Una fiesta infantil excitante
No mal interpreten el título, no es nada de que me cruces con un morrillo, un Relato de como mi vecino de mi misma edad cogimos en su propio cuarto el día del cumpleaños de su hermanito.
Esto paso hace dos semanas.
Mi vecina nos invitó a mis padres y a mí al cumpleaños de su hijo más pequeño, Ángel. Ella tiene dos hijos; el otro es el mayor, José Juan, quien tiene mi misma edad (22 años). Básicamente, nos criamos juntos.
Aquí es una introducción de nuestra relación de amistad:
Como mi vecina era viuda y tenía que salir a trabajar, mi madre cuidaba de José Juan cuando era pequeño. Ella nos llevaba a ambos a la primaria; aunque no íbamos en el mismo salón, asistíamos a la misma escuela. Al salir, él se quedaba en mi casa el resto del día para jugar, hasta que su mamá pasaba a recogerlo alrededor de las ocho de la noche.
Así fue todo ese tiempo. Actualmente, mi vecina se volvió a casar; su nuevo esposo es don Gustavo, un hombre muy gentil que siempre fue amable con la gente y, especialmente, con mis padres. Con él hacían fiestas, posadas y convivios.
Pero vamos al punto: José Juan tiene mi edad, 22 años. Es más alto que yo, de complexión robusta y fuerte; tiene una barba no muy pronunciada, los brazos velludos y, como siempre está sin camisa, se le alcanza a ver el vello en el abdomen. Nuestra relación ahora es normal; cada quien tiene su vida, sus amigos y sus gustos, pero seguimos siendo cercanos. Suele venir a mi casa cuando se aburre en la suya, incluso cuando se queda solo; prefiere venir con nosotros y traer a su hermanito
Para que se den una idea de quién soy, me llamaré Guille. Tengo 22 años y soy de complexión robusta, con su respectiva ‘panza chelera’; soy algo bajo de estatura, midiendo 1.68 m (el promedio, aunque José me gana con su 1.75 m). Soy fortachón, tengo los brazos velludos y un poco de vello en el pecho, pero, a diferencia de mi amigo, yo no tengo barba.
Mi vecina nos invitó a la fiesta de Ángel, su hijo más pequeño, y le pidió a mi madre que se encargara de la comida. Mi mamá me pidió que la acompañara para ayudarla, ya que estudio Gastronomía. Por coincidencia, José Juan estudia Mecánica Automotriz en la misma universidad que yo.
Al llegar a su casa, allá estaba José Juan sentado en la sala. Se paró y me saludó como el buen amigo que es; me dijo que era un milagro verme por ahí. Le expliqué que venía a ayudar a nuestras madres con el banquete y él respondió: ‘¡Ah, está bien!’. En ese momento, mi vecina le pidió a José Juan que también nos ayudara para terminar más rápido. Él aceptó; sabe lo básico de cocina porque, cuando va a mi casa, es muy observador y me ve cocinar.
Empezamos a picar y guisar todo. Cuando mi parte del trabajo terminó, mi madre me dijo que podía regresar a casa si quería, pero decidí quedarme un rato con José Juan. Estuvimos jugando con su consola hasta que su mamá le gritó que estuviera pendiente, pues el proveedor de las mesas y sillas estaba por llegar para empezar a decorar.
Salimos al patio delantero. (Un dato que olvidé mencionar es que José y yo fumamos, y nuestras madres están conscientes de ello). Él me ofreció un cigarro y nos fuimos a un rincón apartado a esperar mientras fumábamos y charlamos todo ese tiempo. Cuando llegó el señor de las sillas, lo ayudamos a bajar todo y nos entregó los manteles.
Justo cuando el señor se iba, llegó don Gustavo. Nos saludó y entró a la casa para hablar con mi madre y mi vecina; tuvieron esa típica charla corta de adultos. Al salir, nos pidió ayuda para bajar las cosas de su camioneta. Era muchísimo: piñatas, dulces, decoraciones y todo lo necesario para la fiesta. Lo último fue el pastel, pero ese lo bajó él mismo por seguridad.
