Meditaciones armando el árbol navideño- II – El fin justifica los medios.
Continuación de la saga interracial de una esposa madura..
Meditaciones armando el árbol navideño- II-
El fin justifica los medios.
(viene del capítulo anterior)
Mirando a Naim, le dediqué una sonrisa con algo de resignación. Me encantaba la idea, pero no sabía si podría lograr tal hazaña.
Los tres chicos se acercaron, me saludaron con un beso en la mejilla, se presentaron y hablaron brevemente con él, quien les serviría de traductor.
La verdad es que no entendí ni una palabra de lo que decían.
Pude apreciarlos de cerca, incluso estando a su lado, y me di cuenta de cómo eran sus cuerpos: altos, esculpidos por artistas expertos. Músculos, tendones y venas formaban un laberinto que incitaba al deseo. Era imposible para una mujer no sentir un cosquilleo al ver semejantes obras de arte, tan palpables.
Para colmo, el aroma en el aire, justo ahí a mi lado… un cóctel de feromonas y testosterona fluyendo como océanos a través de esas pieles suaves y brillantes. Inhalé como si fumara, llenándome los pulmones de ese aroma masculinamente moro que me producía un hormigueo por todo el cuerpo. Cuanto más los observaba, más los deseaba, eran Adonis palpitantes de ébano.
Naim se acercó, puso una mano en mi hombro y, con una sonrisa pícara, me preguntó:
«¿Lista?»
Suspiré y asentí.
Automáticamente, los tres chicos comenzaron a acariciarme el cuerpo, lentamente, por todas partes. Trazaban arabescos con sus largos dedos, provocando oleadas de placer a su paso. Cada roce de esas manos era una descarga eléctrica que recorría mis venas como un río de adrenalina. Yo era una máquina de gemir.
Mi corazón latía a mil por hora, en cualquier momento iba a estallarme el pecho.
Seis manos… treinta dedos, no había forma de que pudiera estar en paz ni un segundo sin el más mínimo temblor o estremecimiento.
Recorrieron cada centímetro de mi piel con una precisión obsesivamente quirúrgica. El contacto directo con mi carne me subyugaba, embriagándome, sentía mi cuerpo temblar con cada caricia.
Levanté la cara para encontrarme con ellos y me sentí completamente perdida. La mirada depredadora que prolonga la agonía de su presa, torturándola poco a poco, era el denominador común en sus expresiones.
Los tres, mucho más altos que yo, me observaban desde arriba, relamiéndose los labios.
Cerré los ojos, susurrando misericordia, y recibí como respuesta sus bocas presionando contra mi cuello, orejas y hombros.
Giré el cuello bruscamente, buscando una de sus bocas, y encontré un par de labios carnosos que me dieron la bienvenida. Al instante, una lengua ferozmente hambrienta se hundió en mi boca, como buscando un tesoro escondido años atrás, mordí sus labios carnosos con deseos de morder más aún.
Me sentí como una perra en celo, siendo abordada por sus posibles machos que mordisquean sus flancos, exhortándola a recibirlos dentro.
—¡Dios mío! ¡Nunca había sentido algo así! —Suspiré.
Sus manos ya estaban sobre mis pechos y mi sexo. En cuanto tocaron mi pubis, abrí las piernas, instándolos a adentrarse en ese laberinto de placer oculto. Sentí sus dedos explorando el valle de mi ano, buscando con afán y precisión, encontrándolo, igual que mi clítoris, que palpitaba con una urgencia desesperada, necesitando más, mucho más.
Abrí los ojos y encontré un mar de manos negras sobre mi piel blanca, aferrándose como un pulpo que extiende sus tentáculos para impedir que escape.
Mi boca solo pudo gemir…-“Por favor…”-
De repente, esas manos se convirtieron en garras, y esas suaves caricias en pinzas que me apretaban con fuerza. Sentí que levitaba… Me levantaron…
Los tres sosteniéndome a un metro del suelo. Dos de ellos me tomaron de lado, rodeándome la espalda con sus brazos, y con las otras manos, separaron mis piernas, que apuntaban hacia el cielo.
Allí vi al tercero mirándome fijamente, diabólicamente posicionado entre mis piernas. Me sonrió mostrándome su enorme lengua.
Supe que se avecinaba el tsunami.
Arrodillándose, separó mis nalgas con ambas manos y recorriendo lentamente con la lengua desde mi ano hasta el clítoris, separaba mis labios vaginales.
Gemí y grité desesperada.
La áspera lengua se abría paso por la hendidura de mi vulva, muy lentamente, en una tortura que parecía interminable.
