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Dominación Hombres, Fantasías / Parodias, Incestos en Familia

Tito a prision

Tito se aprovecha de su hermana ingenua.
Tito a prisión

 

La familia López siempre había vivido con cierta holgura. Don Ramiro, un exitoso contratista de obras, su esposa Carmen, ama de casa dedicada, Tito el hijo mayor de 32 años —trabajador pero fiestero— y Sofía, la consentida menor de la casa, recién cumplidos 18 años y recién egresada del bachillerato.

 

Todo cambió una noche de viernes.

 

Tito, después de una larga semana de trabajo y varias cervezas de más, decidió manejar el Jeep de su padre para ir a buscar a unos amigos. En la carretera que salía de la ciudad, a toda velocidad y con la música a todo volumen, no vio al motociclista que venía en sentido contrario. El impacto fue brutal. El hombre murió en el acto.

 

A pesar de los intentos de Ramiro de mover influencias, los cargos fueron graves: homicidio culposo agravado por conducir ebrio. El juez fue claro: ocho años de prisión.

 

La primera noche en el penal de máxima seguridad, Tito no durmió. Las paredes frías, los gritos lejanos y la sensación de haber perdido todo lo golpeaban. Pero lo que más le pesaba era la ausencia de una mujer. Ocho años sin sexo. Ocho años sin tocar, oler o sentir a una hembra.

 

 

 

Pasaron 2 años y Tito ya podía recibir visitas, pero su padre tuvo que salir de viaje por trabajo y su mamá le pidió a Sofía que fuera.

 

Sofía llegó al penal ese domingo por la tarde, nerviosa pero obediente. Vestía unas mayas negras de licra muy ajustadas que marcaban perfectamente sus piernas jóvenes y redondas, y una blusa holgada blanca de algodón que le caía suelta sobre el pecho. Llevaba el cabello negro suelto y olía a shampoo de fresa. A sus 18 años recién cumplidos, aún tenía esa cara de niña inocente que no entendía del todo lo peligroso que podía ser visitar sola a su hermano mayor en la cárcel.

 

Cuando el guardia abrió la puerta de la habitación privada, Tito ya estaba esperándola de pie. Vestía solo una camiseta blanca ajustada y pants grises de preso. Al ver a su hermana, sus ojos bajaron inmediatamente a esas mayas negras que se le pegaban al culito.

 

—Sofi… por fin viniste —dijo con voz ronca, abrazándola fuerte.

 

Ella le devolvió el abrazo, ingenua.

 

—Hola hermanito… mamá me dijo que viniera porque papá no podía. ¿Cómo estás?

 

Tito la apretó más contra su cuerpo, inhalando el olor de su cuello. Ya estaba semierecto solo con sentirla.

 

—Mal, Sofi… muy mal. Aquí uno se vuelve loco. No hay nadie que me ayude con nada.

 

Se separaron y se sentaron en la cama. Después de unos minutos de charla, Tito suspiró dramáticamente.

 

—Oye… necesito que me hagas un favor grande. Tengo que mandarle una carta a un amigo que me puede ayudar con un recurso legal, pero yo escribo horrible y me tiembla la mano. ¿Me ayudas a escribirla? Si te sientas aquí en mis piernas puedo dictarte mejor y tú escribes más cómodo en la mesita.

 

Sofía parpadeó, inocente.

 

—¿En tus piernas? ¿No es mejor en la silla?

 

—Es que la mesita está muy baja y si me siento en la silla no alcanzo bien. Anda, Sofi… solo un rato. Eres mi hermanita, ¿qué tiene de malo?

 

Ella dudó un segundo, pero terminó accediendo. Se levantó y se sentó con cuidado encima de las piernas de Tito, de espaldas a él, como le indicó. Su culito redondo y firme, envuelto en esa licra negra, quedó justo encima del regazo de su hermano.

 

Tito sintió inmediatamente el calor de sus nalgas y su verga empezó a endurecerse rápido. Sin que ella lo viera, abrió un poco las piernas para que el bulto quedara justo entre las nalgas de Sofía.

 

—Así… perfecto —murmuró él, rodeándole la cintura con un brazo para “sujetarla mejor”.