Mi vecina y mi madre se dirigieron al traspatio, un lugar muy extenso con una pequeña palapa. Mientras tanto, don Gustavo salió a buscar unas cosas que había olvidado. Mi madre se adelantó y nos pidió a José y a mí que lleváramos las mesas y sillas hacia atrás. Lo hicimos y las acomodamos siguiendo las instrucciones de mi vecina; fue rápido, nos tomó unos diez minutos. Después, comenzamos a inflar globos, decorar todo y colgar las piñatas. Quizás se pregunten: ¿dónde estaba el anfitrión? Ángel estaba en casa de su abuela mientras nosotros trabajábamos. Tardamos unas tres horas en dejar todo listo.
Al fin, cuando terminamos, llegó don Gustavo. Nos pidió que bajáramos lo que estaba en los asientos, pero con una condición: que no tocáramos lo de la cajuela frente a mi vecina. Eran cinco cartones de cerveza. Entre carcajadas, le hicimos el favor. Después de eso, me fui a mi casa a cambiarme; mi mamá hizo lo mismo y mi papá, que justo llegaba de trabajar, también se arregló.
Aquí comienza todo:
Regresamos a la fiesta y todo transcurrió de maravilla. Para las 9:00 p. m. de ese viernes, el anfitrión se había quedado dormido y lo llevaron a su habitación. Mi vecina nos pidió ayuda para llevar los regalos a su cuarto y recoger la basura de las mesas. Para ese momento, solo quedábamos algunos vecinos, mis padres y los abuelos de José. Había otros vecinos, pero eran mayores que nosotros, así que nos ofrecieron algo de tomar para que tuviéramos nuestro propio ambiente mientras los adultos seguían con sus risas y pláticas.
Aceptamos, como ya era costumbre. Entre nosotros estaba un amigo de José de 24 años, que es bastante bueno para beber, y otros vecinos con los que jugábamos de niños. Pasó el tiempo entre partidos de fútbol, cigarros y pláticas, hasta que llegó el momento melancólico: empezamos a recordar cuando éramos niños. A eso de las 10:30 p. m., los vecinos y nuestro grupo de amigos se empezaron a retirar. Al final, ya bastante ebrios y con ‘el toque’ del alcohol, solo quedamos José y yo.
El ambiente se volvió tranquilo. Seguíamos fumando y compartiendo el cigarro mientras le dábamos tragos a la caguama. De pronto, José Juan, con las palabras ya cruzadas por el alcohol, me confesó que siempre había tenido curiosidad por algo. Yo le pregunté en el mismo tono: ‘¿Sobre qué?’. Me contó que tenía un compañero de clase que era gay y tenía novio; lo decía de forma confusa, pero a pesar de mi borrachera, yo sabía a qué quería llegar. Decía que ese compañero se veía ‘macho’ y se comportaba como cualquier hombre.
Entonces soltó la duda: me preguntó qué se sentiría ser amado por otro hombre. Yo sabía por qué lo decía; a él siempre le iba muy mal coqueteando con chicas y sus relaciones no duraban ni un mes. Luego me lanzó la pregunta directa: ‘Si yo fuera gay, ¿tú me amarías mucho?’. Le contesté que él era mi mejor amigo, que lo quería y lo respetaba tal como él hacía conmigo. En ese momento, José levantó la cabeza y se me quedó mirando fijamente. Yo estaba confundido, pero mi mente iba a mil por hora, pues la realidad es que soy bisexual. Jamás me pasó por la cabeza que él fuera así, ni me habría atrevido a imaginar algo ‘morboso’ con él, siendo que lo veía como a un hermano.
Juan le dio un jalón al cigarro y, al soltar el humo, me agarró la cara y comenzó a besarme. Yo le seguí la corriente y reaccioné al beso, pero como estábamos en la banqueta, alguien podía vernos. La excitación y el alcohol nos estaban pegando fuerte. Decidimos entrar y dirigirnos a su cuarto, pero antes de eso, aproveché mi habilidad para actuar con normalidad a pesar de la borrachera: fui al patio con mis padres y les pregunté si podía quedarme a dormir con José Juan para seguir jugando consola y platicando. Mi madre me dijo que fuera a pedirle permiso a mi vecina, pero ella ya había escuchado todo y, antes de que yo hablara, me dijo que sí, que podía quedarme.
Así me despedí de mis padres y les dije que volvería mañana en la mañana. Luego me fui al cuarto de José. Él estaba sentado y había encendido la televisión. Al parecer, a José se le había pasado un poco la borrachera. Se paró, se hizo a un lado para cerrar la puerta con seguro y le pregunté si eso no haría sospechar a sus padres. Me respondió que a él no le tocan la puerta ni lo molestan.
