Resident Evil 2: Mr. X y Leon S. Kennedy
Leon S. Kennedy acaba siendo violado en la Comisaría de Raccoon City durante un aterrador brote de muertos vivientes. Su abusador:Mr. X, una letal y musculosa criatura creada por la corporación Umbrella, los a su vez artífices de dicho virus..
Raccoon City, Estados Unidos
30 de septiembre, 1998
Leon Scott Kennedy vagaba, exhausto y atemorizado, por la Comisaría de Raccoon City, o más bien por los resto de la misma. Escasos momentos atrás acababa de ver morir a Elliot, un compañero suyo, delante de sus narices, sin que él pudiera hacer nada para evitarlo.
«Si hubiera sido más rápido…»
Ahora, el rubio se encontraba en busca de una salida con el fin de evacuar al teniente Marvin Branagh, el único superviviente con el que se había topado hasta el momento en el interior de la comisaría. Gracias al pequeño cuaderno que el pobre Elliot llevaba consigo a la hora de morir, el novato policía había conseguido descifrar la forma de escapar: solo debía localizar los tres medallones e incrustarlos en la estatua de la diosa para abrir el pasaje subterráneo hacia el garaje.
En su poder ya tenía el medallón del león y el del unicornio, hallado este último en una sala contigua a la biblioteca, mientras que el primero lo descubrió cerca de la propia estatua tras engastar el del unicornio.
En estos momentos, Leon se encontraba en búsqueda del tercer medallón, apodado «medallón de la doncella», pero este se le estaba resistiendo más. Ya había revisado la sala de prensa, la oficina este, el cuarto oscuro de revelado, la zona de las duchas y la legendaria oficina de los S.T.A.R.S., en la que tanto había soñado con estar y en donde ya jamás estaría. Sin embargo, al avanzar por el desordenado almacén del ala oeste, Leon notó algo extraño en una de las paredes del fondo: un bloque de cemento improvisado, cubierto de polvo y tablones mal clavados, rompía la simetría del lugar. Se acercó cauteloso, iluminando con la linterna una pequeña abertura entre los escombros. A través del hueco alcanzó a distinguir la inconfundible silueta de la estatua de la Doncella, inmóvil en la penumbra, sosteniendo algo brillante en su pedestal: el último medallón que necesitaba para abrir el camino del vestíbulo.
–Sí, joder…
Leon examinó el muro con detenimiento. Sobre la pared se extendía una carga de explosivo C4 ya colocada y también con un detonador acoplado, mas algo faltaba, algo importante: una batería. Comprendió enseguida que alguien había tratado de abrirse paso sin éxito alguno.
«Elliot…»
El corazón del rubio se estrujó dentro de su pecho con tan solo pensar en el pobre Elliot. Aquello era el trabajo inconcluso de su compañero, la esperanza detenida a medio respirar.
«Terminaré lo que empezaste, lo juro…»
De pronto, lo recordó: una batería en la oficina de S.T.A.R.S., encima de uno de los escritorios. Leon se volvió sobre sus pasos con la intención de regresar a la oficina, tratando de no hacer ruido. Entonces, escuchó algo que le heló la sangre: unas garras, tan afiladas que podrían tallar cualquier figura en las paredes. Al alzar la cabeza, tragó saliva, horrorizado. Encima del techo, una horrible criatura, de unos dos metros de largo y con un cuerpo más bien fibrado acechaba a su próxima presa. No tenía piel; en su lugar, los músculos y tendones quedaban al descubierto, brillando con un tono rojo oscuro. Su cabeza carecía de ojos y nariz, y el cerebro sobresalía sobre el cráneo desnudo. Además de unos dientes largos y afilados, poseía una lengua delgada y extremadamente larga que colgaba hasta rozar el suelo.
Leon sabía que no tendría oportunidad contra algo así, incluso pensó que este sería su final, pero al comprobar que la criatura no lo había atacado y tras observarla mejor, se percató de algo: era sorda. Con extremado cuidado y varias gotas de sudor resbalando por su rostro, Leon consiguió salir de la habitación y bajar hasta el segundo piso, donde se encontraba la oficina de los S.T.A.R.S., en un oscuro pasillo al que se accedía a través del vestuario.
Leon escuchaba los alaridos de los muertos en las sombras. Estaban por todas partes. Ya no quedaban humanos, solo Marvin, aquella desconocida, Claire —con la que se había topado en la gasolinera y a la que prometió volver a ver—, y él mismo.
