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Dominación Hombres, Gays, Heterosexual

METAMORFOSIS 291

Óyeme.
Para el clérigo fue muy agradable tener a los hijos del prestante hombre de negocio en su internado tomando así más prestigio, se refería al pequeño Jules Alsogaray de siete años y a su hermano Mateo Fulgencio de diecisiete años, rápidamente los hermanos hicieron amistad por el pequeño Ignacio Alonso nacido 10 de enero de 1964, hijo de Catarina y del militar Edgar Fausto, militar de carrera nacido en 1941 que tiempo atrás le hizo el amor a Joaquín Lupercio siendo un niño muy pequeño allá por la selva cuando iniciaba su carrera militar, para el clérigo Abner Heriberto era un chico muy especial, ese muchacho nacido en 1954, ahora tenía diecisiete años, era hijo de Marcelo Heriberto Alpízar ahora postrado en una cama con parálisis y era hijo de Amarilis Rodríguez una mujer muy bondadosa, el muchacho se hizo rápidamente amigo de los hijos de Fernanda, le pidió al muchacho que lo acompañase a arreglar una alacena, conversaron de muchas cosas, todo parecía normal, las horas pasaban, era una noche fría de invierno, el internado, rodeado de altos muros de piedra y con ventanales que dejaban ver los oscuros jardines, parecía aún más solemne bajo la luz de la luna, el sonido de las campanas del convento, que marcaba la hora del descanso, resonaba en el aire helado, difuminándose en el silencio de la madrugada, la habitación del clérigo superior, un hombre alto, de rostro severo y barba blanca, se encontraba en la planta alta del edificio principal, el padre Nicandro, es un nombre de raíces griegas que evoca victoria, fortaleza y nobleza, cargado de historia y resonancia antigua, y en verdad que lo era, calaba con su vocación, por tanto, de solo escuchar “Nicandro” su nombre transmite fuerza, triunfo, liderazgo y carácter combativo en el sentido noble del término, sin duda representaba como uno de los líderes espirituales más respetados del internado, se había retirado a descansar después de un largo día de confesiones y enseñanzas, pero algo en su rostro cansado denotaba más que el agotamiento normal, a sus cumplidos setenta años tenía una sensación de presagio parecía envolver la habitación que, normalmente, estaba impregnada de una calma austera. La luz de la lámpara que titilaba a su lado apenas iluminaba la sombra de su figura, tendido en la cama, en silencio, la atmósfera estaba cargada de un aire denso, como si el mismo tiempo hubiera decidido ralentizar su paso, la quietud era tal que incluso el viento, que soplaba con fuerza desde fuera, parecía callarse ante la gravedad del momento, en el pasillo, las luces del internado parpadeaban débilmente mientras un pequeño niño de siete años caminaba con paso apresurado, era Andrés, un niño de cabellera rizada y ojos grandes llenos de curiosidad, que aún no comprendía del todo el peso de la experiencia,  Andrés, huérfano de madre, había sido confiado a la dirección del internado para recibir una educación religiosa que sus padres habían querido para él, a pesar de su corta edad, ya había formado una especie de vínculo con el padre Nicandro, quien, a su manera distante pero cuidadosa, solía guiar al niño con consejos sobre la fe y la vida, esa noche, Andrés había sido llamado al despacho del clérigo superior para una tarea especial, se suponía que debía ayudarle con la organización de algunos textos sagrados, un trabajo que requería la mano de un niño obediente, pero también curioso, sin embargo, al llegar a la puerta de la habitación del padre Nicandro, algo se sentía extraño. La puerta, normalmente cerrada con llave, estaba entreabierta, Andrés, sin pensarlo, empujó ligeramente la puerta y entró, la habitación estaba envuelta en sombras, pero el niño pudo distinguir la figura de su querido mentor tendido en la cama, con la cabeza ladeada hacia un lado, de inmediato, Andrés sintió que algo no estaba bien,  el padre superior del internado Nicandro estaba pálido, demasiado pálido, y su respiración parecía forzada, como si cada bocanada de aire le costara un esfuerzo titánico, el pequeño Andrés, ajeno al dolor que envolvía a su mentor, corrió hacia la cama, con un temblor en su voz, llamó al padre Nicandro: “¡Padre!” “¡Padre Nicandro!” gritó, tocando su hombro con manos pequeñas, pero no hubo respuesta, el clérigo superior seguía allí, con los ojos cerrados, su cuerpo inmóvil, Andrés, aunque desconcertado, no dudó ni un segundo, con el corazón acelerado y una mezcla de miedo e incertidumbre, pensó que algo debía hacer. Recordó haber escuchado en algunas de las lecciones que, en caso de emergencia, era necesario pedir ayuda, y la campana de emergencia que solían utilizar los superiores estaba cerca, pero el niño no entendió aún la magnitud del peligro que corría el padre, con rapidez, trató de mover al padre Nicandro, pero su cuerpo era pesado, y la fragilidad de su mentor se hacía más evidente con cada intento, Andrés intentó darle agua, como si eso fuera suficiente para reanimarlo, pero la garganta del padre estaba cerrada, sin aire que pudiera pasar. El pequeño, desesperado, decidió hacer algo más drástico. Corrió hacia la puerta, abrió la ventana de par en par y gritó: “¡Ayuda!”, “¡Ayuda, por favor!”, ¡El padre está mal!, su voz, sin embargo, fue un susurro ahogado en la