• Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (Ninguna valoración todavía)
Cargando...
Dominación Hombres, Fantasías / Parodias, Incestos en Familia

Rubi la novia de mi hijo

Relato largo.
No sé exactamente en qué momento empezó todo.

 

Tengo 42 años, una vida que cualquiera llamaría estable, y un hijo, Fabián, que ya es un adulto de 24. Siempre pensé que había aprendido a controlar mis pensamientos, a mantener todo en su lugar… hasta que Rubí empezó a venir más seguido a la casa.

 

La novia de mi hijo,Rubí de 23 años,es de esas personas que llaman la atención sin intentarlo. Mide alrededor de 1.62, siempre cuidada,va con mi hijo al gymnacio, y es muy coqueta como si cada movimiento suyo tuviera intención. Es de piel muy blanca y suave, de cabello largo que le cae sobre los hombros, y una cara… demasiado inocente para lo que provoca sin darse cuenta.

 

Le gusta bailar, se nota en la forma en que se mueve incluso cuando solo está de pie. Tiene esa energía ligera, natural, que llena el lugar sin hacer ruido.

 

Y creo que eso es lo que más me desconcierta… que algo tan aparentemente dulce y sencillo pueda desordenarme tanto por dentro.

 

 

 

Al principio intenté no darle importancia. Era solo otra visita, otra cara joven entrando y saliendo. Pero con el tiempo, empecé a notar cosas que no debía. Detalles que se me quedaban grabados más de la cuenta: su forma de caminar por la sala, la manera en que se recogía el cabello, o esa risa… esa risa que me hacía perder el hilo de cualquier conversación.

 

Me repetía a mí mismo que era absurdo. Que estaba mal. Que no debía siquiera pensarlo.

 

Pero mi mente no cooperaba.

 

Hay momentos en los que mi mente me juega en contra… pequeños deslices donde la imagino de una forma que no debería. Nada claro, nada que pueda sostener demasiado tiempo, pero lo suficiente para dejarme inquieto. Como si su presencia encendiera algo que creía completamente apagado.

 

Lo más desconcertante es lo fácil que ella lo hace ver todo. Me habla, se ríe conmigo, se mueve por la casa con total confianza… sin notar nada raro, sin cambiar nunca su forma de verme. Para Rubí, yo sigo siendo solo eso: el papá de Fabián, alguien inofensivo, fuera de cualquier otra idea.

 

Y quizá es precisamente esa tranquilidad suya la que vuelve todo más peligroso… porque mientras ella no ve nada, yo tengo que hacer un esfuerzo constante para que tampoco se note.

 

 

 

Al siguiente dia llego Roberto el suegro de Fabian.

 

 

 

Rubiquería jugar waterpolo.

 

Era un domingo caluroso. Fabián se había encerrado en su cuarto desde temprano, con audífonos y laptop, trabajando en no sé qué proyecto urgente. “Vayan a la piscina, yo los alcanzo después”, dijo sin mirarnos. Ni Roberto ni yo necesitamos más explicación.

 

Rubí salió al patio ya cambiada. Traía un bikini azul eléctrico que se veía increíble contra su piel blanca y suave. El top eran dos triángulos pequeños que apenas contenían sus tetas firmes y redondas; se le marcaban ligeramente los pezones por el roce de la tela. Abajo llevaba un boxersito de licra negra, cortísimo y muy ajustado, que se le pegaba como una segunda piel. La tela era tan fina que se le marcaba perfectamente la forma de su coñito y dejaba casi todo su culo blanco, redondo y carnoso al descubierto. Solo una delgada tira de licra se hundía entre sus nalgas suaves. Cada vez que caminaba, ese culo se movía de forma natural, apretado, tentador, brillando un poco por el protector solar.

 

Me metí al agua primero. Roberto llegó poco después con un par de cervezas y se metió también. Empezamos a jugar con una pelota inflable grande, solo los tres. Al principio todo parecía inocente: pases, risas, chapuzones.

 

Rubí jugaba con esa energía ligera que siempre tenía. Cada vez que levantaba los brazos para atrapar el balón, sus tetas rebotaban dentro del bikini azul y el boxersito se le subía un poco más, dejando ver más de esas nalgas blancas y perfectas.

 

La primera vez que me acerqué fue casi sin intención. Ella tenía la pelota. Me lancé desde atrás para quitársela. Mi cuerpo chocó suavemente contra su espalda y, por un segundo, mi paquete semi-duro presionó contra una de sus nalgas suaves por encima de la licra.

 

—Perdón, Rubí… —murmuré cerca de su oído, sin apartarme del todo.

 

Ella se tensó un instante, pero solo soltó una risita nerviosa y siguió jugando. No dijo nada.

 

Roberto, que estaba enfrente, aprovechó el momento. Cuando Rubí se movió hacia él para pasar el balón, extendió las manos y sus dedos rozaron la cintura desnuda.

 

Poco a poco los roces se volvieron más frecuentes.

 

Roberto y yo nos miramos por encima de la cabeza de Rubí. No dijimos ni una palabra, pero la mirada bastó. Los dos entendimos lo mismo: íbamos a seguir.

 

 

 

En la siguiente jugada me pegué completamente por detrás otra vez, abrazándola por la cintura bajo el agua. Mi verga ya estaba dura y presionaba fuerte entre las nalgas de Rubí, frotándose contra el boxersito de licra mientras fingía que solo intentaba quitarle la pelota. Moví las caderas despacio, sintiendo cómo ese culo blanco y suave se abría un poco alrededor de mi tronco. Rubí soltó un suspiro tembloroso y trató de inclinarse hacia adelante para crear distancia, pero yo la mantuve pegada contra mí con las manos en sus caderas.

 

 

 

Fue entonces cuando Roberto hizo algo que me sorprendió. Desde el frente, su mano grande subió disimulo y cubrió completamente una de las tetas de su propia hija por encima del bikini. La apretó suavemente, como si estuviera “estabilizándola”, pero sus dedos se cerraron alrededor del seno firme y redondo, y su pulgar rozó el pezón endurecido con claridad solo fueron unos segundos pero no vi muy claro y Rubi seguro lo sintio.

