Después de mis padres
Después de mis padres, no quedó nadie que pudiera decidir conmigo. Por eso me enviaron a vivir con mi tía. Su casa está en el bosque, lejos de la ciudad, lejos de todo lo que conocía. No conocía a su esposo..
Cuando lo vi por primera vez entendí que en esa casa las reglas no se discutían. Él hablaba poco, pero ordenaba todo: los horarios, los silencios, los movimientos. Mi tía aceptaba sin contradecir. Yo aprendí a hacer lo mismo.
La luz de la mañana se filtraba por las ventanas altas y dejaba líneas pálidas sobre el piso de madera. El bosque empezaba temprano: pájaros, hojas, el crujido constante de algo que se mueve sin verse. La casa olía a leña y a jabón. Mi tía Elena, de 41 años, se movía con una calma precisa, como si cada gesto ya estuviera decidido. Era delgada, de hombros rectos, cabello oscuro siempre recogido; tenía una manera firme de caminar, sin prisa, sin desvíos. Hablaba lo justo. Sus manos parecían hechas para el trabajo diario: seguras, eficientes.
Yo tenía entonces 10 años. Era ligera, más observadora que habladora. Aprendí rápido dónde no pararme y cuándo no preguntar. Me asignaron tareas pequeñas: ordenar, barrer, traer agua. Las cumplía sin ruido. Luna, mi prima de 7 años, llenaba los espacios que yo dejaba vacíos. Siempre estaba bailando por la casa, girando entre los muebles, marcando el ritmo con los pies descalzos. Parecía algo que realmente le gustaba, como si el movimiento la mantuviera a salvo. Nadie la detenía; solo le pedían que no hiciera ruido cuando él estaba cerca.
La vida en el bosque era repetición. Desayunos tempranos, tardes largas, noches cerradas. Afuera, los árboles; adentro, las reglas. Yo aprendí a medir el tiempo por la luz y por los pasos. Así fue como entendí dónde estaba y qué se esperaba de mí.
Vengo de un lugar donde el ruido avisaba el peligro. Aquí es el silencio. No hay calles, no hay bandas, no hay nombres que defender. Solo una casa aislada y la sensación de estar bajo una autoridad que no elegí.
image.png
Pero el silencio de esta casa tiene un sonido propio. Un sonido que se escucha mejor de noche, cuando las vigas crujen y el viento se arrastra contra los cristales como si quisiera entrar. Fue una de esas noches cuando aprendí la verdadera regla de este lugar, la que nunca se dice en voz alta. Mi tía no dormía en su habitación, y la puerta del cuarto que debía compartir con mi tío estaba entreabierta. La curiosidad, o el instinto de supervivencia que me mantuvo viva en las calles, me obligó a acercarme. No vi todo, pero vi suficiente. Vi cómo él, el hombre de las reglas y los horarios, se despojaba de todo control para imponer una autoridad mucho más primitiva. Y vi por un instante la cabeza de mi prima, hundida en la almohada. No lloraba.
La necesidad me despertó. Un aguijón insistente en la vejiga, una presión que ni el sueño más profundo pudo ignorar. Me levanté de la cama, descalza, y recordé la regla: de noche no se sale de la habitación. Pero la necesidad era más fuerte que el miedo. La casa estaba sumida en ese silencio pesado y reverberante del bosque, un silencio que se siente como un vacío. Abrí mi puerta con la lentitud de un ladrón, deslizándome por el pasillo de madera que crujía bajo mis pies como si denunciara mi desobediencia. El baño estaba al final, justo antes de la puerta del cuarto de mi tío. Y allí, en el suelo, como dos animales abatidos, vi el pijama de mi prima. Un conjunto de algodón estampado con lunas y estrellas, tierno y pueril, y junto a él, sus braguitas blancas, pequeñas, con un lazo de satén rosa en el centro. Mi sangre se heló. No deberían estar ahí. Una niña de su edad no deja su ropa en medio del pasillo.
Entonces los oí. No eran gritos, eran quejidos. Un sonido ahogado, intermitente, un lamento sofocado que parecía luchar por salir y al mismo tiempo morir en la garganta. Era la voz de mi prima, la reconocí en la entonación dolorida y rítmica de sus gemidos. Sonaban como si su boca estuviera sellada, como si una mano pesada le impidiera clamar, obligándola a tragar sus propios sonidos de dolor. El pánico me paralizó un instante, pero el instinto me empujó a actuar. No corrí, no me escondí. Me acerqué. Me pegué a la pared, junto al marco de la puerta de su cuarto, que estaba entreabierta, dejando una rendija de luz y vida.
A través de esa fisura, vi el infierno.
La habitación estaba apenas iluminada por la luz de la luna que se filtraba por la ventana, un espectro pálido que dibujaba las siluetas en la cama. Mi prima estaba sobre ella, pero no como una niña duerme. Estaba boca abajo, la cara hundida en la almohada, con el cuerpo de mi tío sobre ella. Él no tenía pijama, solo la piel desnuda y sudorosa, sus músculos tensos como los de un animal al acecho. Una de sus manos estaba presionando con fuerza la nuca de mi prima, hundiendo su rostro aún más en el tejido de la almohada para ahogar cualquier sonido. La otra mano sostenía una de las piernas de ella, manteniéndola abierta, exponiéndola por completo a su voluntad.
Mi mirada se fijó en el punto de unión, en el lugar donde su cuerpo se clavaba en el de ella con una ferocidad que no tenía nada de amor. Vi sus testículos golpeando rítmicamente contra ella, un contrapunto sordo y húmedo a los quejidos sofocados. Y vi su miembro, cada vez que se retiraba un poco para volver a hundirse con más fuerza. Era una columna de carne dura y enrojecida, surcada por venas gruesas y oscuras que parecían latir con vida propia, como gusanos bajo la piel. El glande, un cono de un púrpura encolerizado, aparecía y desaparecía, y en cada penetración, visualicé cómo abría el canal estrecho y forzaba la carne tierna de mi prima, que se ensanchaba sin poder ofrecer resistencia. El lubricante, si es que lo había, era insuficiente; veía el roce, la fricción brutal, la manera en que la piel de los labios de mi prima se estiraba hasta el límite con cada embestida, como si fuera a desgarrarse. Él movía la cadera con un movimiento preciso y calculado, una rutina de poder. No había prisa, solo una posesión lenta y metódica. Cada vez que se hundía, emitía un gruñido bajo, un sonido de satisfacción animal que se mezclaba con el llanto ahogado de mi prima. Sus nalgas se contraían con cada embestida, un esfuerzo muscular que demostraba el control absoluto que ejercía sobre el cuerpo mucho más pequeño y frágil que estaba debajo. La espalda de mi prima era un lienzo de piel pálida marcada por las sombra de su padre, que se proyectaba sobre ella cuando se inclinaba, como si la estuviera marcando, tejiendo una red de sombra sobre su carne.
El olor llegó a mí. Una mezcla de sudor, del perfume dulzón de mi prima y un olor metálico y denso, a sexo violento y a secreción forzada. Era el olor de la dominación, un aroma que se pegaba a las paredes y a mi memoria. Me quedé allí, hipnotizada por el horror, sin poder moverme, sentía que me faltaba el aire. El mundo se redujo a esa rendija, a ese espectáculo de crueldad y lujuria. Vi cómo su ritmo se aceleraba, cómo sus jadeos se volvían más cortos, cómo la presión de su mano sobre la cabeza de mi prima aumentaba, como si quisiera hundirla en el colchón. Y luego, un espasmo. Un temblor recorrió todo su cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, y lo vi descargar dentro de ella, una última embestida profunda y violenta que la hizo arquearse como un arco roto. Se quedó así unos segundos, un peso inerte sobre ella, respirando agitadamente contra su pelo.
