METAMORFOSIS 288
Cumplido.
La lluvia comenzó a caer justo cuando él llegó a la vieja hacienda, con su techo de teja roja y los ventanales grandes que parecían respirar con el paisaje, La finca estaba rodeada de montañas verdes, donde los cafetales cercanos a la propiedad se extendían hasta perderse en la bruma, creando un tapiz que se entrelazaba con el cielo gris, como si la tierra y las nubes fueran una misma cosa. Era un día melancólico, lleno de susurros de agua y viento, como si el mismo entorno estuviera suspendido en una espera incierta, la hacienda, antigua y quebrada por el paso de los años, se encontraba bajo el dominio de una luz áspera que se deslizaba entre las rendijas de los ventanales rotos, el sol, que ya comenzaba a declinar, era un viajero incansable que había marcado las horas con su implacable avance, arrojando destellos dorados y sombras largas que se estiraban como espectros sobre el suelo polvoriento, el aire, pesado y cargado de recuerdos, susurraba con lentitud entre los alambres de púas y la maleza que crecían desordenadas a lo largo de los caminos olvidados, dentro de la vieja casona, donde los ecos del pasado parecían atrapar cada paso, el Dr. Luis Daniel Pérez, un hombre que había dedicado toda su vida al estudio y la precisión, se encontraba sumido en una extraña quietud, como si la casa misma lo despojara de su energía vital, era un hombre de ciencia, un hombre meticuloso, ordenado en todos sus actos, sin embargo, aquella tarde, su mente ya no era la misma, en sus manos temblorosas sostenía el diario capitalino, cuyos bordes y la tinta fresca daban cuenta de su edad de edición decembrina de 1970, no obstante, no era su actualidad lo que lo turbaba, sino el contenido, un contenido que ya no podía abandonar, un contenido que había deshecho el orden minucioso de su vida tras su lectura, había llegado a la hacienda temprano, con la intención de hacer una revisión médica de rutina a los pocos trabajadores que aún quedaban en pie, y a la espera de alguna nueva receta que pudiera disipar la ansiedad que lo acometía desde hacía días tanto así con la idea de evitar recordar a su hijo Luis Alfonso, sin embargo, al abrir uno de los viejos cajones del escritorio de su oficina, algo lo había llamado, algo lo había detenido, el cuaderno había aparecido, oculto entre las capas de papeles amarillentos y documentos olvidados, como un susurro lejano desde un rincón que él jamás había pensado explorar, al principio, pensó en guardarlo, en devolverlo a su escondite, pero algo en su interior lo impulsó a abrirlo, las primeras palabras eran simples, juveniles, como un garabato de un joven que todavía no entendía el peso de lo que escribía, pero mientras avanzaba en las páginas, una niebla densa se iba formando en su mente, los recuerdos se fueron entrelazando con las palabras, y pronto, las líneas escritas parecían revelar más de lo que él había deseado saber. «Luis Alfonso», leía en cada página, como una condena silenciosa que se repetía en su mente, poco a poco, las palabras de aquel diario tomaban forma, en cada una de ellas, el dolor de un ser desconocido se vertía, sin adornos, sin compasión, sin piedad, las letras, antes dispersas y confusas, ahora se alineaban en su mente como un rompecabezas que no quería resolver. Dagoberto… el nombre le sonaba tan ajeno, tan remoto, como si se tratara de un eco lejano que comenzaba a despertar del olvido, el Dr. Pérez, absorto en la lectura, sintió como si el tiempo mismo comenzara a derretirse, la hacienda se desvaneció a su alrededor, ya no veía la madera carcomida ni las paredes desgastadas, estaba dentro del relato, estaba dentro de la tragedia que lentamente se desplegaba ante él, ahora regresaba en sí a la actualidad, dejaba el cuadernillo de su hijo Luis Alfonso y tomaba aquel diario capitalino, Dagoberto había caído, desde el tercer piso, el impacto de su cuerpo contra el suelo había sido violento, brutal, el joven, los tabloides insinuaban que no se trataba solo de un accidente; era la materialización de una vida que se había desplomado en silencio, sin la presencia de quien le hubiera podido dar consuelo, Luis Daniel cerró los ojos, el latido de su corazón parecía desbordarse en su pecho, el aire en la habitación, que antes había sido espeso, se volvió asfixiante, aquella revelación lo golpeó con la fuerza de un torrente, arrastrando consigo todas sus certezas, todas sus construcciones de una vida que, en su aparente equilibrio, había estado vacía, rota desde el principio, antes no lo había sabido, cuando llegó la mujer a decirle la existencia de su hijo Dagoberto no había querido saberlo, desde que supo de su existencia y desde que leyó las confesiones de su hijo Luis Alfonso al declarar que sin saberlo su medio hermano Dagoberto lo desvirgó en la casa de la montaña, la sombra de Dagoberto había estado siempre detrás de él, acechando entre las fisuras del tiempo, esperando su revelación, y ahora la tenía frente a él, tan cruel y tan irreversible como la caída de un ser que nunca fue reconocido, el Dr. Pérez trató de aferrarse a sus recuerdos, a las imágenes de su vida que aún podía rescatar, su nieto Daniel Nicolás que era lo único que le quedaba en esta vida, se vio a sí mismo joven, lleno de esperanzas, lleno de ambición, recordó a la mujer que había sido uno de los amores de su vida, la madre de ese hijo desconocido, una mujer que, a pesar de su cariño, le había dado la oportunidad de elegir entre la familia que había formado y la vida que le aguardaba en sus libros y sus investigaciones siendo él en aquel entonces un comprometido con su conciencia, y él había elegido: eligió no preguntar, eligió no saber, eligió huir actualmente, escoger por ahora la ciencia y la naturaleza por encima de los vínculos humanos, el sonido del viento que se colaba por las rendijas del viejo edificio era como un lamento lejano, como si la misma hacienda estuviera llorando con él. Los recuerdos se arremolinaban en su mente como fantasmas irrefrenables. ¿por qué antes no me buscaste, hijo mío? ¿por qué no dejaste alguna pista de tu existencia? se preguntaba, con la amargura de quien descubre que no solo había perdido a un hijo, sino también la oportunidad de ser padre y la perpetuidad de su linaje, no pudo protegerlo, no pudo darle lo que necesitaba, ni siquiera el consuelo de la presencia, se preguntaba cómo hubiese sido su vida estando a su lado, el Dr. Pérez se levantó, y sus pasos resonaron en la habitación vacía como un eco de arrepentimiento, la estancia acorde a su estado de ánimo, en su abandono, se sentía aún más desolada, como si cada rincón de la casona estuviera impregnado por el lamento silente de un hijo perdido, de un amor truncado. El suelo bajo sus pies parecía crujir, y por un instante, creyó que toda la casa se venía abajo, pero no era la casona la que caía, era él, en ese momento, mientras la tarde caía como una sombra interminable, el Dr. Luis Daniel Pérez entendió algo que jamás había querido aceptar: el tiempo no perdona, y la vida no siempre da segundas oportunidades, y en el fondo de su alma, una verdad desgarradora resonaba como un eco interminable: Dagoberto había estado ahí, siempre estuvo, y él nunca lo supo; al pasar de los días en ese segundo sábado de diciembre de 1970, el doctor se detuvo al pie del portón de madera, miró al horizonte y respiró hondo, sintiendo la humedad fresca en el aire, algo dentro de él se removió, algo que había estado quieto durante años, demasiado quieto. Cada paso que había dado en su vida lo había conducido hasta ese instante, hasta ese lugar, y sin embargo no sabía qué esperar, el rostro de la joven mujer que lo había citado aparecía en su mente, pero su figura estaba borrosa, diluida por el tiempo, entró con paso lento, casi vacilante, la puerta crujió cuando la empujó, y el sonido se perdió en el murmullo lejano de las montañas, miró los alrededores del salón principal, todo cambiado, todo mal cuidado, las sombras eran largas, como si las paredes mismas hubieran guardado secretos a lo largo de los años, allí la vio, sentada junto a la chimenea que ardía suavemente, su figura clara contra la luz del fuego, había venido a visitarle, se había enterado de la noticia, ella sabía en secreto lo de Dagoberto pero nunca se lo hizo saber pues su vida y la de los suyos hubiesen tenido otro rumbo quien sabía si muy negativo, por ello decidió callar, ella no lo miró de inmediato, en lugar de eso, dejó que el silencio se deslizara entre ambos, un silencio profundo, denso, como el que se guarda después de una tormenta, el sorprendido doctor ante la inesperada visita sintió cómo su pecho se oprimía al verla, pero también cómo el aire del lugar parecía darle algo de paz, una paz que nunca había conocido en la vida que había dejado atrás, “me da gusto que hayas venido” dijo al fin, con una voz suave, pero firme, como la brisa que acaricia las hojas de los árboles de guadua, ella asintió, incapaz de articular palabra, le pareció que su garganta estaba sellada, como si la verdad misma hubiera quedado atrapada entre su boca y su mente, miró sus manos, y luego se atrevió a alzar la vista, la vio, ahora sí, clara, desde hace mucho tiempo pensaba que ya no era la niña que una vez había cruzado su vida siendo protectora de la estancia siendo joven, actualmente era una mujer fuerte, con el rostro marcado por la vida y la supervivencia, pero también lleno de una belleza que solo las cicatrices del alma pueden otorgar, “Hace años” dijo ella, rompiendo