Cuando estuvo delante de su destino, abrió cuidadosamente la puerta para asegurarse de que ningún zombi se había colado y ahí estaba, la odiosa batería, la que lo sacaría de aquel infierno. Pero, de repente, escuchó un enorme estruendo que retumbó por toda la comisaría. Aquello lo retrasó, pues decidió que salir ahora sería muy peligroso. Apagó las luces de la oficina y se quedó detrás del escritorio principal, junto a la puerta, por si oía algo. Fue entonces cuando su oído se agudizó al notar el primer sonido humano en mucho tiempo: unas botas, que pisaban imponentes la crujiente madera del piso, sin miedo a que apareciera ningún zombi, y precisamente ese detalle fue lo que lo hizo sospechar.
Y no se equivocaba.
Entonces, algo perteneciente al mismísimo infierno abrió la puerta de la oficina, asomando su abominable rostro en busca de almas que aún contuvieran vida humana. Se trataba de una figura imponente, de más de dos metros de altura y con una musculatura exageradamente desarrollada que tensaba la gruesa gabardina negra que vestía,<span;> la cual iba acompañada de unas pesadas botas, que Leon supuso que eran las artífices de aquellos sonoros pasos. Sus manos eran grandes, de dedos gruesos y fuertes, hechas para aplastar.
Por otro lado, su piel, pálida y con un matiz ligeramente violáceo, tenía un aspecto helado, como si el calor no fuera bienvenido en esa anatomía. Su rostro rígido y sin emociones mostraba una expresión completamente vacía: mandíbula cuadrada, pómulos marcados y ojos hundidos con un brillo apagado y casi mecánico, como si estuviese siendo controlado y no pensase por él mismo.
Leon respiró hondo y tragó saliva, deseando que se fuera por donde había venido. Mr. X –bautizado así por Claire Redfield, que se lo encontraría más adelante–, simplemente echó un rápido vistazo y abandonó la oficina. El rubio volvió a respirar con normalidad y salió de la oficina una vez dejaron de escucharse los pasos de Mr. X.
Desde la oficina existía un atajo para no volver a cruzar las duchas, y era la puerta que daba al medallón del unicornio. La atravesó y de nuevo estuvo en la biblioteca. El pecho le iba a mil por hora, sabía que no podía cometer ningún error si quería salir con vida. Antes de subir las escaleras hacia la sala donde debía activar el detonador, asomó la cabeza por la puerta que daba al vestíbulo. Divisó a Marvin, que agonizaba de dolor en el sofá de cuero, pero que seguía vivo.
«Te sacaré Marvin, lo prometo.»
Leon, armado de valor, escaló hacia la «sala de la doncella». Se sentía afortunado, pues no había rastro del extraño y aterrador bicho de antes, el licker. El novato reflexionó antes, dejándose ganar por el miedo durante un segundo: si la pared cedía, atraería en el acto a lo que fuera que aún deambulara por aquellos pasillos. Sobretodo, a Mr. X.
Aun así, no dudó. La estatua esperaba al otro lado, y con ella, la única salida de aquel infierno. Armó el denotador gracias a la batería conseguida y la cuenta atrás se activó tras colocarlo en la pared.
Cinco, cuatro, tres, dos, uno… ¡Boom!
Tal y como había previsto, la pared entera se derrumbó, dejándole acceso al medallón. Intentando no pensar en los aterradores gritos y sonidos provocados por la explosión, Leon resolvió el puzzle con extrema rapidez, pero ni siquiera eso lo salvaría de su cruel destino.
Cuando se dispuso a salir hacia la biblioteca y posteriormente hacia el vestíbulo, palideció al percatarse de que él mismo se había montado su propia trampa: debido a la detonación, la pesada estantería postrada al lado de la puerta había volcado, impidiéndole el paso. Intentó moverla, pero aquello era demasiado para un chaval de apenas 21 años recién salido de la academia.
«Tranquilo, Leon, tranquilo… Solo tienes que dar la vuelta. Eso, dar la vuelta.»
Sin embargo, la suerte no estaba de su lado. Al girarse, se topó cara a cara con aquella mole de 2,13 metros, Su pecho, ancho como una muralla, quedaba justo a la altura del rostro de Leon, obligando al rubio a inclinar la cabeza para poder verlo a los ojos.
–¡Á-alejate d-de mí, b-bastardo! –»Amenazó» Leon, apuntando con su pequeña pistola directamente a su cabeza.