José me tomó de la mano, me abrazó y me volvió a besar en la boca. Nos acostamos en la cama todavía vestidos y empezamos a besarnos más intensamente. Nos tocábamos el cuerpo por todas partes. De pronto, José se detuvo, se puso de pie y me dijo que hiciera lo mismo. Ya de pie, comenzó a quitarme la ropa mientras nos seguíamos besando, y yo le quité la suya. Quedamos los dos en bóxer. A ambos se nos notaba el bulto bien marcado: nuestros penes estaban completamente erectos.
Nos miramos los bultos un rato y José empezó a tocar el mío mientras yo tocaba el suyo. Nos acostamos semidesnudos en la cama y nos acariciamos los penes por encima del bóxer durante unos diez minutos. Estábamos tan calientes que la borrachera se nos había pasado por completo.
Nos pusimos de rodillas en la cama y bajamos los bóxeres. Primero el mío: no soy muy dotado, tengo un pene de tamaño promedio, unos 13 cm, pero es bastante grueso y se me marcan mucho las venas. Mi pubis es muy peludo y tengo los testículos grandes. José me lo tocó y empezó a masturbarme suavemente, adelante y atrás.
Ahora era su turno. Le bajé el bóxer y lo primero que noté fue que su vello de la panza bajaba hasta el pubis; era muy velludo, todo negro. Su pene medía unos 15 cm, era muy grueso y también se le marcaban las venas. No tiene los testículos muy grandes, pero le colgaban bastante.
Más excitados que nunca, nos quitamos los bóxeres por completo y quedamos totalmente desnudos. Nos besamos con pasión y empezamos a tocarnos otra vez.
Nos besábamos con pasión, lenguas entrelazadas, explorándonos con hambre. De pronto, José me miró a los ojos y, con voz ronca, susurró que quería probar un pene por primera vez. El deseo en su mirada me encendió por completo. Me tumbé boca arriba, ofreciéndome, y él se colocó encima, alineando su boca con mi erección palpitante.
Con inexperiencia deliciosa, lo introdujo, pero las arcadas lo traicionaron. Lo guié con suavidad: “Despacio, a tu ritmo… sin dientes”. Pronto encontró el compás: chupaba suave al principio, luego más rápido, más profundo. Sentía el calor húmedo de su boca envolviéndome, su bigote rozando mis vellos púbicos, enviando ondas de placer por todo mi cuerpo. Mi pene brillaba cubierto de su saliva mientras él alternaba succiones intensas con caricias de su mano. Era tan exquisito que tuve que detenerlo: “Para, o me corro ya”.
Ahora era mi turno de devolverle el placer. Le pedí que se tumbara, pero él, con los ojos brillando de lujuria, insistió en seguir chupándome. “Hagámoslo como en los vídeos”, murmuró excitado. Un 69. Nos acomodamos: él debajo, yo encima, nuestras panzas calientes rozándose, nuestros alientos mezclándose.
Volvió a tragarse mi verga con avidez mientras yo devoraba la suya, gruesa, venosa, deliciosa. Le acariciaba los huevos peludos, inhalando el aroma intenso a cigarro, alcohol y sudor sexual que nos envolvía como una niebla erótica. Nos movíamos en sincronía: él me follaba la boca con embestidas suaves, yo hacía lo mismo. Las arcadas eran inevitables, pero el placer las superaba todo.
Tras un rato eterno de éxtasis mutuo, le susurré que iba a hacerle algo que lo volvería loco. Me bajé de la cama y lo guié al borde. Colocó una almohada bajo su cadera, sus piernas sobre mis hombros, exponiendo su culito peludo, cerrado, completamente virgen. Lo olfateé primero, embriagándome con su aroma íntimo, y luego, sin aviso, hundí mi lengua en él.
José se estremeció, soltando gemidos ahogados. Le lamía, besaba, succionaba su ano con devoción; él se retorcía de placer, su verga goteando precum abundantemente. Temblaba, le daban escalofríos de pura excitación. “Tócate los pezones”, le indiqué, y obedeció, intensificando sus jadeos. Alternaba entre su culo, su pene y sus huevos, llevándolo al borde del delirio.
