METAMORFOSIS 275
Cumpleaños.
Ricardo Heriberto nacido en 1957, a la fecha con once años iba acompañado en su furtiva caminata con Osman nacido en junio de 1954 cumpliría en los próximos días del presente junio de 1968 sus catorce años, señalaron hacia aquel lugar, se pusieron de cuclillas por los matorrales, a una señal de Osman el amiguito de once años emprendió carrera hasta aquel lugar mientras Osman miraba a todos lados, su respiración estaba acelerada, miraba cabizbajo hacia su pene vestido que de por sí ya estaba erecto, sonrió, sabía lo que iría a hacer con ese niño de once años, se habían escapado de aquel lugar lleno de niños para estar a solas, ese lugar era el de los encuentros clandestinos, se tomaba el pene manoseando sutilmente, lentamente deslizaba el short para ver descubierto el pene con un latente glande mostrado a satisfacción, era grueso y venoso con vellos, latente y viril como su resto de estampa, cerraba los ojos masturbándose, dándose le buen placer, lo estaba preparando, estaba gustoso, de pronto escucha un silbido, mira a todos lados, su respiración empezó a aumentar, rápidamente mete el pene en el short y sale en presurosa carrera sin dejar de ver a los lados, empuja la puerta y se encuentra la figura desnuda de ese niño de once años a piernas abiertas estirándose el penecito lampiño a dos manos, lo recibía sonriente, no habían palabras, el silencio cobijaba el ambiente, rápidamente se desliza la remera lanzándola a un rincón, luego se baja rápidamente el short mostrándose el erecto pene a glande descubierto, lentamente se acuclilla, el niño abre más las piernas poniéndolas sobre los hombros del recién llegado, le besa los muslos repetidamente con mucha pasión, el silencio se rompe “¡esperaba este momento!” luego se escucha gemidos salidos de los labios de Ricardo Heriberto, “¡me estás dando el regalo de mi cumpleaños!” reía Osman, el pene entraba, ya para eso Ricardo Heriberto se había humedecido el ano dando paso ahora a ese glande que entraba en algo lubricado, la atracción era muy fuerte, los dos cuerpos estaban unidos, se escuchaban los mutuos gemidos, estaban tan pegados que parecían uno solo, pero en fin, estaban felices, estaban entregándose mutuamente, así penetrado recibía los apasionados besos, la pelvis rozaba el culo alzado del niño de once años, entraba todo el tronco erecto en ese ano delicioso de niño bonito, “¡quiero que me sientas siempre así!” “¡suéñame así!” “¡siempre suéñame así que te lo meto!”, “¡que te lo meto así!”, “¡siempre así!”, “¡eres delicioso!”, “¡muy delicioso!”, el niño desde su posición arqueada debajo de Osman le decía “¡dame más!”, “¡dame con todo lo que tienes!”, “¡quiero sentirte, sí!”, “¡sí, quiero sentirte!”, “¡dame!” “¡dame!”, la cadera se movía más como también se identificaban los movimientos teniendo en cuenta que el gustito de estar así se incrementaba en cada movimiento, luego sentía cómo su semen salía por el conducto del tronco del pene alojándose dentro del culo del niño que al sentirlo dentro se relajó un poco en señal de complacencia, segundos después se movía más deseando instintivamente que siguiese con las embestidas, “¡dame!”, “¡dame más!”, “¡no te detengas!” en verdad que el pequeño Ricardo Heriberto había heredado la fogosidad de su madre Lucrecia, a sus once años lo demostraba a plenitud, así que Osman con su pene de casi catorce años iba penetrando ese culito en varias ocasiones con su meter y sacar a ritmo de sus caderas, los movimientos de esos cuerpos encorvados se daban sobre esos cartones puestos sobre el suelo de ese cubículo de baño antiguo, se notaba el movimiento del culo, de ese tipo real de sexo, “¡así te soñaba mi amor!” le dijo el pequeño al grande, “¡te quiero Osman!”, “¡házmelo siempre así!” “¡así!” Osman seguía animado por esas palabras y su entusiasmo se incrementaba sujetándole con fuerza, de las caderas, de donde sus manos podía para hacerle sentirle más de su postura sexual, el pene entraba lo más profundo de sí, el semen lubricaba de mejor forma esos