Blackout London Capítulo Uno: La Llegada (Cuando la ciudad se apaga)
Frank Tagliano es reubicado en Londres tras un incidente diplomático en Noruega. Cree que será una ciudad “grande pero manejable”. Pronto descubre que en Londres nadie presume el poder: se ejerce desde clubes privados, callejones financieros y favores silenciosos..
Aquí no hay “familias” visibles. Hay redes.
Londres no recibe a nadie.
Frank Tagliano lo supo antes de que el avión tocara tierra, cuando la ciudad apareció bajo las nubes como una constelación cansada, amarilla y gris, extendiéndose sin centro ni promesa. Nueva York imponía presencia. Oslo ofrecía silencio. Londres, en cambio, parecía esperar.
Esperar a que uno cometiera un error.
En el aeropuerto Frank caminó con su abrigo demasiado caro para el lugar y su paso aprendido en otras ciudades donde el respeto se arrancaba del suelo a fuerza de botas.
Eleanor Finch estaba sentada en el piso superior del aeropuerto, cerca de un ventanal. Su rostro, con sus grandes ojos verdes y su piel clara y suave, reflejaba una mezcla de curiosidad y concentración. A sus trece años, Eleanor había desarrollado una fascinación particular por el aeropuerto. Le gustaba observar a las personas que llegaban, imaginando sus historias y escribiendo sobre ellas. Era un pasatiempo que la ayudaba a escapar de la rutina y a ejercitar su creatividad. Ese día, había decidido pasar unas horas en el aeropuerto, aprovechando que sus padres estaban ocupados y le permitieron ir sola, confiando en su madurez y responsabilidad.
Mientras observaba a los viajeros, Eleanor, sin darse cuenta, apretó su mano contra su vagina. Sentía una extraña y morbosa adicción a mirar a los hombres, especialmente a aquellos que parecían fuertes y misteriosos. No entendía por qué, pero cada vez que sus ojos se posaban en uno de ellos, sentía una sensación inexplicable en su interior, una especie de anticipación que no podía explicar. Para sí misma, se decía que debía ser la sensación de tener sexo con aquel que observaba, aunque era una idea que apenas comenzaba a formarse en su mente virgen y curiosa. Esta nueva conciencia de su sexualidad la intrigaba y la confundía al mismo tiempo, pero no podía evitar sentirse atraída por la idea de explorar más allá de su inocencia.
Vio a Frank incluso antes de que él se sintiera observado.
Frank tomó un taxi negro.
—Bonita ciudad —dijo, por costumbre.
El conductor sonrió apenas, sin humor.
—Depende de la hora.
Esa respuesta quedó flotando entre ellos.
Eleanor bajó del aeropuerto una hora más tarde. El frío le mordió las manos, pero no se quejó. Caminó hacia el metro pensando en el hombre del abrigo caro.
El apartamento asignado a Frank estaba en el East End, limpio hasta lo ofensivo. Muebles funcionales. Colores neutros. Un lugar diseñado para desaparecer dentro de él. Frank dejó la maleta en el suelo y recorrió el espacio como un general inspeccionando un territorio que no quería.
Se asomó a la ventana. La calle estaba viva sin parecerlo. Gente entrando y saliendo de bares sin letreros, luces bajas.
—¿Así que esta es la noche londinense? —murmuró.
Eleanor llegó a su casa, cerca de su colegio. Al entrar sus padres discutían en voz baja sobre algo que no parecía una discusión. Sin perder el control.
Ella sonrió y los saludó.
Frank salió a caminar después de medianoche. Menos gente.
Se detuvo frente a un club sin nombre. La puerta se abrió brevemente. Un hombre entró. Otro salió. Nada más.
Frank sonrió.
—Bien —dijo en voz baja
Eleanor no había podido conciliar el sueño. Pensó otra vez en el hombre del aeropuerto, ahora imaginándolo caminar por las calles.
Frank no entró al club.
Todavía no.
