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Dominación Mujeres, Fantasías / Parodias, Incestos en Familia

El antiguo Convento de Santa Eduviges y una difícil misión.

Un novicia en su nuevo convento descubre perversiones en las que se ve envuelta..
El antiguo Convento de Santa Eduviges y una difícil misión.

El viejo autobús arrancó lentamente, dejando una estela de polvo a su paso. Allí, parada, contemplando el enorme y antiguo edificio, estaba Etelvina, la joven novicia que había venido a sustituir a la recientemente fallecida hermana Ernestina, pilar del convento de Santa Eduviges.

Desde el fallecimiento de la anciana monja que servía de secretaria, la Madre Superiora Josefa necesitaba a alguien que la ayudara con las tareas administrativas del convento. Aunque no había mucha gente en el vasto edificio, era esencial una planificación cuidadosa para mantener todo en orden, compras, suministros y todo lo que permitía que el espacio funcionara y sirviera a su comunidad.

Josefa era una mujer mayor que había dedicado su vida al convento. Había comenzado su andadura hacía más de cuarenta años, de joven, bajo la tutela del Padre José, un hombre ya fallecido que se había convertido en un renombrado obispo.

Él era el sacerdote de este lugar cuando ella, de joven, llegó allí bajo su guía. Había pasado casi toda su vida en ese edificio y lo conocía como la palma de su mano a pesar de ser tan enorme.

 

Saludó a Etelvina con gran entusiasmo, contenta de contar con alguien que la ayudara. Le mostró el edificio, presentándole a todos los miembros del convento, le costaría bastante recordar sus nombres, pues eran varias. Finalmente, la condujo a un ala del antiguo edificio donde solo había unas pocas habitaciones. Las monjas solían vivir en el ala sur, y esta sección tenía tres habitaciones, la de la Madre Superiora, la de la Hermana María (otra de las monjas veteranas) y la suya, que en realidad era la antigua habitación de la difunta Hermana Ernestina.

Entró, dejó su maleta en el suelo y examinó cuidadosamente todos los muebles.

Muebles antiguos de roble en muy buen estado, una mecedora estilo Thonnet con asiento de mimbre, una cama grande con un colchón grueso y gruesas colchas de punto, un par de sillones, una lámpara de pie y una enorme biblioteca con innumerables libros, que, aunque había sido un preciado tesoro de la difunta monja, había sido dejada como ofrenda para su sucesora.

 

Suspiró, satisfecha. El dormitorio era un lugar hermoso, y el convento, a varios kilómetros del pueblo, ofrecía una paz y un silencio abrumadoramente agradables.

 

A la hora de cenar, se reunieron en el comedor, y allí vio a todo el personal, una treintena de mujeres. Se quedaron un rato después de la comida, charlando de diversas cosas. Etelvina compartió detalles de su vida, y varias hermanas hicieron lo mismo. Se creó un ambiente acogedor que le agradó. Sintió que ese lugar tranquilo sería un buen destino para su vida religiosa.

 

Notó que Josefa la miraba fijamente, y cada vez que ella devolvía la mirada, la Madre Superiora sonreía en señal de aprobación. Sintió que era una forma cariñosa de aceptarla en la comunidad.

 

La semana transcurrió en paz. Etelvina, o Etel, como la llamaban cariñosamente las demás monjas, ya se estaba adaptando a la vida conventual y a las tareas diarias. Tenía una pequeña oficina cerca de la habitación de la Madre Josefa, donde llevaba las cuentas y registraba las compras programadas en una vieja computadora y muchísimas carpetas. Era muy meticulosa, lo que la ayudaba a mantenerse organizada.

De vez en cuando, la Madre Superiora venía a su despacho y se sentaba a contarle historias y cebar mate mientras trabajaba. Etel tenía la sensación de que le había tomado un cariño especial y no lo ocultaba.

 

Una tarde, mientras paseaba por el convento, notó que había una sección cerrada, o al menos parecía estar bloqueada. Una pequeña puerta de roble con dos cerraduras impedía el acceso. Supuso que era algo en desuso, por lo que la entrada estaba cerrada. No le prestó más atención y continuó su camino con calma, aunque algo en su interior la hacía reflexionar, despertándole cierta curiosidad.

 

La vida dentro del convento se iba facilitando y Etel que era una persona muy observadora se iba acomodando sin problemas, cuando terminaba sus tareas normalmente ayudaba a otras hermanas en sus quehaceres, la cocina, la limpieza, la ropa y lavandería, de a poco se fue ganando el cariño y la confianza de todas que veían en ella por su empuje una potencial sucesora de la Madre Superiora. Hasta había ciertas hermanas que decían que Josefa la estaba preparando para cuando ella no estuviese, cosa que Etel no creía en absoluto que así fuese.

 

Ya pasados unos meses desde su llegada, una tarde que estaba terminando el listado de compras para la lavandería, ingresa en su oficina tal como acostumbraba hacerlo, la Madre Superiora prepara el mate para sentarse con Etel un rato y pausadamente comienza a contarle una historia.

Primero, le ordena la promesa de un silencio absoluto y sepulcral sobre lo que está a punto de decirle, es algo que debe llevarse a la tumba, algo de lo que nunca más se hablará, y tiene que ver con su vida en ese convento.

