Roberto, mi compañero de secundaria.
Un reencuentro con un amigo de muchos años desata una situación de sexo gay inesperada.
Roberto, mi compañero de secundaria.
Estaba de viaje por Brasil, asistiendo a una conferencia sobre «Economías Agrícolas Regionales», donde tuve la suerte de conocer a personas que trabajaban en el mismo campo que yo y que compartían la fascinación por la producción agrícola a pequeña escala.
Charlaba, intercambiando opiniones sobre cómo realizar ciertos cultivos en fincas familiares y cómo documentar sus logros para organizar la producción y las proyecciones para el año siguiente.
Había muchísima gente en ese enorme salón, cientos de stands con productores, muchos proveedores de insumos, vendedores de maquinaria; en resumen, una cantidad increíble de gente porque, sin duda, era una gran feria internacional.
Al salir del auditorio, tropecé con un grupo de personas que venían por uno de los pasillos, y se me cayeron los papeles que llevaba.
Maldiciendo, me agaché para recogerlos, y alguien hizo lo mismo para ayudarme. Cuando me los entregó, lo miré a la cara y le dije:
«¡Roberto! ¿Eres tú?»
«¡Locooo!» —responde, y ahí mismo, en el suelo, me da un abrazo enorme. Ambos reímos como niños, arrodillados en el suelo, abrazados.
—No puedo creerlo, tantos años sin vernos y encontrarnos aquí en medio de la nada —añade—.
Y sí, es cierto, tantos años, quizá más de treinta.
Roberto fue uno de mis compañeros del instituto, uno de esos espíritus afines, uno de los amigos más cercanos con los que se comparten momentos importantes de la adolescencia que te marcan para toda la vida.
—¿Cómo estás? Hace tanto que no nos vemos que no sé mucho de ti. Cuéntame qué tal has estado y cuéntame de tu vida —dice con entusiasmo.
—Vamos a tomar un café y charlamos —digo.
Y así lo hicimos. Salimos de allí, fuimos a un bar y conversamos y recordamos durante más de dos horas.
Le conté sobre mi vida, mi familia, mis hijos, mi trabajo y por qué estaba allí en esa conferencia.
Y él hizo lo mismo, me contó todo, y cuando me habló de su familia, me dijo que había enviudado hacía mucho tiempo y que nunca se había vuelto a casar ni a tener una relación.
Me cuenta que si había afincado en el sur de Brasil y que tiene una pequeña granja a unos doscientos kilómetros de ahí con un cultivo que es muy artesanal y rústico, que había heredado su esposa dado que era de su suegro. Que se había mudado ahí luego de enviudar y que era algo de pequeña escala que quería ver cómo hacer rendir más y por eso había venido a la feria a ver si lograba algo.
Obvio me ofrecí a ayudarlo y él aceptó gustoso.
Me dice que ni bien termine el congreso, me espera en la granja, que, si bien él tiene que viajar en esos días, igualmente espera para que yo vaya y lo veamos juntos.
Nos despedimos con otro enorme abrazo, yo ya había agendado la dirección de la granja y en la semana próxima nos estaríamos encontrando.
Terminado el congreso partí hacia la granja, tres horas de viaje en micro y llegué al pueblo donde me esperaba mi amigo Roberto con una sonrisa de par en par. Abrazo mediante nos fuimos para la granja que quedaba unos kilómetros más por un camino rural.
Llegamos y vi una plantación muy hermosa de “nueces del Brasil”, aunque algo antigua, las plantas eran viejas y sin dudas de poca producción.
Recorrimos la quinta y él me fue presentando algunas personas de ahí, entre ellos a Machao, un hombre mulato bastante mayor que era su capataz y encargado del campo.
La casa era vieja, bastante grande, de madera, y debió ser hermosa en su época, pero estaba bastante deteriorada.
Visitamos toda la propiedad y volvimos a casa al final de la tarde para cenar. Rosalía, la hermana de Machao, era una de sus cocineras y estaba terminando la cena.
Fui a ducharme y volví a cenar.
