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Dominación Mujeres, Zoofilia Mujer

Alicia, una perra callejera. II: ¡No puedo ser penetrada por un perro!

Titi estaba sobre el sofá, apoyando su cabeza en mi pierna, acompañándome. Él era solo una mascota, no entendía las implicancias de lo que me había hecho. El no entendía que solo debía desear penetrar a hembras de su especie, como esa perra callejera que monto hace poco tiempo..
La noche que mi esposo retorno a casa de su expedición nocturna diciéndome que había logrado que Titi se montara a una perra callejera fue de los momentos más felices en mucho tiempo. Él sufrió durante mucho tiempo mi insistencia con que nuestro perro encontrara una hembra con la que copular, pero no se imaginaba el trasfondo del por qué.

Si, le había hecho creer que tenía vínculo con lo que sucedió con nuestra mascota anterior, pero eso era parcialmente cierto. No quería que lo castraran a mi perrito, aunque tuve que haber admitido mi error y acceder a ello cuando tuve la oportunidad. Tantas discusiones en las que lograba que mi esposo se sintiera culpable habrían sido por nada, mi orgullo fue demasiado grande.

Al trabajar desde casa, yo soy la que más tiempo comparte con Titi y la que siempre vio lo que sufre al no poder liberar su energía sexual. Solo lo quise ayudar aquella vez que, por querer montar a uno de mis peluches, lo regañe y se echó panza arriba pidiendo mi perdón. Acaricie su vientre, arrepentida, razonando que su mente animal no comprendía mi reprimenda, y mi mano fue bajando hasta que mis caricias llegaron al saco de su miembro.

Eran caricias inocentes, mis dedos bailaban alrededor del pelo que ocultaba su verga hasta que la carne rozada salió a la luz. Rápidamente se excito, su pecho se inflaba y desinflaba, sujete su miembro con la mente en blanco. Lo vi a los ojos, mi pobre perrito me suplicaba que continuara.

Lo intente masturbar como si fuera una verga humana, pero la piel no se comportaba como estaba acostumbrada. Habré estado diez minutos intentando masturbarlo de esa forma, cambiando de mano, acomodándome en el suelo, sin lograr que acabara. Repentinamente él comenzó a jadear de dolor, no sabía si era mi labor manual o la espera para expulsar su semen, pero algo debía hacer. Me detuve un segundo y nuevamente lo vi. «Perdón, Titi. No sé qué hacer» dije lo más tierna posible. El con sus ojos abiertos como platos me miro y en mi mente respondió «Si, que sabes. Por favor».

Clave los ojos en esa verga animal. Rosada, dura, repleta de venas… enorme. Si, sabia. Desde mi florecer sexual que desarrolle un gusto y una habilidad a complacer hombres con mi boca, no podía ser distinto. La tomé de la base y la erguí verticalmente. Acerque mi rostro, el hedor me golpeo tan fuerte que deje de respirar por la nariz e inhale por la boca. Allí entonces, con la boca abierta aspirando aire, la verga a centímetros, fue como beber la primera medida de tequila.

El sabor en mi boca era fuerte, repulsivo, pero debía seguir. Aguanté la respiración durante los primeros segundos hasta que estuve obligada a respirar por la nariz. Sentí arcadas. Paciente, concentrada en meter y sacar la carne de mi boca, hasta que no pude más. Aparte mi rostro unos centímetros, me sentía a punto de vomitar y vi a Titi. Estaba con la lengua fuera, acostado boca arriba y sus fauces parecían sonreír, su pecho se inflaba y desinflaba, su cola de movía de lado a lado, estaba disfrutando. Al instante que volteo su rostro, alarmado porque me detuve, yo disparé a regresar a su entrepierna.

Desde ese instante, en el que supe que logré darle el placer que necesitaba para liberar sus impulsos, no me detuve. El hedor desapareció, el sabor era soportable, mi concentración estuvo en mover mi cabeza de adelante hacia atrás, en hacer bailar mi lengua alrededor del cilindro canino. Solo mi oído se distraía escuchando sus jadeos y el leve impacto que hacia su cola al azotar el suelo de felicidad.

Perdí percepción de cuanto duré mamando. En un momento, la base de su verga se hincho, pero preocupada por continuar lo ignore. Termino sin aviso, no hubo otro indicio, supe que finalizo por la explosión de líquido que impacto contra mi paladar y saboreo mi lengua.

Tanto fue el semen y tan fuerte fue el sabor que me incorpore, sentada en el suelo. Escupí, cayó desde mi mentón, en mi ropa, en el suelo. Sin poder procesar que acababa de suceder la áspera lengua de Titi me comenzó a lamer el rostro. Me encantaba que hiciera eso en general, eran «besos» y eso fue lo que me saco del shock.

Recibir su amor me distrajo lo suficiente, sino quizás hubiera vomitado en el momento. Cuando se distrajo en otra cosa y se alejó de mí, me puse de pie. Tenía que ducharme, me sentía sucia, las piernas me temblaban y tenía tan sensible mi vagina que el simple roce de mi ropa interior… me excitaba.

Eso no había sucedido, esa fue la mentira a mí misma que me forcé a creer. Transcurrí el resto del día como si todo fuera normal, recibí a mi esposo, cocine, incluso saque a pasear a Titi, quien se mostraba con la misma actitud de siempre.

Viví mi fantasía hasta el día siguiente, cuando volvimos a estar solos como dueña y mascota. Cerca de mi lugar de trabajo doméstico, impaciente lloriqueaba mientras se lengüeteaba su propia verga. Ese lloriqueo me rompía el alma. «Solo lo ayudare con mi mano» pensé, pero no fue suficiente, continuo con su sollozo.

Desde ese momento, cada día debía contener su apetito sexual a través de una felación. Nadie me obligaba, era yo quien cedía escondiéndome en un deber autoimpuesto. «Alguien debía complacerlo hasta que encontráramos alguna perra» me repetía a mí misma y le insistía a mi esposo a que buscara arduamente.

Mientras mamarlo en secreto me resultaba soportable, no lo deseaba, pero no rechazaba hacerlo. El primer bocado me producía asco y a la vez, como un caramelo agridulce, despertaba algo de disfrute en mi paladar. A los pocos días cedi a mi impulso y durante que sostenía con una mano su verga para facilitar mi labor oral, con mi otra mano masajeaba mi clítoris que latía tanto como mi corazón.

Aunque fuera placer y orgasmos lo que experimentara, la moral volvía a mi luego de saborear ese semen. La desesperación por lavar mis dientes, por cambiar mi ropa interior empapada de mis flujos. «Esto lo hago por su bien, nadie lo sabrá» fue mi consuelo, lo que calmaba mi conciencia.

Así estuve ese tiempo, batallando con mi moral, exigiendo resultados a mi esposo. Y cuando llego a casa anunciando que Titi había montado a una perra callejera, se me cayó una imaginaria mochila de la espalda. Durante la felación de agradecimiento a mi esposo no recordaba la última vez que habíamos intimado nosotros, me sentí brevemente culpable por lo que lo hice pasar por esconder mi secreto.

El día siguiente, una vez solos, Titi se recostó al lado de mi escritorio. Tranquilo, solemne, solo me estaba haciendo compañía. Era el primer día en mucho tiempo que no terminaba con mi dilema moral atormentándome. El segundo, el tercer, el cuarto día igual. Incluso llego el fin de semana, los momentos más problemáticos porque no lograba estar a solas con él, pero no exigió nada.

Durante esos días, en especial cuando estábamos solos, lo miraba con expectativa. Mis ojos recorrían su pelaje blanquinegro, sus patas largas, sus fauces. A veces pasaba minutos mirándolo, esperándolo, al final de esa semana alcanzando «¿decepción?». No sabía cómo describirlo.

Sin importar mis dilemas durante esos días de retorno a la normalidad, el primer lunes siguiente algo cambio. Estaba trabajando sentada, lucía un vestido corto y ligero solo por si debía responder una videollamada imprevista, él se presentó ante mí de nuevo con esa energía juguetona, tal cual como antes de su primer polvo. Entonces, una sonrisa se dibujó en mi rostro y, como si alguien me pudiera ver, la disimule. Con mis caricias lo quise amansar, así se recostaba boca arriba en el suelo y me facilitaba la felación, pero no actuó como acostumbraba.

Tuve que arrodillarme en el suelo mientras el continuaba en cuatro patas. Lo acaricie por su zona pélvica y su verga se mostró erguida, húmeda, ya dispuesta. Para mamarlo me agaché lo más que pude, los músculos de mis piernas y abdomen se esforzaban por mantener mi torso semi suspendido entre el suelo y su cuerpo. Estaba incomoda.

Al posar mis labios en su verga, contra toda posibilidad que previera, se apartó exaltado. Intente acercarme, pero no se quedaba quieto. Lo sujete de su miembro para controlarlo. Me saltaba para zafarse. Sus piernas delanteras me golpeaban hasta que me sentaron en el suelo, para luego tumbarme boca arriba.

Titi hizo unos pasos hacia mí y olfateo mi entrepierna, ya estaba empapada como de costumbre en estas situaciones. Me temblaron las piernas cuando bajo su hocico rastreando el olor de mis fluidos, pero con movimiento disimulados de mis manos arremangue mi vestido hasta mi cintura. En cuanto comenzó a chocar su nariz con la parte frontal de mi tanga me invadió una necesidad que hasta entonces no había conocido.

Intente mover mis piernas, facilitar la maniobra necesaria para bajar mi tanga, pero Titi era insistente con su hocico y casi no me dejaba mover. Solo cuando abrí mis piernas de par en par él se echó, ahora lamiendo por sobre la tela y empapando mi ropa interior. La sensación de su pesada lengua lamiendo por sobre mi tanga transformo esta nueva necesidad en desesperación, tomé uno de los breteles de mi tanga y lo forcé hasta romper su unión con la el frente de tela. Sustraje el pedazo de tela e hilo ahora inútil, molestando momentáneamente a Titi quien con fuerza retomo sus lamidas ahora directamente a mi piel vaginal.

La lengua se sintió electrizante, áspera, húmeda e incisiva. Cada lamida a mi clítoris se sentía como un empujón y una puntada de placer. El hurgaba como si degustara cada gota de mi humedad entremezclada con su saliva. Perdía control de mi cuerpo a la par que el placer subía desde mi pelvis. El cosquilleo me invadía el abdomen, me endurecía los pezones y me hacía salivar. Mi vista estaba clavada en el techo, los músculos de mi cara se tensaban y destensaban dibujando una sonrisa momentánea en mi rostro, mis oídos solo reconocían el sonido de los salvajes lengüetazos.

Las sensaciones que percibía eran asimilables a un orgasmo constante, no tenía la necesidad de sentir el impacto de un orgasmo común. El motivo de mi placer sin fin lo intentaba ocultar en mi inconsciente, toda sensación física se intensificaba con la inmoral realidad de que mi propio perro era mi compañero sexual. Por eso, cuando el detuvo su tarea oral reaccione decepcionada y con desesperación por que continue.

Titi se irguió en sus cuatro patas, avanzando hasta que mi vista dejo de ser el techo y fue directamente su pecho blanco con manchas negras. Me impulse con mis brazos para arrastrarme y dejar de estar debajo de él. Quería que siguiera, mi vagina palpitaba con un fuerte cosquilleo y deseaba que sugiera lengüeteando mi clítoris.

Resignada porque él no quería retomar su posición, tomé asiento en el sofá de la habitación, me recosté en el respaldo y abrí mis piernas de par en par. Lo llame amorosamente, golpeando mi vagina desnuda «Titi, Titi, ven». Él me miro y directamente vino hacia mí, pero no me comió como quería. Salto sobre mí, apoyando sus patas delanteras a mi costado a lo que yo reaccione apartándolo hacia el suelo. Nuevamente quise con pequeños y nerviosos golpes que me continuara lamiendo. Y, cuando se posiciono arriba mío otra vez, sentí como movió su pelvis para posicionar su verga cerca de mi vagina.

Al verla tan cerca de mi vagina se me hizo agua a la boca. Tantas veces la había tenido entre los labios de mi boca, pero nunca entre mis labios vaginales. Lo deseaba tanto como deseaba que me continuara lamiendo, y tanto como deseaba yo lamerlo a él. «¡No puedo ser penetrada por un perro!» grite al sentir la punta de ese palo rosado electrizar la entrada de mi parte intima. Él, cómo buen macho, no se inmuto. Por un segundo llegue a la realización de que esa perra callejera había despertado en mi mascota las ansias por la penetración.

Adelanto sus patas a los lados de mi cuerpo, sus movimientos pélvicos hacían que su verga rosara mi vagina. Quieta, abrasé su torso, sentí el pelaje corto típico de los dálmatas, la separación de sus costillas y, a la vez, sentí en mi vagina como su miembro al fin se abrió paso entre mis labios superiores. Aunque ese momento lo percibí en cámara lenta, el impulso animal de Titi hizo que impulsara su pelvis rápida y fuertemente.

Así me empezó a penetrar, toda su verga directamente dentro de mi cérvix. Su saliva y mis fluidos dieron la lubricación necesaria, la excitación y el morbo me dilataron para recibir toda su carne en mi interior. Cada empuje que hacía me llenaba de salvaje energía, clavaba mis uñas en su piel y él respondía con sus fuertes penetraciones.

Ahora si sentía los orgasmos de manera individual, uno tras el otro, intensos, los más fuertes de mi vida. Las piernas abiertas me temblaban, el abdomen se me entumecía por la posición y mi cuello se retorcía de lado a lado con cada explosión de placer. Quería que la penetración continue, era frenética e incontrolable. Cada vez que me empujaba sentía que me partía al medio, que buscaba incrustarse lo más profundo posible. Los orgasmos eran tan potentes que me hacían desear el siguiente, me generaban una adicción inmediata. Quería más y más.

El momento que se detuvo su fuerza de penetración fue tanta que empujaba todo mi cuerpo contra el respaldo del sofá. Ese fue el orgasmo más fuerte que tuve, porque al quedarse quieto dentro mío su semen inflo más mi interior. Se mantuvo así un buen rato, sin querer moverse mientras yo acariciaba su lomo con ambas manos y su semilla se escurría entre la conexión de la base de su verga y mis labios vaginales.

Intente contenerlo cuando comenzó a saltar para separarse de mí, deseaba seguir sintiéndolo dentro mío. A la decepción de que finalizara la penetración se sumó notar que esa bola que se formó en la base de su verga no llego a entrar en mi vagina. Mientras fijaba mi vista en su verga colgante, en su cuerpo canino, en mis piernas abiertas y mi vagina chorreando semen, la pantalla de la PC se ilumino.

Una videollamada entrante de un compañero de trabajo me devolvió a la realidad. Ahora la misma escena de la que era protagonista me parecía horrorosa. La desesperación y el remordimiento me hicieron tener un ataque de pánico, cerré y aprete mis piernas mientras sentía que me hiperventilaba. «¿Que hice? ¿Que soy?» me preguntaba y las posibles respuestas me volvían loca en el peor de los sentidos.

Tuve mi ataque durante varios minutos hasta que logré calmarme. Tenía los ojos hinchados de llorar con fuerza, las lágrimas me habían empapado el rostro y el semen naturalmente expulsado de mi interior había manchado el sofá.

Titi estaba sobre el sofá, apoyando su cabeza en mi pierna, acompañándome. Él era solo una mascota, no entendía las implicancias de lo que me había hecho. El no entendía que solo debía desear penetrar a hembras de su especie, como esa perra callejera que monto hace poco tiempo. Era un perro y yo una mujer, el solo deseaba desquitar sus ansias naturales y yo… también. Si lo hubiera disfrutado poco ya hubiera sido grave, pero lo disfrute con todo mi ser, lo que lo hacía peor. Acaricie su cabeza como esperando que no se sintiera culpable, aunque el reacciono como si nada hubiera sucedido.

Al tranquilizarme un poco me puse de pie. Levante mi tanga rota del suelo, envié un mail avisando a mi trabajo que me descompuse por lo que no pude contestar la llamada y fui a bañarme. Permanecí debajo del agua mucho tiempo, intentando no pensar y cuando salí ya mi esposo había regresado.

Mi esposo jugaba con Titi y al verme se acercó para darme un beso. Lo recibí en silencio, hasta que me pregunto por qué había una gran marca de humedad en nuestro sofá. Reaccione a la defensiva, con el mismo discurso con el que lo atosigue antes, cuando solo mi inmoral secreto involucraba mamadas. Improvise una respuesta en la que justificaba el desastre del sofá en el mal comportamiento de nuestra mascota y finalice exigiéndole que él volviera a la búsqueda de una perra para Titi.

No sé si eso era lo que quería o solo lo que debía querer. A Titi lo amaba con todo mi corazón, haría lo que sea por él, pero ahora era más difícil autoconvencerme que solo lo hacía por él. Había disfrutado tanto ser cogida por mi perro, eso no fueron solo mamadas que el podía disfrutar y saciar sus necesidades, era algo más. No podía hacerlo algo rutinario, no podía volverme una enferma de este estilo.

Lastimosamente mi esposo tuvo que soportar mis demandas de que le consiguiera una compañera de apareamiento apropiada, pero no podía dar ninguna posibilidad a que el sospechara la triste realidad. Mientras lo veía limpiar la mancha de humedad, asumiendo una responsabilidad que no le correspondía, solo pensaba en que sucedería si no volvía a encontrar una candidata canina para que nuestro perro saciara sus deseos sexuales.

 

1535 Lecturas/2 enero, 2026/0 Comentarios/por dorema
Etiquetas: compañera, compañero, esposo, oral, orgasmo, semen, vagina, verga
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