Internado para varones: «San Ignacio» Capítulo 6: El castigo de Jorgito
Abrió el culo del pequeño Jorge y comenzó a puntearlo. Sin saliva, sin lubricante solo el precum del Padre intentando entrar. Claro, era un castigo..
Hola amigos. Esta es la actualización de la historia de San Ignacio. Les dejo el link al primer capitulo y al último de esta serie:
Capitulo uno:
Capitulo anterior (5): https://sexosintabues30.com/relatos-eroticos/dominacion-hombres/internado-para-varones-san-ignacio-capitulo-5-el-padre-y-su-gruesa-verga/
Este capitulo, se ambienta durante la noche del jueves. Un día antes de la capacitación y del capítulo 4 del mismo nombre.
Diego Salvatierra
El castigo de Jorgito
La capacitación estaba por llegar y el Padre Salvatierra no tenía noticias del maestro Ángel disfrutando de algún pequeño. Su ansiedad crecía cada vez más. ¿Y si, sí era un enviado de La Congregación para investigar? ¿Si era un espía con el único propósito de derrumbar su paraíso?
Se dejó caer en su silla y se permitió respirar un poco. ¿Estaba siendo dramático? Tal vez.
Podía ser que Ángel le hacía honor a su fama: solo le gustaban pequeñines como los de su preescolar anterior. En todo caso, ¿qué hacía aquí?
No podía soportar seguir con esa incógnita. Ya tenía un plan y solo faltaba ponerlo en marcha.
– ¡Hermano, Elías! —gritó desde su silla—.
— Dígame, Padre. —dijo el joven ciervo de Dios—.
— Avísale a Jorge que ya puede empezar.
— Ok, Padre. Enseguida.
Con este plan, Diego finalmente contestaría a su duda. Era perfecto.
Jorge seduciría al maestro y finalmente confirmarían si caía o era un infiltrado de mal gusto. Si era uno, pues no había riesgo, Jorge solo sería un pequeño curioso.
Entrada la noche del jueves, alguien tocó su puerta. Era Jorgito, con su pequeña pijama blanca, pegada a su cuerpecito.
Inmediatamente vió su expresión y descifró lo que el niño iba a decir.
— No hizo nada, ¿verdad? —preguntó Salvatierra con voz profunda—.
— No, padre. —Jorge bajó su cabeza—. Él me regañó y pidió que me fuera.
— Me fallaste, Jorge. Le has fallado a esta institución.
— No, Padre. Puedo asegurarle que se le paró al Maestro. —la voz de Jorge cada vez más perdida en las lágrimas—.
» Cuando lo abracé pude ver que su verga crecía, Padre. Incluso casi deja que le baje la pijama, es solo que…
— Le fallaste al maestro Ángel, Jorge. No pudiste servirle. Me has fallado a mí.
Jorge sabía la importancia de honrar a los mayores, honrar sus necesidades y servir con su cuerpo y belleza a quien lo necesite. Oh, Jorge había fallado.
– Por favor, perdóneme Padre. Juro que me ofrecí completamente al maestro Ángel…
– Fa-llas-te.
Jorge alzó su rostro, rojo y lleno de miedo. Sabía que no podía seguir insistiendo y llevándole la contra al Padre. Ya lo había enojado lo suficiente.
— Eso significa que tienes que orar por perdón. —continuó Salvatierra—.
– Lo haré, Padre. Perdóneme.
— No hay perdón sin castigo, ¿no crees Jorge? —se quedó en silencio mirando fijamente a Jorge. Cuando el pequeño hizo contactó, preguntó:
— ¿Lo hay?
El pequeño solo negó con la cabeza. No le gustaba como lo miraba el Padre. Nunca le había fallado desde su llegada, pero había escuchado de compañeros suyos castigados. No quería ser uno.
Salvatierra se acercó lentamente al menor, sin dejar de verlo fijamente. Jorge cerró sus ojos.
El Padre, tomó al pequeño del cuello y lo estrelló en la orilla de la cama. Jorge preso del pánico, no le salía ni el llanto.