 

 

 

“Carajo… es su hija”, pensé, sintiendo una mezcla de shock y una excitación todavía más fuerte. Roberto estaba tocando las tetas de Rubí como si nada, delante de mí, y ella incómoda, con las mejillas rojas. No dijo nada. Intentó bajar un poco los hombros para que la mano de su papá se deslizara, pero Roberto insistió: volvió a agarrarla, esta vez apretando un poco más, sintiendo el peso y la firmeza de su teta.

 

 

 

Rubí respiraba agitada. Sus tetas subían y bajaban rápido dentro del bikini azul, los pezones marcados. El boxersito de licra se le había metido más entre las nalgas por mis empujones. Notaba perfectamente mi verga restregándose contra su culo y la mano de su papá tocándole la teta, pero no protestó en voz alta. Solo intentó moverse un poco hacia un lado, buscando espacio entre nosotros dos.

 

 

 

No la dejamos.

 

 

 

—Tranquila, mija, no te vayas a caer —dijo Roberto con voz ronca, y en vez de soltarla, jaló su cuerpo un poco más hacia él, haciendo que su otra mano rozara la cintura de Rubí justo por encima del boxersito.

 

 

 

Yo aproveché y empujé mi verga con más fuerza entre sus nalgas, frotándola de arriba abajo, sintiendo el calor de su piel a través de la tela fina. Rubí soltó un gemidito bajito y volvió a intentar apartarse, inclinando el torso hacia adelante, pero yo la sujeté firme de las caderas y Roberto la mantuvo en su lugar desde el frente.

 

 

 

—Solo es el juego, Rubí… relájate —murmuré cerca de su oído, mientras mi polla gruesa seguía restregándose contra ese culo suave y redondo.

 

 

 

Ella no contestó. Solo respiraba pesado, con la cara sonrojada y los labios entreabiertos. Intentó una vez más crear distancia moviéndose hacia la derecha, pero nosotros insistimos: Roberto volvió a apretar y yo aproveché para bajar una mano y agarrar su otra cadera, pegándola completamente contra mi verga dura.

 

 

 

Me sorprendió de nuevo ver cómo Roberto actuaba tan natural con su propia hija. Sus dedos seguían masajeando suavemente la teta de Rubí disimuladamente, rozando el pezón una y otra vez, mientras su otra mano bajaba un poco más y rozaba el borde del boxersito de licra. Rubí se tensó visiblemente, incómoda, y trató de cerrar las piernas bajo el agua, pero el espacio era muy poco. No dijo “basta”, no gritó, no salió de la piscina… solo se quedó allí, temblando ligeramente, dejando que los roces continuaran.

 

 

 

Yo ya estaba demasiado excitado. Mi verga latía entre sus nalgas, presionando más fuerte contra la tela del boxersito. Cada vez que Rubí intentaba apartarse un poco, Roberto y yo la regresábamos al centro, insistiendo con más contacto.

 

 

 

En una jugada larga, cuando ella levantó los brazos para tirar el balón, me bajé disimuladamente el short bajo el agua y saqué mi verga completamente dura. La jalé hacia atrás agarrándola de las caderas y mi polla desnuda se deslizó entre sus nalgas suaves, presionando directamente contra el boxersito. La cabeza hinchada frotó su ano y bajó un poco más, restregándose contra su coñito por encima de la licra. Empecé a mover las caderas con más ritmo, follándola en entre las nalgas.

 

 

 

Rubí soltó un gemido ahogado y su cuerpo tembló entre nosotros. Intentó bajar un poco el torso para escapar, pero nosotros insistimos: yo seguí frotando mi verga desnuda entre su culo y Roberto continuó rosandole la teta con la otra mano.

 

 

 

Ella estaba claramente incómoda, respirando rápido, con la cara roja y los ojos entrecerrados… pero no dijo nada.

 

 

 

Al final, ella logró zafarse con un movimiento brusco, empujando el balón lejos de nosotros.

 

 

 

Sin decir una sola palabra, Rubí nadó hasta el borde de la piscina y salió del agua. Su bikini azul estaba completamente pegado a su cuerpo: las tetas se le marcaban con los pezones endurecidos, y el boxersito de licra negro se le había metido tanto entre las nalgas que casi parecía que no llevaba nada atrás. El agua corría por su piel blanca mientras caminaba hacia la toalla. No nos miró. Solo se envolvió rápido y entró a la casa sin decir nada.

 

 

 

Me quedé quieto en el agua, con la verga todavía dura y el corazón latiendo fuerte. Roberto flotaba a unos metros, con una expresión seria. Ninguno de los dos dijo ni media palabra sobre lo que acababa de pasar. Simplemente seguimos jugando un rato más con la pelota, como si nada hubiera ocurrido.

 

 

 

Unos minutos después Rubí volvió a salir, ya seca y vestida con un short de jean y una blusa holgada. Se veía desconcertada, con el rostro todavía un poco rojo. No se acercó a la piscina. Se sentó en una de las sillas del patio, lejos de nosotros, y se puso a revisar su teléfono.

 

 

 

El resto de la tarde se sintió raro.

 

 

 

Cuando le hablé para preguntarle si quería algo de tomar, respondió cortante:

 

 

 

—No, gracias, Don José.

 

 

 

Ni siquiera levantó la vista del celular. Su voz salió seca, sin esa dulzura habitual.

 

 

 

Roberto intentó ser el mismo de siempre. Le preguntó si todo estaba bien y ella solo contestó con un “sí” corto y frío, sin mirarlo a los ojos. Cuando su papá le dijo que se iba a ir porque tenía que hacer unas cosas, Rubí solo asintió y murmuró:

 

 

 

—Está bien, papá.

