Devorame (Reboot)
Yo enseño a las personas a amar..
Es a lo que me dedico desde hace años. Le ofrezco a la gente consejos sobre sus relaciones. Escucho problemas, repito patrones, explico por qué algo no funciona y qué se puede hacer distinto.
Esta noche estoy dando una charla sobre eso. Hay mucha gente. Me aplauden. Asienten. Anotan. Y mientras hablo de cómo cuidar una relación, la mía ya se está rompiendo.
Estoy sobre un escenario. Todo se ve bien desde aquí. Las luces, el sonido, mi voz. Digo frases que ya sé que funcionan. Cuando digo que el amor se acaba cuando dejamos de elegirnos, la gente aplaude. Yo también sonrío. Es casi automático.
Pero pienso en Lucas. En que ya no duerme conmigo. En que su lado de la cama está vacío. En que me ha dejado
No lo menciono. No acá. Acá soy la que sabe. Aprendí hace tiempo a separar lo que siento de lo que digo. Eso me dio trabajo, reconocimiento, control. Después de la charla me quedo sola en el camerino. Reviso el celular. Una llamada perdida de él.
Él no quiere volver a lo mismo. Quiere algo simple.
En casa no hay peleas porque ahora estoy sola. Pero la verdad es que lo extraño de una forma física. Extraño que me toque. Extraño sentirme deseada. Me duele aceptar que lo que más necesito no sé cómo pedirlo.
Trabajo en el próximo libro para despejar la mente.
Ahí aparece Sebastián.
Sebastián trabaja conmigo desde hace un tiempo. Es joven. Sabe lo de Lucas. Nunca se lo conté del todo, pero no hizo falta. Lo notó casi desde el principio.
Esa noche viene a mi departamento para ayudarme con el nuevo libro. Esa es la excusa. Llega con su mochila.
Le sirvo vino. Después otro. No hablamos mucho al principio. Leemos. Tachamos frases. En algún momento me dice que el problema no es lo que escribo, sino lo que no me atrevo a poner.
Me dice que todos saben que hablo del amor, que quizás este libro debería ser distinto. Que quizás debería escribir lo que realmente pasó con Lucas.
No respondo. Miro la copa. Pienso en Lucas. En sus manos. En su peso sobre mí me hacía el amor.
Sebastián está sentado cerca. Me doy cuenta de que extraño algo muy básico: el roce de otro cuerpo. El calor. La posibilidad.
Él me mira como si supiera exactamente en qué estoy pensando y no dijera nada por respeto.
Sentía el calor de su rodilla contra la mía bajo la mesa y tenía que reprimir un impulso de no moverme, de abrir las piernas justo un poco más para que su rodilla subiera y presionara contra el centro de mi sexo, a través de la tela mi ropa interior. Cada roce accidental, cada contacto sutil, me hacía desear más, mucho más. Mis pensamientos se desbordaban con imágenes de sus manos explorando mi cuerpo, de sus labios recorriendo cada centímetro de mi piel.
Sentí el deseo de que me clavara los dedos en mi vagina, de que me llenara con su verga la boca hasta ahogarme. La idea de tenerlo dentro de mí, de sentir su dureza y su calor, me volvía loca. Quería suplicarle que me tomara, que me hiciera suya de todas las maneras posibles. Mis pechos se hinchaban, sentía los pezones que se endurecían hasta doler, frotándose contra el tejido del sujetador con cada movimiento, y una humedad caliente y pegajosa empezaba a empapar mi ropa interior.
En algún punto me levanté y dije que iba a cambiarme de ropa. Fue una necesidad simple: recuperar aire, bajar la tensión. Me encerré en la habitación sin pensar en él. La sensación del aire fresco contra mi piel desnuda era reconfortante. Me dirigí al armario para buscar algo más cómodo. Justo en ese momento, la puerta de mi habitación se abrió de golpe. Sebastián entró sin golpear, y su mirada se posó directamente en mí. Estoy completamente desnuda, sin un solo trozo de tela que cubra mi cuerpo. El shock inicial me dejó paralizada, incapaz de moverme. Sebastián, con los ojos muy abiertos, se quedó hipnotizado. Su mirada se deslizó lentamente por mi cuerpo, deteniéndose en mis senos. Los observó con una intensidad que me dejó sin aliento. Mis pechos, redondos y firmes, se levantaban y bajaban con mi respiración acelerada. Los pezones, endurecidos por la excitación y el frío, se erguían orgullosos.