— Ahora vas a orar conmigo, por todo el problema que has causado.
El pequeño Jorge, asentía con la cara roja.
— Repite después de mí.
— Perdone mis pecados, oh Padre Ceslestial. —comenzó a repetir Jorge con la voz temblorosa—. Perdone los pecados de mi juventud y los pecados de mi edad.
» Los pecados de mi alma y los de mi cuerpo. Los de mis secretos y mis pecados que nadie conoce.
Lentamente, el Padre Salvatierra comenzó a bajar la pijama de Jorge, dejando al aire libre el bello culo moreno del infante.
Con sus manos tomándolo fuertemente del cuello y la cadera, el pequeño seguía repitiendo sus palabras.
— Los pecados que he cometido para satisfacerme a mí. —dijo Salvatierra esperando la voz de Jorge al repetir—.
» Y los pecados que he cometido para satisfacer a otros. —se acercó a la oreja del pequeño—. Perdona los pecados que conozco y los que aún no he conocido.
Cuando Jorge terminó de repetir la oración de perdón, Diego finalmente soltó su cuello. El pequeño rápidamente escondió su rostro entre las sábanas.
El Padre tenía al pequeño de ocho años inclinado en la orilla de la cama, con el culo desnudo al aire y sus pijamas en el piso.
— Perdónalo, Padre Celestial. Te lo pido en el nombre de tu amado hijo, amén. —susurró el Padre levantando la camisa de Jorge, dejando su espalda desnuda—.
— Amén —repitió Jorge—.
Diego comenzó a desabrochar la parte baja de su Sotana. Se quitó su crucifijo del cuello y lo acostó a un lado de Jorge. Tomó la esquina de su bóxers y lo bajó dejando que su gruesa verga ya erecta rebotara y la dirigió al culo desnudo del pequeño. Veintidós centímetros y un grosor irreal. Con la base peluda, los huevos colgantes y una cabecita rosada. Abrió el culo del pequeño Jorge y comenzó a puntearlo. Sin saliva, sin lubricante solo el precum del Padre intentando entrar. Claro, era un castigo.
Lentamente, su glande fue penetrando la entrada del niño, estirando los pliegos anales del menor, luchando por entrar sin ayuda.
Jorge, comenzó a estremecerse y gemir de ardor. Le estaba doliendo, él nunca se quejaba.
Diego se la sacó, cuando solo había entrado la cabeza. Escuchó al niño respirar hondo y suspirar. Lo tomó de las caderas y se alejó un poco. Su verga como un bello arco, flotaba al aire libre, justo enfrente de aquel culito. Abrió una vez más aquellas nalgas morenas y dejó ir su verga. Jorge gritó amargamente mientras se aferraba a las mantas. Su verga ya estaba a la mitad. Sentía las paredes del pequeño apretar su trozo. Diego suspiró y siguió ensartando.
Jorge no paraba de lloriquear al recibir esa larga y gruesa verga a pelo. Estaba prohibido ensartar pequeños sin lubricación para evitar riesgos. Pero este era un castigo.
Su verga fue completamente engullida por el culo del menor—quien seguía llorando por el ardor—, suspiró y comenzó a embestirlo. El niño continuó quejándose, pero cada llanto interrumpido por las embestidas. No se atrevería a pedirle al Padre más despacio, era un niño, no un imbécil. Así que, hundió su rostro una vez más en las mantas y aguantó.
El Padre comenzó a desabotonar la parte superior de su Sotana, liberando su pecho peludo y sudoroso. Dejó caer su peso en el pequeño, llevó su boca a la oreja de Jorge y comenzó a gemirle al ritmo de cada choque. Tomó al niño del cuello y lameó desde su barbilla hasta su oreja, mientras su pequeña víctima solamente ahogaba su dolor.
Se levantó y tomó las caderas de Jorge, las apretó y comenzó a embestirlas fuerte y lentamente. El pequeño no tuvo opción más que morder las sábanas para impedir que el llanto de su dolor irritara aún más al Padre.