Etel, sorprendida e incluso algo asustada, escucha absorta.

Josefa le cuenta que hace muchos años, cuando llegó a la congregación, había un párroco llamado José. En aquel entonces, era un sacerdote joven y casi inexperto, pero con un enorme entusiasmo y ganas de hacer. Tanto es así, que el convento fue idea suya, e hizo todo lo posible por establecerlo para las generaciones futuras.

 

Era un sacerdote amable, de muy buen carácter y naturaleza gentil, que siempre ayudaba a la comunidad, incluso en asuntos en los que la iglesia no debía intervenir.

Ayudó a construir casas para los pobres del pueblo, prestaba sus herramientas a quienes necesitaban reparar sus cosas e incluso alimentaba a escondidas a los niños de las familias más pobres porque sabía que era la única comida que recibirían ese día.

Sin duda, era una muy buena persona.

 

Pero como todos, a veces tenía su lado oscuro, y era que era un sacerdote con «ciertas libertades», como él mismo decía. Solía tener un toque satírico, algo no solo prohibido en la iglesia, sino también socialmente condenado. Y lo peor era que a veces sus «libertades» involucraban a vírgenes de ambos sexos, mujeres casadas de la alta sociedad e incluso hermanas de la congregación.

 

Al relatar esto, los ojos de Josefa se llenaron de lágrimas, una situación que hizo que Etelvina sintiera que había sido una de sus víctimas, y tenía razón.

 

La conversación continuó un rato más, y en cierto momento, la Madre dejó de hablar, suspiró profundamente y se levantó para irse, no sin antes decirle a Etelvina que continuaría la historia otro día porque había más.

Etelvina se quedó con un amargo sabor de angustia, nunca se habría imaginado todo esto.

 

A medida que transcurría el día, Etel no podía sacarse de la cabeza todo lo que la madre le había contado. Sentía cierta curiosidad por saber cuánto más había sufrido aquella mujer en su juventud. Esto la llevó a pedirle a la Hermana María, la otra veterana de la congregación, que le contara algo sobre la historia del convento.

La Hermana María, obviamente con cierta cautela, le contó parte de la historia. El Padre José, quien solía tener relaciones fuera de la iglesia, había tenido hijos en varias ocasiones, y algunos de ellos ahora formaban parte de la comunidad del pueblo. Afirmaba que ellos ni siquiera sabían quién era su verdadero padre. En otros casos, las madres habían emigrado del pueblo a otras partes del país para dar a luz y vivir, dada la vergüenza social que sentían al saberse de que tenían hijos engendrados por un sacerdote.

Se desconoce el número exacto de hijos que tuvo, pero sin duda fue numeroso.

 

Durante un período oscuro de su vida, el hombre tuvo encuentros con pacientes del hospital psiquiátrico dirigido por las monjas de la otra congregación. Corrían rumores de historias oscuras con indicios de perversión, pero nada que pudiera confirmarse con certeza.

 

Tras escuchar atentamente, Etel le dio las gracias y le prometió guardar absoluta confidencialidad sobre lo que le habían contado. Pero ahora sentía aún más curiosidad por saber qué había sucedido allí.

Sentía la adrenalina corriendo por sus venas como un río, y su sed de conocimiento impulsaba aún más ese torrente.

Esa noche, en la intimidad de su habitación, después del baño, Etel se dio cuenta de que esta historia la tenía increíblemente ansiosa, tanto que empezó a excitarse.

A la tenue luz de la mesita de noche, se tocó el sexo a través del camisón y, tras un rato, sintió la energía que su mano despertaba con su tacto. Le temblaban las piernas, tenía la piel de gallina, y decidió no desaprovechar la oportunidad. Se quitó las bragas y, poniéndose a cuatro patas, presionó sus pechos contra el colchón, encontrando la posición ideal para que su mano, empapada de saliva, encontrara su joven mariposa de labios rosados. Sus dedos separaron hábilmente esos labios carnosos y jugaron con ellos y su pequeña abertura durante un rato, hasta que su discreto clítoris creció como un tronco grueso y palpitante.

La excitación era tan intensa que el simple roce de sus dedos le dolía, haciéndola gemir y temblar incontrolablemente. Para evitar traicionarse gritando y alertar a la Madre Superiora de sus actividades, tomó la precaución de morder la almohada, tapándose la boca con el trapo. Ahora estaba lista.

Intensificó la actividad de sus dedos, gimiendo y retorciéndose sobre el viejo colchón, temblando como una hoja. Los dedos de sus pies seguían un patrón rítmico de abrirse y cerrarse al ritmo de la velocidad con la que sus dedos masajeaban sus labios y el misil situado entre ellos. Mientras todo se aceleraba, tuvo la idea de exprimir ese misil corpóreo de sangre con las yemas de los dedos, y la explosión interna la tomó por sorpresa. Un orgasmo sin precedentes golpeó a la joven novicia, sacudiéndola como una marioneta.

 

Gritó a pesar de la almohada sobre su boca, arqueando la espalda y retorciéndose en múltiples jadeos. El orgasmo fue tan intenso que las contracciones de su joven vagina le cortaron la respiración, haciéndola estremecer. Tanto es así que, en medio del caos, su ano cedió, dejando escapar un sonoro pedo de ese firme orificio.