movimientos hasta el cansancio pleno, Ricardito estaba satisfecho al momento de parar los movimientos sexuales, lentamente las piernas quedaban tendidas en el suelo, asimismo su espalda quedaba plenamente tendida en el suelo, encima quedaba el cuerpo de Osman sobre el niño de once años, le hizo una pregunta “¡Osman!” “¿te gusto más que Joaquín Lupercio?” no contestó con palabras, se limitó a verle, sonreír, y darle un profundo y muy sentido beso con lengua, el niño se puso feliz al escuchar “¿te gusta mi respuesta?” debajo le abrazaba luego dando vueltas por el cartón se daban besos apasionados, se correspondían mutuamente, “¿verdad que no me vas a dejar?” Osman respondía sonriente moviendo negativamente la cabeza, el niño le volvía a abrazar, allí quedaron juntitos abrazaditos besándose al sentirse libres en hacerlo en ese apartado lugar, con ellos lo hacía el difunto niño, ahora que había pasado algunas semanas de su tragedia le recordaban viendo la inscripción de la pared, todos se referían a él como un niño precioso de cara y alma, lamentaban su deceso repentino en aquella fatídica semana del mes de mayo del 1968, ahora los dos jóvenes amantes tenían el compromiso de verse constantemente en ese lugar, a su edad la fogosidad del sexo estaba a plenitud, sobre todo en Osman, había desarrollado un cuerpo atlético muy parecido a su medio hermano Venancio heredado de su padre Squeo, sentía la protección de su padre en la capital pero sin duda extrañaba la presencia de su madre, se puso en pie orinando en el rincón del estrecho cubículo, jugueteaba con el chorro de orina con semen lanzado a puntería en un hueco hecho en la pared de donde salían bichos, sonreía mucho, a su lado estaba micciando Ricardo Heriberto quien con amplia sonrisa con su penecito aún lampiño apuntaba la orina en ese hueco, “¡mira Ricardito!” le decía en alusión al movimiento de su grueso pene, sonrieron viendo los movimientos de ese pedazo de carne latente al agite, “¡mira!” “¡él hace feliz a tu cuevita!”, Ricardito miraba con gusto esos movimientos “¡él hace sentir feliz a tu culo!”, “¡también a tu boca!”, el niño de once años miraba ese pene humedecido de orina que se acercaba a rozarle la barriga, lo sentía húmedo y suave, “¡te gusta!”, “¡no lo niegues!”, el niño miraba a los ojos “¡sí Osman, me gusta!” “¡me gusta!” sonrieron, voluntariamente Ricardito se acuclilla delante de Osman tomándole el pene acariciándole las mejillas, se las asaba dejando rastro de humedad en la piel, sin dejar de sonreír y viéndole a los ojos lo pasaba por su garganta, luego, al roce, el pene entraba en esa boquita abierta, los labios mostraban el deslizamiento del tronco del pene, estaba feliz al sentir ese pene dentro de su cavidad buscar, así le tomaba del pelo fijándose el movimiento de sexo oral, le sacaba ensalivado, allí quedaba suspendido en el aire, tenso, erecto, rígido se veía con admiración, “¡en verdad que te gusta Ricardito!”, el niño asentía, se acostaba abriéndose las piernas, así lo miraba Osman, “¡ven Osman!” “¡házmelo antes de irte!”, “¡hazlo!” “¡hazlo!”, lentamente se acercaba a poner las piernas en los hombros “¡sí, Osman!” “¡hazlo así como me gusta!” “¡quiero sentirte!” el pene entraba “¡así!” “¡ah!”, “¡ah!”, “¡hazlo!” “¡ah!” “¡hazlo!”, el pene entraba a plenitud en ese culo desvirgado en su momento por Dagoberto el tío del pequeño Ricardo Heriberto Alpizar allí en esa tina de baño en la que se mezclaba la sangre con el agua espuma, el niño cerraba los ojos para sentir mejor esa penetrada que Osman le estaba dando, “¡me gusta tu pene Osman!” “¡me gusta mucho!”, “¡dame más!” “¡dame más!”, “¡no te detengas!”, “¡no te detengas!”, los movimientos eran intensos entre esos dos púberes, las piernas se movían al viento incluso los pies que eran luego puestos en el suelo tras la intensa sesión de pene en el culo, quedaron exhausto ante esa postura sexual, los acostaditos dándose besos, “¡feliz cumpleaños Osman!” “¡gracias Ricardito!”, tiempo después esos cuerpos desnudos rodaban por el suelo, se