Cicatrices del Deseo: Una Historia de Amor y Oscuridad
La Infancia y el Descubrimiento.
Conocí a Laura en la inocencia de la juventud, cuando mi mundo aún estaba lleno de promesas y misterios. Nuestro vínculo comenzó como una amistad pura, teñida por la curiosidad y la cercanía. Con el tiempo, esa amistad se transformó en algo más profundo, aunque no exento de sombras. Nuestro amor, como una flor delicada, se marchitó no con un estruendo, sino con un desgaste lento y doloroso. Nos dijimos adiós sin comprender que aquel adiós no era definitivo, sino un punto de inflexión en nuestra historia.
Todo comenzó cuando tenía dieciséis años. Mi mundo se transformó al descubrir el porno, un universo de imágenes y deseos que inundaron mi mente de manera incontrolable. Estas imágenes, llenas de perversión y lujuria, guiaron mis acciones hacia caminos oscuros y peligrosos. Aprovechando mi cercanía con un jardín infantil, donde mi madre, una mujer de mediana edad con un corazón bondadoso y una sonrisa siempre dispuesta, trabajaba como cocinera, empecé a frecuentar el lugar con un propósito perverso. Mi madre, con su risa contagiosa y su habilidad para preparar comidas deliciosas, era una presencia constante en el jardín, creando un ambiente cálido y acogedor para las niños. Fue en ese entorno, mientras observaba a mi madre interactuar con los pequeños, que conocí a Laura, una niña de seis años con cabello castaño y ojos verdes que brillaban con una inocencia que me atraía de manera enfermiza.
Recuerdo el primer día que la vi. Estaba jugando en el patio, su risa contagiosa llenaba el aire. Me acerqué a ella con una excusa tonta y le ofrecí un caramelo. Ella, confiando en mí, aceptó sin dudar. A partir de ese momento, empecé a frecuentar el jardín infantil con más asiduidad, siempre con la excusa de visitar a mi madre. Le llevaba caramelos, chocolates y pequeños juguetes, ganándome su confianza y la de las otras niñas. Ellas me veían como un amigo mayor, alguien en quien podían confiar. Y yo, aprovechando esa confianza, empecé a explorar mis deseos más oscuros.
Una tarde, mientras las niñas jugaban en el patio, me acerqué a Laura y le pedí que me acompañara a un rincón más apartado. Ella, sin sospechar nada, me siguió. Le dije que tenía un secreto que quería compartir con ella, algo que solo las niñas mayores sabían. Ella, con sus ojos brillantes de curiosidad, me preguntó qué era. Le susurré al oído que se trataba de un juego especial, uno que nos haría sentir muy bien. Ella asintió, confiada, y me dejó guiarla hacia un lugar más privado.
Allí, lejos de las miradas indiscretas, le expliqué el juego. Le dije que tenía que chuparme la verga, que era algo que las niñas mayores hacían para los chicos grandes. Ella me miró con una mezcla de asombro y miedo, pero no se negó. Con manos temblorosas, desabroché mi cinturón y bajé mis pantalones, dejando al descubierto mi erección. Le tomé la cabeza con firmeza Le tomé la cabeza con firmeza, guiándola hacia mi miembro. Ella, con sus labios suaves y temblorosos, me tomó en su boca. Sus movimientos eran torpes, llenos de una inocencia que me excitaba aún más. Sentí el calor de su boca envolviendo mi polla, sus dientes rozando ligeramente mi piel. La guie hacia arriba y hacia abajo, enseñándole el ritmo que quería. Algunas lágrimas se escapaban de sus ojos, pero no se quejaba. Su lengua, pequeña y ágil, exploraba cada centímetro de mi miembro, haciendo que mi placer creciera con cada movimiento. Gemí de satisfacción, sintiendo cómo mi cuerpo se tensaba con cada caricia.
Con el tiempo, ese juego se convirtió en una rutina. Laura me esperaba con ansias, a pesar de saber lo que le esperaba. Algunas de las otras niñas sí lloraban mucho, pero igual cumplían su papel a pesar del miedo. Yo, en mi perversión, disfrutaba de cada encuentro, sintiéndome poderoso y deseado.