Lentamente, se levantó. Su miembro, ahora flácido y brillante, salió de mi prima con un sonido húmedo y repugnante. Vi el entrepierna de mi prima, enrojecida, hinchada, brillando con una mezcla de fluidos. Mi tío se bajó de la cama con una indiferencia insultante y se acercó a la puerta. Me retiré de un salto, silenciosa como un gato, y me escondí en la oscuridad del otro lado del pasillo. Vi cómo salía, cómo me miraba sin verme, un simple fantasma en la noche, y cómo se dirigía al baño. Cerré los ojos y me aferré a la pared, sintiendo el corazón golpeándome con tanta fuerza que temía que se saliera de mi pecho.
Escuché la puerta del baño cerrarse, el cerrojo deslizarse con un chasquido metálico. Fue mi señal. Me deslicé de nuevo por el pasillo, esta vez sí con la urgencia de un fugitivo. No miré hacia el cuarto donde estaba mi prima. No podía. Entré en mi habitación y cerré la puerta sin hacer ruido, apoyando la espalda contra la madera y deslizándome hasta el suelo. El silencio era ahora mi enemigo. Antes era una regla, ahora era un vacío que se llenaba con los ecos de lo que acababa de presenciar.
Me metí en la cama, metiéndome bajo las mantas hasta la barbilla, como si el algodón y el lana pudieran blindarme de las imágenes. Pero no podían. Mis padres siempre habían sido muy directos. El sexo, para ellos, no era un misterio, sino una conversación. Hablaban de placer, de respeto, de deseo, de cómo los cuerpos se comunicaban cuando había cariño y confianza. «Es una danza, María», me dijo mi madre una vez, «donde los dos guían y los dos siguen, donde el gozo de uno depende del gozo del otro». Yo sabía, teóricamente, lo que era el acto sexual. Sabía de la erección, de la lubricación, del orgasmo. Lo que acababa de ver no era una danza. Era una ejecución. No había cariño en la forma en que su glande, ese casco de carne violácea, se abría paso en un cuerpo que no estaba preparado, no había gozo en los quejidos ahogados de mi prima, solo sumisión y dolor. Las venas de su miembro no eran surcos de pasión, eran cuerdas que ataban y desgarraban. Sabía, con una certeza que me heló la sangre, que aquello no era correcto. No era el sexo que mis padres me describieron. Era una violación disfrazada de rutina.
No pude dormir. Me quedé mirando el techo, viendo el espectáculo una y otra vez. La forma en que su cuerpo se hundía en el de ella, el sonido de su carne golpeando la de ella, la imagen de sus testículos meciéndose como un péndulo infernal. Cerraba los ojos y lo veía más claro. El tamaño de su miembro en comparación con el diminuto orificio de mi prima era una imposibilidad geométrica que se había hecho realidad a base de fuerza. Me preguntaba si siempre dolía, si cada noche era un desgarro. El sueño, cuando finalmente llegó, fue un escape agotador, un desmayo del cuerpo para que la mente pudiera descansar.
El día siguiente fue una máscara de normalidad. La luz del sol entró por mi ventana como si nada hubiera pasado. Bajé a la cocina. Mi tía estaba removiendo avena en la olla. Me sonrió, una sonrisa vacía y automática. «Buenos días, María. ¿Dormiste bien?». Asentí. Mi tío estaba sentado en la mesa, leyendo el periódico. No levantó la vista. Mi prima, Luna, entró poco después. Caminaba con una rigidez casi imperceptible, como si le doliera moverse. Se sentó y no dijo nada, solo se sirvió un poco de avena y la movió con la cuchara sin comérsela. Nadie pareció notarlo. Yo sí. Noté la forma en que se sentó, con cuidado, como si su piel estuviera ardiendo. Noté la mirada ausente en sus ojos. Noté el silencio denso de esa mesa, un silencio que no era de paz, sino de complicidad y miedo. Yo comí mi avena, tragué cada bocado como si fuera arena, y me comporté como si el mundo no se hubiera partido en dos la noche anterior. Era parte de las nuevas reglas: ver, saber y no decir nada.
La noche cayó rápido, como siempre en el bosque. Estaba sentada en la sala, en el sofá, con los pies recogidos y las manos sobre las piernas. El televisor estaba encendido. En la pantalla pasaban las noticias: voces graves, imágenes de lugares lejanos, palabras que no me decían nada. No me gustaban las noticias, pero las miraba igual. Quietas las cosas parecían menos peligrosas. Desde la cocina llegaban los sonidos de la cena. El golpe regular del cuchillo contra la tabla, el agua corriendo, una olla que hervía despacio. Mi tía escuchaba las noticias desde allí. No hablaba. A veces asentía sola, como si alguien le estuviera explicando algo importante. No me movía. Había aprendido que moverse sin motivo llamaba la atención. El sofá estaba frío y olía a tela vieja. Afuera no se oía nada, salvo el viento entre los árboles.
Escuché una puerta abrirse y de pronto llegaron mi tío y Luna. Él fue directo al sofá y se sentó sin decir palabra. Ocupó el centro, como si ese lugar le perteneciera. Luna se acomodó a su lado, con las piernas colgando, vestida con una camiseta pero en su parte baja únicamente con unas bragas rojas. Inmediatamente recordé las blancas de la noche anterior tiradas en el suelo del baño, y se me vino a la mente todo de nuevo. No podía dejar de ver a mi prima y a mi tío en ese momento. La notaba agitada, el pelo como si acabara de levantarse, un revoltijo de nudos y caos. Me pregunté en ese momento si mi tía sabría lo que hacían su esposo y su hija. Cómo podría no saberlo. ¿O acaso el silencio de esta casa era una enfermedad que contagiaba a todos, una ceguera voluntaria para sobrevivir? María sintió el peso de ambos sin que nadie la tocara. El espacio se cerró. Nadie habló. Las noticias siguieron. La cocina siguió funcionando. Permanecí sentada, mirando la pantalla, respirando despacio, esperando que la noche pasara sin exigirme nada.
El hombre a quien llamábamos tío, pero cuyo nombre real era Marcos, se recostó en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra. El cuero crujió bajo su peso, un sonido dominante que cortó el monótono murmullo del televisor. Su mirada se desvió de la pantalla y se posó en Luna, a su lado. La observó con una intensidad que no era paternal, sino de propiedad.
—Levántate, Luna —dijo, y su voz no era una orden, sino una certeza que se cumplía por sí sola.
Luna se levantó de inmediato, sin dudar. Se quedó de pie frente a él, una silueta pequeña y frágil bajo la luz indirecta de la lámpara. Sus bragas rojas, un rojo chillón y casi obsceno contra su piel pálida, eran lo único que la cubría. Marcos la miró de arriba abajo, lentamente, y luego giró la cabeza hacia mí. Sus ojos me atravesaron, me desnudaron con una calma aterradora. —Y a ti, María, ¿te incomoda que tu prima esté así? —preguntó, y el silencio que siguió a su pregunta fue más denso que el aire.