Permaneció en la acera, fingiendo revisar su teléfono.
Un automóvil oscuro se detuvo unos metros más adelante. No era ostentoso. Justamente por eso llamó la atención. El chofer bajó primero, abrió la puerta trasera y esperó sin mirar alrededor. Un hombre descendió del vehículo. Alto, delgado, con un abrigo sobrio y un gesto tranquilo.
No miró el club.
La puerta se abrió sin que nadie tocara.
—Interesante… —murmuró.
A unas calles de allí, Eleanor estaba sentada en el borde de su cama, la libreta abierta sobre las rodillas. No escribía. Dibujaba. Seguía pensando en el hombre del abrigo caro, pero ahora su imagen se mezclaba con otra escena, ocurrida semanas atrás, una que no había logrado acomodar en palabras.
Había sido de noche también.
Su madre la había llevado a una cena benéfica en un edificio antiguo, uno de esos lugares donde los pasillos parecían más importantes que las salas. Eleanor se había aburrido rápido y se había apartado, fingiendo interés por un cuadro. Desde allí había visto llegar a un hombre distinto a los demás. No levantó la voz. No saludó a todos. Solo a algunos. Pero cada gesto suyo producía un movimiento inmediato, casi imperceptible, como si la habitación respirara al ritmo que él marcaba.
Ahora, esa sensación regresaba sin aviso.
Cerró la libreta.
Frank permaneció unos segundos más frente al club sin nombre. No entró. No se fue.
Fue entonces cuando alguien se detuvo a su lado.
No escuchó pasos. No oyó saludo alguno. Solo percibió la presencia, como un cambio leve en la temperatura del aire. Un hombre joven, le extendió un sobre color marfil sin mirarlo directamente.
—Para usted —dijo, en voz baja, como si la frase no le perteneciera.
Frank tomó el sobre. Pesaba menos de lo que esperaba. No llevaba sello ni remitente. Solo su nombre, escrito con una caligrafía elegante, impersonal, segura de no necesitar explicación.
—¿Quién lo envía? —preguntó Frank.
El hombre ya se estaba alejando.
La puerta del club se abrió y se cerró una vez más.
Frank abrió el sobre ahí mismo, bajo la luz cansada de una farola. Dentro encontró una tarjeta sin logotipo.
Una dirección.
Una hora.
Nada más.
—Así que ya me vieron —murmuró.
Guardó la tarjeta en el bolsillo interior del abrigo y dio un último vistazo al club sin nombre. No sabía quién había enviado la invitación.
Días después la dirección lo llevó al borde del mismo barrio. Calles limpias, árboles alineados, silencio escolar incluso a esa hora temprana de la tarde. Frank estacionó frente a una bodega baja, de ladrillo viejo, sin rótulos ni vigilancia visible. No parecía un lugar de encuentros importantes.
Eso, por supuesto, era lo que la hacía perfecta.
Al otro lado de la calle se alzaba un colegio. Rejas negras. Un patio amplio. Ventanas altas. El sonido distante de voces infantiles escapaba como un recordatorio fuera de lugar. Frank miró el edificio unos segundos más de lo necesario.
—Buen vecindario —dijo para sí—. Nadie imagina nada aquí.
Entró.
La bodega estaba ordenada con una pulcritud casi quirúrgica. No había cajas apiladas al azar ni olor a humedad. Todo estaba dispuesto para no llamar la atención.
El hombre de la noche aquella estaba allí.
De pie. El mismo gesto tranquilo. La misma forma de ocupar el centro sin reclamarlo. Ahora, bajo la luz blanca del lugar, su rostro se revelaba con más claridad: líneas finas, mirada despierta, una edad difícil de precisar. Podía ser cincuenta o sesenta.
—Sabía que vendría —dijo el hombre, con una voz suave, educada—. Los hombres como usted siempre vienen.
Frank no fingió sorpresa. No era su estilo.
—Y los hombres como usted —respondió— no envían invitaciones para charlar del clima.
