• Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (2 votos)
Cargando...
Dominación Hombres, Fantasías / Parodias, Gays

Mi femboy de las ayudantías.

Mateo, ayudante musculoso y dominante, nunca se consideró gay. Pero cuando el tímido femboy Nico, de primer año, llega a su sala de ayudantía pidiendo ayuda, el deseo lo domina..
Breve explicación antes de leer, este no es un relato de los que escribo normalmente de mi imaginación. Es una historia que me hizo llegar un lector por Telegram y me pidió que la contara como relato, algunas cosas son ciertas de acuerdo a lo que me contaba, pero otras las agregué yo para darle forma al relato. Espero lo disfruten

PD: En cuanto a un relato de los míos, tengo dos pendientes de corrección. Después de esos los uniré en un solo volumen con sus imágenes de personajes para que puedan leerlos en digital de manera gratuita.

__________________________________________________________________________

 

—Oye, ¿necesitas ayuda con algo? —pregunté con mi voz grave y profunda, sin levantar la vista del enorme montón de exámenes parciales corregidos que tenía desparramados sobre el escritorio de la sala de ayudantía.

Para que entiendas realmente cómo llegamos a ese momento exacto, tengo que retroceder varias semanas y contarte todo con detalle, porque este no fue un impulso repentino. Me llamo Mateo Ruiz, tengo veintitrés años y soy el ayudante de alto rango de Cálculo II en la Facultad de Ingeniería de la universidad más grande y exigente de la ciudad. Llevo exactamente dos años consecutivos en este puesto porque, si soy completamente honesto conmigo mismo, me encanta el poder que me otorga. Soy el tipo al que todos los novatos miran con una mezcla de respeto, admiración y un toque de miedo reverencial. Alto, metro noventa exactos, hombros anchos como puertas de acero, brazos gruesos y venosos que parecen tallados en piedra de tanto levantar pesas en el gimnasio de la universidad todas las mañanas a las seis en punto, antes de que empiecen las clases. Mi pecho es amplio, musculoso y definido, siempre marcado bajo cualquier camiseta ajustada que me pongo, y mis piernas fuertes, gruesas y bien entrenadas llenan por completo los jeans oscuros que uso casi todos los días.

Siempre he sido un hombre de chicas, sin excepción. Tengo un historial largo, variado y bastante salvaje: novias oficiales que duraban meses, rollos de una noche en las fiestas del campus, chicas que terminaban gimiendo mi nombre a todo pulmón en mi departamento mientras las follaba duro contra la pared, sobre la mesa de la cocina o en la cama hasta que les temblaban las piernas. Las tetas suaves y grandes, los culos redondos y jugosos, las curvas femeninas pronunciadas… eso era mi perdición absoluta. Nunca, en toda mi vida, había sentido la más mínima atracción hacia un chico. Los hombres simplemente no entraban en mi radar. Hasta que apareció Nico y todo mi mundo se empezó a tambalear sin que pudiera evitarlo.

Lo vi por primera vez hace exactamente tres semanas y media, durante la primera sesión de apoyo para los de primer año. Llegó tarde, casi al final de la hora, con esa expresión de cachorro perdido y nervioso, y se sentó en la última fila del aula, intentando pasar desapercibido. Su piel era pálida como la porcelana más fina y delicada, casi translúcida bajo las luces frías y duras del salón. El cabello negro, ondulado y suave, le caía en mechones delicados y brillantes hasta la nuca, enmarcando una cara de rasgos suaves y casi angelicales. Sus ojos, de un verde claro casi hipnótico, parecían brillar con vida propia incluso cuando bajaba la mirada hacia su cuaderno. Medía apenas un metro sesenta y cinco, delgado, casi etéreo, con una cintura estrecha y caderas que se movían con un contoneo natural y suave cada vez que caminaba por el pasillo. Llevaba unos shorts cortos de jean que dejaban al descubierto unas piernas lisas, pálidas y perfectamente formadas, y una blusa oversize blanca que se deslizaba constantemente de uno de sus hombros, revelando una clavícula delicada y una piel que parecía hecha para ser besada, lamida y mordida lentamente.