Sebastián dio un paso adelante. Me cubrí instintivamente, pero él no se detuvo. Dio otro paso, acercándose aún más. Sus manos, grandes y fuertes, se alzaron lentamente, como si estuviera en trance. Se detuvo a centímetros de mí, sus dedos a punto de tocar mi piel. La anticipación me volvía loca. Comenzó a tocarme desde mis hombros hasta mis brazos, luego bajando por mi espalda. Mis manos, que habían estado cubriendo mis senos, cayeron a los lados, permitiendo que Sebastián me viera completamente. Sus ojos se posaron de nuevo en mis pechos, y esta vez, no se contuvo. Se inclinó hacia adelante, capturando uno de mis pezones en su boca. La sensación de su lengua caliente y húmeda contra mi piel sensible me hizo gemir. Chupó y mordisqueó suavemente, enviando oleadas de placer directo a mi centro.
Mis gemidos se volvieron más fuertes, mi respiración más rápida. Sebastián, sin soltar mi pezón, me miró a los ojos, una mirada llena de lujuria y dominio que me hizo sentir completamente suya. Con una mano, comenzó a acariciar mi otro seno, masajeando y apretando suavemente. Cada sonido que emitía era una confesión para revelar a la mujer que solo anhelaba ser follada, ser usada, ser devorada.
Se apartó de golpe, en un movimiento se deslizó hacia abajo por mi cuerpo. Miraba mi sexo con una intensidad feroz. Con una lentitud que era una forma de tortura, inclinó la cabeza hacia adelante. No me tocó. No me besó. Acercó su nariz. La sentí rozar el monte de Venus, descendiendo lentamente, separando los labios con el puente de su nariz, hasta que quedó plantada justo encima de mi clítoris. Y entonces inhaló. Fue una respiración profunda, audible. Olfateó mi aroma, mi excitación, mi esencia más íntima. El sonido de su inhalación resonó en mis oídos más alto que un grito. En ese momento, sentí una humillación tan excitante que casi me derrumbo, su lengua se deslizó entre mis pliegues, saboreándome. Gemí, mis caderas moviéndose involuntariamente hacia su boca. Sebastián me sujetó firmemente por las caderas, manteniéndome en su lugar mientras su lengua exploraba cada rincón de mi ser.
Chupó y lamió, alternando entre movimientos lentos y rápidos, llevándome cada vez más cerca del borde. Mis manos se enredaron en su cabello, guiándolo, pero Sebastián tomó el control, moviendo mi mano a un lado mientras continuaba su asalto sensual. Introdujo un dedo dentro de mí, luego otro, moviéndolos en un ritmo perfecto que coincidía con los movimientos de su lengua. El placer era abrumador, mi cuerpo temblaba con cada ola de éxtasis. Sebastián levantó la vista, sus ojos oscuros y hambrientos, sin dejar de mover sus dedos y su lengua. La combinación de su mirada y sus acciones me llevó al límite. Me corrí con un grito, mi cuerpo convulsionando mientras el orgasmo me recorría. Sebastián continuó moviendo sus dedos, sacando cada gota de placer de mí. Cuando finalmente me soltó, me dejó caer suavemente al suelo, mi cuerpo saciado y tembloroso. Sebastián se puso de pie, una sonrisa satisfecha en su rostro mientras me miraba, sabiendo que me había llevado a un lugar de éxtasis del que nunca querría regresar.