inmensidad de la noche, los pasos apresurados de los demás clérigos y algunos de los maestros del internado resonaron por los pasillos, la puerta del despacho del padre Nicandro se abrió rápidamente, un grupo de hombres, al ver la escena, entró en la habitación, uno de los sacerdotes, al ver el rostro de su compañero, supo lo que ya había sucedido, no hacía falta revisar su pulso ni su respiración, se reflejaba la expresión de dolor y sufrimiento en el rostro de Andrés, al ver la impotencia en los rostros de los demás, lo confirmaba, el padre Nicandro había sufrido un infarto al corazón en medio de la noche, sin que nadie pudiera advertirlo a tiempo, el silencio invadió la habitación, roto únicamente por los sollozos del niño que, aunque no comprendía completamente lo que había ocurrido, ya sentía la pesada carga de la pérdida, en su inocencia, Andrés había intentado salvar al hombre que, de alguna manera, había sido como una figura paternal en su vida, pero la vida, a veces, es más fuerte que el deseo de salvarla, Fermín se acercó a Andrés, que temblaba en la esquina de la habitación, con las manos cubriéndose el rostro, “No lo podías haber hecho, hijo” dijo suavemente, mientras lo abrazaba. “No era tu culpa”. “El padre Alvarado ya no podía ser salvado, Andrés no respondía, pero las lágrimas caían de sus ojos, como si de repente el mundo entero le hubiera arrebatado una figura de autoridad que no comprendía completamente, pero que siempre había visto como un protector, la tragedia estaba hecha; los días siguientes estuvieron marcados por la solemnidad, el internado, que antes había sido un lugar lleno de risas y charlas religiosas, se sumió en una quietud solemne, los alumnos, incluido Andrés, fueron convocados a una misa especial en honor al padre superior Nicandro, Andrés, aunque aún no comprendía la totalidad del concepto de la muerte, sintió en su corazón una pérdida profunda, era como si el peso de la vida misma se hubiera vuelto más pesado, más incierto, en su habitación, mientras recogía sus libros y rezaba antes de dormir, Andrés observaba con más atención las viejas campanas que colgaban en la iglesia del internado, en su mente, los sonidos de esas campanas se entrelazaban con los recuerdos del padre Nicandro y la voz de aquel hombre sabio que le enseñaba a creer en algo más grande que él mismo, el niño, ahora más maduro de lo que su edad indicaba, entendió, de alguna manera, que la vida y la muerte son parte de un ciclo que no siempre podemos controlar, y que, a veces, la intervención de un niño, por pequeña que fuera, nunca será suficiente frente al destino que ya está sellado, Fermín revisó los documentos y se encontró con algunas grtescas revelaciones de la vida de Nicandro, nacido en 1901 en sus escritos mostraba que fue desvirgado en fiestas patrias, el martes 20 de julio de 1909 por Fulgencio Arichabala cuando éste tenía 30 años, de allí su vocación clerical, pero no pudo superar la metamorfosis desarrolla desde aquel fatídico día, en sus escritos narraba secretamente sus experiencias sexuales con los niños, de cómo lo hacía en ciertos lugares y de qué forma, Fermín decidió guardar esos escritos que inculpaban de mala forma a su ex superior, ahora, Fermín ascendía a ser el supremo, tenía también ciertas debilidades, recordó brevemente cómo lo hizo por vez primera, su origen, lleva el nombre de Fermín pues nació un 7 de julio de 1911, justo se da su vocación pues Fermín nació en la localidad de Amiens, donde vivió un santo de origen romano, coincidentemente su personalidad se asocia con la fortaleza espiritual y la fe; Fermín recordaba que Amiens fue ocupada por el ejército germánico el 31 de agosto de 1914, poco después del comienzo de la gran guerra declarada entre el entente y el eje, en esa etapa, las tropas germana estaban llevando a cabo una ofensiva por el norte de las galias, en lo que se conocería como la Batalla de la Marne y las primeras fases de la guerra en el Frente Occidental, en esa época Fermín tenía tres años, su familia se ubicó en la llanura fluvial, pero los siguieron los germanos, su padre fue alcanzado corriendo por terreno plano ondulado, según cuenta su madre, y asesinado a bayoneta pura en su delante, quedó huérfano, era el último, el único hijo varón  de tres hermanas mujeres, cuando tenía quince años su madre le narraba la vida en Amiens, fue parte de la línea de frente durante la guerra, ya que se encuentra en el norte de las galias, una región clave en el conflicto, durante la ocupación alemana, la ciudad sufrió severos daños debido a los combates, aunque no fue tan devastada como otras áreas cercanas que estuvieron en el centro de la guerra de trincheras, Amiens fue un importante centro logístico y de transporte para el ejército germano durante su ocupación., además, la ciudad se encontraba cerca de la línea de avance del ejército aliado, lo que la convirtió en un punto estratégico, la ocupación alemana de la ciudad fue parte de la invasión más amplia del norte de las galias, en la que las tropas germánicas trataron de dominar y ocupar el mayor territorio posible durante los primeros años del conflicto, la ofensiva germana se detuvo en gran medida con la Batalla del Marne en 1914, que terminó con un estancamiento en las líneas del frente, era febrero de 1917, se rumoreaba que pronto vendrían