Sentí un nudo en la garganta. Todas las respuestas correctas, todas las reacciones normales, se agolpaban en mi cabeza: sí, me incomoda, es extraño, es indebido. Pero miré sus ojos, fríos y expectantes, y supe que ninguna de esas respuestas era la correcta. La respuesta correcta era la que no rompiera el frágil equilibrio de poder de esa sala. La respuesta correcta era la que me mantuviera a salvo.
—No —logré decir, y mi voz salió más baja y más temblorosa de lo que quería. Me sentí traidora.
Una sonrisa casi imperceptible curvó una comisura de sus labios. Asintió, satisfecho, y luego volvió su atención a Luna. Con una simple inclinación de cabeza, le dio una orden silenciosa. Luna entendió.
—Yo prefiero estar así —dijo ella, con la voz plana y sin emoción de una niña que ha memorizado su lección—. Es más cómodo.
Las palabras resonaron en la sala, absurdas y falsas. Cómodo. El dolor que debió sentir la noche anterior no tenía nada de cómodo. Mi tío pareció disfrutar la frase, como si fuera una prueba de su dominio.
—Deberías intentarlo tú, María —dijo, y sus ojos volvieron a clavarse en mí—. La libertad es cómoda.
Mi mente se convirtió en un torbellino. Libertad. Él llamaba libertad a ese estado de vulnerabilidad forzada. Pensé en mis padres, en sus conversaciones sobre el respeto y el consentimiento. Pensé en la imagen de su miembro desgarrando a mi prima. Un pánico frío me recorrió el estómago, pero debajo de ese pánico, había una extraña y perversa corriente de curiosidad. Era la misma curiosidad que me mantuvo mirando a través de la rendija de la puerta. Era el instinto de la presa que necesita entender al depredador. Si negaba, ¿qué pasaría? ¿Rompería el hechizo? ¿Desataría su ira? O si aceptaba, ¿me estaba adentrando voluntariamente en su infierno? La supervivencia, a veces significa hacer lo inimaginable.
Con las manos temblorosas, me desabroché el botón de mis pantalones. El sonido del metal deslizándose por la ranura me pareció ensordecedor. Bajé la cremallera lentamente, sintiendo el peso de sus tres miradas sobre mí: la de él, evaluadora; la de Luna, ausente; y la de mi tía Elena, que desde la cocina seguía su labor como si nada ocurriera. Me levanté y dejé que mis pantalones cayeran a mis tobillos. Los pateé suavemente a un lado. Ahora estaba como Luna, desde la cintura hacia abajo, solo que mis bragas eran diferentes.
Eran unas bragas negras que mi madre me había comprado en un descaro de «para cuando seas mayor». El borde formaba un patrón de flores, y el tejido, más fino en el centro, dejaba entrever el contorno de mi vagina. El elástico de las piernas se ceñía firmemente a mis muslos, y la tira posterior se hundía ligeramente en el pliegue de mis nalgas. Sentía el aire frío de la sala sobre mi piel expuesta, una sensación que me erizó y me humilló al mismo tiempo.
—Ponte junto a ella —ordenó Marcos, señalando el espacio a la derecha de Luna.
Me moví como una autómata, cruzando la alfombra hasta estar de pie, hombro con hombro con mi prima. Aunque era tres años mayor, no era mucho más alta. Estábamos a la misma altura, dos cuerpos femeninos en exhibición, dos objetos en una estantería. Mi corazón martilleaba contra mis costillas.
Entonces, habló. Pero no a nosotras.
—Mira, Elena —dijo Marcos, alzando la voz para que su esposa lo oyera desde la cocina—. ¿No son un espectáculo?
Mi tía no respondió, pero el sonido del cuchillo contra la tabla se detuvo. Escuchaba.
—La de Luna es un culito de niña —continuó Marcos, y su voz se volvió más baja, más morbosa—. Pequeño, firme, todavía sin curvarse del todo. Un bocado perfecto. Las bragas rojas lo hacen parecer una fruta prohibida. Pero el de María… —hizo una pausa, y sentí su mirada como una quemadura en mis posaderas—. El de María es más grande. Más ancho, con más forma. Tiene esa curva que baja hacia el muslo, esa hendidura perfecta que pide ser abierta. Y el color negro… es un marco para una obra de arte. Una obra de arte que aún no ha sido estrenada.
Me quedé paralizada. El sudor frío me perlaba la frente. No eran personas. Éramos carne, comparaciones, objetos de una conversación pervertida. Y mi tía Elena estaba ahí, escuchando, y su silencio era la forma más activa de participación que podía imaginar. «Mi tía hace parte de esto», pensé para mí misma, con una claridad que casi me derrumba. «Sabe lo que ocurre en esta casa. No es ignorancia, es complicidad». El miedo que sentía se mezcló con una oleada de náusea. Estaba atrapada, no solo en esa casa, sino en esa conversación, reducida a la forma de mi culo y al tejido de mi ropa interior.
Marcos se inclinó hacia adelante desde el sofá. No nos tocó, pero su presencia era un toque en sí misma.
—Giren —dijo.
Luna y yo nos giramos lentamente, como si fuéramos muñecas sobre una plataforma giratoria. Ahora dábamos la espalda al sofá, ofreciéndoles la vista completa. Sentía sus ojos recorriendo cada centímetro de mis nalgas, imaginando lo que había debajo, imaginando lo que podía hacer. El silencio se alargó, pesado y expectante. El televisor seguía parloteando de noticias lejanas, pero el único mundo real era esa sala, ese sofá, y nosotras de pie, esperando.
El silencio se prolongó, una eternidad de segundos en las que el único sonido era el zumbido del televisor y la sangre que me zumbaba en los oídos. Estaba de espaldas a él, sintiendo su mirada como un peso físico sobre mis nalgas, sobre la tela fina de mis bragas. Cada fibra de mi ser gritaba por correr, por esconderme, pero estaba paralizada, una estatua de carne y miedo en el centro de la sala.
—Acércate, María —dijo su voz, un murmullo bajo y vibrante que pareció moverse a través del suelo y subir por mis piernas.
No tuve más remedio que obedecer. Di un pequeño paso hacia atrás, acercándome al sofá. Ahora estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Cerré los ojos con fuerza.
—No. Ábrelos. Quiero que mires.
Los abrí. Frente a mí, el espejo colgado en la pared opuesta me devolvía una imagen que no reconocía. Allí estaba yo, de pie en mis bragas negras, con mi prima a mi lado, vestida solo con sus bragas rojas. Y detrás de nosotras, sentado como un rey en su trono, estaba mi tío. Su reflejo me observaba con una intensidad predatoria.
—Mírate en el espejo, María. Mírame a mí a través del espejo. ¿Ve lo que veo?
No respondí. No podía. Él no esperaba una respuesta. Su mano se levantó. La vi acercarse en el reflejo, una sombra que crecía hasta que hizo contacto. No fue un golpe, ni una agresión. Fue una posesión. Sus dedos largos y fuertes se posaron sobre mi nalga derecha, justo encima del elástico. La piel se me erizó instantáneamente, una ola de escalofríos que recorrió toda mi espalda. Su pulgar comenzó a moverse, trazando lentamente el borde de la tela, siguiendo la curva de mi mejilla con una curiosidad clínica y a la vez llena de un deseo palpable. —La piel de una mujer —susurró, como si hablara consigo mismo—. Suave, pero con firmeza. La piel de una niña es solo blandura. La tuya ya tiene resistencia.