Tenía maquillaje sutil pero imposible de ignorar: un delineador fino y preciso que acentuaba sus ojos grandes y expresivos, y las uñas pintadas de negro brillante que contrastaban con su piel clara. Caminaba con timidez extrema, como si el mundo entero fuera demasiado grande, ruidoso y hostil para él, mordiéndose el labio inferior con frecuencia mientras tomaba notas con una letra redonda, cuidada y casi artística. Era, sin ninguna duda, un femboy en toda regla, aunque nadie en la facultad se atrevía a decirlo en voz alta. Algunos chicos lo miraban de reojo con burla disimulada o comentarios bajos, otros con una curiosidad incómoda que no sabían cómo procesar. Yo intentaba no mirarlo. De verdad lo intentaba con todas mis fuerzas. Pero cada vez que me giraba hacia la pizarra para explicar un concepto complicado y luego volvía a la sala, sus ojos verdes estaban ahí, fijos en mí con una mezcla de timidez profunda e intensidad que me descolocaba por completo.

Durante las semanas siguientes, Nico asistió religiosamente a todas y cada una de las sesiones de apoyo. Siempre callado, siempre en la esquina más discreta y alejada, levantando la mano solo cuando nadie más se atrevía a hacerlo. Una tarde, mientras explicaba un integral especialmente complicado en la pizarra, él se acercó tímidamente al frente para ver mejor las fórmulas. Cuando se puso a mi lado, pude oler su perfume por primera vez: una mezcla dulce y embriagadora de vainilla pura y algo fresco, como champú de bebé o jabón suave. Ese aroma inocente e infantil me golpeó directo en el estómago y más abajo. Esa misma noche, en el gimnasio, levanté más peso del habitual, sudando como un animal enfurecido, golpeando la barra con furia mientras intentaba sacar esa imagen de mi cabeza. “¿Qué carajos me pasa?”, me repetía una y otra vez en la ducha fría después del entrenamiento. No era gay. Solo… curiosidad. Curiosidad peligrosa, prohibida y cada vez más insistente. O eso me convencía a mí mismo cada vez que lo veía entrar al aula.

Esa noche fatídica, el edificio de la facultad estaba prácticamente desierto. Eran casi las ocho en punto, las luces fluorescentes zumbaban suavemente sobre las mesas vacías y el aire tenía ese olor característico a café rancio, papel viejo, desinfectante y un leve toque de humedad. Yo me había quedado especialmente para atender dudas extras porque el examen de Cálculo del día siguiente era decisivo para muchos novatos y no quería que nadie reprobara por mi culpa. Tenía una pila alta de exámenes parciales ya corregidos frente a mí, mi camiseta negra ajustada pegada al pecho por el calor de la sala, y los jeans oscuros marcando claramente mis muslos fuertes y el bulto creciente entre mis piernas. Estaba cansado después de un día largo de clases y entrenamientos, pero el poder de ser quien decidía quién aprobaba y quién no me mantenía alerta y concentrado.

La puerta de la sala de ayudantía se abrió con un chirrido tímido y lento, casi asustado. Era él. Nico. Cerró la puerta detrás de sí con manos que temblaban ligeramente, como si supiera perfectamente que estaba entrando en la guarida de un lobo hambriento.

—H-hola… soy Nico, de primer año… —murmuró con su voz suave, aguda y casi femenina, claramente nerviosa. Sus mejillas ya estaban teñidas de un rojo delicado y adorable—. Me dijeron que tú eres el ayudante principal y… y que podía venir si tenía dudas con los integrales. Lo siento mucho por la hora, es muy tarde, pero… no entiendo nada y mañana tengo el examen. No quiero reprobar, por favor… estoy desesperado.

