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Dominación Mujeres

Cicatrices del Deseo

El agua de la piscina reflejaba las luces cálidas de la cabaña. Estaban solos, lejos de todo, y se suponía que esa velada romántica era para arreglar lo que entre ellos llevaba meses roto. Él sonreía, hablaba de tonterías, intentaba que todo se sintiera normal. .

Ella asentía, pero no lograba relajarse.

Tenía 17 años y siempre había sido así: callada, sintiéndose fuera de lugar incluso cuando estaba con la persona que decía amarla.

Este relato está basado en hechos reales.

Valeria estaba sentada al borde de la piscina, con las manos apoyadas detrás del cuerpo y solo los pies metidos en el agua. El frío le subía lentamente por las piernas, pero no se movía. Miraba la superficie ondularse con cada pequeño movimiento.

—¿Estás bien? —preguntó Andrés, desde dentro de la piscina.

Ella asintió sin mirarlo. No quería explicar lo que sentía porque ni ella misma lo entendía del todo.

Andrés apoyó los brazos en el borde y sonrió, esa sonrisa que tantas veces había usado para tranquilizarla.

—Ya se acabó el whiskey —dijo, intentando sonar ligero—. Voy por otra botella, ¿sí? Para que te relajes un poco.

Valeria levantó la vista. Dudó un segundo.

—No te demores —dijo al final.

Él rió suavemente y salió de la piscina. Caminó descalzo hacia la cabaña, dejando un rastro de huellas mojadas sobre la madera. Antes de entrar, se giró y le guiñó un ojo. Luego cerró la puerta.

Valeria volvió a mirar el agua.

Al principio no pensó en nada. Contó mentalmente los segundos. Escuchó el sonido lejano del bosque, algún insecto, el crujido ocasional de la madera. Todo parecía normal.

Pasó un minuto. Luego otro.

Frunció el ceño. Andrés no era lento. La botella debía estar en la cocina, apenas a unos pasos de la entrada. Se inclinó un poco hacia adelante, esperando escuchar la puerta abrirse de nuevo.

Nada.

Valeria sacó los pies de la piscina y los abrazó contra su pecho. Sintió un escalofrío que no tenía que ver con el frío.

—¿Andrés? —llamó, sin levantar mucho la voz.

No hubo respuesta.

Se levantó despacio. Caminó unos pasos.

—Deja de exagerar —se dijo en voz baja—. Solo está buscando la botella.

Pero algo no encajaba.

Valeria dio un paso más hacia la cabaña, sintiendo cómo el corazón empezaba a latirle más rápido. No sabía por qué, pero una idea comenzó a formarse lentamente en su cabeza, insistente y difícil de apartar:

Valeria, sin poder contenerse, se acercó nuevamente a la ventana, pegando su cuerpo contra el cristal. Sus pechos, aún húmedos, se aplastaron contra la superficie fría, haciendo que contuviera la respiración. Con una mano temblorosa, se sujetó del marco de la ventana, sintiendo cómo sus dedos resbalaban ligeramente por el sudor y la humedad.

Su vista se clavó en el corredor central, ese pasillo que parecía extenderse como una garganta oscura y sinuosa. Al principio, solo distinguía sombras y reflejos, pero con cada parpadeo, la figura se volvía más nítida. Era una forma humana, pero inmóvil, como una estatua en medio de la penumbra. Valeria sintió un nudo en la garganta, una mezcla de miedo y curiosidad que la paralizaba.

—Andrés… —susurró, su voz apenas audible, más un deseo que una pregunta. No hubo respuesta, solo el eco de su propia voz en la noche.

Valeria dio un paso atrás, luego otro, sintiendo cómo la madera bajo sus pies parecía vibrar con cada movimiento. La piscina, antes un lugar de tranquilidad, ahora era un testigo silencioso de su pánico. El agua reflejaba las luces cálidas de la cabaña, pero ya no había nada cálido en esa escena. Todo parecía distorsionado, como si el mundo entero estuviera inclinado hacia un abismo de incertidumbre.

