Los Rivera. 2
En plena madrugada, Marco Rivera, el padre. Regresa inesperadamente de viaje y descubre la escena: huele el sexo en el aire..
antes de comenzar con esta segunda parte me di cuenta que tenia un relato de dos partes que dejé inconcluso, la verdad no me acordaba de haberlo escrito pero quizás una vez terminada esta historia (que ya la tengo escrita completa) pueda reescribir ese primer relato y darle un cierre. ahora sin mas los dejo con esta parte 2.
Esa misma noche, pasadas las 2:17 de la madrugada, el cerrojo de la puerta principal giró con un chasquido seco que atravesó el silencio espeso de la sala. El olor a semen fresco, ano dilatado, sudor acumulado y cuero mojado de azotes flotaba como niebla densa. Los hermanos se petrificaron en el acto.
Chris seguía a cuatro patas en el suelo, bragas rojas empapadas colgando de un muslo, ano hinchado y rojo como carne cruda goteando una mezcla viscosa de semen de sus hermanos. Las marcas del cinturón y el paddle aún ardían en su piel, moretones floreciendo en forma de pétalos oscuros. Alex y Blake estaban de pie, pollas semiduras brillando bajo la luz tenue de la lámpara, el teléfono de Blake todavía grabando en modo loop sobre la mesa.
Marco Rivera entró sin encender la luz principal. Solo la claridad azulada de la calle se filtraba por las cortinas entreabiertas, delineando su silueta imponente: 1.92 m, hombros que parecían capaces de romper puertas, pecho cubierto de vello negro espeso que bajaba en una línea hasta el ombligo y más allá. Llevaba la misma camisa de trabajo arrugada del vuelo, mangas remangadas mostrando antebrazos venosos y tatuajes descoloridos de su juventud. En una mano la maleta vieja de cuero, en la otra una botella de whisky medio vacía que había abierto en el taxi. Olfateó el aire dos veces, como un lobo reconociendo territorio ajeno.
—¿Qué coño es este hedor a puta en celo y semen rancio? —Su voz era grava mojada, más grave que nunca por el cansancio del viaje y el alcohol.
Sus ojos verdes, idénticos a los de sus hijos, pero endurecidos por veinte años más de vida dura, barrieron la escena sin parpadear. Vio a Chris temblando en el piso, las piernas abiertas mostrando el agujero destrozado; vio a Alex intentando cubrirse instintivamente la polla con una mano; vio a Blake con esa sonrisa torcida congelada en pánico. Marco no gritó. Solo dejó caer la maleta con un golpe sordo y dio un largo trago al whisky antes de hablar.
—Mis tres putitos jugando a papás y esclavos mientras yo no estoy… Qué tierno. —Se limpió la boca con el dorso de la mano—. Pero parece que se olvidaron de invitar al verdadero dueño de la casa.
Alex, todavía aferrándose a su rol de alfa, dio un paso adelante.
—Papá… esto no es lo que parece. Nosotros solo—
Marco lo cortó con una sola mirada que hizo que Alex retrocediera como si le hubieran dado un puñetazo.
—No me vengas con cuentos, Alejandro. Te veo la verga dura todavía goteando y el cinturón en la mano. Tú eres el que azota, ¿verdad? El que manda. —Se acercó despacio, desabrochándose los botones de la camisa uno a uno—. Pero yo soy el que te engendró. El que te hizo crecer dentro de tu madre mientras yo sudaba doce horas diarias para pagar esta puta casa. Así que si alguien manda aquí… soy yo.
Blake intentó mediar, voz temblorosa, pero con ese tono juguetón que solía funcionar.
—Papá, es solo… un juego entre hermanos. Nadie sale herido, te lo juro—
Marco se giró hacia él tan rápido que Blake retrocedió hasta chocar con la pared. Lo agarró por la mandíbula con una mano enorme, obligándolo a mirarlo.
—¿Un juego? —repitió lentamente—. Mira a tu hermano. Tiene el culo como un tomate maduro, semen chorreando hasta las rodillas, bragas rotas y cara de puta satisfecha. Eso no es un juego, cabrón. Eso es una jerarquía que ustedes armaron mal. Porque falta el jefe de verdad.