Comimos, y me dijo que viajaría al día siguiente porque quería visitar a unos familiares con los que había quedado antes de ir a la conferencia.
Hablamos mucho después de cenar, tanto que ya eran las dos de la madrugada y ni siquiera nos habíamos dado cuenta.
Es porque hemos compartido tantos años con él y tantas historias que es difícil reencontrarnos después de tanto tiempo y recordar todo lo que tenemos en común.
Recordamos que ambos empezamos a explorar nuestra sexualidad al unísono, porque una vez encontramos una revista pornográfica en posesión de su padre, que tenía fotos antiguas en blanco y negro de todo tipo. Nos masturbamos un millón de veces con esa revista, e incluso hicimos lo que llamábamos «paja cruzada» varias veces, que no era más que masturbar uno al otro simultáneamente para ver quién se venía primero, jaja.
¡Cuántos recuerdos, la verdad!
Nos fuimos a dormir.
A la mañana siguiente, Roberto se fue y yo empecé a dibujar algo sobre la producción de la finca.
Gracias a Machao, relevé cuántas plantas había, cuántas hectáreas ocupaba y otros datos importantes para un informe detallado.
Me llamó la atención que la gran mayoría de los trabajadores de la cosecha fueran adolescentes, chicos de entre quince y veinte años como máximo. Le pregunté a Machao si sabía por qué, y me respondió que el suegro de Roberto siempre tenía jóvenes en la finca, que eran más obedientes y menos problemáticos que los mayores.
Supuse que en realidad era porque los salarios eran más bajos, pero bueno, no era algo en lo que me debía involucrar.
Trabajé hasta altas horas de la noche. Rosalía me trajo unas empanadas que había preparado para cenar.
Le di las gracias y me senté a comer.
Después de cenar, me di un baño y, tumbado en el sofá de madera de la sala, escuchando música, oí que llamaban a la puerta. Abrí y vi a Machao.
Me dijo:
«No se preocupe, señor, volverán solos cuando terminen. Como siempre hacen con el señor Roberto».
No entendí qué quería decir cuando vi a dos jóvenes pasar junto a mí y entrar.
Miré a Machao y le dije:
«¿Qué pasa? No entiendo nada».
Dijo sin dudar:
«Igual que con el señor Roberto, lo mismo. Eso me dijo antes de irse».
Dudé unos segundos y, cuando iba a volver a preguntar, Machao, como un fantasma, ya se había marchado.
Cerré la puerta y miré dentro de la casa.
No encontré a los chicos.
Recorrí la sala, el comedor, la cocina y luego los dormitorios.
Allí, en la habitación de Roberto, descubrí a los dos chicos completamente desnudos.
En cuanto me acerqué, uno de ellos se arrodilló poniéndose en cuatro patas al borde de la cama, abriendo las piernas y las nalgas.
Fue entonces cuando comprendí lo que realmente estaba pasando.
Roberto los usaba como amantes. Con razón este hombre nunca se había vuelto a casar, ni había tenido pareja ni nada parecido.
Les hablé, diciéndoles que no, que eso no era lo que debían hacer, que estaban cometiendo un error.
El chico que estaba de pie me miró con cara de indiferencia y respondió en portugués, que no entendí. Era inútil; ellos no me entendían y yo no los entendía.
Pensé en llamar a Machao, pero también era complicado, ya que significaría desobedecer una orden que Roberto le había dado, y eso podría ponerlo de mal humor.
«¿Y ahora qué hago?», me pregunté…
El chico, que seguía a gatas, se levantó y me dijo algo. Intenté concentrarme en escucharlo, pero debo confesar que algo llamó mi atención, distrayéndome un poco.
Él me hablaba y yo sin poder disimular miraba que de su entrepierna colgaba un miembro considerablemente grande. Sin dudas me llamaba la atención.
El muchacho continuaba balbuceando y yo sin entenderlo intentaba disimular no ver su verga, era imposible.
Pensé unos segundos y me dije
-bueno, ya está…aprovechemos lo que hay, total no hay nadie que esté mirando-
Me acerqué a los muchachos, los tomé de la mano acercándolos, y una vez al lado tomé sus miembros con la mano y comencé a acariciarlos. Ambos reaccionaron con un gemido de sorpresa tratando de salirse, pero apreté sus miembros y una rápida erección fue la respuesta.
Miré sus caras de susto y les sonreí, para que se calmaran.
El calor y el latido de las venas de sus miembros al roce de mis manos eran una invitación al acto carnal más sublime y primario, al deseo en su forma más pura y exquisita.
Al cabo de un rato, un poco más tranquilos, estaban completamente erectos, y los observé con entusiasmo. Ambos eran penes preciosos, de buen tamaño y grosor, sin vello y de un color blancuzco pálido. Ambos chicos eran rubios de piel muy clara, seguramente de ascendencia polaca o algo así, muy común en esa zona.
Les pedí que se sentaran en la cama y, comprendiéndolo, lo hicieron. Me arrodillé frente a ellos y vi en sus rostros una mezcla de miedo y sorpresa absoluta.
Dije -«Tranquilos, no pasa nada…no les voy a hacer daño.»- mientras seguía acariciando esos monumentos de carne.
Mis dedos ávidos recorrieron la superficie de sus miembros, examinando meticulosamente sus montículos venosos y las irregularidades superficiales con la máxima precisión.
Ese contacto carnal ya había empezado a excitarme con fuerza, provocando un cierto temblor en mi vientre.
Me incliné sobre uno de ellos y, sin apartar la vista de él, rocé su glande con los labios. Lo sentí estremecerse. Suavemente, apoyé su miembro en mi boca y corriéndole el prepucio con los labios hacia atrás, lo introduje y comencé a mamarlo. Hice lo mismo con el otro chico, alternando entre ellos. El estremecimiento acalló los gemidos en esa mezcla de placer y miedo que los dominaba.
Lo oí decir a uno
-“ Meu Deus, não aguento muito na pinga”-
Sabía que iba por buen camino. Quería poseerlos y que se quedaran dentro de mí mucho tiempo. Estaba en un estado de éxtasis como hacía tiempo que no experimentaba.
Después de chupar y babear sus pollas, fui al baño y me unté crema en el ano, y colocdo en cuatro patas, le pedí al chico con el miembro más grande que se acercara. Lo hizo. Tomé su gruesa herramienta y la coloqué en la entrada de mi ano palpitante, refregué esa herramienta un poco por mi puerta hasta que con su verga firmemente en mi mano, presioné lentamente hasta que el glande entró en mi esfínter.
Me hizo ver estrellas…
Colocando mi mano sobre su pecho, le pedí que se quedara quieto unos instantes, apenas podía aguantarlo, pero debía acostumbrarme a su diámetro si quería seguir.
El otro chico se colocó frente a mí, colocando su miembro justo delante de mi boca. Unos segundos después, comencé a mamarlo con ansia de nuevo.
Sentí que el chico detrás de mí comenzó a moverse lentamente. Tuve un poco de miedo, el dolor, aun agudo colmaba toda la zona, pero lo dejé y le pedí
–“hazlo suave por favor”-
Empujó un poco y pude sentir las paredes de mi recto apretándolo con fuerza mientras su carne se deslizaba sin esfuerzo. Muy lentamente, sus movimientos aumentaron en ritmo y profundidad, y cada embestida me dejaba sin aliento. Todo iba creciendo poco a poco, y a medida que ganó confianza, me agarró las caderas con firmeza, intentando centrar su miembro en el centro mismo de mi ser para llenarme por completo.
Empezó a empujar más profundo, y pensé…
–“oh fuck!! que se siente muy profundamente lleno esto”-
Poco a poco, el dolor dejó de ser insoportable, dejando paso a un atisbo de placer en medio de tanto sufrimiento.
Mi cuerpo ya temblaba al ritmo de sus lentas embestidas, su espada penetraba profundamente en mí, provocando jadeos entrecortados en mi garganta. La totalidad de mis músculos estaban tensionados a máximo, la insoportable fricción interna lograba que los dedos de mis pies tuviesen un agarrotamiento cercano al calambre de tanto soltar y apretar, veía las venas de mis pantorrillas casi a punto de salirse, y mis manos dolían de tanto agarrar el cojín del sillón con fuerza.
Todo seguía moviéndose lentamente.
Noté que se levantaba, subiendo las piernas hasta el borde de la cama y recostándose sobre mi espalda. Sentí el contacto con su piel inmensamente joven y caliente cual potrillo y su respiración entrecortada en la nuca y la oreja, sus manos me tomaron por los hombros abrazandome.
Lo oí susurrarme.
–“Asim!! Leve tudo!! Você merece!!”-
Y su ritmo se aceleró, hundiendo todo su potente miembro en mi frágil entrada. Grité amortiguadamente, con la boca llena del sexo de su compañero. Sus caderas se estrellaban con fuerza contra mis nalgas, y su glande, perdido en un estrecho laberinto del que no emergería hasta la muerte, dejando su cremoso premio como conquista, me sondeaba con profunda insistencia.
Logré susurrar suavemente a través del placentero dolor: «¡No pares, por favor! ¡Dame todo lo que tienes!».
El chico continuó embistiendo como si fuera la última vez. Mis nalgas golpeaban como un tambor con cada embestida de sus caderas, y la cabeza de su pene ya había trascendido los confines de mi recto, entrando casi en mis intestinos. Con cada embestida, arrastraba el interior de mis entrañas, estirando mi esfínter más allá de lo imaginable. Nuestras pieles se fundieron, moviéndose rítmicamente al unísono mientras su respiración se transformaba en jadeos apresurados y expectantes, anticipando un gran final.
Había un aire de venganza en esos golpes que asestaba.
En medio del frenesí, pude ver cómo se le hinchaban las venas de las sienes y poniendo los ojos en blanco mientras un jadeo escapaba de sus labios
-“Estou chegando!! Leve tudo minha carga completa!!”-
Lo miré por encima del hombro y, al ver en sus ojos todo el odio que guardaba de las veces que Roberto lo había maltratado, tomé su rostro con una de mis manos y, compadeciéndolo, lo acerqué al mío.
Lo besé reiteradamente, diciendo:
«Dame todo, mi pequeño, no te contengas, desquítate conmigo».
Y con un grito profundo acompañado de un violento espasmo, su orgasmo explotó dentro de mí en una contracción que hizo temblara todo mi cuerpo. Apreté el anillo de mi ano con todas mis fuerzas para que no pudiera retirar ni un milímetro de esa furia en forma de verga que llenaba mi ser como una intrusa.
Y él, entre sollozos interminables, regó mis entrañas de su tibio y cálido simiente.
Me desplomé con su miembro atrapado en mi culo como un grillete que aprisiona a un prisionero, sintiendo los últimos chorros de semen caer dentro de mí como testigos mudos del enorme orgasmo.
Nos quedamos así un rato, con él desparramado encima de mí y su miembro aún dentro.
El otro chico me observaba, masturbándose. Le hice una señal y se acercó. Tomé su polla en mi boca y, mamándola un par de veces, eyaculó su abundante semen entre mis dientes.
Feliz, tragué todo lo ofrecido.
Se repusieron luego de unos minutos, se cambiaron en silencio y cuando se estaban yendo los tomé de la mano acercándolos. Miré sus vergonzosos rostros y dándoles un beso en la mejilla les agradecí por el buen momento que me brindaron.
Sonrieron tímidamente y se fueron.
Me acosté con un intenso dolor en el ojete y me dormí como un bebé.
El día siguiente continué con la rutina como el anterior, relevando y trabajando como si nada durante todo el soleado día. El capataz ni me preguntó nada de lo acontecido.
Llegó la noche y se sucedió el mismo evento, Machao me acercó otros dos muchachos para el mismo ritual.
Y debo confesar que los cuatro días que pasé en la granja fueron lo mejor de mi reencuentro con mi amigo Roberto.
Bienvenido sea esta amistad!!



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