el silencio, “decidí que nunca te diría lo que estoy a punto de contarte”, continuaba “hoy ya no sé si fue una decisión sabia, pero la vida, a veces, te lleva por caminos que no puedes predecir”, el doctor la miró, y aunque no quería, un estremecimiento recorrió su cuerpo, sabía que el momento que había temido durante tanto tiempo había llegado, sabía que sus secretos íntimos se develaban, “Tuve una hija” continuó ella “después de todo lo que pasó, hubo una niña” “usted la conoce” le dijo en tono formal “se llama Mielicilla” suspiró hondo “gracias a Luis está ahora conmigo, con su verdadera madre”, suspiró “tu hija y de …” ella se puso en pie, exclamando estoicamente “¡No es de él!” “¡usted bien sabe que no es de él!” “¡usted bien supo que sufrí mucho al tenerla!”, “¡usted bien supo que me la arrebataron!” “¡todo por una injustificada vergüenza social!” “¡usted evitó ese desencanto!” “¡le afectaba en su política ascendente en su cargo de senador!”, “¡usted bien sabe quién es el padre de Mielicilla!”, Luis Daniel Pérez se sentó en el sillón recordando aquel momento en que borracho entraba a las habitaciones de su hijastra, la primera vez que lo hizo con violencia descubrió que ya había sido desvirgada y se imaginaba que sería Tiburcio, el hijo del caporal, quien lo hizo, recordaba aquellos encuentros forzosos, uno en especial, fue aquel en el que puso el pene justo en el agujerito y se sentía un punzada enorme con mucho dolor, ella gritaba de dolor y le decía que se callase, que le iba a gustar mucho, que tenía que aguantar un poco, le dolía mucho y parecía que le iba a romper metiendo su enorme pene por el culo, y lo hizo muy despacito, pero ella no podía evitar llorar porque le dolía mucho, el doctor no dejaba de decirle “¡calla y no grites, esto te va a gustar mucho y yo tengo muchas ganas de hacerlo, era inevitable gritar en ese apartado lugar donde la sometía sexualmente, no podía evitar de llorar, le pedía que por favor pare porque le dolía mucho, él le decía que no pasaba nada, que así era al principio, sentía cómo su pene le abría el culo, se abría entero y dolía una barbaridad mientras pasaba la parte gruesa del pene abriendo camino dentro del culito, y más lloraba y sollozaba, pero el doctor le tapaba la boca y le decía “¡tranquila pequeña, que te va a gustar mucho!”, bufaba diciéndole mientras la penetraba que “¡da gusto jugar contigo y enseñarte lo que es un macho de verdad!”, ella sintió que metió entero el pene y parecía que la rompía entera, ya a ese momento para ella eso no le gustaba tanto, no se podía mover, estaba totalmente sometida, pero aguantaba y le decía que lo hacía muy bien, que se estaba portando bien y que la iba a compensar por su silencio y su entrega, “¡no te preocupes cariño!”, “¡que ya está lo más grande!” “¡aguanta y no grites!”, ese dolor agudo para Agripina se fue haciendo menos intenso ahora, y notaba un calor extremo que le recorría, muy despacio la empujaba hacia adentro y después la sacaba muy despacito, al volver a notar cómo entraba otra vez ese pene erecto, le daba otra punzada que le arrancaba las lágrimas, pero al empujar más, jadeaba entre lágrimas, hasta que lo metió del todo, estaba ella sentada con el pene dentro del culo, notándolo lleno por completo, “¡no voy a acabar allí!”, “¡date vuelta!”, le abre de piernas a la fuerza, le da dos cachetadas, una en cada mejilla para tranquilizarle “¡para que sepas quién es tu macho ahora!” “¡obedece!” se inclina con su cuerpo hacia ella, la agarra bien sujeta a su hijastra, ella gemía sintiendo el pene dentro de su vagina, para sorpresa del padrastro esa vagina estaba húmeda, le gusto meterle el pene, “¡ahora serás mía también por aquí!” empezó a penetrarle y a bombearle pene “¡mía!”, “¡mía!”, “¡de nadie más!”, “¡de nadie más!” cuando ya sintió que iba a venirse quiso sacarle el pene pero unos segundos bastaron para que parte del semen quede dentro de la vagina, recordaba el sexo duro que esa noche le había hecho a su hijastra, lentamente se apartó de ella, el poco semen restante lo dejó en su vientre junto a su ombligo tras agitar el glande, la dejó tendida en la cama, el padrastro se acomodó el pijama, “¡no dirás de lo sucedido!” “¡mañana te daré tu premio!” “¡lo que me pidas!” “¡solo que… no cuentes de esto a nadie!”, el tiempo pasaba y los encuentros se hacían más seguidos hasta que una noche ella no quiso, “¡estoy esperando un hijo!” sobresaltado el doctor dejó de tocarle por la vagina pero salvajemente le daba pene por el culo, como buen médico hizo un cálculo, salió que ese niño que su hijastra esperaba era en verdad su hijo, así que hizo todo lo posible por convencerle en que lo aborte pero ella no quiso, fue llevada a una apartada cabaña a dar a luz y allí le fue arrebatada la niña recién nacida, se argumentó que había nacido muerta, fue un calvario la vida de aquella madre frustrada, sus sentimientos cambiaron, era otra, el médico la había hecho así, la había transformado, una voz fuerte le sacó de sus pensamientos “¡recuerde… Mielicilla!” el nombre fluyó hacia él como un susurro en la brisa: Mielicilla… el eco de ese nombre lo invadió como un sueño, y de alguna forma extraña, el sonido de esa palabra parecía liberar algo que había estado encadenado en lo más profundo de su ser, “¿Mi hija?” preguntó, aunque la respuesta ya se encontraba allí, entre ellos, en la quietud del aire, ella asintió, con una expresión que no era de reproche, sino de una paciencia sabia, de quien ha vivido muchas estaciones en el mismo cuerpo, ”¡Sí, tu hija, y aunque no has conocido su rostro con detenimiento, en ella está todo lo que somos, todo lo que fue, y todo lo que podría ser!”, el doctor cerró los ojos por un momento dejándose caer ene l sillón, como si necesitara digerir lo que acababa de oír, sintió una oleada de dolor, pero también algo más, algo que no esperaba: una chispa de esperanza, como si, por fin, al enfrentar lo que había sido, pudiera encontrar algo que lo redimiera., en sus años de médico y político activo junto con la investigación y estudio científico, había visto morir a tantas personas, había sanado tantas heridas ajenas… pero nunca había tenido que sanar la suya, y ahora, ante esa revelación, todo parecía tener sentido de una forma que no sabía cómo explicar, la mujer no le permitió hablar aún, en cambio, se levantó lentamente, con un gesto que parecía mostrarle el camino, salió por la puerta principal, donde la lluvia había disminuido a un leve rocío, el doctor la siguió sin decir palabra, como si supiera que ese era el único lugar donde las palabras ya no tenían cabida, recorrieron el jardín, bajo los árboles que se erguían con la nobleza de los siglos, el suelo estaba cubierto de hojas caídas y flores silvestres que se abrían tímidamente bajo el cielo gris, el silencio entre ellos era profundo, pero no incómodo, al contrario, era un silencio que se convertía en puente, un puente que solo podría ser atravesado por quien tuviera el valor de mirar la verdad de frente, sin miedo, ella lo llevó hasta una pequeña cabaña al fondo de la estancia, donde el sonido del viento entre las ramas se mezclaba con el murmullo de un arroyo cercano. Y allí, sentada sobre una manta de colores, había una chiquilla, Mielicilla, levantó la vista al escuchar sus pasos, tenía el cabello castaño, los ojos grandes, llenos de una inocencia intacta, pero también con una curiosidad serena que parecía ir más allá de su edad, la miró con una mezcla de asombro y quietud, como si de alguna manera ya lo conociera, “¡Hola, Mielicilla!” dijo el doctor, con la voz entrecortada, como si estuviera pronunciando por primera vez una palabra tan sencilla y a la vez tan compleja, la joven sonrió tímidamente y se levantó, acercándose lentamente a él, no había preguntas, no había juicio en sus ojos, solo una cálida aceptación, como si toda la historia que los unía ya no importara, como si lo que realmente importara fuera el ahora, el doctor se arrodilló ante ella, como si no pudiera soportar estar de pie, como si el peso de la vida lo hubiera obligado a doblarse ante esa joven que, por derecho, llevaba su sangre, y en ese momento, mientras la joven lo miraba con una curiosidad tan pura que lo desarmaba, algo en su pecho comenzó a liberarse, quizá, por fin, entendiera que el perdón no era algo que pudiera ganarse, sino algo que simplemente se recibía, como el aire fresco de las montañas, como la lluvia que siempre trae algo nuevo consigo, “¡No sé si lo que he hecho puede ser perdonado!” dijo él, casi en un susurro, “¡pero lo intentaré. Y siempre estaré aquí para ti!” Mielicilla no dijo nada, simplemente sonrió de nuevo, esa sonrisa llena de luz que solo los de alma pura saben ofrecer, y en esa sonrisa, el doctor vio, por primera vez en muchos años, una esperanza que no había sido arrancada, le recordaba a su difunta hija Justin hasta ese momento en su entender Justin Daniela era su única hija mujer, ahora, lleno de esperanza, en el encuentro con esa joven, comprendió que a veces la vida no se mide por lo que hemos perdido, sino por lo que todavía podemos ganar, y cuando se giraron para caminar de vuelta hacia la casa, bajo el cielo que comenzaba a despejarse, él sintió que la verdad ya no era solo un peso, sino una liberación, como si, al fin, después de tanto tiempo, comenzara a encontrar la paz que había estado buscando, no la paz de los días tranquilos, sino la paz que se encuentra en la aceptación, en el perdón y en el reconocimiento de lo que es, “¡me faltará vida para