Los Rivera. 5 Final.
Regresa Elena, última bajada al sótano.
si llegaste hasta acá déjame decirte que eres de los míos. vamos con el capitulo final para esta historia Los quiero <3.
El lunes amaneció con un calor, el tipo de bochorno que hacía que la ropa se pegara a la piel y el aire oliera a asfalto caliente y jazmines marchitos. Dentro de la casa Rivera, sin embargo, el ambiente era otro: limpio en la superficie, podrido por debajo. Marco había obligado a los tres hermanos a limpiar durante cuatro horas seguidas esa mañana: aspiradora en cada rincón, trapeador con desinfectante industrial, sábanas lavadas, el sótano ventilado con dos ventiladores potentes hasta que el olor a semen rancio, sudor de tres días y ano dilatado se diluyera en un leve rastro de limón químico. Cada mancha que encontraba —una gota seca en la alfombra del living, un hilo de saliva en el sofá, una salpicadura de lubricante en el piso del sótano— era castigada con cinco azotes secos del cinturón en las nalgas desnudas. Chris había recibido quince por una gota olvidada bajo la mesa del comedor; Alex, diez por no frotar bien el borde de la cruz de San Andrés; Blake, ocho por sonreír cuando Marco lo pilló oliendo sus propias bragas usadas del viernes.
Ahora todo parecía normal. La casa olía a hogar: café recién hecho, pan tostado, el leve aroma floral del ambientador que Elena siempre compraba. Pero bajo las camisetas de cuello alto y los jeans holgados, los hermanos llevaban su uniforme secreto: collares de cuero negro escondidos, argollas rozando la piel cada vez que tragaban; plugs medianos insertados desde el amanecer —el de Chris inflable a medio nivel, presionando la próstata con cada movimiento; el de Alex con vibración intermitente controlada por el teléfono de Marco; el de Blake uno con base ancha que lo obligaba a caminar con las piernas ligeramente abiertas—. Sus anos seguían hinchados, morados en los bordes, con moretones que bajaban hasta los muslos internos como firmas indelebles. Sus pollas, traicioneras, se endurecían al menor roce del plug o al cruzar la mirada con Marco.
Eran las 17:02 cuando el teléfono vibró sobre la encimera de la cocina. Pantalla: “Elena ♥ – Llamada entrante”. Marco estaba preparando un mate cebado, camiseta blanca ajustada marcando el pecho velludo, pantalones deportivos que no ocultaban del todo su semierección permanente. Los tres hermanos se congelaron: Chris cortando cebolla para la ensalada, Alex poniendo la mesa, Blake lavando platos. Marco pulsó altavoz y contestó con esa voz profunda, paternal, que ahora era puro teatro sádico.
—Hola, mi reina. ¿Ya aterrizaste?
La voz de Elena salió clara, agotada pero feliz, con el ruido de fondo del aeropuerto.
—Sí, amor, acabo de bajar del avión. Estoy en migraciones, pero voy rápido. En unos veinte minutos salgo por la puerta de llegadas. ¿Vienes por mí?
Marco miró a Chris. Con un gesto sutil del mentón señaló el suelo entre sus piernas. Chris dejó el cuchillo, gateó despacio bajo la mesa del comedor —rodillas contra el piso frío, plug rozando su próstata con cada centímetro—, y se posicionó entre los muslos abiertos de su padre. Marco abrió el cierre del pantalón con calma deliberada, sacó su verga gruesa, venosa, aún oliendo a la follada matutina en el sótano (semen seco, ano de Chris, lubricante con efecto calor), y la apoyó contra los labios temblorosos del chico.
—Claro que sí, cariño. Salgo en cinco minutos. Los chicos están emocionados por verte. —Empujó las caderas apenas, metiendo la verga hasta la mitad de la boca de Chris, sintiendo la lengua caliente envolviéndola—. Han sido muy… obedientes estos días. Muy aplicados.