los galos a salvarles, la represión germana se incrementó, {el junto con otros niños a sus seis años corría pescando en el paisaje plano o ligeramente ondulado formado por la acción del río y sus afluentes, allí entre el monte se veía cómo los germanos violaban a las mujeres en algunos casos, en otros como el de sus hermanas iban voluntariamente a entregar su cuerpo por un pan, a veces con descaro las sacaban de su casa, fue en una de esas ocasiones en que le lanzó café caliente a uno de esos germanos insolentes, por ruego de sus hermanas logró salvar la vida pero estaba marcado ese tal Erich, caminaba por la llanura que se encuentra típicamente en las zonas bajas, miraba aquel lugar donde el río ha depositado sedimentos a lo largo de su curso, creando un terreno relativamente llano y fértil donde pasaban los humildes campesinos a los que él se sumaba en el trabajo, ayudaba de alguna forma, a su mente llegaban el recuerdo de aquellas llanuras fluviales que eran muy comunes al recorrido en lo largo de los ríos más grandes y ese verde valle con viñedos que tenían una gran importancia en términos de agricultura, debido a la fertilidad de los suelos, fue por ese lugar que Erich lo intercepta, metiéndole en una ramada ubicada debajo de un gran fresno había una especie de bodega rústica de apilados frutos secos, allí lo metió sin que lo vean, la violencia se incrementaba desde la orden de que se sacase la ropa “¡eres la cuarta mujercita!” “¡ahora lo vas a saber!” “¡pagarás caro tu osadía!”, “¡llegó tu momento!”, se escuchaban gritos de adentro, era un salvajismo atroz de cómo ese germano le estaba sodomizando, “¡no importa que te escuchen!”, “¡mejor!” “¡ya todos en el pueblo saben lo que me hiciste!”, “¡ahora verás!”, con brutalidad lo tenía agarrado  a su cuerpo, el pene entraba en ese rosadito culito hasta ahora virginal, el pequeño Fermín suplicaba que lo suelte pero el germano insistía en sus propósitos, los campesinos se limitaban a mover negativamente la cabeza “¡eres mi mujer!” “¡mi mujer ahora!” no daban crédito a que ese niño nacido en es santa fecha ahora estaba siendo violado de la peor manera, las embestidas eran inmisericordes pese a que su culito estaba bien desflorado, no se detuvo hasta dejarle semen dentro del culo, luego lo sentó sin piedad y con mucha violencia para pasarle el pene ensangrentado y con restos d excremento por el rostro infantil, aquí quedó desfallecido Fermín, con los ojos entreabiertos miraba ese pene siendo limpiado y metido en ese calzoncillo, vio la cremallera subirse de ese pantalón militar germánico, nunca, nunca olvidaría esa escena, fue ayudado por samaritanos campesinos humildes, el silencio era suficiente y las miradas de reprobación, tiempo después fue llevado a casa, la hermana mayor fue en búsqueda de ese violador, tiempo después los restos de la hermana fueron encontrados en un meandro de ese amplio río, tenía un orificio de bala en la cabeza, el crimen quedaba impune, las dos hermanas eran constantemente sacadas de su vivienda para ser violadas por los altos germanos y en especial de Erich que descaradamente lo sacaba al niño para sodomizarlo en varias ocasiones con posturas diferentes, al terminar siempre lo dejaba postrado en el suelo y no contento con ello al micciar le lanzaba orina al cuerpo infantil, corría a bañarse, el germano a veces iba acompañado de su escolta que también en secreto lo sodomizaban, le dejaban lanzando monedas de mediana y alta denominación, esas últimas semanas de ocupación las pasó en ese infierno, Fermín vagamente recordaba que la ocupación germana de Amiens duró hasta marzo de 1917, en ese momento, las fuerzas galas, durante una serie de ofensivas, lograron recapturar la ciudad, por desgracia su iniciador logró escapar a su país, nunca más se supo de él; ahora Fermín reaccionaba al presente, se identificaba con el difunto superior, ambos habían sido violados, a ambos le quedaba la marca de la metamorfosis, ambos habían experimentado esa necesidad de estar así amando, discretamente se conocían sus “juegos” con los niños en el internado, sólo eran miradas, algunas veces se insinuaban de reproche, en otras, de complicidad, la muerte de un ser querido como Nicandro, aunque esperada o inesperada, siempre deja una huella imborrable en los corazones de los que quedan. En el interior de un internado religioso, cuyo nombre era venerado por su tradición y rigor, la vida de los niños y los miembros del clero transcurría bajo un régimen de estricta disciplina, sin embargo, tras las puertas de la habitación de uno de los clérigos más antiguos, se desplegó una escena de dolor, impotencia y tragedia que cambiaría la vida de todos los involucrados, especialmente de un niño de siete años, quien, en su ingenuidad, intentó salvar lo que no podía salvarse, la muerte del padre Alvarado fue un evento que marcó para siempre la vida de los que formaban parte del internado. Para Andrés, sin saberlo, fue una lección temprana sobre la fragilidad de la vida humana, para Fermín y los presentes, la imagen del clérigo superior, tendido en su cama, siendo objeto de una acción impotente por parte de un niño lleno de esperanza, quedó grabada en su memoria como un recordatorio de la inevitabilidad de la muerte y la valiosa lección de aceptación que todos, en algún momento, debemos aprender.