pedirles perdón!”, la extrañeza se dibujó en el rostro de la joven Mielicilla, con su risa suave, caminó junto a él, como si ya supiera que, de alguna forma, sus vidas acababan de comenzar, entraron en la cocina, los tres, el ambiente de cocina era de esos donde el tiempo parece haberse quedado a vivir entre el vapor del café y las mesas de madera gastada, afuera llovía con una constancia paciente, como si el cielo supiera que aquella tarde necesitaba silencio, ella llegó primero a sentarse, tenía la mirada firme de quien ha aprendido a sostenerse sola, pero también un gesto leve de cansancio, una sombra casi imperceptible bajo los ojos, cuando él le siguió, se quedó un segundo detenido en la silla, la reconoció de inmediato a través la forma de inclinar la cabeza al escuchar, el movimiento de las manos al acomodar el abrigo, eran gestos que él conocía sin haberlos visto nunca, muy parecidos a su difunta hija Justin Daniela, se sentó frente a ella, hablaron de cosas pequeñas al principio: el clima, el tráfico, el café demasiado amargo, las palabras flotaban entre ambos como hojas secas, necesarias solo para no enfrentar el silencio, él sentía el peso de los años no dichos presionándole el pecho; ella, sin saberlo, intuía que aquella conversación no había sido convocada por casualidad en aquella cocina, en un momento, él dejó la taza sobre el plato con un leve temblor, el sonido fue seco, definitivo “¡Hay algo que necesito decirte!” murmuró, ella levantó la vista, no sonrió, no se inquietó, solo esperó, esa espera fue, quizá, lo que más lo desarmó, respiró hondo, desde aquel instante había ensayado mentalmente esa frase en la soledad del camino, ahora en su mente creía que ninguna versión futura le había parecido suficiente, “¡No te busqué antes por miedo…!” dijo al fin “¡…miedo de romperte la vida, miedo de no ser perdonado… miedo de no ser nadie para ti!” ella frunció apenas el ceño, como si algo empezara a acomodarse en su memoria, miró tembloroso a la mujer que los acompañaba en ese trago de café en la cocina de corte victoriano, “¡Yo soy tu padre!” continuó “¡Tu padre verdadero!”, el mundo no se detuvo, no hubo truenos ni gestos teatrales, hubo en ese momento solo el murmullo de la lluvia y el latido apresurado de dos corazones, Mielicilla no habló de inmediato, bajó la mirada hacia sus manos, como si las viera por primera vez, recordó preguntas sin respuesta, silencios antiguos, una sensación persistente de vacío que nunca había sabido nombrar, dirigió su mirada hacia su madre luego volvió a verle a los ojos “¡lo sabía!” dijo finalmente, con una voz que no tembló, no con palabras… pero lo sabía, el doctor sintió que algo se quebraba dentro de sí, no con dolor, sino con alivio, las lágrimas le llegaron sin permiso, lentas, honestas, hablaron entonces de lo que no fue: de cumpleaños imaginados, de ausencias que dolieron sin rostro, de decisiones tomadas desde el miedo, no hubo reproches afilados, solo una tristeza compartida y la conciencia clara de que el tiempo no se podía desandar, cuando se levantaron para irse, la lluvia había cesado, el aire olía a tierra limpia, no se abrazaron, no todavía, pero al despedirse, ella apoyó su mano en el brazo de él, un gesto breve, suficiente, no eran padre e hija en el sentido completo de la palabra. Aún no. Pero habían dicho la verdad, y en esa verdad frágil, tardía, necesaria comenzaba algo nuevo, no una historia perfecta, sino una real, y eso, para ambos, era un comienzo.
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La vecindad se vestía de noche con una alegría antigua, como si cada casa fuera un farol encendido que no quisiera apagarse, en el aire flotaba el olor del mole, del tamal recién hecho, del ponche con canela, y de la madera quemada en las fogatas improvisadas, las pedregosas y polvorientas calles del sector eran un improvisado laberinto de risas y canciones, y el cielo, oscuro y claro a la vez, se llenaba de estrellas que parecían escuchar con paciencia cada palabra, en el centro de esa vida se encontraba la posada navideña, la lotización no era un lugar elegante, ni siquiera un sitio grande, pero sí era un espacio lleno de calor, e instalaba cada año en la vecindad como una costumbre sagrada: se colgaban luces de colores en los balcones, se adornaban las rejas con papel brillante, y se colocaba una mesa larga, interminable, donde la comida se repetía como una promesa, Luciano De la Sierva, de más de sesenta años, se movía con la lentitud de quien ya no tiene prisa, su rostro era un mapa de arrugas y experiencias, pero sus ojos, pequeños y brillantes, guardaban una chispa de juventud que no se había extinguido, era un hombre que había vivido muchas navidades, algunas felices, otras solitarias, pero todas con un mismo sabor: el de la nostalgia, la vecindad lo conocía como “Don Luciano”, aunque no era un título oficial. Era más bien una manera de reconocer su presencia: la de un hombre que siempre estaba dispuesto a escuchar, a ayudar, a dar un consejo sin exigir nada a cambio, aquel año, de 1970, como cada año, se había ofrecido para organizar la posada, pero no por obligación: por cariño, porque para él, la vecindad era una familia que había escogido, a su lado, sin que nadie lo planeara, estaba Donato, un niño de ocho años con ojos grandes y curiosos, pelo lacio y una energía que parecía no caber en su pequeño cuerpo, Donato vivía con su madre y su hermano Parcemón en uno de los departamentos más humildes del lugar, la vida se había vuelto una sucesión de días en los que la comida se hacía con poco y la esperanza con mucho, por estas fechas recordaba la figura de su padre al que extrañaba, Donato era un niño sensible, pero también valiente, se notaba en la forma en que ayudaba a su madre, en la manera en que saludaba a los vecinos, en cómo guardaba silencio cuando la tristeza se asomaba, a pesar de su corta edad, había aprendido a ser fuerte, esa noche, el niño se sentó en un escalón, abrazando sus rodillas. Miraba la posada con una mezcla de fascinación y tristeza, tenía los sentimientos encontrados, quería participar, quería correr, quería reír como los demás, pero algo en su pecho le impedía hacerlo, era la sensación de que no pertenecía a ese mundo, de que la felicidad era algo que otros merecían, Luciano lo vio desde lejos. Lo vio como quien ve una flor en invierno: un milagro frágil que necesita ser cuidado. Se acercó con pasos lentos, como si no quisiera asustarlo. Se sentó junto a él, sin decir palabra, y esperó, Donato no miró al principio. El silencio entre ellos era denso, pero no incómodo, era un silencio que podía sostenerse, como una conversación sin palabras, la posada estaba en pleno movimiento. Los vecinos se apretujaban alrededor de la mesa, compartiendo comida, historias y risas. Las luces parpadeaban como si fueran pequeñas estrellas que se hubieran caído del cielo, en una esquina, un grupo cantaba villancicos con entusiasmo desordenado, en otra, los niños corrían como si la Navidad fuera un juego interminable, Luciano observaba todo con una sonrisa suave, le gustaba ver cómo la gente se unía, cómo los adultos se volvían niños por un momento, cómo el frío se quedaba afuera, como si la alegría fuera un abrigo, Donato, sin embargo, no se sentía tan ligero, había llegado con su madre, pero se había quedado cerca de la mesa, mirando la comida con una mezcla de deseo y timidez, no quería pedir, no quería molestar, sin embargo, solo quería estar ahí, porque la posada lo hacía sentir menos solo, Luciano lo vio desde lejos y, sin pensarlo, se acercó “¿Te gusta la posada, Donato?” preguntó con su voz grave y tranquila, el niño lo miró, sorprendido por la atención, no era común que alguien lo mirara con esa gentileza, pues se sentía esa noche muy sensible ante la persona que le ayuda a hacer las tareas, “¡Sí!” respondió, “¡pero esta vez no quiero pedir nada, gracias!” Luciano sonrió con suavidad, “¡no tienes que pedir, aquí todos compartimos, la Navidad es para compartir!” Donato no sabía qué decir. Era como si esas palabras lo hubieran tocado en un lugar que no sabía que existía, Luciano lo tomó del hombro y lo llevó a la mesa, le sirvió un poco de ponche en un vaso pequeño y le ofreció un tamal con una mano firme y delicada a la vez, “¡Come!” dijo “¡ y no te preocupes por nada!” Donato se sentó, y mientras comía, se dio cuenta de algo que lo hizo sonreír: no era solo comida lo que estaba recibiendo, era la sensación de ser visto, de ser aceptado, es que había escuchado el desprecio de su madre y su hermano en una pelea que habían tenido horas atrás, se sentía muy triste de la forma en que había sido tratado, más aun de su madre, a lo largo de la noche, Luciano se convirtió en una presencia constante para Donato, le ayudó a buscar a su madre entre la multitud, pero el niño no deseaba estar con su madre ni con su hermano, se dio cuenta de su aislamiento, pese a ello le enseñó a cantar un villancico que él mismo tarareaba con emoción, lo llevó a la pequeña fogata que se había hecho en el lugar y le explicó cómo se deben encender las ramas para que el fuego dure más “¿Por qué te gusta tanto la Navidad?” preguntó Donato en un momento, mientras el calor del fuego iluminaba sus caras, Luciano miró las llamas y respondió con una honestidad que parecía antigua, “¡Porque es la noche en la que el mundo parece recordar que todavía hay bondad!”, acotaba “¡porque es una noche en la que la gente se atreve a ser buena sin pedir nada a cambio!” Donato asintió, como si esa