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Dominación Mujeres

Déjame ser yo, no tu prisionera

La mañana asomaba gris sobre Port Jackson cuando Sam se movió entre las cabañas rústicas de barro y maderas entrelazadas donde los recién llegados habían sido amontonados tras la larga travesía desde Inglaterra. .

La mañana asomaba gris sobre Port Jackson cuando Sam se movió entre las cabañas rústicas de barro y maderas entrelazadas donde los recién llegados habían sido amontonados tras la larga travesía desde Inglaterra. Las paredes estaban húmedas por la lluvia de la noche anterior y, en el suelo de tierra apisonada, los pocos tablones que hacían de cama crujían ante cada paso. Aquí, entre estas chozas que el gobernador había mandado erigir apresuradamente, era donde Mary dormía desde hacía días, junto a otras mujeres convictas que compartían la escasa leña y las raciones del Gobierno.

Sam observó cómo la luz empezaba a filtrarse por la abertura que hacía de ventana en la pared de barro. Habían pasado meses desde que había pisado tierra firme, sentía en los músculos el peso de cada jornada de trabajo forzado —arrastrar maderas, cavar zanjas, alzar refugios— y conocía bien la dureza del nuevo mundo que se abría ante ellos. Había sido condenado por un robo menor, una pelea en una taberna que había acabado con huesos rotos y una sentencia de transporte penal que lo mandó a mitad del mundo sin posibilidad de regreso. Ella también, aunque su delito era otro: un hurto de poca monta para sobrevivir a un invierno cruel, y la justicia había decidido que su pena se cumpliría en Australia.

Sam había visto a Mary varias veces durante esos días. No eran amigos: rara vez intercambiaban palabras que duraran más que el tiempo preciso. Pero él la había observado con la misma atención con la que se mira algo que no se entiende del todo pero que se reconoce como imprescindible. Su postura tensa al levantarse. Sus manos, siempre ocupadas en cualquier labor que la mantuviera lejos del montón de pensamientos que parecía perseguirla. Su forma de mirar el campamento, como si esperase algo más que barracas de barro y hombres exhaustos.

Sam respiró hondo y dio un paso dentro de la cabaña. Mary estaba sentada sobre un montón de mantas raídas, con la mirada clavada en el suelo. Sam se detuvo en el umbral, dejando que sus ojos se acostumbraran a la penumbra, pero su nariz ya había detectado lo que había allí antes que su vista: el denso y pesado aroma de la cabaña. No era solo el olor a barro húmedo y madera podrida; era algo más vivo, más animal. Era el tufo de mujeres encerradas, una mezcla ácida de sudor seco, de leña humeante y de ese olor íntimo, a musgo y a secreción, que emanaba de los cuerpos amontonados y que se le pegaba a la garganta como una fiebre repentina.

Su mirada, que al principio había sido tímida, se clavó de golpe en Mary. Ella estaba sentada en el borde del tablón que hacía de cama, ajena a la intensidad con la que él la estaba devorando con los ojos. A Sam, de treinta y dos años y acostumbrado a la rudeza del trabajo físico, la vista de aquella muchacha de catorce años se le antojó un golpe directo al bajo vientre.

La luz grisácea de la mañana se colaba por la rendija de la pared y bañaba el cuerpo de Mary, revelando cada imperfección con una crudeza obscena. El vestido de lienzo, raído y manchado de arcilla, estaba empapado por la humedad de la noche y se le pegaba a la piel como una segunda capa más delgada y traicionera. Sam siguió el trazado de la tela sobre sus hombros, descendiendo hasta el pecho, donde la tela se tensaba y delineaba la forma redondeada y perfecta de sus pechos eran pequeños, cúpulas nacientes que apenas comenzaban a definir su forma.. El frío de la madrugada había hecho su trabajo: bajo la tela áspera, se adivinaban dos puntitas duras, dos botones erectos que pugnaban por rasgar la tela, invitando a ser mordidos o acariciados con la palma de la mano.

La respiración de Sam se atropelló. Sus ojos bajaron, hambrientos, hacia la cintura de ella. La postura, con las manos apoyadas en las rodillas, obligaba a la tela de la falda a estirarse sobre sus muslos, marcando la robustez de una carne joven y firme. Sam pudo imaginar, casi palpar con la mirada, el calor que emanaba de entre sus piernas, un contraste violento con el aire gélido de la cabaña. Notó cómo la falda, subida un poco por la forma de sentarse, dejaba ver la curva tensa de sus tobillos sucios y la inclinación de sus caderas, esa estructura ancha diseñada para el parto o para el placer, una arquitectura que le hacía desear tirarla al suelo de tierra ahí mismo y luego…

Incluso el cabello de Mary, sucio y apelmazado por la falta de agua, le pareció obscenamente erótico. Los mechones caían en desorden sobre su nuca, con ese brillo graso que hablaba de supervivencia, de días sin lavarse, y que a Sam le recordaba a las mujeres de los burdeles bajos de Londres, esas que olían a sexo y a cansancio. Aquel aspecto salvaje, sin pulir, lejos de alejarlo, le activaba un instinto depredador. Se sintió endurecerse bajo los pantalones de tela bastarda, una tensión dolorosa que le obligó a ajustar la postura, sabiendo que el olor a mujer, a sudor y a posibilidad de carne fresca en aquel lugar maldito era suficiente para volverlo loco.

No fue un movimiento teatral ni dramático: simplemente se inclinó hacia ella.

—Mary —dijo.

Ella alzó la vista, con los ojos apenas más brillantes que la mañana nublada.

—Sam. —Su voz era baja, y apenas un susurro roto por el cansancio.

Sam tomó aire, y por primera vez, la idea que había estado formando en su pecho desde hacía días se articuló en palabras secas, directas, terriblemente humanas:

—Te quiero. —No añadió poesía ni metáforas sobre libertad o destino—. Quiero casarme contigo.

—No tienes que responder ahora —dijo Sam.

Mary no levantó la vista. Estaba sentada en el tablón que hacía de cama, con las manos apoyadas en las rodillas, escuchando el ruido del campamento al amanecer: órdenes breves, pasos en el barro, el roce de metal contra piedra. Todo seguía igual, y sin embargo algo había cambiado.

—Eso no es cierto —respondió—. Aquí todo se responde en el momento en que se dice.

Sam respiró hondo. Llevaba días ensayando esas palabras y aun así le parecieron torpes cuando salieron.

—Quiero casarme contigo.

Mary alzó la cabeza entonces. Tenía solo catorce años y una condena que no coincidía con la de él. Había llegado a esa tierra por robar para sobrevivir; Sam, por un delito distinto, con menos años por cumplir y más margen para negociar su futuro. Lo sabía ella. Lo sabía él. No hacía falta decirlo.

—¿Casarnos? —repitió—. ¿Aquí?