Sollozando, con los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo aun temblando, se dormía agotada. Volteó la cara hacia el otro lado y, en la penumbra, vislumbró la figura de Josefa salir de la habitación, cerrando la puerta suavemente.

Se durmió al instante.

 

Casi una semana después de su encuentro con la Madre Superiora, Etel caminaba por los pasillos del largo pabellón cuando oyó que la llamaban desde una de las habitaciones. Se asomó y vio a Josefa hablando con una de las monjas de la limpieza. La miró y le dijo:

 

-«Espérame, Etel, para que podamos ir juntas. Quiero que me acompañes al pueblo».

 

Asintió y esperó fuera de la habitación hasta que terminaron de hablar. Josefa salió y juntas recorrieron el largo pasillo. Josefa tomó las llaves de la vieja camioneta y juntas se dirigieron al pueblo. Era casi una hora de viaje, y aunque el pueblo no estaba lejos, la velocidad a la que conducía la Madre Superiora convertía el viaje en toda una aventura.

 

Durante el viaje, la Madre Superiora reanudó la conversación que tuvieran en su habitación, contándole a Etel sobre su estancia en el edificio.

 

Le habló de la existencia de los hijos de José y de sus salidas con mujeres de la alta sociedad del pueblo, incluyendo a la esposa del alcalde. De las perversas visitas al hospital psiquiátrico, facilitadas porque el primo del sacerdote era uno de los médicos que trabajaban allí.

 

Y finalmente, le contó que ella, tal como se la veía, había estado profundamente enamorada de él, que en esos años él era la luz de su vida, y que el sacerdote ni siquiera se fijaba en ella o no le prestaba la atención que ella anhelaba.

 

Al confesar esto, sus ojos claros se llenaron de lágrimas.

 

Entre esas lágrimas, confesó que tuvo un breve romance con él y que había quedado embarazada tras esas noches.

El castigo que Dios le había impuesto por ese pecado, había causado la muerte del niño en su vientre, llevándose consigo parte de su anatomía, obligó a los médicos a vaciarle las trompas ante el peligro inminente de una infección que la habría matado.

 

A pesar de todo, seguía enamorada del sacerdote, y su devoción era tal que la llevó a prometerle que haría cualquier cosa por él. Nunca imaginó que esa promesa la llevaría a lugares oscuros y ocultos.

Etel aún estaba en shock y fascinada al escuchar lo que, para ella, era una intensa historia de ficción.

 

En el pueblo, hicieron sus trámites, terminaron las compras y, al final del día, visitaron a una familia que Josefa necesitaba ver, gente adinerada y poderosa del pueblo.

Eran de linaje aristocrático, una especie de casta que durante años había forjado el destino del pueblo y sus actividades económicas. Poseían vastas extensiones de tierra con cultivos y ganado, y controlaban la vida del resto de los habitantes a su antojo.

 

Según el relato posterior de Josefa, no eran malas personas, ayudaban a los necesitados, y el convento de las hermanas era una institución que siempre estaba en esa lista.

Así que eran bienvenidos.

 

Regresaron casi al anochecer, los faros de la vieja camioneta no alumbraban mucho y el camino de tierra dificultaba la conducción. Después de unos kilómetros, Etel sugirió que condujera ella para que Josefa pudiera descansar un rato.

 

La Madre Superiora se sorprendió, y Etel le contó que había aprendido a conducir camiones e incluso tractores en la granja, cuando su hermano le enseñó desde muy pequeña.

 

Mientras Etel conducía, le preguntó a Josefa quién era realmente esa familia a la que habían venido a ver, o mejor dicho, cuál era su relación.  La Madre Superiora, con un suspiro, comenzó la historia, diciéndole que tarde o temprano tendría que contarle la verdad.

José, en una de sus visitas al hospital psiquiátrico, tuvo la osadía de acostarse con una mujer interna discapacitada. Esta mujer era hija del terrateniente original, el abuelo del hombre al que habían ido a visitar hoy.

Como es obvio, el sacerdote la embarazó. La familia quería linchar al sacerdote, y tenían sus razones, pero en lugar de eso, para evitar que la noticia se hiciera pública, decidieron juntos que la separarían de los demás pacientes del hospital y tendrían al niño, que luego sería dado en adopción sin revelar su origen.

 

-“La vida a veces toma caminos intrincados y pone a prueba a quienes la habitan.” Esbozó Josefa poéticamente.

 

La mujer «loca» en cuestión, murió en un parto prematuro, y su hijo inmaduro sobrevivió como pudo.

Naturalmente, la noticia no pudo hacerse pública porque todos los involucrados en esta historia estaban profundamente implicados. Así que el niño permaneció en secreto en el hospital durante tres años hasta que finalmente lo entregaron y se deshicieron de él.

 

Etel, que escuchó atentamente la historia, no podía creer todo lo que había sucedido, era como una historia de terror, para ser sincera.

 

-“Si, sin dudas es una historia extraña y difícil”, suspiró Josefa al terminar el relato.

 

Los siguientes kilómetros transcurrieron en un profundo silencio, como si hubieran pactado no preguntarse ni revelar qué le había sucedido a aquella pobre criatura.

Ya entrada la noche, llegaron al convento.

