Putita destrozada por mi novio, parte 3
Tercera parte: Andrea y el hermano de la zorrita – Dominación brutal.
Después de lo de Nicolás y la putita Alejandra, algo en mí se quebró. No era celos, no era rabia pura; era un fuego que me quemaba por dentro y me pedía más. Mi macho de 27 años era una bestia, pero yo también tenía mis propios demonios que alimentar. Y ahí entró Daniel, el hermano de la zorra de 12 años, un flaco de 20 con esa actitud de mierda que me sacaba de quicio y, para qué negarlo, me mojaba solo de imaginarlo. No era musculoso como Nicolás, pero tenía una vibra cruda, una arrogancia que me desafiaba. Y yo, Andrea, la reina de 20 años con tetas enormes y culo de infarto, decidí que iba a probarlo… aunque no sabía que él terminaría doblegándome como perra.
Era un martes por la tarde. Nicolás estaba en el gimnasio, como siempre, y yo me aburría en el apartamento. Me miré al espejo: 1,70 de altura, flaca pero con curvas que matan, cabello castaño dorado cayendo en ondas sobre mis hombros, ojos cafés brillando con malicia. Me puse una falda cortita, tan ajustada que apenas cubría mis nalgas, y una blusa escotada que dejaba mis tetas casi al aire. Un toque de perfume, labios rojos, y salí rumbo a su casa. No iba a pedir permiso; iba a tomar lo que quisiera. O eso creía.
Toqué la puerta de su apartamento con fuerza. Escuché pasos rápidos, y cuando abrió, ahí estaba Daniel: sin camisa, con el torso flaco pero fibroso, jeans gastados colgando bajos en sus caderas, el pelo negro revuelto y esos ojos oscuros que me desnudaron en un segundo. Se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos, y me miró con esa sonrisa torcida que me daban ganas de borrar a golpes… o a otra cosa.
—¿Qué haces aquí, Andrea? —dijo, con esa voz rasposa que sonaba a burla—. ¿Tu macho te dejó solita?
—No necesito que me dejen para buscar lo que quiero, pendejo —respondí, empujándolo para entrar sin esperar invitación.
El lugar era un chiquero: ropa tirada por el suelo, una mesa con latas de cerveza aplastadas, el aire cargado de tabaco y sudor. Me senté en el sofá, cruzando las piernas despacio para que la falda subiera y dejara ver la piel de mis muslos. Lo vi tragar saliva, pero no dijo nada. Se acercó, parándose frente a mí, alto y desgarbado, mirándome como si yo fuera una presa y él un lobo flaco pero hambriento.
—¿Qué pasa? ¿Vienes a que te coja porque tu novio no te llena? —dijo, inclinándose un poco, sus ojos clavados en los míos.
—Mi novio me llena de sobra —repliqué, levantándome para quedar frente a él, mi cara a centímetros de la suya—. Pero yo decido cuándo y con quién juego, y hoy me dio curiosidad por un flaco como tú.
Se rió, una risa corta y seca que me erizó la piel. No dijo más. De repente, me agarró del brazo con una fuerza que no esperaba de su cuerpo huesudo y me jaló hacia él. Intenté soltarme por puro instinto, pero él me giró como si fuera una muñeca y me estampó contra la pared con un golpe seco. El yeso frío se clavó en mi espalda, y antes de que pudiera protestar, me sujetó las muñecas con una mano, levantándolas sobre mi cabeza. Con la otra, levantó mi falda de un tirón, dejando mis nalgas al aire.
—No te hagas la reina conmigo, Andrea —gruñó, su aliento caliente en mi cuello—. Aquí el que manda soy yo, y te voy a coger como perra hasta que me pidas clemencia.
Intenté responder, mantener mi orgullo, pero su mano libre bajó a mi ropa interior y la arrancó de un jalón. El sonido de la tela rasgándose me hizo jadear, y él aprovechó para pegarse más, su cuerpo flaco pero duro aplastándome contra la pared. Sentí su bulto creciendo contra mi culo, y aunque quise resistirme, mi cuerpo me traicionó: estaba mojada, y él lo sabía.
—Estás caliente, zorra —dijo, metiendo dos dedos sin aviso dentro de mí. Grité por la sorpresa y el dolor, pero él me tapó la boca con la otra mano—. Cállate, que esto apenas empieza.
Sus dedos se movían rápido, brutales, abriéndome sin cuidado. Eran largos y huesudos, y aunque no tenían la fuerza de los de Nicolás, había una rabia en ellos que me hacía temblar. Intenté moverme, pero me tenía inmovilizada, mi cara aplastada contra la pared, mis tetas apretadas contra el yeso. Sacó los dedos y los limpió en mi falda, riéndose.