 

Sofía se removió un poco al sentir algo duro y caliente presionando justo contra su culito.

 

—Tito… ¿qué es eso? —preguntó bajito, con voz ingenua.

 

—Nada, hermanita. Es que llevo mucho tiempo aquí encerrado… ignóralo. Concéntrate en la carta.

 

Mientras le dictaba palabras sin sentido, Tito empezó a mover muy despacio las caderas hacia arriba, frotando su verga erecta contra el culito de su hermana. La licra era tan delgada que sentía perfectamente la forma redonda de sus nalgas separándose un poco con cada roce.

 

Sofía se puso roja, pero no se levantó. Solo apretaba los labios y seguía escribiendo, demasiado inocente para entender del todo lo que estaba pasando o para atreverse a armar un escándalo.

 

Tito respiraba más pesado cerca de su oído.

 

—Qué rica estás, Sofi… —susurró—. Estas mayas te quedan bien apretadas… se te marca todo.

 

—Hermano… —dijo ella bajito, avergonzada, pero sin moverse.

 

Él empujó un poco más fuerte, acomodando su verga erecta justo entre las nalgas de ella, frotándose despacio de arriba hacia abajo, sintiendo el calor que emanaba de su culito joven a través de la licra.

 

—¿Ves? Así estoy más cómodo para dictarte… quédate quietecita un ratito más, por favor.

 

Sofía, con las mejillas ardiendo y sin entender del todo la gravedad de lo que ocurría, solo asintió suavemente y siguió con el lápiz en la mano, permitiendo que su hermano mayor siguiera restregando su verga dura contra su culito.

 

Tito respiraba más pesado cerca del oído de su hermana, todavía frotando despacio su verga erecta contra el culito de Sofía por encima de las mayas negras de licra.

 

—Sofi… por favor… —susurró con voz quebrada, fingiendo que se le quebraba—. No tienes idea de lo difícil que la estoy pasando aquí. Ocho años… ocho putos años sin tocar a una mujer, sin sentir nada. Me estoy volviendo loco, hermanita. Me despierto todas las noches con ganas y no tengo a nadie… solo paredes y silencio.

 

Sofía se tensó. Sentía claramente la verga dura de su hermano palpitando justo entre sus nalgas, pero no se atrevía a levantarse.

 

—Tito… yo… no sé… esto no se siente bien —murmuró bajito, con la voz temblorosa y las mejillas completamente rojas.

 

Él apretó más el brazo alrededor de su cintura y apoyó la frente contra su espalda, dándole lástima.

 

—Solo ayúdame un poquito, Sofi… por favor. Mueve tu culito despacito contra mí. Nada más. Es lo único que me calma un rato. Si no, no sé cuánto tiempo más voy a aguantar aquí sin volverme loco de verdad. ¿Vas a dejar que tu hermano se vuelva loco? ¿Después de todo lo que mamá y papá han sufrido por mí?

 

Sofía se mordió el labio inferior. Por dentro sentía un nudo en el estómago y quería salir corriendo, pero la voz lastimera de Tito y la culpa la tenían atrapada. No quería ser la mala hermana que lo abandonaba en su peor momento.

 

—Está bien… —susurró casi sin voz, aunque su cuerpo entero estaba rígido de incomodidad—. Solo un poquito… ¿sí?

 

Tito sonrió contra su cabello, victorioso.

 

—Así, mi reina… muévelo suave, como si bailaras lento.

 

Sofía, notablemente incómoda, empezó a mover las caderas con torpeza. Movimientos pequeños, forzados, nada sensuales. Su culito redondo se deslizaba de arriba abajo sobre la verga erecta de su hermano, pero su cara mostraba vergüenza y tensión. Tenía los ojos fijos en la mesa y los dedos apretando el lápiz con tanta fuerza que casi lo rompía.

 

—Más fuerte, Sofi… por favor —suplicó Tito con voz ronca—. Así no se siente casi nada. Hazlo como si quisieras consolarme de verdad.

 

Ella tragó saliva y, aunque por dentro gritaba que no quería, obedeció. Empezó a mover el culito con más ritmo, presionando más fuerte contra el bulto caliente que sentía entre sus nalgas. La licra era tan delgada que podía sentir perfectamente cómo la verga de Tito se ponía aún más dura con cada movimiento.