explicación fuera la más sensata del mundo, en un momento, la música se detuvo, y todos los vecinos se reunieron para la tradicional “posada” se cantaba, se tocaba la puerta, se pedía entrada y se ofrecía refugio, Luciano, con su voz firme, acompañó el canto con una alegría que parecía venir de lo más profundo de su corazón, Donato, al lado, cantaba con entusiasmo, sus ojos brillaban, y por primera vez esa noche, se sentía completamente parte de algo, Luciano lo miró con una emoción que no podía contener, era como ver a una flor abrirse en la noche, el corazón de Luciano se llenó de un calor que no había sentido en años, la posada siguió su curso. Los villancicos, la comida, las risas, pero la atención de Luciano estaba en Donato, en la forma en que el niño miraba las luces, en la manera en que se emocionaba con los dulces, en cómo se aferraba al pequeño muñeco de trapo que había encontrado en la piñata, cuando la piñata se rompió, los dulces cayeron como lluvia de estrellas Donato se agachó a recogerlos, y luego se quedó quieto, con el muñeco apretado contra el pecho, Luciano se acercó y le dijo: “¿Te gusta?” Donato asintió, con lágrimas en los ojos, “¡Sí… es el mejor regalo que he recibido!” Luciano se agachó a su altura y le habló con voz baja, casi como un secreto “¡Donato… yo quiero que sepas algo!” el niño lo miró con atención, “¿Qué?” Luciano respiró profundo, como si el aire fuera difícil de tomar, se aprovechó de la sensibilidad por el abandono que había sufrido el niño “¡eres un buen niño… alguien muy especial para mí!” continuó “¡Pero desde esta noche, quiero serlo de corazón!” Donato no entendió de inmediato, la palabra “especial” era para él un alivio, un nombre que sabía dónde colocar, “¿De verdad?” preguntó, con la voz temblorosa, Luciano asintió, “¡sí…. porque cuando te vi, sentí algo que no puedo explicar!” respiró hondo diciéndole “¡una necesidad de cuidarte… de protegerte… de amarte!” el niño se quedó en silencio, sus ojos brillaban, “¿Y tú me quieres?” preguntó, Luciano lo miró, y en ese instante, el tiempo se detuvo, “¡Te quiero!” dijo “¡Con todo mi ser… y si tú me lo permites, seré quien te ayude en todo lo que importa!” Donato se lanzó hacia él y lo abrazó con una fuerza que lo sorprendió, Luciano había logrado su cometido para esa noche, el abrazo del niño fue un grito silencioso, un clamor de amor, de necesidad, de esperanza, Luciano lo sostuvo con ternura, y en su pecho sintió que algo se quebraba, pero que ese quiebre era también una liberación. Como si el amor fuera capaz de reparar las heridas más profundas “¡No me dejes nunca!” susurró Donato, entre lágrimas, Luciano se inclinó y le besó la frente, un gesto lleno de devoción, “¡Nunca te dejaré!” respondió “¡Te lo prometo!”, le dio un beso en la frente diciéndole “¡pero tú debes de aceptar lo que te diga… debes dejarte llevar!” “¿sí… verdad?”, el niño asiente; la vecindad entera se apagaba lentamente, la gente se despedía, se abrazaba, se iba. La posada se desvanecía como un sueño que se rompe al amanecer, los niños se iban con sus padres menos Donato que se quedó con Luciano a cantar con los músicos, allí se acercó Parcemón a decirle que lo esperaba en casa, que tenía mucho sueño, minutos antes la madre había salido con un par de amigas y amigos a seguir festejando en un automóvil yendo sin destino definido, para ambos hermanos la llegada de su madre sería entrada las primeras horas de la siguiente mañana, así era que para Luciano y Donato, la noche aún no terminaba, tiempo después caminaron juntos hacia el arco adornado como puerta de la vecindad, la brisa fría les golpeaba el rostro, pero el calor del abrazo permanecía, Donato, con la voz quebrada, dijo: “¿Tú me quieres porque eres viejo?” Luciano rió suavemente, y su risa era como una melodía antigua “¡No, cariño!” le dijo acariciándole el rostro sutilmente. “¡Te quiero porque eres tú… porque tu alma es pura!” ahora le acariciaba el pelo “¡porque cuando te miro, siento que el mundo aún puede ser bueno!” el niño lo miró con una intensidad que lo hizo sentir joven otra vez, “¡Entonces… ¿me adoptarías?!” Luciano lo miró con ternura y respondió: “¡Te adopto con mi corazón!”, Donato lo abrazó de nuevo, y esta vez, el abrazo fue más largo, más profundo, más desesperado, era un abrazo que no solo decía “te quiero”, sino “te necesito”, también para Luciano era un abrazo que lo hacía sentir vivo, en la penumbra, bajo la luz de las estrellas, Luciano sostuvo al niño con firmeza y le susurró: “¡Eres mi regalo de Navidad… y espero serlo también para ti!” “¡esta noche no la vas a olvidar nunca!”, Donato se aferró a él como si fuera el último refugio del mundo, y así, en esa posada de diciembre de 1970, bajo el cielo helado y las luces temblorosas, nació un amor filial más fuerte que cualquier sangre, un amor que no necesitó ser declarado en grandes palabras, porque se manifestó en un abrazo, en un gesto, en una promesa mutua, cuando se separaron un poco el uno del otro, Donato miró hacia atrás una vez más, como si quisiera guardar la imagen de la posada en su memoria para siempre, luego se volvió hacia Luciano y, con la voz baja, dijo: “¡Te quiero… Luciano!”, se puso en puntillas y le dio un beso en la mejilla, Luciano se quedó sin aliento, no por sorpresa, sino por la profundidad de esas palabras descritas por sus sentimientos puros y nobles, “¡Yo también te quiero!” respondió “¡más de lo que crees!”, y en el silencio de la noche, con la vecindad durmiendo, los dos caminaron con la intención de ir hacia sus casas, unidos por un vínculo que la vida no había planeado, pero que el corazón había decidido construir en esa noche mágica, así es como la noche terminó con el sonido de las risas que se despedían, con el olor del ponche que se quedaba en la ropa, con la sensación de que algo bueno había sucedido, Luciano se quedó un momento más en el lugar, observando la vecindad dormir, luego se despidió de Donato con un abrazo, “¡Duerme bien, muchacho!” dijo, “¡usted también, Don Luciano!” respondió el niño, esa despedida fue como una promesa silenciosa, no era un vínculo oficial, no había palabras grandes ni juramentos solemnes, pero en el corazón de ambos, algo se había sembrado: una relación más allá que paternal que no necesitaba sangre para ser verdadera, esa Navidad, la vecindad de forma indirecta celebró el milagro de que dos almas, tan diferentes en edad y experiencia, se hubieran encontrado y sincerado en el mismo lugar, en el mismo momento, y se hubieran reconocido como dos personas que se quieren y que se necesitan muchísimo, ahora, en el patio de la posada improvisada, bajo la luz de las estrellas, Luciano y Donato caminaron juntos hacia sus casas, como dos inviernos distintos que, por una noche, decidieron compartir el mismo calor, “¡toma!”, le dio al niño un billete de mediana nominación “¡te daré muchos más cuando me visites en casa… sea la hora que sea!” “¡te esperaré siempre!” le dio un beso en la frente, vio que Luciano se manseaba el bulto de la entrepierna, el niño sonrió, se notaba la picardía, Luciano y él sabían de que se trataban esas insinuaciones, “¡te quiero mucho Donato!” “¡cuando sientas temor, siempre estaré allí esperándote!” Luciano se inclinó para mirarle fijamente a los ojos “¡cuenta conmigo!” “¡recuerda que siempre te ayudaré!”, se dieron un abrazo despidiéndose cada uno a sus casas, Luciano se sentó a ver el panorama de la fresca noche hasta que el sueño la vencía, pensaba en ese niño, en lo hermoso que lo había pasado en la posada, se disponía a dormir plácidamente en su cama y de pronto la tranquilidad del lugar fue interrumpida por un ruidoso motos de una camioneta del cincuenta de aquellos niños riquillos que perturban la paz del lugar, posteriormente olvidó la calma al lugar, Luciano ya estaba listo para dormir, pero de nuevo su sueño fue interrumpido por unos golpes, algo contrariado por lo escuchado anteriormente se levanta puesto sólo su pijama y va descalzo a preguntar junto a la puerta de quien se trataba “¡soy… Donato!”, el solo escuchar ese nombre le hizo abrir de inmediato la puerta, vio al niño vestido de una remera ligera con un pijama a rayas típico de la época, estaba descalzo, su rostro se notaba contrariado, estaba tembloroso, sus deditos alargados mostraban lo fino de ese niño de piel blanca que contrastaba con la piel de su hermano Parcemón, “¿qué te pasa…. qué tienes?” no pudo contenerse y empezó a llorar, le abrazó, “¡es mi hermano!” “¡no me quiere!” “¡me lo dice siempre!” la mano acariciaba el pelo del niño “¡ya!” “¡ya!” “¡tranquilo!” “¡respira!” “¡respira!” le acarició el pelo, se sentó en la silla y al niño lo sentó en sus piernas, “¡dime!” “¿qué te hizo o qué te dijo?” el niño empezó a contarle que vinieron un grupo de amigos a llevárselo al hermano, él salió a decirle que no era hora de salir, ni menos estando su madre fuera d ecasa, que era peligroso a esa horas, Parcemón le respondió con fuertes palabras ofensivas y no le hizo caso y lo que mas le dolió al niño fue que al subirse a la camioneta con sus amigos le gritó a viva voz con fuerza “¡yo no te quiero… no eres mi hermano!”, “¡eso me dolió mucho!” “¡lo hizo delante de sus amigos… se me burlaron!” “¡me sentí solo!” “¡me acordé de usted!” “¡por eso… vine…!” de a poco mientras el niño hablaba el bulto iba creciendo, Donato lo sentía por debajo de su culito pero no decía nada por discreción, “¡tranquilo mi pequeño… debes regresar a casa!” “¡vamos… te acompaño!”, llegaron a casa vio los alrededores, había