DEVÓRAME
Yo enseño a las personas a amar..
Lo digo con naturalidad porque es verdad. No como promesa vacía ni como truco publicitario, sino como oficio. Durante años he observado patrones, miedos, elecciones repetidas. He traducido el caos emocional en palabras que otros pueden entender. He dado reglas, advertencias, caminos.
Y esta noche, mientras cientos de personas me aplauden por decirles cómo no perder el amor, el mío ya se está yendo.
Estoy de pie en un escenario impecable, bajo luces cálidas que suavizan cualquier grieta. Mi voz suena firme. Mis ideas, ordenadas. Veo asentir cabezas, manos que toman notas, teléfonos que graban cada frase como si fuera una verdad definitiva.
«El amor fracasa —digo, dejando que la frase cuelgue en el aire perfumado por el perfume caro y la expectativa— cuando dejamos de elegirnos.» La frase provoca aplausos, una ola de aprobación que me golpea como una caricia vacía. Yo también sonrío, una sonrisa practicada, una máscara de experta. Pero por dentro, mientras mi boca pronuncia las palabras que venden libros, mi cuerpo recuerda. Siente el hueco que Lucas dejó en mi cama, el frío de la sábana a mi lado, la ausencia de su mano buscando mi cadera mientras dormía. Sé que Lucas ya dejó de elegirme hace tiempo. No lo nombro. No aquí. No ahora. Aquí soy la diosa del control, la sacerdotisa del deseo domesticado. Aprendí hace años a separar lo que siento de lo que muestro. Esa distancia me dio prestigio. Me dio lectores. Me dio control. Pero esta noche esa distancia pesa más que nunca, como una coraza de plomo que me impide respirar, que me recuerda que soy una prisionera en mi propio templo.
Cuando bajo del escenario, el silencio me alcanza de golpe. El camerino huele a maquillaje, a polvo de talco y a finales que no se quieren aceptar. Es el olor de la mentira, un perfume agridulce que se me pega a la piel. Miro mi teléfono. Su nombre aparece. Lucas. La pantalla se ilumina, y su nombre es una puñalada, un recordatorio de lo que he perdido. No contesto. No porque no quiera hablar, sino porque no sabría cómo hacerlo sin convertirlo en teoría, sin analizar el tono de su voz, sin desglosar cada pausa como si fuera un dato de un caso de estudio. Lucas no necesita conceptos. Necesita verdad. Necesita la verdad que mi cuerpo grita y mi boca niega. Necesita sentir mi piel temblando bajo la suya, no escuchar una disertación sobre la intimidad emocional.
En casa, el eco me recibe antes que cualquier palabra. El departamento está ordenado, pulcro, funcional. Un mausoleo de lo que fuimos. No hay desorden porque ya no hay discusión. No hay discusiones porque ya no hay permanencia. No hay ropa tirada en el suelo, ni vasos de vino a medio beber, ni el sonido de su risa resonando en las paredes. Hay silencio. Hay orden. Hay control. Y estoy muerta de ganas de que alguien venga a romperlo todo. Escucho su voz en un mensaje que no me acusa, y eso duele más que cualquier grito. Dice que está cansado de vivir con alguien que analiza el amor como si fuera una estrategia. Dice que no quiere ser un caso de estudio. Dice que se va. Y mientras escucho su voz, mi cuerpo traiciona a mi mente. Mis pechos se ponen duros bajo la blusa de seda, un recuerdo involuntario de cómo sus manos los sentían. Un calor se extiende por mi vientre, una humedad comienza a acumularse entre mis piernas, un anhelo físico tan profundo que me hace doblar la cintura. Es mi cuerpo gritando la verdad que mi boca se niega a admitir: quiero ser tocada, quiero ser tomada, quiero ser elegida con la urgencia de un hombre que no puede evitarlo. Yo, que escribí páginas enteras sobre quedarse, sobre la comunicación y el compromiso, no sé cómo pedirlo sin que suene a fórmula, sin que suene a un capítulo más de mi propio libro de mierda.
