Raul a Renata parte 4 Final
Renata decide hacer su transicion final con un nuevo colaborador para su OF pero sale mal.
El avión aterrizó en Barajas con una suavidad que contrastaba con el torbellino en el estómago de Renata. Un año había pasado desde aquella noche con Michael, un año de recuperación, de crecimiento y de éxito en las Islas Británicas. Sus senos, ahora una generosa copa 90, eran su carta de presentación en Only Fans, donde se había convertido en una de las creadoras más rentables de la plataforma. Ya no era Raul; para el mundo, y para sí misma, era Renata.
El taxi la dejó frente al antiguo edificio de sus padres en un barrio tranquilo de Madrid. Con el corazón en un puño, subió las escaleras y tocó el timbre. La puerta se abrió y su madre apareció, su rostro pasando de la sorpresa a la confusión al ver a la mujer de pie frente a ella.
—¿Raúl? —preguntó, con la voz temblorosa.
—Ya no, mamá. Soy Renata. Y he vuelto a casa para deciros algo.
El encuentro con sus padres fue tenso pero breve. Su padre, un hombre tradicional, no podía apartar la vista de su pecho prominente.
—Hemos visto tu dinero, Renata —dijo su padre finalmente—. Lo que ganas con… tu trabajo.
—No es solo trabajo, papá. Es mi vida. Y tengo suficiente para completar mi transición. Me voy a hacer la cirugía de reasignación de sexo.
El silencio fue absoluto. Su madre comenzó a llorar suavemente, mientras su padre enrojecía de ira y confusión.
—No lo permitiremos —dijo él con firmeza—. No mientras vivas bajo nuestro techo.
—No viviré —respondió Renata con calma, sacando un sobre—. He comprado un piso en Chueca. Soy independiente. Solo quería que lo supierais de mi boca.
Se marchó sin más, dejando atrás una década de secretos y mentiras.
***
El piso en Chueca era un santuario moderno en el corazón de la diversidad madrileña. Decorado con gusto, con luces LED que cambiaban de color y un estudio perfectamente equipado para sus grabaciones. Renata se había convertido en una empresaria de su propio cuerpo, y los beneficios eran espectaculares.
Las semanas siguientes fueron un torbellino de actividad. Grababa con diferentes chicos, cada encuentro más audaz que el anterior. Su popularidad se disparó, y con ella, sus ingresos. Pero faltaba la pieza final, el paso definitivo.
Fue en una gala privada de Only Fans donde conoció a José. Un hombre imponente, médico cirujano, con ojos que parecían ver a través de ella. Se presentaron, y él reconoció instantáneamente su perfil.
—Soy tu fan número uno —confesó José con una sonrisa—. Y también soy cirujano especializado en reasignación de sexo.
Renata sintió un escalofrío. —¿En serio?
—La mejor cirugía que puedas imaginar —continuó José, su voz bajando a un tono conspirador—. Pero no trabajo gratis. Tengo una propuesta para ti.
—¿Cuál?
José se acercó, su aliento caliente en su oreja. —Quiero una noche contigo. Para mi Only Fans personal. Quiero que seas mi putita sumisa. Cuerdas, vendas, látigos. Quiero poseerte, dominarte, marcarte. A cambio, te daré el cuerpo que siempre has soñado. Gratis.
La propuesta era audaz, peligrosa y excitante. Renata lo pensó apenas un segundo. —Acepto.
***
La noche acordada, Renata se preparó meticulosamente. Se vistió con lencería de encaje negro, medias de seda y tacones aguja. Cuando José llegó, su presencia dominó la habitación inmediatamente.
—Arrodíllate —ordenó sin preámbulos.
Renata obedeció, sintiendo una mezcla de miedo y excitación. José la vendó los ojos, sumergiéndola en una oscuridad total. La ató con cuerdas de seda a la cama, sus brazos y piernas extendidos en una X vulnerable.
—Esta noche eres mía —susurró José, su voz resonando en la oscuridad—. Solo mía.