Giré la cabeza y vi en la enorme pantalla LED de la pared del salón, un vídeo de un acto interracial entre una mujer y unos hombres negros.
Tardé un rato en darme cuenta de que yo era la protagonista, pero para mí inmensa e inesperada sorpresa, vi a Naim grabándolo todo con su móvil, que estaba conectado directo a la pantalla.
Me miró riendo y dijo:
«Hoy solo voy a grabar, ellos harán todo el trabajo».
Colocaron un par de cojines grandes sobre la mesita baja y me depositaron de espaldas suavemente.
Uno de ellos me agarró los tobillos, separando y sosteniendo mis piernas, mientras los otros dos se colocaron a ambos lados. Se acercaron, posicionando sus enormes boas negras junto a mi cara.
Extasiada, las tomo con ambas manos, una a cada lado, sintiendo la inmensa potencia de esa carne palpitante y vívida, vibrando en cada mano. El calor de tales «animales» era la promesa carnal de una ardua y persistente batalla que estaba por venir.
Los acerqué más, y el aroma, ahora más presente que nunca, me embriagó de placer. Quería pertenecerles en todos los sentidos, llevarlos en mi piel para siempre, y comencé a frotar sus glandes por mi cara, esparciendome esa poderosa y excitante esencia hormonal que tanto me gusta.
Empecé a mordisquear las venas de sus costados, mostrando señales de que tenía la intención de saborearlos, me llevé lentamente sus enormes glandes perlados a la boca.
El sabor no era muy distinto de su olor, fuerte, presente, primitivo, animal. De repente, me encontré chupando desesperadamente esos enormes miembros, cuyos glandes palpitaban dentro de mi boca, excitándome.
Pude percibir al tercer «animal latiente» apoyarse sobre los labios de mi vulva, y tan solo sentir su temperatura y su peso, me hicieron estremecer.
Continué mamando para distraer mi mente de lo que sabía se avecinaba inexorablemente, pero no pude…
La suave presión ejercida por la cabeza de ese animal moro, venció la resistencia del delicado anillo venoso de mi vulva, quien, ayudado por la inmensidad de mis flujos, permitió que ingresara fluidamente a mi interior.
Grité a pesar de tener la boca rellena de sexo, y debo haber mordido al joven porque sentí su queja, pobre.
Pude sentir como las finas paredes de mi vagina recibían al muchacho, amoldándose firmemente a su forma en unos segundos, este trajinar de roces encendía un fuego interno que no podría sostener demasiado tiempo. Lo apretaba con ganas sintiendo todas las irregularidades de su superficie en el ir y venir de sus movimientos, su ritmo aumentaba de a poco y yo, ya estaba enloqueciendo.
Naim filmaba y se reía con ganas viéndome retorcerme de placer en esos cojines.
Momentos después llegó el colapso.
Comencé un orgasmo explosivo que me golpeó de repente, abrumándome, sin darme tiempo a recibirlo, sacudiéndome en incontables contracciones que no podía controlar. Jadeaba y gemía, casi llorando, recibiendo los sacudones de mi propio cuerpo en forma de convulsiones.
Duró un buen rato…
Una vez calmada, abrí los ojos de nuevo y encontré a los tres chicos mirándome, sonriendo. Les devolví la sonrisa, mordiéndome el labio en señal de aprobación por lo sucedido. Se rieron…
El joven moreno que me había provocado el orgasmo retiró su miembro y pude arrodillarme. Tenía a mi alcance y a mi alrededor tres maravillas carnosas a mi completa disposición.
Los besé y chupé con entusiasmo a los tres, turnándome. Me sentía como una niña pequeña con juguetes nuevos, frotándomelos por toda la cara. Arrodillada en el suelo con los tres hombres negros a mi alrededor, parecía una escena sacada del mejor sexo interracial de cualquier película de Brazzers.
Uno de ellos se sentó en el sofá y me instó a ponerme en posición para chupársela, lo cual hice. Mientras jugaba con su polla en la boca, otro me separó las nalgas y, succionando con avidez mi hendidura, recorrió suavemente los bordes de mi ano, introduciendo la punta de la lengua entre los pliegues. Empecé a excitarme de nuevo. Jugó un rato mientras mi abertura anal se aflojaba, dejando entrar sus dedos. Percibí algo fresco en el ano y pude ver que lo estaba lubricando con crema.
Sentí el sabor adrenalínico del miedo, solo pensar en esos “animales” dentro de mi culo era preocupante.
