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Dominación Hombres, Gays, Sado Bondage Hombre

Sexo y violencia con el chico cabrón de 15 años del gimnasio. III

EL chaval cachas de gym de 15 años y sus amigos cabrones le dan rabo a la puta sumisa..
En ese punto, Toro diciéndole a J. que me metieran las dos pollas en la boca, terminaba ese vídeo. Estaba a mil en ese momento, mi cabeza volaba y cuanto más pensaba en lo que iba a venir en el siguiente vídeo, más presión sentía en mi cabeza. Como si tanta excitación no cupiera dentro de mi cuerpo. Así, abrí el siguiente vídeo.

Me quedé hipnotizado frente a la pantalla, viendo cómo mi propio cuerpo en el vídeo se entregaba a una invasión total. Era una locura observar desde fuera lo que mi memoria no lograba retener. En la grabación, J. y Toro me forzaban a abrir la boca al máximo, estirando mis comisuras hasta que el músculo parecía que iba a rasgarse. Fue entonces cuando las dos pollas, calientes y pulsantes, buscaban espacio a la vez en mi boca.

En la grabación, se percibía una tensión extraña. J. y Toro aparecían a mi lado, susurrando palabras que el audio no lograba captar con nitidez, mientras me instaban a recordar detalles de aquella noche que mi mente había bloqueado por completo. Era desconcertante ver mis propias expresiones de confusión, asombro y excitación reflejadas en la pantalla, como si estuviera observando a un desconocido.

El video continuaba mostrando cómo intentábamos reconstruir los eventos, analizando cada movimiento y cada sombra en el fondo de la habitación. La sensación de vulnerabilidad al no ser dueño de mis propios recuerdos era abrumadora. A medida que las imágenes avanzaban, quedaba claro que la verdad de lo sucedido estaba oculta en los pequeños gestos y en el ambiente cargado de secretos que rodeaba a J. y a Toro.

En el vídeo, la escena se volvió puramente violenta. Ver mi cara deformada por la entrada simultánea de ambos fue un choque de realidad. J. y Toro no tenían ninguna paciencia: sus manos, grandes y rudas, me agarraban del pelo con tal fuerza que mi cabeza echaba hacia atrás, obligándome a ofrecer un ángulo imposible.
Lo que veía en la pantalla era una lucha de poder sobre mi propia boca. Los dos rabos se golpeaban entre sí, peleándose por el espacio, hundiéndose a la vez con embestidas secas que me hacían arquear el lomo. Podía ver cómo mis ojos en la grabación se ponían en blanco y cómo mis dedos se clavaban en los muslos de Toro, buscando un anclaje mientras ellos me utilizaban como un simple agujero.

La violencia del acto era evidente en el sonido: el choque de sus pelvis contra mi cara, los jadeos pesados de Toro y los insultos que J. me escupía al oído mientras me taladraban. Era una invasión total de mi intimidad grabada en alta definición. Mi yo del vídeo parecía estar a punto de asfixiarse, con las venas del cuello hinchadas por el esfuerzo de tragar tanta carne, pero no se detenía; al contrario, buscaba más, aceptando cada golpe de cadera con una desesperación que me hacía temblar mientras sostenía el móvil en la oscuridad de mi cuarto.

Me incorporé un momento para rebuscar en el cajón de la mesilla hasta que encontré los auriculares. Me los puse y subí el volumen al máximo, aislándome por completo del silencio de mi habitación. De repente, el mundo se redujo a ese espacio entre J., Toro y mi boca, pero esta vez con una nitidez que me erizó el vello de la nuca.

El sonido era crudo, húmedo y violento. Lo primero que me golpeó fueron los jadeos pesados de Toro; una respiración ronca, de pecho ancho, que se mezclaba con el siseo constante de J. entre dientes. Pero lo que me hizo apretar las sábanas fue el sonido de la succión: un chapoteo rítmico y denso, el ruido de mi propia saliva siendo batida por el movimiento frenético de los dos rabos entrando y saliendo a la vez.

—Traga, maricona—susurraba J. en el vídeo, con una voz cargada de un desprecio que me hizo vibrar por dentro.

Se escuchaba el «clac» seco de sus pelvis chocando contra mis pómulos y el sonido de mis propios lamentos ahogados, unos quejidos que ni siquiera llegaban a ser gritos porque no tenía espacio para dejar salir el aire. Era un sonido de asfixia consentida. Toro soltó un gruñido gutural, puramente animal, y pude oír cómo sus manos golpeaban mis mejillas con suavidad antes de que el ritmo se volviera errático.

—Mira cómo se la come la puta…—decía Toro.

El audio captaba cada detalle: el roce de la piel húmeda contra mis labios, el sonido de mi garganta forzándose a tragar lo que parecía imposible y los insultos que me escupían como si fueran órdenes. Era una sinfonía de carne contra carne, una mezcla de golpes sordos y fluidos que me hacían sentir que, aunque estaba solo en mi cama, ellos estaban allí mismo, taladrándome los oídos.

Con la respiración entrecortada y el corazón martilleando contra las costillas, retrocedí la barra de reproducción diez segundos. Una y otra vez. Necesitaba revivir ese instante exacto. Me llevé la mano libre a la entrepierna, apretando con desesperación mientras mis oídos se llenaban del festín de ruidos animales que escupían los auriculares.

—¡Slurp, chof, chof, glack!—ruídos de ese estilo se solpaban del sonido de mi boca recibiendo esos pollones.

El sonido era obsceno, pegajoso, una succión líquida y pesada que me revolvía el estómago y me encendía la sangre al mismo tiempo. En la pantalla, J. y Toro no parecían chavales de quince años del gimnasio, sino dos bestias hambrientas disputándose una presa. Toro gruñía desde lo más profundo de su pecho, un sonido gutural, casi un rugido, mientras embestía mi cara con una fuerza que hacía que mi cabeza rebotara contra la pared.

—¡Toma, puta! ¡Trágatela entera!— decía J. entre dientes, y el sonido de su palma impactando contra mi mejilla —¡Zas!— sonó tan nítido que instintivamente me toqué la cara.

Cerré los ojos y me masturbé con frenesí, sincronizando mis movimientos con el ritmo violento del vídeo. Podía oír el chasquido de la carne chocando contra mi piel húmeda, el «clac-clac» rítmico de sus pelvis golpeándome y los lamentos ahogados que yo mismo soltaba en la grabación, convertidos en meros gorgoteos de animal herido.

—¡Mírale las pupilas, J., está muerta!— reía Toro, y su risa era ronca, cargada de una masculinidad agresiva que me hacía eyacular mentalmente antes de tiempo.

El audio captaba cada detalle: el jadeo entrecortado, el sonido de la saliva espesa desbordándose por las comisuras de mi boca y el roce áspero de sus vellos púbicos contra mi nariz. Eran dos animales marcando territorio en mi garganta, y yo, solo en mi cama, no podía dejar de darle al replay para que ese estruendo de carne y dominio no se acabara nunca.

En el siguiente vídeo, el movimiento se detiene de golpe. Se separan un segundo para recuperar el aire y el silencio es sustituido por una respiración pesada y animal que inunda los auriculares. J. y Toro están empapados en sudor, con el pecho subiendo y bajando violentamente como si acabaran de correr un sprint. Desde la perspectiva del móvil, se ve cómo las gotas de sudor de Toro caen directamente sobre mi pecho, brillando bajo la luz.

Entonces, J. inclina el teléfono y enfoca mi cara en primer plano.

Es una imagen que me revuelve el estómago y me hace correrme por dentro al mismo tiempo. Mis pupilas están dilatadas al máximo, dos enormes pozos negros que apenas dejan ver el color del iris, devoradas por el colocón y el vicio. Tengo la boca entreabierta, los labios rojos y deformados, y jadeo con un sonido rítmico y desesperado. Lo que más me impacta es ver mi lengua: la saco lentamente, buscándolos, lamiendo el aire con una ansiedad que me da asco y placer a partes iguales.

—Mírala, J. —suelta Toro—. Si es que no tiene suficiente.

—Te había dicho que era una perra —responde J. con un desprecio absoluto, mientras el audio capta el roce de su mano volviendo a agarrarme el pelo—. Mira cómo lo pide.

En la pantalla, mi yo del vídeo asiente con la mirada perdida, balbuceando algo ininteligible mientras intento alcanzar de nuevo sus rabos con la lengua, como un animal que ha olvidado cómo ser humano. La imagen de mi propia degradación, pidiendo más de aquello que me estaba asfixiando, me hace masturbarme con una furia ciega, apretando los dientes para no gritar en el silencio de mi habitación.

—¡Vamos a darle polla a la perra! —ruge Toro en el vídeo, y el sonido en mis auriculares se vuelve un caos de carne y violencia.

A partir de ahí, la imagen es una locura. El enfoque va y viene, captando ráfagas de piel sudada, abdominales tensos y el movimiento frenético de sus caderas. Los dos se lanzan sobre mi boca como animales hambrientos, sin turnos, sin piedad, turnándose para embestir hasta el fondo.

—¡Toma! ¡Toma polla! ¡Toma polla, puta! —escupe J. con una saña que me hace vibrar la mano en la entrepierna.

El sonido es insoportable y adictivo: chof, chof, chack. Es el ruido de la humedad absoluta, de mi saliva volando y golpeando la lente de la cámara. Siguen aumentando la velocidad hasta que sus cuerpos son solo sombras borrosas que entran y salen de mi cara. Son dos bestias, dos animales que han decidido que mi boca es su propiedad privada.

—¡Come, perra! ¡Trágatelo todo! —ruge Toro, y su acento suena más marcado, más rudo, mientras me obliga a tragar su rabo entero una y otra vez.

Me veo en la pantalla y no me reconozco. Tengo los ojos en blanco, perdidos en algún lugar entre el asco y el éxtasis más absoluto. Mi cabeza rebota contra el colchón con cada embestida rítmica, y mis manos intentan agarrarse a lo que sea —un brazo, una pierna, una sábana— mientras ellos me taladran sin descanso. El vídeo se vuelve un borrón de movimiento salvaje y gritos de dominio, y yo, en mi cama, me masturbo con una furia ciega, sintiendo que en cualquier momento voy a estallar igual que el audio del móvil.

El vídeo se vuelve un caos absoluto. La imagen pierde el foco por completo, convirtiéndose en un torbellino de sombras, piel sudada y destellos de luz que rebotan en los abdominales de J. y Toro. El sonido en los auriculares es lo único que mantiene la coherencia: un estruendo de carne golpeando carne, una percusión húmeda y frenética que no da tregua.

—¡Toma! ¡Toma! ¡Toma polla! —la voz de J. suena rota, junto con el «chof, chof» de la succión, se vuelve constante, una banda sonora de pura degradación.

—¡Trágala, puta! ¡Toda! —ruge Toro.

En la pantalla, mi rostro aparece y desaparece entre las embestidas; mis ojos siguen totalmente en blanco, mi boca es un pozo abierto que acepta cada golpe de cadera con una desesperación que trasciende la razón. La velocidad es inhumana, son dos bestias marcando su territorio en mi garganta, ignorando mis lamentos ahogados que se pierden entre sus insultos.

De repente, la presión en mi propia entrepierna se vuelve insoportable. Al ver esa violencia, al escuchar cómo me llaman perra mientras me taladran la boca, mi cuerpo reacciona de forma autónoma. El espasmo me recorre la columna y eyaculo con una fuerza que me deja sin aliento, manchándome el pecho y el abdomen.

Sin pensarlo, con la mente nublada por el rastro de J. y Toro en mis oídos y la imagen borrosa de sus rabos en la pantalla, me llevo la mano a la boca. Saboreo mi propia lefa con una urgencia eléctrica, imitando el gesto de la «perra» que estoy viendo en el vídeo, fundiendo mi realidad con esa grabación de pesadilla y placer. Me quedo ahí, temblando en la oscuridad, con el sabor salado en la lengua y el sonido de sus jadeos resonando en mi cabeza hasta que de pronto llega un instante de calma al sonar el timbre en el vídeo.

No puede ser, me digo. Por encima del estruendo de los jadeos y la carne chocando, suena el timbre de nuevo y el ritmo frenético no se detiene de inmediato; Toro sigue embistiendo mi boca un par de veces más, soltando un gruñido de frustración, mientras J. se separa de la melé.

La cámara tiembla cuando J. deja el móvil apoyado en un ángulo muerto y se levanta. Se escuchan sus pasos alejándose y, de fondo, el sonido de la puerta abriéndose. La voz de J. llega amortiguada pero clara a los auriculares:

—Pasa, tío. Está mazo puta.

A los pocos segundos, unas pisadas nuevas resuenan en el parqué del salón. Una figura aparece en el encuadre, recortándose contra la luz del pasillo. Es Joel. Se acerca a Toro, que sigue desnudo y sudado sobre mí, y chocan las manos con un sonido seco.

—¿Qué pasa, bro? —dice Toro, sin dejar de sujetarme el pelo.

Joel se queda de pie, observando la escena desde arriba. Su mirada baja hacia mi cara, hacia mis ojos en blanco y mi boca desbordada de saliva y rastro de ellos. Se queda en silencio un segundo, procesando la imagen de mi degradación total, hasta que suelta una risa corta y cargada de vicio.

—Hostia, hostia, hostia… —exclama Joel, con un tono entre la sorpresa y el hambre—. Pero cómo tenéis a la perra. Está para reventarla.

En ese momento, mi yo del vídeo intenta enfocar la vista en el nuevo invitado, estirando la lengua instintivamente hacia él, mientras Joel empieza a desabrocharse el cinturón sin dejar de mirarme.

8 Lecturas/11 abril, 2026/0 Comentarios/por kopek17
Etiquetas: amigos, chico, gimnasio, gym, polla, puta, recuerdos, sexo
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