Los Rivera. 4
Marco ata, castiga sin piedad y rompe límites..
no quiero quitarles mas tiempo así que los dejó con esta cuarta y penúltima parte espero la disfruten. Los quiero <3
El domingo se arrastró como una bestia herida, lenta y pesada, bajo un cielo gris que descargaba lluvia intermitente contra los vidrios empañados. Dentro de la casa Rivera el tiempo ya no se medía en horas, sino en pulsaciones: el latido del ano dilatado de Chris, el roce constante de las cadenas en las muñecas de Alex, el zumbido intermitente del vibrador prostático que Marco controlaba desde el bolsillo como si fuera un interruptor de luz. El sótano había dejado de ser un espacio olvidado para convertirse en el corazón palpitante del reino: paredes de hormigón que sudaban humedad, suelo frío salpicado de gotas secas de lubricante, semen y lágrimas, el aire tan denso que se podía masticar. Marco había bajado la calefacción a 16 grados adrede; quería que el frío les mordiera la piel desnuda, que los pezones se endurecieran hasta doler, que el sudor brotara en capas finas y saladas para intensificar cada olor.
Chris ya no recordaba cómo se sentía caminar erguido. Desde el sábado al mediodía Marco le había colocado grilletes de cuero en los tobillos unidos por una cadena de acero de apenas 40 cm: pasos minúsculos o gateo forzado. El arnés doble seguía enterrado en su interior. El plug frontal, más delgado pero curvado con precisión quirúrgica, presionaba sin descanso contra su próstata; el trasero, ahora inflable, Marco lo había hinchado tres veces más desde la mañana. Cada hora exacta, como un reloj sádico, Marco sacaba el control remoto, pulsaba el botón + y observaba cómo Chris se arqueaba, mordiéndose el labio inferior hasta sangrar un poco, conteniendo el gemido porque había aprendido que cualquier sonido no autorizado significaba cinco azotes extra con el látigo de nueve colas.
Alex y Blake tampoco escapaban del castigo colectivo. Sus collares —el mismo cuero grueso negro con argolla frontal y candado de combinación que solo Marco conocía— tenían correas largas atadas a argollas empotradas en la pared del sótano. Radio de movimiento: tres metros exactos. Suficiente para gatear en círculos, lamer el suelo si se les ordenaba, pero nunca para esconderse. Marco había decidido que Alex, el que una vez se creyó alfa, necesitaba una lección permanente de humildad: desde el sábado llevaba un plug con cola de zorro falsa (cola sintética blanca y negra que se movía cada vez que caminaba o gateaba). Cada vez que Marco pasaba cerca le daba una palmada fuerte en las nalgas para hacerla oscilar, y comentaba en voz baja: “Mira qué perrita linda se volvió el machito”. Blake, por su parte, había sonreído con demasiada picardía durante la tercera llamada de Elena el sábado por la tarde. Castigo: mordaza de bola roja durante dos horas seguidas mientras Marco lo follaba lento, profundo y sin prisa, obligándolo a gemir contra la silicona hasta que la saliva le corría por el pecho en ríos.
Eran las 11:47 de la mañana cuando el teléfono vibró sobre la mesa improvisada del sótano. Pantalla: “Elena ♥”. La cuarta llamada del fin de semana. Marco estaba sentado en el sillón viejo de cuero gastado, piernas abiertas, verga dura apoyada contra su abdomen velludo, goteando un hilo continuo de pre-semen que caía sobre el muslo de Chris. Este último gateaba entre sus piernas, lengua plana recorriendo los huevos pesados y peludos, saboreando el sudor acumulado de la noche, el leve regusto a orina seca del amanecer, el almizcle espeso de macho sin ducharse desde el viernes.
Marco pulsó el botón de altavoz y contestó con esa voz serena, casi aburrida, que ya se había convertido en su segunda piel.
—Hola, mi amor. ¿Ya terminaste la reunión?
La voz de Elena salió clara, agotada, pero con ese tono cariñoso que hacía que los tres hermanos sintieran una punzada extraña de culpa mezclada con excitación.
—Acabamos hace diez minutos, Marco. Estoy muerta. Pero buenas noticias: cerramos todo antes de lo esperado. Llego mañana a las 5:17 de la tarde. ¿Puedes ir a buscarme al aeropuerto? No quiero tomar taxi después de tanto vuelo.
Marco miró fijamente a Chris, que seguía lamiendo con devoción religiosa. Metió la mano libre en el pelo corto y húmedo del chico y empujó su cabeza hacia abajo, obligándolo a meter la lengua entera en el culo sudado. Chris obedeció sin dudar, nariz pegada al perineo, inhalando profundo mientras la lengua exploraba.