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La habitación estaba envuelta en una atmósfera cargada, había quedado impregnada de los vestigios de lo que acababa de ocurrir, lentamente la sábana se deslizaba sobre el cuerpo de los amantes, el sonido de los latidos de su propio corazón resonaba en la mente de Clara la empleada, quien ahora se encontraba sentada al borde de la cama, con las manos sobre las rodillas, mirando al vacío, la luz tenue que entraba por la ventana apenas alcanzaba a iluminar la escena: su patrón, el capitán Edgar Fausto quien se había levantado y ahora se encontraba en pie frente a ella, con una expresión que reflejaba la tensión de un conflicto interno imposible de ocultar, la pasión que minutos antes había desbordado la habitación se había transformado en algo mucho más oscuro y complejo, algo que ninguno de los dos esperaba al inicio de aquel encuentro, Clara era una mujer que había aprendido a manejar la ambigüedad de su situación, su vida en la casa del militar, como empleada y subordinada, siempre había estado marcada por el silencio y la sumisión pero también con disimulada prepotencia en la crianza de Ignacio Alonso, desde el primer día en que había ingresado a trabajar allí, sabía que su posición no le permitiría jamás ser más que una sombra en la vida de Edgar Fausto, un ser al margen de los compromisos y responsabilidades que él llevaba con su familia, con su estatus, sin embargo, en el vaivén de los días, algo cambió, un roce, una mirada cómplice en los pasillos, y el deseo, latente e imprevisible, se hizo real, aquella tarde, cuando ambos se encontraron a solas, la tensión alcanzó su punto máximo y cedió ante el deseo de ambos, pero ahora, el silencio pesado de la habitación era la consecuencia del placer momentáneo que había encendido una chispa de incertidumbre en sus corazones, Edgar Fausto no podía evitar sentir que el peso de lo que había ocurrido lo aplastaba, miraba a Clara, que no osaba levantar la vista, y sentía que se encontraba atrapado entre su propio instinto y las enormes consecuencias que tendría cualquier cosa que se escapara de su control, él sabía que lo que había sucedido entre ellos no era simplemente un error aislado; había sido una transgresión, una violación de la frontera invisible que había existido entre ellos durante ese tiempo de encuentros varios en algunos moteles, su mirada recorría la figura de Clara, aún envuelta en la tenue luz que la hacía parecer una aparición, y sentía un profundo malestar, un nudo en el estómago que le decía que había cruzado una línea que jamás podría borrar, «Clara…» su voz sonó áspera, como si no estuviera seguro de lo que quería decir. «No sé qué pensar de esto. No puedo… no puedo permitir que se sepa.», la mujer levantó finalmente la vista, sus ojos reflejaban una mezcla de confusión, rabia contenida y, sobre todo, desilusión, aquellas palabras, cargadas de temor y duda, golpearon su corazón como un martillo, Clara no esperaba que Edgar Fausto fuera tan explícito en su rechazo, en algún momento ella había anticipado que la situación traería consigo un sentimiento de vergüenza, pero no imaginó que él fuera a distanciarse con tal frialdad, como si lo que habían compartido no fuera más que un simple capricho sin consecuencias,  “¿Tienes miedo de que tu mujer se entere?”, su voz, aunque suave, sonó cargada de una rabia contenida que le dificultó el control. «¿Es eso lo que te preocupa, capitán?» La última palabra salió con un tono mordaz, un recordatorio de la distancia que siempre había existido entre los dos, la distancia que él mismo había construido, el militar se quedó quieto, incapaz de articular una respuesta inmediata, Clara se levantó, su cuerpo estaba temblando ligeramente, no por el frío de la habitación, sino por el torrente de emociones que recorría su cuerpo, ya para entonces unas lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos, no por lo que había sucedido en la intimidad de la habitación, sino por la humillación que sentía al ver cómo la fragilidad de su lugar en su vida se desmoronaba con cada palabra de él, la confusión se apoderaba de ella; había creído, por un instante, que algo más había nacido entre ellos, algo genuino, pero ahora se daba cuenta de que para Edgar Fausto, ella era solo un accesorio más, una distracción momentánea que no debía ver la luz del día, Yo no soy tu amante, capitán”, dijo con firmeza, aunque su voz temblaba levemente, “Ni lo seré, pero lo que hiciste no fue solo un desliz, ¿verdad?, tienes miedo, miedo de que todo esto salga a la luz, de que tu esposa descubra tu pequeño secreto, pero yo, como siempre, estaré en las sombras, al servicio de tu familia, mientras tú sigues creyendo que este es solo un juego”, Edgar Fausto la miró en silencio, sin saber qué responder, él sabía que había algo más allá de la simple atracción física, pero no estaba dispuesto a aceptar que sus decisiones pudieran poner en peligro su vida estructurada. Los fantasmas de su familia, su honor, su estatus militar, y la delicada construcción de su imagen pública se presentaban ante él como un muro impenetrable, no podía arriesgarse a que su matrimonio se viniera abajo, ni a perder la autoridad que le daba su posición, el peso de esos temores era más grande que el deseo, y mucho más que cualquier remordimiento que pudiera sentir por lo que había hecho, “Clara…” dijo finalmente, con la voz quebrada, “No me hagas esto, No entiendo lo que buscas, pero no quiero que te sientas así. No quiero que… que lo tomes como algo personal.”, ella lo miró fijamente, sus ojos reflejando una tristeza profunda, la misma que había sentido tantas veces al