 

 

 

Roberto se despidió de mí con un simple “nos vemos, José” y un apretón de manos. Ninguno de los dos mencionó lo de la piscina. Ni una palabra. Se subió al carro y se fue.

 

 

 

Yo me quedé solo con Rubí en el patio. Fabián seguía encerrado en su cuarto.

 

 

 

Intenté romper el hielo un rato después, cuando ella se levantó para ir a la cocina.

 

 

 

—Rubí, ¿segura que no quieres nada? —le pregunté con tono casual, acercándome un poco.

 

 

 

Ella se detuvo un segundo, sin voltear del todo.

 

 

 

—No, Don José. Estoy bien —respondió cortante, con la voz más baja y distante que nunca. Siguió caminando hacia la casa sin mirarme.

 

 

 

Sentí un nudo en el estómago. Esa forma de llamarme “Don José”, tan formal y fría, me dejó claro que estaba molesta. No gritó, no reclamó, no dijo nada de lo que había pasado en el agua… pero su actitud lo decía todo. Estaba cortante conmigo y con su propio papá. Se movía por la casa evitando estar cerca de mí, respondiendo con monosílabos y sin esa sonrisa coqueta que solía tener.

 

 

 

Yo me quedé sentado en el patio, con la mente dando vueltas. Parte de mí se sentía culpable… pero otra parte, la más oscura, no podía dejar de recordar cómo se había sentido su culo suave apretando mi verga bajo el agua, y cómo ella, aunque incómoda, no había dicho nada en ese momento.

 

 

 

El día siguió así, tenso y silencioso. Rubí se mantenía distante, cortante, llamándome siempre “Don José” cada vez que tenía que dirigirse a mí.

 

 

 

 

 

 

 

No sé cuánto tiempo pasó desde aquella tarde en la piscina, pero la tensión en la casa se sentía en el aire. Rubí seguía cortante conmigo. Cada vez que me hablaba era un seco “Don José” y ni me miraba a los ojos. Fabián, como siempre, no se daba cuenta de nada; estaba metido en sus cosas, feliz porque al día siguiente le tocaban las fotos de graduación de la universidad.

 

 

 

Esa mañana el coche decidió jodernos la vida. Lo encendí para irnos los tres a la sesión de fotos y el motor no arrancó. Nada. Un ruido raro y se quedó muerto. Fabián empezó a quejarse, Rubí solo suspiró y miró su teléfono. No había tiempo para arreglarlo, así que decidimos ir en metro. Era la única forma de llegar a tiempo al estudio fotográfico en el centro.

 

 

 

Los tres nos vestimos formales. Fabián con su traje negro clásico, yo con camisa blanca y pantalón de vestir. Pero Rubí… Rubí se veía como un pecado hecho mujer.

 

 

 

Llevaba un pantalón negro de vestir de tela suave y fina, de esos que se pegan al cuerpo como si estuvieran pintados. De arriba le quedaba apretadísimo: marcaba perfectamente sus caderas anchas, su cintura estrecha y, sobre todo, ese culo redondo, carnoso y blanco que yo ya conocía demasiado bien. La tela era tan suave y elástica que se le notaba cada curva, cada cachete firme y jugoso. De abajo el pantalón se soltaba un poco, cayendo amplio sobre sus tacones, pero eso solo hacía que el contraste fuera más brutal: arriba parecía que el pantalón le estaba abrazando el culo y las caderas, abajo se movía ligero. Arriba llevaba una blusa blanca de seda ligera que se le pegaba a las tetas firmes, marcando los pezones ligeramente cuando el aire acondicionado del metro le daba. El cabello largo suelto le caía sobre los hombros y olía a ese perfume dulce que siempre me ponía duro.

 

 

 

Subimos al metro en hora pico. Estaba lleno. Fabián, despistado como siempre, se puso delante de nosotros agarrando una barra. Rubí se colocó a su lado, abrazándolo por la cintura como la novia perfecta, apoyando la cabeza en su pecho. Él sonreía como idiota, mirando su teléfono, sin enterarse de nada.

 

 

 

Yo me paré justo detrás de ella. Su cabello tenia un olor muy fresco de cuando recien sales de ducharte.

 

 

 

El vagón dio un movimiento brusco al arrancar y aproveché para pegarme más. Mi cuerpo se apretó contra el de Rubí. Mi verga, ya semi-dura dentro del pantalón de vestir, rozó directamente contra ese culo suave y apretado que el pantalón negro marcaba tan obscenamente. La tela era tan fina que sentí el calor de sus nalgas contra mi polla.

 

 

 

Rubí se tensó. Lo noté perfectamente. Su cuerpo se puso rígido un segundo y respiró más profundo, pero no se movió. Siguió abrazada a Fabián, como si nada.

 

 

 

Yo sí me moví.

 

 

 

Cada vez que el metro frenaba o aceleraba, yo empujaba un poco más. Mi verga se restregaba despacio contra sus nalgas, subiendo y bajando entre esos dos cachetes redondos y firmes que el pantalón negro abrazaba tan rico. La tela suave dejaba sentir todo: la forma perfecta de su culo, el calor de su piel, cómo sus nalgas se separaban ligeramente con cada roce mío.

 

 

 

Rubí seguía sin decir nada. Solo apretaba más los brazos alrededor de la cintura de Fabián, como buscando apoyo. Fabián, el muy pendejo, ni siquiera levantó la vista del celular. Estaba en su mundo, abrazado por su novia mientras yo, su propio padre, me estaba frotando el culo de ella sin disimulo.

 

 

 

En una curva más cerrada me animé más. Puse una mano en su cadera “para no caerme” y la jalé un poco hacia atrás. Mi verga ahora presionaba más fuerte, clavándose entre sus nalgas. Moví las caderas en círculos lentos, follándola en seco por encima del pantalón, disfrutando cómo esa tela suave se deslizaba contra mi polla dura. Sentía cada milímetro de su culo: redondo, carnoso, caliente.