 

Los días transcurrieron en la tranquilidad del lugar, y Etelvina se dio cuenta de que, si terminaba su trabajo pronto, podría explorar la hermosa biblioteca de su predecesora y ver qué tipo de literatura le gustaba a la mujer.

Para su gran sorpresa, descubrió una gran variedad de libros, diversos géneros llenaban los estantes, y devoró los títulos con fervor, observándolo todo. Ficción, ciencia, matemáticas, cuentos infantiles, narrativas fantásticas, tenía de todo, en realidad, era una biblioteca muy bien surtida.

Etel aprovechaba esto y, por las tardes, se sentaba en el patio bajo un hermoso roble, leyendo cuentos y ficción, enriqueciéndose con todo lo que encontraba allí.

 

Una tarde, mientras buscaba libros para leer, con la curiosidad creciente a medida que examinaba cada volumen, encontró un lomo verde oscuro sin título. Pensó que podría ser un libro de cocina tal vez.

 

Pero no, parecía un libro de historial médico. Había notas con medidas, descripciones detalladas de los medicamentos utilizados, fechas y otras cosas que no entendía. Mencionaba deformidades, síntomas de deficiencias y trastornos del desarrollo.

No mencionaba a nadie en particular, ya que no había nombres escritos, pero era evidente que la hermana entendía o sabía algo de medicina porque las entradas eran semanales, se centraban en una persona específica y formaban una especie de historial médico para esa persona.

Era raro e intrigante a la vez.

 

Esa noche iba a preguntarle a la Madre Superiora sobre ese libro, ella seguro debía saber de qué se trataba.

Golpeó la puerta de su habitación y Josefa le pidió que entre. Pasó y se sentó en una silla y una vez ahí le preguntó sobre el libro encontrado.

La Madre Superiora hizo un suspiro profundo y la miró a los ojos con un gesto de ternura

-“Supe desde el momento que viniste que eras un ser inteligente y ávido, tarde o temprano íbamos a tener que hablar de este tema” le dijo con voz calmada, y continuó

 

-“Yo te pedí, porque la Madre Juana del noviciado me dijo que eras un alma despierta e inquieta, que muchas veces desoías órdenes y buscabas razones no encajando del todo en los esquemas de la iglesia, que tenías un carácter firme pero templado con un corazón noble, y que seguramente serías una buena aliada en esta cruzada que llevo adelante desde hace años”

-“Ven, acompáñame que voy a mostrarte algo”

 

Salieron de su habitación, el aire en el ala vieja del convento no solo era frío, se sentía denso, como si una verdad ya no se pudiera contener. Etel caminaba detrás de la Madre Josefa, escuchando el tintineo de las llaves, un sonido que marcaba el ritmo de su entrada en un mundo subterráneo, llegaron a la vieja puerta de roble que Etelvina había visto anteriormente.

 

Con sumo cuidado abrió ambas cerraduras y empujó la gruesa puerta hacia adentro, entraron en medio de la penumbra y cerró la puerta.  Al entrar, Josefa no encendió las luces de inmediato. En la penumbra, guio a Etel por un pasillo que serpenteaba, hasta detenerse frente a un panel de vidrio reforzado.

-“Aquí está el archivo vivo de nuestras culpas, Etel “ susurró Josefa.

-“te presento a Ramón, ese ser que está ahí es el hijo del Cura José y la internada”.

 

No podía creer lo que estaba viendo, la historia tenía otro giro que no se esperaba en absoluto.

Al encenderse una luz amarillenta y mortecina, la figura de Ramón emergió de las sombras. El impacto físico en Etel fue inmediato, no era un registro, era un Goliath quebrado.

Con más de un metro noventa, una espalda encorvada que le daba un aire de joroba y brazos desproporcionadamente largos, el hijo del obispo se puso en pie con una torpeza que hacía vibrar el suelo.

-“Míralo bien “ continuó la Superiora con su voz firme pero fatigada.

 

-“En su ADN conviven dos tragedias, de su madre heredó el silencio de sus discapacidades y el vacío cognitivo. Pero de su padre, heredó el rasgo más oscuro, una pulsión sexual constante, una fijación que lo devora desde adentro.

Es el deseo del depredador atrapado en el cuerpo de una víctima”.

 

Era un cóctel demoledor, lo peor de ambos, pobre criatura.

Ramón se acercó al vidrio.

Su rostro, marcado por parálisis faciales, pómulos prominentes y una nariz ancha, se iluminó con una sonrisa inmensa al reconocer a Josefa. Sus ojos, sin embargo, tenían un brillo extraño, una mezcla de inocencia infantil y una intensidad perturbadora que hizo que Etel recordara, con un escalofrío, su propia liberación de la noche anterior.

 

Josefa abrió la última puerta y la invitó a pasar.

Al estar frente a él, Etel se sintió diminuta. Ramón era una montaña de carne blanca y túnica de algodón. Josefa le explicó que ella, María y la difunta Ernestina habían sido sus únicas guardianas, alimentándolo y bañándolo en un pacto de silencio que ahora Etel debía heredar.

 

-“Es manso si se le trata con calma, pero su tamaño y su naturaleza lo convierten en un peligro para el resto“ dijo Josefa, rozando el brazo enorme de Ramón.