Frente a mi escritorio están las notas del próximo libro. Reglas. Títulos. Promesas. Arranco algunas. Las dejo caer al suelo. No sirven si no funcionan aquí, en este silencio.
Esa misma noche entiendo algo que había evitado admitir:
no puedo escribir sobre el amor fingiendo que el mío no importa.
Ahí es cuando entra Sebastián.
No como salvación. No como romance.
Sino como el hombre que me mira sin admiración, que no cree en mis métodos y que, con una claridad casi cruel, me dice que mi vida personal no es un detalle menor, sino el núcleo de la historia que estoy a punto de contar.
Sebastián propone algo simple y peligroso: que deje de esconderme. Que viva el proceso. Que documente lo que duele. Que permita que mi experiencia —no mi discurso— sostenga el libro.
Acepto no porque sea fácil, sino porque ya no tengo cómo sostener la mentira.
Este no es un manual.
No es una promesa de finales felices.
No hubo un momento exacto en el que Sebastián y yo dejáramos de fingir que todo era profesional. Fue un desplazamiento lento, casi imperceptible. Una suma de gestos mínimos. De silencios que no pedían ser llenados. De pausas en las que yo, por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de explicar nada.
Trabajar juntos se volvió una rutina peligrosa, no por lo evidente, sino por lo sutil. Cafés que se enfriaban intactos. Reuniones que se extendían cuando la oficina ya estaba vacía, no porque quedara algo por decir, sino porque ninguno tenía prisa por irse. Las conversaciones empezaban en el libro y, sin aviso, derivaban hacia nuestras propias grietas. Yo hablaba menos. Escuchaba más.
Sebastián no intentaba impresionarme. Tampoco salvarme. No me pedía definiciones ni conclusiones. Y esa ausencia de demanda fue lo que empezó a cambiarme, a desarmarme pieza por pieza, como un hombre que desabrocha un vestido de seda, botón por botón, con una paciencia feroz. Frente a él, mi impulso de ordenar, de traducir, de convertir todo en discurso, se desactivaba. Mi mente, esa fábrica de conceptos y estrategias, se apagaba para dejar paso a un instinto mucho más antiguo y animal. Me volvía más lenta. Más callada. Y en ese silencio, mi cuerpo empezó a hablar con una voz que yo misma había olvidado, una voz hecha de humedad, de tensión muscular, de piel que ansía el contacto.
Él no me miraba como la experta. No esperaba respuestas. Me miraba como a alguien que estaba llegando tarde a sí misma, y no parecía tener prisa por adelantarme el final. Su mirada no era un escrutinio, era una excavación. No veía los trajes impecables ni las frases bien construidas; veía la tensión en mis hombros, el way en que mi lengua humedecía mis labios cuando me sentía acorralada por una pregunta incómoda, un gesto involuntario que él interpretaba como una invitación, como el primer signo de mi rendición. Veía el temblor casi imperceptible de mis manos cuando hablaba de Lucas, y yo sabía que él no lo veía como un signo de debilidad, sino como la prueba de que aún tenía sangre corriendo por mis venas, de que aún podía sentir. Yo, que había construido una carrera sosteniéndome en la palabra, empecé a sentir una atracción que no necesitaba ser dicha para existir, una corriente eléctrica que nos unía en el espacio silencioso entre una frase y la siguiente, una corriente tan potente que a menudo tenía que cruzar las piernas para disimular la pulsación que empezaba entre ellas.