 

Tito ya no podía más. Sus manos temblaban de excitación.

 

—Sofi… espera… —jadeó—. Necesito sentirte mejor. La tela de los pants me está estorbando. Déjame sacarla un momento… solo para sentir tu calor de verdad. Te juro que no voy a hacer nada más. Por favor, hermanita… si no, me voy a volver loco de verdad.

 

Sofía se quedó quieta un segundo, con el corazón latiéndole a mil. Por dentro quería gritar “no”, levantarse y salir corriendo, pero la cara de sufrimiento que Tito ponía y el chantaje emocional la tenían paralizada.

 

—…Solo un ratito… —aceptó con voz casi inaudible y la mirada clavada en el piso, visiblemente incómoda, con los hombros encogidos y las manos temblando sobre la mesa.

 

Tito no esperó ni un segundo más. Con una mano rápida se bajó la cintura de los pants grises y sacó su verga erecta, gruesa y caliente. El glande ya brillaba de líquido preseminal. Sin pedir permiso, acomodó el miembro directamente contra el culito de Sofía, solo separado por la fina licra negra.

 

—Así… mucho mejor —gruñó de placer, agarrándola de las caderas con ambas manos—. Sigue moviéndote, Sofi. Por favor… ayúdame.

 

Sofía, con lágrimas de vergüenza empezando a asomarse en sus ojos, volvió a mover el culito de forma torpe y forzada. Ahora sentía la verga desnuda y caliente de su hermano frotándose directamente contra su culo, deslizándose entre sus nalgas con cada movimiento. Su cuerpo estaba rígido, incómodo, pero seguía obedeciendo, moviéndose lentamente mientras Tito gemía bajito contra su espalda.

 

Tito soltó un gemido bajo y gutural al sentir el calor del culito de Sofía directamente contra su verga desnuda. La licra negra era tan fina que parecía casi piel contra piel. Agarró con más fuerza las caderas de su hermana y empujó hacia arriba, deslizando su miembro grueso entre sus nalgas con movimientos lentos pero ansiosos.

 

—Así, Sofi… así se siente rico —jadeó contra su oído—. Sigue moviéndote, por favor. No pares.

 

Sofía tenía la cara ardiendo de vergüenza. Sus ojos estaban húmedos y miraba fijamente la mesa, mordiéndose el labio inferior con fuerza. Su cuerpo estaba rígido, los hombros encogidos, las manos temblando sobre el papel. Aun así, siguió moviendo el culito de forma torpe y mecánica, subiendo y bajando, frotando las nalgas contra la verga caliente y dura de su hermano.

 

—Tito… ya… ¿ya es suficiente? —susurró con voz quebrada, casi sin aliento.

 

—No, hermanita… todavía no. Estoy muy acumulado. Llevo dos años sin esto… —respondió él con voz lastimera, volviendo al chantaje—. Si paras ahora, no sé qué voy a hacer. Me siento desesperado. ¿Quieres que tu hermano sufra más? Solo un poquito más… por favor.

 

Sofía tragó saliva con dificultad. Las lágrimas ya le rodaban por las mejillas, pero no se levantó. Asintió muy levemente con la cabeza, visiblemente incómoda, y siguió moviendo las caderas con ese ritmo forzado y sin gracia.

 

Tito, cada vez más excitado y atrevido, deslizó una mano hacia adelante y la metió por debajo de la blusa holgada de Sofía. Sus dedos gruesos subieron hasta tocar uno de sus pechos jóvenes por encima del sostén.

 

—Qué tetitas más firmes tienes, Sofi… —murmuró mientras las apretaba suavemente—. Dios… estás tan rica.

 

Ella se tensó por completo y soltó un pequeño quejido de incomodidad.

 

—Hermano… no me toques ahí… por favor —pidió bajito, con la voz temblorosa.

 

—Shhh… solo estoy sintiendo. No te hago daño. Déjame tocar un poquito —insistió él, apretando más el seno mientras seguía frotando su verga entre sus nalgas—. Sigue moviendo el culito… más rápido.

