La Jaula de Seda
Alonso Mendoza, ministro, chantajea a su asistente Santiago López, amenazando con exponer su identidad trans y su trabajo sexual a menos que se someta a sus demandas sexuales degradantes..
El aire acondicionado del despacho ministerial zumbaba con una monotonía hipnótica, como el susurro de un secreto que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta. Santiago López ajustó el nudo de su corbata azul marino, los dedos temblorosos por un nerviosismo que no lograba disimular. El traje de Armani, impecablemente planchado, se ceñía a su cuerpo esbelto y fornido, resaltando los hombros anchos que había moldeado con años de natación y el pecho plano, resultado de dos décadas de testosterona inyectada con precisión quirúrgica. Nadie, al verlo cruzar los pasillos del Ministerio de Justicia con esa postura erguida y esa mandíbula angular, sospecharía que bajo el pantalón de vestir de corte italiano no había más que un espacio liso, sin bulto alguno, y que entre sus muslos se ocultaba algo que contradice toda la fachada de masculinidad que había construido con tanto esmero.
La puerta del despacho de Alonso Mendoza se abrió con un chasquido seco. El ministro, un hombre de cincuenta y ocho años con el pelo plateado peinado hacia atrás y una complexión que delataba horas en el gimnasio, lo observó desde su sillón de cuero negro, los dedos entrelazados sobre el vientre plano. Sus ojos, de un verde frío como el jade, recorrían a Santiago con una lentitud deliberada, como si estuviera descifrando un código escrito en su piel.
—Siéntate, López —ordenó Alonso, señalando la silla frente a su escritorio de caoba—. Tenemos que hablar de tu desempeño.
Santiago obedeció, cruzó las piernas con elegancia forzada y apoyó las manos sobre el regazo, asegurándose de que la manga izquierda de su camisa cubriera el pequeño tatuaje en su muñeca: un código que en el mundo bdsm marcaba a las putas sumisas. Tatuaje tan discreto que solo quien supiera buscarlo lo encontraría. Pero Alonso lo había encontrado. Y peor aún: lo había investigado.
—¿De qué quiere hablar, ministro? —preguntó el joven y brillante abogado, la voz firme, aunque un sudor frío le resbalaba por la espalda. Sabía. Dios mío, él sabía.
Alonso se inclinó hacia adelante, los codos sobre el escritorio, y deslizó un sobre manila hacia él. Dentro, Santiago vislumbró el brillo de una pantalla de teléfono. Un vídeo. Su vídeo. El que había grabado la semana pasada, con la máscara de latex negro que cubría su rostro por completo, dejando solo la boca entreabierta y los ojos brillantes de excitación mientras se acariciaba la vagina con dedos expertos, gemidos ahogados escapando entre jadeos. El cliente había pagado una fortuna por ese material exclusivo: un político prometedor, un chico de traje y corbata, convertidos en la fantasía más sucia de un millonario anónimo.
—No me hagas perder el tiempo —murmuró Alonso, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Sé que por las noches te conviertes en una «Perra», con mayúscula. Sé que te grabas para tipos que pagan miles de euros por verte gemir como la zorra que eres. Y sé —aquí hizo una pausa, disfrutando el modo en que Santiago palidecía— que hace dos meses te follaste a uno de ellos en un hotel de cinco estrellas. Sin condón.
El corazón de Santiago golpeó contra sus costillas como un puño encerrado. ¿Cómo? ¿Cómo demonios había llegado esa información a sus manos?
—¿Qué… qué es lo que quiere? —logró balbucear, las yemas de los dedos clavándose en sus propios muslos.
Alonso se levantó con parsimonia, rodeó el escritorio y se apoyó en el borde, justo frente a él. El olor a colonia cara y a poder inundó los sentidos de Santiago, mezclándose con el aroma a cuero del sillón y el leve tinte a sudor que emanaba de su propio cuerpo. El ministro extendió una mano y, antes de que Santiago pudiera reaccionar, le agarró la muñeca izquierda, empujando la manga hacia arriba para exponer el tatuaje.
—Quiero que seas mío —declaró, con una voz tan baja que vibró en el esternón de Santiago—. No solo como asistente. Como propiedad. Y no me digas que no te gusta la idea, Perra. —Sus dedos se deslizaron hacia arriba, rozando el interior de su antebrazo, donde la piel era más sensible—. Porque si no te excitara, no estarías mojando tus braguitas como una putita en celo.
Santiago contuvo el aliento. No. No era posible. Pero allí estaba: el calor húmedo entre sus piernas, el latido insistente de su clítoris, traicionándolo. Alonso lo había olido. O peor: lo había visto cuando se sentó, el modo en que sus muslos se apretaron involuntariamente, el brillo casi imperceptible en el tejido de su pantalón.
—No puede obligarme —murmuró, aunque el temblor en su voz delataba su falta de convicción.
—¿Ah, no? —Alonso soltó una risa seca y se acercó más, hasta que sus muslos rozaron las rodillas de Santiago—. Imagina que esto llega a oídos de la prensa: «El asistente del ministro, un transexual que se prostituye con máscara de perra». —Hizo una pausa dramática—. O peor: que tus compañeros de partido descubran que no tienes polla. Que eres un fraude. Un monstruo con tetas cortadas, un agujero entre las piernas y un culo destruido que disfruta ser preñado por desconocidos.