Los nervios le hicieron disparar aún más arriba, consiguiendo solamente derribar el oscuro sombrero de la criatura. Luego, logró acertar directamente contra su frente, pero Mr. X no se trataba de un zombi. Ni siquiera le hizo cosquillas. Leon continuó disparándole a diferentes partes del cuerpo mientras la criatura caminaba decidido hacia él. Entonces, cuando Mr. X se posicionó justo delante suya, Leon intuyó que su final acababa de llegar.
Leon apenas tuvo tiempo de reaccionar. Una sombra enorme se abalanzó sobre él y, en un instante, una mano de un tamaño descomunal se cerró alrededor de su cabeza. Los dedos de Mr. X rodearon su cráneo con una facilidad sobrehumana, inmovilizándolo como si no pesara nada. Enseguida, el policía fue arrancado del suelo. El mundo quedó suspendido, tambaleándose ante sus ojos, mientras la presión alrededor de su cabeza aumentaba. Sentía el aire escapársele del pecho, el vértigo de estar totalmente a merced de aquella criatura.
Mr. X lo sostuvo en alto un momento, estudiándolo desde la cima de sus casi dos metros, su rostro sin expresión a escasos centímetros del de Leon. Luego, sin esfuerzo alguno, lo arrojó contra el suelo como si fuera un simple estorbo.
El impacto le arrancó un gemido entrecortado, y el golpe reverberó por todo el pasillo. Leon trató de incorporarse, aturdido, mientras el Tyrant avanzaba de nuevo hacia él. Leon intentó apoyarse en un codo para levantarse, pero apenas había movido un músculo cuando una sombra volvió a cubrirlo. El enorme pie de Mr. X descendió frente a él, bloqueando su avance. Leon trató de retroceder, pero el Tyrant inclinó su peso hacia delante y su bota se posó sobre el suelo a escasos centímetros de su costado, reteniéndolo sin necesidad de tocarlo.
Era una advertencia silenciosa, una orden muda que significaba: no te levantes.
Entonces, Leon alzó la mirada y vio al gigante inclinarse ligeramente sobre él, su imponente silueta ocupando todo su campo de visión. Cada paso que daba hacía vibrar el suelo; cada movimiento transmitía una fuerza calculada, contenida, como si pudiera aplastarlo en cualquier momento, pero eligiera no hacerlo aún.
El rubio comenzó a gatear hacia atrás, pero Mr. X reaccionó de inmediato. Su mano descendió de nuevo, firme como una prensa, posándose sobre el hombro de Leon y empujándolo con la suficiente fuerza para mantenerlo pegado al suelo, pero sin dañarle. Parecía como… si no quisiese matarlo, sino someterlo.
Mr. X se detuvo frente a Leon y llevó una mano a la parte superior de su gabardina. Con un brusco tirón, abrió la prenda y la separó de su torso. Luego inclinó un poco el cuerpo y, con otro movimiento se la quitó de los hombros de un solo tirón. La gabardina cayó al suelo arrugada y rasgada por la fuerza, revelando la anatomía desnuda del Tyrant.
Y ahí fue cuando Leon lo comprendió todo.
Mr. X apuntaba hacia el muchacho con su desorbitado miembro viril, en pleno estado de erección, entre unos 25-27 cm de largo y un robusto grosor. Algo imposible para un humano normal, salvo en casos muy extremos y anómalos.
Antes de que Leon pudiera escapar, Mr. X puso de nuevo su enorme mano sobre su hombro, pero esta vez lo que hizo fue atraerlo hacia él, haciéndolo perder el equilibrio y dejándolo de rodillas frente a él. La criatura colocó ahora su mano sobre la cabeza de Leon, acercándolo directamente hacia su miembro. Trató de resistirse, pero Mr. X ejerció una potente presión sobre su cabeza: si quisiera, podría aplastarle el cráneo ahí mismo. Leon lo comprendió y atemorizado acató la orden, con brillantes lágrimas comenzando a recorrer sus dulces mofletes.
–P-por favor, suéltame… –Le suplicó mirándole a los ojos, pero Mr. X le respondió fríamente con la mirada.
Leon no sabía cómo afrontar algo así. Él respetaba a los homosexuales, pero no era uno de ellos. La idea le asqueba, le provocaba repulsión. ¿Cómo podía siquiera hacerlo? ¡Aquello medía demasiado! ¡Ni aunque quisiera podría tragar algo tan grande! No obstante, Mr. X no estaba pensando nada de eso; es más, en realidad ni estaba pensando, solo siguiendo su instinto.