 

 

 

Ella soltó un suspiro tembloroso que solo yo escuché. Su cabeza seguía apoyada en el pecho de Fabián, pero sus mejillas se pusieron rojas. Notaba todo. Sabía perfectamente que era mi verga la que se estaba restregando contra su culo en medio del vagón lleno de gente. Pero no se apartó. No dijo “Don José, por favor”. Solo se quedó ahí, abrazando a mi hijo, dejando que yo disfrutara de sus nalgas como si fueran mías.

 

 

 

El metro siguió su camino y yo seguí frotándome. Cada frenada era una excusa perfecta para clavarme más contra ese culo perfecto. Rubí estaba incómoda, lo sentía en cómo respiraba y en cómo apretaba los dedos contra la espalda de Fabián… pero no hizo nada para detenerme.

 

 

 

Y yo… yo solo pensaba en lo rico que se sentía ese pantalón negro apretado contra mi verga, y en cuánto más quería subir el tono.

 

 

 

Rubí se puso más tensa. Sentí cómo su cuerpo se endurecía entre Fabián y yo. Intentó separarse un poco, inclinando la cadera hacia adelante para quitarme el contacto, pero el vagón estaba tan lleno que apenas tenía espacio. Cada vez que lo intentaba, yo la seguía, pegándome más y empujando mi verga con más fuerza contra su culo.

 

 

 

Ella abrazó a Fabián con más fuerza, hundiendo la cara en su pecho como si quisiera desaparecer. Fabián, el muy despistado, solo le pasó un brazo por la espalda y siguió mirando el celular, sonriendo como idiota sin enterarse de nada.

 

 

 

Yo no pude contenerme. En una curva más cerrada metí la mano entre nuestros cuerpos y “accidentalmente” la apoyé en su culo. Mis dedos se cerraron sobre la tela suave del pantalón, apretando uno de sus cachetes. Lo masajeé despacio, sintiendo la carne firme y caliente bajo la tela fina. Mi verga latía contra el otro cachete, restregándose con más ritmo, presionando justo donde la tela se hundía entre sus nalgas.

 

 

 

Rubí soltó un suspiro tembloroso que casi se convirtió en un gemido. Su mano libre bajó discretamente y trató de quitar mi mano de su culo, empujándola con suavidad. Quería detenerme. Lo noté en cómo temblaban sus dedos y en cómo apretaba el cuerpo contra Fabián, buscando protección sin decir una palabra.

 

 

 

Pero yo no la solté.

 

 

 

Mantuve la mano ahí, apretando su nalga con más ganas, mientras mi verga seguía frotándose insistentemente entre sus cachetes. Cada movimiento del metro me ayudaba a clavarme más profundo, a sentir cómo su culo suave cedía bajo la presión de mi polla dura.

 

 

 

Rubí volvió a intentarlo. Esta vez su mano se posó sobre la mía y tiró con más fuerza, tratando de apartarla. Su respiración era rápida y entrecortada contra el pecho de Fabián. Estaba claramente incómoda, nerviosa, casi desesperada por que parara… pero no dijo nada. No podía. Si abría la boca o hacía un escándalo, Fabián se daría cuenta de todo. Así que solo se quedó ahí, abrazada a mi hijo, dejando que su suegro le apretara el culo y se restregara contra ella en medio del vagón lleno de gente.

 

 

 

Yo sonreí para mis adentros. Sentía su mano temblando sobre la mía, intentando detenerme sin éxito. En vez de soltarla, aproveché para bajar un poco más los dedos y apretar la parte inferior de su nalga, justo donde el pantalón se hundía entre sus piernas. Mi verga dio un latigazo fuerte contra su culo, presionando con más fuerza.

 

 

 

Rubí cerró los ojos y apretó los labios. Su cuerpo temblaba ligeramente. Quería que parara. Quería alejarse. Pero el metro seguía su camino, el espacio era mínimo y Fabián seguía en su mundo, abrazándola sin sospechar que su padre estaba disfrutando del culo de su novia como si fuera suyo.

 

 

 

El tren anunció la siguiente estación. Yo no me aparté. Seguí frotándome contra ella unos segundos más, apretando su nalga con posesión, sintiendo cómo su cuerpo se rendía poco a poco al roce constante.

 

 

 

Rubí solo pudo suspirar bajito, resignada, mientras su mano seguía inútilmente sobre la mía, sin lograr.

 

 

 

 

 

El tren anunció la estación donde teníamos que bajar. El vagón empezó a reducir velocidad y la gente se movió hacia las puertas. Aproveché los últimos segundos para dar un último roce lento y profundo: mi verga dura se deslizó una vez más entre las nalgas de Rubí, presionando fuerte contra esa tela suave y negra que abrazaba su culo tan obscenamente. Sentí cómo ella se tensó por completo, su mano todavía sobre la mía, intentando apartarla sin fuerza.

 

 

 

Pero ya no insistí más. Cuando el metro se detuvo del todo, retiré la mano despacio de su culo y di un pequeño paso hacia atrás, dejando que el espacio se abriera entre nosotros. Mi verga seguía latiendo dentro del pantalón, pero el momento había terminado.

 

 

 

Rubí soltó un suspiro largo y tembloroso. Se separó un poco de Fabián, sin mirarme, y se arregló discretamente la blusa y el pantalón. Su cara seguía roja, los labios apretados. No dijo nada. Solo se colocó mejor el cabello y esperó a que las puertas se abrieran.

 

 

 

Bajamos los tres en silencio. Fabián iba delante, todavía con el celular en la mano, comentando algo sobre lo lleno que estaba el metro. Rubí caminaba a su lado, un poco más rígida de lo normal, manteniendo distancia conmigo. Yo iba detrás, observando cómo el pantalón negro se movía con cada paso: la tela suave marcaba sus caderas y ese culo redondo que acababa de disfrutar, pero ahora todo parecía más calmado, más distante.