escuchaban las amplias risas, producidas por las constantes cosquillas, luego se vistieron y el primero en salir furtivamente del lugar fue el de catorce años, para su sorpresa al llegar y mezclarse entre los bañistas de la alberca le esperaba el clérigo superior, para su sorpresa estaba junto a él su padre Squeo, “¡te hemos buscado para darte una mala noticia!”, fue conducido a la oficina del superior, dentro se escuchaban gritos desgarradores que llamaban la atención a los transeúntes, entre ellos estaba Ricardito el cual fue informado por Fermín de lo ocurrido, a su lado estaba Abner Heriberto de catorce años, segundos antes habían salido de la habitación del clérigo, aún se notaba la respiración acelerada y la mirada cabizbaja del muchacho, al tiempo de aquello, Osman viajaría a ver los restos mortales de su madre, su hermanito había sido secuestro, eso se sabía del parte militar quien mostraba rastros de acción bélica por parte de los insurrectos en armas, es decir, el hecho se le atribuía a la guerrilla, lo cual confirmaba a su llegada por parte de Joaquín Valdés el terrateniente quien lamentaba el hecho, él había sufrido algo parecido con su esposa e hijos, a los visitantes les prometió que haría justicia tarde o temprano, el terrateniente tenía un parche en el hombro producto de una herida de bala que les atribuía al enfrentamiento que tuvo con los guerrilleros argumentando que hizo lo posible porque no se llevasen al niño, Osman no salía de la sorpresa de verse quedado huérfano de madre, lamentaba lo de su tierno hermanito Rubén Alberto, el hijo de Otilia y Joaquín Valdés nacido en el último domingo del mes de marzo de 1965, ahora ese tierno niño estaba secuestrado por la guerrilla, el terrateniente tenía una visible muestra de ira y coraje, maldecía a la guerrilla, se había llevado a su seres queridos, por su parte se notaba seriamente que Osman estaba muy triste y decidido a combatir a esa guerrilla causante de la muerte de su madre, no dejaría impune su asesinato, fue presurosamente consolado por su padre Squeo dándole fuertes abrazos; lejos de allí, a unos cuantos kilómetros de distancia un agonizante muchacho de diez años rogaba por el cuidado de ese niño, las horas pasaron y llegando casi a la media noche se confirmaba el deceso de ese desafortunado muchacho que había llegado a ese lugar de insurrectos con el pequeño de tres años, reportaron dos heridas de bala, una en el hombro y la otra letal en el pulmón, la que ocasionó su muerte por insuficiencia respiratoria y posterior paro cardiaco, le dejaron morir, estaba bien grave, las pocas medicinas no ayudarían para salvarle pues se necesitaba de una cirugía y en la selva no era posible, habían valorado la resistencia física de aquel niño de diez años el cual fue enterrado cercano a la ribera del río donde se identificaba su tumba con una rustica cruz de madera.
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El doctor Luis Daniel Pérez de sesenta y ocho años estaba muy pensativo teniendo a su lado los reportes de diarios que mencionaban del lamentable hecho de violencia hacia el asesinato de una humilde mujer de campo en la selva y el rapto de su hijo de tres años, precisamente en ese sector donde un jeep que llevaba a una mujer encinta con su hijo y el chófer sufriera un atentado de bomba, el ex senador respiraba hondo saliéndole lágrimas, a su lado estaba su hijo de veintiocho años, no podía disimular su pesar delante del único hijo que le quedaba vivo, en sus adentros sabía que con Ana, su hijo Joaquín Lupercio y el niño que estaba por nacer iba a hacer una nueva vida, irónicamente recordaba la frase que le decía siempre y que en esa fecha del mes de septiembre de 1967 estando en la hacienda del pueblo engendra el doctor Pérez un hijo en la invitada Fernanda la esposa de Joaquín Valdés, le dijo con entusiasmo “¡hacemos hijos hermosos!”, estaba orgulloso de haber engendrado un hijo a sus sesenta y siete años y en verdad era así eso de engendrar hijos bonitos pues Joaquincito desde su nacimiento