Se dio cuenta de que estaba temblando, no solo por el frío, sino por la tensión que recorría cada fibra de su ser. Valeria, se obligó a dar un paso nuevamente hacia la cabaña. Cada movimiento era un acto de valentía, una lucha contra el miedo que la atenazaba. La puerta, antes una entrada a un refugio, ahora era una barrera entre ella y la verdad.

Con la mano en el picaporte, sintió una corriente eléctrica recorrer su cuerpo. La puerta se abrió con un crujido, revelando el interior oscuro y misterioso. Valeria, con el corazón latiendo desenfrenadamente, entró, sus pasos resonando en el silencio.

El pasillo, ahora frente a ella, parecía más largo y opresivo. Avanzó lentamente, cada paso un esfuerzo titánico. Observó una figura, que primero le pareció una sombra, pero que cada vez se hacía más definida. Valeria, con los ojos muy abiertos, distinguió los contornos de un cuerpo masculino.

Se acercó, su respiración entrecortada, sus manos temblorosas. Cuando estuvo a unos pasos, se dio cuenta de que la figura no era Andrés. Era un hombre, pero no el que ella conocía.

Valeria, con el corazón a punto de explotar, dio un paso más. La figura, al sentir su presencia, se movió ligeramente, revelando un torso desnudo y marcado por cicatrices. Eran cicatrices de cortes, algunas recientes, otras no tanto.

El hombre, con una voz ronca y profunda, habló: —No deberías estar aquí, Valeria.

Ella, sin poder moverse, susurró: —¿Quién eres?

El hombre, con una sonrisa siniestra, respondió: —Soy un hombre que ahora te desea.

Valeria, con las piernas temblorosas, sintió cómo el mundo a su alrededor se desmoronaba. La figura, con movimientos lentos y deliberados, se acercó a ella, sus manos tocando su piel con una intensidad que la hizo estremecer.

—Andrés me trajo aquí —continuó el hombre, su voz un susurro en su oído—. Para que le enseñe lo que realmente es el deseo.

Valeria, con los ojos cerrados, sintió cómo las manos del hombre exploraban su cuerpo, tocando cada rincón. Su respiración se volvió más profunda, más intensa, mientras él la guiaba a un mundo de sensaciones que nunca había conocido.

El hombre, con movimientos expertos, desabrochó la parte superior de su traje de baño, dejando su piel expuesta al aire fresco de la noche. Valeria, con los ojos abiertos, vio cómo las cicatrices en su torso brillaban bajo la luz tenue, cada una una marca de un placer oscuro y profundo.

—Déjate llevar, Valeria —susurró el hombre, su voz un canto de sirena en sus oídos—. Déjame mostrarte lo que realmente significa desear.

Valeria, con el corazón latiendo desenfrenadamente, se entregó a las sensaciones, a las manos que la exploraban, a los labios que la saboreaban. Cada caricia, cada beso, era una promesa de un placer que nunca había imaginado. El mundo a su alrededor desapareció, dejando solo la intensidad de ese momento, la pasión desbordante que la consumía.

El hombre, con movimientos lentos y deliberados, la llevó al límite, explorando cada rincón de su cuerpo, cada secreto que guardaba. Valeria, con los ojos cerrados, se perdió en las sensaciones, en el éxtasis que la invadía.

Cuando finalmente llegaron al clímax, Valeria sintió cómo su mundo se desmoronaba, cómo cada fibra de su ser se estremecía con una intensidad que nunca había conocido. El hombre, con una sonrisa siniestra, la miró a los ojos, susurrando: —Ahora sabes lo que realmente significa desear.

Valeria, con el cuerpo tembloroso y el corazón latiendo desenfrenadamente, se dio cuenta de que nada volvería a ser lo mismo. La noche, antes un refugio, ahora era un testimonio de un deseo oscuro y profundo, una promesa de placeres que nunca había imaginado.

7 Lecturas/6 marzo, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: baño, bosque, desnudo, piscina
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