Finalmente, Leon tuvo que abrir su boca. Nada más sus labios hubieron rozado el glande, notó cómo las ganas de vomitar subían por su estómago, pues este era su primer rabo y además no era humano. La bestia soltó un intenso gemido que multiplicaron las lágrimas del sujeto. Leon trató de imitar las mamadas que él había recibido, pues no tenía experiencia en practicarlas. Movía su cabeza hacia adelante y hacia atrás, sin forzarse demasiado e intentando contener las náuseas. Su lengua se movía mecánicamente alrededor del glande, llegando a saborear su asqueroso líquido preseminal.
Forzado por Mr. X, el novato cada vez iba abarcando más cantidad en su inexperta cavidad bucal, pero esta tenía un límite: se le imposibilitaba tragar más de la mitad, mas la bestia parecía no haber desarrollado la capacidad de comprender algo así, continuando su empeño en que su receptáculo de reproducción le diera más placer. La garganta de Leon estaba adolorida, igual que su campanilla. Las arcadas eran constantes y notaba que estaba al borde del desmayo. En su lucha por respirar, golpeó repetidas veces los muslos de su abusador, quien terminó por soltarlo durante apenas unos segundos.
Sus bellos ojos turquesas estaban llorosos y todo su rostro se había teñido de un intenso color rojizo propio de la asfixia. <span;>Leon juraba que podía oír cómo se quejaban los huesos de su mandíbula mientras esa cosa enorme le desgarraba la garganta. Ninguna boca podía soportar una polla tan grande.
El Tyrant retomó su accionar y, para suerte de la respiración de Leon, ya no se enfocaba en que tragara la máxima cantidad posible, sino en atentar contra él con una «simple» follada de boca. Sus huevos se balanceaban continuamente, pero no llegaban a rozar la barbilla de Leon por la lejanía. El agarre en la cabeza del rubio iba siendo cada vez más violento, aunque el Tyrant seguía midiendo su fuerza para no dañarlo de más.
El policía notó cómo el de por sí ya descomunal miembro de la bestia se hinchaba más de la cuenta, lo que avecinaba lo que estaba por venir. Trató de retroceder y evitar tragar aquella esencia, pero Mr. X volvió a percatarse de sus intenciones y lo inmovilizó con apenas una pizca más de presión en la cabeza. Leon soltó nuevas lágrimas mientras Mr. X descargaba su semen en la boca de su presa acompañado de poderosos bramidos y espasmos. La corrida llenó cada diente e inundó sus papilas gustativas: la cantidad era sobrehumana. Lamentablemente, Leon tuvo que tragar y saborear todo, aunque algunos restos escaparon por la comisura de sus labios, empapando su uniforme policial.
Mr. X liberó a Leon brevemente para recobrar el aliento, y este, tras toser, quiso aprovechar para escapar. Sin embargo, la bestia colocó su enorme pie delante de su rostro.
–¿Q-qué más quieres de mí? –Le preguntaba sollozando. –Déjame i-ir…
Entonces, el Tyrant se fijó en sus nalgas, cosa que Leon notó.
–¡N-no! ¡Ni de coña, no, no…! –Decía Leon mientras trataba de ponerse de pie, pero Mr. X envolvió su mano alrededor de la cabeza y lo estampó levemente contra el suelo. –P-por f-favor…
Sus súplicas fueron ignoradas. Con rudeza y desespero, Mr. X rasgó su uniforme y lo despedazó a cachos, dejándolo desnudo. El pene de Leon estaba más flácido que nunca, pero la criatura ni siquiera se fijó en eso; solo en su enorme culo. Procedió a derribar la pesada estantería que bloqueaba el paso a la biblioteca y tomó asiento en ella. Luego, levantó a Leon como si fuera una pluma y lo alineó alrededor de su rabo, que seguía completamente efecto aun después de correrse. Leon pateleó en el aire, pero no servía de nada. Su virgen agujero finalmente quedó encima del glande. Mr. X le agarró de la cintura posesivamente, más que nada para evitar su escape, y comenzó a meterla. El ano de Kennedy, sin ningún tipo de lubrucación previa, fue abriendo un estrecho camino por donde la gigantesca polla de Mr. X pasaba a la fuerza.