Sebastián era incómodo, preciso, brutalmente honesto. No buscaba gustar. Buscaba comprender. Y en ese proceso, sin proponérselo, me permitió descansar del personaje que había aprendido a encarnar para sobrevivir. El personaje de la mujer que lo tiene todo bajo control, la que nunca siente demasiado, la que analiza en lugar de experimentar. Con Sebastián, sentía demasiado. Sentía el calor de su rodilla contra la mía bajo la mesa y tenía que reprimir un impulso de no moverme, de dejar que el contacto se quemara hasta el hueso, de abrir las piernas justo un poco más para que su rodilla subiera y presionara contra el centro de mi sexo, a través de la tela del vestido. Sentía el olor a café y a hombre limpio que emanaba de él y mi estómago se revolvía con un hambre que no tenía nada que ver con la comida, un hambre de sentir su peso sobre mí, de que me clavara los dedos en las caderas, de que me llenara con su olor hasta ahogarme. Cada vez que se inclinaba hacia adelante para señalar algo en el manuscrito, mi cuerpo reaccionaba con una traición completa. Mis pechos se hinchaban, los peones se endurecían hasta doler, frotándose contra el tejido del sujetador con cada movimiento, y una humedad caliente y pegajosa empezaba a empapar mi ropa interior.
Era una humedad vergonzosa, una evidencia física de mi deseo, una confesión que mi boca se negaba a hacer pero que mi cuerpo gritaba a los cuatro vientos. Y él lo sabía. Lo veía en mis ojos, en la forma en que mi respiración se cortaba, en el rubor que me subía por el cuello.
Y en lugar de alejarse, se quedaba ahí, disfrutando de mi tormento, saboreando mi deseo como si fuera el vino más caro del mundo, dejando que la tensión creciera hasta que se volviera insoportable, hasta que el único alivio posible fuera ceder.
Nuestro “experimento” avanzaba. El libro tomaba forma. También algo más, algo silencioso, sin nombre. Había días de discusiones breves y tensas, y otros en los que el silencio se volvía tan denso que cualquier palabra habría sido una interrupción. En esos silencios yo no sentía vacío, sino una cercanía distinta: no la del romance evidente, sino la del reconocimiento. La de saberse visto sin ser interrogado. Nunca hablamos de límites. Y no porque los ignoráramos, sino porque ninguno parecía necesitar nombrarlos todavía. La tensión no estaba en lo que hacíamos, sino en lo que dejábamos intacto. En la distancia exacta entre nuestros cuerpos. En la forma en que él bajaba la voz cuando decía mi nombre. En cómo yo notaba detalles que antes habría convertido en análisis, y que ahora simplemente aceptaba. Con Sebastián, descubrí algo que no sabía que necesitaba: el permiso de estar en silencio sin desaparecer.
Sebastián no era parte del plan. No debía serlo.
Pero el amor —lo entendí entonces— no irrumpe como una urgencia, sino como una insistencia silenciosa. Llega como una idea que se repite, como una presencia que se vuelve familiar, hasta que un día descubres que ya no estás defendiendo nada.
Esa noche trabajábamos en mi casa. El libro estaba abierto sobre la mesa, pero hacía rato que ninguno leía. Habíamos discutido un capítulo durante horas, no por su estructura, sino por lo que escondía: yo seguía hablando de decisiones, de coherencia, de límites; Sebastián escuchaba con una atención que no buscaba corregirme, sino atravesarme.
En algún punto me levanté y dije que iba a cambiarme de ropa. No fue una huida ni una invitación. Fue una necesidad simple: recuperar aire, bajar la tensión. Me encerré en la habitación sin pensar en él.
Sebastián se quedó solo en la sala, rodeado de mis notas, de mis frases, de una versión de mí que ya no coincidía del todo con la mujer que acababa de levantarse de la mesa. Más tarde me diría que fue ahí cuando entendió algo: que yo no estaba jugando a romper mis propias reglas, que estaba perdida dentro de ellas. Me quité la blusa y los pantalones, dejándolos caer al suelo. La sensación del aire fresco contra mi piel desnuda era reconfortante. Me dirigí al armario para buscar algo más cómodo. Justo en ese momento, la puerta de mi habitación se abrió de golpe. Sebastián entró sin golpear, y su mirada se posó directamente en mí. Estoy completamente desnuda, sin un solo trozo de tela que cubra mi cuerpo. El shock inicial me dejó paralizada, incapaz de moverme. Sebastián, con los ojos muy abiertos, se quedó hipnotizado. Su mirada se deslizó lentamente por mi cuerpo, deteniéndose en mis senos. Los observó con una intensidad que me dejó sin aliento. Mis pechos, redondos y firmes, se levantaban y bajaban con mi respiración acelerada. Los pezones, endurecidos por la excitación y el frío, se erguían orgullosos, pidiendo atención.