una tensa calma en la vecindad “¡te prepararé una bebida para que duermas bien!”, Luciano sabía que era esa tu oportunidad tan anhelada desde siempre, el poder disfrutar de ese cuerpecito de niño bonito, bebieron y comieron galletas, le aconsejó que tuviese calma, que así era esa edad por la que su hermano pasaba, “¡vamos para que duermas!” “¡un niño como tú no es correcto que esté dormido a esas horas!” “¡dame las llaves!” “¡cuando duermas te las arrojo por esa ventana!” “¿ok?” el niño asintió, le llevó tomado del hombro hacia su cuarto donde dormía, de inmediato Luciano reconoció aquel cuarto infantil que tan buenas memorias le traía cuando hizo el amor con Venancio, su querido Venancio a quien le enseñó sexo por vez primera pero a quien no desvirgó, allí en ese cuarto le enseño a coger, con diferentes posturas, el niño cerró la puerta con llave y sin mediar palabra le dijo: “¡ven, acuéstate conmigo!”, sin perder tiempo, abrazó por detrás a Donato presionando su cuerpo musculoso contra el suyo, comenzó a besarle apasionada y profundamente en la boca, él se dejaba, no había extrañeza, lo que le motivó a Luciano a seguir, estaba ya explorando cada rincón con su lengua experta, fue el beso más apasionado, abrían la boca y usaban las lenguas, Donato se sonrojó y soltó una risita nerviosa al escuchar el comentario de que la estaban pasando bien, daban roles en la cama y comenzó a acariciar cada centímetro del cuerpo menudo y vulnerable de Donato, fue en ese momento que Donato puso extrañeza al sentir el deslizamiento de los dedos por el culo y a deslizar el pijama, “¿qué hace?” suspiraba “¡tranquilo… estamos aquí para decirnos lo mucho que nos queremos!”. Para clamarle, sus manos recorrieron los pechos planos deteniéndose en sus tetillas que se le marcaban, entre besos y caricias, le dijo con su vocecita de niño bien cuidado “¡tengo miedo!” lo dijo cuándo el glande ya rozaba la rajita del culo, las manos de Luciano acariciaban su pelo “¡ten calma!” “¡ven!” “¡acuéstate hacia abajo con tu cara!” de esa forma Luciano se puso de pie y se deslizó su remera de un solo golpe, dejando al descubierto su viril torso, luego se tomó el tiempo de admirar a su pequeño acostado a culo descubierto en su propia cama infantil y con las piernas entreabiertas instintivamente, se notaba el culito menudo y curvilíneo, de sólo ocho años, era una visión de pureza y belleza que a Luciano lo dejaba sin aliento, como diría alguien del medio, ese culito de Donato era la personificación de la inocencia infantil y la tentación prohibida, de esa forma Luciano sentía que su miembro comenzaba a endurecerse al pleno aire mientras admiraba el cuerpo virgen y vulnerable de su amado Donato, sabía que el niño lo deseaba tanto como él a él, se notaba, tenía su criterio por la certeza de verles y escucharles hacerlo en la caseta entre Donato y “muelitas”, Luciano supo que era el momento de ir más allá, quería saborear cada momento con su niño bonito, y fue así que comenzó a acariciar sus piececitos descalzos levantados desde la cama, Luciano se inclinó y comenzó a lamer los tobillos, de esa forma podía probar el sabor de su sudor, el sabor dulce de su piel de niño bonito que se dejaba acariciar, “¡estoy aquí para hacerte feliz, mi Donato!” Luciano gemía de un contagioso placer; sabían deliciosos sus tetillas que las chupaban constantemente, justo como los había imaginado miles de veces en sus fantasías viéndole al niño expuesto de su pecho mientras jugaba en la arena junto al frondoso árbol, Luciano fue subiendo sus caricias y besos por los muslos hasta la curva de su culo, apretando y masajeando la carne infantil sedosa y firme Donato para ese momento ya se estremecía de placer y anticipación con cada toque de los dedos de Luciano, estaba totalmente a su merced, este repitió el mismo proceso con la otra pierna, quería grabárselo todo en su memoria, pues en verdad que aquel niño tenía unas hermosas piernas, cuando Donato sentía fuertemente que los besos y caricias de la boca de Luciano subirían hasta su rajita empapada, Luciano le susurró a Marcela al oído con voz fuerte de deseo: “¡Date la vuelta, princesa… Ponte sobre tus manos y rodillas!”, el niño obedeció rápidamente, adoptando la posición que su amante le había ordenado, Luciano podía ver cómo la curvatura del trasero punteado marcaba delimitando a simple vista de su rajita con fidelidad absoluta desde atrás, ya Luciano empezó a lamer y besar el cuello sudoroso de Donato, saboreando las gotas saladas de transpiración que se habían formado en su piel suave, el niño gimió suavemente, arqueando su espalda para ofrecerle más de sí mismo, Luciano podía sentir su pulso acelerado palpitando bajo sus labios mientras la besaba y lamía desde el cuello hasta los hombros, bajando por su espalda. Sus manos acariciaron y apretaron la piel firme y suave de la espalda de Marcela, sintiendo cada vértebra de su columna vertebral, Luciano se separó un poco para contemplar con codicia el trasero respingón y bien formado de su niño bonito, tanto así que Donato estaba ya en cuatro patas sobre la cama, le alzó bien tocando el suave y firme trasero del niño, estaba cubierto sólo por dos delgadas capas de ropa, Luciano exclamaba de deseo al ver cómo el culo de Donato se veía bien con cada pequeño movimiento, desesperado por sentir más, apenas podía contener su erección palpitante, comenzó a frotar su miembro descubierto contra la rajita de Donato, de arriba abajo, las manos se aferraron a las estrechas caderas de Donato, sosteniéndole firmemente en su lugar mientras se restregaba contra el niño, Donato se sostenía de la cabecera de la cama para asegurar la estabilidad, Luciano se inclinó y comenzó a besar el cuello y detrás de las orejas del precioso niño “¡te va gustar lo que vamos a hacer!” de esa manera estaba susurrándole palabras de amor, las manos exploraron el infantil vientre de ocho años, estaba subiendo hasta rozar ligeramente sus tetillas de nuevo, sabía que con esa postura lo estaba llevando al borde de calentura extrema que por vez primera el niño lo experimentaba, presa del deseo y la lujuria, le dio una fuerte nalgada al niño, al azotarle el sonido del golpe resonó en la habitación, pero en lugar de asustarse o detenerse, Donato se arqueó hacia atrás, frotando su pequeño trasero con más abandono contra el pene erecto de su iniciador, esto lo enloqueció de excitación, comenzó a simular un vaivén de roces de caderas, como si estuviera penetrándole de verdad, ya estaban prácticamente con la sensación increíblemente excitante, así pudo sentir la humedad que se filtraba a través de la piel descubierta, se sostuvo de las caderas de Donato con una mano firme, y con la otra se agarró el pene, y el glande empezó a darle golpecitos en las nalgas redondas y firmes, luego, con un movimiento rápido, tomaba la entrepierna se lo frotaba alrededor de su culo ya palpitante, lo cual gimió de placer, ese mismo deseo incontenible lo impulsaba a no detenerse allí, con habilidad, corrió sus labios libres por la entrepierna yendo hacia el glúteo derecho, dejando la estrecha y pequeña rajita del culito del niño prácticamente expuesto al abrirle con los dedos ese oficio rosadito tan deseado para sentir placer, Donato quien ya lo había experimentado esos tocamientos con César Emanuel “muelitas” se dejaba llevar por la lujuria y el deseo de Luciano De la Sierva, sin pensar en nada más que en el placer que le estaba dando; se sentía tan pequeño y vulnerable en comparación con Luciano, pero al mismo tiempo, se sentía tan seguro y a salvo en sus brazos, se dejó llevar por completo por su deseo desenfrenado y con entusiasmo tocaba sobre el trasero del niño, enterrando su rostro en el hueco de sus glúteos, restregó su boca y su nariz contra la pequeña y estrecha rendija del ano, inhalando profundamente el aroma que salía de allí, de su piel sudorosa, sin duda era un olor intenso, se percibía el aroma de la infancia mezclado con la más madura y sexual esencia de la excitación que estaba experimentando el pequeño Donato, se notaba que con Cesar Emanuel no había conocido lo suficiente, estaba tan emocionado en tenerle así dejando que el olor a niño pequeño y sexo se grabase profundamente en su cerebro, llevado por el deseo, dejó que su lengua comience a recorrer cada centímetro del camino que se extendía desde el inicio de la cavidad anal, subiendo lenta y tortuosamente por la línea perianal y ano, hasta llegar a la base de la columna vertebral, saboreó cada parte de la raja de su niño precioso y en todo lo que en Donato se podía describir claramente como una mezcla de fluidos, sudor, orina y hasta algunas partículas de excremento, todo ello combinado en un aroma y sabor tan fuerte que a Luciano le turbaba los sentidos, estaba saturando sus sentidos con cada lamida, embriagándose con el aroma particular que se notaba en la piel sudorosa del niño bonito de piel blanca y pelo castaño, le parecía encantarle la nueva experiencia, ya que se removía y gemía disfrutando de del cuerpo de Luciano, experimentaba cambios sin duda alguna a causa de esos movimientos, ese deseo con sueños mojados de algún tiempo lo llevó a hacer realidad una fantasía sexual y en un arrebato de lujuria, atacó directamente el ano infantil, presionó su lengua contra el estrecho y pequeño potito, de esa forma iba introduciendo su lengua en la cavidad rectal del nene de ocho años, al mismo tiempo, hacía círculos con la punta de su lengua alrededor de la entrada anal, ya estaba saboreando cada