El otro sonrió apenas.
—Malcolm —dijo, extendiendo la mano—. Malcolm Crowe.
Frank estrechó la mano con firmeza medida.
—Frank —contestó—. Solo Frank.
—Lo sé —dijo Malcolm sin dudar—. Sé quién es usted, de dónde viene… y por qué ya no está allí.
No fue una amenaza. Tampoco una acusación. Fue una constatación.
Frank ladeó la cabeza.
—Mi rostro no pasa desapercibido —dijo
—Yo no miro demasiado —replicó Malcolm—. Miro lo suficiente.
Hubo un silencio breve, cómodo. De esos que solo existen entre personas acostumbradas a mandar.
Malcolm señaló una mesa sencilla en el centro de la bodega. Dos sillas. Ningún arma visible. Ningún gesto de protección.
—Londres es una ciudad complicada —continuó—. Los errores se pagan caro. Y los extranjeros… —hizo una pausa mínima— suelen cometerlos primero.
Frank sonrió, esta vez de verdad.
—No soy turista.
—No —admitió Malcolm—. Pero tampoco es invisible. Y eso, en esta ciudad, puede ser una desventaja… o una oportunidad.
Frank se sentó.
—Hablemos del negocio —dijo
Malcolm siguió su mirada hacia las ventanas altas del colegio.
—Elegí este lugar precisamente por eso —dijo—. Nadie imagina que algo incorrecto ocurra junto a un colegio. Nos hace… respetables.
Malcolm, entre muchos de sus negocios, se dedicaba a la trata de blancas, con una preferencia marcada por las más jóvenes. Las prostituía en el extranjero o en la misma ciudad, dependiendo del «producto» y de quien pagara. Malcolm necesitaba a un hombre como Frank, alguien con su reputación y habilidades, para ser el recolector de nuevas víctimas.
—Frank, te conozco —comenzó Malcolm, su voz suave pero firme—. Sé de tu pasado, de tu reputación. Eres justo el tipo de hombre que necesito.
Frank asintió, comprendiendo el subtexto. —Y qué es exactamente lo que necesitas de mí?
Malcolm se recostó en su silla, entrelazando los dedos. —Necesito alguien que sepa moverse, y que no tenga miedo. Tengo los contactos y necesito un hombre que pueda traerme… mercancía fresca.
Frank sonrió, una sonrisa fría y calculadora. —Mercancía fresca. Entiendo.
—Exactamente —respondió Malcolm, una nota de satisfacción en su voz—. Y no me refiero solo a chicas. A veces, los chicos jóvenes también tienen su mercado. Lo importante es que sean jóvenes, inocentes. Los clientes pagan bien por la inocencia.
Frank se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. —Y qué tan joven estamos hablando?
Malcolm se encogió de hombros. —Lo más joven posible. Cuanto más inocente, mejor. Los clientes están dispuestos a pagar cifras obscenas por vírgenes, por ejemplo. Y no solo vírgenes; también niños y niñas que aún no han sido… corrompidos, por así decirlo.
Frank asintió, procesando la información. —Y dónde entro yo en esto?
—Quiero que seas mi recolector —dijo Malcolm, su voz llena de intención—. Viajarás por la ciudad, identificarás a las presas potenciales, y las traerás a mí. Tengo lugares seguros donde pueden ser… preparadas para el mercado.
Frank se recostó en su silla, una decisión tomada. —Estoy dentro. Pero con mis condiciones. Quiero un porcentaje alto de las ganancias, y libertad para operar.
Malcolm asintió, sin vacilar. —Trato hecho. Eres un hombre de negocios, Frank. Me gusta eso. Ahora, hablemos de los detalles. Primero, necesitarás un lugar seguro donde puedes traer a tus… adquisiciones. Tengo un par de casas seguras en el West End que puedes usar. Están equipadas con todo lo necesario para mantener a las mercancías en buen estado hasta que sean vendidas.