Las palabras golpearon a Santiago como latigazos. Sabía que era verdad. El partido conservador no perdonaría algo así. Lo destrozarían. Lo convertirían en el hazmerreír de España.
—Podría demandarle por difamación —intento Santiago, aunque su mente ya estaba calculando las consecuencias. Alonso tenía pruebas. Demasiadas.
—Podrías —asintió Alonso, acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos, como si estuviera evaluando la textura de su piel—. Pero todos sabemos que perderías. Y yo, Perrita, tengo contactos en todos los juzgados que importan.
El aliento de Alonso olía a whisky caro y a menta. Santiago cerró los ojos por un segundo, sintiendo cómo el dedo índice del ministro se deslizaba hacia abajo, trazando el contorno de su labio inferior.
—¿Qué… qué quiere exactamente? —preguntó, la voz quebrada.
Alonso se agachó, acercando sus labios al oído de Santiago. El calor de su cuerpo era abrumador, como una jaula invisible cerrándose a su alrededor.
—Quiero que a partir de ahora, cuando estemos solos, te arrodilles ante mí —susurró—. Quiero que lleves un collar con mi nombre y un plug en ese culito que, estoy seguro, has entrenado para aguantar más de lo que parece. Quiero que estés siempre desnudita en mi casa, a menos que yo te dé permiso para vestirte. Y quiero follar esa vagina tuya, que huele a putita cara, cada vez que me dé la gana. —Hizo una pausa, y Santiago sintió cómo los dientes de Alonso rozaban el lóbulo de su oreja—. Y tú, perrita, vas a obedecer. Porque si no, arruinaré tu vida… desde hoy, eres mía.
Un escalofrío recorrió la columna de Santiago, pero no era solo miedo. Era algo más oscuro, más retorcido. Algo que había fantaseado en las noches más solitarias, cuando se grababa con la máscara puesta y se imaginaba siendo poseído por un hombre que lo tratara como lo que era: un juguete. Un objeto. Una puta.
—Y si me niego… —murmuró, aunque ya conocía la respuesta.
—Entonces el mundo descubrirá al verdadero Santiago López —Alonso se enderezó, con una sonrisa triunfal—. Pero algo me dice que no vas a negarte. —Sus ojos se clavaron en el regazo de Santiago, donde una mancha oscura comenzaba a extenderse sobre el pantalón—. Mira qué mojadita estás. No te da vergüenza excitarte tanto con la humillación, pequeña puta?
Santiago no pudo evitarlo: un gemido bajo escapó de sus labios cuando Alonso deslizó una mano entre sus muslos, presionando con los nudillos justo sobre su entrepierna. El contacto era brutal, posesivo, y su cuerpo respondió con una descarga de placer que lo dejó sin aliento.
—Por favor… —suplicó, sin saber si pedía que parara o que continuara.
—Por favor, qué —exigió Alonso, apretando más fuerte, haciendo que Santiago se arqueara hacia adelante, las caderas moviéndose instintivamente en busca de más presión.
—Por favor… amo —susurró Santiago, y el mundo se detuvo.
La palabra colgó en el aire entre ellos, cargada de vergüenza y de un deseo tan intenso que dolía. Alonso sonrió, satisfecho, y retiró la mano de golpe, dejando a Santiago jadeando, al borde del orgasmo, pero sin permiso para alcanzarlo.
—Buena chica —murmuró el ministro, dándole una palmada condescendiente en la mejilla—. Mañana, a las ocho en punto, estarás en mi casa. Desnuda. Con el culo bien abierto y listo para recibir lo que te voy a meter. Y no te atrevas a tocarte esta noche, Perra. —Se alejó hacia su escritorio, como si nada hubiera pasado—. Porque si lo haces, lo sabré. Y entonces sí que te castigaré.
Santiago se levantó con las piernas temblorosas, los fluidos—sus fluidos, el de una vagina que no debería existir en un cuerpo como el suyo—resbalando por sus muslos, empapando sus bragas de encaje negro que siempre usaba en secreto. Alonso ya estaba sentado, revisando documentos como si no acabara de destruir su vida y, al mismo tiempo, de darle exactamente lo que siempre había deseado en secreto.
—Ah, y López —dijo el ministro, sin levantar la vista—. Trae la máscara. Quiero verte ladrar como la perra que eres mientras te reviento ese coñito apretado y te lleno el culo de mi leche.
La puerta del despacho se cerró detrás de Santiago con un click definitivo. En el pasillo, los empleados del ministerio seguían con sus rutinas, ajenos a que el asistente del ministro acababa de convertirse en su propiedad. Santiago se apoyó contra la pared, respirando entrecortadamente, mientras una parte de él—la parte que siempre había odiado, la parte que amaba esto—se retorcía de excitación al pensar en el plug que pronto llevaría puesto y en el collar que rozaría su garganta. Y, sobre todo, en las manos de Alonso Mendoza dentro de él.
Por primera vez en años, Santiago López no tenía que fingir. Porque al fin, alguien lo había visto. Todo. Y no iba a soltarlo.
Continuará…




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