Elena rio con ternura al otro lado.
—Qué lindo. Me muero por abrazarlos a los tres. ¿Chris? Dile que prepare su abrazo favorito, el de osito apretado, que lo extraño mucho a mi tímido precioso.
Marco agarró la nuca de Chris con la mano libre y empujó profundo, hasta que la nariz tocó el pubis espeso y la garganta se contrajo en arcadas mudas. Lágrimas rodaron por las mejillas hinchadas mientras Chris lamía el glande salado, saboreando el pre-semen fresco que brotaba sin parar.
—Se lo diré, amor. Está muy concentrado ahora mismo… absorbiendo todo lo que le doy. —Su voz seguía serena, casi aburrida, mientras follaba la boca con movimientos lentos y profundos—. Va a estar listo para abrazarte como se debe.
—Perfecto. Nos vemos pronto, mi rey. Te amo con todo el corazón.
—Te amo más, mi vida. Te espero con ganas.
Colgó.
Solo se oía el sonido húmedo de la boca de Chris succionando, era su momento favorito después de las llamadas, el goteo de saliva cayendo al piso, la respiración pesada de Alex y Blake que observaban desde sus puestos.
Marco miró a los otros dos, pollas duras marcando los pantalones.
—Terminen de preparar la cena, putas. Chris, chupa más profundo. Quiero correrme en tu garganta antes de ir por mamá. Quiero que cuando la bese en el aeropuerto, mi verga aún huela a tu saliva de marica.
Chris obedeció al instante, cabeza subiendo y bajando con saña, lengua girando alrededor de las venas gruesas, nariz pegada al pubis inhalando el almizcle sudoroso de huevos sin lavar desde la noche anterior. Marco gruñó bajito, voz ronca de morbo.
—Mira qué zorra ansiosa eres. Chupando la polla de papá mientras hablo con tu madre por teléfono. Eres una puta familiar de mierda, un agujero para desahogarme antes de besarla en la boca. Traga profundo, cerdo, siente cómo te lleno la garganta con semen rancio mientras ella espera con su maleta en el aeropuerto. ¿Te gusta saber que voy a oler a ti cuando la abrace? ¿Que mi lengua va a tener tu sabor cuando la bese?
Chris gimió alrededor de la verga, polla goteando dentro de los jeans, plug presionando su próstata sin piedad. Alex y Blake se masturbaban despacio bajo la mesa, mirando el espectáculo con ojos vidriosos. Marco aceleró, follándole la boca con brutalidad contenida.
—Joder, qué garganta apretada y caliente. Igual que tu culo roto después de tres días de uso. ¿Quieres que te mee en la boca después, marica? Un chorrito caliente para que huelas a orina de papá todo el día mientras cenas con mamá. Di que sí, zorra.
Chris asintió con la cabeza, arcadas ahogadas, lágrimas cayendo. Marco eyaculó con un gruñido bajo y largo: chorros espesos, calientes, directo a la garganta. Chris tragó todo lo que pudo, tosiendo en silencio, semen escapando por las comisuras y goteando por su barbilla.
—Buen chico. Limpia cada gota, puta. No quiero manchas en el piso cuando mamá entre por esa puerta.
Marco se limpió la verga en las mejillas hinchadas de Chris, la guardó y salió por la puerta principal sin mirar atrás.
La llegada de Elena fue un torbellino de normalidad fingida. Bajó del auto con su maleta rodante, vestido floreado arrugado por el vuelo, sonrisa radiante. Marco la recibió con un abrazo largo, besándola en los labios con lengua sutil, verga semidura rozando su cadera.
—Te extrañé tanto, mi amor.
—Y yo a ti, mi rey. Qué lindo verte.
Entraron. Elena abrazó a los chicos uno a uno. A Chris último: lo apretó fuerte contra su pecho, besando su mejilla.
—Mi tímido precioso. ¿Todo bien estos días? Te veo un poco… diferente.