Frank asintió, tomando nota mental. —Y en cuanto a la logística? ¿Cómo se manejan las entregas?
—Depende del cliente —explicó Malcolm—. Algunos prefieren que les entreguemos la mercancía en persona, otros prefieren recogerla. Tengo una red de conductores de confianza que se encargan de eso. Tu trabajo es traerlas, y nosotros nos encargamos del resto.
Frank se puso de pie, extendiendo la mano. —Entonces, parece que tenemos un acuerdo. Pero quiero ver las instalaciones primero. Asegurarme de que todo esté en orden.
Malcolm también se levantó, estrechando la mano de Frank con firmeza. —Por supuesto. Mañana te enviaré la dirección de una de las casas seguras. Puedes inspeccionarla a tu gusto. Y Frank… bienvenido a Londres. Espero que encuentres todo lo que buscas aquí.
Mientras Frank salía de la bodega, su mente ya estaba trabajando, planeando su próximo movimiento. Sabía que este trabajo sería peligroso, pero también lucrativo. Y en una ciudad como Londres, donde el poder se ejercía en las sombras, Frank Tagliano estaba listo para sumergirse en la oscuridad y salir victorioso.
Frank había encontrado la casa segura en el East End, a poca distancia de su propio apartamento. La ubicación era estratégica, lo suficientemente cerca de escuelas y parques como para que sus observaciones fueran discretas y frecuentes. Malcolm le había pedido un grupo inicial de cinco, y Frank estaba decidido a cumplir con su parte del trato.
La Primera Víctima: Lily
Lily, de solo 12 años, era una niña que solía pasear sola por el parque cercano a su casa. Frank la había observado durante días, notando sus rutinas y la ausencia de supervisión adulta. Un día, mientras Lily caminaba por un sendero solitario, Frank se acercó a ella con una sonrisa amable. —Hola, Lily —dijo, sabiendo su nombre por las conversaciones que había escuchado—. ¿Te gustaría ver algo realmente especial?
Lily, curiosa y confiada, lo siguió hasta un callejón cercano. Frank le mostró un pequeño juguete, algo que cualquier niña de su edad encontraría irresistible. Cuando Lily extendió la mano para tomar el juguete, Frank la agarró con fuerza y la arrastró a la casa segura. Lily lloró y luchó, pero Frank era demasiado fuerte. La encerró en una habitación oscura, asegurándose de que no pudiera escapar.
La Segunda Víctima: Jamie
Jamie, un niño de 13 años, era conocido por su amor por el fútbol. Frank lo había visto jugar en el parque casi todas las tardes. Un día, mientras Jamie estaba solo en el campo, Frank se acercó a él, fingiendo ser un ojeador de talento. —Hola, Jamie —dijo Frank, con una voz que transmitía autoridad y confianza—. He estado observándote. Tienes mucho potencial. ¿Te gustaría una oportunidad para probarte con un equipo importante?
Jamie, con los ojos brillantes de emoción, aceptó sin dudar. Frank lo llevó a la casa segura, donde lo encerró en otra habitación. Jamie gritó y golpeó la puerta, pero Frank simplemente sonrió, sabiendo que pronto se cansaría.
La Tercera Víctima: Sophia
Sophia, de 14 años, era una chica que solía caminar sola a casa desde la escuela. Frank la había seguido varias veces, notando su independencia y la falta de compañía. Un día, mientras Sophia caminaba por una calle tranquila, Frank se detuvo a su lado en su coche. —Hola, Sophia —dijo, con una voz suave y calmada—. Soy amigo de tu madre. Me pidió que te llevara a casa porque tenía una emergencia.
Sophia, sin sospechar nada, entró en el coche. Frank condujo directamente a la casa segura, donde la encerró en una habitación. Sophia lloró y suplicó, pero Frank se limitó a cerrar la puerta, dejando que el sonido de sus sollozos se desvaneciera en el silencio.