 

 

 

El estudio fotográfico estaba a solo dos cuadras. Caminamos sin prisa. El aire fresco de la calle ayudó a que la tensión bajara. Rubí ya no me miraba cortante como antes, pero tampoco era la de siempre. Solo caminaba callada, respondiendo con monosílabos a Fabián.

 

 

 

Cuando llegamos al estudio, todo fue rápido y profesional. Nos hicieron posar los tres juntos: primero Fabián solo con toga y birrete, luego conmigo a su lado, y finalmente los tres. Rubí se colocó entre nosotros, sonriendo para las fotos como si nada hubiera pasado. Yo posé con la mano en su hombro un par de veces, pero sin apretar, sin insistir. Ella no se apartó, pero tampoco se relajó del todo. Fabián seguía despistado, feliz con sus fotos de graduación, sin notar la rigidez de su novia ni las miradas que yo le lanzaba de reojo.

 

 

 

La sesión duró menos de veinte minutos. Salimos del estudio con las fotos prometidas para dentro de unos días y tomamos un taxi de regreso a casa. Esta vez no hubo metro, no hubo roces. Rubí se sentó adelante con el conductor y yo atrás con Fabián. El viaje fue tranquilo. Ella miró por la ventana casi todo el tiempo, callada. Yo solo observaba su nuca y recordaba el calor de su culo contra mi verga.

 

 

 

Al llegar a casa, Rubí entró primero y se fue directo a su cuarto a cambiarse. Fabián se tiró en el sofá, todavía emocionado con las fotos. Yo me quedé en la sala, con la mente todavía en el metro… pero sabiendo que, por hoy, la situación se había calmado.

 

 

 

Rubí seguía incómoda. Lo notaba en su forma de evitar mirarme. Pero no había dicho nada. Y eso, de alguna manera, me dejaba la puerta entreabierta.

 

 

 

 

 

Una tarde llegue a casa y estaba solo.

 

 

 

El teléfono sonó pasadas las dos de la mañana. Era Fabián.

 

 

 

—Papá… ¿puedes venir a recogernos? —su voz arrastraba las palabras—. Rubí y yo tomamos… tomamos demasiado. No podemos ni manejar ni pedir Uber. Estamos en el antro de siempre.

 

 

 

Suspiré, pero por dentro sonreí. Me vestí rápido y salí.

 

 

 

Cuando llegué al lugar, el ambiente afuera era puro descontrol: gente saliendo, música retumbando, luces de neón. Los vi enseguida. Fabián estaba sentado en una banqueta, con la cabeza entre las manos. Pero Rubí… Rubí estaba de pie a su lado, tambaleándose.

 

 

 

Y vaya que se veía.

 

 

 

Llevaba una falda vino tinto, cortísima y ajustadísima, de esa tela suave que se pega al cuerpo como si estuviera mojada. Le quedaba tan rabona que apenas le cubría la mitad de los muslos; cada vez que se movía, la falda se subía peligrosamente, dejando ver la piel blanca y suave de sus nalgas inferiores. Arriba traía un top negro escotado que le apretaba las tetas firmes, marcando los pezones por el frío de la noche. El cabello largo le caía desordenado sobre los hombros y el maquillaje se le había corrido un poco, dándole ese look de chica borracha que me puso duro al instante.

 

 

 

Rubí no se podía ni sostener. Sus tacones altos la hacían tambalearse y tenía que agarrarse del brazo de Fabián para no caerse.

 

 

 

Me acerqué rápido.

 

 

 

—Don José… —balbuceó ella al verme, con la voz pastosa y los ojos vidriosos.

 

 

 

Fabián apenas levantó la cabeza.

 

 

 

—Gracias, pa… yo ya no doy más.

 

 

 

La ayudé primero a él a levantarse, pero mi atención estaba toda en ella. Pasé un brazo por la cintura de Rubí para sostenerla. Mi mano se posó justo donde terminaba la falda corta, rozando la piel caliente y desnuda de su cadera. La apreté un poco más de lo necesario.

 

 

 

—Vamos, Rubí, agárrate de mí —le dije bajito.

 

 

 

Ella se inclinó hacia mí sin protestar. Su cuerpo suave se pegó al mío. La falda se le subió todavía más al caminar, dejando casi todo su culo al aire. Sentí la carne tibia de su nalga derecha contra mi mano mientras la guiaba hacia el coche. Cada paso que daba, mis dedos se deslizaban un poco más abajo, rozando la curva inferior de su culo. Ella intentaba bajar la falda con la mano libre, incómoda, pero estaba tan borracha que apenas coordinaba.

 

 

 

—Don José… cuidado… —murmuró, casi sin fuerza.

 

 

 

No le hice caso. La pegué más contra mí, fingiendo que solo la ayudaba a no caerse. Mi palma abierta se posó completamente sobre una de sus nalgas, apretándola suave pero posesivo mientras caminábamos hacia el auto. La tela de la falda era tan corta que mis dedos tocaron piel desnuda casi todo el tiempo.

 

 

 

Logramos llegar al coche. Metí primero a Fabián en el asiento de atrás. Se desplomó como un saco y en menos de dos minutos ya estaba roncando, completamente dormido.

 

 

 

Luego ayudé a Rubí a subir al asiento del copiloto. Al sentarse, la falda se le subió hasta la cintura. Vi claramente sus bragas negras de encaje, pegadas a su coñito y marcando la forma de sus labios. Sus muslos blancos y suaves quedaron expuestos casi por completo. Intentó jalar la falda hacia abajo, pero sus movimientos eran lentos y torpes.

 

 

 

Cerré la puerta y me senté al volante. Durante todo el camino a casa, cada vez que cambiaba de velocidad o tomaba una curva, mi mano derecha “accidentalmente” caía sobre su muslo. Lo acariciaba despacio, subiendo cada vez más, rozando el borde de la falda subida. Rubí se removía incómoda en el asiento, cruzando las piernas, pero no tenía fuerza para detenerme.

 

 

 

—Don José… por favor… —susurró una vez, con la voz débil y borracha, mirando hacia la ventana.