Su otra mano se levantó y repitió el gesto en mi otra nalga. Ahora me tenía con ambas manos, poseyéndome, evaluándome. Sus pulgares se movieron hacia adentro, hacia el centro, hacia el delicado tejido que cubría mi ano. Presionó ligeramente con los pulgares, y sentí la tela hundirse, rozando los labios de mi vagina a través de la tela. Un gemido involuntario se escapó de mis labios, un sonido de pánico y de una extraña y repugnante estimulación. Mi cuerpo reaccionaba, traicionándome. Sentí un calor humedecer el centro de mis bragas, una respuesta involuntaria a la estimulación, y me morí de vergüenza.
Él lo sintió. Una risa baja y gutural escapó de su garganta.
—Ah. Sí. El cuerpo siempre sabe. La mente puede resistirse, puede tener miedo, pero el cuerpo… el cuerpo siempre reconoce el poder.
Luna se movió a mi lado. Sin que él se lo pidiera, se giró. Vi en el espejo cómo se acercaba más a él, cómo su mano pequeña buscaba la de él y la llevaba a su propio culo. Él no apartó la mano de mí. Con una mano seguía explorándome, con la otra comenzó a palpar a Luna, a través de su tela de algodón. La diferencia era abismal. Conmigo era una exploración, un mapeo de un territorio nuevo y desconocido. Con Luna era una rutina, una familiaridad que resultaba aún más aterradora. Sus dedos se movían sobre ella con la seguridad de quien conoce cada centímetro de ese cuerpo, de quien lo ha marcado y poseído incontables veces.
—Compara, Elena —gritó de nuevo hacia la cocina, y su voz estaba cargada de un triunfo obsceno—. Compara las texturas. La de Luna es simple, práctica. La de María es un lujo, una promesa. Una es para el uso diario, la otra… la otra es para una ocasión especial.
Mi tío retiró sus manos. La ausencia de su tacto fue un alivio tan agudo como un golpe. Se recostó de nuevo en el sofá, y la imagen en el espejo era la de un satisfecho coleccionador admirando sus piezas.
—Ahora, las dos, arrodíllense —ordenó.
Mis rodillas casi se doblaron por sí solas. Me arrodillé sobre la alfombra, sintiendo el pelo áspero clavarse en mi piel. Luna hizo lo mismo a mi lado, con una fluidez que me heló. Estábamos de rodillas, frente al sofá, frente a él. Él se abrió el pantalón. No tenía ropa interior. Su miembro, semi-erguecido, salió de la abertura de la tela. Era exactamente como lo recordaba de la noche anterior: grueso, surcado por esas venas prominentes que parecían latir, con el glande ya oscuro y hinchado.
—Luna sabe qué hacer —dijo mi tío, y su voz se había vuelto grave, áspera de deseo—. Tú, María, vas a observar. Vas a aprender. Porque en esta casa, no hay reglas escritas, pero hay leyes. Y la primera ley es que mi cuerpo es su religión.
Luna se movió hacia adelante, sobre sus rodillas. Sin dudar, sin una pizca de vacilación, inclinó la cabeza y tomó el miembro de su padre con una mano. Lo guio hacia su boca. Yo observaba, con los ojos desorbitados, incapaz de apartar la mirada. Vi cómo sus labios se abrían, cómo el glande, ese casco de carne violácea, desaparecía dentro de su boca. Vi cómo sus mejillas se ahuecaban mientras su cabeza comenzaba a subir y bajar, con un ritmo lento y sumiso. Los sonidos que hacía eran húmedos, sofocados, los mismos sonidos ahogados que escuché la noche anterior, pero esta vez eran de una naturaleza diferente. No eran de dolor, eran de servicio.
—Mírame, María —ordenó él, y sus ojos me encontraron sobre el hombro de Luna—. Mírame mientras mi hija me adora. Esto es lo que te espera. Este es tu futuro. Aprende a quererlo. Porque no hay otra salida.
Me quedé allí, de rodillas en la alfombra, viendo el espectáculo degradante, escuchando los sonidos de la sumisión, sintiendo el olor del sexo y el poder que llenaba la sala. Mi mente estaba en blanco, una pantalla blanca de terror. Pero mi cuerpo, mi maldito cuerpo, seguía sintiendo el eco de su tacto, el calor de su mano, la humedad creciente entre mis piernas. Y en ese momento, entendí la verdadera naturaleza de mi prisión. No eran las paredes de esa casa. Era mi propia carne, que podía ser despertada por el mismo horror que quería rechazar. La noche no había terminado. De hecho, apenas estaba empezando.
Luna continuó su ritual, su cabeza subiendo y bajando con una cadencia hipnótica y macabra. Cada vez que descendía, apenas unos centímetros más allá del glande se escuchaban arcadas de su garganta, y cada vez que ascendía, el glande de su padre salía brillante y salivado de su boca. El sonido era un gluglú rítmico, una música de sumisión que me llegaba directamente al estómago, revolviéndolo. Yo seguía de rodillas, una espectadora forzada a un estreno de depravación, sintiendo cómo la humedad en mis bragas negras se convertía en un charco de vergüenza y terror.
—Así, mi pequeña perrita —siseó mi tío, y la palabra cortó el aire como un látigo—. Muestra a tu prima cómo se cuida a su amo. Muestra lo que es una buena chica.
Perrita. La palabra resonó en mi cabeza. No era un insulto, era una clasificación. Un rango en la jerarquía infernal de esa casa. Luna aceleró el ritmo, respondiendo a la degradación como si fuera una caricia, y un gemido gutural vibró en su garganta, un sonido de aprobación animal.
Mi tío apartó a Luna con una suave pero firme mano en la frente. Su miembro salió de la boca de mi prima con un chasquido húmedo y obsceno, erecto ahora hasta su máxima dimensión, palpitando, las venas gruesas como cuerdas tensas listas para romper. Me miró, y por primera vez esa noche, su sonrisa fue completa, una muestra de dientes blancos y predadores.
—Tu turno, María. Es hora de tu bautizo.
El pánico me golpeó como un tren. No, no, no, mi mente gritaba, pero mi cuerpo, entrenado por el miedo y la extraña fascinación, no se movió. Él no esperó a que me acercara. Se inclinó hacia adelante, agarró mi brazo con una fuerza que dejó marcas y me arrastró hacia él. Caí sobre sus rodillas, mi cara a centímetros de su sexo erecto. El olor era abrumador: un perfume a sal, a piel, a la saliva de mi prima y a un deseo crudo y animal.
—Ábrela —ordenó.
Mis labios estaban sellados por el miedo. Él no preguntó de nuevo. Con su mano libre, me agarró por la nuca, sus dedos enterrándose en mi pelo, y me empujó hacia abajo. Sentí el glande, caliente y liso, presionar contra mis labios cerrados. La presión fue aumentando, un recordatorio ineludible de que mi voluntad era irrelevante.
—Te dije que la abras, perrita nueva. ¿O prefieres que la abra yo a golpes?
La amenaza fue lo que rompió la presa. Mis labios se abrieron en un sollozo ahogado. El glande se deslizó dentro de mi boca. Era enorme, más grande de lo que había imaginado, llenando mi cavidad bucal, rozando mi paladar, presionando mi lengua contra el fondo de mi garganta. El sabor era salado, ligeramente amargo, y me inundó por completo. Me ahogaba. Mi instinto fue retroceder, pero su mano en mi nuca era una barra de acero, inamovible.