A medida que pasaba el tiempo, mi comportamiento se volvió más audaz y mi control sobre las niñas más férreo. Empecé a explorar nuevas formas de satisfacer mis deseos, siempre aprovechándome de su inocencia y confianza. Las niñas, atrapadas en una red de miedo y dependencia, cumplían mis órdenes sin cuestionarlas. Mi madre, ajena a todo, continuaba trabajando en el jardín, su presencia una ironía cruel que me permitía moverme con impunidad.
Con el paso del tiempo, Laura y las demás niñas dejaron el jardín, crecieron y fue muy difícil volver a verlas. Sin embargo, con Laura fue diferente. La relación con Laura evolucionó de manera inesperada. A medida que crecía, ella se convirtió en una figura central en mi vida, y yo en la suya. Nuestros encuentros ya no eran solo momentos de placer egoísta, sino instantes de conexión genuina. Laura, con su inocencia y confianza, se transformó en mi confidente y compañera, a pesar de la edad y las circunstancias.
Recuerdo las tardes en las que, después de la escuela, venía a casa de mi madre, Laura había convencido a sus padres de que mi madre podía cuidarla mientras ellos trabajaban, y yo había hecho lo propio con mi madre. Laura se sentaba en la cocina, ayudando a preparar la cena, mientras yo regresaba de la universidad. Su risa y su charla animaban el ambiente, haciendo que incluso los momentos más rutinarios se sintieran especiales. Mi madre, ingenua y ajena a la verdad, nos veía como amigos inseparables, y en cierto sentido, lo éramos.
Con el tiempo, nuestras interacciones se volvieron más íntimas. Laura, ya a sus 11 años, me mostraba una devoción que iba más allá de la obediencia. Me contaba sus sueños, miedos y aspiraciones, y yo, a mi vez, le hablaba de mis propias inquietudes y deseos. Nuestro vínculo se fortaleció, y con él, una extraña mezcla de amor y culpa.
Una noche, mientras estábamos solos en mi habitación, Laura me confesó que me amaba. Sus palabras me impactaron, llenándome de una mezcla de alegría y terror. Le respondí con la misma intensidad, sintiendo que mi corazón se desgarraba entre el deseo y la culpa. Nos abrazamos, y en ese momento, supe que nuestra relación había transcendido lo físico, convirtiéndose en algo profundo y complicado.
Laura y yo fortalecimos nuestra relación, y con el pasar de los años, ocultar nuestro amor se convirtió en un desgaste constante. Cuando ella alcanzó su mayoría de edad, decidí, con los medios que ya tenía, sacarla a vivir a mi lado a mis 28 años. En ese momento, aún nos amábamos profundamente. Las consecuencias de esa decisión vinieron rápido; Laura quedó embarazada, y ese fue un momento de gran alegría y esperanza para ambos, a pesar de las circunstancias.
Sin embargo, con el tiempo, las sombras de nuestro pasado comenzaron a resurgir con más fuerza. Laura, ahora enfrentando la responsabilidad de ser madre, empezó a cuestionar las sombras de nuestro pasado con mayor intensidad. La confrontación vino después, cuando ella decidió que necesitaba entender por qué le había hecho eso cuando era una niña.
Finalmente, en un acto de valentía y desesperación, Laura decidió confrontarme. Me dijo que necesitaba saber la verdad, que necesitaba entenderlo. Le conté todo, sin omitir ningún detalle, y ella me escuchó en silencio, con lágrimas en los ojos. En ese momento, supe que nuestra relación había llegado a un punto de no retorno.
Nos separamos, pero no sin antes prometer que siempre estaríamos el uno para el otro, sin importar las circunstancias. Laura, con su fuerza y resiliencia, se convirtió en una mujer independiente, capaz de enfrentar los desafíos de la vida con coraje. Yo, por mi parte, quedé marcado por nuestra historia, incapaz de olvidar la mezcla de amor y oscuridad que había definido nuestra relación.
Después de la separación, el tiempo no avanzó: se acumuló.
No hubo un corte limpio, ni un silencio definitivo. Hubo años que se deslizaron como polvo sobre los muebles de una casa cerrada, cubriéndolo todo sin borrar nada. Laura siguió su vida con una dignidad silenciosa. Yo seguí la mía con una ausencia que aprendí a llamar costumbre.
Hablamos poco. Mensajes breves, prácticos, casi administrativos. Noticias necesarias, fechas importantes, silencios largos. Ana, nuestra hija, crecía en medio de ese acuerdo tácito: yo estaba y no estaba; ella me conocía sin conocerme del todo. No fui un fantasma, pero tampoco una presencia firme. Me convencí de que eso era lo correcto. De que no estorbar también era una forma de cuidar.
A veces veía a Laura en recuerdos cotidianos: en una forma de doblar la ropa, en una frase dicha de cierta manera, en el cansancio noble de quien ha sostenido demasiado sola. Nunca volvimos a hablar de “nosotros”. Lo nuestro quedó suspendido en una zona imprecisa, como una herida que no sangra pero tampoco cierra.
Ana, en cambio, creció con preguntas que no siempre se atrevían a salir. Me miraba con una mezcla de cercanía y distancia, como si intuyera que había algo no dicho flotando entre los adultos. Yo intentaba estar sin imponerme, aconsejar sin mandar, querer sin reclamar. No siempre lo logré.
Con los años, Laura se volvió más firme, más contenida. Ya no necesitaba explicarse. Yo lo notaba en su manera de escuchar, en cómo administraba el cansancio, en la forma precisa de poner límites. Nunca me reprochó nada directamente, y quizá por eso la culpa encontró dónde quedarse.
Así pasaron los años: sin drama visible, sin reconciliaciones, sin rupturas nuevas. Solo la vida, haciendo lo suyo. Hasta que un día, sin avisar, el equilibrio precario se quebró.
Y el pasado —ese que creímos archivado— volvió a pedir la palabra.
Me dijo que Ana llevaba cuatro meses sin ir a la casa. Cuatro meses. La cifra me cayó encima con más peso que la noticia misma. Sentí que el aire se me iba, como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible.No pregunté primero por Ana. Me molesté con Laura. Le reclamé no habérmelo dicho antes, no haber llamado, no haberme hecho parte. Dije cosas duras, dichas desde el orgullo y una culpa mal acomodada, de esas que buscan culpables afuera para no mirarse de frente. Laura escuchó en silencio. Siempre había sabido hacerlo mejor que yo.Colgué y dejé todo tirado. No tomé decisiones: el cuerpo se movió solo. Fui directo a su casa con esa mezcla incómoda de urgencia y vergüenza, sin saber bien qué iba a hacer ni qué derecho tenía a estar ahí después de tanto tiempo a medias. Laura abrió la puerta. No dijo nada. Yo tampoco. El silencio fue un acuerdo tácito: no era momento de explicaciones.
Los días siguientes transcurrieron lentos, espesos. La casa seguía en pie, pero algo en ella parecía desacomodado, como si llevara meses esperando una pieza que no encajaba. Ana no estaba, y su ausencia ocupaba más espacio que cualquier presencia.
Para sorpresa de los dos, volvió sola.
Apareció unos días después, con la mirada rota y el orgullo vencido. Había huido para encontrarse consigo misma, dijo entre lágrimas, como si aún intentara convencerse. Le pidió perdón a su madre. Laura la abrazó sin reproches, con esa forma suya de sostener sin exigir. Yo miré desde un costado y vi, en la curva de sus hombros, el peso real de esos meses.
En ese viaje —largo, torpe, necesario— Ana había descubierto algo más. La vida ya había empezado dentro de ella. La palabra embarazada no se dijo de inmediato; se fue formando en el aire, pesada, definitiva. Nada volvió a colocarse en su lugar después de eso. Fue un punto de no retorno para todos. Incluso para mí.
Ahí entendí que seguir actuando como si ese no fuera mi lugar ya no era lo más honesto. Esta vez no hice promesas ni discursos. Me quedé. Me quedé para barrer, para regar el jardín, para arreglar lo que se rompía. Para estar sin ansiedad, sin invadir, sin huir a la primera incomodidad.
No pedí perdón en voz alta.
Lo hice quedándome cuando habría sido más fácil irme. Repitiendo gestos pequeños. Sosteniendo el día a día. Y Laura, despacio —como quien vuelve a confiar en un suelo que ya se ha quebrado antes— me fue aceptando. Sin garantías. Sin futuro asegurado. Solo así: un día, y luego otro.


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