 

Sofía, aunque por dentro quería desaparecer, obedeció. Empezó a mover las caderas con un poco más de fuerza, haciendo que la verga de Tito se deslizara más insistentemente entre sus nalgas cubiertas de licra. Sus movimientos seguían siendo torpes y rígidos, nada sensuales, solo cumpliendo por obligación.

 

Tito ya no se conformaba con frotar por encima. Con la mano libre agarró la cintura de las mayas negras de Sofía y empezó a bajarlas lentamente por sus caderas.

 

—Sofi… déjame sentirte piel con piel… solo un segundo. Te juro que solo voy a frotar por fuera. Nada más.

 

Ella se puso rígida y negó con la cabeza, pero su voz salió débil:

 

—Tito… no… eso ya es demasiado…

 

—Por favor, hermanita… —suplicó él de nuevo, con tono dramático—. Me estoy muriendo aquí. Solo necesito sentir tu calor de verdad. ¿Me vas a dejar así? Después de todo lo que estoy sufriendo…

 

Sofía cerró los ojos con fuerza, las lágrimas cayendo sobre la mesa. Tras unos segundos de silencio incómodo, levantó ligeramente las caderas, permitiendo que Tito bajara sus mayas hasta la mitad de los muslos. Su culito redondo y blanco quedó casi completamente expuesto, solo con una pequeña tanga negra metida entre las nalgas.

 

Tito soltó un gemido de puro placer al ver y sentir. Colocó su verga gruesa directamente entre las nalgas desnudas de su hermana y empezó a frotarse con más fuerza, deslizándola de arriba abajo, rozando su ano y su coñito por encima de la tanguita.

 

—Qué culo más perfecto tienes, Sofi… —gruñó, apretando ambas nalgas con las manos mientras empujaba—. Sigue moviéndote… así… buena chica.

 

Sofía estaba temblando entera, visiblemente mortificada, con la cara escondida entre las manos y el cuerpo tenso como una tabla. Aun así, continuó moviendo el culito de forma torpe y lenta contra la verga desnuda de su hermano, dejando que él la usara para desahogarse mientras las lágrimas seguían cayendo en silencio

 

Tito ya no aguantaba más. Su verga gruesa y palpitante estaba completamente dura, mojada de precum, deslizándose entre las nalgas desnudas de Sofía. Con una mano firme agarró su cadera y, con la otra, guio la cabeza hinchada de su pene hasta la entrada de su coñito virgen y apretado.

 

—Sofi… perdóname… pero lo necesito —jadeó con voz ronca contra su oído.

 

Sofía se tensó entera, temblando visiblemente. Abrió la boca para protestar, pero antes de que pudiera decir nada, Tito empujó hacia adelante con un movimiento lento pero decidido.

 

—Nngh… —gimió Sofía ahogadamente cuando sintió cómo la gruesa cabeza de la verga de su hermano forzaba su entrada estrecha. Su coñito joven se abrió poco a poco, resistiéndose al principio, pero cediendo ante la presión insistente.

 

Tito gruñó de puro placer al sentir las paredes calientes y apretadísimas de su hermana envolviéndolo. Centímetro a centímetro, fue metiendo su verga gruesa dentro de ella. Era tan estrecha que sentía cada pliegue interno apretándolo como un puño caliente y húmedo.

 

—Joder, Sofi… estás tan apretada… tan caliente por dentro… —susurró con voz entrecortada.

 

Sofía tenía los ojos muy abiertos, llenos de lágrimas. Su cuerpo se sacudía con cada centímetro que entraba. Dolor y una extraña presión se mezclaban mientras su hermano la penetraba lentamente. Intentó quejarse, pero Tito rápidamente le tapó la boca con su mano grande y fuerte, ahogando cualquier sonido.

 

—Shhh… calladita, hermanita… —le susurró al oído mientras seguía empujando más profundo—. No hagas ruido… el guardia no puede enterarse.

 

Con un último empujón lento y profundo, Tito enterró toda su verga hasta el fondo. Sus huevos pesados quedaron presionados contra el clítoris de Sofía. Ella soltó un gemido ahogado contra la palma de su mano: “Mmmph…!”. Sus paredes internas se contraían involuntariamente alrededor de la intrusión gruesa, apretándola con fuerza.

 

Tito se quedó quieto un momento, disfrutando la sensación. El calor húmedo de su coñito lo envolvía completamente, palpitando alrededor de su verga. Luego empezó a moverse: sacaba despacio casi hasta la punta y volvía a meterla con un empujón lento y profundo, sintiendo cómo su hermana se abría más con cada embestida.

 

—Dios… qué rico coñito tienes, Sofi… —gruñó bajito, acelerando un poco el ritmo pero manteniéndolo controlado—. Se siente tan caliente… tan mojado… te estás apretando alrededor de mi verga…

 

Sofía lloraba en silencio, las lágrimas cayendo sobre los dedos de Tito que le tapaban la boca. Su cuerpo se sacudía con cada penetración lenta y profunda. A pesar del dolor y la vergüenza, seguía obediente: no forcejeaba, no intentaba quitárselo de encima. Solo se quedaba allí, con las mayas bajadas hasta los muslos, recibiendo la verga de su hermano mayor dentro de su coño.

 

Cada vez que Tito entraba hasta el fondo, se escuchaba un suave “plap… plap…” húmedo de piel contra piel. Él gemía bajito contra su cuello:

 

—Ahh… fuck… tan apretada… me estás exprimiendo la verga, hermanita…

 

Sacaba casi todo y volvía a meterla con fuerza controlada, sintiendo cómo el interior de Sofía se ponía más resbaladizo poco a poco. Su mano libre bajó y apretó uno de sus pechos por debajo de la blusa, pellizcando el pezón mientras seguía follándola lento y profundo.

 

Sofía soltaba pequeños gemidos ahogados contra su mano: “Mmmh… mmmph…” con cada embestida. Su culito se movía ligeramente hacia atrás de forma involuntaria con cada penetración, aunque su mente seguía llena de vergüenza e incomodidad.

 

Tito aceleró un poco más, metiendo y sacando su verga gruesa con movimientos más fluidos, sintiendo cómo su coñito se adaptaba a su tamaño. El sonido húmedo de su verga entrando y saliendo se hacía más audible dentro de la habitación.

 

—Voy a correrme dentro, Sofi… —jadeó contra su oído, sin dejar de taparle la boca—. No te muevas… déjame llenarte…

 

Tito sacó su verga lentamente del coñito de Sofía con un sonido húmedo y resbaladizo. La joven temblaba entera, con las piernas débiles y las lágrimas cayendo sin control. Su coño quedaba ligeramente abierto, rojo e hinchado, con un hilo de sus propios jugos mezclados con el precum de su hermano.

 

—No… Tito… por favor… ya no aguanto más… —susurró Sofía con voz rota, casi sin fuerzas.

 

Pero Tito, con la respiración agitada y la verga todavía dura y brillante de sus fluidos, no tenía intención de parar. La agarró de la cintura con fuerza y la levantó como si no pesara nada.

 

—Shhh… tranquila, hermanita. Solo un poquito más. Te voy a poner aquí para que estés más cómoda —mintió con voz ronca.

 

La puso boca abajo sobre la mesa pequeña de la habitación. El torso de Sofía quedó apoyado en la superficie fría, sus tetas aplastadas contra la madera y su cara de lado, con la mejilla pegada a la mesa. Sus mayas negras seguían bajadas hasta las rodillas y su culito redondo y blanco quedaba completamente expuesto, con la tanga negra metida entre las nalgas.

 

Tito se colocó detrás de ella, separándole las nalgas con ambas manos. Su verga gruesa y mojada apuntaba directamente al pequeño ano rosado y virgen de Sofía.

 

—Hermano… no… ahí no… por favor… duele mucho… —suplicó ella bajito, con la voz quebrada y el cuerpo temblando visiblemente. Ya no aguantaba más. Las lágrimas caían sobre la mesa y sus manos se aferraban al borde de madera con desesperación.

 

—Solo relájate, Sofi… te voy a ayudar para que no grites —murmuró Tito.

 

Sin esperar más, escupió sobre su verga y sobre el ano apretado de su hermana. Colocó la cabeza gruesa contra el agujero pequeño y empezó a empujar lentamente.

 

Sofía abrió la boca para gritar cuando sintió la enorme presión contra su ano. El dolor era intenso, quemante. Su esfínter virgen se resistía con fuerza a la intrusión.

 

—¡Aaaah…! —intentó gritar, pero Tito fue más rápido: le tapó la boca con una mano grande y fuerte, ahogando el grito en un gemido ahogado y largo: “¡Mmmmmmph…!”.

 

—Shhh… calladita… no hagas ruido… —gruñó él mientras seguía empujando con paciencia.

 

Poco a poco, la cabeza de su verga gruesa fue abriendo el ano estrecho de Sofía. Centímetro a centímetro, el esfínter cedió y tragó la punta. Tito soltó un gemido profundo de placer:

 

—Joder… qué culo tan apretado… se siente como si me estuviera estrangulando la verga… tan caliente… tan estrecho…

 

Sofía lloraba desconsoladamente contra la mano de su hermano. Su cuerpo se sacudía con espasmos de dolor. El ano le ardía mientras Tito seguía metiendo más de su verga gruesa. Sentía cada vena, cada centímetro abriéndola de una forma que nunca imaginó. El dolor era punzante, profundo, pero Tito no se detenía.

 

Con un empujón más firme, metió la mitad de su miembro. El ano de Sofía se estiraba al límite alrededor de la verga invasora. Se escuchaba un sonido húmedo y suave cada vez que Tito empujaba un poco más.

 

—Ahhh… sí… así… trágatela toda, Sofi… —gemía Tito bajito, con los ojos entrecerrados de placer—. Se siente increíble… tu culito me está apretando tan rico…

 

Sofía intentaba gritar, pero solo salían gemidos ahogados y entrecortados contra la palma de Tito: “¡Mmmph…! ¡Mmmh…! ¡Nngh…!”. Sus lágrimas mojaban la mesa y sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el borde.

 

Tito empezó a moverse lentamente. Sacaba unos centímetros y volvía a meterlos con empujones controlados pero profundos, follándola anal poco a poco. Cada embestida producía un sonido suave y obsceno: “plap… plap… plap…” de sus caderas contra las nalgas de su hermana.

 

—Qué rico culo tienes… tan apretado… me estás exprimiendo la verga… —gruñía él, acelerando un poco el ritmo mientras seguía tapándole la boca con fuerza—. Aguanta un poquito más, hermanita… voy a correrme dentro de tu culito…

 

Sofía seguía obediente a pesar de todo. No forcejeaba, no intentaba quitárselo de encima. Solo se quedaba allí, boca abajo sobre la mesa, recibiendo la verga gruesa de su hermano en su ano virgen, temblando y llorando en silencio mientras Tito la follaba anal con movimientos lentos y profundos, disfrutando cada sensación

 

El tiempo de visita estaba por terminar. Tito lo sabía porque ya se escuchaban los pasos de los guardias en el pasillo y el anuncio lejano por los altavoces. No pensaba desperdiciar ni un segundo más.

 

Sacó su verga lentamente del ano de Sofía con un sonido húmedo y obsceno. Un hilo de saliva y precum quedó colgando del ano ligeramente abierto y rojo de la joven. Sofía seguía boca abajo sobre la mesa, temblando, con la cara mojada de lágrimas y respirando con dificultad.

 

—Sofi… falta poco para que se acabe la hora —dijo Tito con voz urgente pero todavía cargada de deseo—. Necesito que me ayudes una última vez. Métetela en la boca… solo un ratito. Si no, no voy a poder aguantar hasta la próxima visita.

 

Sofía levantó la cabeza apenas, con los ojos hinchados y rojos de tanto llorar. Su voz salió rota y débil:

 

—Tito… por favor… ya no… me duele todo… no puedo más…

 

Pero él le acarició el cabello con fingida ternura y volvió al mismo tono lastimero:

 

—Hermanita… solo esto. Es lo último que te pido. Llevo dos años sin correrme como Dios manda. Si no me ayudas ahora, voy a volverme loco de verdad. ¿Quieres que tu hermano sufra más? Solo métetela en la boca… por favor.

 

Sofía, exhausta, obediente y rota por dentro, se bajó de la mesa con las piernas temblorosas. Se arrodilló frente a él, todavía con las mayas negras bajadas hasta las rodillas. Tito se sentó en el borde de la cama y abrió las piernas, su verga gruesa, brillante de fluidos y todavía dura, apuntando directamente a la cara de su hermana.