Sebastián dio un paso adelante, su respiración se volvió más profunda. Pude ver cómo su pecho subía y bajaba rápidamente, reflejando el deseo que lo consumía. Sus ojos, oscuros y profundos, brillaban con una mezcla de asombro y lujuria. Me cubrí instintivamente, pero la sensación de sus ojos sobre mi piel desnuda ya había encendido un fuego dentro de mí. El silencio en la habitación era ensordecedor, roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas.
Sebastián dio otro paso, acercándose aún más. Podía sentir el calor de su cuerpo, la electricidad que crepitaba entre nosotros. Sus manos, grandes y fuertes, se alzaron lentamente, como si estuviera en trance. Se detuvo a centímetros de mí, sus dedos a punto de tocar mi piel. La anticipación me volvía loca. Quería sentir sus manos sobre mí, explorando cada curva, cada rincón de mi cuerpo. Finalmente, sus dedos rozaron mi piel, enviando ondas de placer a través de mí. Comenzó a trazar patrones suaves y circulares, desde mis hombros hasta mis brazos, luego bajando por mi espalda. Cada toque era como una chispa, encendiendo mi deseo. Mis manos, que habían estado cubriendo mis senos, cayeron a los lados, permitiendo que Sebastián me viera completamente. Sus ojos se posaron de nuevo en mis pechos, y esta vez, no se contuvo. Se inclinó hacia adelante, capturando uno de mis pezones en su boca. La sensación de su lengua caliente y húmeda contra mi piel sensible me hizo gemir. Chupó y mordisqueó suavemente, enviando oleadas de placer directo a mi centro.
Hubo un instante —mínimo, casi invisible— en el que mi pensamiento se fue a otro lugar.
No sé por qué fue ahí. Tal vez porque el silencio se volvió demasiado real. Tal vez porque, incluso mientras mi cuerpo respondía, una parte de mí seguía siendo la mujer que no deja nada sin nombrar.
Pensé en Lucas.
Me lo imaginé en algún bar que conozco bien. Una mesa de madera gastada. El ruido seco de las bolas de billar chocando entre sí. Un vaso de cerveza sudando sobre el borde. Amigos alrededor, hablando de cosas que no duelen porque no importan. Risas breves. Comentarios triviales. Ese tipo de compañía que no exige explicaciones.
Me lo imaginé escuchando a medias, con la mirada perdida en algún punto que no sabría señalar. Pensando, quizá, que había hecho lo correcto al tomar distancia. Convencido de que el silencio también es una forma de cuidado. De fidelidad, incluso.
No me lo imaginé sufriendo. Eso habría sido demasiado fácil.
Me lo imaginé tranquilo. Y esa imagen fue la que más me desarmó.
Mientras yo estaba ahí, cruzando una frontera que había defendido durante años, él probablemente pensaba que el tiempo estaba haciendo su trabajo. Que las cosas, si tenían arreglo, lo encontrarían solas.
Esa idea no detuvo nada.
Pero dejó una marca.
Porque entendí, con una claridad incómoda, que no todo lo que se rompe hace ruido. Algunas cosas se quiebran mientras el mundo sigue funcionando con una normalidad casi cruel.
Volví al presente sin decir nada.