 

Etel observó las manos de Ramón, capaces de triturar o de acariciar con la misma torpeza.

Josefa acarició en el rostro a Ramón, instando a Etel que haga lo mismo, ella estira la mano y lo toca en su rostro mientras él la miraba absorto.

-“Qué bueno!, le caíste bien, le gustaste, es un paso enorme esto!” exclama

 

Salieron, cerraron la puerta del dormitorio, caminaron en silencio por el pasillo y luego salieron al ala del edificio.

Durante el camino, el silencio volvió a llenar el denso aire, roto solo por el sonido de sus pasos.

Al llegar al dormitorio de la Madre, le pidió a Etel que se quedara unos minutos porque tenía algo más que decirle.

Entraron y Josefa acercó una silla para Etel. La novicia se sentó cerca, y antes de que la Madre pudiera empezar, le hizo una pregunta

-«Madre, ¿por qué me elegiste para esto? ¿Por qué formo parte de un secreto que la mayoría de la gente desconoce, a pesar de llevar años aquí? ¿Qué lugar ocupo yo en todo esto?»

 

La Madre Superiora dejó que el silencio se asentara entre ambas, midiendo el peso de las palabras antes de soltarlas.

Se sentó frente a Etel, sus manos entrelazadas sobre el regazo, y suspiró con una mezcla de alivio y cansancio extremo.

-«Te elegí, Etel, porque en este convento hay muchas santas, pero pocas mujeres con coraje», comenzó Josefa.

 

-«La mayoría de las hermanas aquí viven en una burbuja de incienso y oraciones, no podrían soportar la verdad sin que se les partiera el alma o la fe. Pero vos… vos tenés esa inquietud que me describió la Madre Juana. Sos un alma que no se conforma con la superficie».

Hizo una pausa y se inclinó reduciendo la distancia entre sus rostros.

 

-«Ernestina, María y yo somos de otra época. Nosotras aceptamos este secreto como una penitencia. Pero yo ya no tengo tiempo, Etel.

El obispado está esperando que yo cierre los ojos para “limpiar” Santa Eduviges. Si yo muero y no hay alguien con tu empuje, Ramón va a desaparecer en un sótano peor que este o lo van a dejar morir por negligencia para borrar el rastro del Padre José».

Josefa le tomó las manos a Etel, y la novicia sintió la piel de la anciana fría y delgada como el pergamino.

 

-«No te elegí para que seas una secretaria, ni siquiera para que seas una monja tradicional. Te elegí para que seas la escudera de ese ser que no pidió nacer. Sos la única que tiene la fuerza física para manejarlo y la fuerza mental para no juzgarlo. Al mostrarte a Ramón, te entregué la llave de mi conciencia. Ahora, Santa Eduviges no es tu destino religioso, es tu campo de batalla».

 

-“Además Etel…. “dijo Josefa, su voz volviéndose un hilo de seda fría.

 

-“La verdad es que Juana, la regente del noviciado, es mi amiga desde hace décadas. Cuando le pedí una novicia para sustituir a Ernestina, no le pedí una santa de altar. Le pedí a alguien con inteligencia, capacidad de trabajo y un código de honor inquebrantable para guardar secretos”.

Josefa hizo una pausa, observando cómo la respiración de Etel se agitaba.

 

-“Pero también buscaba cualidades que chocan con los preceptos de la Iglesia. Alguien que no fuera virgen, que tuviera una actitud activa hacia el deseo y que, de ser necesario, no viera el sexo como un impedimento, sino como una herramienta”.

Etel sintió un vacío en el estómago. Josefa se inclinó más, sus ojos brillando con una luz antigua.

 

-“Presencié toda tu sesión de la otra noche, pequeña. Supe que eras la indicada cuando vi cómo buscabas tu propio alivio y de qué forma. Y Juana ya me lo había confirmado, hay cámaras en el noviciado. Ella te vio… te vio usar aquel crucifijo de una manera que la Iglesia llamaría sacrilegio, pero que nosotras llamamos liberación”.

 

El mundo de Etel se derrumbó, sintiendo que la vergüenza le subía por el cuello como un incendio, tiñendo su rostro de un rojo violento. Bajó la cabeza, sintiéndose expuesta, arruinada y atrapada. Pensó que aquel era el fin de su camino, que la expulsión y el escarnio serían su único destino.

Fue entonces cuando sintió los dedos de Josefa, tomándola de la barbilla. La Madre Superiora le alzó la cara con ternura, obligándola a sostenerle la mirada.

 

-“No bajes la cabeza, pequeña. No te estoy juzgando, al contrario. No te pido nada que esta vieja madre no haya hecho antes para sobrevivir a este lugar.

Tu fuego es lo único que puede contener la tormenta que vive dentro de Ramón. Mañana, entenderás por qué tu naturaleza es tu mayor virtud “

susurró Josefa con una sonrisa enigmática

 

Etel sintió un nudo en la garganta.

La ternura en los ojos de Josefa no era gratuita, era la mirada de quien acaba de traspasar una cadena perpetua a otra persona.

 

-«Mañana, después de las laudes, vas a venir conmigo. Vamos a preparar el baño de Ramón. Ahí vas a entender realmente qué significa cuidar a un hombre que tiene el cuerpo de un gigante y la mente de un niño, pero los instintos de un hombre que nunca supo de límites».