—Así se hace. Llégalo hasta el fondo. Demuestra que puedes ser tan buena como tu prima. Comenzó a mover mi cabeza arriba y abajo, usándome como un objeto, un muñeco de carne para su placer. Sentía cada una de las venas de su miembro deslizarse sobre mi lengua, sentía el glande golpear el fondo de mi garganta, provocándome arcadas que sofocaba con lágrimas silenciosas. Las lágrimas corrían por mis mejillas, mezclándose con la saliva que se escapaba por las comisuras de mis labios. A través del velo de mi propio sufrimiento, veía a Luna, arrodillada a mi lado, observándome con una expresión que no era de lástima, sino de… ¿iniciación? Como si viera a una nueva perrita aprendiendo las reglas de la jauría.
—Mírala, Luna —dijo Marcos, sin dejar de mover mi cabeza—. Mira a tu prima. Ya no es la niña de la ciudad. Ahora es como ustedes. Otra zorra para el servicio de la casa.
Zorra. Perrita. Las palabras me golpeaban, pero el shock más grande era mi propio cuerpo. Mientras mi mente se ahogaba en humillación, sentía un calor indecente expandirse desde mi entrepierna, una pulsación que se sincronizaba con el movimiento rítmico de mi boca sobre él. Era una traición completa, una rendición biológica a la dominación. Mis pezones se pusieron duros contra la tela de mi camiseta, y un deseo profundo y oscuro, un deseo de ser usada, de ser consumida por aquel poder, comenzó a florecer en la parte más profunda de mi ser.
Él aceleró su ritmo, su respiración se volvió más áspera, sus embestidas en mi boca más profundas y violentas. Ya no controlaba mi cabeza, la estaba follando con una ferocidad brutal.
—Ah, sí… Tragatelo, zorra… Tragatelo… —gruñó.
Con un último empujón violento que me hizo ver estrellas, se detuvo. Sentí su miembro pulsar dentro de mi boca una, dos, tres veces. Y luego, una explosión de calor. Un chorro de líquido espeso y salado golpeó el fondo de mi garganta. Me obligó a tragar, a sentir su esencia deslizarse hacia mi estómago, una marca indeleble. Se quedó así, enterrado en mi boca, hasta que el último espasmo pasó.
Lentamente, se retiró. Su miembro, duro y brillante, salió de mi boca. Me soltó la nuca y caí hacia atrás, terminando sobre mis manos y rodillas, tosiendo, babeando, con el sabor de él impregnado en cada una de mis papilas gustativas. Me sentía sucia, usada, rota.
Pero lo peor fue lo que sentí después. Un vacío. Un vacío en mi boca y un vacío en mi alma que ansiaba ser llenado de nuevo.
Mi tío se recostó en el sofá, satisfecho, y se arregló el pantalón. Miró a Luna, luego a mí, postradas en el suelo.
—Ya sabes cuál es tu lugar, María —dijo, con una calma que era más aterradora que su violencia—. A partir de ahora, cada noche, serás mi perrita. Y harás lo que te diga. Como ella. Como tu tía. Como todas en esta puta casa.
No dije nada. Solo me quedé allí, de rodillas en el suelo, con las lágrimas secándose en mi cara y el fuego de una nueva y terrible verdad ardiendo en mi entrepierna. Acababa de empezar mi nueva vida.
Me quedé allí, sobre mis manos y rodillas, un saco de huesos y humillación. El sabor a él era una presencia viva en mi boca, un recuerdo salado y amargo que se aferraba a mi lengua, a mis dientes, al paladar. Aunque lo había tragado, sentía que aún me ahogaba, que su esencia me había marcado desde dentro. Un impulso primario, más fuerte que el miedo, me arrancó del suelo. Me puse en pie de un salto, tropezando con mis propios pies, y corrí.
No corrí hacia mi habitación. Corrí hacia el baño.
Me arrodillé frente al inodoro y me incliné, con el pelo cayendo como una cortina alrededor de mi rostro. Metí los dedos en la garganta. Una y otra vez, hasta que el espasmo seco y doloroso recorrió mi esófago. Vacié el contenido de mi estómago, su semen. Seguí vomitando hasta que solo salían bilis y espasmos agotadores. Cuando terminé, me apoyé contra la pared fría de la baldosa, temblando, con el sudor frío pegándome la camiseta al cuerpo.
Me levanté con las piernas temblorosas y fui al lavamanos. Abrí el grifo y metí mi cabeza bajo el chorro de agua fría. La bebí, la enjuagué en mi boca, la escupí. Repetí el proceso una y otra vez, frotándome la lengua con los dedos, rascándome las encías, tratando de arrancar el sabor, la memoria, la mancha. Pero no servía. Era una mancha que no estaba en mi piel, sino en mi alma.
Entonces levanté la vista y me miré en el espejo.
La persona que me devolvía la mirada era una extraña. Tenía el pelo mojado y desordenado, pegado a las sienes y a la frente. La cara era pálida, casi translúcida, salvo por dos manchas rojas y febriles en los pómulos. Los ojos… los ojos eran lo peor. Eran dos pozos oscuros, enormes, rodeados de pestaeras mojadas. Ya no había miedo en ellos. El miedo se había ido, consumido por el fuego. Lo que quedaba era un vacío abismal, una conciencia aterrada de lo que acababa de suceder y, peor aún, de lo que había sentido.
Mis labios estaban hinchados y rojos, rozados, como si me hubiera besado un hombre violento. Tenían un brillo húmedo y repugnante. Me los toqué con la yema del dedo. Estaban sensibles. Y al tocarlos, sentí una descarga eléctrica, un eco del calor de su miembro, del roce de su piel. El calor entre mis piernas, que había empezado a decaer, volvió a arder. Era una traición completa. Mi cuerpo había disfrutado. Mi cuerpo había respondido a la humillación con excitación. El reflejo en el espejo no era solo una violada, era una cómplice de su propio cuerpo.
«Zorra», había dicho él. «Perrita». Miré mi reflejo, buscando a la María que había sido antes de esta noche, la niña de la ciudad que sabía de sexo por conversaciones respetuosas. No estaba allí. En su lugar había esta niña, con la boca hinchada y el entrepierna humedecido, una niña que había sido iniciada a la fuerza en un culto de depravación y que, en el fondo de su ser, había sentido una chispa de placer en la oscuridad.
Salí del baño como un autómata. La casa estaba en silencio. El televisor estaba apagado. La luz de la cocina estaba encendida. Entré. Mi tía Elena estaba de espaldas a mí, cenando sola. Su espalda era una línea recta y rígida de tensión. No se giró.
—Limpia eso —dijo, sin volverse. Su voz era plana, sin emoción—. Hay una toalla limpia en el armario.
Miré hacia la mesa. El sofá estaba vacío. Mis pantalones estaban donde los había dejado. Pero sobre la alfombra, justo donde yo había estado arrodillada, había una pequeña mancha. Una mancha de semen, de mi humillación hecha materia. Mi tía no me había preguntado nada. No me había dicho nada de compasión o de rabia. Solo me había dado una orden. Limpiar mi propia vergüenza.
Fui al armario, saqué la toalla, y me arrodillé en el mismo lugar. Fregué la alfombra, frotando la mancha hasta que el color desapareció, hasta que la humedad se secó. Mientras lo hacía, sentía el peso de la mirada de mi tía sobre mi espalda. No era una mirada de ayuda. Era una mirada de inspección. Estaba comprobando si había aprendido la lección.