El joven sentado me hizo un gesto para que subiera a cabalgarlo un momento, lo cual hice. Moví una pierna a un lado para rodearlo, él tomó mis pechos entre sus manos, apretándolos y jugueteando con mis pezones con la lengua mientras mi sexo volvía a humedecerse al instante.
A horcajadas sobre él, coloqué su glande en la entrada de mi vulva con una mano y, separando las piernas, bajé suavemente. Cuando su cabeza húmeda y palpitante, con un movimiento suave y gradual, me penetró por completo, el mundo pareció detenerse.
Jadeé como si no pudiera respirar, y solo después de recibirlo comencé a moverme lentamente.
La «bestia» entraba y salía de mí sin esfuerzo, nada podía impedirle saciar su hambre de hembra blanca y deseosa.
Su miembro parecía haber sido esculpido precisamente para ese espacio de placer y reproducción, ya que encajaba a la perfección, sin dejar huecos entre nuestra piel.
Cada vez que bajaba, el chico, sujetándome por la cintura, empujaba con fuerza hacia arriba, como si intentara alcanzar lo más profundo de mi cofre del tesoro, lo cual realmente lograba.
El contacto de su pecho con el mío generaba una transmisión de calor digna de un horno de leña, encendiendo cada fibra de mi ser.
En medio de esta locura, sentí unos dedos buscar ávidamente mi ano, lo encontraron y rodeando el anillo venoso ingresaron con suma facilidad. Uno a uno, esos dedos fueron dilatando mi ser, preparándolo para el cataclismo final.
Me sentí poseída, jadeando y gritando como una perra, disfrutando cada segundo, con ese placer subiendo por mi cuerpo como una fiebre que me consumía por dentro.
Sentí que otro de los chicos me agarraba la cintura por detrás y lo vi colocarse justo detrás de mí.
El miedo me invadió, sabiendo lo que venía.
Tragué saliva y pensé:
«Pase lo que pase, tengo que relajarme».
Arqueé las caderas hacia atrás, ofreciéndole mi orificio de entrada. Sentí la humedad de su glande presionando suavemente contra mi anillo anal, y juro que temblé.
El chico empezó a empujar con fuerza contra mi cuerpo hasta que mi anillo cedió un poco, permitiéndole entrar…
Me estremecí.
Lo dejó dentro unos segundos sin moverse, lo que me permitió recuperar el aliento.
Se dijeron algo que no entendí, y noté que su pene se deslizaba fuera de mi culo.
El que me tenía a horcajadas me hizo abrazarlo, y sujetándome las piernas, se puso de pie conmigo encima.
Entonces el otro chico se acercó por detrás, y supe lo que venía a continuación. Introdujo suavemente la punta de su pene de nuevo en mi ano, suspiré de nuevo. Me besó suavemente el cuello y las orejas por detrás, y sujetándome las piernas firmemente junto con las de su amigo, empujó con fuerza hacia arriba.
Su gran miembro se deslizó bastante dentro de mi culo; grité un poco, apretando el esfínter lo mejor que pude para soportar ese dolor.
Ambos empezaron a besarme por todas partes, y el ritual de mi muerte comenzó, moviéndose ambos al unísono con una lentitud asombrosa.
La sensación de sus vergas deslizándose al unísono dentro de mí es algo que nunca en mi vida había experimentado.
Las paredes de mi vagina, y mi ano abrazaban con fuerza los miembros de los muchachos, y el roce interno, con sus choques dentro de mí se transformaban en espasmódicas descargas eléctricas…se volvía algo exasperantemente placentero.
No podría aguantar mucho esta situación, era desesperante.
El ritmo de los chicos aumentaba gradualmente profundizando la penetración dentro de esta humilde servidora en cada embestida. El dolor del principio fue mutando a un placer indescriptible, puro e intenso, que daba paso a que mis gritos fuesen cada vez más fuertes.
-“ No parenn!! Por favor no parennnn!!”- dije en un rapto desesperado.
En medio de este tsunami de sensaciones, el tercer chico se acercó y tomando mi cara con sus manos metió su lengua en mi boca besándome de manera salvaje…pobre joven, en mi desesperación creo que lo mordí varias veces.
Me encontraba pegada a los tres cuerpos morenos que hacían de mi vida y mi ser, lo que ellos querían. Mi control sobre la situación era nulo y por ende me encontraba absolutamente entregada.
Sus bocas y lenguas, paseaban por mi cara, mi cuello, orejas y boca, besando y mordiendo mi cuerpo con absoluta impunidad. Y por debajo, simulando la acción de un motor en V, sus vergas, cual pistones latientes, subían y bajaban entrando en mí de forma implacable.
