Desahogarme en mi jefa
En una oficina anodina de consultoría financiera, un joven analista de 21 años descubre un desvío millonario oculto por su implacable jefa de 45 años, Victoria. Lo que comienza como un chantaje frío y calculado se transforma rápidamente en una espiral de poder, humillación y deseo crudo..
Tenía 21 años cuando crucé la puerta de esa consultora por primera vez. Primer empleo real después de la universidad: analista financiero junior. El sueldo apenas alcanzaba para el alquiler y la comida, pero había un escritorio propio, un monitor doble y la promesa de que, si aguantaba, algún día subiría. La oficina era un piso abierto con cubículos grises, luces que parpadeaban de vez en cuando y un olor permanente a café recalentado y papel viejo.
Victoria era la gerente del área. 45 años. Divorciada desde hacía casi una década, sin hijos, con una reputación de implacable. Siempre impecable: camisa blanca que se ceñía a sus pechos pesados, falda lápiz negra que parecía cosida directamente sobre sus caderas anchas, ella es rellena/gordita después me enteré que pesa Pesa 70 kg y mide 1,70,tacones de aguja que anunciaban su llegada como un tambor de guerra. Pelo negro en un moño bajo perfecto, gafas de armazón fino que enmarcaban unos ojos que podían congelar o quemarte dependiendo del humor, un cuerpo suave y curvilíneo. Cuando se quitaba las gafas al final del día para frotarse el puente de la nariz, aparecía una grieta en esa armadura: cansancio puro, arrugas finas alrededor de los ojos, un suspiro que nadie más parecía notar.
Yo la temía y la deseaba al mismo tiempo. Me regañaba en público por cualquier error mínimo, me hacía rehacer reportes hasta la náusea, me hablaba como si yo fuera un estorbo temporal. Pero cada vez que pasaba por mi cubículo dejando un rastro de su perfume —floral con un fondo amaderado y ligeramente ahumado—, me quedaba mirando su espalda, la curva de su culo bajo la falda, y me imaginaba rompiendo esa fachada de control.
El quiebre llegó en noviembre. Revisando los soportes de gastos operativos encontré la irregularidad: transferencias mensuales a una cuenta personal, disfrazadas de “consultorías externas”. Comprobantes falsificados, correos de aprobación desde su bandeja, un desvío que superaba los 200 millones en poco más de un año. Era burdo. Demasiado burdo para alguien que siempre presumía de precisión.
No lo reporté. Copié todo, imprimí lo esencial, lo metí en un sobre manila y esperé al viernes por la tarde, cuando la planta ya estaba casi vacía.
Toqué su puerta a las 7:18 pm.
—Pasa —dijo sin levantar la vista.
Entré y cerré con llave. El clic la hizo girar la silla despacio.
—¿Qué haces?
Dejé el sobre sobre el escritorio. Los papeles se desparramaron.
Ella los miró. Confusión. Incredulidad. Pánico frío.
—¿De dónde sacaste esto?
—De donde tú no quisiste que miraran.
Intentó recomponerse.
—Si lo entregas, te entierro. Te hago la vida imposible en esta industria.
Saqué el celular y le mostré la foto del sobre, la captura del drive encriptado con copias en tres lugares distintos.
—Mañana a primera hora llega a dirección, recursos humanos y autoridades fiscales si me pasa algo. Tú eliges.
Silencio largo. Solo su respiración acelerada.
—¿Qué quieres?
Me senté en el borde del escritorio, tan cerca que podía ver cómo le latía la vena del cuello.
—Quiero que dejes de tratarme como si no existiera. Quiero que te arrodilles y me la chupes mirándome a los ojos. Quiero que sepas quién manda ahora.
Me miró con odio puro.
—Eres un crío enfermo.
—Y tú una ladrona que se va a pudrir en una celda si no abre la boca.
Se quedó quieta. Luego, despacio, se levantó, rodeó el escritorio y se arrodilló. Las rodillas le crujieron al tocar el piso. Desabrochó mi cinturón con dedos que ya no temblaban de rabia, sino de algo más oscuro.
La primera vez fue brutal. Le agarré el moño, le quité las gafas y se la metí hasta la garganta. Tosió, escupió, lágrimas rodaron. Pero siguió. Le dije cosas horribles: “Traga, vieja puta”, “Esto es lo que mereces por creerte intocable”, “Mírame mientras te corro”. Cuando terminé, le apreté la mandíbula. Tragó. Se quedó ahí, respirando agitada, camisa manchada, rímel corrido.
—Limpia el piso.
Lamió lo que había caído. Grabé en silencio.
Se levantó, se arregló como pudo y dijo:
—Mañana a las 6:30. Aquí.