caminar por los pasillos de esa casa, sabiendo que nunca podría ser más que un simple instrumento en la vida de un hombre que jamás la vería como un igual, pero esa noche, algo había cambiado, a pesar de la fragilidad de su posición, ella había hablado, había dejado salir las palabras que siempre habían quedado ahogadas en su garganta, “No quiero tus excusas, capitán. Quiero que entiendas que, aunque para ti esto no sea nada, para mí ha sido todo, y ahora, lo que me queda es el silencio de saber que nunca seré nada más que la sombra en la que te ocultas.», con esas palabras, Clara se dio la vuelta y salió de la habitación, el militar, que había quedado paralizado por su franqueza, se quedó allí, solo, mirando al vacío, con la sensación de que algo irreversible había ocurrido, algo que no podía deshacer, mientras él se quedaba atrapado en sus propios miedos, Clara había tomado su primer paso hacia la liberación, un paso hacia el reconocimiento de su propio valor, incluso en medio de la oscuridad, días después de ocurrido el hecho descrito, Edgar Fausto hace sus ejercicios habituales para luego darse una fuerte ducha e ir de paseo con su familia los días en que está franco,  al levantarse abre su gaveta de metal donde pone sus objetos de limpieza de afeitar y encuentra un anónimo, lo lee con atención, se sienta sobre el inodoro, se le vinieron los sentimientos encontrados de rabia y dolor matizados con angustia y preocupación, era fuerte los detalles con los que había en ese papel puesto allí a propósito por alguien para que lo leyese, se imaginaba quién, iría pronto a verle, la vida de un padre en el ejército no es fácil,  Edgar Fausto lo sabía bien., había dedicado su vida al servicio de la patria, a la disciplina, a la estructura, a lo largo de los años, había aprendido a ser fuerte, a mantener el control, a no dejar que las emociones lo dominaran, la familia, aunque importante, era algo que siempre había sido secundario a su carrera, a sus deberes y a su compromiso con el orden, tenía un hijo, Ignacio Alonso, que crecía bajo su estricta supervisión, buscando hacerle cumplir las reglas del mundo de su padre, un mundo donde la rigidez y el respeto por la autoridad eran las claves, pero había heredado su “debilidad” aquello a lo que él se resistía a aceptar cuando experimentó su metamorfosis siendo muy niño en aquel refugio, Ignacio había sido educado con el mismo sentido del deber del que ahora profesa su padre, desde pequeño, le había enseñado la importancia de ser disciplinado, respetuoso y obediente, creía que, al enviar a Ignacio al internado, estaba asegurándose de que su hijo recibiría la educación adecuada, el tipo de educación que él mismo había recibido en su juventud: académica, rígida y estructurada, con un énfasis en la moralidad, el trabajo duro y el respeto a las autoridades, sin embargo, lo que Edgar no sabía era que el internado se convertiría en el escenario de algo completamente inesperado, algo que pondría en jaque todo lo que había creído sobre la vida de su hijo, el primer signo de que algo no estaba bien surgió en un verano caluroso, cuando Ignacio regresó a casa después de un semestre en el internado, ahora recordaba ese rostro del niño, solía ser comunicativo al principio, pero esta vez todo parecía diferente, ahora comprendía que había algo en su rostro, una sombra, un aire de incomodidad que no podía ignorarse, no era la primera vez que Ignacio regresaba de sus estudios, pero sí era la primera vez que el militar notó un cambio en él tan evidente, su tierno hijo de siete años, normalmente directo y de pocas palabras, se volvió evasivo y distante, las charlas que solían ser breves y funcionales, se habían convertido en silencios incómodos, y cuando intentaba preguntar sobre el internado, su hijo evitaba el tema con un simple «todo va bien, papá», el silencio de Ignacio empezó a consumirlo, Edgar, quien siempre había sido capaz de leer a las personas, no podía entender antes qué le ocurría a su hijo por atender otros asuntos, cada vez que le preguntaba algo sobre sus estudios, sus amigos o sus relaciones, Ignacio respondía con monosílabos o sonrisas forzadas, el militar sentía que algo estaba profundamente mal, pero no sabía cómo abordarlo, fue a la habitación de su hijo, revisaba algunas de las pertenencias de su hijo, algo relacionado con ese anónimo, buscó y buscó hasta que algo captó su atención: un sencillo manuscrito con garabatos de dibujos propios de su edad, le había puesto como fecha con semanas después del inicio de clase, no era una carta de la escuela ni una simple correspondencia con algún amigo, sino un simple manuscrito de cortas líneas dirigida a un nombre que no le sonaba familiar: Padre Fermín, los ojos de Edgar se estrecharon mientras sostenía la carta en sus manos, un sacerdote, un miembro del internado, no había nada que le indicara que esto fuera inapropiado, pero había algo en el contenido de las palabras que lo desconcertaba, «Querido Padre Fermín,» comenzaba el manuscrito, «te quiero porque siempre me escuchas y me quieres mucho”, Edgar no pudo leer más, en su mente se agolparon las preguntas: ¿Por qué Ignacio le escribiría de esa manera a un sacerdote? ¿Qué tipo de relación era esa?, lo que estaba claro es que Ignacio no le había hablado nunca de este «Padre Fermín», las palabras en la carta estaban llenas de una calidez emocional que Edgar no esperaba encontrar en una correspondencia entre un alumno y un educador, el nudo en su estómago se apretó con más fuerza mientras sus pensamientos volaban hacia lo peor, esa noche, Edgar no pudo dormir, el manuscrito  lo había dejado inquieto, y no podía dejar de pensar en