Mis gemidos se volvieron más fuertes, mi respiración más rápida, cada exhalación un suspiro de deseo que escapaba de mis labios entreabiertos. Sebastián, sin soltar mi pezón, me miró a los ojos, una mirada llena de lujuria y dominio que me hizo sentir completamente suya, como si mi alma misma se hubiera arrodillado ante él. Sus pupilas dilatadas, dos pozos negros de pura necesidad, reflejaban el fuego que ardía entre nosotros, una promesa de placer que me dejaba sin aliento y me mojaba hasta los tuétanos. Con una mano, comenzó a acariciar mi otro seno, masajeando y apretando suavemente, sus dedos expertos encontrando cada punto sensible, cada centímetro de piel que gritaba por su toque. La combinación de su boca y sus manos me tenía al borde del éxtasis, mi cuerpo temblando con cada caricia, cada lametón, un temblor que nacía en lo más profundo de mi vientre y se extendía hasta la punta de mis dedos.
El aire de mis pulmones se escapaba en jadeos cortos, incontrolables, roncos y primitivos. Cada sonido que emitía era una confesión de mi propia rendición, un testimonio audible de cómo él desmantelaba mi composure pieza por pieza, cómo arrancaba de mí la máscara de la experta para revelar a la mujer que solo anhelaba ser follada, ser usada, ser devorada. Mis gemidos ya no eran solo sonidos; eran plegarias guturales, suplicantes, nacidas en la base de mi garganta y empujadas hacia afuera por la fuerza del placer que me asaltaba, un sonido animal que no reconocía como mío. Sebastián, sin embargo, no se apresuraba. Disfrutaba de mi tormento, de mi pérdida de control. Su boca, sellada sobre mi pezón, era un ancla de calor húmedo y succión voraz. No solo lo lamía o lo chupaba; lo poseía. Su lengua, áspera y húmeda, trazaba círculos lentos y deliberados alrededor de la areola, lamiendo cada milímetro de mi piel sensible antes de volver a la punta erecta para darle una succión fuerte y rítmica, una succión que era casi dolorosa, que me hacía arquear la espalda y empujar mi pecho más contra su rostro, una que enviaba una descarga eléctrica directa a mi entrepierna, haciéndola contraer y anegarse con una nueva oleada de humedad, un torrente caliente que empapaba mis muslos.
Su mano libre, mientras tanto, no se contentaba con una simple caricia. La palma grande y áspera se aplastaba contra mi otro seno, sintiendo el peso y la forma, apretando con una fuerza que me robaba el aliento, como si quisiera moldearlo a su antojo, como si quisiera dejar su marca en mi carne. Mientras sus dedos actuaban con una precisión cruel. El pulgar y el índice atrapaban mi pezón libre, torciéndolo suavemente, estirándolo hasta que era una punta dolorida de pura sensación, liberándolo solo para volver a pellizcarlo con una fuerza que bordeaba el dolor pero que se traducía en un placer tan agudo, tan brutal, que me sacudía hasta los cimientos. La combinación era una tortura exquisita: la succión húmeda y constante en un pecho, el pellizco rítmico y doloroso en el otro. Mi cuerpo era un campo de batalla de sensaciones encontradas, todas convergiendo en un único punto de presión entre mis piernas, un punto que pulsaba, que goteaba, que suplicaba por ser tocado, por ser penetrado, por ser finalmente poseído.
Pude sentir su aliento caliente contra mi piel, haciendo que mi clítoris palpitara de anticipación, cada respiración suya enviando ondas de placer a través de mí. Cerré los ojos, sumergiéndome en la sensación, permitiendo que mi cuerpo se rindiera completamente a él, cada músculo relajándose, cada nervio encendiéndose.
Justo cuando sentí que la ola me iba a arrollar, cuando mis rodillas comenzaron a temblar y mi visión se empañó, se detuvo. Se apartó de golpe, y el aire frío de la habitación golpeó mi pezón húmedo y sensible, haciéndolo endurecerse aún más. Miré hacia abajo y vi lo que había hecho: un sendero brillante y pegajoso de saliva conectaba su labio inferior con mi piel, una marca tangible de su posesión, una firma de su paso. No me dio tiempo a procesar la pérdida. En un movimiento fluido y dominante, se deslizó hacia abajo por mi cuerpo, su piel rozando la mía, hasta que sus rodillas tocaron el suelo. Ahora estaba arrodillado frente a mí, y su nivel de mirada había cambiado drásticamente. Sus ojos ya no me miraban a la cara; estaban fijos, hipnóticos, en el centro de mi ser. Miraba mi sexo con una intensidad feroz, como un depredador que ha acorralado a su presa y ahora se toma un momento para saborear la victoria antes del ataque final. No era una mirada de simple lujuria; era de adoración y hambre, una mezcla perversa que me hizo sentir a la vez venerada como una deidad y deseada como un trofeo.
Y entonces, lo hizo. Lo que nadie había hecho. Con una lentitud que era una forma de tortura, inclinó la cabeza hacia adelante. No me tocó. No me besó. Acercó su nariz. La sentí rozar el monte de Venus, descendiendo lentamente, separando los labios con el puente de su nariz, hasta que quedó plantada justo encima de mi clítoris. Y entonces inhaló. Fue una respiración profunda, audible, un acto de consumo. Olfateó mi aroma, mi excitación, mi esencia más íntima. El sonido de su inhalación resonó en mis oídos más alto que un grito. En ese momento, sentí una humillación tan excitante que casi me derrumbo. Él no estaba oliendo mi perfume; estaba oliendo mi deseo, mi necesidad cruda y sin filtro. Su aliento caliente, cargado con el olor de mí misma, sopló contra mi clítoris palpitante, y cada una de sus exhalaciones era una caricia indirecta, una promesa de lo que estaba por venir. Cerré los ojos con fuerza, abandonándome por completo. Ya no era Valeria, la experta en amor. Era solo un cuerpo, un conjunto de nervios en llamas, esperando ser consumida. Cada músculo se relajó en una sumisión total, cada fibra de mi ser se encendió en anticipación, lista para ser devorada.
Sebastián comenzó a besar mi vientre, trazando un camino de fuego con su lengua. Cuando finalmente llegó a mi sexo, su lengua se deslizó entre mis pliegues, saboreándome. Gemí, mis caderas moviéndose involuntariamente hacia su boca. Sebastián me sujetó firmemente por las caderas, manteniéndome en su lugar mientras su lengua exploraba cada rincón de mi ser.
Chupó y lamió, alternando entre movimientos lentos y rápidos, llevándome cada vez más cerca del borde. Mis manos se enredaron en su cabello, guiándolo, pero Sebastián tomó el control, moviendo mi mano a un lado mientras continuaba su asalto sensual. Introdujo un dedo dentro de mí, luego otro, moviéndolos en un ritmo perfecto que coincidía con los movimientos de su lengua. El placer era abrumador, mi cuerpo temblaba con cada ola de éxtasis. Sebastián levantó la vista, sus ojos oscuros y hambrientos, sin dejar de mover sus dedos y su lengua. La combinación de su mirada y sus acciones me llevó al límite. Me corrí con un grito, mi cuerpo convulsionando mientras el orgasmo me recorría. Sebastián continuó moviendo sus dedos, sacando cada gota de placer de mí. Cuando finalmente me soltó, me dejó caer suavemente al suelo, mi cuerpo saciado y tembloroso. Sebastián se puso de pie, una sonrisa satisfecha en su rostro mientras me miraba, sabiendo que me había llevado a un lugar de éxtasis del que nunca querría regresar.
La humedad entre mis piernas era un testimonio tangible de mi rendición, un calor pegajoso que mis muslos rozaban al moverme, un recordatorio constante de cómo se había desmoronado mi control. El aire de la habitación, ahora cargado con el olor denso de nuestro sexo, de mi sudor y del suyo, me envolvía como una segunda piel. Luego, con una sonrisa traviesa que aún conservaba el brillo de mi placer en sus labios, me levantó en sus brazos. Sus brazos, fuertes y seguros, se afirmaron bajo mi espalda y mis rodillas, y me llevó a la cama como si pesara lo mismo que una pluma. El colchón acogió mi cuerpo con un suspiro de espuma, y él se recostó a mi lado, su peso hundiéndolo a mi lado. Nuestra noche de pasión apenas comenzaba, y el silencio que siguió fue tan elocuente como los gemidos que lo habían precedido.