—Podríamos hacerlo más llevadero —dijo Sam—. Para los dos.

Mary lo miró en silencio. No había burla en su expresión, tampoco gratitud. Solo una atención precisa, como si midiera el peso real de la propuesta.

—Lo que me ofreces no es solo compañía —dijo—. Es un lugar. Y ese lugar tiene reglas.

Sam no respondió enseguida.

—No nací para obedecer a nadie —continuó ella—. Ni siquiera a alguien que me quiere.

El silencio que siguió no fue un no. Pero tampoco fue un sí.

Desde la otra esquina de la cabaña, alguien se movió. Una tos breve. El roce de una manta. Mary no giró la cabeza, pero supo, con una certeza incómoda, que no estaban solos. Las mujeres con las que dormía —las que compartían raciones, frío y castigos— habían oído lo suficiente.

—No te estoy pidiendo que decidas ahora —dijo Sam, más bajo.

—Eso es lo que crees —respondió ella—. Pero aquí todo se decide en el momento en que se dice en voz alta.

Sam se levantó despacio. No hubo dramatismo. Solo un gesto contenido. El techo bajo de la cabaña parecía más cercano cuando se incorporó, como si el aire pesara.

—Piénsalo —dijo—. Es todo lo que te pido.

La cabaña era poco más que una estructura de barro endurecido y troncos mal encajados. No había puertas, solo una abertura cubierta por un trozo de lona raída. El suelo, de tierra apisonada, conservaba la humedad de la noche. El olor era una mezcla de cuerpos, humo viejo y sal. Cuando Sam salió, el aire pareció moverse con él, como si se llevara una parte del poco espacio respirable que quedaba.

Mary permaneció sentada unos segundos más, sobre el tablón que hacía de lecho. No lloró. No se llevó las manos al rostro. Simplemente respiró, contando cada inhalación como si necesitara comprobar que aún estaba allí.

—Así que era eso —dijo una voz desde la penumbra.

Mary giró la cabeza. Dos mujeres la observaban desde el otro extremo de la cabaña, envueltas en mantas desiguales. Otra más se incorporó despacio, apoyándose en un codo, con el cabello apelmazado por el sudor y la noche.

—¿Casarte? —preguntó una—. ¿Aquí?

—Eso dijo —respondió Mary.

—No eres tonta si dices que sí —dijo una—. Tampoco si dices que no.

Mary no respondió. Supo que la propuesta ya no le pertenecía.

Al día siguiente, el campamento era el mismo. Las miradas, no.

Se oyeron comentarios: que Sam trabajaba bien; que un matrimonio ayudaba; que casarse no borraba una condena.

Mary siguió su camino. Al pasar junto a las chozas, miró más allá del límite marcado por las pisadas. No pensó en huir. Solo entendió que el mundo no terminaba allí.

La idea quedó.

Pasó una semana.

No fue una semana distinta a las otras. El trabajo comenzó al amanecer, con los mismos gritos y las mismas herramientas gastadas. Sam cavó zanjas, cargó troncos, obedeció órdenes. Su cuerpo siguió funcionando como siempre; era la cabeza la que no encontraba descanso.

No había vuelto a hablar con Mary.

No porque no la viera. La veía todos los días. En la fila de raciones. Caminando entre las chozas. Agachada sobre algún encargo que nadie más quería hacer. No lo miraba más de lo necesario. Y eso, para Sam, era peor que un rechazo abierto.

Al tercer día, alguien se lo dijo sin rodeos.

—Así que te rechazó.

Sam no levantó la vista del suelo que estaba removiendo.

—No dijo que no.

—Eso es casi lo mismo —respondió el hombre, encogiéndose de hombros.

Mientras bebían agua turbia, alguien lo dijo sin rodeos.

—Deberías insistir. Aquí conviene tener marido.

Sam no respondió.

Esa noche oyó su nombre junto al de Mary. Comentarios breves. Ninguno amable.

Entonces entendió que su propuesta no había sido privada. Lo habían colocado en un sitio que no había pedido: el del hombre encargado de poner orden.

La idea le incomodó.

Al quinto día, un capataz se lo dijo con voz neutra:

—Un matrimonio trae estabilidad.

Sam asintió.

—Piénsalo —añadió—. Te favorecería.

Esa noche, Sam no durmió.

No porque dudara de lo que sentía, sino porque empezaba a dudar de lo que esperaba. Se dio cuenta de que, en su mente, el matrimonio había tenido forma de orden: una cabaña compartida, comidas juntas, una mujer que regresaba al anochecer. Nada de eso había sido acordado con Mary. Todo eso lo había dado por hecho.

Al séptimo día, la vio sola cerca del borde del campamento, limpiando utensilios. No había nadie escuchando. O eso parecía.

Sam se acercó despacio, hasta quedar con el cuerpo inclinado hacia ella, y el aire que rodeaba a ambos se volvió denso, casi sólido. La distancia entre sus rostros era mínima, un espacio que el viento no se atrevía a cruzar.

Sam inhaló profundo, y el aire le entró en los pulmones como una bocanada de vida y veneno. El aroma de Mary le golpeó con la fuerza de un puño: no era perfume, ni flores, ni nada artificial. Era olor a lluvia estancada en la lana, a leña humeante impregnada en la piel, y sobre todo, a hambre. Un hambre antigua y animal que emanaba de sus poros, de su cabello apelmazado, de esa carne joven que luchaba por no pudrirse en aquel infierno. Sam sintió cómo su pecho se inflamaba, expandiéndose para contener ese olor, y soltó un suspiro que tembló, un sonido gutural de reconocimiento.

Sus ojos bajaron de la mirada de ella hacia su cuello. La piel de Mary era pálida, sucia por el polvo del camino y el barro seco, pero translúcida. Podía ver las venas azules pulsando justo debajo de la superficie, latiendo con fuerza, bombeando sangre caliente y rápida. El ritmo de esa sangre parecía sincronizarse con el suyo propio, un tambor de guerra que le avisaba que ya no había tiempo para palabras, ni para propuestas, ni para esperanzas. Solo había el instinto.

Sam miró sus labios. Estaban entreabiertos, húmedos por la humedad del ambiente y la saliva que se acumulaba en la comisura. No era una invitación romántica; era una señal de necesidad. La mirada de Sam se cargó de una intención que ya no era solo de amor, sino de una necesidad carnal casi dolorosa de tocar, de poseer, de marcar. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, endureciéndose bajo los pantalones de tela bastarda, una tensión que exigía liberación inmediata.

Mary vio el cambio en sus ojos. No se retiró. Al contrario, inclinó la cabeza ligeramente, exponiendo más su cuello, y su respiración se aceleró. Sabía lo que venía. Quizás lo había estado esperando desde aquel día de la propuesta.

