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Dominación Hombres, Gays, Incestos en Familia

Los Rivera. 3

Durante el sábado, mientras Elena está fuera por trabajo, Marco consolida su reino y una llamada pondrá el morbazo en juego.
seguimos con esta parte 3 esperando que la disfruten. los quiero <3.


El sábado se extendió como una niebla espesa y caliente que se negaba a disiparse. El sol apenas lograba atravesar las cortinas gruesas del salón principal, dejando la casa en una penumbra perpetua que olía a sexo estancado, cuero curtido, semen seco y sudor de tres días sin ventilación. Chris despertó con un gemido ahogado: el ano le ardía como si alguien hubiera dejado un hierro caliente dentro. Cada latido era un recordatorio brutal de la noche anterior. El plug más grande que tenía —el de silicona negra de 7 cm de diámetro en la base— seguía enterrado hasta el fondo, colocado por Marco antes de dormir, con la orden estricta de no sacarlo hasta nuevo aviso. El metal del candado del collar nuevo (negro, con argolla plateada y grabado “Propiedad de Marco Rivera”) rozaba su clavícula cada vez que tragaba saliva.

Marco ya no estaba en la cama. Se oía agua corriendo en el baño del piso de arriba. Alex y Blake seguían dormidos a su lado, cuerpos desnudos pegados al suyo por el calor y la costumbre recién adquirida de dormir enredados. Alex tenía una mano posesiva sobre el muslo de Chris, Blake respiraba contra su nuca. El olor combinado de los tres era abrumador: almizcle masculino, semen rancio, el leve toque metálico de la orina que se había escapado durante la noche de puro agotamiento.

Chris intentó moverse. El plug se desplazó apenas un centímetro y el dolor lo hizo jadear. Intentó gatear fuera de la cama sin despertarlos, pero el colchón crujió y Marco apareció en el umbral del dormitorio, completamente desnudo, verga ya semidura balanceándose con cada paso. Llevaba el teléfono en la mano y una sonrisa lenta que no prometía nada bueno.

—Buenos días, mi putita favorita —dijo en voz baja, casi cariñosa—. ¿Ya quieres escapar?

—No, papá… solo… el plug… duele mucho…

Marco se acercó, se arrodilló en el borde de la cama y metió dos dedos junto al plug, empujándolo más adentro sin piedad. Chris arqueó la espalda y mordió la sábana para no gritar.

—Duele porque te lo mereces. Ese culo tiene que aprender a quedarse abierto todo el día. Ahora levántate. Desayuno. Desnudo. Gateando. Y no quiero ni un sonido que no sea un gemido de agradecimiento.

Chris obedeció. Bajó las escaleras a cuatro patas, el plug golpeando contra su próstata con cada peldaño. El semen de la noche anterior seguía goteando en hilos lentos y pegajosos por sus muslos internos, dejando un rastro brillante en la madera. En la cocina preparó café fuerte, huevos revueltos, tocino crujiente y pan tostado. Cada movimiento hacía que el plug se moviera, enviando oleadas de dolor-placer que lo hacían temblar.

Cuando terminó, Marco ya estaba sentado a la cabecera, piernas abiertas, bóxers negros bajados hasta los tobillos. Alex y Blake bajaron poco después, también desnudos, collares idénticos al de Chris brillando bajo la luz de la lámpara. Marco señaló el suelo entre sus muslos.

—Aquí, Christopher. Come como perro bueno.

Chris se arrodilló. Marco le daba pedazos de comida directamente con los dedos: tocino grasiento, huevo húmedo, pan empapado en café. Cada tanto metía los dedos hasta el fondo de la garganta, obligándolo a chupar la grasa y la yema. Alex y Blake comían en silencio, mirándolo con una mezcla de envidia y excitación contenida.

El teléfono de Marco vibró. Pantalla: “Elena ♥”. Segunda llamada en menos de 24 horas. Marco miró a sus hijos. Una sonrisa depredadora se extendió por su cara.

—Ni respiren fuerte —ordenó en un susurro.

Pulsó el botón de altavoz y contestó con voz calmada, casi aburrida.