Finalmente, dejó atrás su Sotana, quedándose completamente desnudo. Su enorme cuerpo peludo brillaba a la luz por el sudor de su esfuerzo. Un bello contraste si lo pudieras ver. El gran cuerpo del Padre, sobre él delicado cuerpecito del niño de ocho años.
Siguió ensartando ese culito, que a pesar de la falta de lubricación, ya se dilataba para recibir a su dueño. Diego ya no podía identificar, si Jorge chillaba por dolor o por gozo. Pero dado la facilidad que su culito se comía tremendo trozo, posiblemente lo segundo.
Todo el cuarto estaba inundado del sonido del choque, entre los huevos colgantes de Diego y la suave piel morena del menor. Un bello sonido acompañando el calor del cuarto y el olor a placer.
— ¡Oh! ¡AHH! –gritó Jorge, cuando Diego dejó caer su peso en él y su verga se clavó profundamente—.
Tal vez era un castigo, pero Diego ya no estaba irritado, se encontraba profundamente caliente. Tomó al niño del cuello y comenzó a morderle la oreja, mientras gemía y bufaba. Ya había olvidado lo mucho que amaba el culo de Jorge.
El culo peludo del Padre, rebotaba al ritmo de cada penetración. Su verga se clavaba una y otra vez en el pequeño desapareciendo en un pequeño ano.
Jorge solo podía gemir y gemir y gemir.
Levantó al niño y terminó por quitarle su pijama. El moreno cuerpo tierno del pequeño, brilló gracias a su propio sudor. Lo levantó de la entrepierna y miró como con solo ocho años, ese pequeño tenía la verguita dura, disfrutando su castigo.
Salvatierra sonrió y tomó la pequeña erección con solo dos dedos, comenzó a «masturbarla» mientras el pequeño no aguantaba las ganas de chillar de placer.
Lo cargó y dejo caer boca arriba en la cama. Con la boca en O y dejando su sonrisa chimuela salir, Jorgito tomó sus dos piernitas y le ofreció nuevamente el culo al Padre.
Dos nalgas morenas, resguardando un anito ya dilatado. Subió sus dos rodillas en la cama y tomando a su pequeño amante de las piernas, volvió a ensartarlo.
El niño estaba perdido en el placer. Ni siquiera veía al Padre, lo único que podía hacer era ver a los lados con los ojos en blanco. Diego lo tomó del rostro y le dió un beso cargado de morbo y saliva. Tomó la tierna verga del niño y siguió taladrando ese anito.
Después de un rato en esa posición, Diego sintiendo la leche ser bombeada. Suspiró y dejó salir varios chorros calentitos en el cuerpo de Jorge. Cayeron en su verguita dura y su anito abierto. Diego suspiró y bufó fuertemente.
Levantó la pelvis del menor y devoró su propio jugo. Aun erecto, le dejó ir la verga al pequeño, haciendo que este se orine del placer.
Salvatierra río y abandonó el ano abierto del niño, quien sin orden alguna, corrió a mamarla. Diego se estremeció al toque de su glande sensible y la lengüita de Jorge. El pequeño se llevaba tremendo trozo hasta la garganta, apenas teniendo problemas. «Y por eso, nadie es como él».
Terminando de limpiar los restos de semen en su verga, Diego tomó a Jorgito del cuello y lo besó lentamente.
– Retírate antes de que recuerde porqué te he castigado. —le susurró en el oído—.
El niño tomó su pijama, tocó su anito y apreció las gotas de sangre que el Padre le ocasionó y sin siquiera vestirse, abandonó la habitación.
Tal vez Ángel no haya caído en la seducción de Jorge, pero si el niño decía la verdad, ese maestro era igual que todos. Eso lo hizo sonreír. Ángel no era un peligro, no uno grande al menos, si se equivocaba. Mañana en la capacitación, tenía un plan para el nuevo maestro.
Diego suspiró cansado y se dejó caer en su cama. Mañana era un día importante.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!