descubiertos por la abuela
luego de tantas veces satisfaciendo mis deseos con mi primita, tuvo que pasar, que nos descubran..
Ya llevábamos como la quincuagésima vez que nos cogíamos a escondidas. Yo tenía 12 años y mi pinga ya producía semen espeso y abundante. Mi prima de 8 años se había vuelto toda una guarra chiquita. Aunque al principio lloraba y se quejaba, con el tiempo empezó a buscarlo ella misma. Me miraba con esa carita inocente y me pedía bajito que le metiera la pinga en el culito.Esa tarde estábamos solos en la sala de atrás de la casa de la abuela. Ella se subió al sillón grande, se puso en cuatro como una perrita, se levantó la faldita hasta la cintura y se bajó las pantaletas hasta los tobillos. Su culito blanco y pequeño quedó completamente expuesto, el ano ya un poco abierto y rosado de tantas veces que se lo había reventado.Me arrodillé detrás de ella, con el pantalón y los calzoncillos bajados hasta los tobillos. Mi pinga estaba durísima, venosa y palpitando. Escupí varias veces en mi mano, le unté saliva gruesa en su ano y también en mi verga. Ella movía el culito hacia atrás, impaciente, gimiendo bajito:—Dale primo… métemela ya… quiero sentir tu pinga adentro…Apoyé la cabeza gruesa contra su ano apretado y empujé. Entró más fácil que las primeras veces. Su culito caliente y resbaloso me tragó casi toda la pinga de un solo golpe. Ella soltó un gemidito ahogado, mezcla de dolor y placer, y empujó su culito hacia atrás para que entrara hasta el fondo.—Ay… qué rica se siente tu pinga… —susurró, moviéndose contra mí.Empecé a follármela con ritmo, sacando y metiendo la pinga completa, sintiendo cómo su ano me apretaba y me succionaba con cada embestida. El sonido húmedo y obsceno de mi pinga entrando y saliendo de su culo pequeño llenaba la habitación. Sus nalguitas rebotaban contra mi pelvis y cada vez que se la clavaba hasta el fondo mis huevos golpeaban contra su pichito hinchado.Estaba sudado, respirando fuerte, agarrándola de las caderas con fuerza mientras la cogía como un animal. Ella gemía cada vez más alto, moviendo el culito en círculos:—Más fuerte… cógeme más fuerte el culo… soy tu guarra, primo…Estaba a punto de correrme cuando escuché pasos en el pasillo.De repente mi abuela apareció en la puerta.Se quedó parada ahí, mirándonos. Vio todo: yo con 12 años, con la pinga enterrada hasta los huevos en el culito de mi prima de 8 años, follándola sin parar. Mi prima en cuatro, con la falda subida, gimiendo como una putita mientras recibía cada embestida.Mi abuela no gritó. Solo nos miró con los ojos muy abiertos, cara de shock y asco. Luego, sin decir una sola palabra, siguió caminando por el pasillo como si nada, dejándonos terminar de coger.Yo la miré directo a los ojos… y no me detuve. Al contrario, agarré más fuerte las caderas de mi prima y empecé a follármela con más violencia, embistiendo profundo y rápido, haciendo que el sillón crujiera. Mi prima ni siquiera se había dado cuenta del todo; solo gemía más fuerte y empujaba su culito contra mí.Durante casi dos minutos seguí cogiéndola mientras mi abuela pasaba. Sentía la pinga hinchada, a punto de explotar dentro de su ano caliente y apretado. El placer era brutal, sabiendo que nos habían visto y que yo seguía sin parar.Finalmente no aguanté más. Apreté los dientes, le clavé la pinga hasta el fondo y me corrí con fuerza. Chorros gruesos y calientes de semen salieron disparados dentro de su culito, llenándola completamente. Seguí empujando varias veces mientras me vaciaba, sintiendo cómo mi leche espesa se acumulaba adentro de ella.Solo cuando terminé de correrme completamente saqué la pinga lentamente. Un hilo blanco y espeso le chorreó del ano abierto y cayó al piso. Rápidamente me subí los pantalones. Mi prima, todavía temblando, se bajó la falda como pudo.Unos minutos después mi abuela regresó. Ahora su cara estaba roja de rabia contenida. Se paró frente a nosotros y preguntó con voz baja pero furiosa:—¿Qué carajos están haciendo, par de degenerados?Ninguno de los dos dijo nada. El olor a sexo todavía flotaba en el aire. Mi prima miraba al suelo, roja y callada. Yo sentía el corazón latiendo a mil, pero también una excitación extraña por haber seguido follándola mientras mi abuela nos veía.La abuela solo sacudió la cabeza con asco, murmuró algo entre dientes y se fue sin decir más en ese momento… pero los tres sabíamos que el secreto ya había sido descubierto.


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