Chris asintió, sintiendo el plug moverse dentro, el collar oculto quemando su piel, el sabor de semen de Marco todavía en la lengua.
—Sí, mamá… todo perfecto. Te extrañamos mucho.
La cena fue impecable: asado chileno jugoso, pebre fresco, ensalada, vino tinto caro que Marco había comprado para la ocasión. Elena hablaba animada del viaje, de los contratos cerrados, de lo cansada que estaba. Bajo la mesa, Marco metió un pie entre las piernas de Chris, presionando su polla dura a través del pantalón con la punta del zapato.
—Come bien, hijo —dijo Marco con voz casual, mirando a Elena—. Necesitas energía después de estos días tan… intensos.
Elena sonrió sin sospechar nada.
Después de la cena, Elena anunció que iba a ducharse y acostarse temprano. Subió las escaleras tarareando. Marco esperó a oír el agua correr, luego miró a los tres.
—Al sótano. Rápido. Gateando. Tenemos algunos minutos antes de que mamá termine de bañarse.
Bajaron en silencio absoluto, rodillas raspando los escalones. En el sótano, Marco cerró la puerta con llave.
—Última sesión antes de dormir. Chris, quítate todo. Culo abierto contra la pared. Alex y Blake, arrodillados a los lados, bocas listas.
Chris se desnudó en segundos, exponiendo el cuerpo marcado: moretones púrpura en nalgas y muslos, ano hinchado y rojo como carne cruda, plug saliendo con un sonido húmedo y obsceno cuando Marco lo sacó de un tirón. Marco se bajó los pantalones, verga ya dura como piedra.
—Huele esto, putita. Huele a tu propia mierda y a mi semen de toda la semana.
Entró crudo, brutal, hasta los huevos en un solo empujón. Chris aulló bajito, mordiéndose el brazo.
—Joder, qué culo roto y caliente. Huele a puta en celo, a semen viejo y ano usado. Toma, marica, siente la polla que te engendró destrozándote mientras mamá se lava el coño arriba. Di: soy el agujero oficial de los Rivera, un condón familiar para mi padre.
—Soy… el agujero oficial… un condón familiar… para mi padre… —sollozó Chris, polla chorreando sin tocarse.
Marco follaba con saña, manos en las caderas marcadas.
—Eres mi zorra principal. Tus hermanos te usan cuando yo no estoy, pero yo te rompo de verdad. Mira cómo te abro, cerdo. Siente cómo te lleno hasta que tu vientre se hinche.
Alex y Blake se turnaban lamiendo los huevos pesados de Marco, saboreando el sudor salado, el regusto a orina seca.
Blake murmuró con voz rota.
—Papá… déjame probar el culo de Chris… quiero olerlo y lamerlo mientras tú lo follas.
Marco sacó la verga con un chasquido húmedo y la metió en la boca de Blake.
—Chupa el sabor de tu hermano, cerdo. Limpia el ano roto en mi polla. Saborea la mezcla de semen, lubricante y mierda de puta.
Blake succionó con devoción, lengua girando, ojos cerrados de placer humillado.
Alex intervino, voz temblorosa.
—Papá… fóllame a mí ahora. Quiero sentirte romperme mientras mamá duerme arriba. Quiero que me hagas gritar bajito como a una perra.
Marco cambió de agujero, entrando en Alex con violencia.
—Qué alfa patético te volviste. Toma, puta. Siente cómo te parto el culo como a una perra en celo. Huele tu propio miedo y derrota, marica. Di: soy la zorra sumisa de mi padre, menos que nada.
—Soy… la zorra sumisa… menos que nada… —gimió Alex, lágrimas cayendo.
Marco agarró a Blake por el collar.
—Abre la boca, juguetón. Te voy a mear encima para que huelas a mí toda la noche mientras duermes al lado de mamá.
Blake abrió la boca, lengua fuera. Marco orinó un chorro caliente y largo, llenándole la garganta. Blake tragó, tosiendo, orina escapando por las comisuras.