—Esto es solo el calentamiento —dijo, y escuché el sonido de su cinturón al desabrocharse, seguido del roce de sus jeans cayendo al suelo.
Me giró con violencia, poniéndome de frente a él. Sus ojos brillaban con algo salvaje, y por primera vez sentí un nudo en el estómago. No era tan imponente como Nicolás, pero había una crueldad en él que me ponía los nervios al límite. Me empujó hacia abajo, obligándome a arrodillarme, y sacó su verga frente a mi cara. La zorrita había dicho que medía 20 cm, y no mentía: era larga, venosa, no tan gruesa como la de mi novio, pero con una cabeza hinchada y roja que parecía lista para destruir. Olía a sudor y a macho, y antes de que pudiera reaccionar, me agarró del pelo y me la metió en la boca.
—Chúpala, perra —ordenó, empujándola hasta mi garganta.
Intenté resistirme, pero me tenía agarrada con fuerza, moviendo mis caderas para follarme la boca sin piedad. La sentía pulsando, caliente y dura, llenándome hasta que las lágrimas me corrían por las mejillas. Tosí, me ahogué, pero él no paró. Me miraba desde arriba con esa sonrisa torcida, disfrutando cada segundo de mi humillación.
—¿Qué pasa, reina? ¿No puedes con esto? —dijo, sacándola un momento para darme una bofetada con su verga en la cara—. Pensé que eras más dura.
Jadeando, lo miré con furia, pero él no me dio tiempo a responder. Me levantó del suelo como si no pesara nada y me arrojó al sofá bocabajo. Caí con un gemido, mis tetas aplastadas contra los cojines sucios, mi culo en el aire. Sentí sus manos separándome las piernas con rudeza, y luego el peso de su cuerpo sobre mí. No hubo aviso, no hubo delicadeza: me penetró de una embestida brutal, metiendo toda su verga hasta el fondo.
Grité, el dolor me atravesó como un cuchillo. Era rápido, salvaje, cada embestida un castigo. Sus manos huesudas me agarraban las caderas tan fuerte que sabía que me dejarían marcas, y su respiración entrecortada llenaba el aire. Me cogía como si quisiera partirme en dos, su pelvis chocando contra mi culo con un sonido húmedo y violento.
—¿Te gusta, zorra? —gruñó, inclinándose para morderme el hombro—. Esto es lo que pasa cuando juegas con un hombre de verdad.
Intenté moverme, escapar del dolor, pero él me aplastó con más fuerza, su cuerpo flaco pero implacable dominándome por completo. Me agarró del pelo y tiró mi cabeza hacia atrás, arqueándome la espalda mientras seguía embistiéndome. Sentía su verga entrando y saliendo, estirándome, golpeando tan adentro que cada thrust me arrancaba un gemido que no podía contener.
—¡Para, por favor! —grité al fin, mi voz quebrándose, mi orgullo hecho pedazos—. ¡Es demasiado!
Se rió, una carcajada seca y triunfal, pero no paró. Al contrario, aceleró, sus movimientos más duros, más profundos. Me tenía como trapo, mi cuerpo temblando bajo él, mi cara hundida en el sofá mientras lágrimas y sudor se mezclaban. Sus manos subieron a mis tetas, apretándolas con saña, pellizcando mis pezones hasta hacerme chillar.
—No hay clemencia para putas como tú —dijo, su voz grave y cargada de poder—. Vas a aprender quién manda aquí.
No sé cuánto tiempo pasó. Minutos, tal vez horas. Mi cuerpo dejó de resistirse, agotado, rendido a su brutalidad. Él seguía, incansable, su verga como un martillo que no dejaba de golpear. Cuando por fin sentí que se tensaba, supe que estaba cerca. Me dio una última embestida, tan fuerte que creí que me rompería, y luego se salió, descargando un chorro caliente y espeso sobre mi espalda y mi culo. Jadeaba como animal, victorioso, mientras yo quedaba ahí, temblando, derrotada.
Se apartó, respirando pesado, y me miró con esa sonrisa torcida que ahora me helaba la sangre. Me limpié la cara con el dorso de la mano, tratando de recuperar algo de dignidad, pero él se inclinó y me habló al oído:
—Vuelve cuando quieras, Andrea. Pero acuérdate: aquí los hombres mandamos, y yo te hago mía cuando se me da la gana.
Me levanté con las piernas débiles, arreglándome la ropa como pude. Salí de ahí sin mirarlo, mi cuerpo doliendo, mi mente en caos. Nicolás seguía siendo mi rey, pero Daniel me había mostrado algo que no esperaba: un macho flaco y cruel que me había hecho pedir clemencia… y que, en el fondo, me había gustado más de lo que iba a admitir.
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