Sam dio un paso adelante y sus manos buscaron su cuerpo. No hubo ternura en el contacto, solo urgencia. Sus dedos ásperos, callosos por semanas de trabajo forzado, se aferraron a la tela raída de su vestido en los hombros y tiraron hacia abajo con fuerza bruta. La tela cedió, rasgándose con un sonido seco, y cayó por sus brazos, dejando su torso expuesto al aire gélido.

Mary estaba desnuda de cintura para arriba. Sam la miró, devorándola con la vista. Sus pechos eran pequeños, dos cúpulas perfectas y pálidas que cabían en sus manos, con pezones oscuros y erectos que pugnaban por ser mordidos. Ella era delgada, casi demacrada por el hambre y el viaje, con las costillas marcadas bajo la piel, pero eso solo hacía que su belleza fuera más salvaje, más real.

Sam se agachó y tomó un pezón entre sus labios, mordiéndolo con fuerza. Mary gritó, un sonido agudo que se perdió en el viento, y sus manos se enredaron en el cabello sucio de él, empujándolo hacia sí, no para apartarlo, sino para hundirlo más en su carne.

—Sam —susurró ella, y el nombre sonó como una súplica y una orden.

Él respondió levantando su falda con la misma violencia con la que le había arrancado la parte superior. No hubo ropa interior que detuviera su mano. Sus dedos encontraron su sexo, caliente y húmedo, una selva peluda y salvaje que crecía sin pudor ni cuidado. Sam introdujo dos dedos sin previo aviso, y Mary arqueó la espalda, levantando las caderas para recibirlo.

—Estás mojada —gruñó él en su oreja—. Estás lista para mí.

—No hables —respondió ella, jadeando—. Hazlo.

Sam se incorporó y se desabrochó los pantalones con movimientos torpes y desesperados. Su verga saltó libre, gruesa, roja y palpitante, con las venas marcadas como mapas de su deseo. Mary la miró, y sus ojos se llenaron de un miedo reverencial. Era grande, demasiado grande para su cuerpo pequeño y virgen, pero el miedo solo alimentó el fuego en su vientre.

Sam la tomó por las caderas y la giró, empujándola contra la pared de madera de la choza cercana. Mary apoyó las manos en la madera rugosa, estirando los brazos, ofreciéndole su culo, pequeño y firme, blanco como la leche y sucio como el camino.

Sam se colocó detrás de ella. No hubo preparación lenta. Alineó la cabeza de su miembro con la entrada húmeda de ella y, con un movimiento de cadera poderoso, se metió todo de una vez.

Mary gritó al sentirse metido hasta el fondo, llena, estirada, rota. El dolor fue agudo, un pinchazo que se transformó en una onda de calor que recorrió todo su cuerpo. Sam no le dio tiempo a acostumbrarse. Comenzó a follarla con una furia animal, cada embestida más profunda y más dura que la anterior.

—¡Dios! —gritó él, sintiendo cómo las paredes internas de ella lo apretaban, succionándolo—. Tu cuerpo pedía de mi verga, cada parte de el.

Mary no podía responder. Solo gemía, una serie de sonidos incoherentes que salían de su garganta con cada golpe de cadera de Sam. Sus piernas temblaban, pero se mantenía firme, clavada en el suelo, tomando el castigo y el placer como una penitencia necesaria.

Sam la agarró del pelo, tirando de su cabeza hacia atrás para obligarla a mirarlo, y siguió clavado en ella, moliéndose en su interior.

—Mírame —siseó—. Mírame mientras te lleno.

Mary giró la cabeza lo suficiente para verlo. Sus ojos estaban vidriosos, perdidos en el éxtasis.

—Dámelo todo —susurró—. Dámelo todo, Sam.

Él apretó los dientes, sintiendo la presión subiendo desde sus bolas grandes, pesadas y llenas, hasta la base de su columna.

—Voy a… voy a venirme —gruñó—. Voy a llenarte de mi leche.

—Sí —gimió ella—. Adentro. No te saques. Quiero sentirlo caliente.

Sam soltó un rugido gutural y, con una última embestida que la levantó casi del suelo, se vació dentro de ella. El semen brotó en chorros calientes y espesos, inundando su vientre, mezclándose con sus propios jugos y su sangre. Mary sintió la explosión de calor y gritó, su propio orgasmo rompiéndola en mil pedazos, sacudiéndola como una hoja en la tormenta.

Se quedaron así, unidos, jadeando, con el corazón golpeándoles en el pecho como si quisiera salirse. Sam se apoyó sobre su espalda, pesado, sudoroso, y ella soportó su peso, sintiendo cómo su verga se iba flaciendo poco a poco dentro de ella, dejando un vacío que ya no se sentía frío, sino pleno.

Pasaron minutos, o quizás horas. Sam se retiró lentamente, y un hilo de semen rosado y brillante goteó de ella, cayendo al suelo de tierra. Mary se arregló la falda con manos temblorosas, cubriendo su sexo peludo y enrojecido. Sam se abrochó los pantalones, pero no se alejó.

Se quedaron de pie, uno al lado del otro, mirando el horizonte gris de Port Jackson. El aire ya no olía solo a lluvia y a barro. Ahora olía a ellos. A sexo. A una alianza sellada en sudor y fluidos, más fuerte y más real que cualquier papel que el gobernador pudiera firmar. Sam le pasó un brazo por los hombros a Mary, y esta vez, ella no se encogió. Se recostó en él, pesada, viva.

—Esto no es un sí —dijo ella.

Sam no se movió.

—Lo sé.

—Tampoco es un no —añadió—. Y no quiero malos entendidos.

Él sostuvo su mirada.

 

—No los habrá.

—No me debes nada —dijo—. Ni hoy ni después.

Mary sostuvo su mirada un instante.

—Aquí nada es seguro —respondió—. Pueden separarnos. Cambiarte de cuadrilla. Mandarme a otro sitio. Si eso ocurre, no quiero que creas que te he faltado.

—No lo pensaré.

—Y si uno sale antes que el otro.

Sam exhaló despacio.

—No te ataré a mí —dijo—. Ni para quedarte ni para irte.

Mary cerró los ojos.

—Eso basta.

Quedaron en silencio.

En los días siguientes, el campamento se cerró sobre sí mismo: más órdenes, menos raciones, castigos breves. Las mujeres eran movidas con frecuencia.

Sam notó las miradas.
Mary también. Una supervisora le recordó, sin alzar la voz, que su situación seguía siendo la misma.

Lo entendió en el recuento.

—Desde hoy, cocina principal.

Mary dio un paso al frente.

Más tarde oyó su nombre, dicho en voz baja.

—La que está con Sam.
—La que casi se casa.

Mary no se detuvo.

—La que cree que eso la va a salvar.

Mary siguió trabajando.

Al mediodía, una de las mujeres mayores, con más años de campamento que dientes, se le acercó mientras partían pan duro.