Cuando terminé, me levanté. La alfombra estaba limpia. Pero yo no. Nunca más volvería a estarlo. Fui a mi habitación. Me quité la camiseta y me quedé solo en mis bragas. Me metí en la cama y me acurruqué en posición fetal. Cerré los ojos, pero no podía dormir. Veía su miembro entrando en mi boca. Sentía su sabor en mi lengua. Oía sus palabras, «zorra», «perrita», resonando en mi cabeza. Y sentía el calor entre mis piernas, un fuego que no se apagaba, un fuego que me decía que una parte de mí había nacido en esa humillación, una parte oscura y perversa que ahora formaba parte de quién era. La María de antes estaba muerta, ahogada en semen y bilis. En su lugar, esta nueva María yacía en la oscuridad, esperando la siguiente noche, esperando su próxima orden, con el cuerpo y el alma para siempre marcados por la ley de esa casa.
El amanecer no trajo consuelo, solo una luz gris y descolorida que se filtraba por la cortina, iluminando el polvo que danzaba en el aire. No había dormido, solo había yacido en la frontera entre la vigilia y la pesadilla, reviviendo cada segundo, cada sabor, cada palabra. Cuando me levanté, me miré al espejo otra vez. La misma extraña me devolvió la mirada. Abrí el armario y vi mis ropas. Mis pantalones, mis camisetas. Parecían pertenecer a otra persona, a otra vida. ¿Para qué sirven las ropas? ¿Para qué sirve la modestia o el decoro cuando has sido reducida a un agujero para el placer de otro? No valía la pena. El esfuerzo de vestirme me parecía una mentira.
Salí de mi habitación solo con mis bragas negras. El aire frío de la casa me golpeó el torso, mis pechos pequeños y planos, mis pezones, que se erizaron instantáneamente, duros y sensibles, como dos pequeños guijarros sobre mi piel. Era una sensación perversa, una caricia no deseada que me recordaba mi propia vulnerabilidad.
El comedor estaba en el otro extremo del pasillo. La tía Elena estaba de pie junto a la mesa, sirviendo un café. Me vio y una sonrisa falsa y brillante se dibujó en su rostro.
—El desayuno está servido, querida. Debes tener hambre. Anoche no quisiste cenar.
Sus palabras fueron una puñalada de normalidad tan cruel que casi me hizo reír. Anoche no cené porque estaba siendo violada en la garganta. Anoche no cené porque estaba vomitando el semen de tu esposo. Pero asentí, una marioneta con la cabeza floja, y me senté en la silla que me quedaba libre, al lado de Luna. La madera fría de la silla me escalofrió por la espalda, un nuevo recordatorio de mi desnudez.
Marcos y Luna ya estaban allí. Él leía el periódico, como si la noche anterior no hubiera existido. Luna comía un trozo de tostada con la mirada perdida, vestida con un simple vestido de algodón sin nada debajo, lo cual supe porque él, sin apartar la vista del periódico, deslizó su mano por debajo de la tela y la acarició, y Luna no se inmutó. Comí mi avena en silencio, una cucharaada tras otra, sintiendo sus ojos sobre mí aunque no los viera. Sentía el peso de la normalidad, una presión más insoportable que la violencia abierta. Estábamos actuando una obra de teatro familiar, y todos conocíamos su final trágico.
Cuando terminé, Marcos dobló el periódico con un movimiento preciso y me miró.
—Ven aquí, María. Acompáñanos al sofá.
No era una pregunta. Mi cuerpo se levantó antes de que mi mente pudiera procesar la orden. Me seguí hasta la sala, con Elena y Luna detrás de mí como un séquito silencioso. Marcos se sentó en el centro del sofá y me señaló su regazo.
—Siéntate aquí. Frente a mí.
Me senté, una pierna a cada lado de sus muslos, mirándolo. Sus manos subieron por mis costillas, lentamente, hasta llegar a mis pezones. Los tomó en sus palmas, como si pesara una fruta. Mis pezones, ya erectos por el frío, se clavaron en su piel y un gemido bajo se escapó de mi garganta.
—Mira qué sensibles están —dijo, y su voz era un murmullo bajo y vibrante—. Ya están aprendiendo.
Luna se arrodilló en el suelo a su lado. Elena se paró detrás del sofá, detrás de mí. Sentí sus manos en mis hombros, un toque suave pero firme que me inmovilizaba.
—Elena, tú conoces el cuerpo de una mujer —dijo mi tío, y ella se inclinó, su pelo cayendo sobre mi hombro—. Enséñale a nuestra nueva invitada lo que es una caricia.
Las manos de mi tía se deslizaron desde mis hombros hacia abajo, siguiendo la línea de mis brazos. Luego volvieron a subir, esta vez por el interior, trazando la piel sensible de mis axilas. Luché. Maldije en mi interior. Ordené a mi cuerpo que se congelara, que no reaccionara. Pero fue inútil. Sus dedos eran ligeros, expertos, y mi piel erizó un camino de fuego. Sus manos encontraron mis pezones, junto a las de él. Juntos, me masajearon, sus dedos entrelazados, apretando, liberando, retorciendo mis pezones con una delicadeza tortuosa que me hizo arquear la espalda. El calor entre mis piernas se convirtió en una inundación. Sentía cómo mi vagina se abría, cómo los fluidos comenzaban a empapar mis bragas, una traición húmeda y pegajosa.
La mano de mi tía dejó mi pecho y descendió, lentamente, por mi estómago plano, hasta la cintura de mis bragas. Sus dedos se engancharon en el elástico. Miré a Luna, arrodillada en el suelo, observándonos con los ojos vacíos. Era mi futuro. Una espectadora más.
—Quitémosle esta última barrera —dijo mi tía, y su voz, por primera vez, tenía un tono, una emoción. Era excitación.
Con una delicadeza clínica, mi tía me deslizó las bragas por las caderas, por los muslos, hasta mis tobillos. Mi tío me las quitó de los pies y las tiró al suelo, como si fueran un papel usado. Ahora estaba completamente desnuda sobre él, expuesta a los tres. La lámpara de la sala me iluminaba, un faro sobre mi humillación.
—Perfecta —siseó Marcos—. Ahora, saboreémosla.
Y entonces, la boca de mi tía se posó en mi hombro. No fue un beso. Fue una marca. Abrió la boca y succionó mi piel, y sentí el capilar romperse, un aguijón doloroso y placentero. Su lengua trazó una línea húmeda hacia mi cuello, mordisqueando la piel tierna. Al mismo tiempo, mi tío se inclinó y tomó uno de mis pezones en su boca. La diferencia era abrumadora. Su boca era caliente, voraz, sus dientes rasparon mi pezón con una violencia que me hizo gritar. Elena era un cirujano, él era un carnívoro.
Una de las manos de él se deslizó entre nuestras piernas, sus dedos encontraron mi entrepierna, ya empapada. Me abrió con dos dedos y comenzó a frotar mi clítoris con un movimiento circular, experto, implacable. Mi cintura se movió por sí sola, una respuesta instintiva, animal. Mi cuerpo se retorció sobre su regazo, atrapado entre la boca en mi pecho y los dedos en mi sexo, mientras la boca de mi tía seguía trazando un mapa de marcas y saliva en mi cuello y espalda. Luché por no sentir, luché por no disfrutar, pero era una batalla perdida. Una ola de calor, gigantesca y avasalladora, se construyó en el fondo de mi vientre —Ah… sí… —gemí, la primera palabra real que había pronunciado esa mañana, un sonido de rendición total.