Lo miré de arriba abajo, despacio, tomándome mi tiempo para recorrer cada detalle. Sus shorts cortos de jean apenas cubrían la mitad superior de sus muslos pálidos y suaves como seda. La blusa oversize blanca se había deslizado nuevamente de su hombro izquierdo, dejando a la vista esa piel impecable, esa clavícula delicada y un trozo de pecho plano pero suave. Sus labios rosados y carnosos temblaban ligeramente. Mi corazón empezó a latir más fuerte y sentí un calor traicionero subir por mi entrepierna. “Tranquilo, Mateo. Es solo un alumno. Explícale los ejercicios con calma y que se vaya a casa”, me ordené mentalmente, aunque mi polla ya empezaba a tener otros planes.

—Cierra la puerta con llave y ven —dije con tono calmado pero firme, señalando la silla frente a mi escritorio—. Siéntate. Vamos a resolver esto paso a paso. No hay prisa, el edificio está vacío y nadie nos va a interrumpir en toda la noche.

Él obedeció en silencio, caminando con ese contoneo suave y natural que hacía que su culito se moviera de forma casi hipnótica bajo la tela ajustada de los shorts. Se sentó frente a mí, cruzando las piernas con timidez extrema, y sacó su cuaderno con manos temblorosas. Olía deliciosamente a vainilla dulce y a algo más inocente, como champú de bebé mezclado con su propio aroma corporal suave. Empecé a explicarle los integrales, inclinándome sobre la mesa para señalar las fórmulas con mi lápiz. Nuestros brazos se rozaron varias veces de forma aparentemente accidental. Su piel era cálida, increíblemente suave, como seda tibia. Cada roce enviaba una pequeña descarga de calor directo a mi estómago y más abajo, haciendo que mi polla se hinchara lentamente dentro de los jeans.

Pasaron quince largos minutos así. Yo hablando con mi voz grave y segura, dibujando curvas y anotaciones detalladas en su cuaderno, él asintiendo con la cabeza, mordiéndose el labio inferior cada vez que algo empezaba a tener sentido. Sus ojos verdes subían de vez en cuando hacia mi cara, a mis brazos venosos y fuertes, a mi pecho amplio que se marcaba bajo la camiseta. El silencio entre una explicación y otra se volvía cada vez más pesado, más cargado de electricidad. El aire de la sala parecía denso, caliente y casi irrespirable.

—Eres muy bueno explicando… —susurró de pronto, bajando la mirada hacia sus notas, con las mejillas aún más rojas—. Gracias por quedarte tan tarde. Nadie más me ayuda así… la verdad es que me da vergüenza pedir ayuda y siempre termino solo en mi habitación sin entender nada.

Sonreí ligeramente, pero dentro de mis jeans mi polla ya estaba completamente dura y palpitante. ¿Qué mierda me estaba pasando? Cerré la carpeta de exámenes lentamente y lo miré directo a los ojos, sin disimular más la intensidad de mi mirada.

—Ven acá —repetí, pero esta vez mi tono era más bajo, más ronco y cargado de una intención que ya no podía ocultar—. Siéntate mejor aquí, más cerca de mí. Te explico mejor de esta forma, para que veas bien las fórmulas.

Él dudó unos segundos, mordiéndose el labio con más fuerza, pero finalmente se levantó y se acercó. No se sentó en la silla a mi lado. Se quedó de pie frente a mí, pequeño, indefenso y tembloroso, con las manos jugueteando nerviosamente con el borde de su blusa. El silencio se volvió casi insoportable. Podía oír claramente su respiración acelerada y entrecortada. Me levanté despacio de mi silla, mi cuerpo imponente y musculoso eclipsando por completo el suyo. Era fácilmente el doble de ancho que él. Mis brazos grandes y venosos se flexionaron cuando rodeé el escritorio y me planté justo frente a él, invadiendo su espacio personal hasta que casi podía sentir el calor de su cuerpo.