—No hagas ruido —le dijo sin mirarla—. Cuando una mujer aquí empieza a importar, alguien se encarga de recordarle por qué no debería.

Mary apretó el pan entre los dedos.

Esa tarde vio a Sam desde lejos. Estaba con su cuadrilla, bajo supervisión directa. Más órdenes de lo habitual. Más atención. No castigos, pero sí control. Como si alguien hubiera decidido observarlo con cuidado.

Entonces lo comprendió.

No la estaban protegiendo por él.
La estaban clasificando.

Hasta ese momento, Mary había sido una convicta más: joven, fuerte, útil. Ahora era una variable. Una posible distracción. Una mujer vinculada a un hombre que podía ser premiado o corregido a través de ella.

Esa noche no fue a verlo.

No por falta de deseo. Fue cálculo.

Se sentó en la cabaña, con la espalda apoyada en la pared de barro, y repasó mentalmente cada gesto reciente: la reasignación, las miradas, el tono de las órdenes. El campamento no castigaba el amor. Castigaba lo que no podía controlar.

Y el amor, cuando no se formalizaba ni se negaba, era precisamente eso.

Al día siguiente, Sam la buscó al amanecer.

—No viniste.

Mary lo miró sin rodeos.

—Nos están mirando.

Sam frunció el ceño.

—Siempre lo hacen.

—No así —respondió ella—. Ahora saben que me importa alguien. Y eso me vuelve manejable.

Sam guardó silencio.

—Si quieren que obedezca —continuó Mary—, usarán lo que me ata. Y ahora tú formas parte de eso.

Sam respiró hondo.

—¿Qué estás diciendo?

Mary no bajó la voz.

—Que quererte puede costarme más que estar sola. Y aún no sé si pagaré ese precio.

Sam asintió despacio. No discutió. No pidió nada.

Por primera vez desde que había llegado a esa tierra, Mary sintió miedo. No al castigo ni al hambre, sino a que su apego se volviera útil para otros.

El campamento se había vuelto más rígido. Las órdenes eran más frecuentes, los márgenes más estrechos. Su traslado a la cocina principal no fue un favor: la puso a la vista. Allí, bajo supervisión constante, cada gesto era observado, cada demora anotada.

Fue durante uno de esos turnos, mientras limpiaba tras la cena de los oficiales, cuando el sargento Miller se detuvo a su lado. No dijo nada al principio. Solo la miró con la atención de quien evalúa algo que puede servir.

Mary no levantó la vista. Ya sabía lo que esa mirada significaba.

—Te han puesto de cocina, niña —dijo Miller, dejando que su mirada recorriera el escote de Mary, donde el sudor hacía que la piel brillara—. Un desperdicio de buen músculo, supongo.

Mary no levantó la vista del fregadero.

—Es donde me necesitan —respondió, secando un plato de estaño con un trapo raído.

Miller se acercó más. El olor a ron y a tabaco emanaba de él, mezclado con el olor a grasa de la cocina. Puso una mano sobre la mesa, justo al lado del codo de Mary, invadiendo su espacio sin tocarla todavía.

—Sam ha estado hablando de ti —dijo, con una voz baja que vibraba en el aire viciado—. Dices que no es un sí. Pero un hombre no se tira a una mujer como tú en medio del barro si no tiene intención de marcar territorio.

Mary tensó los hombros, pero no se retiró.

—Sam es un hombre libre para hacer lo que quiera.

—Aquí no hay hombres libres, Mary. Solo hay condenados con diferentes cadenas —Miller se inclinó, sus labios rozando el cabello sucio de ella—. Y si Sam piensa que puede guardarte para él solo, está equivocado. Todo en esta colonia pertenece al Rey. Incluyéndote tú.

La amenaza no estaba en las palabras, sino en la proximidad. Miller dejó que su mano se deslizara desde la mesa hacia el muslo de Mary. La tela estaba caliente y húmeda. Mary soltó el plato en el agua con un chapoteo, pero no se movió. Sabía que gritar no serviría de nada. Sabía que resistir podría costarle el castigo, y el castigo significaría ser separada de Sam, o peor, que Sam sufriera por ella.

—¿Sabes lo que hacen los hombres como yo cuando quieren algo que no pueden tener? —susurró Miller, dejando que sus dedos se hundieran en la carne firme del muslo de ella.

Mary giró la cabeza lentamente. Sus ojos encontraron los de Miller. No había miedo en su mirada, había un desafío frío y calculador.

—Lo toman —respondió ella—. Y luego se aburren.

Miller sonrió. Era una sonrisa desagradable, llena de dientes amarillentos.

—Tienes espíritu. Me gusta. Pero el espíritu no evita que te use, Mary. Solo hace que sea más divertido romperlo.

La mano de Miller subió por su muslo, empujando las faldas hacia arriba, hasta que sus dedos toparon con la piel desnuda. Mary cerró los ojos un instante, sintiendo el calor de esa mano ajena, diferente a la de Sam. No había amor en el tacto de Miller, solo poder. Y en ese poder, en esa sumisión forzada, Mary encontró una vía de escape. Si su cuerpo era una herramienta, ella decidiría quién la empuñaba, o al menos, cómo sobrevivía al empujón.

Miller giró a Mary, haciéndola enfrentarse a la mesa de madera gruesa. Con un movimiento brusco, la empujó hacia adelante, doblando su torso sobre la superficie. Las ollas y los plados vibraron con el impacto, pero nadie más estaba en la cocina en ese momento; los demás habían salido a limpiar los comedores.

—No te voy a pedir permiso —dijo Miller, levantando las faldas de ella y exponiendo su trasero al aire cálido de la cocina.

Mary apoyó la frente en la madera rugosa, sintiendo el olor a grasa y a ceniza. Miller se arrodilló detrás de ella. No hubo preliminares suaves. Miller, un hombre acostumbrado a tomar lo que quería, bajó la cabeza y, con una urgencia brusca, luego de un corto tiempo en ello se arrodilló y procedió a meter la lengua en la vagina de la niña, mientras con sus manos le separaba las nalgas, arrancandole algunos gemidos.

Mary mordió el labio. La sensación era húmeda, caliente y brutalmente invasiva. La lengua de Miller era áspera, moviéndose con insistencia en un lugar que nadie había tocado antes, explorando la entrada prohibida con una lujuria que la hacía sentir sucia y, irónicamente, viva. Las manos de él apretaban sus nalgas con fuerza, dejando marcas blancas en su piel, separándolas para acceder más profundamente.

Miller se levantó al poco tiempo, jadeando. Desabrochó su pantalón de uniforme con movimientos torpes. Su pene salió al aire, ya duro, palpitando con el anticipio de la conquista. No era tan grande como el de Sam, pero era grueso, un tronco de carne listo para ser usado.

—Vamos a ver si eres tan fuerte como pareces —gruñó.

