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Dominación Hombres, Gays, Sado Bondage Hombre

Sexo y violencia con el chico cabrón de 15 años del gimnasio. II

Continúa mi historia con el chaval cabronazo de 15 años. Aunque me diera de hostias, es imposible resistirme a su polla y a la de su colega del gym..
Aún abrazados, sintiendo su leche caliente dentro de mí, J. me besaba y acariciaba lentamente. Parecía increíble que este chaval tan cariñoso fuera la misma bestia que minutos antes me follaba y daba de hostias. Estuvo así hasta que empezó a mirarme la cara; entonces acarició mis labios hinchados después de la paliza que acababa de recibir y esbozó una media sonrisa que, de alguna forma, me informaba de que el J. cabrón estaba de vuelta.

Se despegó de mí y, aún en pelotas, fue andando hasta el baño. Me quedé unos minutos tirado en la cama, desnudo, mirando hacia la nada mientras escuchaba el agua correr, hasta que oí sus pisadas caminando hacia el salón. En ese momento me incorporé y fui hasta donde estaba él. Cuando me vio llegar, mostró de nuevo su media sonrisa y asintió, como si fuera un pintor que acabara de ver su cuadro recién terminado.

—Te ha llevado una buena paliza, maricona.

Justo en ese momento se puso los pantalones y se agachó para calzarse las zapatillas. Fue cuando vi su espalda trabajada, su tatuaje en el tríceps… «Cómo está el cabrón», pensé. Entonces me pasó, sin mirarme, su móvil desbloqueado.

—Escribe tu número, pero no te llames.

J. me había dejado en un estado en el que no podía razonar ni decir que sí o que no, por lo que hice justo lo que me pedía. Cuando le devolví el móvil, él ya tenía la sudadera puesta. Tras un par de gestos con el teléfono, me guiñó un ojo y salió de mi piso.

Los días siguientes estuve recuperándome de los golpes, poniendo excusas a los que me preguntaban por los moratones o por las heridas en los labios. El daño físico fue soportable; fue mucho peor lo que ocurría en mi interior. Por una parte, me odiaba a mí mismo por haberme dejado usar de esa manera; pensar en lo que podría haber realizado mientras estuve inconsciente me provocaba pánico. Me podría haber grabado, me podría haber robado —aunque no echaba en falta nada— o incluso me podría haber matado si lo hubiera querido. Por otro lado, me ponía a mil al recordar su espalda desnuda al ponerse las zapatillas, su mano obligando a la mía a acariciar sus pectorales mientras le mamaba la polla… Joder, su rabo, su olor, su textura; pensar en cómo iba creciendo en mi boca o cómo me taladraba el culo o la garganta. Y su media sonrisa. Joder, esa media sonrisa.

Los primeros días estaba pendiente del móvil por si recibía algún mensaje de J., pero no hubo señales y casi lo prefería. Tardé en volver a entrar en la app de citas y, cuando lo hice, ya no había rastro de nuestra conversación. Me habría bloqueado. A veces incluso me decía a mí mismo que aquello no había ocurrido, que todo había sido una fantasía mía, pero la idea se disipaba cada vez que me miraba al espejo y veía mis heridas.

Aunque pensaba que no lo haría jamás, tres semanas después regresé al gimnasio. Quizá lo hice para probar que era lo suficientemente fuerte o para cumplir aquello de hacer frente a mis miedos. Pura basura: de nuevo era un fantasma dentro de una sudadera que rezaba para sus adentros por no encontrarse con J. No hubo rastro de él durante unos días, aunque sí vi a algunos de sus colegas, de los que no sabía realmente mucho:

Toro era un chico negro que es bastante más alto y ancho que el resto porque tiene dos años más que el resto, 17.

Manu, de quince, es en apariencia más guapo, menos tocho, pero muy fibrado. Parece algo más maduro que el resto en su forma de actuar.

Joel, muy parecido a J. en su forma de gesticular y comportarse, aunque físicamente está algo menos trabajado, pero hay que decir que se le intuye rabazo bajo los shorts.

Manu pasó delante de mí un par de veces, pero se mostró tan indiferente como siempre; no sé si era por lo guapo que era o por su expresión de madurez, pero era el que más me imponía. A Joel lo tuve en una máquina enfrente durante unos segundos, el tiempo suficiente para coger mi toalla e irme sin ver su reacción. A Toro no lo vi hasta el día que volví a ver a J.

Tras unos días gané confianza y había ratos en los que no pensaba en el encuentro. Por eso el susto fue doble cuando, estando sentado en un banco, lo vi por los espejos llegar a mi altura y poner su brazo sobre mi hombro.

—Qué pasa, tío. Cuánto tiempo.

No entendía nada y creo que se me escapó un «joder», pero supe reaccionar y le di la mano —en plan «chócala»— como hacen los chavales en el gimnasio.

—Ya ves —le dije.

Luego un «qué pasa, cómo vas», un «hoy toca brazo» y un «venga, tío, hablamos». Una conversación de menos de un minuto que terminó con otro saludo de manos. Me senté de nuevo en el banco, cogí el móvil e hice como que lo miraba cuando, en realidad, seguía los movimientos de J. Así pude ver que se reunía con Toro en una esquina. Era imposible saber de qué hablaban, pero hubo un momento en el que pareció que J. me señalaba en plan «ese es» mientras ponía su media sonrisa. Toro, entonces, miró hacia mí mientras se sobaba la polla con la mano metida en el bolsillo y ponía su propia sonrisa.

Parecía que había ganado cierto respeto. J. me había saludado públicamente cuando hace apenas unas semanas me llamaba maricón delante de todos. Sin embargo, era imposible no sentir pánico al recordar nuestro encuentro y pensar en lo que podía haber ocurrido mientras estuve inconsciente.

En todo ese tiempo no había quedado con nadie. Al principio ni siquiera podía empalmarme y, más adelante, solo lograba masturbarme si pensaba en lo que J. me había hecho. Mi imaginación retorcía y llevaba al extremo las escenas. Eso me hacía pensar que, de alguna forma, me había dejado averiado o que me había hecho traspasar un límite sin retorno: jamás me iba a conformar con menos y cualquier relación normal me iba a dejar a medias o vacío.

No volví a ver a J. hasta la noche en la que recibí un WhatsApp de un número desconocido.

—Qué haces, maricona. Estoy cerca de tu piso.

Al leerlo, en lugar de meditar qué responder, me puse a temblar y corrí al baño para darme una ducha. Al salir pensé en lo puta que era: me había puesto a mil y me había preparado sin siquiera haberle contestado. Le puse «Vente» y no hubo respuesta, aunque el mensaje se marcó como leído. Pasó media hora y pensé que ya no vendría; empecé a autoconvencerme de que era mejor así, que aquel chaval no me convenía. Toda la racionalidad se desmoronó cuando escuchó el timbre.

Nada más entrar, J. puso su media sonrisa y me pegó una hostia.

—Que sea la última vez que tardas en contestarme, maricona.

Seguimos el mismo guion: yo mamando polla y sobando pectoral hasta que fui a tomar popper. Me dijo que esperara y sacó un bote pequeño de plástico del bolsillo de atrás con un líquido transparente.

—Bebe, maricona. Esto es lo que les damos a las putas como tú en las discotecas.

De nuevo, en lugar de dudar, abrí el bote y di un buen trago. J. me lo quitó enseguida.

—Para, no tanto.

Tras dejar el bote sobre la mesa, él tomó popper y me empezó a follar la boca. Aún sentía el sabor amargo de lo que había bebido —estaba rebajado con bebida energética y sabía fatal—, pero todo quedó en segundo plano porque a los pocos segundos estaba a mil. J. me daba polla mientras yo trataba de follármelo con la boca. La notaba crecer y quería más. Si la otra vez tenía ganas de meterme todos los rabos del mundo, ahora esa sensación se multiplicaba. No existen palabras para definirlo: cuanto más chupaba, más quería, y el corazón me latía cada vez más fuerte. Así, hasta que todo se fundió a negro.

Me desperté solo sobre mi cama. Estaba amaneciendo; no recordaba nada de lo sucedido ni sabía cuánto tiempo había pasado. Me toqué la cara y, de nuevo, pude sentir los labios morados y las llagas. De pronto, sentí ganas de vomitar y fui corriendo al baño. Al hacerlo, noté una sensación extraña en el culo. Así, mientras estaba agachado vomitando, me tanteaba el ano con una mano y me la miraba después. No veía sangre, pero sí lo notaba más abierto que nunca. Aún de rodillas, intenté meterme un dedo para tantear el interior y noté que, si quería, me cabía el puño entero. Lejos de dolerme o de mostrar resistencia, mi culo palpitaba y quería más. Al levantarme me miré al espejo: los moratones y heridas eran similares a los de la última vez, pero sentía el cuerpo como si me hubieran golpeado el doble.

Antes de volver a la cama, fui al salón —el último sitio donde recordaba haber estado— y cogí el móvil. No había rastro del bote de J. ni del popper. Tumbado, desnudo y a oscuras boca arriba, miré la pantalla. Cuando abrí el WhatsApp, solo tenía mensajes de J. Al ver que eran vídeos (el contador indicaba ocho), estuve a punto de borrarlos todos y de pedirle que, por favor, eliminara todo el material. Por mi mente pasaron mil amenazas: que no lo había consentido, que me había drogado, que podría denunciarle… Pero mi dedo, como si fuera el de otra persona, ya estaba descargando el primero.

El móvil había estado sobre la mesa; se notaba que lo habían colocado para que nos viéramos enteros en el encuadre. Yo estaba sorprendentemente activo pese a no recordar nada. Estábamos completamente desnudos y J. me estaba dando su rabo a saco, como la otra vez. Era raro verme desde esa perspectiva y, en cierta manera, no me reconocía. Claramente era yo, pero tenía esa actitud que tanto me gusta ver y que me pone a mil: la de los típicos power bottoms capaces de aguantarlo todo. Mi cuerpo fibrado se veía bien y no desentonaba con el de J. que, por la iluminación, parecía aún más marcado que en el gimnasio.

Me iba poniendo a tono viendo la escena y empecé a tocarme hasta que, en el vídeo, se escuchó cómo alguien llamaba a la puerta. No sonaba el timbre; era el sonido de alguien golpeando con los nudillos con fuerza. Fue entonces cuando J. se separó con cierta dificultad —porque yo lo tenía bien agarrado del culo—, abrió la puerta y dejó que Toro pasara a mi casa. En ese punto dejé de tocarme y adelanté el vídeo un par de minutos porque, entre indignado y cachondo, quería saber qué había ocurrido y quién había entrado en mi piso.

En ese instante del vídeo, J. estaba agachado mientras me sujetaba la cabeza. Estábamos a la misma altura, él detrás de mí, pero con el espacio suficiente para sostenerme la cara con las dos manos mientras Toro, desnudo, me follaba la boca. Lo hacía de forma suave, como si estuviera tanteando el terreno, lo que permitía ver su cuerpo en detalle.

Era alto, unos quince centímetros más que J., y más ancho. Tenía las piernas muy entrenadas; mi yo del vídeo tenía una mano en cada una, recorriéndolas de arriba abajo. Sus brazos también se veían enormes, aunque más o menos a la par con los de J. Desde ese ángulo no podía ver sus abdominales, pero me hacía una idea al ver cómo mis manos se movían hacia ellos con cara de fliparlo. Todo era impresionante en Toro, pero su cara era puro vicio: se mordía los labios, ponía los ojos en blanco y gemía mientras aumentaba la velocidad.

Su polla era enorme, aunque no estaba del todo dura al principio y tenía que usar las manos para metérmela en la boca cuando se le salía. Al acelerar, ya no le hacía falta ayuda para meterla y sacarla a su antojo. Fue en ese punto, mientras Toro me follaba la boca a saco, cuando sacó la lengua y le sonrió a J. Hablaban entre ellos, pero no lograba entenderlos. Unos segundos después, J. se levantó y se puso junto a Toro para darme también su rabo. Por el ángulo no se veía bien cómo me comía las dos pollas y solté una especie de lamento. Eso se resolvió cuando J. se separó unos instantes de nosotros para coger el móvil.

El nuevo punto de vista me puso a mil, aunque también me dio mucha vergüenza ver que tenía las pupilas enormes y cara de drogado. Se me pasó rápido al ver los pectorales y abdominales de los dos chavales y sus dos rabos peleándose por entrar en mi boca. Pese a estar fuera de mí, se notaba que estaba disfrutando y mamando como lo hago cuando estoy a tope con un tío que me mola. Me vi lamiendo a varias velocidades la polla de Toro, regodeándome en el glande tras unos veinte segundos de succión intensa. Debía medir más de veinte centímetros, fijo; era más fina que la de J., algo curvada y con el capullo de un agradable color rosa. Al minuto cambié a la de J. No por ser más familiar o algo menos larga la trataba peor. Era como la recordaba: el capullo se iba poniendo cada vez más morado según la trabajaba.

Fue entonces cuando Toro —con una voz nueva para mí, más masculina y con acento sudamericano— dijo:
—Las dos a la vez, maricona.

(Continuará)

5 Lecturas/10 abril, 2026/0 Comentarios/por kopek17
Etiquetas: baño, culo, follar, leche, maduro, polla, puta, sexo
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