 

Con manos temblorosas, Sofía la tomó y se la acercó a la boca. Apenas había abierto los labios cuando Tito, impaciente, la agarró del cabello con fuerza y empujó su cabeza hacia adelante.

 

—Así… ábrela más —gruñó.

 

Metió la verga de un solo empujón brusco. La cabeza gruesa entró hasta el fondo de la garganta de Sofía, haciendo que sus ojos se abrieran como platos y se llenaran de lágrimas nuevas.

 

— ¡Ggggh…! —intentó toser y ahogarse, pero Tito no la dejó retroceder. La mantuvo firmemente agarrada del pelo y empezó a follarle la boca con movimientos profundos y rápidos.

 

—Qué boca tan caliente… trágatela toda, Sofi… —jadeaba él mientras empujaba su verga completa hasta el fondo—. Así… hasta el fondo… buena chica.

 

Sofía lloraba desconsoladamente. Las lágrimas caían por sus mejillas mientras su garganta se contraía alrededor de la verga gruesa de su hermano. Casi no podía respirar. Cada vez que Tito metía toda su longitud, su nariz quedaba aplastada contra el pubis de él y sentía cómo la verga le obstruía la garganta. Emitía sonidos húmedos y ahogados: “Gllgh… gluck… gghhh…!” con cada embestida brusca.

 

Tito no tenía piedad. La follaba la boca con fuerza, sujetándole la cabeza con ambas manos, metiendo y sacando su verga completa, golpeando el fondo de su garganta una y otra vez.

 

—Ahh… fuck… qué rica boquita… te estoy follando la garganta, hermanita… —gemía él, acelerando el ritmo.

 

Sofía se ahogaba, tosía, lloraba. Su saliva caía en hilos gruesos por su barbilla y goteaba sobre sus tetas. Intentaba respirar por la nariz cuando podía, pero Tito casi no le daba respiro. Solo sacaba unos centímetros y volvía a meterla hasta el fondo con fuerza.

 

De pronto Tito soltó un gruñido profundo y largo:

 

— ¡Me voy a correr… trágatelo todo…!

 

Empujó su verga hasta el fondo de la garganta de Sofía y se corrió con fuerza. Chorros gruesos y calientes de semen le llenaron la boca y la garganta directamente. Sofía se atragantó, tosió violentamente, pero Tito la mantuvo presionada contra él, obligándola a tragar mientras seguía eyaculando.

 

— ¡Tómalo… trágatelo todo… ahhh… sí…!

 

Sofía lloraba sin control, con arcadas, tragando como podía la leche espesa de su hermano. Parte del semen le salía por las comisuras de los labios y le bajaba por la barbilla.

 

Cuando Tito terminó de vaciarse, finalmente soltó su cabeza. Sofía se apartó tosiendo y llorando, con hilos de semen y saliva colgando de su boca.

 

Tito, todavía respirando agitado, la ayudó a levantarse con una ternura falsa. La sentó en la cama y empezó a vestirla con cuidado, besando su cuerpo mientras lo hacía.

 

Le subió las mayas negras lentamente por las piernas, besando sus muslos temblorosos.

 

—Qué piernas tan lindas tienes, mi Sofi… —murmuró, depositando besos suaves.

 

Luego le acomodó la tanga y la blusa holgada, besando su vientre, sus pechos y su cuello.

 

—Gracias, hermanita… me ayudaste mucho hoy. Eres la mejor.

 

Besó su frente, sus mejillas mojadas de lágrimas y finalmente sus labios hinchados, probando el sabor de su propio semen.

 

—Te quiero mucho. La próxima vez vas a venir otra vez, ¿verdad?

 

Sofía solo pudo asentir débilmente, todavía llorando en silencio, con el cuerpo adolorido y la mente completamente destrozada.

 

En ese momento se escuchó la llave en la puerta. La visita había terminado.

6 Lecturas/11 abril, 2026/0 Comentarios/por Poderoso88
Etiquetas: amigos, anal, hermana, hermanita, hermano, mayor, padre, sexo
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