centímetro de piel, mientras que a Luciano no le importaba en absoluto el sabor fuerte y poderoso que emanaba del ano del niño, ni el aroma intenso que inundaba sus fosas nasales, en realidad lo único que sentía era una poderosa sensación de excitación y placer al estar chupando y saboreando ese hermoso culito de su vecinito, todo transcurría con total perfección sexual, pero Luciano se había propuesto hoy que deseaba mucho más, así que mirándole con ojos hambrientos y llenos de lujuria, colocó uno de sus dedos sobre el pequeño y estrecho ano del nene, sin moverlo, simplemente dejándolo allí quieto, como si estuviera marcando territorio, se convirtió en sólo un punteo simple, pero para Donato fue como si un rayo la hubiera golpeado, esa sensación de ese dedo extraño y grande sobre su parte más íntima y vulnerable fue demasiado para el vecinito, eso la llevó a experimentar un borde de un abismo de placer, ya para ese entonces el niño estaba completamente dominado por la excitación, estaba moviéndose erráticamente sobre su cama mientras Luciano con su experiencia sexual lo estimulaba en sus lugares más íntimos, así podía sentir cómo el cuerpo de su vecinito se estremecía y se sacudía debajo de sus caricias expertas, y decidió llevar las cosas al siguiente nivel, tal y como lo había hecho con el hermano, Parcemón, años atrás, Luciano lamió el penecito del nene con avidez, saboreando cada gota de sus jugos mientras que coqueteaba con el dedo invasor en el ano, sintiendo cómo este se dilataba y se abría para recibirlo, de esa forma el nene gemía y suspiraba a ojos cerrados, comenzó a meter su dedo índice en el ano del pequeño, Donato para ese entonces ya estaba en un estado de puro éxtasis, con el culo empinado y la cara enterrada en las cobijas mientras su cuerpo se sacudía con la fuerza de sus gemidos, a la vista simple se podía ver la intensidad de las sensaciones que estaba experimentando, y menos aún cuando sintió que el dedo que comenzaba a penetrar ligeramente, Luciano no pudo resistir la tentación de probar aún más de su hermoso vecinito, así que enrolló su lengua de manera cilíndrica y comenzó a introducir la punta en el ano del pequeño, saboreando su sabor único y especial de niño sudoroso por el placer, Donato en definitiva se retorcía de placer, sintiendo cómo perdía el control de su cuerpo y de su esfínter anal mientras Luciano combinaba dedito invasor y lengua penetrante, el pequeño no sabía cómo iba a reaccionar ante tales estímulos, pero una cosa sí sabía con certeza: estaba a punto de tener el orgasmo más potente de su corta vida, de esa manera sabiendo aquello intensificó el movimiento de su lengua, lo hizo de lubricarlo abundantemente con su saliva, finalmente logró penetrar en su interior con la punta de su lengua, seguramente que fue una explosión de sensaciones para el pequeño, un placer más intenso que cualquier otra cosa que hubiera experimentado, el niño gritó con fuerza, su cuerpo se sacudió violentamente y sus manitos se aferraron a las cobijas con tal fuerza que una de ellas se rasgó por la intensidad, el vecino adulto se pegó aún más a su vecinito, moviendo su lengua de afuera hacia adentro, penetrando sólo unos pocos milímetros en su ano, estaba complaciendo al nene con sexo anal, su lengua entraba y salía en una danza erótica y sensual que hacía gritar de placer, el nene respondía a cada estímulo con ágiles movimientos de cadera, su culito rosado se agitaba con cada embestida, ya se podía sentir una nueva sensación, una corriente de placer que comenzaba en su ano y descendía directamente a su penecito lampiño que estaba erecto, el niño entendía cómo funcionaba, pero sabía que estaba a punto de tener su primer orgasmo anal, no pudo contener sus gritos de placer y, para no alertar a los vecinos, enterró su rostro en el colchón y las cobijas a mandato de Luciano quien le ayudó luego poniéndole un trapo en la boca, se notaba las lágrimas de pura combinación entre extrañeza, éxtasis y dolor que rodaban por sus mejillas mientras su cuerpo se sacudía descontroladamente, el pene estaba allí haciendo su acción, el cuerpo del pequeño se entumecía del dolor, bufaba tragándose el sonido la tela en la boca, la mano buscaba el penecito para estirarlo y descubrió que en la punta del penecito estaba humedecido dejando una manchita de ese líquido transparente en la sábana sin duda que el pequeño había experimentado un leve orgasmo, se podía ver a Luciano De la Sierva inclinado frente al culo de su precioso vecinito después de haberle chupado el culo hasta hacerla estallar, lo tenía encorvado con una mano en su pene el niño estaba en posición en cuatro, muy empinado, con su rostro clavado sobre las cobijas, la entrepierna estaba corrida hacia un lado, eso era lo que había, una absoluta obra de arte, en donde ambos guardaron silencio por varios segundos, pues el momento había sido tan intenso, “¿Te encuentras bien, mi amor?”, preguntó con intriga, el niño, entre un suave sollozo y con los ojos aguados dijo que se encontraba bien, Luciano le dijo al niño con cierta disimulada con su vocecita dulce: “¡Quiero sentirte!” le decía mientras no paraba de besarle el pelo y el cuello haciéndole poner la carne de gallina, “¡vamos a jugar como ves las novelas en televisión!” “¿sí mi amor?” levemente el niño asentía desde esa posición, allí estaba tumbaba boca abajo en la cama y se levantaba el culito a movimiento de manos de Luciano, ya estaba un tantito con las piernitas abiertas en clara invitación a seguir “jugando” con esos movimientos de pelvis, el pene continuaba deslizándose por la rajita del culito, su miembro estaba completamente erecto al descubierto en medio de aquella habitación infantil, miraba a los alrededores y se sentía abrumado por la lujuria y el deseo que le provocaba tenerlo así a su mando el culito pequeño, y decidió entregarse por completo a la pasión que sentía, pues sentía que era su momento esperado y el de aquel niño acostado en la cama con su culo al descubierto, se puso en pie, agitaba el pene asomándose por la ventana que daba a la fresca madrugada descrita en ese solitario lugar, confiado iba caminando de nuevo lentamente hacia la cama donde estaba su vecinito con su cuerpo pequeño y precioso. Al llegar a su altura, apoyó con delicadeza su rodilla sobre el borde del colchón y corrió a un lado la entrepierna del niño con un movimiento rápido y seguro, dejando al descubierto su culito completamente empapado y brillante, era una posición original de misionero, así era que el adulto vecino comenzó a frotar suavemente su miembro erecto sobre la delicada y humedecida rajita del culito, sin duda que para el pequeño era una sensación completamente nueva y excitante para ambos sentir el roce piel con piel una especie de electricidad recorría sus cuerpos, era la descripción del deseo y la pasión a un nivel que nunca antes habían experimentado Luciano con el pequeño que tras varios tiempos eso era motivo de gran deseo y fantasías .sexuales que las sentía en muchas ocasiones y que solo en su cuarto, soñaba con tener ese cuerpito desnudo a su mando, se había cumplido, mejor de lo que había pensado, podía sentir con su glande la piel suave de ese precioso niño, el vecinito no pudo evitar soltar un gemido ahogado al sentir su tacto tan íntimo y prohibido, Luciano le susurró con voz temblorosa y cargada de lujuria “¡ábrete el culo!”, con una sonrisa pícara y traviesa hizo que sus deditos alargados con uñas bien tratadas abría hasta más no poder su culito palpitante el glande comenzó a frotarlo con delicadeza contra sus glúteos virginales, estaba sintiendo cada roce y cada pulso en la piel que iba deformando la entrada del culito, otra vez ahogaba sus gemidos mordiendo parte de la sábana con movimiento que subía y bajaba, así también lo hacían sus manitos haciendo puños en la sábana por efecto del eje del pene, al mismo tiempo que frotaba la punta contra su ano, empapando aún más el glande con crema puesta, decidió explorar su ano más allá de lo que el pequeño vecinito estaba acostumbrado, rozando la punta del pene sobre su estrecha y frágil abertura, sintiendo una nueva llamarada de excitación al hacerlo, el nene con un tono dulce y sugerente, le preguntaba a Luciano si ya había terminado, cambia el sentido de diálogo: “¡lo sientes!” “¿verdad?” de abajo asentía con su cabeza, , le besaba el cuello y el cuerpo, así que con una voz ronca y cargada de deseo, le susurró en la orejita: “¡me tienes loco del deseo!” “¡te quiero!” “¡te quiero!” sin duda que Luciano estaba completamente enamorado y obsesionado con su vecinito, se daba cuenta que no podía resistirse a sus encantos y a sus caricias tan eróticas y atrevidas para su corta edad, comenzó a aspirar profundamente el aroma dulce y puro del cabello de Donato, embriagándose con su esencia infantil e inocente vecinito, su boca se posó sobre el cuello del pequeño, comenzando a chupar y succionar con desesperación, dejando una marca después de otra en su piel pálida y delicada de niño precioso, mientras tanto, con el desliz de su glande podía sentir los suaves y humedecidos de la rajita de Donato rozando la longitud de su pene, con voz entrecortada y cargada de deseo, Luciano le susurró a Donato, “¡solo pondré la punta en la entrada para que sientas y sentirte, rico los dos!” “¿estás de acuerdo?”, estaba rogando por la aprobación de su niño para llevar su pasión a un nivel aún más profundo y comprometido, el niño contestó asintiendo, sin duda que Luciano lleva a Donato a