Sin avisar, Miller se colocó en la entrada de Mary. Ella estaba húmeda, no por deseo, sino por la reacción involuntaria de su cuerpo al estímulo anterior. Con un empujón seco, Miller se la metió de golpe.

Mary gritó, ahogando el sonido contra la madera de la mesa. La entrada fue brusca, casi violenta. Miller no esperó a que ella se acostumbrara. Comenzó a penetrarla con un ritmo duro y rápido, usando su cuerpo como si fuera un mero receptáculo para su frustración. Cada embestida hacía que la mesa se tambaleara, que los platos de metal chocaran entre ellos.

—¡Maldita…! —soltó él entre dientes, agarrándola de la cadera con ambas manos para tener más palanca.

Mary apretó los ojos, intentando disociar su mente del acto. Pero el cuerpo traiciona. La fricción, el calor, la sensación de ser llenada una y otra vez, despertaron una respuesta visceral en ella. Sus manos se aferraron a los bordes de la mesa, sus nudillos se pusieron blancos. Sentía cómo sus huevos, golpeando contra su piel con cada embestida, añadían un ritmo extra a la violación.

Miller se inclinó sobre ella, cubriendo su espalda con su peso, su aliento caliente y rancio en su oreja.

—Sam no puede salvarte de esto —siseó—. Nadie puede.

Mary giró la cabeza, con el cabello pegado a la cara por el sudor.

—No estoy esperando que me salve —susurró ella, con la voz entrecortada por los golpes—. Estoy esperando que acabes.

Esa respuesta, esa muestra de desdén incluso en medio de la sumisión, pareció excitar más a Miller. Aumentó el ritmo, follando con una furia desesperada, como si intentara borrar la insolencia de ella con su semen.

Mary sintió cómo el orgasmo se acercaba, no como una ola suave, sino como una tormenta. El dolor se mezclaba con el placer, la humillación con el poder. Ella estaba allí, usada, manchada, y sin embargo, seguía siendo ella. No se había roto. Y esa era su victoria.

Miller tiró de su cabello, obligándola a arquear el cuello.

—¡Dímelo! ¡Dime que te gusta! —exigió.

—Me gusta —mintió ella, y la mentira sonó tan verdadera que casi ella misma la creyó

Miller no se detuvo. El ritmo de sus caderas se volvió frenético, una bestia desatada que solo buscaba su propia liberación en el cuerpo doblado de Mary. Cada embestida era un golpe seco, un sonido húmedo y obsceno que resonaba en la cocina vacía, mezclado con los crujidos de la madera de la mesa y los jadeos guturales del hombre. Mary sintió cómo el sudor de él le goteaba en la espalda, salando su piel, mezclándose con el suyo propio, creando una pegajosa e indeleble unión entre ambos.

La respiración de Mary se cortaba en cada golpe. El aire no entraba bien en sus pulmones; el peso de Miller sobre ella, la presión contra el borde de la mesa, todo conspiraba para dejarla aturdida, flotando en un estado de conciencia alterada donde el dolor y el placer se confundían en una misma masa roja y pulsante. Ella sentía su verga hiriéndola, entrando y saliendo con una velocidad brutal, rozando paredes que Sam había descubierto pero que Miller ahora reclamaba con violencia.

De repente, el hombre se detuvo en seco, hundido hasta el fondo dentro de ella. Mary soltó un gemido ahogado, sintiendo el latido de ese miembro ajeno en su interior, una vida invasiva que palpitaba contra sus entrañas. Miller agarró su pelo con fuerza, tirando de su cabeza hacia atrás hasta que el cuello de Mary se tensó como un arco, las venas pulsando visibles bajo la piel sucia y pálida.

—Te estás acostumbrando demasiado rápido —gruñó él, con la voz ronca por el esfuerzo—. Necesito recordarte a quién pertenece este agujero.

Sin previo aviso, Miller se retiró de ella. La pérdida de la presión fue un shock, un vacío repentino que hizo que las piernas de Mary temblaran. Pero no le dio tiempo a recuperarse. Antes de que pudiera tomar aire, Miller la agarró por los hombros y la giró violentamente, haciéndola girar sobre sus talones. Mary perdió el equilibrio y cayó de rodillas en el suelo de tierra apisonada, golpeándose las tibias con un dolor sordo que apenas registró.

Miller estaba de pie frente a ella, su pene erecto y brillante, bañado en los fluidos de ella y en su propia lubricación. Apestaba a sexo, a sudor rancio y a poder. Se lo acercó al rostro de Mary, rozando sus mejillas, dejando una huella húmeda y caliente en su piel.

—Ábre —ordenó.

Mary lo miró desde abajo. Sus ojos estaban vidriosos, pero su mandíbula se tensó. Sabía lo que venía. Sabía que no había opción, no había piedad. Pero también sabía que sobrevivir a esto significaba no dejar que la destruyeran por dentro. Si él quería usarla como un recipiente, ella sería el recipiente más fuerte, más frío, más indestructible que jamás hubiera conocido.

Abrió la boca.

Miller no esperó una invitación más. Con un movimiento brusco de caderas, se la introdujo entera.

La sensación fue inmediata y abrumadora. La cabeza de su miembro golpeó el fondo de su garganta, cortando el paso del aire de golpe. Mary sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas involuntarias, un reflejo físico ante la invasión tan profunda. Miller siguió empujando, intentando ir más profundo, como si quisiera alcanzar su estómago a través de su garganta.

Mary se aferró a los muslos del hombre, sus dedos hundiéndose en la tela de los pantalones de uniforme. Necesitaba un punto de anclaje, algo que la mantuviera en este mundo mientras su boca era violada con tal ferocidad. Miller comenzó a moverse, no con delicadeza, sino usando su boca como si fuera otra cosa, una segunda vagina más profunda y más ajustada.

Cada embestida hacía que su nariz se aplastara contra la pelvis velluda y sucia de Miller. El olor era asfixiante, una mezcla de orina, sudor y una masculinidad cruda que le revolvía las entrañas. Miller agarró la cabeza de Mary con ambas manos, entrelazando los dedos en su cabello sucio y apelmazado, tomando control total de sus movimientos.

—¡Mírame! —gritó él, entre dientes—. ¡Mírame mientras te meto hasta las bolas!

Mary intentó mantener los ojos abiertos, pero la falta de oxígeno empezaba a nublar su visión. El mundo se redujo a la carne que entraba y salía de su boca, al sonido húmedo y estrangulado de sus propios intentos de respirar alrededor del miembro obstructor. Sentía las venas de él pulsando contra su lengua, notaba cómo la glande se hinchaba cada vez más, golpeando el fondo de su garganta con una insistencia dolorida.