fue un niño muy bonito, fotogénico, amigable, de sangre liviana, de atractivo único en los niños de su edad lo cual le hacía resaltar grandemente y era un orgullo pasear con él, al recordar todo aquello, el ex senador lloraba desconsoladamente en presencia de su hijo que se limitaba a sobarle los hombros con las manos, Luis Alfonso desconocía la existencia de esos niños quien sí en parte lo sabía en secreto era su nieto Daniel Nicolás Arichabala, era muy duro asimilar ese tipo de muerte, se solidarizaba con esa familia de la difunta, tras saber de esa noticia su actitud cambió, el doctor había tenido muchos sinsabores en su vida, primero al saberse un bastardo de boca de su madre en el lecho de muerte la cual no le pudo decir el nombre de su verdadero padre se considera que desde allí sintió desapego por la formalidad de un hogar, creyó haberlo encontrado conociendo a una buena mujer que le dio una hija preciosa Justin Daniela pero que desafortunadamente un fatídico mes de diciembre de 1931 matan a balazos a Justin esposa de Luis Daniel Pérez en un robo en el banco, su hija huérfana a tierna edad fue criada por su hermana mientras se dedicaba a sus negocios y fue allí que enamoró a su secretaria quien no le avisa la existencia del ansiado hijo varón que iba a tener, se llamaría Luis Eduardo, moriría en una redada con la policía, antes ya había muerto su hija Justin con su esposo Nicolás en un accidente de tránsito quedando de sobreviviente milagrosamente su nieto Daniel Nicolás, con Fernanda reapareció el amor tras saberse padre del difunto Daniel Eduardo siguió visitándole y en esos encuentros se entregaba por amor, es que Fernanda no había dejado de amarle intensamente, así de sus encuentros furtivos a espaldas del compañero sentimental Joaquín Valdés tuvieron a su hijo fruto del amor Joaquín Lupercio, era una confirmación de seguir continuando con su amor, pese a los hechos y circunstancia, reacciona y ve la presencia de su hijo Luis Alfonso, le mira con fijación emitiendo una sonrisa, él es el único hijo vivo que le queda, le sigue viendo con admiración y con un nudo en la garganta pues no pudo disfrutar de su infancia pese a que en ese momento era su único hijo varón, lo tuvo con su empleada Clemencia, al principio su identidad era desconocida para la sociedad pues por esos tiempos era candidato al senado, con el tiempo se vio necesario hacerlo pero casi le cuesta la candidatura cuando se descubrió a la madre de su hijo desnuda por completo junto al cuerpo de su amante el capataz Ricardo el cual había sido de su autorizada confianza, habían sido encontrados desnudos desangrados, de allí la inobservancia en su hijo, ahora con el tiempo se establece una normalidad en sus relaciones, su hijo de veintiocho años le prodigaba atenciones, compartían la administración de sus negocios, estaba próximo a jubilarse y dejarle las riendas a su hijo, pensó en decirle de su nueva vida pero la tragedia truncó y quedó en secreto, ahora su atención era también su nieto, gozar de la jubilación en su compañía, le había pedido que venga más seguido a visitarle, así mermaba un poco la pena, y se divertían juntos en sus juegos y paseos, pero aun así, quedaba esa nostalgia por sus seres queridos, a veces se preguntaba cómo sería su hijo al nacer, estaba superando la pena, sus pensamientos se diluyeron al escuchar el altavoz de la secretaria anunciando la presencia de dos damas de nombre Aida y Edelmira, informaban que era de suma urgencia el comunicarse con su persona, hijo una pausa meditando recordar esos nombres, de inmediato les dijo que pueden pasar, allí estaban las dos humildes mujeres de casi igual estatura les diferenciaban las edades que se mostraban en su rostro, aun con cierto desconocimiento el doctor les pidió que se sienten, las mujeres se pusieron temblorosas viendo al joven Luis Alfonso que sintió ese recelo al extenderle las manos al saludarles, es que Luis Alfonso estaba pensando en seguir los pasos políticos de su padre pues tenía buena presencia física y su