La humedad entre mis piernas era un testimonio tangible de mi rendición, un calor pegajoso que mis muslos rozaban al moverme, un recordatorio constante de cómo se había desmoronado mi control. Luego, con una sonrisa traviesa que aún conservaba el brillo de mi placer en sus labios, me levantó en sus brazos y me llevó a la cama como si pesara lo mismo que una pluma.
Me tumbó suavemente sobre la cama, su cuerpo cubriendo el mío. Sentí su dureza presionando contra mi muslo, y un escalofrío de anticipación recorrió mi espina dorsal. Sebastián se inclinó hacia mí, capturando mis labios en un beso apasionado. Su lengua exploró mi boca, saboreando cada rincón, mientras sus manos recorrían mi cuerpo, encendiendo cada centímetro de mi piel. Me arqueé contra él, deseando sentirlo más cerca, más profundo.
Con un movimiento rápido, Sebastián se deshizo de su ropa y se posicionó entre mis piernas, su verga dura y lista. Sentí la cabeza de su pene presionando contra mi entrada, y un gemido escapó de mis labios. Lentamente, se deslizó dentro de mí, llenándome por completo. El placer era intenso, abrumador. Comenzó a moverse, sus embestidas rítmicas y profundas, cada una enviando oleadas de éxtasis a través de mi cuerpo. Mis uñas se clavaron en su espalda, instándolo a ir más rápido, más fuerte.
Mientras me follaba, Sebastián se inclinó hacia abajo, capturando uno de mis pezones en su boca. Chupó y mordisqueó, enviando chispas de placer directo a mi centro. Mis gemidos se volvieron más fuertes, más desesperados, mientras él me llevaba cada vez más cerca del borde. Sentí cómo se tensaban mis músculos, cómo se acercaba mi segundo orgasmo.
De repente, Sebastián se retiró, dejándome jadeante y necesitada. Me dió la vuelta rápidamente, posicionándose detrás de mí. Con una mano, me levantó las caderas, exponiendo mi ano. Sentí la cabeza de su verga presionando contra mi entrada trasera, y un escalofrío de anticipación y nerviosismo me recorrió. Lentamente, se deslizó dentro, llenándome de una manera sorpresiva. El placer era intenso, casi doloroso, pero increíblemente satisfactorio.
Con movimientos lentos y controlados, Sebastián comenzó a moverse, sus embestidas profundas y rítmicas. Sentí cómo mi cuerpo se adaptaba a él, cómo el placer se intensificaba con cada movimiento. Mis gemidos se hicieron más intensos y urgentes, mientras él me empujaba cada vez más al límite. Mis manos se enredaron en las sábanas, agarrándolas con fuerza mientras el orgasmo se acercaba.
Nuevamente cuando estaba a punto de correrme, Sebastián se retiró, Me dejó sin aliento, con una necesidad que no podía disimular. Me diio la vuelta de nuevo, pero esta vez coloco sus rodillas a cada lado de mi cabeza, con una mano, me la levantó, guiando su verga hacia mi boca. Abrí los labios, aceptándolo, saboreando mi interior impregnado en su piel. Comenzó a moverse, sus embestidas rítmicas y profundas. Mis manos se enredaron en sus caderas, instándolo a ir más profundo, más rápido.
Sentí cómo se tensaban sus músculos, cómo se acercaba su orgasmo. Con un gemido gutural, Sebastián se retiró, su verga palpitando. Con una mano, se acarició a sí mismo, y un momento después, su semen caliente y pegajoso se derramó sobre mis pechos, mi rostro, mi cuello. La sensación era intensa, y me dejé llevar por el éxtasis, me toque con su semen impregnado en mí y sentí mi propio orgasmo recorriendo mi cuerpo en oleadas de placer abrumador.
Sebastián se dejó caer a mi lado, su respiración acelerada y su cuerpo cubierto de sudor. Me acurruque contra él sin limpiarme, sintiendo su calor y su fuerza. En ese momento, me sentí completamente satisfecha, completamente suya.
No hablamos de lo que pasó esa noche.