Sebastián se levanta primero. No lo hace con prisa ni con torpeza. Se incorpora como quien vuelve lentamente a su propio cuerpo, como si necesitara comprobar que el mundo sigue ahí después del cataclismo que acabamos de provocar. Lo observo desde la cama, mi cuerpo aún laxo y satisfecho, mis miembros pesados de placer. Camina hacia el baño sin decir nada, y mi vista se fija en él. Está completamente desnudo, ajeno a cualquier gesto de pudor, y no hay exhibición en él. Solo una naturalidad que me desconcierta y me excita a la vez. Veo la curva de su espalda, la tensión liberada de sus omóplatos, la forma en que sus glúteos se contraen ligeramente con cada paso. Sus piernas, fuertes y velludas, lo sostienen con una seguridad animal. La puerta queda entreabierta, una rendija por la que se filtra la luz y el sonido. Escucho el sonido del agua correr, un murmullo constante y tranquilizador. El chasquido leve de un grifo. Ruidos cotidianos que, en otro contexto, habrían pasado inadvertidos. Ahora no. Ahora cada uno parece una invitación silenciosa, una extensión de la intimidad que acabamos de compartir.
Me quedo donde estoy, pero mi cuerpo no se ha quedado quieto del todo. Siento el impulso inmediato de seguirlo. No por urgencia, sino por continuidad. Como si separarnos, incluso por unos metros, fuera una interrupción innecesaria, un error en la perfecta secuencia de nuestra unión. Mis dedos recorren la sábana, todavía caliente donde él yacía, y siento una punzada de anhelo. Anhelo sentir su piel de nuevo, su peso sobre mí, su aliento en mi cuello. No me muevo. Simplemente lo espero, escuchando el agua correr, sabiendo que cuando vuelva, nuestra noche de pasión continuará, más intensa, más profunda, más real que nunca.
Me envuelvo en la sábana apenas, más por costumbre que por necesidad. Apoyo la espalda contra el respaldo de la cama. Respiro. Me descubro atenta a algo nuevo: la calma que queda después. Esa calma que no siempre llega, que a veces se reemplaza por palabras incómodas o por silencios tensos. Esta no. Esta es distinta.
Sebastián vuelve a aparecer en el marco de la puerta. El vapor del baño lo rodea. Me mira sin decir nada. No pregunta si estoy bien. No comenta lo que acaba de ocurrir. No intenta definirlo.
Y eso, otra vez, me desarma.
Nuestros ojos se encuentran. No hay prisa por retomar nada. Solo una certeza compartida: seguimos aquí. No nos hemos ido a ningún lado.
Pienso que podría levantarme. Caminar hasta él. Apoyar la cabeza en su pecho. Continuar. La idea existe. Clara. Disponible.
Pero también existe otra cosa: la conciencia plena de este instante. De lo que significa. De lo que acaba de cambiar.
Sebastián no se acerca todavía. Me da espacio. Se seca las manos con una toalla. Ese gesto mínimo, doméstico, me resulta extrañamente íntimo. Más que lo anterior.
Entiendo entonces que lo que deseo no es solo su cuerpo de nuevo, sino prolongar este estado: la quietud compartida, la ausencia de exigencias, el permiso de no saber qué sigue.
Con Sebastián, cada noche se convierte en una exploración de lo desconocido. En la oscuridad de mi habitación, sus manos recorren mi cuerpo con una intimidad que nunca antes había sentido. No hay palabras, solo toques que prometen más de lo que puedo imaginar.