diálogo fluido era de neto convencimiento, “¡gracias por recibirnos!” exclamó una de ellas, se vieron al rostro y la otra manifiesta “¡si no es mucha molestia, deseamos hablar con usted en privado!” emitiendo una leve sonrisa de convencimiento a la cual va como respuesta el fruncir del cejas añadiendo “¡no se preocupen, no existe secretos para con mi hijo!” “¡las escucho, por favor!”, Edelmira fue la primera en hablar “¡quizás no me recuerda!” “¡han pasado muchos años!” vio a Luis Alfonso “¡en parte en cierto tiempo… yo crie a su hijo!”, bajó el rostro “¡hasta que…!”, como una chispa que enciende gasolina así se ilumina la mente del doctor cortando la expresión de la visitante “¡sí… ya recuerdo!” “¡perfectamente!” Luis Alfonso se puso contrariado ante la actitud de su padre que esperaba una frase de cortesía pero más bien fue lo contrario, con severidad manifestaba “¡dígame a qué ha venido!” la mujer hizo pausa, fue interrumpida por Aida, “¡señor!”, “¡verá usted!”, “¡ella… mi amiga!” al referirse, le miraba al rostro de su amiga Edelmira con pesar “¡hace poco…!” suspiró hondo “¡padece de una grave enfermedad!”, cortante como lo es la personalidad del doctor al tener al frente a ese tipo de personas exclama “¡vienen por ayuda económica!”, respira hondo viendo a su hijo, recordaba sus aspiraciones políticas, sabía quién era esa mujer, se reprimió en sus sentimientos emitiendo una forzosa sonrisa de cortesía “¡pueden decirme la cantidad para analizarla, daré la orden a recepción para que en cierta fecha vengan a ver!”, extendió un papel para que escriban la cantidad, “¡creo que con eso se resuelve lo de su visita!”, para sorpresa del doctor la mujer ni siquiera toma el recorte de papel, peor aún toma la pluma extendida para escribir sobre el papel, “¡no señor!”, “¡no venimos por dinero!”, “¡le visitamos para informarle de algo que usted desde hace muchos años desconoce!” el hombre intrigado se puso en pie “¿si no es dinero, qué desean?” “¡usted dice que está muy enferma!”, “¿sus hijos lo saben?”, “¡creo que tuvo dos!” “¿no es verdad?” la mujer cabizbaja movía afirmativamente la cabeza, “¡sí, es verdad!” “¡tuve… sólo dos!”, de repente levanta la mirada dirigiéndola firmemente al rostro del doctor Pérez, “¡he venido a contarle la verdad!”, “¡de uno de ellos!” el rostro intrigado del doctor se unió al de su hijo “¿a qué se refiere?” la otra mujer dijo “¡al menor!”, “¡sí… al menor!” Edelmira hizo un leve ademán hacia su amiga para que le permitiese hablar, tomo aire respirando hondo “¿se recuerda de Elisa?”, el hombre no salía de la extrañeza, “¿la recuerda?” fue a sentarse, le miraba a los ojos sin decir palabra alguna, la mujer continuaba viéndole “¡Elisa Monroy!”, “¡en ese entonces… mi patrona!”, “¡trabajaba de empleada de la mansión Monroy!”, “¡yo a usted le vi entrar a estudiar con otros compañeros!”, “¡usted era el más humilde, pero el más apuesto!” “¡de ello se fijó mi patroncita!”, “¡usted por ese entonces tenía 21 años!” “¡yo había dado a luz a mi pequeña Lucrecia!”, “¿recuerda que le enviaba dulces?”, el doctor se puso cabizbajo, asentía levemente, su hijo Luis Alfonso no le perdía la mirada, la mujer hizo una pausa, “¿desea que su hijo siga presente?” el hombre cerraba los ojos seguía asintiendo, “¡usted entabló una bonita amistad con mi patrona!”, “¡de pronto a usted no se lo vio más por los lugares, supe de su no presencia a cuenta del padre de mi patroncita, una mujer muy hermosa por cierto!” “¡desconozco aquello de su ausencia!” “¡por eso he venido!” “¡a decirle lo que pasaba en esa casa desde ese mes de agosto de 1925 que no volvió a dar un pie en esa casa!”, el hombre abrió los ojos viendo a la vez a la mujer que estaba hablando y a su hijo, “¡mi patrona Elisa no se fue al viejo continente como se publicaba en los periódicos!” “¡no!”, “¡ella estuvo a mi cuidado y al de mi marido por órdenes de los patrones padres de Elisa!” “¿sabe por qué, doctor Luis?”, “¡por una enfermedad maravillosa!”, “¡esperaba un hijo!”, “¡un hijo suyo!”, “¡mi esposo y yo las