A la mañana siguiente Sebastián se fue temprano. Yo me quedé en la cama más tiempo de lo normal.
Volvió a pasar.
Después otra vez.
Sebastián empezó a venir seguido. Siempre con el trabajo como excusa. Abríamos una botella de vino. Leíamos. Cogíamos. A veces no hacíamos nada de eso. No hacía falta explicarlo.
No hablábamos de Lucas.
Y eso ayudaba.
Con el tiempo dejé de pensar en él al despertar. Dejé de buscar su peso en la cama. Dejé de medir el silencio del departamento. Sebastián ocupaba ese espacio sin prometer nada. Sin pedir nada.
Era simple.
Y eso funcionaba.
Los encuentros se volvieron una rutina. No romántica. Me descubrí escribiendo mejor. Durmiendo mejor. Pensando menos.
Lucas empezó a desaparecer de verdad.
Hasta que una tarde Lucas tocó la puerta.
No avisó. No escribió antes. Estaba ahí, como si no hubiera pasado el tiempo. Dijo, al otro lado de la puerta, que quería hablar. Que había pensado mucho. Que quizás se había ido demasiado rápido.
Sebastián estaba adentro.
Estaba sentado a la mesa. Una botella de vino sin servir aún nos acompañaba. Abrí y Lucas lo vio primero a él.
Nadie se presentó.
Lucas preguntó quién era. Le dije que trabajaba conmigo. Sebastián no dijo nada. Cerró el archivo del computador y se levantó. Dijo que podía volver otro día.
Lucas dijo que no hacía falta.
En ese momento, la tensión en la habitación era palpable. Sebastián y Lucas, con su inesperada aparición, crearon un triángulo de miradas.
Lucas, con una mezcla de curiosidad y celos, preguntó: «¿Y desde cuándo trabajas con él?»
Mi respuesta fue sencilla: «Desde hace un tiempo. Me ayuda con el libro.»
Sebastián, con una calma que contrastaba con la situación, intervino: «Puedo irme si prefieren hablar a solas, insisto.»
Lucas lo miró fijamente, como si estuviera evaluando una amenaza. «No,» respondió finalmente. «No hay problema»
La noche avanzó con una conversación que fluctuaba en la incomodidad. Sebastián, con su habitual discreción, se mantuvo al margen, observando. Lucas, por otro lado, comenzó a abrirse, hablando de sus dudas, sus miedos, y su arrepentimiento. Cada palabra que salía de su boca parecía pesar una tonelada, cargada de emociones reprimidas.
En un momento dado, Lucas se detuvo, su mirada pasando de mí a Sebastián. «¿Y tú?» preguntó a Sebastián. «¿Qué sientes por ella?»
Sebastián, sin vacilar, respondió: «La respeto. La admiro.»
Lucas asintió lentamente, como si estuviera procesando algo más profundo.
—Me acosté con él.
Lucas no entendió al principio.
—¿Qué?
—Con Sebastián.
Sebastián no se movió. No miró a ninguno de los dos.
Lucas se quedó quieto. Después sonrió, pero no era una sonrisa real.
—¿Desde cuándo?
—Desde que te fuiste.
—¿Cuántas veces?
—No importa.
—Para mí sí.
—Entonces varias.
Lucas pasó la mano por la cara. Se levantó y volvió a sentarse.
—¿Eso es lo que haces ahora? ¿Traer gente a la casa, puta?
—No es gente. Es alguien.
—¿Alguien con el que trabajas?
—Sí.
Lucas miró a Sebastián.
—¿Y tú qué? ¿Te parecía normal?
Sebastián no respondió.
—No te metas on él —dije—. Esto es conmigo.
Lucas volvió a mirarla.
—No quería estar sola.
Lucas respiró hondo.
—¿Lo hiciste para hacerme daño?
—No.
—Entonces ¿por qué?
Dudé un segundo.
—Porque me hacía falta alguien acá —dije, señalando mi cuerpo
Lucas bajó la mirada.
—Eso podía haber sido yo.