punto de cruzar una línea de la que sabían que no podrían regresar jamás, en ese momento, su cuerpo estaba ardiendo y su miembro palpitando contra la entrada del ano virginidad de su vecinito, para ese instante a Luciano no le importaba nada, “¡te lo haré despacio!” “¡lo haré con mucho amor para siempre me recuerdes!” el niño escuchaba mientras Luciano ya iba punteando suavemente, trataba de hacer con el pene de punta a punta el penetrar ese anito, empujaba la pelvis, en eso entrelazaba las manos, agarrándole con fuerza, sintiéndose mutuamente piel a piel, es así que lo sujetaba bien al pequeño, se escuchó de repente un sonido agudo y penetrante, mezcla de dolor y sorpresa, se notaba la angustia dibujada en su cuerpo, gemidos y ciertos pujes brotaban de los labios del niño, y era por efecto al sentir cómo sentía que era penetrado, se trataba de solo la mitad del glande, eran unos pocos milímetros nada más de haberlo deslizado ese glande, Luciano lo sentía al desliz, el niño extrañamente lo sentía al deformarse las paredes del ano que era donde empezaba pujar y gemir como una sensación de angustia y dolor, al fin los dos estaban cogiendo sintiéndose de distinta forma, el iniciador del niño se quedó quieto, sin moverse más adentro pero tampoco retirándose de ese cuerpecito hermoso, le estaba dejando probar de su pene que se iba alojando dentro de las entrañas de su nenito de ocho años, de esa forma, se ajustaran a la nueva sensación de tenerlo dentro de su culito. Luciano le susurró con ternura “¡Aguanta bebé, tienes que ser un niño muy valiente!” “¡debes hacerlo… porque nos amamos!”, el niño empezó a sollozar levemente, su vocecilla pequeña y temblorosa expresaba “¡ay!” “¡me duele!” “¡me duele!” Luciano le acariciaba el pelo, sentía que el pene entraba, se queda quieto y le empieza a besar el cuello pasándole la nariz tratando de relajarle, “¡aguanta mi pequeño!” “¡ya casi terminamos!” “¡ya casi!” hizo un leve empuje de sus caderas moviéndose la pelvis lentamente, los gemidos y pujes del niño se incrementaban, su piel cambiaba de color ante esa leve embestida, Luciano se detuvo de nuevo, sintiendo el cuerpo tembloroso y frágil de Donato Edmundo nacido en mayo de 1962, hijo de Eliazar Emigdio y Estela, hermano de Parcemón que estaba debajo del suyo. Con voz suave y preocupada, le susurró al oído con ternura: “¡cálmate y verás después cómo te va a gustar… y vas a pedir más, me vas a buscar para que te lo siga metiendo!”, “¡ya lo verás!”, “¡pero primero debes ser fuerte!” el niño asintió resignado mordiendo los labios a ojos cerrados, su rostro mostraba una mezcla de dolor y placer que le hacía ver aún más hermoso, irresistible y jovial, sus mejillas estaban húmedas por las lágrimas que había derramado, pero sus ojos brillaban con un temor y recelo que delataba su extrañeza, Luciano sentía que la punta de su pene estaba completamente dentro de Donato Edmundo, pero debido a la estrechez no avanzaba más, así que con voz suave y lleno de preocupación, le susurró a su “hombrecito”: “¡debes tranquilizarte!” “¡recuerda que lo hacemos con amor!” “¡viniste aquí porque me amas!” golpeó su respiración en el cuello del pequeño “¿verdad que sí… mi amor?” el niño lentamente asentía aunque el pene lo sentía dentro de su culo, entrelazaron las manos con fuerza, “¡eres mi niño lindo!” Luciano estaba muy entusiasta, estaba comiéndose el virguito del segundo hermano, ya antes lo había hecho con Parcemón, casi a esa misma edad, sentía que todo lo grueso del glande estaba a medias adentro, lo sentía como demasiado delgadita la entradita y estaba apretadito es culito de su niño bonito de rostro y lindo de culito, Luciano sentía ese cuerpito debajo del suyo y estaba abrumado por la sensación de estar que se iba poco a poco dentro de él, el niño movió en parte su carita pese al dolor, y le miraba con ojos llenos de recelo pero también de ternura, con una vocecilla temblorosa le bufaba y sacrificaba su dolor y su comodidad para complacerlo y agradarlo, de esa manera Luciano se inclinó y unió sus labios con los de su niño precioso en un beso apasionado y profundo, sintiendo cómo su lengua se deslizaba dentro de la boca de su niño amado, estaba consiguiendo lo que desde hace mucho tiempo deseaba: ese culito virginal, esa boquita rosácea que le excitaba al verse llevar frutas y demás comida a la boca, de esa manera como lo tenía sometido comenzó a moverse lentamente, entrando y saliendo solo unos pocos milímetros dentro del estrecho culito de Donato Edmundo, las manos del niño se aferraban a las de su iniciador, le abrazaba con fuerza, el niño precioso de ocho años no pudo evitar soltar otro pequeño gemido de dolor al sentir los movimientos de Luciano dentro de su ano, con voz entrecortada, le susurró a su iniciador: “¡Ay!”, “¡ya!”, “¡ya!”, “¡me duele!”, “¡me duele!”, “¡me duele!” es que el pene entraba más y más en cada milímetro, en cada puje, en cada movida de pelvis, en cada movida de cadera, el niño iba sintiendo el dolor causante de ese pase del glande por dentro de su culito, en ese momento de alta calentura Luciano no tuvo conciencia de que su cuerpo era muy fuerte y rígido ante ese cuerpito pequeño y frágil para recibir las embestidas de un adulto dentro del pequeño, pero lo disfrutaba y de qué manera, le iba tranquilizando de inmediato con suaves caricias y besos en el cuello, no podía creer lo afortunado que era de tener un niño que se entregaba de esa manera, y era debido a los constantes encuentros que tenía ese niño sometido con “muelitas”, sin duda que Cesar Emanuel le había preparado el terreno a Luciano para que Donato Edmundo ahora se entregase a él, Luciano estaba consciente que ya no había vuelta atrás, que era su momento de dicha, quería repetir lo que le hizo a Parcemón hermano de Donato de Edmundo, así que decidió avanzar un poco más dentro de ese ano de niño bonito de piel blanca, estaba ya sintiendo cómo los suaves y aterciopelados músculos del infantil culito de Donato Edmundo se tensaban y se contraían alrededor de su miembro, el culo latía de una forma apresurada que causaba extrañeza en ese instante al pequeño, estaba siendo cuidadoso, pero no podía resistirse a la tentación de ya romperle el culito, estaba a poco de conseguirlo, así es que mientras avanzaba lentamente dentro de ese culito, Luciano se inclinó para besar a Donato Edmundo con tremenda manifestación de ternura y acalorada pasión, tanto así que el contacto de sus pieles los sentía, le acariciaba en lo que podía con sus labios, sus manos seguían rígidas entrelazadas, así era como mostraba su deseo de tratar de reconfortarle y hacerle sentir amado a pesar del dolor, eso era lo más importante para ese instante se notaba que Donato Edmundo estaba gimiendo de una forma considerable, aguantaba su culo el paso del glande, y eso era por lo que no podía concentrarse en corresponder el beso de forma apropiada cuando buscaba los labios de Luciano a los de su vecinito de ocho años, se soltaron de las manos, Luciano estaba notando la incomodidad de la postura en el niño y así es cómo pasó sus dedos por sus mejillas sonrojadas y húmedas, apartando con delicadeza las lágrimas que rodaban, al mismo tiempo, sus dedos se deslizaban en el pelo del pequeño, y así estaba acariciando con ternura el cabello y tratando de reconfortarle, instantes después se podía apreciar que el rostro infantil mostrando algo de dolor, el pene seguía firme dentro del culito, Luciano podía sentir cómo su cuerpo estaba llegando al límite de su propósito, se sentía la presión ejercida por el pene dentro del culito, se sentía tan estrecho y ajustado que a cada acción al niño le causaba un dolor que paradójicamente era extraño vivido por vez primera, estaba consciente que no podía aguantar mucho más tiempo antes de llegar al clímax, así que le sostuvo al niño diciéndole “¡vas a aguantar!” “¡vas a ser mío!” “¡ahora… y para siempre!”, emitió un gemido de placer, le sostuvo con fuerza las caderas al niño, hundiendo la cabeza de su pene un poco más adentro, unas cuantas pulgadas de su tronco palpitante, así que al mismo tiempo, podía sentir cómo los piececitos se movían en señal de desesperación por debajo del cuerpo de Luciano, como si lo estuviera tratando de zafarse, es que era el dolor cada vez más intenso, ambos estaban siendo uno solo, el culito del niño estaba al límite de su resistencia, Luciano estaba experimentando el mayor placer de su vida, sí, desde hace mucho tiempo ese culito para él era de vital fijación, siempre le soñó tenerlo así de sometido y ahora se estaba cumpliendo y más ahora ya sintiendo cómo su orgasmo se aproximaba rápidamente, el pequeño, con medio pene de su iniciador dentro de su pequeño cuerpo infantil, también podía sentir la creciente excitación, en un movimiento rápido, el dolor fue desgarrador, las manos de Luciano buscaban con la sábana la boca de Donato Edmundo, ahogaba esos gritos, luego al instante se entrelazaron sus manos con las del niño que botaba lágrimas, fue con tanta fuerza que sólo se exclamaba “¡ya está mi niño!” “¡ya está!” “¡eres mío!” “¡sólo mío!” lo hacía con vehemencia, estaba como un poseído, lo había logrado, ese culito le pertenecía, le había desvirgado, todo el pene ahora estaba completamente dentro, el esfínter de la telilla estaba roto, latía el pene dentro de ese dilatado culito, lo había conseguido, una nueva metamorfosis en el pequeño, igual que su hermano igual que su hermano, igual que su hermano retumbaba esa expresión en el cerebro y mente de Luciano, había