dos únicas personas le atendimos en el parto!” “¡sus padres cometieron un error en abandonarle!”, “¡pero yo cometí el peor error en no avisarle!”, “¡me detuvo en saber meses antes de labios de mi patroncita Elisa que usted estaba comprometido, ya había hecho su vida con otra mujer!”, “¡el otro error es de que mi patroncita no le dijo que esperaba un hijo suyo!”, vinieron los llantos de la mujer, “¡mi patrona Elisa le dio un hijo varón fruto de su amor nacido en mayo de 1926!” “¡al enterarse sus padres la renegaron de inmediato!” “¡pidieron llevarla a la montaña a que para como los animales!” “¡mi esposo Ricardo y mi persona nos hicimos cargo de su parto!” “¡sólo que… algo falló!” “¡luego de parir se vino en hemorragia que no pudimos controlar!”, lloraba desconsoladamente “¡murió desangrada!” “¡aún así antes de morir me pidió que cuide del niño!” “¡le dije para avisarle a usted!” “¡y fueron textuales sus palabras!” “Luis Daniel tiene su compromiso, no quiero dañarle su vida, cuida a mi hijo” “sólo promete que se lo dirás cuando Ricardo o tu estén en articulo mortis, cuando mi hijo tenga uso de razón y él pueda aceptarlo” la mujer respiró hondo “¡me estoy muriendo… no quiero llevarme este secreto!”, el doctor se puso en pie dando círculos por la habitación pensativo “¿te refieres a que ese pequeño que estaba contigo en la cocina…?” “¿ese niño al que me atendía cordialmente cuando visitaba tu vivienda…?” “¿ese niño que cargaba ropa del lavado…?” “¡es…!” “¿mi hijo?” la mujer se puso en pie en delante suyo “¡sí…!” “¡ese niño es su hijo!”, “¡mi esposo Ricardo y más yo pensamos en acercarse a usted cuando compró estas propiedades del campo para que estuviese más cerca de usted, que siendo grande le diese trabajo y así de a poco ganarse la confianza suya y mutuamente puedan aceptarse!” “¡Alfonso Dagoberto es su hijo! “¡esos nombres quiso que le ponga mi patroncita al niño!” “¡cumplí con sus deseos!” “¡Alfonso Dagoberto… los nombres de su abuelo, doctor Pérez!” “¡mi patrona me decía que esos nombres eran los de su abuelo materno al que tanto quería!” el hijo del doctor se puso en pie, se limitó a ver a su padre que tenía una cara desencajada, vio la seguridad de las afirmaciones de las mujeres, “¡sólo vine a cumplir con la promesa de mi patroncita Elisa!”, “¡sólo le informo!”, “¡actualmente Dagoberto trabaja con Luis Izaguirre, su hijastro!”, “¡queda en usted decírselo, antes de que yo muera!”, “¡vine a tratar de tener en paz mi conciencia y morir en paz!”, sin decir más se apoya en su amiga que la acompañaba, cerraba la puerta, allí quedaba un estupefacto doctor y su hijo, a ciencia cierta Daniel Pérez descubría la existencia de su hijo Dagoberto, aquel niño que conoció hace treinta y cinco años y que en ese mes de junio de 1968 tendría cuarenta y dos años de edad; días después se veía a un jinete llegar a una casa abandonada, en ruinas, se baja del corcel y empieza a caminar rodeando pausadamente el lugar, respiraba hondo ese aire campestre, fue en ese lugar hace veintiún años, en por aquel entonces verano de 1947, en esa cabaña abandonada, precisamente en el lugar que estaba mirando lleno de maleza y polvo en el tumbado, fue allí que cuando tenía siete años sintió por vez primera que un pene le perforaba el culo, cerró los ojos recordando mentalmente esos inusuales gestos y ese sorprendente dolor al ser sodomizado por un hombre de veintiún años, su nombre Alfonso Dagoberto, mira a su alrededor lo apartado del sitio, allí en ese lugar donde murió su hermano Arnulfo, toma un poco de tierra haciendo puño en sus manos saliendo un polvo al viento, “¡Alfonso Dagoberto!” “¡mi hermano!”, “¡aquí en este lugar… mi hermano sin saberlo me desvirgó!”, “¡se llevó mi virginidad!” “¡le dejé hacerlo!”, “¡no lo puedo olvidar!”, “¡aún lo amo!”, cayó al piso, el polvo cubría su rostro y su pelo agitado al viento, sólo el caballo erar testigo de su sentido llanto, luego las coces traseras del caballo se pusieron al aire ante un inusitado y certero disparo en la cabeza de Luis Alfonso.