Cada caricia es una pregunta, cada beso una respuesta que no necesito entender. Nos movemos juntos, sin prisa, permitiendo que el tiempo se detenga en este momento. La piel se encuentra con la piel, y en ese instante, el mundo exterior desaparece. No hay libros, ni discursos, ni estrategias. Solo nosotros, enredados en un baile de deseo y necesidad. Sebastián me muestra que el amor no es una teoría, sino una experiencia viva, palpitante, que se siente en cada fibra de mi ser. Con él, descubro que la vulnerabilidad no es debilidad, sino la puerta a una conexión más profunda. Cada noche es un capítulo nuevo, una página en blanco que llenamos con nuestros cuerpos y almas. Y en ese espacio, encuentro la verdad que había estado buscando: el amor es un riesgo, pero también es la única forma de vivir realmente. Así, con Sebastián, comienzo a escribir un nuevo libro, uno que no es sobre cómo amar, sino sobre cómo vivir el amor en toda su intensidad y complejidad. Un libro que es, al mismo tiempo, un acto de valentía y una declaración de verdad.
Después, cuando Sebastián se va y el silencio vuelve a ocupar su lugar, no llega la euforia. Llega el peso.
Me quedo sola en la cama, despierta, mirando un punto fijo del techo como si allí estuviera escrita la respuesta que no quiero formular. Mi cuerpo aún recuerda, pero mi mente empieza a ordenar los hechos con una precisión que conozco demasiado bien. Es el reflejo de años de disciplina emocional. El intento de recuperar el control.
No puedo llamar a esto un error. Tampoco una traición sencilla. Eso sería cómodo. Lo difícil es aceptar que hice algo que deseaba… y que aun así me duele.
Lucas no estaba. No compartíamos la cama ni las palabras desde hacía semanas. Y sin embargo, en algún lugar profundo, seguía existiendo un acuerdo silencioso que yo había defendido siempre: la fidelidad no depende de la presencia, sino de la elección. Esa fue una de mis verdades más repetidas. Una de las más firmes.
Ahora esa verdad está fisurada.
Me levanto, me ducho, dejo que el agua caliente caiga como si pudiera borrar algo más que el cansancio. Me miro al espejo. No veo culpa en mi rostro, pero sí una inquietud nueva: la de alguien que ha cruzado una frontera sin saber todavía qué territorio pisa.
No me arrepiento de Sebastián. Me cuestiono a mí.
Paso los días siguientes intentando recomponerme como sé hacerlo: escribiendo, ordenando ideas, poniendo nombre a lo ocurrido. Me digo que fue una consecuencia inevitable del proceso, que la intimidad emocional precede a la física, que nada sucede en el vacío. Todo eso es cierto. Y aun así, no me tranquiliza.
Porque entender no es lo mismo que justificar.
Con Sebastián mantengo una distancia que no acordamos, pero que ambos respetamos. Seguimos trabajando. Hablamos del libro. De estructuras. De lectores. Evitamos, con una cortesía casi quirúrgica, hablar de lo que cambió. Esa omisión se convierte en otra forma de intimidad, más peligrosa todavía.
Por las noches, la pregunta regresa:
¿En qué momento dejé de ser quien decía ser?
No es miedo a perder una relación lo que me desvela. Es algo más incómodo: la posibilidad de que mis convicciones no fueran tan inamovibles como creía. Que la fidelidad, esa palabra tan limpia en el papel, se vuelva compleja cuando entra en contacto con la soledad, el deseo y la verdad emocional.
Empiezo a comprender que este libro —y esta historia— no va a tratar sobre decisiones correctas, sino sobre decisiones humanas. Sobre lo que ocurre cuando el amor no llega en el orden esperado. Cuando no respeta contratos ni discursos.
Intento recomponerme no volviendo atrás, sino aceptando la grieta. Porque negarla sería la forma más elegante de mentirme otra vez.
Y si algo he aprendido después de Sebastián es esto:
no hay nada más devastador que seguir enseñando certezas cuando ya no te pertenecen.



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