Soltó a Blake y se volvió hacia Chris, que no había dejado de temblar.
—Levántate, Christopher. Gatea hasta aquí y huele a tu padre después de doce horas de avión y sudor.
Chris debido al miedo (y excitación por partes iguales) obedeció al instante, gateando con las manos aún atadas a la espalda. Se detuvo frente a las botas de trabajo de Marco, nariz casi tocando la entrepierna del pantalón. Marco se abrió el cinturón con calma deliberada, bajó el cierre y sacó su polla. Era monstruosa: más gruesa que las de cualquiera de sus hijos, venas marcadas como cables, prepucio grueso retraído a medias dejando ver un glande morado e hinchado. El olor golpeó a Chris como un puñetazo: sudor rancio de viaje, orina vieja atrapada en el pliegue, almizcle de macho sin ducharse, un leve toque a whisky derramado.
—Huele profundo, putita. Huele al hombre que te hizo —ordenó Marco.
Chris inhaló con fuerza, nariz pegada a los huevos pesados y peludos. El olor era tan intenso que le mareó la cabeza. Su polla, que apenas había bajado, volvió a endurecerse dolorosamente contra el encaje húmedo.
—Joder… papá… tu olores tan fuerte… hueles tanto a macho… —susurró Chris, voz rota.
Marco lo agarró del pelo con brutalidad y frotó toda su cara contra la entrepierna sudada, desde los huevos hasta la base de la verga, dejando un rastro brillante de sudor y pre-semen.
—Porque soy hombre de verdad. No como ustedes que se disfrazan de machos y luego se mean encima cuando
papá llega.—Miró a los otros dos—. Desnúdense. Todo. Ahora.
Alex y Blake obedecieron en silencio, quitándose lo poco que les quedaba. Marco terminó de desvestirse también: botas, pantalones, calcetines empapados de sudor que olían a cuero viejo y pies. Quedó completamente desnudo.
Abdominales marcados bajo vello espeso, cicatrices en los costados, culo firme y muslos como columnas. Su verga apuntaba al techo, goteando un hilo continuo.
—Los tres de rodillas. En fila. Cara a cara conmigo.
Se arrodillaron. Marco caminó lentamente frente a ellos, balanceando la polla como un metrónomo. Primero Chris: empujó hasta el fondo de la garganta, manteniéndola ahí hasta que las arcadas y las lágrimas brotaron. Luego Blake: folló su boca con ritmo cruel, pellizcando y retorciendo los pezones hasta que gimió alrededor de la carne. Finalmente, Alex: lo obligó a mirarlo a los ojos mientras le follaba la boca.
—Mírame, “alfa”. Mírame mientras chupas la polla del verdadero macho de la casa. No eres nada. Solo un niñito que juega a dominar porque papá no estaba. Ahora vas a aprender tu lugar.
Alex gimió, humillado hasta el fondo del alma. Marco sacó la polla y escupió tres veces, una en cada cara.
—Chris, sube al sofá. A cuatro patas, culo abierto. Quiero inspeccionar el desastre que dejaron mis hijos.
Chris trepó, piernas separadas al máximo, bragas rasgadas colgando de un tobillo. Marco se arrodilló detrás, acercó la nariz al ano hinchado y olió profundamente.
—Huele a semen joven… a mis hijos… pero falta madurez. Falta olor a hombre de verdad.
Escupió en su propia palma, untó la saliva en la verga y colocó la cabeza gruesa contra el agujero ya maltratado. Empujó de un solo golpe brutal, entrando hasta los huevos. Chris gritó, cuerpo arqueándose, lágrimas cayendo en chorro.
—¡Papá! ¡Es demasiado grande! ¡Me parte! —sollozó.
Marco no se inmutó. Empezó a bombear con fuerza animal, cada embestida haciendo que las nalgas de Chris chocaran contra su pelvis con un sonido húmedo y obsceno.
—Te parte porque te lo mereces, putita. Papá volvió para reclamar lo que es suyo. Este culo salió de mí… ahora vuelve a mí.
Blake y Alex miraban hipnotizados, pollas duras otra vez. Marco los llamó con un chasquido de dedos.
—Blake, boca. Alex, ayúdame a abrirlo más. Dedos dentro junto con mi verga. Quiero que este agujero no cierre nunca.
Blake se colocó delante, metiendo su polla hasta la garganta de Chris, follándole la cara con saña. Alex, temblando, metió dos dedos junto a la verga de su padre, estirando el anillo al límite. Chris aullaba, pero su polla chorreaba sin parar, corriéndose en espasmos sobre el sofá.
Marco gruñó insultos sin parar.
—Eres el agujero oficial de los Rivera, Chris. Tus hermanos te usan de juguete… yo te rompo de verdad. ¿Te gusta sentir la polla que te engendró destrozándote? Di que sí, zorra.
—¡Sí… papá… rómpeme… soy tu puta… la puta de la familia! —lloraba Chris entre arcadas.
Marco aceleró, embistiendo con violencia, hasta que eyaculó con un rugido que hizo temblar las ventanas. Chorros espesos, calientes, interminables. El semen se desbordó inmediatamente, cayendo en hilos gruesos por los muslos de Chris. Marco salió con un sonido húmedo y obsceno, el ano de Chris quedando abierto como una boca jadeante.
—Ahora limpien, los dos. Lengua dentro. Chupen cada gota de papá.
Alex y Blake se lanzaron al culo de su hermano, lamiendo, succionando, metiendo lengua lo más profundo posible mientras Marco se sentaba en el sillón, verga aun goteando, bebiendo whisky y observándolos con satisfacción.
Pero no había terminado.
—Levántense. Los tres en fila otra vez. Voy a marcarlos a todos.
Los hizo ponerse uno al lado del otro, culo contra la pared. Sacó su cinturón de cuero gastado y empezó a azotar: primero Chris (diez golpes fuertes en las nalgas ya destrozadas), luego Blake (enfocándose en los muslos internos hasta que gritó), finalmente Alex (quince golpes brutales, haciendo que el “alfa” llorara por primera vez en años).
—Nadie manda aquí más que yo —sentenció Marco mientras azotaba—. Desde hoy, reglas nuevas: viernes y sábado papá llega a las 10 pm. Su madre se quedará fuera por un tiempo debido al trabajo y los quiero a los tres esperando Chris tú en lencería completa: bragas, medias, liguero, plug puesto desde las 8. Ano limpio por fuera, sucio y hambriento por dentro. Si no están listos, castigo doble. ¿Entendido?
—Sí, papá… —respondieron los tres al unísono, voces rotas.
Marco sonrió, acariciando su verga que ya volvía a endurecerse.
—Bien. Ahora traigan la cámara. Vamos a grabar el primer video oficial de la familia Rivera. Chris en el centro, yo detrás, ustedes dos a los lados. Quiero que cada fin de semana vean esto y recuerden quién es el dueño.
Los hermanos obedecieron, temblando de miedo, vergüenza y excitación. Marco colocó a Chris boca abajo sobre la mesa del comedor, piernas abiertas, y volvió a entrar sin piedad. Mientras follaba, ordenó a Alex y Blake que se masturbasen sobre la cara de su hermano.
—Córranse en su cara. Que huela a familia toda la noche.
Uno tras otro eyacularon sobre Chris, semen caliente cubriendo mejillas, labios, ojos cerrados. Marco terminó dentro otra vez, llenándolo hasta que el abdomen de Chris se hinchó ligeramente.
Cuando terminaron, Marco los obligó a dormir en la misma cama king size de la habitación principal: Chris en el centro, ano goteando, Marco a un lado abrazándolo posesivamente, Alex y Blake a los costados, cuerpos pegados, olor a sexo impregnando las sábanas.
—Duerman, mis bebés —murmuró Marco, besando la nuca de Chris—. Mañana sábado traigo algunos juguetes. Vamos a ver cuánto aguantan antes de suplicar que pare… aunque sé que no van a querer que pare nunca.
La casa familiar ya no era solo un lugar de juegos entre hermanos. Ahora era el reino absoluto de Marco Rivera. Y cada fin de semana, el olor a sumisión, semen y sudor se volvía más denso, más permanente, más adictivo.
Los hermanos ya no eran solo hermanos. Eran las putas privadas de su padre. Y lo aceptaban con una sonrisa rota y pollas duras.
Continuará…



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