–¡AAAHHH! ¡JOOODEERRRR! ¡P-PARA, MALDITO H-HIJO DE PUTA! –Exclamaba el policía, que notaba cómo literalmente estaban partiéndole por la mitad.
Los gritos de Kennedy fueron apagándose conforme iba siendo ensartado, pero su dolor no disminuía. Sus huevos quedaron encima de los de Mr. X, pequeñísimos si se comparaban con los de la criatura.
–Por favor, d-déjame… –Le suplicó mirándolo a sus ojos, llenos de sombras y oscuridad.
Mr. X le respondió moviendo sus caderas y comenzando a follárselo. Leon sollozaba mientras trataba de soportarlo.
«Clap… clap…»
Los testículos de Mr. X chocaban contra sus nalgas por el salvaje ritmo que estaba llevando. Leon podía sentir el cómo su vientre se deformaba cada vez que lo empujaba dentro, el cómo su vientre se estiraba tanto con cada embestida que llegó a pensar que en algún momento lo atravesaría.
Leon, en medio de aquel infierno, descubrió que aún había espacio para el terror. El monstruo anterior, el Licker del que logró escapar, se adentró en la sala, encontrándose aquella grotesca escena. Y lo que prosiguió lo dejó helado. El Licker sacó su enorme y afilada lengua y la envolvió alrededor del miembro flácido de Leon, asqueando al humano, quien no tenía más elección. En efecto, el Licker inició una extraña mamada (o paja, según se mire), mientras Mr. X lo penetraba. Sin embargo, la saliva era el único alivio que el policía estaba experimentando, y dichos estímulos lograron ponérsela dura entre tanto sufrimiento. Incluso llegó a gemir, lo cual lo avergonzó y sorprendió a partes iguales. Además, Leon comenzó a moverse él mismo cuando notó un pequeño placer procedente de su culo, un diminuto atisbo de luz.
Persiguiendo dicho placer, Leon cabalgó dificultosamente el gigantesco miembro de Mr. X. El sudor resbalaba sobre su bello rostro y sentía sus muslos cargados, con agujetas. No le quedaba energía, sus oídos cada vez poseían menor capacidad de audición y el desmayo era inminente. La criatura pareció percatarse y por ello fue que, de repente, aumentó el ritmo de las embestidas.
–¡Ay, ay, d-despacio, p-por favor, lento…!
Leon notó cómo la polla de la bestia se hinchaba de más, y supo lo que venía: el final había llegado, el final de todo. Como si el Licker leyera las intenciones de su «jefe», trató de agilizar el orgasmo del novato, y vaya si logró tal hazaña.
–Aaahh, a-aahh… uff, uff… –Pronunciaba Leon con una voz débil, tratando de recuperarse del leve espasmo.
Leon se corrió en la lengua del Licker, que recogió cada gota y lo engulló como si fuera el néctar más delicioso. Luego, habiendo obtenido su recompensa, se largó por donde había venido y dejó a la pareja en una intimidad mortal para el rubio.
Mr. X colocó sus manos alrededor del miembro ya flácido de Leon, pero sin rozarlo. Y con un par de potentes estocadas más, rellenó su interior con montones de su semen inhumano y artificial. Leon, con la pizca de lucidez que le quedaba, reprimió esas nuevas lágrimas que amenazaban por salir. Ya no derramaría ninguna más.
Una vez satisfecho, Mr. X sacó su rabo del abatido culo del policía y eliminó cualquier agarre sobre él, lo que le hizo al novato perder su equilibrio y caerse de bruces contra el suelo, con sus nalgas chorreando semen y sangre que resbalaron hacia sus huevos, que a su vez rozaban el suelo. Mr. X observó orgulloso cómo de abierto le había dejado el agujero y, como si nada hubiera pasado, volvió a vestirse con su característica túnica negra y salió en dirección a la biblioteca por el camino anteriormente bloqueado.
Leon, tirado en la fría madera de la comisaría, desnudo y con su cuerpo ulttajado, fue cerrando sus iris color turquesa, para por fin descansar. Al menos, su cuerpo no volvió a levantarse como uno de esos monstruos del averno.
NOTA DEL AUTOR:
ESTE RELATO ERÓTICO ES COMPLETAMENTE INDEPENDIENTE Y NO GUARDA NINGUNA RELACIÓN CON LOS PRÓXIMOS QUE TAL VEZ SEAN PUBLICADOS EN ESTE PERFIL PERTENECIENTES A LA SAGA RESIDENT EVIL.


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