lo que estaba sucediendo. ¿Qué tipo de relación había entre Ignacio y ese sacerdote? ¿Era posible que algo inapropiado estuviera ocurriendo? El manuscrito y el anónimo creaban dudas, necesitaba respuestas, necesitaba hablar con su hijo, cuando la mañana llegó, Edgar no podía esperar más. La conversación estaba a punto de comenzar, y no sabía cómo iba a abordarla, sabía que no podía esperar que Ignacio fuera completamente honesto sin una confrontación directa, así que, con el ceño fruncido, se sentó frente a su hijo, que estaba sentado en la mesa, mirando hacia abajo, con una taza de café humeante entre sus manitos de siete años, se notaba cierto amaneramiento producto de la metamorfosis recibida en aquel cubículo de baño abandonado, «Ignacio,» comenzó Edgar con voz firme, pero cargada de una tensión palpable, «¿Qué tipo de relación tienes con el Padre Fermín?» el niño abrió los ojos muy intensamente parecía que el piso se caía, no disimulaba su tembloroso amaneramiento más bien se dilataba más en ese momento, Ignacio levantó la cabeza lentamente, los ojos sorprendidos y algo nerviosos, por un momento, su rostro reflejó un cúmulo de emociones contradictorias, pero rápidamente intentó ocultarlo, Edgar continuó, mostrando la carta frente a él. «Encontré esto entre tus cosas. ¿Puedes explicarme qué significa?», Ignacio se quedó en silencio por un largo momento, su rostro palideció ligeramente, pero no parecía estar asustado, era más bien como si intentara encontrar las palabras correctas pues Fermín le había preparado para ese momento, movía negativamente la cabeza así de cabizbajo que estaba, como quien diciéndole «Papá, no es lo que crees,» con la mirada le daba a entender que. «No hay nada inapropiado entre el Padre Fermín y yo. Él… él ha sido alguien en quien confío.» Eso interpretaba el militar de la mirada de su tierno hijo de siete años, Edgar sintió un golpe en el pecho, no entendía cómo un sacerdote podía convertirse en alguien en quien su hijo confiaba tanto pues as{i lo mostraba el manuscrito, apenas sabía leer y escribir un tanto y ya no podía concebir cómo ese hombre, al que solo conocía como un simple educador, había llegado a ocupar un lugar tan importante en la vida de Ignacio, m{as, el haberse ganado la confianza, empezaba a dudar de aquel anónimo puesto en el baño para que lo leyese, «¿ confías mucho en él, Ignacio?» preguntó Edgar, le volvió  ahora con una mezcla de frustración y dolor en su voz, Ignacio, notando el tono acusatorio de su padre, trató de calmarse antes de responder, «El Padre Fermín… me quiere mucho, me escucha, me acaricia…. Me enseña muchas, bonitas”, levantaba la carita en señal de seguridad, “él me escucha y me quiere mucho”, Edgar no podía creer lo que escuchaba, por supuesto, comprendía que Ignacio a su tierna edad era sensible y que ya necesitaba guías, necesitaba consejos, pero esa «relación cercana» con un hombre de la Iglesia lo desconcertaba, no entendía cómo había permitido que alguien tan ajeno a su mundo tuviera tanta influencia sobre su hijo, y la forma en que Ignacio hablaba del sacerdote, con tanta sinceridad, casi con adoración, le resultaba incómoda, «¿Qué más, Ignacio? ¿Qué más no me estás contando?» Edgar insistió, el tono más fuerte ahora, Con una respiración entrecortada, Ignacio finalmente explicó. «el juega conmigo, dice que me quiere mucho, me abraza, me acaricia y me dice palabras bonitas.», las palabras de Ignacio se hundieron en Edgar como un peso insoportable, no era solo una relación académica, sino una amistad profunda, casi de padre a hijo, algo que ahora daba cuenta el propio Edgar que no había logrado ser para él, y, aunque el sacerdote no había cruzado los límites físicos, la conexión emocional que Ignacio sentía por él estaba clara, eso pensaba el militar por ahora, pero mientras la conversación terminó en silencio. Ignacio se levantó sin decir nada más y se fue a su habitación, Edgar, por su parte, permaneció sentado en la mesa, sin saber cómo procesar lo que acababa de escuchar, lo que le parecía inapropiado, lo que le parecía una violación de los valores que él había inculcado a su hijo, ya no era tan claro, el mundo en el que había creído siempre, ese mundo de control, de disciplina y orden, se había desmoronado ante sus ojos, a pesar de todo, Edgar sabía que no podía cambiar lo que Ignacio sentía, podría intentar controlar su vida, pero nunca podría controlar sus emociones ni sus relaciones. Y en el fondo, comenzó a entender que lo que más le preocupaba no era la figura del Padre Fermín, sino la distancia que él mismo había puesto entre él y su hijo, quizás, pensó Edgar, tal vez debería aprender a escuchar más, a entender más, antes de juzgar, Ignacio no era el mismo chico que él había visto con un comportamiento abierto, estaba creciendo, se notaba que el Fermín influenciaba en que el niño estaba encontrado su propio camino, y, aunque Edgar no comprendiera completamente esa relación con el Padre Fermín, entendió que todavía su hijo aún era el niño que dependía de su control, lo único que por el momento Edgar podía hacer ahora era ser el padre que su hijo necesitaba, y eso, por primera vez, le pareció una tarea mucho más difícil que cualquier batalla que hubiera librado en su carrera militar, sin duda el anónimo era una alerta, lo otro decidió investigar por otro lado, su hijo era muy sensible, los días en casa decidió sacarlo a pasear y allí comprobaba el desarrollo de su metamorfosis, ya no era ese niño vivaz que conocía, se orinaba la cama y tenía pesadillas cayendo en cuenta aquello Edgar Fausto callaba, por ello, prefirió guardar las apariencias y continuar averiguando discretamente.