La ola me golpeó, me desintegró. Mi cuerpo se arqueó como un arco tensado hasta el límite, un espasmo sacudió cada uno de mis músculos, y un grito largo y animal salió de mi garganta mientras el primer orgasmo de mi vida me arrasaba, una explosión de placer tan intenso que dolía, un placer nacido de la humillación, el miedo y la traición. Me derrumbé sobre el pecho de mi tío, temblando, sin aliento, sintiendo cómo el sudor y el sudor de él se mezclaban en mi piel.
Me quedé allí, sin fuerzas, mientras él y Elena se apartaban. Me habían usado, me habían desmembrado y me habían vuelto a montar, y mi cuerpo, mi maldito cuerpo, los había agradecido con el orgasmo. Miré a Luna, que seguía arrodillada, inmóvil. En sus ojos vi un destello, un parpadeo de algo que no era vacío
Mi cuerpo era un peso muerto sobre el de mi tío, un saco de huesos y temblores. El orgasmo me había dejado vacía, una concha a la que el mar le había arrancado toda la vida. Sentía su pecho subir y bajar bajo mi mejilla, un ritmo constante y poderoso que me recordaba quién estaba a cargo. No me permitió descansar. Sus manos, que habían sido el instrumento de mi placer, ahora se convirtieron en las de un carnicero que reposiciona la carne.
Con una fuerza que no me permitió resistir, me levantó de su regazo. Mis piernas no me sostenían, se doblaron como si fueran de gelatina. Él y Elena me tomaron por los brazos, una a cada lado, y me movieron como si fuera un maniquí. Me giraron, me empujaron suavemente hacia atrás hasta que caí sobre el sofá, con la espalda apoyada en los cojines y las piernas abiertas, colgando inútilmente sobre el borde. La posición era una ofrenda, una disposición de mi cuerpo para el consumo.
Mi tía se arrodilló en el suelo, entre mis piernas abiertas. Miró mi sexo, que aún latía y goteaba los restos de mi orgasmo. Su rostro estaba sereno, casi devoto. Luego, inclinó la cabeza. Sentí su aliento caliente sobre mi piel húmeda un instante antes de que su lengua me tocara. Fue una descarga eléctrica. Su lengua era suave, húmeda, y se movió con una precisión que me escalofrió. No lamió con prisa, sino que exploró, trazando los pliegues de mis labios, rodeando la entrada de mi vagina, que todavía se contraía en espasmos. Luego, encontró mi clítoris, aún sensible y hinchado, y lo envolvió con sus labios, succionando suavemente. Un gemido bajo y prolongado escapó de mis garganta. Mi mente gritaba «no», «para», «esto es asqueroso», pero mi cuerpo se arqueó hacia su boca, buscando más.
Mientras mi tía me devoraba la entrepierna, mi tío se había puesto de pie frente a mí. Se desabrochó el pantalón y lo dejó caer. Su miembro estaba erecto, duro como el acero, el glande oscuro y brillante, una gota de líquido transparente brillando en su punta. Se acercó, se arrodilló en el sofá a mi lado, y con una mano, me agarró por el pelo, inclinando mi cabeza hacia atrás. Mi cuello quedó expuesto, mi boca abierta en un gemido.
—Abre bien, perrita —ordenó, su voz un ronco susurro—. Vamos a llenar ese otro hueco.
No tuve que abrir. Ya estaba abierta. Guiñó su cadera y el glande me rozó los labios. Luego, se deslizó dentro. Esta vez fue diferente. No hubo la violencia de la primera vez, la fuerza bruta que me hacía ahogar. Esta vez fue lento, deliberado. Me llenó gradualmente, permitiéndome sentir cada centímetro de su carne entrando en la mía. La sensación de ser llenada por ambos extremos, de tener la boca de mi tía succionando mi sexo mientras el miembro de mi tío llenaba mi boca, fue abrumadora. Era una profanación total, una invasión completa.
Y entonces, por un instante fugaz y aterrador, mi mente se calló. El pánico, la humillación, el asco… todo se desvaneció bajo la avalancha de sensaciones. El ritmo de la lengua de mi tía en mi clítoris se sincronizó con el ritmo lento y profundo de mi tío en mi garganta. El calor de su sexo en mi boca se mezclaba con el calor de la boca de mi tía en mi sexo. Era un circuito cerrado de placer y sumisión. Y en ese instante, un pensamiento horrible y seductor se abrió paso en el caos de mi mente: podría acostumbrarme a esto. La idea flotó, brillante y perversa. La idea de que este dolor y este placer podrían fusionarse en una única y adictiva normalidad. La idea de que mi único propósito en la vida fuera ser este recipiente, este nexo entre ellos. El pensamiento duró solo un segundo, pero fue suficiente para quebrarme por dentro.
Mi tío debió sentir el cambio en mí, la forma en que mi lengua se movía ahora para recibirlo, la forma en que mi garganta se relajaba para tragármelo mejor.
—Así se hace —gruñó, y su movimiento se hizo más rápido—. Ya estás aprendiendo a disfrutar de tu sitio.
Aumentó el ritmo, follando mi boca con más fuerza, mientras Elena, como si sintiera su urgencia, redobló su esfuerzo, su lengua volviéndose más rápida, más insistente, sus dientes rozando mi clítoris con una dulzura tortuosa. El segundo orgasmo se construyó mucho más rápido que el primero, una montaña rusa que se precipitaba hacia el abismo. Sentí cómo los músculos de mis muslos comenzaban a tensarse, cómo el calor se concentraba de nuevo en mi vientre, una bola de fuego a punto de estallar.
Marcos aceleró aún más, sus embestidas se volvieron salvajes, sus testigos golpeaban mi barbilla con cada golpe. Su respiración era un jadeo animal junto a mi oído.
—Trágame todo, zorra… Trágamelo todo —gimió.
Y entonces, explotó. Sentí su semen caliente llenarme la boca, un chorro tras otro, mientras mi propio orgasmo me desintegraba por segunda vez. Mi cuerpo se convulsionó, un espasmo violento e incontrolable, y un grito ahogado por su miembro se escapó de mi garganta. Por un momento, fui pura sensación, un punto de luz cegadora en un universo de carne y fluidos.
Se retiró lentamente, y su semen se derramó de mi boca, mezclado con mi saliva, corriendo por mi barbilla y cayendo sobre mi pecho. mi tía levantó la cabeza, su boca y barbilla brillantes con mis fluidos. Me miró, y por primera vez, vi algo en sus ojos que no era sumisión ni vacío. Era un orgullo perverso, el orgullo de un artesano que ha terminado su obra.
Me quedé allí, tirada sobre el sofá, con el semen de mi tío enfriándose sobre mi piel y el sabor de mi propia excitación en el aire. El pensamiento volvió, ya no como un susurro, sino como un grito. Podría acostumbrarme a esto. Y el terror más profundo que sentí no fue por lo que me habían hecho, sino por la horrible certeza de que una parte de mí, la parte que acababa de experimentar aquel éxtasis violento, ya lo había hecho.
Mi cuerpo era un naufragio. Temblaba sobre el sofá, un amasijo de miembros sin fuerza y una mente hecha pedazos. El semen de Marcos se enfriaba sobre mi piel, una pegajosa prueba de mi rendición. El segundo orgasmo había sido un terremoto que había desmoronado los cimientos de mi ser, y en los escombros, el pensamiento horrible había echado raíces: podría acostumbrarme. Me sentía sucia, usada, y aterrada por el eco de placer que aún vibraba en mis entrañas. Mi tío se recostó a mi lado en el sofá, con el resuello pesado. Su miembro, ahora flácido y satisfecho, descansaba sobre su muslo. Parecía un animal dormido tras la saciedad. Por un instante, una fracción de segundo, una loca esperanza me recorrió. ¿Había terminado? ¿Se había saciado con mi boca?