Los meses siguientes fueron una caída lenta y adictiva.
Al principio solo oral. La obligaba a meterse bajo el escritorio durante llamadas. Le ponía el teléfono en altavoz para que oyeran su respiración entrecortada, los ruidos que intentaba ahogar. Odiaba eso más que nada: el riesgo.
Luego vino la penetración. Primera vez en su escritorio, jueves noche. Boca abajo, falda subida, bragas bajadas. Seca. Entré de golpe. Gritó. Le tapé la boca.
—Aguanta.
Embestí sin cuidado. Su culo rebotaba contra mí. Le apreté los pechos hasta que gimió de dolor. Le dije que era una vieja seca, que por eso no tenía hijos. Cada insulto la hacía apretar más. Terminó empapada.
—¿Te gusta que un niñato te trate como perra fracasada?
Sollozaba, pero empujaba hacia atrás. Se corrió dos veces. Yo terminé dentro, sin protección.
—No tomes nada. Si lo haces, mando todo.
No lo tomó.
Se volvió diario. Oficina después de horas, estacionamiento, moteles discretos. Tacones altos aunque después apenas caminara. De cuatro patas, moño tirado, nalgadas que dejaban marcas. Dedos en el culo mientras la follaba. Atada a la silla con cinta, blusa arrancada, pechos chupados hasta moretones. Sentada sobre mí, subiendo y bajando mientras le apretaba el cuello.
—Dilo.
—Soy tu puta vieja…
—Di que quieres que te embarace.
—Quiero… que me embaraces… por favor…
Me vine profundo. Ella se corrió apretándome, llorando en silencio después.
Cuatro meses de insultos mutuos. “Niño sádico”, “vieja estéril”. Pero después del sexo, silencio compartido, respiraciones sincronizadas.
Un martes de marzo llegó tarde. Cara pálida, ojos hinchados. Cerró la puerta con llave y se quedó de pie frente a mí.
—Estoy embarazada. Gemelos. Dos latidos fuertes.
Le tiré la prueba. Dos rayas gruesas.
—No puedo mentir. Todos verán la panza. Sabrán que fue alguien joven… y que me dejó así.
Le levanté la barbilla.
—Vas a seguir viniendo con esa panza creciendo. Y cuando estemos solos, seguirás abriendo las piernas. O mando todo.
Se arrodilló despacio.
Esa misma tarde la tomé en el sofá de su oficina. Por primera vez con algo de cuidado. La puse de lado, una pierna levantada sobre el respaldo, y entré despacio mientras le acariciaba la piel apenas tensa del vientre. Sus pechos ya empezaban a hincharse; los pezones más oscuros y sensibles. Cuando los pellizqué suavemente, gimió de una forma nueva: mezcla de placer y sorpresa. Me corrí dentro sin prisa, sintiendo cómo su cuerpo respondía con contracciones suaves alrededor de mí. Después se quedó quieta, mi mano sobre su abdomen, los dos respirando al mismo ritmo.
A medida que avanzaba el embarazo, el sexo cambió. Se volvió más lento, más sensorial, pero no menos intenso.
En el quinto mes, cuando la panza ya se notaba bajo los vestidos premamá, la llevé a un motel discreto un sábado por la tarde. La desnudé despacio: quité la blusa, desabroché el sostén especial para embarazadas, dejé que sus tetas pesadas cayeran libres. Estaban enormes, venas azuladas marcadas, pezones hinchados y sensibles al mínimo roce. Me arrodillé frente a ella y los chupé uno por uno, succionando con cuidado hasta que soltó un gemido largo y profundo. Leche prematura empezó a gotear; la probé, salada y dulce al mismo tiempo. Ella se estremeció.
—Eres un cabrón… —susurró, pero me agarró la cabeza y me apretó contra su pecho.
La puse de cuatro patas sobre la cama, panza colgando, apoyada en almohadas. Entré desde atrás despacio, sintiendo cómo su coño se había vuelto más apretado y caliente por las hormonas. Cada embestida hacía que sus tetas se balancearan y gotearan. Le agarré las caderas, le di nalgadas suaves pero firmes que dejaban marcas rosadas en su piel. Ella empujaba hacia atrás, gimiendo bajito:
—Más profundo… no pares…
Me corrí dentro, profundo, y me quedé ahí un rato, abrazándola por detrás, mano en su panza donde los gemelos se movían como si supieran que estábamos ahí.