 

Sin comprender del todo, Etel asintió, diciendo que haría lo que la madre necesitara, que podía contar con ella.

Josefa la besó en la frente y Etelvina se fue a su habitación a dormir.

 

 

Al día siguiente después de cenar con las únicas cinco monjas que quedaban, Josefa le dijo a Etelvina que iría a su habitación a las 23:00hs Etel asintió con un gesto y se dirigió a su habitación.

 

El té caliente y el aroma a cedrón calmaban los nervios de Etel, pero no el presentimiento de que esa noche el aire del convento pesaba de una forma distinta. El hecho de que solo quedaran cinco monjas en un edificio tan vasto subrayaba la decadencia del lugar y la urgencia de Josefa por asegurar su relevo.

Al cruzar la puerta de roble, el silencio del ala vieja parecía devorar el sonido de sus pasos. Cuando llegaron frente al cristal, Ramón estaba allí, una sombra masiva recortada contra la tenue luz de seguridad.

-“Treinta años “repitió Etel en un susurro, procesando la cifra  “Treinta años viviendo en este lugar…”

 

Josefa respondió de inmediato.

-“La edad no significa nada para él, Etel. Él vive en un presente continuo de sensaciones. Y a esta hora, cuando el resto del mundo duerme, es cuando sus instintos están más a flor de piel. Por eso venimos ahora. El silencio lo altera, y necesita que nuestras manos le recuerden que no es un fantasma”.

 

Josefa giró la llave de la habitación de Ramón. Antes de empujar la puerta, miró a Etel con una intensidad que hizo que la joven recordara las palabras de la tarde “No te pido nada que esta vieja madre no haya hecho antes».

 

-“Ven! “ordenó Josefa con suavidad

-“Hoy no vas a mirar desde el vidrio. Hoy vas a entrar, él ya sabe que estás acá, puede oler tu juventud desde el otro lado de la puerta”.

 

Al abrirse el acceso, el olor de la habitación, una mezcla de aire viciado y el rastro de un hombre encerrado, golpeó a Etel.

Ramón se puso de pie, su inmensa figura proyectando una sombra que cubría a ambas mujeres. Soltó un gemido gutural, una nota baja que vibró en el pecho de la novicia.

 

Sus ojos se acostumbraron a la penumbra y distinguió que Ramón llevaba puesta una túnica, como una sotana.

Josefa la miró y le indicó con un gesto que pasara a la habitación contigua. Sacó dos finas prendas blancas, dos túnicas largas, de su pequeño bolso, le dijo que se desnudara y se pusiera una, dejándose solo la cofia y las sandalias, y ella hizo lo mismo.

Terminaron de vestirse y ambas entraron en la sala de Ramón. El muchacho, al verlas, esbozó una enorme sonrisa. Etel ahora podía percibir su rostro, desfigurado por la parálisis, sus enormes labios, ligeramente torcidos, sus ojos, dos pequeños cuencos enclavados en un rostro macizo de pómulos prominentes, huesudos, que formaban una gran cabeza deforme. Su gran estatura, a pesar de una pequeña joroba, y sus brazos inusualmente largos, quizás más largos de lo normal, con manos gigantescas y huesudas, llamaban la atención.

Bajo la toga, pudo notar que sus pies también eran muy grandes, debía de usar la talla 48 o 50. Josefa, al notar lo que Etel observaba, susurró que probablemente padecía algún tipo de elefantiasis.

Josefa le tomó la enorme mano a Ramón y comenzó a hablarle bajo, él la miraba absorto y señalando a Etel ella le dice algo, Ramón la mira y le sonríe como un chico.

Etelvina tuvo la sensación de que su personalidad era la de un niño de no más de cinco años, claro que en un envase gigante y deformado.

Pensó en él y le dio una pena inmensa, era un ser como pintaban los libros de cuentos a los monstruos, deformes, solitarios, incomprendidos y lejos de ser amados. Se le llenaron los ojos de lágrimas ante semejante escenario, Josefa se percató de ello y mirándola con ternura le dijo

-“Vés? Es por eso mismo que yo hace treinta años hago este sacrificio, él es un ser que no tiene ninguna culpa de ser y estar como está…Ven, vamos a la habitación contigua, tenemos bastante trabajo hoy”

 

Pasaron a la pieza que seguía con él tomado de la mano, era manifiesta su algarabía por ir ahí, reía y se movía dentro de su torpeza con sumo ímpetu, seguramente porque sabría de qué se trataba lo que venía.

Entraron a la habitación y Etel no logró discernir que tenía de extraño o de diferente, visualizó una cama enorme y robusta con baldaquinos metálicos, un sillón grande con el extremo en forma de potro y un mueble con unos frascos y varias toallas.

Recién después de unos segundos cayó en la cuenta que ahí era el lugar en donde Ramón tenía el trato preferencial, en esos muebles lo verían sus “visitas” por decirlo de alguna manera.

Tragó saliva, un nudo en su garganta se formó levemente cuando repasó los objetos con más detalle.

Sobre el mueble de madera oscura, cubierto por un paño de lino impecable, descansaba el instrumental que le dio sentido al nudo en la garganta de Etelvina. Había frascos de vidrio ámbar, cuyo contenido viscoso brillaba bajo la luz tenue, aceites densos que parecían destinados a facilitar un movimiento o a silenciar un roce.

Al lado, alineadas con una precisión monacal, se encontraban varias correas de cuero grueso, ya curtidas por el uso, con viejas hebillas de bronce. Lo más inquietante eran las toallas, blancas, esponjosas, apiladas con un orden obsesivo, esperando pacientemente para enjugar el sudor, el llanto o algo más espeso que Etel no quería imaginar.

No eran herramientas de uso, sino accesorios de una ceremonia casi ritual, donde la energía de Ramón encontraba su cauce bajo la acción de Josefa.

 

Josefa se acercó al mueble con la parsimonia de quien prepara un altar. Sus dedos, largos y pálidos, rozaron los frascos de vidrio ámbar antes de detenerse en las correas de cuero curtido.

-“El orden es la paz del alma, Etelvina “ susurró sin darse vuelta, mientras desplegaba una de las toallas blancas.

 

-“Ramón no entiende de leyes, ni de pecados, él solo entiende de fuerzas que lo desbordan. Mi sacrificio es ser el cauce contenedor de ese río, el tuyo, hoy, es ayudarme a que no se desborde”.

 

Abrió un frasco pequeño y un olor dulzón alcanforado, inundó el aire viciado de la pieza. Con un gesto ritual, Josefa vertió un poco del aceite en sus palmas y comenzó a frotarlas con lentitud, produciendo un sonido rítmico, casi hipnótico.

-“Acércate” le pidió, y su voz ya era la de una sacerdotisa.

 

-“Toma las correas de los baldaquinos, revisa que el cuero esté flexible. Ramón se inquieta, y cuando se inquieta, su brusquedad no tiene límites. Hoy vas a aprender que hay cuerpos que solo se calman a través del fragor”.

 

Ramón, al escuchar el roce del cuero y oler el aceite, emitió un gemido de anticipación, un sonido gutural que vibró en las paredes de la habitación.

Josefa sonrió a medias, una mueca de ternura.

-“Ves? Ya sabe que es su hora, no lo hagamos esperar, hija. En este cuarto, nosotras somos su ley y su paz”.

 

Etelvina extendió la mano, que le temblaba de forma casi imperceptible, sus dedos rozaron el cuero de la correa, estaba frío, pero se sentía extrañamente vivo.

-“Madre…“ la voz de Etel salió pequeña, quebrada, -perdiéndose en la inmensidad de la habitación

-“Por qué las correas? Él… él parece un niño. No entiendo por qué hay que sujetar a un niño que sonríe así”.

 

Josefa se detuvo, miró a Etelvina por encima del hombro a sus ojos, y contestó suavemente.

-“Porque la fuerza de un niño en el cuerpo de una bestia no conoce la medida del dolor ajeno, Etelvina” sentenció Josefa con una calma que helaba la sangre.

 

-“Él no sabe que en su estado excitación cuando abraza rompe, o que lastima cuando acaricia. Las correas no son para castigarlo… son para que nosotras sobrevivamos a su alegría”.

 

Etelvina tragó saliva, sintiendo que el nudo en su garganta se volvía de piedra. Miró a Ramón, que seguía balanceándose con esa torpeza rítmica, esperando sonriente.

-“Entiendo ….¿Qué debo hacer primero? “dijo Etel, apretando el cuero de las correas.

 

Josefa volvió a sonreír, satisfecha con la sumisión de la novicia.

-“Ajusta el estribo de la cama, que quede firme. Hoy Ramón tiene mucha energía, y no queremos que se lastime… ni que nos lastime a nosotras”.

 

Josefa se acercó a Ramón, cuya respiración se había vuelto un fuelle pesado que movía el aire denso de la habitación. Con la mano untada en aceite, le acarició la mejilla con una delicadeza que contrastaba con la firmeza de la otra mano, que tomaba la túnica de Ramón y se la quitaba.

 

La imagen resultante fue imponente, su cuerpo deforme pero enorme con una musculatura densa que se notaba bajo la piel y sus cicatrices, la vellosidad de su pecho, la blancura casi verdosa de su piel huesuda y ajada, los pies gigantes e igual que sus manos, y como un animal obsceno exhibido cual trofeo de caza, pendía de entre sus piernas ese colosal emblema de carne blancuzca, plagado de venas que lo circundaban cual pliegues a un papiro, coronado con una enorme frutilla violácea en su punta, y como soldados guardianes a sus lados colgaban dos enormes testículos que parecían de piedra flanqueando su base.

La novicia, hipnotizada por la desproporción obscena de ese ser, no podía retirar la vista de su entrepierna.

 

Josefa reiteró el pedido

-«Primero, los pies», le ordenó sin mirarla.

 

-«El estribo debe quedar a dos dedos de su tobillo. Si aprietas más, se vuelve loco de dolor, si dejas menos, se nos escapa de su centro”.

 

Ramón obedeciendo el pedido de la Madre Superiora, se recostó en la cama.

 

-“Arrodíllate a su lado Etel, muéstrale que no le tienes miedo, pero que tú eres el peso que lo mantiene aquí».

 

Etelvina obedeció, sintiendo el calor que emanaba de la piel de Ramón, bajo esa sonrisa latía una potencia volcánica.