—Aún te falta una iniciación, María —dijo, su voz un ronco susurro que aplastó mi esperanza.
Mi sangre se heló. Sabía a qué se refería.
—Pero para eso, necesito combustible —continuó, y sus ojos se desviaron hacia mi tía, que aún estaba arrodillada entre mis piernas, lamiendo lentamente los restos de mi orgasmo como una gata con un cuenco de leche—. Ven aquí, mi zorra. Muéstrame tu gratitud.
Mi tía se levantó con una agilidad que contradecía su apariencia sumisa. Se quitó el delantal y la vestimenta sencilla que llevaba, quedándose tan desnuda como yo. Su cuerpo era el de una mujer madura, con pechos llenos y caídos, y una cintura marcada por el tiempo. Tenía cicatrices finas y pálidas en sus caderas y muslos, como un mapa de viejas batallas. Se acercó a mi tío y se arrodilló frente a él. Sin una palabra, tomó su miembro flácido en su mano y lo llevó a su boca.
Yo observaba, desde mi posición postrada, el espectáculo de reabastecimiento. Mi tía lo mamaba con una devoción reverencial, no con la violencia que me habían impuesto a mí, sino con una técnica paciente y experta. Su lengua lo envolvía, sus labios lo masajeaban, y vi cómo su miembro comenzaba a responder, a latir, a endurecerse lentamente bajo el estímulo de su esposa. Era una escena de una intimidad perversa, una pareja trabajando en equipo para violar a una niña. Mientras Elena lo preparaba, mi tío me miraba a mí, sus ojos llenos de un hambre insaciable.
Luna, que durante todo el rato había permanecido como una estatua en el rincón, se movió. Se acercó al sofá y se arrodilló junto a su madre. Sin que nadie se lo ordenara, extendió su mano y comenzó a acariciar mi vientre, sus dedos trazando círculos suaves sobre mi piel. Su tacto era ligero, casi fantasmal, pero me ancló a la realidad, me recordó que no estaba sola en este infierno, que mi prima era a la vez mi cómplice y mi futura yo.
Cuando el miembro de mi tío estuvo nuevamente erguecido, duro y pulsante, Elena lo soltó con un beso sonoro en la punta.
—Está listo, mi amor —dijo, y su voz era un susurro de complicidad.
—Ponla en posición —ordenó mi tío
Mi tía y Luna me ayudaron a levantarme. Mis piernas temblaban tanto que no me sostenían. Me giraron y me empujaron suavemente hacia adelante, hasta que caí de rodillas sobre el sofá, apoyando mis antebrazos en el respaldo. Mi culo estaba en el aire, expuesto, vulnerable. Era la posición de un animal a punto de ser montado.
Sentí a mi tía moverse detrás de mí. Se subió al sofá, de rodillas, y se sentó justo delante de mí, con sus piernas abiertas a ambos lados de mi cabeza. Luego, con ambas manos, agarró mi cabeza y me empujó hacia abajo, hasta que mi cara quedó enterrada en su sexo. El olor era intenso, un perfume a mujer madura, a excitación y a sumisión. Su sexo, ya húmedo y abierto, me cubrió la boca.
—Ábrela y chupa, María —ordenó mi tía, su voz tensa de anticipación—. Si quieres gritar, que sea aquí.
Entonces sentí a mi tío detrás de mí. Sus manos me agarraron las caderas con una fuerza que me clavó los huesos contra el sofá. Sentí el glande, caliente y duro, deslizarse por el pliegue de mis nalgas, buscando la entrada. Mi cuerpo entero se tensó en una anticipación aterrada. Ni yo misma, había entrado allí nunca. Era un territorio virgen, y estaba a punto de ser conquistado a la fuerza.
Sin previo aviso, sin una pizca de delicadeza, empujó.
El dolor fue instantáneo, cegador, absoluto. Fue como si una barra de metal al rojo vivo me desgarrara por dentro. Sentí cómo mi himen, esa fina membrana, se rompía con un desgarro seco y doloroso. Un grito de pura agonía se formó en mi garganta, pero antes de que pudiera salir, fue ahogado por la carne húmeda y abierta de mi tía. Mi grito se convirtió en un sollozo ahogado contra su sexo.
Él no se detuvo. Se hundió hasta el fondo, hasta que sentí sus testiculos golpearme los labios. Me quedó sin aire, sin pensamientos, solo con el dolor abrasador que me partía en dos. Se quedó allí un momento, disfrutando de mi sufrimiento, de la forma en que mi cuerpo se estremecía y se contraía a su alrededor.
—Así… Así de apretadita… —gimió, su voz llena de un placer sádico—. Una virginidad más para mi colección.
Comenzó a moverse. Cada embestida era una renovación del dolor. Su miembro, enorme y venoso, me desgarraba, me abría, me llenaba con una violencia que no dejaba lugar a nada más. El mundo se redujo a ese dolor, al sonido de su carne golpeando la mía, al sabor de Elena en mi boca, y a las manos de Luna, que ahora me retorcían mis pezones con una fuerza que mezclaba el dolor con un placer pervertido.
Lloraba incontrolablemente, las lágrimas corrían por mis mejillas y se mezclaban con los fluidos de mi tía. Cada vez que él se hundía, un sollozo era ahogado por el sexo de mi tía. Era una tortura perfecta, un ciclo de dolor y humillación sin fin. Pero entonces, algo comenzó a cambiar. En medio del dolor abrasador, sentí algo más. Sentía el roce de su vello púbico, sentía la forma en que su miembro me estiraba desde dentro, y el cuerpo, ese traidor infiel, comenzó a responder. Una ola de calor, diferente a la del dolor, comenzó a crecer en medio de la agonía. Era un placer oscuro y retorcido, un placer que nacía del dolor.
Mi tía debió sentirlo, porque comenzó a mover sus caderas, frotando su sexo contra mi boca, su clítoris contra mi nariz. Luna, sintiendo el cambio, apretó mis pezones con más fuerza, enviando descargas eléctricas directamente a mi centro de placer.
El dolor seguía ahí, inmenso, pero ahora estaba entrelazado con el placer. Eran dos serpientes enroscadas, una mordiendo y la otra lamiendo. Mi tío aceleró su ritmo, sus embestidas se volvieron más salvajes, más profundas. Gritaba contra el sexo de Elena, pero ahora el grito no era solo de dolor, era de una confusión abrumadora de agonía y éxtasis.
—Sí… Grita, perrita… Grita mientras te desvirgo —rugió él.
Y entonces, el terremoto llegó. El dolor y el placer se fusionaron en una sola explosión blanca y cegadora. Mi cuerpo se convulsionó con una violencia que nunca antes había sentido, un espasmo que me sacudió hasta los cimientos. Un grito largo
Desde entonces, mi propio silencio se volvió diferente. Ya no era solo obediencia, era un registro. Cada vez que él me miraba un segundo de más, cada vez que su mano rozaba la mía al pasar la sal, mi mente se llenaba de imágenes y sonidos. Empecé a escribir en secreto, no para que alguien me encontrara, sino para sacarlo de mi cabeza. Anoté todo, como si fuera un testigo que no puede mirar hacia otro lado. Esta es mi vida ahora. Empieza después de mis padres. Pero no termina en esta casa. Termina en este diario, que es el único lugar donde todavía soy dueña de mis propias decisiones.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!