—Claro que sí, cariño. Te recojo puntual. Los chicos y yo te estamos esperando con muchas ganas. —Su voz no varió ni un ápice mientras Chris gemía bajito contra su piel, el sonido ahogado por la carne—. Han estado… muy dedicados estos días. Aprendiendo rápido.
Elena suspiró con ternura al otro lado.
—Qué lindos mis bebés. Dale besos de mi parte a los tres. ¿Chris sigue con esa timidez que me parte el alma o ya se soltó un poco?
Marco empujó las caderas hacia adelante, metiendo la verga entera en la boca de Chris hasta que la nariz tocó el pubis espeso. La garganta se contrajo en arcadas silenciosas; lágrimas rodaron por las mejillas hinchadas.
—Se soltó bastante, amor. Está… abriéndose mucho. Aprendiendo a recibir sin quejarse. —Apretó más la nuca de Chris, follándole la boca con movimientos cortos y controlados—. Ahora mismo está demostrando cuánto ha avanzado. Muy aplicado.
—Ay, pobrecito mi tímido. Me muero por abrazarlo. Bueno, descansen hoy, ¿sí? Mañana nos vemos y recupero todo el tiempo perdido contigo… y con ellos. Los extraño tanto.
Marco aceleró apenas el ritmo, la verga entrando y saliendo de la garganta empapada mientras respondía con calma absoluta.
—Te esperamos con ansias, Elena. No tienes idea. —Su voz bajó a un ronroneo grave—. Esta casa se siente… incompleta sin ti. Pero tranquilo, aquí todo está bajo control.
Colgó. Tres segundos de silencio absoluto. Solo se oía la respiración agitada de Chris, el goteo de saliva en el suelo y el leve tintineo de las cadenas de Alex y Blake.
Marco sacó la verga de la boca de Chris con un chasquido húmedo y viscoso. Saliva espesa y pre-semen colgaban en hilos largos de los labios hinchados y enrojecidos.
—Arriba los tres. A la cruz de San Andrés. Ahora.
La cruz improvisada —dos vigas gruesas clavadas en forma de X contra la pared— ya tenía las argollas preparadas. Ataron primero a Chris: muñecas arriba, tobillos abajo, cuerpo en cruz perfecta, expuesto. El arnés doble seguía dentro, el plug inflable hinchado al máximo. Marco sacó el control remoto y lo puso en vibración alta continua. El zumbido se oyó claramente en el sótano silencioso; Chris se arqueó, mordiéndose el antebrazo para no gritar.
—Grita todo lo que quieras ahora, putita. Mamá ya colgó.
Luego ataron a Blake y Alex en posiciones idénticas a cada lado. Marco se paseó frente a ellos con el látigo de nueve colas en una mano y el cinturón de cuero gastado en la otra.
—Hoy es el día de la purga final. Antes de que mamá pise esta casa mañana, quiero que queden marcados de verdad. Que lleven mi firma en la piel hasta que se borre… y después también, porque van a pedir más.
Empezó con Chris. Diez azotes fuertes en el pecho, dejando líneas rojas que se hinchaban al instante. Luego quince en los muslos internos, tan cerca del escroto que cada golpe hacía que los huevos se balancearan. Finalmente, veinte en las nalgas ya moradas y abiertas, el látigo silbando en el aire antes de morder. Chris lloraba abiertamente, pero su polla goteaba sin parar, chorros pequeños de pre-semen cayendo al suelo.
Blake fue el siguiente: azotes en la planta de los pies (dolor nuevo, eléctrico, que subía por las piernas como corriente), en los costados hasta que los músculos se contrajeron en espasmos, en la cara interna de los muslos hasta que las piernas temblaban incontrolablemente.
Alex, el último, recibió el tratamiento completo. Marco se tomó su tiempo: treinta azotes en las nalgas, veinte en la espalda, quince en el pecho. Luego se acercó, le quitó el plug de cola con un tirón seco y lo tiró al suelo.
—Mírame, “alfa”. Mírame a los ojos mientras te rompo como a la perra que eres.
Metió tres dedos en seco, luego cuatro, luego la mano entera hasta el puño. Alex gritó, cuerpo convulsionando, lágrimas cayendo en chorro. Marco folló con la mano lenta y profunda, girando la muñeca para estirar cada centímetro del anillo.
—Esto es lo que mereces por creer que mandabas algo. Tu culo es mío. Tu dolor es mío. Tu vergüenza es mía.