Mi vientre comenzó a gestar, en una sensación de plenitud, el mayor orgasmo que hubiese tenido en mis últimos 48 años.
-“Dios mío no aguanto más, me muero…”- susurré
Desbocado, impetuoso y estremecedor, el clímax arrastró mi ser de manera inevitable, y en un primer espasmo gritando desesperada, comencé a temblar de forma imparable.
Los muchachos, al notarlo, empujaron su virilidad dentro mío hasta el fondo, y ese fue el inicio de mi muerte.
Grité, lloré y acabé como nunca lo hubiera imaginado, apretando sus miembros en un sinfín de involuntarias contracciones, abrazada a los cuerpos de tres hermosos morenos.
Instantes después la calma volvió a mi cuerpo exhausto.
Ambos retiraron su armamento de mi interior y me bajaron suavemente al suelo.
Mi vulva, y mi ano, latían dolorosamente fruto de semejante paliza.
Naim, mirándome me pregunta si estoy bien, asiento con un gesto sin poder abrir la boca, tomé aire varias veces comenzando a reponerme.
Arrodillada sobre un cojín, veo a los tres muchachos pararse frente a mí, y comprendí cual era el final.
Cual buena producción interracial, no había otro final que el de un buen “gangbang”.
Lo acepté de buen gusto, mamando sus empapados miembros de forma alternada, sus jugos más los míos mezclados en un sabor ácidamente excitante.
Uno a uno, fueron saciando sus vergas en mí, recibí una cálida y copiosa lluvia de esperma, que viscosamente se desparramaba por mi rostro, chorreándolo en su totalidad, pude tragar una buena parte de la carga, pero otra caía sobre mis tetas y mi cuerpo.
Miré finalmente a los tres chicos desde el suelo, y en sus sonrisas pude apreciar la alegría que los embargaba el haber cumplido con la tarea a la perfección.
Naim acercó su celular a mi rostro cubierto de semen y haciéndole una amplia sonrisa le tiré un beso de despedida al teléfono.
Fue el final de la grabación.
Los muchachos me ayudaron y guiaron al baño, me duché durante un buen rato con agua caliente y luego me vestí tal como había venido.
Y ya cambiada, como una buena “lady” que se corresponda, saludé a cada uno de ellos agradeciéndoles su “gentileza” con un sonoro beso.
Di las gracias a Naim, que me acompañó a tomar un taxi y me fui para mi casa, estaba anocheciendo.
– “nos volveremos a ver”- me dijo riendo…
En el taxi veo en mi celular, dos mensajes de mi esposo diciéndome que se iba a una cena con amigos y uno de mis hijas preguntando si quería que ellas hagan la cena. Les contesté que sí, obviamente.
Ya en casa, cenamos, y luego muerta, saludé a las chicas y me fui a dormir.
Temprano, al otro día, intenté recordar todo lo que me había sucedido en el día de ayer.
Era un vendaval de sensaciones diversas, el cumplimiento en un solo día de la más alocada fantasía que pudiese haber tenido en mi adolescencia. Que todo se diera de esa forma tan extraña y además con varios muchachos al unísono.
Las sensaciones vividas, esos interminables orgasmos, los cuerpos tersos de hermosa piel oscura, sus aromas interminablemente sexuales y el inconfundible sabor de su esperma.
Realmente fue una experiencia inolvidablemente hermosa y placentera que me llenó de gozo el alma. La disfruté y mucho, y me queda esa sensación que en cualquier momento se podría repetir.
Ya al día siguiente nos reunimos nuevamente en la casona organizando cosas para una nueva filmación, cabía la posibilidad de que filmemos un nuevo spot y eso está bueno porque nos brinda un nuevo horizonte laboral.
Recorría la casa y en un pasillo me lo encuentro a Naim, quien solemnemente me saluda con un beso en la mejilla diciéndome
–“buenas tardes Señora, como está?”-
Lo miré riéndome, me acerqué para devolverle el beso y viendo que nadie venía, de pasada le apreté el bulto de su entrepierna. Se sobresaltó mirándome sorprendido y en voz muy baja le dije suavemente al oído
-“esta Señora ya te va a coger de nuevo a vos, insolente..”-
Esbozó una enorme sonrisa exponiendo ese muestrario de dientes blanquísimos, me guiñó un ojo y se fue para el set de filmación.
Sin dudas, y para mi alegría, parece que esta relación con Naim se va a prolongar por muuchooooo tiempo más.
Por cierto, a mi marido aún no le he contado nada, ya vendrá la ocasión….


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