El primer golpe del látigo la hizo gritar, pero el dolor se transformó rápidamente en placer. José era un maestro, alternando caricias suaves con azotes violentos, llevándola al borde del éxtasis una y otra vez sin permitirle llegar. La penetró con una ferocidad que la hizo sentir completamente poseída, usada, pero de una manera que la llenaba de poder.
—¿Eres mi putita? —preguntaba entre golpe y golpe.
—Sí —suplicaba Renata—. Soy tu putita. Soy tuya.
La sesión duró horas, un infierno de placer y dolor que la dejó exhausta pero increíblemente viva. Cuando finalmente la desató, su cuerpo temblaba, cubierto de marcas rojas y sudor.
—Perfecta —murmuró José, besándola suavemente—. Perfectamente rota y perfectamente lista.
***
Semanas después, Renata se despertó en una habitación de hospital. El dolor era agudo pero controlable. José estaba a su lado, sonriendo.
—Fue un éxito —dijo—. Eres completa ahora, Renata. Eres finalmente tú misma.
Renata intentó sentarse, pero el dolor la detuvo. Con la ayuda de José, se incorporó lentamente y miró hacia abajo. Un vendaje cubría su entrepierna, pero underneath, podía sentir la nueva realidad de su cuerpo.
—¿Cómo me veo? —preguntó con voz temblorosa.
José le acercó un espejo. El reflejo que le devolvió fue el de una mujer completa, con ojos cansados pero llenos de determinación. El rostro era el mismo, pero todo lo demás había cambiado.
—Eres perfecta —dijo José, besando su frente—. Mi creación perfecta.
Renata sonrió débilmente, la mezcla de analgésicos y emociones nublando su mente. El viaje había terminado, pero uno nuevo comenzaba. Con su cuerpo finalmente alineado con su identidad y su piso en Chueca como su reino, estaba lista para enfrentar el mundo como la mujer que siempre había sido en el interior, grabando videos para Only Fans y viviendo según sus propias reglas.
***
La luz del quirófano era cegadora, pero Renata apenas la percibía a través de la niebla de la anestesia. José estaba a su lado, sonriente, mientras el equipo médico se preparaba para el procedimiento definitivo.
—Vamos a hacer historia, mi amor —susurró José antes de que la máscara de oxígeno cubriera su rostro.
Los primeros minutos transcurrieron con normalidad. El bisturí de José se movía con precisión, creando los delicados pliegues de tejido que formarían su neovagina. Pero entonces, algo salió mal.
—Doctor, sangrado inesperado —anunció la enfermera con voz alarmada.
José frunció el ceño, intentando controlar la hemorragia. —Presión. Necesito más presión.
Los monitores comenzaron a emitir pitidos agudos, las lecturas vitales de Renata caían en picado. Su corazón luchaba contra la pérdida masiva de sangre.
—¡Está entrando en fibrilación! —gritó el anestesista—. ¡Necesitamos el desfibrilador!
El quirófano se convirtió en un caos de voces superpuestas y movimientos frenéticos. José trabajaba febrilmente, intentando reparar el daño mientras su equipo luchaba por mantener con vida a su paciente.
—¡No la perdamos! —ordenaba José, su voz ahora desesperada—. ¡No podemos perderla!
Pero era demasiado tarde. A pesar de sus esfuerzos, el corazón de Renata se detuvo. La línea recta en el monitor confirmó lo que todos en la habitación temían.
—Tiempo de muerte, 14:32 —anunció el anestesista con voz sombría.
José se quedó inmóvil, con las manos aún ensangrentadas, mirando el cuerpo sin vida en la mesa de operaciones. La mujer que había prometido crear, la putita sumisa que había dominado, la paciente que había jurado curar, ahora yacía frente a él, fría e inmóvil.
El silencio que siguió fue más ensordecedor que el caos de momentos antes. El viaje de Renata había terminado, no en la celebración de su identidad, sino en la frialdad de una mesa de operaciones, víctima de las mismas decisiones que la habían llevado a la puerta de su sueño y, finalmente, a su tumba.




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