—Hola, amor. ¿Ya despertaste?

La voz de Elena sonó alegre, ajena a todo.

—Buenos días, mi rey. Estoy en el hotel todavía, tomando café horrible de máquina. La reunión de hoy se adelantó a las 10, así que tengo un rato. ¿Cómo amanecieron allá? ¿Los chicos se portaron bien?

Marco miró fijamente a Chris, que seguía arrodillado entre sus piernas. Con la mano libre bajó del todo el bóxer y sacó su verga gruesa, venosa, ya completamente erecta. La apoyó contra los labios de Chris y le hizo un gesto: “abre”.
Chris obedeció. La tomó despacio, lengua plana, intentando no hacer ruido. Marco siguió hablando como si estuviera solo en la cocina.

—Todo en orden, mi vida. Los chicos están… muy aplicados esta mañana. Chris en particular está demostrando mucho esfuerzo. —Empujó las caderas apenas, metiendo la verga hasta la mitad de la garganta—. Está muy concentrado en… absorber todo lo que le doy.

Elena rio al otro lado.

—Pobrecito mi tímido. Dile que lo extraño mucho. ¿Y tú? ¿Dormiste bien?

Marco aceleró el ritmo sutilmente, follándole la boca con movimientos cortos y profundos. La saliva de Chris empezaba a gotear por su barbilla.

—Dormí como rey. La casa se siente… completa. —Su voz se mantuvo perfectamente estable—. Aunque extraño tenerte aquí para… desahogarme un poco. Estos días solo con los chicos me tienen… tenso.

—Ay, amor, qué lindo. Cuando vuelva el lunes te compenso, ¿eh? Te extraño en la cama.

Marco empujó hasta el fondo y se quedó ahí, sintiendo cómo la garganta de Chris se contraía en arcadas silenciosas. Lágrimas rodaban por las mejillas del chico.

—Créeme que yo también te extraño, Elena. Muchísimo. —Su voz bajó un tono, ronca—. Pero tranquilo, aquí todo está bajo control.

Colgó. Dos segundos de silencio absoluto.

Entonces Marco agarró la nuca de Chris con ambas manos y empezó a follarle la boca con fuerza contenida pero implacable. Los sonidos húmedos y las arcadas ahogadas llenaban la cocina. Alex y Blake miraban hipnotizados, pollas duras, sin atreverse a tocarse.

—Escucharon, putas —susurró Marco—. Mamá se queda hasta el lunes por la tarde. Eso nos da… —miró el reloj de pared— casi 48 horas más. Dos días enteros para romperlos como se debe.

Sacó la verga de la boca de Chris con un chasquido obsceno y la apoyó en su cara, masturbándose rápido.

—Los tres. Boca abierta. Lenguas fuera.

Se arrodillaron en fila. Marco eyaculó con un gruñido bajo y largo: chorros espesos que cayeron en cascada sobre las caras, lenguas, pelo. El último chorro lo dirigió a los ojos abiertos de Chris, obligándolo a parpadear entre lágrimas y semen.

—Traguen. Y digan: gracias, papá, por marcarnos mientras hablabas con mamá.

—Gracias, papá… por marcarnos mientras hablabas con mamá… —repitieron los tres, voces temblorosas.
Marco se limpió la verga en la mejilla de Alex y se sentó de nuevo.

—Terminen de comer. Después subimos al sótano. Pedí un paquete express anoche. Llegó hace una hora. Collares con candado permanente, correas de muñecas y tobillos con argollas, un arnés doble para Chris con dos plugs simultáneos, pinzas para pezones con cadena, un látigo de nueve colas de cuero genuino y una mordaza de bola grande. Vamos a pasar el día probando límites.

Hizo una pausa, mirando a cada uno.

—Y cada vez que Elena llame… uno de ustedes va a estar en una posición comprometida. Chris debajo de la mesa chupando. Blake montándome en el sofá mientras hablo con ella. Alex con mi verga en el culo, quieto, sin moverse, solo sintiendo cómo hablo con su madre como si nada. Quiero que se corran del morbo de engañarla sin que se entere.

Chris tembló visiblemente. Su polla goteaba sin parar.

Marco se levantó, verga todavía goteando.

—Arriba. Gateando. Culos en pompa. Chris, saca el plug solo para que yo vea cuánto se ha abierto ese agujero. Quiero inspeccionarlo antes de meterle los dos nuevos.

Subieron las escaleras como animales obedientes. En el sótano, un espacio que antes era solo bodega y ahora olía a nuevo cuero y lubricante. Marco abrió la caja grande de cartón negro. Sacó cada objeto uno a uno, describiéndolos con voz grave y detallada.

Primero los collares: cuero grueso de 5 cm de ancho, forrados por dentro con felpa para no lastimar la piel en sesiones largas, pero con candado de combinación que solo él conocía.
Luego las correas: muñecas y tobillos, con argollas en D para atar a lo que quisiera.
El arnés doble: dos plugs conectados, uno más pequeño adelante para la próstata, el grande atrás para estirar. Correas ajustables para que quedara fijo todo el día.
Pinzas para pezones con cadena larga: podía tirar de ellas para obligarlos a arquearse.
El látigo: nueve tiras de cuero negro, mango trenzado. Marco lo probó en el aire; el chasquido resonó como un trueno.
La mordaza: bola de silicona roja de 5 cm, correas ajustables detrás de la cabeza.

—Y esto —dijo sacando un frasco grande de lubricante con efecto calor— es para que sientan fuego por dentro cuando los folle.

Los miró a los tres, desnudos, arrodillados, collares puestos, pollas duras y goteando.

—Hoy no hay piedad. Van a gatear, lamer, chupar, ser follados, azotados, atados, humillados. Y cada vez que su madre llame… van a aprender a gemir en silencio.

Marco se sentó en el viejo sofá del sótano, piernas abiertas.

—Chris primero. Arnés doble. Ahora.

Chris gateó hasta él. Marco le untó lubricante con efecto calor en el ano y la próstata, metiendo dedos para esparcirlo. Chris jadeó cuando el calor empezó a quemar.

Luego el arnés: el plug pequeño entró primero, presionando directo contra la próstata. El grande después, estirando el anillo hasta el límite. Chris lloró mientras entraba, pero su polla chorreaba más.
Marco ajustó las correas, cerró los broches.

—Ahora camina por el sótano. Quiero verte moverte con eso dentro.

Chris gateó en círculos, cada movimiento haciendo que los plugs golpearan dentro. El calor ardía, el estiramiento dolía, pero el placer lo volvía loco.

Marco miró a los otros dos.

—Blake, arrodíllate y lame el culo de tu hermano mientras yo hablo con mamá la próxima vez. Alex, ponte las pinzas en los pezones y la cadena. Cada vez que tire, vas a gemir bajito.

El teléfono vibró otra vez. Elena y a Marco se le cruzó una sonrisa en la cara.

—Silencio. Empieza el juego.

Contestó.

—Hola, mi amor… sí, todo bien… los chicos están… muy ocupados aprendiendo a obedecer…

Mientras hablaba, empujó a Chris contra el suelo, sacó los plugs solo para meter su verga cruda hasta el fondo. Chris mordió su propio brazo para no gritar.

La voz de Elena seguía sonando dulce e ignorante al otro lado y así siguió el sábado: llamadas, mentiras perfectas, folladas brutales en secreto, azotes que dejaban la piel en carne viva, humillación verbal constante, olores intensos de sudor, semen, lubricante caliente y miedo excitado. Dos días enteros. 48 horas de reino absoluto.

Cuando Elena regresara el lunes por la tarde, encontraría una casa impecable, hijos sonrientes y un marido cariñoso.
Nunca sabría que debajo de las camisas y los pantalones había collares escondidos, ano dilatados, marcas ocultas y tres putas perfectamente entrenadas que ya no podían vivir sin el olor, el dolor y el control de Marco Rivera.
Y ellos… ellos ya no querían que cambiara nada.

Continuará…

8 Lecturas/24 enero, 2026/0 Comentarios/por Phorass
Etiquetas: baño, culo, hermano, hotel, madre, metro, semen, sexo
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