*******

El sol comenzaba a caer lentamente, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas, mientras Luis caminaba por la calle desierta, su paso era firme, pero su rostro reflejaba una tormenta interna que había estado luchando por comprender desde hacía semanas, a su lado, Bruno caminaba con una leve inseguridad, mirando de vez en cuando a Luis con esa mirada intensa que se había vuelto cada vez más familiar para él. La distancia entre ambos parecía irse alargando con cada paso, a pesar de estar caminando juntos, Bruno, un chico púber, no era consciente de la magnitud del dolor que le causaba a Luis al haberse vuelto a ver, en su mente, sólo existía la urgencia de manifestar un amor que había estado ya declarado durante demasiado tiempo, a pesar de la diferencia de edad y las cicatrices emocionales que Luis había acumulado en su vida, Bruno se aferraba con fuerza a la idea de una relación que para él no era más que una necesidad de afecto, una necesidad de ser visto y entendido, él había sido ingenuo, pero su corazón ardía con la esperanza de que, de alguna forma, aquello que sentía podía ser correspondido, pese al error cometido, Luis, por su parte, no sabía cómo manejar esos sentimientos tan intensos que Bruno le ofrecía con tan solo verle y ahora informarle la muerte de su padre, le dijo que lo necesitaba, el chico, tan joven y lleno de ilusiones, no podía comprender los límites de la experiencia de Luis, ni el peso de las heridas que había dejado la traición, no sólo había sido un simple error, Bruno lo había engañado con otro hombre, alguien que Luis consideraba más cercano que una simple amistad, Bruno le traicionó con su propio padre, esa traición se había clavado en su pecho como una daga afilada, y las palabras de Bruno, tan llenas de esperanza, sólo lograban hacer más profunda la herida, el sentido amor que Luis sentía por él, al principio sincero y lleno de deseo, se había transformado en una sombra, una presencia constante que lo acechaba en sus momentos de soledad, no había dejado de pensar en él, la conversación comenzó de manera suave, como una brisa que apenas roza la piel, Bruno, con sus ojos llenos de sinceridad, se atrevió a hablar del futuro, de lo que él imaginaba que podrían llegar a ser: «¿Y si intentamos otra vez? ¿Si olvidamos lo que pasó y comenzamos desde cero?», dijo con una suavidad que parecía desafiar las leyes de la lógica, Luis lo miró en silencio por un largo momento, su corazón latiendo con fuerza, pero su mente estaba clara como el agua. Sabía que no podía perdonarlo, al menos no de esa forma,  «No, Bruno», dijo finalmente con voz grave, pero controlada. «Lo que hiciste no se olvida. No se puede simplemente empezar de nuevo como si nada hubiera pasado», Bruno lo miró confundido, sin comprender del todo el dolor que había causado, su expresión se tornó una mezcla de tristeza y frustración. «Pero, ¿cómo puedes decir eso?” “¡Te amo!” “¿No ves que podemos ser felices si lo intentamos otra vez?», insistió, las palabras saliendo atropelladamente de su boca. Luis se detuvo y lo miró fijamente, sintiendo cómo la rabia comenzaba a brotar de su interior, una rabia no dirigida hacia Bruno, sino hacia él mismo, por haberse dejado arrastrar por algo que nunca debió haber sido, «Yo también te quise, Bruno», respondió Luis con un suspiro, mirando al suelo. «Pero no puedo volver a confiar en ti después de lo que hiciste. No quiero ser el tipo que te perdona todo solo porque tienes una sonrisa bonita o porque eres joven. Eso no es amor, eso es manipulación», el viento sopló con más fuerza, llevándose las palabras entre ambos, pero dejando una pesadez en el aire que ninguno de los dos podía ignorar. Bruno sintió cómo las lágrimas amenazaban con salir, pero se contuvo, no entendía por qué, si el amor seguía allí, no podían simplemente dejar atrás el pasado y avanzar, Luis, por su parte, sentía una mezcla de dolor y alivio, sí, ese alivio por haber sido honesto, por haber dejado clara la distancia emocional que existía entre ellos, pero también dolor porque sabía que, aunque lo rechazara, algo de él seguía deseando lo que Bruno le ofrecía: la pureza, la ingenuidad, la posibilidad de un amor sin complicaciones, al final, no hubo palabras que pudieran arreglar lo que había pasado. Bruno dio un paso atrás, su rostro lleno de incomprensión, y Luis continuó caminando, con el corazón dividido, sabiendo que había tomado la decisión correcta, aunque esta le destrozara por dentro.

*******

El sol comenzaba a declinar en el horizonte, bañando el hogar con una luz dorada que invitaba al recogimiento y a la reflexión, en el jardín, cubierto por una alfombra de hojas secas, Gustavo Adolfo, militar de carrera y hombre de estrictos principios, se encontraba de pie, mirando al frente, como si esperara con el mismo temple que exigían los campos de batalla, un encuentro que bien podría haber sido considerado una misión más, pero que para él estaba impregnado de un significado mucho más profundo. Ese día, iba a conocer a Elise, la madre de su nieto Charles Gustave Éleuthère, y el peso de la ocasión no era algo que pudiera simplemente ignorar, Gustavo Adolfo no era un hombre dado a los desplantes emocionales ni a las efusivas demostraciones de sentimientos, criado en la rigurosidad de la disciplina militar, su vida había sido una constante lucha por la perfección, por mantener un orden, tanto en su mundo interno como en el externo, más tras la muerte de su único hijo varón, sin embargo, a pesar de su aparente dureza, había en él una vena de ternura que solo los suyos podían comprender, y su hijo, como su legado, ocupaba el lugar más preciado de su corazón, el momento que estaba por vivir tenía una trascendencia que iba más allá de una mera presentación formal, se trataba de conocer a la mujer que había dado a luz al hijo de su fallecido hijo, al niño que se convertiría en su nieto, su más reciente orgullo, el lazo de sangre que unía a las dos generaciones era para él algo irrompible y sagrado, pero aún más allá de la genética, Gustavo Adolfo sentía que esta mujer, Elise, iba a ser, de alguna manera, una extensión de su propia vida, a