—Eres muy… pequeño —susurré, mi voz saliendo ronca y cargada de deseo que ya no podía controlar—. ¿Cuánto pesas, Nico? ¿Cincuenta kilos?

Él levantó la vista hacia mí, asustado pero con las mejillas ardiendo de un rojo intenso y profundo.

—C-cincuenta y dos… ¿por qué? —preguntó en un hilo de voz casi inaudible, sus manos pequeñas temblando mientras jugaban con el dobladillo de la blusa.

No respondí con palabras. El poco control que me quedaba se rompió en ese instante como un cristal. En un movimiento rápido y decidido, lo agarré firmemente por la cintura con mis manos enormes. Sus caderas suaves y delicadas cabían perfectamente en mis palmas. Lo levanté del suelo sin esfuerzo, como si no pesara nada, y lo atraje contra mi pecho duro y musculoso. Su cara quedó a solo centímetros de la mía. Sentí su aliento caliente y acelerado, con un leve olor a menta fresca.

—Qué… —empezó a decir, los ojos verdes muy abiertos por la sorpresa y el miedo.

Pero no le di tiempo a terminar. Lo besé con fuerza bruta y posesiva. Mis labios aplastaron los suyos, suaves, húmedos y calientes, mientras mi lengua invadía su boca sin pedir permiso, explorando cada rincón con hambre voraz. Él soltó un gemidito ahogado y sorprendido —¡Mmmh!—, y sus manos pequeñas se apoyaron en mis pectorales duros, intentando empujarme débilmente. Pero yo era mucho más fuerte. Lo presioné aún más contra mi cuerpo, sintiendo su pecho plano y suave contra mis músculos marcados, su corazón latiendo desbocado contra el mío. Su polla diminuta, ya medio dura, rozó mi muslo grueso a través de la ropa.

—Shhh… tranquilo, putita —gruñí contra sus labios, mordiéndole el inferior con posesión y hambre—. No te voy a hacer daño… mucho. Llevo semanas viéndote en clase, con esa carita de ángel inocente y ese culito moviéndose bajo los shorts… No sé qué mierda me pasa contigo, pero hoy no te vas a ir de aquí sin que te pruebe como quiero. Llevo imaginando esto desde la primera vez que te vi.

Lo giré con facilidad entre mis brazos y lo tiré contra la mesa con fuerza controlada pero firme. Su cuerpo delgado golpeó la madera con un TUC seco. Los papeles, lápices y cuadernos volaron por todos lados. Él jadeó fuerte

—¡Ah! ¡Espera, Mateo! ¡Qué estás haciendo! ¡Por favor!—, con voz temblorosa, pero yo ya estaba detrás de él, mis manos grandes y ansiosas bajando de un tirón esos shorts cortos de jean y los calzones pequeños de algodón blanco que llevaba debajo. Su culito apareció ante mis ojos como una visión prohibida y perfecta: redondo, pálido como la luna llena, completamente lampiño, dos nalgas suaves y apretadas que se separaron ligeramente cuando las abrí con mis pulgares gruesos y fuertes.

—Joder… mira ese culito virgen tan bonito y apretado —murmuré con la voz temblando de puro deseo animal, mientras me desabrochaba el pantalón con una mano y con la otra le mantenía la espalda pegada contra la mesa. Mi verga saltó libre al instante: gruesa, venosa, veintidós centímetros de carne dura y caliente, la cabeza morada e hinchada brillando con precum que ya goteaba abundantemente.

Nico temblaba entero, girando ligeramente la cabeza para mirarme con ojos vidriosos, una mezcla de miedo, vergüenza y algo mucho más oscuro y excitante.

—P-por favor… yo nunca he hecho esto… soy chico… no soy gay… —susurró con voz quebrada, pero su culito se apretó visiblemente de anticipación, traicionando sus palabras.

—Ni yo —respondí con una risa baja y oscura, escupiendo en mi mano y untando lentamente mi polla gruesa con saliva—. Pero hoy vas a ser mi putita. Relájate… te va a gustar más de lo que crees. Voy a hacerte sentir cosas que nunca imaginaste.