En el séptimo mes el sexo se volvió casi ritual. En su apartamento, después de que la planta se vaciara, la ponía de lado en la cama king size, panza enorme apoyada en almohadas especiales. Le masajeaba los pies hinchados primero, subía por las piernas, llegaba a su coño ya siempre húmedo por las hormonas. La lamía despacio, saboreando el cambio de sabor: más dulce, más abundante. Cuando se corría, su cuerpo entero temblaba, contracciones que me apretaban la lengua. Luego entraba despacio, sintiendo cómo su interior se había vuelto más sensible, más receptivo. A veces solo me quedaba quieto dentro de ella, moviéndome apenas, mientras le acariciaba la panza y le susurraba al oído:
—Estás preciosa así… preñada de mí.
Ella no respondía con palabras, solo gemía y ponía su mano sobre la mía.
El parto llegó una madrugada de octubre, dos semanas antes de lo previsto. Me llamó a las 3:17 am, voz tensa pero controlada:
—Se rompió la fuente. Ven.
Llegué al hospital en menos de treinta minutos. La encontré en la sala de partos, sudando, pelo suelto y desordenado por primera vez en años, aferrada a las barras de la cama. Los gemelos venían de nalgas; tuvieron que hacer cesárea de emergencia.
La llevaron al quirófano. Me dejaron entrar con bata y gorro. Ella me miró desde la camilla, ojos vidriosos por la anestesia raquídea.
—No te vayas —dijo en voz baja.
Me senté a su lado, le agarré la mano. Cuando sacaron al primero —un niño de casi 3 kilos, pelo negro como el de ella—, lloró en silencio. Al segundo —otro niño, idéntico—, las lágrimas le rodaron por las sienes. Yo no pude hablar; solo apreté su mano más fuerte.
Después, en la habitación, con los bebés en las cunas transparentes, se quedó mirándolos un rato largo.
—Son perfectos —susurró.
Yo me senté en el borde de la cama, le aparté el pelo de la frente.
—Tú también.
No dijo nada más. Solo me miró de una forma que no necesitaba palabras.
Los primeros meses fueron un caos hermoso y agotador.
Volvió de la licencia a los tres meses. Más suave en los bordes, ojeras permanentes, pero igual de implacable con los números. En la oficina seguíamos siendo jefa y subordinado: reuniones, reportes, correos formales. Pero cuando la planta se vaciaba, cerraba la puerta con llave, se quitaba las gafas, se soltaba el pelo y me dejaba acercarme.
Una tarde, a los cuatro meses postparto, la encontré amamantando a uno de los gemelos en su oficina (había traído una sillita portátil). El otro dormía en el moisés al lado. Cerré la puerta, me acerqué por detrás y le besé el cuello mientras ella seguía dando pecho. Sus tetas seguían enormes, llenas de leche. Cuando el bebé se durmió, lo acostó y se giró hacia mí.
—Fóllame —dijo en voz baja, casi como una orden.
La puse sobre el sofá, falda subida, bragas a un lado. Entré despacio; su cuerpo había cambiado: más suave, más lleno, pero igual de apretado. Mientras la penetraba, le chupé un pecho; salió leche tibia que me llenó la boca. Ella gimió, agarrándome el pelo.
—Sigue… no pares…
Me corrí dentro, profundo, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de mí en oleadas suaves. Después nos quedamos abrazados, respirando juntos, el sonido de los bebés durmiendo de fondo.
Otra noche, en su apartamento, los gemelos dormían en su habitación. Nos metimos en la ducha juntos. Agua caliente cayendo sobre nosotros. La puse contra la pared, piernas alrededor de mi cintura, y la penetré de pie. Sus tetas resbaladizas por el jabón chocaban contra mi pecho con cada embestida. Ella me mordió el hombro para no gritar. Nos corrimos casi al mismo tiempo, temblando bajo el agua.
No hay declaraciones. No hay “somos pareja”, no hay anillo, no hay planes de mudarnos juntos. Solo hay esto: ella me busca cuando los gemelos duermen, yo me quedo más tiempo en la oficina, vamos a su casa los fines de semana sin decir por qué. A veces follamos con urgencia, a veces solo nos abrazamos en el sofá mientras uno de los bebés mama y el otro juega en la alfombra. A veces hablamos de trabajo. A veces hablamos de nada.
Ella sigue siendo Victoria: la gerente estricta, la madre agotada pero feroz, la mujer que un día fue chantajeada y que ahora me mira con algo que parece confianza absoluta.
Yo sigo siendo Simón: el analista que encontró una cuenta que no cuadraba, el hombre que la preñó, el que se queda porque irse sería perder algo que ninguno sabe nombrar.
No es amor de película. Es algo más crudo, más complicado, más real.
Y por ahora —con dos niños
pequeños durmiendo en la habitación de al lado, con su cuerpo todavía marcado por el embarazo, con mi semen todavía dentro de ella después de cada encuentro—, nos basta.


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