logrado desvirgar a los dos hermanos hijos de su vecina Estela, esa noche del 25 de diciembre de 1970 para Donato Edmundo significaría mucho en su vida, la respiración golpeaba en el pelo, de una manera sutil le sacó pene de adentro, “¡calmadito!” “¡calmadito!” se puso crema en el glande le acariciaba el pelo, el niño lloraba, el trozo de sábana que tenía en la boca se deslizaba de sus labios “¡no!” “¡ya no!” “¡me duele!” “¡me duele!” le abrazaba por detrás acariciándole el pelo y el cuello dándole repetidos besos, “¡cálmate mí pequeño!”, “¡ahora sentirás más rico!” “¡ya lo verás!” le besaba con intensidad “¡quiero darte la prueba de mí amor!” “¡vamos, hagámoslo rápido… antes de que nos vean!” le besaba con intensidad así que lentamente le acostó con mirada al techo, “¡dame tus piernas!” las puso sobre sus hombros “¡así mi amor!” “¡tranquilo!” “¡tranquilito… mi cielo!” el niño se sentía un tanto extrañado en esa postura, levantó la cadera poniéndole una almohada debajo “¡ahora vas a sentir mejor!” sintió que el dedo lubricaba su culo con esa crema de Luciano “¡verás que te va a gustar!” sintió el pene entrando, empezó a gemir, hicieron un alto, le puso un trozo de sábana en la boca, “¡ahora estate tranquilito!” le sujetaba bien de las caderas, ahora era el momento en que el pene entraba “¡tranquilito!” se movía pero era bien sujeto de las caderas, se inclinó un poco sobre el niño y así el pene iba entrando, más, más, más y más hasta sentirlo dentro, cada vez más adentro, sentía ese desliz, los pies se movían “¡tranquilo!” “¡ya casi!” cerraba los ojos al sentir placer mientras el niño a ojos abiertos experimentaba esa penetrada con esa postura, ya antes con sus amiguitos lo había hecho pero no experimentaba así ese dolor y esa metamorfosis que iba en desarrollo, “¡ya!” “¡ya!” los gemidos del niño eran ahogados por el trozo de sábana, sentía ahora el pene dentro de su culito, se sorprendió cuando empezaban las embestidas del pene en su culito, el dolor incrementaba pero al pasar el tiempo se notaba otra sensación latente y caliente dentro de su culito, sintió que algo estaba quedando dentro, mientras su semen comenzaba a brotar con fuerza desde la punta de su pene, lo sentía muy caliente y espeso, “¡ya está!” “¿viste… Donatito?” unieron sus frentes, se notaba el acelerado estilo de respiración del adulto, “¡ya terminamos!” el pene iba saliendo despacio dejando estalas de semen en su pared del pene, los dedos de Luciano masturbaba el penecito de Donato Edmundo, el niño sentía sentimientos encontrados entre lo extraño del masturbe mientras experimentaba ardor en su culo latente por el que al sacar el pene salía hilachos de sangre, semen y un poco de excremento, el niño se sentó a verse con extrañeza lo que le salía del culo, vio eso Luciano y sonrió “¡para la próxima te lo limpias bien!” el culo le ardía, no atinaba a reacción alguna, sus piernas estaban temblorosas, las sabanas se habían manchado, Luciano estaba en pie, el niño sentado en el extremo de la cama, le agitaba el pene con restos de sangre, semen y excremento, “¡mira Donatito!” “¡mírale bien!” “¡él te hizo mío!”, “¡ahora eres mío!” “¡me perteneces!” el niño tembloroso no dejaba de mirar ese pene “¡él te hizo mi mujer!” “¡no lo olvides nunca!” “¡nunca!”, se agacha a tomar la bacinilla que estaba debajo de la cama, delante del niño empieza alanzar la orina de su pene en ese recipiente, toma un trozo de papel higiénico y se lo pasa limpiando por el pene grueso, peludo y venoso al que los ojos llorosos del niño lo observan con atención, se acerca al pequeño con la bacinilla en mano, diciéndole “¿quieres hacerlo también?” cabizbajo el niño asentía, le acercó la bacinilla para que allí sentado lance su orina en ese recipiente, abre la ventana y lanza ese líquido, toma agua y lo limpia, le puso debajo de la cama, ahora toma al niño de las manos haciéndole poner en pie, lo encorvó sobre la cama para limpiarle con papel higiénico el culito, le sienta en la cama, “¡toca a quien te hizo mi mujer!” “¡vamos… tócale!, “¡vamos… no tengas pena!”, le hizo pasar por las mejillas y labios, a pesar de la confusión, ahora el pequeño contrariado no podía dejar de acariciar y masturbar el pene palpitante de Luciano, ayudándolo a hacerle sentir placer lleno de vida, con voz dulce y llena de amor, Luciano susurraba al oído del niño “¡te amo Donatito!” “¡eres un niño maravilloso!” se mostraba el pene erecto “¡esta es nuestra prueba de amor!” aun jadeando por la intensidad de su orgasmo, le miró con ojos llenos de amor y ternura al pequeño, con un susurro ronco le decía lo orgulloso que estaba de él, típica expresión de convencimiento de la época para ganarse la voluntad de los inocentes, el hombre se tumbó en la cama, al lado de esa mancha en la sábana, la miró y sonrió, era la evidencia de haberle desvirgado al pequeño Donato Edmundo, estaba muy complacido, muy extasiado, e hizo que Donato se acueste encima, sentía ese cuerpo infantil tembloroso y de esa forma juntos se quedaron abrazados y dándose de besos, las manos acariciaban el cuerpo del pequeño, se sentía su entrega y su voluntad, las manos de Luciano se deslizaban por la espalda del niño, su carita se posaba en el pecho, “¡ya!” “¡ya!” “¡tranquilo mi pequeño!“, “¡lo hiciste bien!” “¡muy bien!” “¡no tengas pena!” le acariciaba el pelo y le daba besos “¡seguiremos haciéndolo!” “¡porque nos queremos!” “¿verdad que sí… Donatito?”, el niño asintió con cierto temor, tomaron la sábana, le hicieron un leve lavado a la mancha, le dejó en la mesita un billete de mediana denominación, “¡es para ti!” “¡en cada visita tendrás más así!”, se acercó viéndole acostado en posición fetal, quedaba desnudo, su cuerpo tiritaba aún del dolor, le dejó poniendo crema en el culo, se fue sabiendo que no salía más sangre del potito, esperaba dejar pasar los días para poder verse de nuevo, para Luciano ese niño significaba mucho en su vida, durante el mediodía se observaba el cuerpo de Donato Edmundo que tendía la ropa en el cordel junto a la caseta y el árbol frondoso, desde la ventana Luciano observaba los movimientos del niño que tendía la sábana con la que habían hecho el amor, sobre esa sábana le desvirgó el culito, estaba puesto sólo un short, iba descalzo, tenía una expresión como de pensativo, caminaba con un poquito de dificultad, observa desde su ventana la llegada de un auto lujoso, se baja un hombre que abre la puerta del copiloto, la madre de los dos pequeños se sube, era una mañana fresca de 17ªC a 20ªC lo que hacía que el pene se ponga erecto, al rato Parcemón sale de la vivienda, quedaba el niño solo, de pronto llega “muelitas”, se ponen a jugar con los autitos haciendo caminos sobre el suelo, en eso la mano de Cesar Emanuel le pasa por el culito del amiguito quien reacciona con una sonrisa cómplice, “muelitas” mira a todos lados, le pone rápidamente al niño de cara al piso y empieza a acostarse encima alzando y bajando las caderas, a manera de luchitas, para sorpresa de Luciano desde su ventana ve que el pequeño que hace horas su culo había sido desvirgado hace señas a su amiguito para ir a la caseta, rápidamente corrieron a ese lugar, “muelitas” le quiso acostar como antes pero el niño se acuesta de cara a la caseta, se deja deslizar el short de “muelitas” su pene estaba erecto, le hace señas que “muelitas” se acueste encima, así lo hace bajándose el short y ya en ese momento los dos penes lampiños están rozándose, Cesar Emanuel alza y baja la pelvis, era un movimiento seguido, Donato estaba pasivo recibiendo esos roces, para Luciano verlos de allí le producía una gran calentura, tiempo después se separan, se suben los shorts y continúan jugando con los autitos en el suelo, de vez en cuando a manera de luchitas disimuladas “muelitas” se acostaba sobre Donato Edmundo, al rato los dos entran a la casa, tranquilamente Luciano permanece en la silla viendo a la puerta de la casa de Donato, se acariciaba el pene vestido, estaba el pene a explotar, tiempo después salía “muelitas” con las manos metidas en el short, habría pasado tal vez una hora desde que estaban dentro de la casa, estiraba la tela por dentro, tiempo después fue Donato quien salí del mismo modo, sólo que también se rascaba el culito, los dos se sentaron junto al frondoso árbol, “muelitas” estiraba la tela del short viéndose por dentro el pene erecto, Donato se unía a mirarle y a sonreírle, tocaba la punta del pene y se lo llevaba a oler, lo mismo hacía su amiguito, ambos allí sentados se hacían tocamientos discretos, de pronto llega un amigo de “muelitas” en bicicleta y los hace pasear a los niños, “muelitas” se despide de Donato, y fue en ese instante que un grupo de mujeres van donde el niño haciéndole ingresar a la vivienda, esperaban a la madre para llevarle al hospital, Luciano se entera por la vecindad que Parcemón había tenido un grave accidente, estaba muy grave, sin posibilidad de vida, la contrariada madre llega al centro de salud pero sólo para conocer el fallecimiento trágico de su hijo, la vecindad acompañó en el velorio y como siempre de allí salía los comentarios del descuido de la madre por sus hijos, a las semanas de fallecido se notaba las visitas frecuentes de Eliazar Emigdio hacia Estela la madre de Donato Edmundo, dejaban solo al niño y de eso Luciano se aprovecharía de aquello para futuro estar junto a su pequeño amante, su sueño de estar con él se había cumplido.
FIN DEL DUCENTÉSIMO OCTOGÉSIMO OCTAVO EPISODIO


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