—Bebe, zorra. Orina de macho de verdad. Di: gracias por marcarme como tu perra sucia.
—Gracias… por marcarme… como tu perra sucia…
Marco volvió a Chris, metiendo dos dedos junto a su verga en el ano ya dilatado.
—Doble, puta. Siente cómo te estiro hasta el límite. Quiero que mañana camines con el culo abierto, goteando mi semen mientras abrazas a mamá.
Chris se corrió sin tocarse, semen salpicando el suelo en chorros violentos.
—Somos tuyos, papá… para siempre… rómpenos… humíllanos…
Marco eyaculó dentro de Chris con un rugido ahogado, chorros interminables que desbordaron y corrieron por los muslos.
—Limpien, putas. Lenguas en el suelo. Coman mi semen como perros hambrientos. Saboreen la mezcla de familia rota.
Obedecieron al instante: Chris, Alex y Blake lamiendo el charco viscoso del piso, saboreando semen caliente, salado, amargo, terroso, adictivo.
Subieron justo a tiempo. Elena salió del baño envuelta en toalla, pelo mojado, sonrisa somnolienta. Marco la abrazó en la cama, verga aún semidura contra su espalda.
—Te extrañé tanto, amor —susurró.
—Y yo a ti, mi rey.
Los chicos se acostaron en sus habitaciones, cuerpos doloridos, collares puestos bajo las almohadas, plugs todavía dentro, semen goteando lento.
La dinámica estaba sellada para siempre.
Por fuera: una familia perfecta. Elena sonriendo, abrazando, cocinando, preguntando por el día.
Por dentro: un reino absoluto de morbo, humillación y placer prohibido. Cada fin de semana que Elena viajara por trabajo, el sótano volvería a oler a sexo crudo. Entre semana, robarían momentos: bajo la mesa del comedor mientras cenaban, en el garaje cuando ella salía de compras, en el baño mientras ella dormía la siesta.
Marco los follaría en secreto, los azotaría en silencio, los obligaría a tragar su orina, a lamerse entre ellos, a repetir mantras degradantes.
—Somos las putas privadas de papá.
—Nuestro culo es suyo.
—Huele a semen y derrota.
Y cada vez que Elena los besara en la frente y dijera “los amo, mis bebés”, ellos responderían con sonrisas rotas, pollas duras ocultas, anos palpitantes, y el sabor de Marco todavía en la lengua. El ciclo no tenía fin. Los hermanos Rivera ya no eran solo hermanos, eran esclavos eternos, entrenados para gemir en silencio, para mentir con los ojos, para vivir partidos entre la normalidad y el abismo de placer sucio que Marco les había regalado. lo aceptaban, con una sonrisa rota y pollas duras.
Para siempre.
Fin.
A todos los que llegaron hasta aquí, que leyeron cada línea sucia, cada humillación y cada gota de morbo sin pestañear: gracias de corazón. Este relato nació de pura calentura, de fetiches que llevo años guardando y de la necesidad de ponerlos en palabras sin filtro, además de después de leer varios libros taboo de muchos autores que quise escribir mis propias historias. Al principio pensé en estirarlo a 10 capítulos, pero tomé la decisión de cerrarlo en solo 5 para no alargar innecesariamente la historia y evitar que se volviera repetitivo. Creo que así quedó más intenso, más concentrado y con un final que pega fuerte sin desgastarse.
Gracias por acompañarme en este descenso bastante oscuro y bastante enfermo, por no juzgar (o por juzgar y disfrutarlo igual), y por dejarse llevar.
A los que se tocaron, a los que se sintieron incómodos y siguieron leyendo, a los que guardarán alguna escena en la cabeza para después… este texto es para ustedes.
Nos vemos en el próximo .
los quiero <3
Si quieren me pueden dar ideas, sugerencias, consejos. Todo por mi telegram @Jakeabott



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