través de ella, vería las cualidades que su hijo, con quien había compartido tantas batallas y victorias, había heredado, y más importante aún: conocería de primera mano el amor que ella había puesto en el corazón de su hijo, porque ese amor ahora daba frutos en la forma de un niño llamado Charles Gustave, cuando la puerta de la casa se abrió, la figura de Elise apareció, era una mujer joven, pero con una mirada decidida y un porte digno a causa de su sufrimiento al saberse viuda del hombre al que amó ciegamente, no fue la belleza tradicional lo que más impresionó a Gustavo Adolfo, sino la serenidad con la que ella caminaba, había algo en su andar que transmitía seguridad, algo que, a pesar de la suavidad que la juventud siempre lleva consigo, denotaba también fortaleza y determinación. Lo que más llamó la atención de Gustavo Adolfo fue la forma en que sus ojos brillaban cuando miraba a Charles, un brillo que solo las madres pueden entender, una mezcla de amor incondicional y protección absoluta, la primera conversación entre ellos fue breve, casi reservada, pero llena de una tensión palpable, esa que caracteriza a las primeras interacciones entre desconocidos que, sin embargo, comparten un vínculo profundo, como si el destino mismo los hubiera unido para que se reconocieran, Elise no se mostró tímida, aunque había una cierta cautela en su tono, un respeto mutuo que pronto se transformaría en una relación más sólida, Gustavo Adolfo, aunque consciente de la responsabilidad que su hijo había dejado al confiarle el cuidado de su pequeño, no pudo evitar sentirse emocionado, “Así que este es el niño que hubiese conquistado el corazón de mi hijo,” dijo Gustavo Adolfo, con una sonrisa que no dejaba ver lo profundo de sus emociones, a pesar de su naturaleza reservada, había algo en el brillo del niño que despertaba un afecto inusitado en él, Elise, al ver el gesto de cariño sincero en la cara de su suegro, sonrió suavemente, “Sí, es todo un regalo, General”, respondió, respetando el rango y el carácter de Gustavo Adolfo, aunque la forma en que se dirigió a él mostraba el protocolo y el respeto que le profesaba, sus ojos traían consigo un entendimiento silencioso, Elise había conocido la dureza del mundo y comprendía que, detrás de la fachada de soldado de su suegro, había un hombre capaz de amar con la misma intensidad con la que defendía su país, poco a poco, la conversación se fue abriendo, hablaron de Charles Gustave, de las primeras palabras del niño, de sus pequeños avances y de los momentos en los que la falta de paternidad había transformado a su hijo en alguien más vulnerable, pero también con la guía de ella en un ser más fuerte, más humano, Gustavo Adolfo, en sus relatos sobre su hijo, mostró una faceta que pocos conocían: el orgullo de ver a su descendencia superar las expectativas y forjar su propio camino, “Mi hijo creció como un hombre de honor, valorando sus ideales”, le dijo a Elise, “y lo que más valoro es que ha mantenido la dignidad en todo lo que hizo entre otra cosas en haberla amado ciegamente,  al ver su recuerdo en ese precioso niño, no puedo evitar sentirme más orgulloso aún.”, Elise escuchó, atenta a cada palabra, comprendiendo que ese orgullo no solo era el reflejo de un padre orgulloso de su difunto hijo, sino también de un abuelo dispuesto a transmitir un legado, a mostrarle a ella, su nuera, que, a pesar de las diferencias, había un puente de amor y respeto sobre el cual podían construir una relación sólida, ese respeto se consolidó en cada mirada, en cada gesto de entendimiento, aunque las palabras fueron pocas, el aire estaba cargado de una emoción que solo aquellos que han amado profundamente pueden reconocer, a medida que avanzaba la tarde, la conversación se fue tornando más cálida. Gustavo Adolfo, con su manera meticulosa de observar, comenzó a ver en Elise una fuerza tranquila, pero también un amor profundo por su hijo, el mismo amor que él había experimentado en su propia paternidad, y, en Elise, Gustavo Adolfo reconoció la protección y devoción que cualquier padre desearía para la memoria de su difunto hijo, algo que tranquilizaba su alma de militar que siempre había temido por el bienestar de su descendencia, la primera impresión de Gustavo Adolfo sobre Elise fue, sin duda, positiva, pero lo que más le llenó de orgullo fue observar cómo ella habría formado una familia con su hijo si viviese, cómo habría creado un sentido hogar para su nieto, en ese momento, algo en él se suavizó, y por primera vez, el hombre rígido que había cruzado tantas fronteras militares y psicológicas, se permitió sentir la plenitud del amor familiar que solo la paternidad y la abuelidad podían ofrecer, cuando el encuentro llegó a su fin, Gustavo Adolfo estrechó la mano de Elise, su mirada profunda y cálida, expresando todo lo que las palabras no podían abarcar, “Gracias por darme un nieto tan maravilloso”, le dijo, y en sus ojos se reflejaba un orgullo que era mucho más grande que cualquier medalla que pudiera haber ganado en el campo de batalla, era el orgullo de ver cómo la familia, ese núcleo de amor y esperanza, continuaba creciendo, expandiéndose con nuevas generaciones, con nuevas vidas y sueños, ese día, el militar Gustavo Adolfo no solo conoció a Elise, la madre de su nieto, sino que también aprendió a reconocer el verdadero significado de la familia: un legado de amor que va más allá de las ausencias, más allá de las guerras, es un vínculo eterno que se transmite de generación en generación, en ese encuentro, su corazón, tan acostumbrado a la disciplina y al orden, comenzó a latir al ritmo del amor paternal que, finalmente, lo había alcanzado, rápidamente se comunicó por telegrama con sus esposa, le mostraba lo contento y orgulloso que estaba de su nieto, su perpetuidad se mantenía, ese niño era el vivo rostro de su difunto hijo, paradójicamente llevaba la simiente de los Del Olmo.

FIN DEL DUCENTÉSIMO NONAGÉSIMO PRIMER EPISODIO

13 Lecturas/25 febrero, 2026/0 Comentarios/por Betelgeuse
Etiquetas: amigos, confesiones, hermana, hermanos, maduro, mayor, militar, recuerdos
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