Le escupí directamente sobre el pequeño agujerito rosado, lo abrí con dos dedos gruesos, sintiendo cómo se contraía caliente y virgen alrededor de ellos, apretándome con fuerza. Lo preparé durante varios minutos, metiendo y sacando los dedos, girándolos, rozando su próstata para hacerlo gemir y arquearse. Y cuando estuvo lo suficientemente abierto y tembloroso, sin más preámbulos, empujé con fuerza. De un solo golpe lento pero implacable. Todo mi grosor entró en su interior apretado y caliente como un guante de seda ardiente. Nico soltó un grito agudo y largo —¡Aaaah! ¡Duele! ¡Es demasiado grande! ¡Por favor, sácalo!—, arqueando la espalda violentamente, sus uñas arañando la superficie de la mesa mientras todo su cuerpo temblaba sin control.

Pero yo no me detuve. Empecé a follarlo con fuerza brutal y constante, mis caderas chocando contra sus nalgas suaves y pálidas con sonidos húmedos, obscenos y rítmicos: plap, plap, plap, plap. Cada embestida profunda y salvaje lo hacía gemir más alto, más desesperado.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Mmmh! ¡Más despacio, por favor! ¡Me estás partiendo en dos!— rogaba entre lágrimas de placer y dolor, pero su culito se contraía con fuerza alrededor de mi polla, succionándome como si no quisiera dejarme salir nunca.

Lo agarré del cabello ondulado y tiré su cabeza hacia atrás, arqueándolo más, follándolo como un animal en celo.

—Gime para mí, femboy de mierda —gruñí cerca de su oído, acelerando el ritmo salvaje y profundo—. Siente cómo te parto ese culito virgen. Eres mío ahora. Mío para follar cuando quiera.

Sus gemidos se volvieron cada vez más agudos, más rotos y necesitados.

—¡Sí! ¡Ahh! ¡Me estás llenando tanto! ¡No pares! ¡Más fuerte, por favor!—, y ya no sabía distinguir si era dolor o placer puro lo que lo hacía temblar. Su polla diminuta goteaba hilos constantes de precum sobre la mesa, balanceándose inútilmente con cada embestida brutal. Lo follé durante largos minutos: profundo, rápido, salvaje, cambiando el ángulo para golpear directamente su próstata y hacerlo gritar de éxtasis. La sala se llenó por completo del olor crudo a sexo, sudor masculino y vainilla dulce. Sus nalgas pálidas se volvieron rojas e inflamadas con cada impacto de mis caderas fuertes, marcadas claramente por las huellas de mis dedos.

Después de varios minutos de embestidas brutales que hicieron temblar toda la mesa, sentí que el orgasmo se acercaba imparable.

—Voy a correrme dentro… te voy a llenar como la zorrita que eres —jadeé, sudando profusamente, mis músculos tensos y brillantes.

Nico solo pudo gemir con voz completamente rota y entregada.

—¡Sí! ¡Córrete adentro! ¡Por favor, lléname todo! —, y entonces exploté. Chorros gruesos, calientes y abundantes de semen inundaron su interior, pintando sus paredes apretadas una y otra vez sin parar. Me corrí tanto y con tanta fuerza que cuando finalmente saqué mi polla todavía dura y palpitante, el semen blanco y espeso empezó a escurrir abundantemente por sus pequeñas nalgas, bajando en hilos obscenos y calientes por sus muslos temblorosos, goteando hasta el piso de la sala.

Con una suavidad sorprendente después de tanta brutalidad, lo giré hacia mí, lo levanté en brazos como si fuera una muñeca frágil y lo senté en mi regazo sobre la silla grande del escritorio. Su cuerpo laxo, sudoroso y aún tembloroso se derrumbó completamente contra mi pecho ancho y musculoso. Lo abracé con fuerza, mis brazos grandes envolviéndolo por completo, como si quisiera protegerlo del mundo entero y al mismo tiempo marcarlo como mi propiedad.