 

 

 

No dije nada. Solo apreté más su muslo, sintiendo la carne suave y caliente bajo mis dedos.

 

 

 

Al llegar a casa, Fabián seguía profundamente dormido en el asiento trasero. Lo dejé ahí un momento. Bajé, rodeé el coche y abrí la puerta de Rubí. Ella intentó salir sola, pero se tambaleó. La tomé de la cintura con ambas manos y la levanté, pegándola contra mi cuerpo. Su culo presionó directamente contra mi verga dura.

 

 

 

La cargué en brazos hasta la sala y la recosté con cuidado en el sofá grande. Su cuerpo estaba completamente laxo. La falda vino se le había subido hasta la cintura, dejando al descubierto sus bragas negras de encaje y casi todo su culo blanco y redondo. El top negro se le había bajado un poco, dejando ver el borde de sus tetas firmes. Respiraba lento, con los labios entreabiertos y los ojos entrecerrados, casi inconsciente.

 

—Don José… —murmuró apenas, con voz pastosa y débil.

 

No contesté. Mi verga ya estaba dura como piedra dentro del pantalón. Cerré la puerta de la sala, volví al coche casi corriendo y saqué a Fabián. Pesaba, pero la adrenalina me ayudó. Lo cargué hasta su habitación en el segundo piso, lo tiré en la cama vestido y todo, y cerré la puerta

 

 

 

 

 

Bajé las escaleras casi corriendo, con el corazón latiéndome en la garganta y la verga tan dura que me dolía. Fabián ya estaba arriba, tirado en su cama como un muerto, roncando profundamente. Nadie iba a interrumpir. Nadie iba a salvarla.

 

Rubí seguía exactamente como la había dejado en el sofá grande de la sala: tirada de espaldas, casi inconsciente, con la falda vino subida hasta la cintura y las bragas negras de encaje enredadas en uno de sus tobillos. Sus piernas blancas y suaves estaban ligeramente abiertas. El top negro se le había bajado, dejando sus tetas firmes y redondas casi al aire, los pezones rosados endurecidos por el frío. Su cara estaba sonrojada por el alcohol, los labios entreabiertos, respirando lento y pesado. Era una puta imagen perfecta: la novia de mi hijo, borracha, indefensa, completamente a mi merced.

 

Me arrodillé frente a ella como un animal en celo. Ya no pensaba. Ya no me importaba nada.

 

Empecé por sus piernas. Mis manos grandes y calientes subieron por sus muslos suaves, apretando la carne blanca con desesperación, dejando marcas rojas de mis dedos. La besé ahí, con besos húmedos y sucios, lamiendo desde la rodilla hacia arriba, saboreando el sudor y el perfume mezclado con alcohol. Subí más, mordisqueando la parte interna de sus muslos, oliendo ese coñito que ya se veía hinchado y brillante.

 

—Joder… qué puta delicia eres… —gruñí contra su piel, casi sin voz.

 

Llegué a su coño. Lo besé primero con devoción enferma: besos suaves en los labios hinchados, luego saqué la lengua y lamí lento, de abajo hacia arriba, abriéndola. Su sabor era dulce y salado al mismo tiempo. Metí la lengua dentro, follándola con ella, chupando fuerte su clítoris. Rubí soltó un gemidito débil, casi un suspiro borracho.

 

—Don José… —murmuró apenas, la voz pastosa, sin fuerza.

 

No me detuve. Mis manos subieron por su cuerpo mientras seguía comiéndole el coño. Agarré sus tetas con fuerza, apretándolas, amasándolas como si fueran masa. Eran tan firmes, tan perfectas. Pellizqué sus pezones, tirando de ellos, retorciéndolos entre mis dedos. Bajé la boca de su coño a sus tetas y las devoré: chupé un pezón con hambre, mordiéndolo suavemente, luego el otro, dejando saliva por toda su piel blanca.

 

—Estas tetas… estas putas tetas que tanto he soñado… son mías ahora —susurré contra su piel, desesperado.

 

Subí más. Besé su cuello, lamiendo, chupando, marcándola. Besé sus labios entreabiertos, metiendo mi lengua en su boca mientras mis manos seguían manoseando todo: sus tetas, su cintura, su culo. Le apreté las nalgas con fuerza, separándolas, metiendo un dedo entre ellas solo para sentir su calor.

 

Rubí solo respiraba agitada, la cabeza ladeada, los ojos entrecerrados, casi inconsciente. De vez en cuando soltaba un quejidito débil, pero su cuerpo estaba laxo, rendido.

 

Ya no aguanté más.

 

Me bajé el pantalón y el bóxer de un tirón. Mi verga gruesa, venosa y roja saltó libre, goteando precum como un grifo. Me coloqué entre sus piernas abiertas, la agarré de las caderas con fuerza y, sin más preámbulos, empujé.

 

La penetré de una sola estocada brutal hasta el fondo.

 

—Ahhhh… ¡mierda! —gruñí como un animal, sintiendo cómo su coño apretado y caliente me tragaba entero.

 

Estaba tan mojada y tan estrecha que casi me corrí en ese mismo instante. Me quedé quieto unos segundos, disfrutando la sensación: su coño palpitando alrededor de mi verga, sus paredes apretándome, el calor húmedo envolviéndome. Luego empecé a follarla.

 

Solo en esta posición: yo encima de ella, en el sofá, sus piernas abiertas y flexionadas contra mi pecho. La embestía con fuerza, profundo, salvaje. Cada empujón hacía que sus tetas rebotaran violentamente. El sonido era asquerosamente delicioso: el chapoteo húmedo de mi verga entrando y saliendo de su coño, el crujido del sofá, mis huevos chocando contra su culo.

 

—Qué rico coño tienes, Rubí… tan apretado… tan mío… —jadeaba sin control, follándola cada vez más rápido, más desesperado.