La Cuarta Víctima: Alex
Alex, de 15 años, era un chico que solía pasar el rato en el centro comercial cercano. Frank lo había observado durante semanas, notando su tendencia a alejarse de sus amigos y explorar solo. Un día, mientras Alex estaba en una tienda de videojuegos, Frank se acercó a él. —Hola, Alex —dijo Frank, con una sonrisa amistosa—. Soy el nuevo gerente. Estamos buscando a alguien para probar un nuevo juego. ¿Te gustaría participar?
Alex, entusiasmado, aceptó la oferta. Frank lo llevó a una habitación trasera, donde lo encerró. Alex gritó y trató de escapar, pero Frank lo sujetó con fuerza, asegurándose de que no pudiera causar problemas.
La Quinta Víctima: Eleanor
Unos días después, Eleanor estaba sentada en un banco del parque, con la libreta abierta sobre las rodillas. No escribía. Subrayaba.
Escuchó los pasos antes de ver al hombre.
No se sobresaltó.
Cuando alzó la vista, lo reconoció de inmediato: el del abrigo caro. No necesitó hacer mucha memoria.
—Usted —dijo, sin sorpresa—. Ya lo había visto antes.
Frank se detuvo. No sonrió de inmediato.
—Así que no soy invisible —respondió.
Frank se sentó en el extremo opuesto del banco, dejando el espacio justo para no parecer invasivo.
—Escribes —dijo, señalando la libreta.
Eleanor la cerró con cuidado, pero no a la defensiva.
—Observo —corrigió—. A veces escribo después.
Frank asintió. Le gustaban las personas que precisaban las palabras.
—No vengo a molestarte —dijo.
Eleanor lo sostuvo con la mirada. No había miedo en ella.
Frank rió suavemente, sin burlarse.
—Tengo un amigo que lee cosas —dijo Frank—. Publica a veces.
—Pero no por eso me acerqué.
Eleanor inclinó la cabeza, evaluándolo.
—Entonces ¿por qué? —preguntó.
Frank no respondió enseguida. Miró alrededor más por costumbre que por cálculo: gente pasando, un carrito de helados, un hombre hablando solo con el auricular puesto. Nada fuera de lugar.
—Porque te vi mirarme —dijo al fin
Eleanor frunció apenas el ceño.
—Miro a todo el mundo —respondió
Eso lo hizo sonreír.
—Puede ser.
Eleanor dudó un segundo y luego abrió la libreta, sin ofrecérsela. Solo la dejó visible.
—No escribo historias —dijo—. Apunto cosas.
—Situacionesde la gente que veo
Frank inclinó un poco la cabeza para mirar, sin invadir.
—¿Siempre haces eso aquí?
—Después del colegio, a veces.
Frank asintió. No preguntó más. —Hay un café ahí —dijo, señalando con la barbilla—. Siempre está lleno. —Si quieres, nos sentamos un momento. —Si no, me voy.
Eleanor lo evaluó con más atención ahora. El tono no era insistente. Tampoco amable. —Diez minutos —dijo—. Tengo que volver a casa. —Bien.
Caminaron hasta el café con dos pasos de distancia entre ellos. Dentro, el lugar estaba ruidoso, con mesas ocupadas y gente esperando de pie. Se sentaron donde encontraron. Eleanor leyó algo corto, sin énfasis, como si estuviera repasando una lista. Frank escuchó, apoyado contra el respaldo, sin interrumpirla.
Mientras Eleanor leía, Frank no podía evitar notar la forma en que su atención se desviaba constantemente hacia su entrepierna. Se agitaba en su asiento, ajustando su postura de manera casi imperceptible, pero lo suficiente para que Eleanor, con su aguda observación, notara el bulto que se formaba bajo sus pantalones. Frank se dio cuenta de que ella lo había notado y, con una sonrisa sutil, decidió no disimular. Sus ojos se encontraron brevemente, y en ese momento, Eleanor sintió una mezcla de curiosidad y desconcierto. La forma perfecta del bulto bajo sus pantalones era algo que no podía ignorar, y una parte de ella, a pesar de su inocencia, se sentía intrigada por lo que eso podría significar.
Frank, al ver su reacción, se inclinó ligeramente hacia adelante, acercándose lo suficiente para que ella pudiera sentir su aliento en su oído. —Está bien escrito —dijo cuando terminó, su voz baja y casi íntima. —Se entiende. —No es para mostrar —respondió ella, cerrando su libreta con un gesto firme. —Solo… lo hago. —Eso se nota.
No hubo más. Pagaron cada uno lo suyo cuando el camarero pasó. Afuera, Eleanor miró la hora en el teléfono, su mente aún procesando la extraña interacción y la evidente excitación de Frank.
Frank y Eleanor caminaron de regreso al parque en un silencio cómodo, pero tenso. Frank sabía que tenía que actuar rápido; Eleanor era más astuta de lo que parecía, y no quería arriesgarse a que sospechara. Mientras se acercaban al callejón oscuro que Frank había elegido para su captura, sintió una mezcla de anticipación y curiosidad. Eleanor era diferente; había algo en ella que lo intrigaba, una chispa de inteligencia y observación que no había encontrado en las otras víctimas.
—Eleanor —dijo Frank, deteniéndose justo en la entrada del callejón—, hay algo que quiero mostrarte. Es un lugar especial, un lugar donde puedo enseñarte más sobre la escritura y la observación.
Eleanor lo miró con una mezcla de curiosidad y desconfianza. —¿Un lugar especial? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Frank asintió, extendiendo la mano. —Confía en mí. Te prometo que no te arrepentirás.
Eleanor dudó por un momento, pero la promesa de aprender más sobre la escritura y la observación era tentadora. Tomó la mano de Frank y lo siguió al callejón. Frank la guió con firmeza pero sin brusquedad, su otra mano descansando suavemente en su hombro, como si estuviera protegiéndola.
El callejón estaba oscuro y estrecho, con solo un débil rayo de luz filtrándose desde la calle principal. Frank se detuvo en un punto específico, donde sabía que la luz no alcanzaría. Con un movimiento rápido y fluido, Frank sacó un paño de su bolsillo y lo presionó contra la nariz y la boca de Eleanor, inmovilizándola con un brazo alrededor de su cintura. Eleanor se resistió por un momento, pero el cloroformo actuó rápidamente, y pronto se desplomó en sus brazos, inconsciente.
Frank la levantó con facilidad, llevándola a la casa segura. Al entrar, fue recibido por Malcolm, quien lo miró con una mezcla de aprobación y curiosidad. —¿La quinta? —preguntó Malcolm, su voz baja y controlada.
Frank asintió, una sonrisa satisfecha en su rostro. —Sí, es Eleanor. La última de las cinco.
Malcolm asintió, dándole una palmada en el hombro. —Excelente trabajo, Frank. Ahora, llevemosla a su habitación. Tengo planes especiales para ella.
Frank llevó a Eleanor a una habitación en el segundo piso, una que estaba decorada con más cuidado que las otras. La colocó suavemente en la cama, asegurándose de que estuviera cómoda. Mientras lo hacía, sintió una extraña sensación de protección hacia ella, algo que no había experimentado con las otras víctimas.
Malcolm entró en la habitación, observando a Eleanor con una mirada calculadora. —Es una belleza, ¿verdad? —comentó, su voz llena de apreciación—. Y tan joven. Los clientes pagarán una fortuna por ella.
Frank asintió, pero no pudo evitar sentir una punzada de inquietud. Sabía que Eleanor estaba a punto de entrar en un mundo oscuro y peligroso, y una parte de él quería protegerla, aunque fuera en vano.
Mientras Frank se preparaba para dejar la habitación, Malcolm lo detuvo. —Ah, y Frank, una cosa más. Los otros cuatro ya han sido… preparados. Están listos para ser entregados.
Frank asintió, sintiendo una mezcla de orgullo y tristeza. Sabía que había hecho un buen trabajo, pero también sabía que había cruzado una línea de la que no podría regresar. Con un último vistazo a Eleanor, quien yacía inconsciente en la cama, Frank salió de la habitación, listo para enfrentar lo que viniera a continuación.
En la Casa Segura
Las otras cuatro víctimas, Lily, Jamie, Sophia y Alex, habían estado en la casa segura durante varios días. Habían sido sometidas a un «entrenamiento» riguroso bajo la supervisión de Malcolm, quien les había enseñado cómo comportarse, cómo complacer a sus futuros clientes, y cómo sobrevivir en su nuevo mundo
Lily, la más joven, había sido desvirgada por un cliente que había pagado una suma exorbitante por el honor. Jamie, el chico del fútbol, había sido forzado a realizar actos sexuales con múltiples hombres en una sola noche. Sophia, la chica independiente, había sido vendida a un burdel de lujo, donde sería ofrecida a los clientes más ricos y poderosos (la única cuya suma la compró permanentemente). Alex, el amante de los videojuegos, había sido obligado a participar en orgías y fiestas privadas, donde su juventud y belleza eran los principales atractivos.
Mientras Eleanor yacía inconsciente en su habitación, las otras víctimas se preparaban para ser entregadas a sus nuevos dueños. Malcolm había organizado todo con precisión militar, asegurándose de que cada una de ellas estuviera en perfectas condiciones para maximizar su valor en el mercado.
Frank, mientras tanto, se encontraba en una encrucijada. Sabía que había hecho lo correcto al capturar a Eleanor, pero también sentía una responsabilidad hacia ella, una necesidad de protegerla que no podía ignorar.
Más tarde, Frank se encontraba en su apartamento, incapaz de sacarse a Eleanor de la cabeza. La imagen de su cuerpo inocente y joven lo perseguía, y sentía una urgencia creciente por poseerla, por hacerla suya completamente. Sabía que Malcolm tenía planes especiales para ella, pero también sabía que, como recolector, tenía ciertos privilegios. Decidió que era el momento de ejercerlos.
Se dirigió a la casa segura con una determinación feroz. Al llegar, encontró a Malcolm en el salón principal, revisando algunos documentos. —Malcolm —dijo Frank, su voz firme y decidida—, quiero a Eleanor. Quiero ser el primero.
Malcolm levantó la vista, una ceja levantada. —Frank, sabes que tengo planes para ella. Un cliente muy especial está dispuesto a pagar una suma obscena por su inocencia.
Frank asintió, pero no se amedrentó. —Lo sé, y respeto eso. Pero como recolector, tengo ciertos derechos. Y quiero ejercer el mío con Eleanor.
Malcolm lo estudió por un momento, luego sonrió. —Muy bien, Frank. Eres un hombre de negocios, y respeto eso. Pero hay una condición: quiero ver cómo lo haces. Quiero asegurarme de que esté en las mejores condiciones para mi cliente.
Frank asintió, aceptando la condición. —Por supuesto. Pero quiero hacerlo a mi manera, en privado.
Malcolm se encogió de hombros. —Como quieras. La habitación de Eleanor está lista. Asegúrate de no dejar marcas visibles.
Frank subió las escaleras con el corazón latiendo fuerte en su pecho. Al entrar en la habitación de Eleanor, la encontró despierta, sentada en la cama con una mezcla de miedo y curiosidad en sus ojos. Frank se acercó a ella, su presencia imponente pero no amenazante.
—Eleanor —dijo, su voz suave pero firme—, voy a ser honesto contigo. Soy el hombre que te trajo aquí, y ahora, quiero ser el primero en tenerte. Pero no te preocupes, seré gentil. Te enseñaré lo que es el placer, y luego, cuando estés lista, te entregaré a Malcolm para que haga lo que quiera contigo.
Eleanor lo miró, sus ojos llenos de preguntas, pero también de una extraña calma. —¿Por qué yo? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Frank se encogió de hombros. —Hay algo en ti, Eleanor. Una inteligencia, una curiosidad. Quiero explorarla, quiero ver hasta dónde puedo llevarte.
Con eso, Frank comenzó a desvestirse, sus movimientos lentos y deliberados, dándole a Eleanor tiempo para procesar lo que estaba a punto de suceder. Se acercó a la cama, su cuerpo desnudo y listo, y se inclinó sobre ella, besándola suavemente al principio, luego con más intensidad. Sus labios se movieron sobre los de ella, explorando, saboreando, mientras sus manos recorrían su cuerpo con una mezcla de gentileza y posesión. Eleanor, aún aturdida y confundida, intentó resistirse, pero Frank la sujetó con firmeza, su cuerpo presionando contra el de ella, dejándola sin escape.
Frank levantó la cabeza, sus ojos oscuros fijos en los de Eleanor, una sonrisa siniestra curvando sus labios. —Shh, pequeña, no luches —murmuró, su voz baja y seductora—. Esto es solo el comienzo. Vamos a explorar cada centímetro de ti, a descubrir todos tus secretos. Y cuando termine, Malcolm te mostrará lo que realmente significa ser una puta.
Eleanor lo miró con una mezcla de miedo y odio, pero Frank simplemente rió, un sonido frío y cruel. —Oh, no te preocupes —continuó, sus manos moviéndose para desabrochar su blusa, exponiendo su piel suave y pálida—. Te enseñaré a disfrutar de esto. Te enseñaré a ser una buena puta, una que sabe cómo complacer a sus amos. Y Malcolm, bueno, él tiene planes especiales para ti. Planes que involucran a muchos hombres, todos deseosos de probar a la nueva mercancía.
Mientras hablaba, Frank se movió para posicionarse entre sus piernas, su erección presionando contra ella. Eleanor intentó cerrar las piernas, pero Frank las separó con una fuerza implacable. —Relájate, pequeña —susurró, su aliento caliente en su oído—. Esto va a doler, pero te prometo que con el tiempo, aprenderás a amarlo. Todos lo hacen.
Con un movimiento rápido y brutal, Frank la penetró, ignorando sus gritos de dolor. Se movió dentro de ella con embestidas duras y profundas, cada una más brutal que la anterior. Eleanor lloró, sus lágrimas cayendo por sus mejillas mientras Frank continuaba su asalto, su cuerpo moviéndose con una intensidad frenética.
Malcolm, observando desde la puerta, asintió con aprobación, una sonrisa siniestra en su rostro. —Buen trabajo, Frank —dijo, su voz suave pero firme—. Asegúrate de no dañarla mucho.
Frank asintió, sin detener sus movimientos, su respiración cada vez más pesada. —Estará bien —gruñó, sus manos agarrando las caderas de Eleanor con una fuerza casi dolorosa—. La convertiré en la puta perfecta.
Finalmente, con un gruñido final, Frank alcanzó su clímax, su cuerpo temblando con la intensidad de su liberación. Se desplomó sobre Eleanor, su peso aplastándola contra el colchón, antes de rodar a un lado, respirando con dificultad.
Eleanor yacía inmóvil, su cuerpo dolorido y su mente en shock. Frank se levantó de la cama, su cuerpo aún desnudo, y se acercó a Malcolm, una sonrisa de satisfacción en su rostro. —Ya está hecho —dijo, su voz llena de orgullo—. Ahora es toda tuya.
Malcolm asintió, su mirada fija en Eleanor, quien yacía en la cama, su cuerpo magullado y su espíritu roto. —Excelente —dijo, su voz llena de aprobación—. Mañana será un gran día para ambos. Y para ti, pequeña Eleanor, será el comienzo de una nueva vida. Una vida de placer y sumisión. Bienvenida a tu nuevo mundo.


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