—No estabas, te habías ido.—agregué—. Porque dejaste la cama vacía.
Lucas apretó los labios.
—¿Lo quieres?
—No sé.
—¿Te importa?
—Sí.
—¿Más que yo?
Negué con la cabeza.
—No es así.
—Entonces explícame.
—No quería sentirme sola —dije—. Me hacía falta tu presencia. La de una verga. No Sebastián. No él en particular. Alguien.
Lucas cerró los ojos un momento.
—Eso duele más.
—No te lo digo para que no duela. Te lo digo porque es verdad.
Hubo silencio.
Sebastián seguía ahí, como si no existiera.
Lucas se levantó
—¿Una verga? —dijo—. ¿Eso es lo que extrañabas?
No bajé la mirada.
—Sí.
Lucas se rió, seco.
—¿Y qué? ¿Te gustó más que la mía?—. me dijo al tiempo que liberaba su miembro
Con una mezcla de dolor y deseo, se acercó a mí, su miembro ya erecto y palpitante. La visión de su verga, tan familiar y a la vez tan diferente en este contexto, me hizo sentir un torbellino de emociones. Sebastián, a pesar de su silencio, no se movió, pero su presencia era palpable, una sombra en la habitación que observaba cada movimiento.
«¿Te gustó más que la mía?» repitió Lucas, su voz teñida de una mezcla de celos y excitación. No respondí con palabras, sino que tomé su miembro en mi mano, sintiendo su calor y su dureza. Lo acaricié lentamente, notando cómo se tensaba bajo mi toque. Lucas cerró los ojos, un gemido escapando de sus labios.
Sebastián, finalmente, se levantó de su asiento, moviéndose con una gracia felina. Se colocó detrás de mí, sus manos descansando sobre mis hombros. Sus manos bajaron, desabrochando mi blusa, exponiendo mis pechos. Lucas, con los ojos abiertos, observaba cada movimiento, su respiración acelerada. Sebastián, con una lentitud tortuosa, comenzó a pellizcar mis pezones hasta que se endurecieron. Gemí, mi cabeza cayendo hacia atrás.
Lucas, incapaz de contenerse más, se acercó, capturando mi boca con su verga. Chupé y recordé lo gruesa que era cuando la raspe con mis dientes, enviando oleadas de placer directo a mi centro. Sebastián, mientras tanto, debió haber liberado su propio pene, porque sentí como me acariciaba el rostro.
Lucas, sin vacilar, se quitó toda la ropa, exponiendo su cuerpo musculoso. Sebastián hizo lo mismo, su miembro duro y listo. Me sentí rodeada, capturada entre dos hombres que deseaban lo mismo: mi placer.
Sebastián me levantó, llevándome a la cama. Lucas se unió a nosotros, sus manos explorando mi cuerpo, besando cada centímetro de mi piel. Sebastián, posicionándose entre mis piernas, comenzó a besar mi muslo, moviéndose lentamente hacia mi centro. Su lengua se deslizó entre mis pliegues, saboreándome, mientras Lucas capturaba mis labios en un beso apasionado.
El placer era intenso, casi insoportable. Mis gemidos se mezclaban con los sonidos de sus respiraciones aceleradas. Sebastián, con movimientos expertos, introdujo un dedo dentro de mí, luego otro, moviéndolos en un ritmo perfecto. Lucas, mientras tanto, se movió hacia abajo, capturando mis pechos en sus manos, chupando y mordisqueando mis pezones.
Sebastián me sentó sobre él, su verga presionó contra mi entrada trasera. Con una lentitud tortuosa, se deslizó dentro, llenándome de una manera completamente nueva. El placer era intenso, casi doloroso, pero increíblemente satisfactorio. Lucas, a su vez, se posicionó entre mis piernas, su verga dura y lista.
Con movimientos coordinados, ambos comenzaron a moverse, sus embestidas rítmicas y profundas. El placer era abrumador, mi cuerpo temblaba con cada movimiento. Mis manos se enredaron en las sábanas, agarrándolas con fuerza mientras el orgasmo se acercaba.
«Más rápido,» supliqué, mi voz un gemido. «Por favor, más rápido.»
Lucas y Sebastián obedecieron, sus movimientos se volvieron más rápidos, más intensos. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclándose con nuestros gemidos y jadeos. Sentí cómo se tensaban mis músculos, cómo se acercaba el orgasmo.
«Voy a correrme,» gemí, mi cuerpo convulsionando con el éxtasis. «Dios, me corro.»
Lucas y Sebastián continuaron moviéndose, sacando cada gota de placer de mí. Cuando finalmente se detuvieron, me dejaron caer suavemente sobre la cama, mi cuerpo saciado y tembloroso. Lucas se retiró, su verga palpitante. Sebastián, sin embargo, se mantuvo dentro de mí, hasta que su semen caliente y pegajoso se derramó en mi ano. La sensación era intensa.
Lucas, observando, se acarició a sí mismo, su verga palpitante. Un momento después, su semen salió disparado cubriendo mi senos. La visión de ambos, sus cuerpos saciados y sus miradas llenas de satisfacción, me dejó sin aliento.
Nos quedamos ahí, los tres, sin movernos demasiado, como si nadie quisiera ser el primero en romper algo que acababa de tomar forma. No lo sentí como un error ni como una traición. Tampoco como una deuda que hubiera que pagar después. Fue otra cosa. Un acuerdo silencioso. Entendí que no quería pedir perdón ni ser perdonada. No iba a dejar a Sebastián, pero tampoco iba a volver a expulsar a Lucas de mi vida ahora que había regresado. No era culpa. No era confusión. Era deseo y decisión. Quería estar con los dos. Y no iba a fingir que eso me hacía menos digna, menos mujer o menos honesta. Era orgullosa de no renunciar a nadie. Ni a ellos. Ni a mí.
Después todo siguió.
Volví a atender consultas. Mensajes largos. Audios. Correos de gente que no conozco y que cree que tengo respuestas claras. Nadie sabe cómo vivo. Nadie sabe que mi casa, mi tiempo y mi cuerpo los comparto con dos hombres. Para ellos sigo siendo la misma: la que escucha, la que ordena, la que pone palabras donde otros solo sienten culpa.
Sebastián sigue viniendo a trabajar. Lucas volvió a ocupar espacio. No lo anunciamos. No lo explicamos. Funciona porque no lo discutimos demasiado. Porque nadie exige exclusividad. Porque nadie se coloca por encima del otro.
Yo sigo escribiendo.
A veces pienso en lo fácil que es aconsejar cuando nadie te ve por dentro.
Una tarde, cuando pensé que ya nada podía sorprenderme, llegó un mensaje distinto. No era una consulta común. No pedía soluciones rápidas. Era largo. Medido. Incómodo desde la primera línea.
Lo firmaba Clara.
Decía que me leía desde hacía años. Que lo que yo escribía le servía para lo que ocurría en su vida. Que dudó mucho antes de escribirme, porque no sabía si yo también la juzgaría.
Luego lo dijo, sin rodeos.
No hablaba de una infidelidad.
No hablaba de una relación abierta.
Hablaba de un vínculo prohibido.
De algo que no se confiesa en voz alta.
De incesto.
LEER «La hija de la verdad»
No entraba en detalles. No buscaba morbo. Buscaba comprensión. Me pedía consejo no para justificarlo, sino para entender qué hacer con eso que sentía y que el mundo entero le decía que debía odiar de sí misma.
Leí su mensaje dos veces.
No porque fuera escandaloso.
Sino porque era brutalmente honesto.
Cerré el correo sin responder. No todavía.
Abrí un archivo nuevo. No era el libro. No era una columna. Era otra cosa.
Escribí un título provisorio:
Clara.
Ahí entendí que mi historia, la mía, no era lo único.
Que lo que venía no iba a ser cómodo.
Y que quizá nunca lo había sido.


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