Miller aumentó la velocidad. Ahora no solo empujaba hacia adentro, sino que también rotaba sus caderas, moliéndose en su boca, buscando cada rincón, estimulando cada punto. La saliva de Mary se acumulaba, incapaz de ser tragada, y comenzaba a brotrar por las comisuras de sus labios, cayendo en hilos brillantes sobre su barbilla y manchando el vestido raído que aún colgaba de sus hombros.

El asfixia era real. Sus pulmones ardían, pidiendo aire que no llegaba. Su corazón martilleaba en sus oídos, un tambor de guerra que se aceleraba con cada segundo que pasaba. Mary sentía que iba a desmayarse, que la oscuridad estaba acechando en los bordes de su visión, tentándola con el olvido.

Pero entonces, algo cambió en Miller. Su respiración se volvió más entrecortada, sus movimientos más erráticos. Sus manos apretaron la cabeza de Mary con una fuerza que casi le crasó los huesos del cráneo. El ritmo se volvió convulsivo.

—¡Sí! —gritó él, arqueando la espalda—. ¡Así! ¡Así, zorra!

Mary sintió cómo el miembro en su boca se endureció hasta el punto de parecer piedra. El glande se infló, bloqueando aún más su garganta si eso era posible. Miller se clavó una última vez, profundamente, hasta que sus testiculos golpearon el mentón de Mary, y se quedó allí, inmóvil, tensado como un arco a punto de soltar la flecha.

El orgasmo lo arrancó con un rugido sordo que vibró en el pecho de Mary. Mary sintió el primer chorro, caliente y espeso, dispararse directamente al fondo de su garganta. No hubo sabor al principio, solo calor y presión. Luego, el segundo choro, y el tercero. Miller se venía dentro de su boca, llenándola, usándola como un simple contenedor para su deseo.

Mary intentó tragar, instintivamente, para no ahogarse. El líquido salado y amargo bajó por su esófago, un fuego líquido que le quemaba el camino. Pero había demasiado. La semilla de Miller rebosó, saliendo por los lados de sus labios, mezclándose con la saliva, cayendo en un charco blanco y espumoso sobre el suelo entre sus rodillas.

Miller se mantuvo clavado en ella hasta que el último espasmo pasó por su cuerpo. Luego, con un suspiro largo y profundo, aflojó la presión en la cabeza de Mary y se retiró lentamente.

La verga salió de su boca con un sonido pop húmedo y obsceno. Mary se inclinó hacia adelante, tosiendo, jadeando, luchando por recuperar el aire. Su garganta le ardía, se sentía raspada, utilizada. Viscosidad blanca colgaba de sus labios y de su barbilla, y ella se la limpió con el dorso de la mano, sin mirarlo, intentando recuperar algo de dignidad en medio de la degradación.

Miller se arregló los pantalones, con movimientos lentos, como si volviera de un largo viaje. Miró hacia abajo, a Mary arrodillada a sus pies, temblando, manchada de él. Una sonrisa de satisfacción cruel cruzó su rostro.

—Muy bien —dijo, secándose el sudor de la frente con el brazo—. La próxima vez, no te haré tanto daño si te portas bien.

Mary no respondió. No podía. Su garganta estaba demasiado dolorida para formar palabras.

Mary permaneció arrodillada en el suelo de tierra apisonada, con el sabor salado y metálico de la eyaculación de Miller todavía quemándole la garganta. El aire entraba en sus pulmones en cortas ráfagas dolorosas, erizándole la piel sudorosa. Miller ya se había ido, saliendo de la cocina con la paso pesado de quien ha saciado un apetito básico y olvidado, dejando tras de sí un rastro de humedad y vergüenza ajena.

Pero Mary no se movió. Sabía que no era el final. En Botany Bay, la humillación rara vez viajaba sola; solía ir acompañada de testigos silenciosos o de la codina de quien esperaba su turno. El silencio en la cocina no era absoluto. Desde la puerta entreabierta que daba al patio trasero, donde se depositaban los restos de comida para los cerdos y los perros del campamento, escuchó un crujido.

Levantó la vista, limpiándose la barbilla con el dorso de la mano con un movimiento brusco y despectivo. De pie en el umbral estaba el cocinero auxiliar, un hombre llamado O’Malley. O’Malley era un irlandés bajito, huraño y con las manos deformes por años de trabajar con calderos hirviendo y picar hielo en los barcos de transporte. No tenía el rango de Miller, ni su fuerza bruta, pero tenía una mirada más antigua, más rastrera. Era la mirada de quien siempre está observando, esperando que el superior baje la guardia para poder robar un poco de carne o un momento de poder.

No dijo nada. Simplemente entró y cerró la puerta con un suave chasquido, cerrando el círculo. Su mirada se clavó en Mary, en su vestido desordenado, en sus muslos manchados de fluidos, en el charco de semen que aún brillaba en el suelo. O’Malley no se acercó como un depredador alfa, como Miller. Lo hizo como un buitre, con pasos sigilosos, calculadores.

—Te han dejado medio hecha, chiquilla —dijo su voz, grave y con un acento tan espeso que casi no se entendía—. Un desperdicio de buena comida.

Mary se puso de pie con dificultad. Sus piernas temblaban, pero enderezó la espalda. No mostraría debilidad. No ante este hombre.

—Vete, O’Malley —dijo, aunque su voz era un susurro rasposo—. Ya ha pasado.

O’Malley se rió, un sonido seco como hojas secas.

—¿Pasado? Aquí nada pasa, Mary. Solo se acumula. Él te ha usado como un trapo, pero no te ha probado del todo. Un hombre como ese no sabe apreciar los sabores fuertes.

Se detuvo frente a ella. Olía a cebolla, a grasa rancia y a una suciedad incrustada que el jabón nunca lograba quitar. Su mirada bajó de sus ojos a sus caderas, y luego más abajo, con una intención que hizo que la piel de Mary se erizara, no de miedo, sino de anticipación repugnante.

—Date la vuelta —ordenó.

Mary se quedó inmóvil un segundo, evaluando. ¿Luchar? ¿Gritar? ¿Para qué? El campamento dormía la siesta o trabajaba en el campo. Nadie vendría en su ayuda. Luchar solo significaría más golpes, más hambre, más aislamiento. Si debía sobrevivir, tenía que aprender a fluir como el agua alrededor de las rocas, dejando que la violencia pasara a través de ella sin romperla.

Se giró lentamente, presentándole la espalda.

El aire frío de la cocina volvió a golpear su piel desnuda, contrastando con el calor que aún ardía en su vientre y en sus nalgas. Estaba expuesta, vulnerable, su trasero pálido y marcado por el roce de la tabla de la tabla y las manos de Miller al servicio de este nuevo hombre.

O’Malley se arrodilló detrás de ella. Mary sintió sus manos callosas y grasientas posarse en sus caderas. Las manos eran pequeñas, pero fuertes, como garras de roedor. No hubo caricia. Simplemente agarró la carne de sus nalgas, separándolas con fuerza, exponiendo el surco oscuro y húmedo que había sido apenas preludio para Miller.

—Ahí está… —murmuró él, como si hablara consigo mismo—. El frasco de la miel.

Mary esperó un golpe, una bofetada, algo que confirmara la brutalidad del acto. Pero O’Malley no quería golpe. Quería saborear. Sin previo aviso, inclinó la cabeza y presionó su cara contra el trasero de Mary.

El choque fue térmico y sensorial. Mary soltó un grito ahogado cuando sintió la cara barbuda y rasposa de O’Malley hundiéndose en su entrepierna. Él no tenía reparos. Respiró hondo, inhalando el olor a sudor, a semen derramado y a esa flora natural e íntima que Mary llevaba entre las piernas. El aliento caliente de él salió en un bufido contra su ano, humedeciendo la piel ya sensible.

Luego, la lengua.

No fue un toque educado. Fue un lametón amplio, húmedo y áspero que recorrió toda la longitud de su surco, desde la base de la columna hasta el perineo. Mary se estremeció, sus manos buscándose apoyo en la mesa que tenía delante. La sensación era grotesca y extrañamente electrificante. Era una zona prohibida, un lugar de suciedad y expulsión que ahora era centro de atención.

O’Malley volvió a lamer, esta vez con más insistencia. Su lengua era plana y ancha, funcionando como un trapo empapado que intentaba limpiar y estimular al mismo tiempo. Mary sintió cómo la saliva del hombre se mezclaba con el sudor de su piel, creando una película resbaladiza que hacía que el contacto se sintiera más intenso.

—Maldición… —susurró ella, cerrando los ojos.

O’Malley no respondió con palabras. Respondió con el cuerpo. Sus manos, que mantenían separadas las nalgas de Mary, apretaron más, hundiendo sus dedos en la carne blanca, dejando marcas lunares. Comenzó a concentrarse en el centro, en ese anillo muscular contraído y protector. Comenzó a comerle el culo con un celo religioso.

La lengua de O’Malley se convirtió en un proyectil. Punta y dura, comenzando a hacer círculos alrededor del ano, presionando la carne suave, probando la resistencia del músculo. Mary gimió, un sonido bajo que escapó de su control. La sensación era opresiva y placentera al mismo tiempo. Sentía cómo la saliva bajaba, resbalando por el interior de sus nalgas, corriendo hacia su vagina ya hinchada y sensible.

O’Malley escupió. Un chorro directo de saliva que cayó sobre su ano y lubricó aún más la zona. Luego volvió a la carga, esta vez intentando penetrar. La lengua empujó, flexionándose, forzando la entrada. Mary sintió cómo el músculo cedía, cómo esa carne ajena se deslizaba dentro de ella, invadiéndola en una dirección inversa, una penetración húmeda y suave pero implacable.

—¡Dios! —gritó ella, arqueando la espalda—. ¡Para!

Pero O’Malley no paró. Al contrario, el grito pareció estimularlo. Comenzó a mover la cabeza de un lado a otro, sacudiendo su lengua dentro de ella, lamiendo las paredes internas del ano, un lugar que nadie debería tocar. El ruido era obsceno, constante y húmedo, el sonido de un hombre bebiendo de un frasco que nunca debería haber abierto.

Mary sintió una oleada de calor que subía desde sus pies, recorriendo sus muslos, instalándose en su vientre. El asco se mezclaba con un placer perverso. Su cuerpo, traicionado una vez más, comenzaba a responder.

O’Malley no se detuvo ante los gritos de Mary; al contrario, el sonido de su desesperación pareció actuar como un combustible para su lascivia. Con las manos firmemente clavadas en las caderas de ella, impulsó su lengua con mayor fuerza, rompiendo la resistencia del anillo muscular y penetrando profundamente en su recto. Mary gritó, sintiendo cómo esa carne húmeda y rugosa la invadía en un lugar que consideraba intocable, una humillación que iba más allá de la violación física; era una profanación de su intimidad más profunda.

El irlandés grunó, satisfecho, y retiró la boca con un sonido obsceno, dejando un rastro de saliva brillante que conectaba sus labios con el ano abierto y palpitante de Mary. Sin darle tiempo a recuperarse, se puso de pie rápidamente. El roce de su tela rugosa contra las piernas desnudas de ella recordó a Mary su vulnerabilidad. Se escucharon el sonido de una hebilla metálica y el de unos pantalones cayendo al suelo.

—Te voy a enseñar lo que es ser comida por los dos lados, zorra —siseó O’Malley.

Mary sintió el peso del miembro de él, caliente y duro, posarse en el pliegue de sus nalgas. No era tan grande como el de Sam, pero estaba endurecido como una piedra, pudiéndose notar la dureza de años de reprimida lujuria. O’Malley escupió en su propia mano y se lubricó el glande con movimientos torpes, mezclando su saliva con los fluidos que ya manchaban a Mary.

Sin previo aviso, alineó la punta con la entrada que acababa de lamer y empujó con las caderas. Mary arqueó la espalda, los ojos abiertos por el shock, mientras el glande forzaba el esfínter hasta ceder. El dolor fue agudo, una sensación de desgarramiento quemante que recorrió su columna vertebral. O’Malley no esperó; se hundió hasta el fondo en una sola embestida bruta, haciéndola gritar contra la madera de la mesa, que crujió bajo el impulso.

—¡Aprieta! ¡Maldita sea, aprieta! —gritó él, agarrándose al pelo sucio de Mary como si fueran riendas.

Comenzó a moverse con un ritmo seco y estocante. Cada embestida sacudía el cuerpo pequeño de Mary, empujando su vientre contra el borde de la mesa, cortándole la respiración. A diferencia de Miller, que había buscado dominarla a través del miedo, O’Malley parecía querer exprimir cada centímetro de su carne, disfrutando de la calidez y la aspereza del canal anal. El ruido de sus cuerpos chocando era húmedo y slápido, resonando en la cocina vacía como un latido obsceno.

Mary sintió cómo las lágrimas se mezclaban con el sudor en su cara. Estaba rota, usada, dos hombres en menos de una hora habían tomado lo que quisieran de ella. Pero su cuerpo, traicionero y biológico, reaccionaba al estímulo constante. La fricción en su ano, combinada con el oleaje de hormonas del miedo, enviaba señales confusas a su cerebro. O’Malley alcanzó debajo de ella con una mano manchada de grasa y encontró su clítoris, hinchado y sensible.

—No… —gimió ella, pero su voz se perdió en un gemido cuando sus dedos ásperos comenzaron a frotar en círculos rápidos.

La dualidad fue devastadora. Dolor y placer, humillación y un calor creciente en el bajo vientre. O’Malley follaba su culo con una furia creciente, jadeando como un animal junto a su oreja, describiendo lo sucia que era, lo bien que la daba, palabras que entraban en su mente como cuchillos.

—Tómatelo todo, puta —gruñó, dándole una bofetada en la nalda derecha que dejó una marca roja brillante—. Este es tu sitio ahora, sirviendo a los hombres.

Mary sintió el orgullo desmoronarse. No era Mary la convicta, la que planeaba escapar con Sam; era un agujero, un objeto para ser llenado. Y en esa rendición total, su cuerpo encontró una liberación oscura. El orgasmo la golpeó como una ola sucia, haciéndola temblor y gritar, sus contracciones musculares apretando el pene de O’Malley como un puño involuntario.

—¡Así! ¡Así! —gritó él, sintiendo cómo ella lo estrangulaba con el culo—. Me vas a sacar la leche con ese culo.

O’Malley aumentó la velocidad, convirtiéndose en una máquina de sexo desesperada. Unos cuantos embestidas más tarde, se clavó hasta las bolas y soltó un rugido gutural, vaciándose dentro de ella. Mary sintió los chorros calientes brotar profundamente en sus entrañas, llenando su recto con una humedad extraña y pesada. Él se quedó ahí, palpando encima de ella, temblando, mientras el semen goteaba por dentro de ella.

Tras unos segundos, O’Malley se retiró de golpe. Su pene salió con un sonido húmedo, y un hilo de semen blanco y espeso cayó al suelo, mezclándose con el de Miller. Mary, incapaz de sostenerse en pie, se deslizó por la mesa hasta quedar sentada en el suelo de tierra, con las piernas abiertas y la espalda apoyada en los cajones.

O’Malley se abrochó los pantalones con calma, respirando hondo. Miró hacia abajo a Mary, que yacía con la mirada perdida, el vestido subido, el semen goteando de sus dos orificios y una mancha de humedad en la entrepierna que denunciaba su propia clímax involuntario.

—Has limpiado bien el suelo, chica —dijo con una mueca despectiva, señalando los charcos—. Asegúrate de que no se note.

Sin darle más importancia, O’Malley se dirigió a los fogones, dejando a Mary sola en la penumbra, rodeada de olores a sexo, grasa y su propia vergüenza, sumida en el silencio rotundo de una dignidad que acababa de ser arrasada.

El día terminó lentamente, arrastrando sus horas como un condenado que no quiere llegar al cadalso. Mary se arrastró fuera de la cocina cuando el sol ya se escondía tras las colinas de Port Jackson. Se lavó lo mejor que pudo con agua fría de un barril, intentando quitarse de encima la capa pegajosa de O’Malley y Miller, pero el olor parecía haber impregnado su misma piel. Se arregló las ropas raídas, ocultando los moretones que empezaban a florecer en sus caderas, y caminó hacia la cabaña con la cabeza erguida. Aunque cada paso le dolía en un lugar distinto, se negó a cojear. No daríales el gusto de verla herida.

Encontró a Sam cerca del perímetro, apoyado contra un tronco medio podrido, con la mirada clavada en el mar oscuro. Se giró al oírla llegar y su rostro se endureció al verla. No hizo preguntas; no las necesitaba. Al acercarse, el aire entre ellos cambió, cargándose con el olor a otros hombres que ella ya no podía ocultar. Sam frunció el ceño, una línea de furia pura trazándose en su frente, pero cuando ella se detuvo frente a él, su expresión se suavizó hasta convertirse en algo mucho más doloroso: compasión.

—Han estado contigo —dijo Sam. No fue una pregunta.

Mary asintió, con la mandíbula apretada, negándose a dejar que el temblor le llegara a los labios.

—El sargento Miller. Y luego O’Malley —dijo ella, con una voz plana que asustó hasta a ella misma—. Me han usado, Sam. Me han pasado de uno a otro como si fuera una jarra de ron vacía.

Sam soltó un gruñido bajo, animal, y dio un paso hacia ella como si quisiera ir a buscar a los responsables allí mismo, a romperles los huesos con sus propias manos. Mary le tocó el antebrazo, deteniéndolo. La mano de ella temblaba, pero su agarro fue firme.

—No sirve de nada —dijo ella—. Si vas ahora, te colgarán del árbol más cercano o te azotarán hasta matarte. No te quiero perder.

Sam se detuvo, respirando con dificultad, el pecho subiendo y bajando con violencia. La miró a los ojos, buscando rastro de lágrimas o de miedo, pero solo halló una luz dura, un fragmento de acero que no se había roto.

—Te amo, Mary —dijo él, con la voz ronca, pasando una mano por el cabello sucio y enmarañado de ella con una ternura que contrastaba con la brutalidad del día—. No importa lo que hayan hecho. No me importa quién te haya tocado. Eres mía. No por la fuerza, sino porque tú y yo… somos lo único real en este maldito infierno.

La bajó la voz, casi rogar. —Déjame cuidarte. Déjame estar contigo aunque sea para sostener tu mano mientras duermes.

Mary sintió un nudo en la garganta, el primer asomo de llanto desde hacía horas, pero lo tragó con amargura. Se acercó a él, apoyando la frente en su pecho rudo, escuchando el latido fuerte de su corazón, el único ritmo que le parecía limpio en todo el campamento. Él la rodeó con los brazos, protegiéndola del viento, absorbiendo su dolor como si fuera propio.

—Estoy aquí, Mary —susurró él, besando la parte superior de su cabeza—. No te voy a dejar. Eres mi esposa, en el alma y en la tierra. Nadie puede cambiarnos eso.

Mary respiró profundamente, inhalando el olor a tabaco, a tierra y a Sam, dejando que ese olor borrara, aunque fuera por un momento, el rastro de los demás. Levantó la cabeza y lo miró a los ojos. No había tristeza en su mirada, sino una determinación feroz, una promesa hecha de fuego y piedra.

—Pueden hacerme lo que quieran, Sam —dijo ella, con una claridad fría y definitiva—. Pueden manchar mi cuerpo, pueden llenarme de su asco y usarme hasta que me rompan. Pero no me han vencido.

Sam apretó sus manos contra las suyas, asintiendo, sintiendo el peso de sus palabras.

—Podrán violarme todos —continuó ella, con la voz recobrando fuerza—. Podrán usar mi cuerpo una y otra vez, pero no me romperán, lo juro. Algún día nos iremos juntos tú y yo. Cuando menos lo esperen, escaparemos de este maldito lugar y seremos libres. Te lo juro.

Sam no dijo nada más, solo la sostuvo más fuerte bajo la luz de las estrellas que no juzgaban, dos almas rotas pero indestructibles, prometiéndose un futuro que parecía imposible, pero que, en ese instante, era lo único que les mantenía con vida.

8 Lecturas/11 febrero, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: amigos, anal, follando, mayor, mayores, semen, sexo, viaje
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