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Dionisio había cumplido por ese entonces la mayoría de edad, hijo único de su madre parecían un equipo en las actividades de trabajo, hogar y estudio que mutuamente se ayudaban, no tenía novia pues el pretexto infundado por su madre era la de estudiar y tomar la rienda de los negocios que actualmente administraba Squeo, la madre de Dionisio tenía una discreta relación con su administrador que a muerte de Fulgencio Arichabala administraba los negocios de la mujer, la fiesta era bien mentada en los círculos sociales de la época y se podía apreciar en los tabloides de época, Matilde Peñalba, había cedido su casona mansión para efectuar la fiesta, faltaba vino, Matilde dio las llaves a su protegido Adrián Daniel Macay Paltan, nacido en 1955, a esa fecha contaba con trece años, mientras abría la bodega de vinos se acercaba Dionisio con un camarero, el humilde hombre estaba de espaldas al homenajeado y al protegido de la patrona, Dionisio se coloca detrás de Adrián manoseándole el pecho llegando con sus labios al cuello, le dijo algunas palabras salidas de sus humedecidos labios, la piel se puso de gallina en el muchacho de trece años, la nariz recorría el cuello e instintivamente se apartó cuando el camarero que tenía la cesta de vinos giró hacia la salida del lugar, al verlo salir Dionisio le agarra de la cintura, “¡no te escaparás diablillo!” “¡tienes que darme tu regalo de cumpleaños!” le hizo acuclillar y luego arrodillar, mientras eso sucedía se bajaba la cremallera del pantalón bajando el calzoncillo por donde aparecía el humedecido pene que entraba en la boca del pequeño, “¡vamos, chúpamelo!”, “¡chúpamelo!”, cerraba los ojos al sentir los labios deslizarle por ese tronco venoso, “¡así, mi amor, no pares!”, “¡te deseo!”, “¡te deseo!”, los testículos peludos rozaban el mentón del pequeño descendiente de indígenas, se escucharon sonidos externos, se trataba de Daniel Nicolás con unos amigos del colegio, rápidamente se apartaron, Dionisio se ajustaba el pantalón mientras Adrián se pasaba las manos por la boca, al entrar Daniel Nicolás ya los dos estaban disimulando limpiando un par de botellas de vino, esperaron a que Daniel Nicolás recorrieran el lugar con sus amigos para salir, tiempo después era cerrada la bodega, Dionisio conduce a Adrián a su casa mientras la fiesta continuaba, rápidamente entraron, las luces levemente se encendían, llegaron al baño, allí se desvistieron quedando completamente desnudos, “¡ahora lo vamos a celebrar en grande!”, “¡aprovechemos de nuestro momento!”, “¡ve acuéstate sobre mí, dame muchos besos!” los dos penes se frotaban alzando y bajando las pelvis, el agua de la tina de baño caía un poco con la finalidad de sentir el deslizamiento agradable que se daban ambos cuerpos, estaban felices haciéndolo así, con lengua, con mordida suave de labios, oliéndose los cuerpos sudorosos, “¡eres maravilloso!” le decía Dionisio para entrar más en confianza, le tocaba las mejillas, le besaba la frente y al rozar las narices le decía “¡eres maravilloso!”, “¡único!”, hizo una pausa en la que se acobija en un leve silencio viéndose a los ojos, luego lo rompe diciendo “¡me gustas!”, “¡te quiero!”, “¡te amo!”, los besos continuaban, Adrián sobre el cuerpo de Dionisio cuyas manos manoseaban el culo desnudo voluminoso, “¡me gusta tu forma de caminar Adrián!”, “¡cuando te ve así me dan ganas de penetrarte por el culo, por la boca, por los oídos, por la nariz!” “¡es que eres muy hermoso Adrián!”, el muchacho reía ampliamente, se puso de rodillas mientras el glande de Dionisio rozaba cada hueco de oreja, cada hueco de nariz, rozaba los labios y entraba de nuevo como hace rato a ser lamido y a chupar suavemente, se escuchaba los gemidos fuertes, no daban cuenta de cierto sonido externo, estaban en intimidad, se entregaban plenamente, solo la luz de esa habitación estaba encendida, Adrián le estaba dando el regalo de cumpleaños tanto deseado por Dionisio, “¡me gusta tu boca cuando me lo chupas!”, siguió con ese sexo oral por unos instantes más, luego, Adrián se arrimaba a la tina de baño quedando encorvado con su culo disponible para que lo punteara el glande de Dionisio, “¡me gusta tu culo Adrián!”,“¡en verdad me gusta!”, “¡es lindo!”, “¡muy lindo!”, el pene entraba totalmente dentro del culo del pequeño, le hacía gemir de gusto porque se entregaba con mucho gusto, se dejaba llevar, la pelvis chocaba con los glúteos y los testículos se movían agitados al viento, así esos movimientos de cadera hacían la delicia del pene dentro de ese culito, lo tenía ahora en posición perrito metiéndole el pene, hizo una pausa, se notaban sus respiraciones aceleradas “¡acuéstate!” se dejó llevar por la orden de Dionisio, “¡ahora ábrete bien!” de pronto el pequeño Adrián vio caer vino sobre todo su cuerpo, “¡date vueltas!”, así el cuerpo del pequeño daba roles sobre al tina de baño mostrándose el culito al momento de quedar de pecho sobre la base de la tina, luego Adrián sintió algo tibio en su cuerpo, se trataba de la orina de Dionisio que no paraba de reír, “¡qué lindo regalo de cumpleaños!”, dio vuelta y ahora dio la vuelta cayendo la orina en su pecho y en la pelvis deslizándose por el pene, así quedó abierto con su cuerpo recibiendo lo que quedaba de la orina de Dionisio, luego de orinar se unió a él a dar roles sobre la tina de baño, los dos reían dando roles sobre el líquido de la tina de baño, se abre la válvula de agua, los dos cuerpos a medias eran cubiertos con esa agua, ya para ese momento arrimados en la tina de baño se daban besos con lengua, “¡encórvate, quiero metértelo de nuevo para irnos!” Adrián estaba encorvado a filo de la tina de baño, el pecho de Dionisio se posa sobre la espalda del pequeño, “¡así quiero tenerte siempre prendido!”, “¡eres mi regalito!” “¡siempre lo serás!”, “¡sé que te gusta que te lo meta!” “¿verdad?”, el pequeño con voz firme ratificaba lo dicho por Dionisio, “¡Sí, Dionisio!” “¡me gusta tu pene!”, “¡me gusta que me lo metas!” “¡me gusta!”, le besaba el pelo húmedo “¡dime, siempre te gusta que te lo meta!” el pequeño respondía a viva voz al sentir ese pene todo dentro de su culito “¡Sí, Dionisio!” “¡me gusta que me lo metas!”, “¡me gusta!”, “¡me gusta!” le decía a ojos cerrados sintiendo sobre su cuerpo el pesado cuerpo viril de Dionisio, sintió el semen dentro, se quedaron quietos, “¡listo ya te preñé!” “¿te gustó Adrián Daniel?”, “¡sí, Dionisio!” “¡me gustó!” le acarició la espalda y le besaba repetidamente “¿te gusta cómo siempre cuando te lo meto?”, el pequeño suspiraba y luego a ojos cerrados respondía “¡sí, Dionisio!” “¡sí… como siempre!”, se apartó del niño, fueron a la ducha mientras se desalojaba el agua de la tina de baño, allí se abrazaban y se daban besos apasionados, “¡dime!” “¿te gusta mi pene Adriancito?” el niño le besaba las tetillas “¡bien sabes que siempre me ha gustado tu tolete!” reían con el agua cayendo en sus cuerpos, “¡dame tu culo ahora de nuevo!”, “¡espera!”, abrió los glúteos y se acuclilló a pujar el liquido de semen que aún tenía pasándose la mano con agua, “¡ya está!” le marca y le alza una pierna para así el tronco del pene erecto vaya a medias entrando en ese culo “¿Adriancito, te gusta que te lo meta así?” el niño respondía moviendo la carita, “¡dime que te gusta Adriancito!” el niño decía “¡sí, me gusta!” “¡ah!”, “¡ah!”, “¡me gusta!”, “¡me gusta!”, así ambos cuerpos se movían parados haciendo que el agua de la ducha se deslice por sus humedecidos cuerpos, se apartaron unos segundos, “¡ven!”, “¡quiero hacértelo en la tasa de baño!” “¡ven!” el niño se acuesta de pecho abriendo los glúteos “¿quieres que te lo meta por ahí Adriancito?”, “¡sí, métemelo por ahí!”, “¡métemelo Dionisio!” “¡métemelo!” “¡métemelo!”, “¡ah!”, “¡ah!”, los testículos se agitaban la viento la pelvis rozaba los glúteos, “¡te lo ensarto!” “¡te lo ensarto!” “¡te preño!” “¡preño!” suspiraron mutuamente “¿Quietes que te preñe Adriancito?”, “¡sí, Dionisio!” “¡préñame!”, “¡préñame con tu tolete!” “¡préñame!” se escuchaban los gemidos de quien da y del que recibe, “¡te amo Adriancito!”, “¡yo también Dionisio!”, “¡yo también!”, “¡sigue!”, “¡sigue!”, “¡feliz cumpleaños Dionisio!”, “¡feliz cumpleaños!”, así le dio pene hasta el cansancio, los cuerpos quedaron tendidos sobre el objeto de baño, se escuchaban sus respiraciones, le daba besos en la espalda y en el culo, olía la rajita humedecida de tanto pene penetrado, el olor que percibía del culo era esa combinación, llegaron a la fiesta sin novedad supuesta, estaba inquieto el pequeño ante las observaciones de ciertos criados por su repentina ausencia, lo que el pequeño no vio que una mano con guante entregaba a Squeo una grabación, Squeo abrió las amplias puertas de la biblioteca, allí le esperaba una anciana atenta a ese artefacto, escuchó pasivamente tal grabación, a veces se impacientaba, en otras se ponía trémula, Squeo se limitaba a ver los gestos de la anciana, al final de la escucha emitió un comentario, “¡está claro que no podemos contar con él!”, “¡tienes el control total!”, “¡haz lo que tengas que hacer!”
FIN DEL DUCENTÉSIMO SEPTUAGÉSIMO QUINTO EPISODIO


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