 

Mis manos no paraban: una apretaba su teta con fuerza, la otra agarraba su culo, clavando los dedos en la carne blanca. La besaba en la boca, en el cuello, en las tetas, mientras la penetraba sin piedad. Rubí solo gemía bajito, débilmente, el cuerpo moviéndose por la fuerza de mis embestidas, pero sin oponer resistencia. Sus ojos seguían casi cerrados, la boca abierta, dejando escapar suspiros borrachos.

 

Yo estaba poseído. Sudaba, gruñía, la follaba como si quisiera romperla. Cada vez que entraba hasta el fondo sentía cómo su coño me apretaba, cómo sus jugos me chorreaban por los huevos.

 

—Voy a llenarte… voy a correrme dentro de ti como un cerdo… —susurré contra su oído, acelerando todavía más.

 

 

 

 

 

Seguí follándola así durante varios minutos más, embistiéndola con fuerza en el sofá, mis caderas chocando contra sus muslos blancos mientras mi verga gruesa entraba y salía de su coño mojado. El sonido húmedo y obsceno llenaba la sala. Rubí solo gemía bajito, casi inconsciente, su cuerpo moviéndose por la fuerza de mis embestidas, sus tetas rebotando y su cabeza ladeada.

 

 

 

 

 

 

 

Pero yo quería más. Quería todo de ella.

 

 

 

 

 

 

 

Me salí de su coño con un sonido húmedo y la miré con hambre animal. Su coño estaba rojo, hinchado y chorreando una mezcla de sus jugos y mi saliva. Le di la vuelta como si fuera una muñeca. La puse boca abajo sobre el sofá, con la cara hundida en los cojines y el culo levantado hacia mí. La falda vino seguía enrollada en su cintura. Sus nalgas blancas, redondas y perfectas quedaron completamente expuestas, separadas ligeramente por la posición.

 

 

 

 

 

 

 

—Este culito… este puto culito virgen que tanto he soñado —gruñí, la voz ronca de excitación.

 

 

 

 

 

 

 

Escupí en mi mano y froté mi verga ya empapada. Luego escupí directamente sobre su ano rosado y apretado. Lo froté con dos dedos, abriéndolo un poco, sintiendo cómo se contraía. Rubí soltó un quejido débil y su cuerpo se tensó apenas, pero estaba demasiado borracha para resistir.

 

 

 

 

 

 

 

Me coloqué detrás de ella, agarré sus caderas con fuerza y presioné la cabeza gruesa de mi verga contra su ano. Empujé despacio al principio, sintiendo la resistencia de su culito virgen.

 

 

 

—Relájate… déjame entrar… —susurré, aunque sabía que apenas me escuchaba.

 

 

 

Empujé más fuerte. La cabeza de mi polla entró con un “pop” suave. Rubí soltó un gemido más alto, ahogado contra el cojín. Su ano me apretaba como un puño caliente y estrecho. Sentí cada centímetro mientras iba entrando poco a poco, abriéndola, invadiéndola.

 

 

 

—Ahhh… qué culito tan apretado… tan rico… —gruñí, los dientes apretados.

 

 

 

Cuando estuve completamente dentro, hasta los huevos, me quedé quieto unos segundos, disfrutando la sensación increíble. Su ano palpitaba alrededor de mi verga, caliente, estrecho, perfecto. Luego empecé a moverme.

 

 

 

Al principio lento, sacando casi todo y volviendo a entrar. Después más rápido, más duro. Mis caderas chocaban contra sus nalgas blancas con fuerza, haciendo que su culo se moviera y se pusiera rojo por los impactos. El sonido era brutal: *plap, plap, plap*, piel contra piel, mezclado con mis gruñidos y los gemiditos débiles de Rubí.

 

 

 

La follaba por el culo con desesperación, como un animal. Mis manos apretaban sus caderas con tanta fuerza que le dejaba marcas. Una de ellas bajó y le metí dos dedos en el coño mientras seguía penetrando su ano.

 

 

 

—Te estoy follando el culito, Rubí… tu novio nunca te ha tenido así… pero yo sí… yo te estoy rompiendo el culo —jadeaba sin control, sudando, embistiéndola cada vez más rápido.

 

 

 

Su ano se fue abriendo más, aceptándome, apretándome deliciosamente. Cada embestida profunda hacía que mis huevos golpearan contra su coño mojado. Yo estaba fuera de mí, gruñendo, maldiciendo, follándola como si quisiera partirla en dos.

 

 

 

No aguanté mucho más. El placer era demasiado intenso.

 

 

 

Aceleré como un loco, clavándome hasta el fondo en su culito apretado una y otra vez. Mis manos le separaban las nalgas con fuerza para ver cómo mi verga gruesa desaparecía dentro de ella.

 

 

 

—Voy a correrme… voy a llenarte el culito… ¡ahhh

 

Con un último empujón brutal me enterré completamente y exploté. Chorros calientes y espesos de semen salieron disparados dentro de su ano. Me corrí con fuerza, gimiendo como un animal, vaciándome por completo en lo más profundo de su culito. Sentí cómo mi semen la llenaba, cómo salía alrededor de mi verga mientras seguía empujando lentamente, ordeñando hasta la última gota.

 

 

 

Me quedé dentro de ella unos largos segundos, jadeando, temblando, con la verga todavía palpitando en su ano lleno de mi leche. Su culito estaba rojo, abierto, y un hilo blanco de semen empezó a escurrir lentamente de su ano cuando me salí poco a poco.

 

 

 

Rubí seguía boca abajo, casi inconsciente, respirando agitada, con mi semen chorreando de su culo y su coño.

 

 

 

Yo me dejé caer a su lado en el sofá, exhausto, pero con la mente todavía ardiendo.

 

 

 

Todavía no había terminado con ella

 

 

 

 

 

 

 

Me quedé unos segundos mirándola, todavía jadeando, con la verga semi-dura brillando de saliva, jugos y semen. Rubí estaba boca abajo en el sofá, casi inconsciente, con el culo rojo y abierto, un hilo espeso de mi leche blanca saliendo lentamente de su ano y corriendo por su coño hinchado.