—Shhh… ya está, mi pequeño —susurré suavemente contra su cabello húmedo, depositando besos lentos y cálidos en su frente, sus mejillas, su cuello y sus labios hinchados—. Respira. Lo hiciste perfecto. Descansa aquí conmigo. Nadie nos va a molestar. Eres mío ahora.

Nico escondió su cara en el hueco de mi cuello, respirando agitado y entrecortado, todavía con mi semen escurriendo de su culito y manchando mis jeans. Murmuró con voz débil, rota y extrañamente satisfecha:

—N-no me considero gay… pero… qué rico… nunca había sentido algo así en mi vida… gracias…

Sonreí en la penumbra de la sala, acariciándole la espalda con una mano grande y lenta, mientras con la otra le limpiaba suavemente el semen que seguía saliendo de su culito, untándolo un poco más sobre sus nalgas suaves para marcarlo. Lo mecí con ternura en mis brazos, besándole el cuello, la oreja y la clavícula expuesta. Su respiración se fue calmando poco a poco, volviéndose más profunda y tranquila. Sus ojos verdes se cerraron, completamente exhausto, y se durmió pegado a mi pecho, su aliento cálido y suave contra mi piel sudorosa. Yo me quedé ahí, todavía semi-enterrado dentro de él, sintiendo cómo su culito palpitaba suavemente alrededor de mi polla semi-dura, con el semen escurriendo y creando un desastre caliente y pegajoso entre nuestros cuerpos.

La ayudantía se había convertido esa noche en nuestro secreto más oscuro y adictivo. Sabía perfectamente que no sería la última vez. Mañana, pasado mañana, cada vez que Nico viniera a pedirme “ayuda” con los integrales… volvería a este mismo lugar, a esta misma mesa, a mis brazos. Y yo… bueno, seguía sin considerarme gay. Solo estaba completa e irremediablemente adicto a ese culito pálido, apretado y perfecto que ahora era mío. Lo abracé más fuerte contra mi pecho, cerrando los ojos también, y por primera vez en mucho tiempo me sentí en una paz extraña y peligrosa, con ese femboy tímido durmiendo sobre mí como si realmente perteneciera ahí desde siempre. El edificio seguía desierto y silencioso afuera, pero dentro de esa sala, el mundo entero había cambiado para los dos.

Fin


Estoy aceptando peticiones para futuros relatos, sugerencias, consejos y si quieren ver algunas imágenes de los personajes. Todos es bienvenido solo escríbanme por Telegram: @Jakeabbott

Los quiero <3

 

14 Lecturas/11 abril, 2026/0 Comentarios/por Phorass
Etiquetas: culito, follar, gay, orgasmo, semen, sexo, universidad, virgen
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
El pequeño Uriel: la playa.
Mi fantasía con un youtuber
Encuentro casual con mi amiga del liceo
De héroe a villano 2
Javier de 17 años se desquita con francisco de 6. Parte 5.
Familia Corrupción y Sexo F57
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.440)
  • Dominación Hombres (4.407)
  • Dominación Mujeres (3.224)
  • Fantasías / Parodias (3.597)
  • Fetichismo (2.916)
  • Gays (22.731)
  • Heterosexual (8.746)
  • Incestos en Familia (19.057)
  • Infidelidad (4.666)
  • Intercambios / Trios (3.271)
  • Lesbiana (1.199)
  • Masturbacion Femenina (1.072)
  • Masturbacion Masculina (2.044)
  • Orgias (2.171)
  • Sado Bondage Hombre (475)
  • Sado Bondage Mujer (201)
  • Sexo con Madur@s (4.575)
  • Sexo Virtual (276)
  • Travestis / Transexuales (2.526)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.664)
  • Zoofilia Hombre (2.292)
  • Zoofilia Mujer (1.705)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba