Con el hijo de mi mejor amiga, parte 5.
Continúa esta historia, con lo mejor… la puta por fin disfruta de dos dioses sementales. .
Pasaron un par de días desde aquella culeada monumental que me dio Daniel, y aún sentía el culo resentido, pero también una calentura que no se me quitaba. Cada vez que cerraba los ojos, me imaginaba esa vergota de 22 centímetros partiéndome en dos, y mi chocha se mojaba sola. Esa tarde estaba en casa, todavía sola porque mi marido no volvía de su viaje, cuando me llegó un mensaje de Daniel: “Puta, esta noche te quiero en mi casa a las 9. No vengas con tanga, que te voy a reventar ese culo otra vez. Y tráete ganas, porque no vas a dormir”.
Me puse a temblar de la emoción. Me bañé, me perfumé, me puse un vestido cortito sin nada debajo como él me pidió, y a las 9 en punto estaba tocando la puerta de su casa. Cuando Daniel abrió, estaba sin camisa, con el pecho marcado y esos brazos musculosos que me hacían babear. Me miró de arriba abajo como si fuera un pedazo de carne y dijo con esa voz ronca: “Qué buena estás, zorra. Entrá, que hoy te vamos a dar una lección”.
¿Vamos? Pensé, pero no tuve tiempo de preguntar. Entré a la sala y ahí estaba otro chico, también joven, sentado en el sofá con una cerveza en la mano. Era más moreno que Daniel, con el pelo corto, tatuajes en los brazos y un cuerpo igual de trabajado, como si pasara todo el día en el gimnasio. “Ella es la puta de la que te hablé, Santiago”, dijo Daniel señalándome. “La vieja amiga de mi mamá que se traga vergas como si nada”. Santiago me miró con una sonrisa sucia y dijo: “Qué rico, parce, vamos a reventarla entre los dos”.
Me quedé tiesa, pero mi cuerpo ya estaba reaccionando. Sentía la chocha empapada solo de imaginarme lo que venía. Daniel se acercó por detrás, me agarró duro por la cintura y me pegó contra su cuerpo. Sentí su verga ya medio dura rozándome el culo por encima del vestido. “Te dije que te iba a dar una verguiza inolvidable, ¿no? Bueno, hoy vas a saber lo que es tener dos machos de verdad”, me susurró al oído mientras me mordía el cuello. Santiago se levantó del sofá, se bajó el pantalón de una y dejó salir un pingón casi tan grande como el de Daniel, pero más recto y con una cabeza gorda como un puño. “Vení, mamame esta verga mientras mi socio te prepara”, me ordenó, sentándose otra vez y abriendo las piernas.
Daniel me empujó hacia adelante, me levantó el vestido y me dio una nalgada que me hizo gemir. “Arrodillate, perra, y hacé lo que te dice”, gruñó. Me puse de rodillas frente a Santiago, y sin pensarlo dos veces me metí esa verga en la boca. Era salada, dura y tan gruesa que apenas me cabía. Mientras se la chupaba, Daniel me agarró las caderas, me puso en cuatro y empezó a sobarme la chocha con los dedos. “Mirá cómo chorrea esta puta, Santiago. Está empapada la hijueputa”, dijo riéndose. Santiago me agarró del pelo y me empujó la cabeza contra su verga, metiéndomela hasta la garganta. “Chupá bien, vieja zorra, que esto es solo el comienzo”, dijo entre gemidos.
Daniel no perdió tiempo. Sentí cómo se untaba aceite en la verga y me la apoyaba en la entrada del culo. “Te voy a partir otra vez, pero ahora con refuerzos”, dijo, y de un empujón me metió la cabeza de su vergota. Grité, pero el grito se ahogó con la verga de Santiago en mi boca. “¡Aguantá, perra, que te gusta!” me gritó Daniel mientras me daba otra nalgada y seguía empujando. Entre el dolor y el placer, estaba en las nubes. Santiago me follaba la boca con fuerza, y Daniel me abría el culo centímetro a centímetro hasta que sentí sus huevos pegados a mi chocha. “Qué culo tan rico, parce, esta puta lo aguanta todo”, dijo Daniel jadeando.
De repente, Santiago me sacó la verga de la boca y se puso de pie. “Cambiemos, quiero probar esa chocha”, dijo. Daniel me dio una palmada en la espalda y me ordenó: “Acostate boca arriba, zorra, y abrí las piernas”. Hice lo que me dijo, temblando de la calentura. Santiago se puso entre mis piernas, me escupió la chocha y me la metió de un solo golpe. “¡Ay, mierda, qué pingón!” grité, sintiendo cómo me llenaba entera. Era un animal, me bombeaba con una fuerza que me hacía rebotar en el sofá. Mientras tanto, Daniel se arrodilló al lado de mi cara y me metió su verga en la boca. “Limpiala, puta, que está embarrada de tu culo”, gruñó, y yo obedecí, chupándola con ganas mientras Santiago me reventaba la chocha.
Los dos eran unos machos dominantes, no me daban tregua. Santiago me agarraba las tetas y me las apretaba duro mientras me decía: “Qué rica estás, vieja puta, te voy a dejar preñada”. Daniel me cogía la boca como si fuera otra chocha, metiéndomela hasta que me daban arcadas. “Tomá, tragate esta verga, que sé que te gusta”, decía entre risas. Después de un rato, Daniel le dijo a Santiago: “Parce, vamos a darle doble. Esta zorra lo está pidiendo”.
Me levantaron como si fuera una muñeca. Daniel se acostó en el sofá y me hizo sentarme encima de su verga, metiéndomela en el culo otra vez. Grité del dolor, pero él me tapó la boca con la mano y me dijo: “Callate, perra, que ahora viene lo bueno”. Santiago se puso enfrente, me abrió las piernas y me la clavó en la chocha de un empujón. “¡Aaaah, no, me van a partir!” grité, pero ellos no pararon. Los dos me bombeaban al mismo tiempo, uno en el culo y otro en la chocha, como si quisieran atravesarme. Sentía sus vergas rozándose dentro de mí, y el placer era tan intenso que empecé a venirme como loca. “¡Ay, sí, sí, dénme más, cabrones!” chillaba mientras mi cuerpo temblaba.
“Qué puta tan rica, mirá cómo se viene”, dijo Santiago, dándome una bofetada en la cara. Daniel me agarró del pelo y me jaló hacia atrás. “Te gusta que te demos como a yegua, ¿verdad?” me gruñó al oído. Asentí como pude, perdida en el éxtasis. Después de un rato, Santiago dijo: “Me voy a venir, parce, ¿dónde la querés?”. Daniel contestó: “Llenale la chocha, yo le echo la leche en el culo”. Y así fue. Santiago me dio unas últimas embestidas brutales y sentí cómo me bombeaba la chocha con chorros de leche caliente. “¡Tomá, puta, toda para vos!” gritó. Casi al mismo tiempo, Daniel me apretó las nalgas y me llenó el culo con su semen espeso. “¡Aaaah, qué rico, zorra!” rugió mientras se vaciaba.
Caímos los tres exhaustos en el sofá, yo chorreando leche por los dos lados, con la chocha y el culo rojos e hinchados. Santiago me dio una nalgada y dijo: “Qué buena hembra sos, vieja. Esto hay que repetirlo”. Daniel, con esa sonrisa pícara, me miró y dijo: “Te dije que te íbamos a dar una verguiza inolvidable, puta. Ahora andá a limpiarte, que todavía no terminamos con vos”. Me levanté tambaleándome, sintiendo cómo me escurría la leche por las piernas, y supe que esa noche iba a ser mucho más larga de lo que imaginaba.
Continuará…
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