 

 

 

No pude resistirme a una última humillación.

 

 

 

Me levanté, agarré mi verga todavía sucia y me acerqué a su cara. Le levanté la cabeza con una mano, sujetándola por el cabello, y acerqué la punta a sus labios entreabiertos.

 

 

 

—Límpiala, puta… —susurré, aunque sabía que apenas me escuchaba.

 

 

 

Empujé la cabeza de mi polla entre sus labios. Su boca caliente y húmeda la recibió sin resistencia. Metí varios centímetros, frotando mi verga contra su lengua y el interior de sus mejillas, limpiándola de todos los restos de su coño y su culo. Rubí soltó un sonido ahogado, casi un gorgoteo débil, pero no se movió. Solo dejó que yo usara su boca como un trapo caliente. Moví las caderas un par de veces más, follándole la boca despacio, hasta que mi verga quedó relativamente limpia.

 

 

 

Satisfecho, la saqué y le di un par de suaves cachetadas en la cara con la polla.

 

 

 

—Buena chica…

 

 

 

La acomodé como pude. Le subí las bragas negras, aunque ya estaban mojadas y pegajosas. Le bajé la falda vino lo mejor que pude, aunque seguía quedándole muy corta y arrugada. Le arreglé el top para que cubriera sus tetas, pero dejé que mi semen siguiera dentro de su culito. No limpié nada de ahí. Quería que amaneciera sintiendo cómo la había llenado.

 

 

 

La cargué en brazos hasta la habitación de Fabián. Él seguía roncando profundamente, tirado en la cama. Recosté a Rubí a su lado, boca abajo, con la cara hacia el otro lado. Le acomodé la falda una última vez y salí de la habitación cerrando la puerta sin hacer ruido.

 

 

 

Me fui a mi cuarto con la cabeza todavía dando vueltas y la verga sensible.

 

 

 

—

 

 

 

Al día siguiente la casa amaneció en un silencio incómodo.

 

 

 

Fabián se levantó tarde, con una resaca terrible. Bajó a la cocina quejándose del dolor de cabeza y pidiendo agua. Rubí apareció un rato después, caminando despacio, con pasos cortos y cuidadosos. Llevaba un pantalón de yoga gris holgado y una camiseta grande, claramente intentando ocultar cualquier marca.

 

 

 

No dijo ni una palabra sobre lo que había pasado.

 

 

 

Cuando me vio en la cocina, solo murmuró un seco:

 

 

 

—Buenos días, Don José.

 

 

 

Su voz salió fría, cortante, sin mirarme a los ojos. Se movió alrededor de la mesa evitando estar cerca de mí, sirviéndose un vaso de agua con las manos temblorosas. Fabián, como siempre, no notaba nada; solo hablaba de lo mal que se sentía y de que necesitaba dormir más.

 

 

 

Pero yo sí lo noté todo.

 

 

 

Rubí caminaba raro. Cada paso parecía costarle. Se sentaba con mucho cuidado, haciendo una pequeña mueca de dolor cuando su culo tocaba la silla. Se removía incómoda, como si le ardiera o le doliera el culito. Yo sabía perfectamente por qué: mi verga gruesa la había abierto anoche sin piedad y mi semen seguía dentro de ella, recordándole lo que había pasado.

 

 

 

Cada vez que se inclinaba para agarrar algo, se le escapaba un pequeño suspiro de molestia. Cuando Fabián le preguntó si estaba bien, ella solo contestó:

 

 

 

—Solo me duele un poco la cabeza… nada más.

 

 

 

Pero yo sabía la verdad. Su colita estaba adolorida por mi culpa. Ese culito blanco y apretado que había follado como un animal ahora le dolía al sentarse, al caminar, al moverse.

 

 

 

Y eso, en vez de hacerme sentir culpable, me ponía otra vez caliente.

 

 

 

Rubí seguía siendo cortante conmigo: respuestas cortas, sin mirarme, llamándome siempre “Don José” con ese tono distante y frío. Evitaba estar en la misma habitación que yo más tiempo del necesario. Pero no dijo nada. Ni una palabra sobre lo que había pasado en el sofá. Ni una queja. Solo soportaba el dolor en silencio, caminando con cuidado y sentándose con precaución.

 

 

 

Yo la observaba desde lejos, bebiendo mi café, con una sonrisa interna.

 

 

 

Sabía que su culito seguía lleno de mi leche seca y que cada movimiento le recordaba que su suegro la había usado como una puta la noche anterior.

 

 

 

Y lo mejor de todo… era que ella no había dicho nada.

 

 

Por favor comenta que te parece para continuar con mas historias recuerda mencionar que parte te gusto.

6 Lecturas/11 abril, 2026/0 Comentarios/por Poderoso88
Etiquetas: culito, culo, follando, hija, hijo, padre, semen, viaje
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
Infiel con un transexual negro
Mi vecinito si que esta buenisimo
atados por un voyeur desconocido
Ayer
Además de perra y travesti, Exhibicionista.? [Relato]
Mi amigo Francisco de La Secundaria me utilizo como su juguete!!
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.440)
  • Dominación Hombres (4.407)
  • Dominación Mujeres (3.224)
  • Fantasías / Parodias (3.597)
  • Fetichismo (2.916)
  • Gays (22.731)
  • Heterosexual (8.746)
  • Incestos en Familia (19.057)
  • Infidelidad (4.666)
  • Intercambios / Trios (3.271)
  • Lesbiana (1.199)
  • Masturbacion Femenina (1.072)
  • Masturbacion Masculina (2.044)
  • Orgias (2.171)
  • Sado Bondage Hombre (475)
  • Sado Bondage Mujer (201)
  • Sexo con Madur@s (4.575)
  • Sexo Virtual (276)
  • Travestis / Transexuales (2.526)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.664)
  • Zoofilia Hombre (2.292)
  • Zoofilia Mujer (1.705)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba