo que sus veintidós centímetros ya estaban dentro.
Suspiró fuertemente. Ahora tenía toda su verga engullida y aplastada. La presión era una delicia.
Echó su rostro para atrás, agradeció al Señor por el manjar bajo a él y comenzó a abandonar aquel anito.
Antes de salir por completo, cuando únicamente su glande estaba dentro, embistió.
Jesús pegó un saltó.
Diego continúo penetrando al niño con una velocidad media, permitiendo que su verga siga abriendo aquel culito.
Y ahí estaba nuestro Padre favorito, con cuarentaiún años, un cuerpo robusto, peludo y enorme, devorando un tierno culito más con el mástil grueso que poseía.
El pequeño respiraba con dificultad, apretando con su manita el brazo de Diego y moviendo sus caderas.
La oficina del Padre ya olía a sexo duro, placer y perversión. Las tres palabras favoritas de Diego.
Tras varios minutos taladrando a Jesús, cada embestida ya sonaba húmeda. El anito del pequeño ya se había acostumbrado a tremendo grosor.
Probando el porqué era el favorito de todos los maestros, el pequeño Jesús comenzó a apretar su culito, aplastando la erección de Diego, quién sintiendo la presión comenzó a gemir como un toro.
Ni tiempo de dar la embestida final le dió, su verga lo traicionó y comenzó a correr correrse dentro del culito de Jesús, mientras agradecía a Dios por el manjar tan hermoso que le envió.
Al poco rato, comenzaron a tocar la puerta. Sabía que era hora de recibir a los profesores nuevos para darles la información preliminar.
Con su enorme cuerpo, abrazó al niño, mientras su verga soltaba los chorros de leche fresca en cada espasmo.
Suspiró como si le faltara el aire e incluso se apoyó en el escritorio para no perder el equilibrio.
Esperando unos minutos, su verga abandonó el interior de Jesús ahora húmeda y con restos de sangre por su travesura.
Ahora llegaba su parte favorita, la de revisar su obra de arte. Tomó los dos cachetes de Jesús y admiró el ano rojo, roto y abierto del chiquitín. Tan profesional como siempre, el niño comenzó a expulsar la leche recién fresca la cual escurría por su culito.
Jesús lucía exhausto, con el rostro rojo.
—Bien, vístete que recibiré maestros. —le dijo Diego a Jesús, mientras se colocaba de vuelta sus pantalones—.
El pequeño se quejó de ardor en su culo en voz baja, pero sabía que no podía hacer enojar al Padre, enojarlo significaba otro castigo y su culito no aguantaba una ronda más con la verga gruesa del Padre Salvatierra. Como pudo se colocó su uniforme, y con mucho dolor se dirigió fuera de la oficina.
El Padre se colocó devuelta su blazer, mientras orgulloso salía a recibir a quién lo estuviera llamando.
Dejando a Jesús con su culito rojo, relleno y roto, le probaría los hechos a los demás maestros: que él era el macho de todos los alumnos y que nadie podía dejarlos cojeando como él.
Sonrió y al abrir la puerta de su oficina, vio al nuevo maestro Ángel Figueroa. Oh, un maestro tan masculino, de quien esperaba tanto.


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