Cuando terminó, sacó la mano con un sonido obsceno y húmedo. El ano de Alex quedó abierto como una boca jadeante, palpitante, rojo brillante.
Marco se colocó detrás de Chris, sacó los plugs del arnés con violencia y entró crudo, brutal, hasta los huevos en un solo empujón. Follando con saña mientras tiraba de la cadena que unía las pinzas de pezones de los otros dos.
—Uno por uno van a correrse sin tocarse. Solo con mi verga dentro, el dolor y la humillación. Y cada vez que se corran van a gritar: “Gracias, papá, por rompernos antes de que mamá llegue”.
Chris fue el primero: el vibrador prostático zumbando sin parar, la verga gruesa de Marco golpeando su próstata hinchada, los azotes residuales ardiendo como fuego. Se corrió con un aullido roto, semen salpicando el suelo en chorros largos.
—Gracias… papá… por romperme…
Blake siguió poco después, eyaculando solo con el látigo rozando sus muslos sensibles y la visión de su hermano destrozado.
—Gracias… papá…
Alex resistió más. Marco tuvo que meterle la otra mano en la boca como mordaza improvisada, follarlo con el puño mientras lo azotaba con el cinturón en las costillas. Cuando por fin se corrió, fue un chorro abundante y violento que cayó en el suelo formando un charco.
—Gracias… papá…
Marco los dejó atados un rato largo, respirando agitados, cuerpos temblorosos y brillantes de sudor. Luego los desató uno a uno, los hizo gatear hasta el centro del sótano y formar un círculo perfecto.
—Ahora limpien. Lengua en el culo del otro. Quiero que huelan, prueben y recuerden exactamente lo que queda de papá en cada agujero.
Los tres obedecieron sin dudar. Chris lamió primero el ano abierto de Alex, saboreando semen rancio, lubricante con efecto calor, sudor salado. Alex hizo lo mismo con Blake. Blake con Chris. Lenguas profundas, narices pegadas, inhalando el olor combinado de familia rota y reconstruida bajo el control absoluto de Marco.
Marco se sentó en el sillón, masturbándose despacio, observándolos con ojos hambrientos.
—Esto es lo que son ahora. Mis tres putas familiares. Mañana cuando mamá llegue van a sonreír, la van a abrazar fuerte, van a ayudarla con las maletas, van a cenar con ella como si nada hubiera pasado. Pero debajo de las camisas y los pantalones llevarán los collares escondidos. Los plugs más pequeños que puedan llevar todo el día sin que se note. Y cada vez que ella salga de la habitación, cada vez que vaya al baño o conteste el teléfono… van a gatear hasta mí en silencio y ofrecerse. Boca, culo, lo que yo quiera.
Hizo una pausa larga, dejando que las palabras se asentaran.
—Y si alguna vez se portan mal, si alguno se atreve a olvidar su lugar… le diré a mamá que los tres se han vuelto muy… serviciales. Muy obedientes. Y la invitaré a ver cómo los entreno. Cómo los marco. Cómo los hago gemir en silencio mientras hablamos con ella por teléfono.
Los tres temblaron visiblemente, pero asintieron al unísono.
—Gracias, papá…
Marco sonrió, una sonrisa lenta y satisfecha.
—Ahora a dormir. Mañana temprano limpian la casa de arriba abajo. Nada de rastros. Ni un olor, ni una mancha, ni una cadena fuera de lugar. Mamá no puede sospechar nada.
Los llevó a la cama king size de la habitación principal otra vez. Chris en el centro, ano goteando, arnés quitado solo para que Marco pudiera entrar una última vez antes de dormir. Marco a un lado, abrazándolo posesivamente, verga semidura apoyada contra su culo. Alex y Blake pegados a los costados, cuerpos calientes y exhaustos.
Antes de apagar la luz, Marco susurró contra la nuca de Chris.
—Mañana cuando ella llame desde el aeropuerto para avisar que ya aterrizó… uno de ustedes va a estar debajo de la mesa del comedor, chupándome lento y profundo mientras hablo con ella por teléfono.
—Y van a tragar todo sin hacer ni un puto ruido.
La lluvia seguía cayendo afuera, golpeando los vidrios como un aplauso lento.
Dentro, el reino de Marco Rivera estaba completo.
Y los hermanos Rivera ya no recordaban —ni querían recordar— cómo era la vida antes de ser sus esclavos perfectos, entrenados para mentir con una sonrisa mientras su madre los besaba en la frente y preguntaba cómo habían pasado el fin de semana.
Continuará…



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