No pudo resistir más y me suplicó hacérselo a mí también. Cambiamos de posición: yo abierto para él, ofreciéndole mi culo. Inexperto pero ansioso, lo devoró con hambre, metiendo la lengua profundo. El placer era abrumador; siempre me ha vuelto loco que me coman así. Nos perdimos en ese festín de lenguas y gemidos hasta que la fiesta afuera ya era solo un eco lejano.
Paramos un instante para respirar, pero nuestras vergas seguían duras como hierro. José miró por la cortina: todo vacío, todo en silencio. Justo entonces, alguien tocó la puerta. El pánico nos congeló: sudados, desnudos, el cuarto impregnado de sexo. Era mi vecina. Rápido, pusimos un vídeo de videojuego y respondimos con voz tranquila: “Aún no, estamos jugando”. Se fue deseándonos buenas noches.
La adrenalina nos incendió aún más. Apagamos las luces, dejando solo el resplandor azul de la tele, y seguimos devorándonos en la penumbra.
José me miró con urgencia: “¿Puedo cogerte?”. Asentí, me puse boca arriba y subí las piernas hasta el pecho, exponiéndome completamente. Se masturbó, escupió en su verga gruesa y apoyó el glande en mi ano. Empujó despacio; me quejé del grosor, pero pronto lo tenía todo dentro. Empezó suave, luego salvaje, follándome con ritmo creciente. Gemía tan fuerte que me metió su bóxer en la boca para silenciarme. Él también jadeaba, perdido en el placer.
De pronto paró: “Quiero sentir lo mismo”. Lo coloqué como yo había estado. Escupí en mi verga, la apunté a su culito virgen y empujé con cuidado. Se quejaba, pero insistía en que siguiera. Poco a poco entré, centímetro a centímetro, hasta tenerlo todo dentro. Un empujón final y gritó de placer puro. Lo follé primero suave, luego rápido y profundo. “¡Sigue! ¡Preñame!”, suplicó entre gemidos.
Aceleré, perdido en la sensación de su culo apretado. Con un último embestida profunda, me corrí dentro de él, chorros calientes llenándolo mientras él temblaba de éxtasis. “Te amo”, repetía una y otra vez, agarrándome la cabeza para besarme con lengua desesperada. “Me amas tanto… quiero que seamos más que amigos… me abriste los ojos, ahora sé quién soy”.
Le devolví el beso, saqué mi verga lentamente y me acosté a su lado, abrazándolo. “Termina tú”, le susurré. Se masturbó con furia, sudoroso, los músculos tensos, los gemidos cada vez más altos. De pronto explotó: chorros potentes de leche caliente nos salpicaron la cara y el pecho. Exhaustos, le limpié con la boca, saboreando su esencia.
Nos miramos en silencio, su verga flácida y satisfecha. “Te amo mucho”, murmuró, dándome un beso suave. Nos quedamos así hasta quedarnos dormidos, abrazados.
Desperté con José poniéndose mi bóxer. Iba a bañarse a la una de la madrugada —algo habitual en él, dijo—. Me invitó a acompañarlo. Desnudos, sigilosos, nos metimos en la ducha. Nos enjabonamos mutuamente, besándonos bajo el agua caliente, explorando cada rincón de nuestros cuerpos.
Volvimos al cuarto, me prestó ropa, sacó una colchoneta. “Quiero dormir desnudo contigo”, dijo. Nos abrazamos en cucharita; sentía su vello, su verga blanda contra mi culo. Así dormimos hasta el amanecer.
Por la mañana, nos vestimos rápido y fingimos dormir cada uno en su sitio. Su mamá abrió la puerta: el plan perfecto. Antes de salir, José me robó un beso cargado de complicidad y deseo.
Desayuné con la familia, vi abrir regalos, me despedí. Al llegar a casa, justo cuando cerraba la puerta, José la detuvo. Traía pastel y comida sobrante… y una mirada que prometía más. “¿Puedo pasar?”, preguntó con voz baja.
Le dije que sí.
Y así terminó esa noche inolvidable. José y yo no somos novios, pero compartimos una intimidad profunda y secreta. Seguimos nuestras vidas normales, discretos, pero cada mirada, cada roce casual, enciende de nuevo el fuego de lo que vivimos. Él sabe que soy bisexual; yo sé que le desperté algo que ya no puede —ni quiere— apagar.


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