 

-«¿Así, madre?», preguntó Etelvina, mientras el cuero crujía bajo su esfuerzo.

Josefa se inclinó sobre ella, el olor a alcanfor envolviéndolas a ambas.

-«Más firme hija. Que sienta el límite, recuerda que la piedad sin firmeza es nuestra sentencia de muerte».

 

Josefa no apartó la vista de las manos de Etelvina.

El ambiente, cargado de alcanfor y ese sudor agrio de la anticipación, se volvió más denso.

La sumisión de la novicia era el ingrediente final que el ritual necesitaba.

-«Bien», susurró Josefa, y su mano aceitosa descendió sobre el hombro de Etelvina, en una caricia inesperada.

 

-«Sentí su calor. Ramón no es un hombre, es una marea, y las mareas no se razonan, se navegan».

 

Una vez fijado a la cama, Josefa se desabrochó el primer botón de su propia túnica, dejando que el olor a resina de su piel se mezclara con el aire viciado. Ramón, al ver el movimiento, emitió un gruñido que no era de dolor, sino una vibración profunda que hizo tintinear los frascos de vidrio en la repisa.

Sus ojos, antes vacíos, se encendieron con un brillo animal, una inocencia carnal que no distinguía entre el afecto y el deseo.

 

—»Sueltate el cabello, Etel», ordenó Josefa con una voz firme

-«a él le gusta ver el pelo para recordar que no somos sombras. Acércate a su pecho, que sienta tu pulso contra el suyo. El ritmo de tu corazón es lo único que va a marcar el compás de lo que viene».

 

Etelvina, con los dedos entumecidos por el temor, soltó el nudo de su pelo. La masa de hebras claras cayó sobre sus hombros.

Al dar un paso hacia él, Ramón tiró de las correas

-«No tiembles», susurró Josefa al oído de la joven, mientras guiaba la mano de Etelvina hacia la piel desnuda y ajada de Ramón.

 

-«Si él huele tu miedo, se enervará, pero si siente tu entrega, será nuestro, empieza con el ungüento en su pecho.

Conviértelo en seda antes de que lo convirtamos en fuego».

 

Ramón echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, mientras una sonrisa deforme y extasiada se dibujaba en su rostro.

La ceremonia de la carne acababa de comenzar.

 

Josefa hundió sus dedos en el cuenco, extrayendo el bálsamo. Con un movimiento lento, pasaba sus manos untando los pectorales del gigante cuya piel latía como un motor fuera de control.

 

-«Míralo, Etelvina, mira cómo su sangre empuja «, susurró Josefa, obligando a la joven a observar la tensión de los músculos de Ramón, que se arqueaban buscando liberarse.

 

-«Tócalo, eso le gusta…».

 

Etelvina extendió sus manos untadas en alcanfor. Al rozar el vientre de Ramón, sintió una descarga de calor que le quemó las yemas. No era una caricia, era un choque contra una fuerza bruta que no entendía de delicadezas.

Ramón emitió un bramido bajo, un sonido que vibró directamente en el vientre de Etel, y sus músculos se crisparon, haciendo que las correas se tensen.

 

Josefa colocada de un costado de la bestia, rodeaba su cuello con un brazo mientras con la otra mano guiaba la mano de Etelvina hacia la entrepierna del gigante, donde la bestia latía sin parar.

 

-«Siente el poder carnal que los hombres comunes esconden tras palabras y modales», susurró Josefa al oído de la novicia, cuya respiración ya era un jadeo entrecortado.

 

-«Acá no hay mentiras, solo hay sangre, fragor y la cruda verdad. Agárralo, hija, deja que la bestia nos reclame como su ley, antes de que nosotras lo convirtamos en nuestra paz».

 

Josefa tomó la mano de la novicia y, con una firmeza que no admitía réplica, la obligó a untar esa carne hirviente. El contraste era brutal, la mano pequeña y blanca de Etelvina apenas lograba abarcar la circunferencia de aquella columna de músculo y sangre desparramando el bálsamo. Ramón emitió un rugido que hizo vibrar el suelo, su pelvis se arqueó con una fuerza que tensó las correas de los baldaquinos hasta el límite del desgarro.

 

Josefa soltó un fuerte suspiro, un sonido que vibró con la misma frecuencia que el gruñido de la bestia. No esperó a que el cuero cediera, ella era la dueña de los tiempos, con un movimiento seco, liberó la hebilla central del baldaquino, permitiendo que el torso de Ramón se moviera hacia adelante, pero manteniendo sus muñecas ancladas, obligándolo a una postura de ofrenda.

 

-«Ahora hija, beberemos de su fuerza antes de que nos consuma», sentenció Josefa, quitando su túnica de tela quedándose desnuda.

 

El poder carnal de Ramón se revelaba en toda su magnitud, en su gruesa anatomía de carne, venas y piel hirviente que parecía emitir su propio vapor en la frialdad de la pieza. Josefa con maestría sacrílega, deslizó una pierna entre el gigante y la novicia, quedando de espalda a él y sobre su vientre, pasó su mano con el ungüento entre sus piernas, se sentía lista.

 

-«Hija, ayúdame a calmar el fragor», susurró Josefa, mientras Etel guiaba la enormidad a la entrada del sexo de la Madre Superiora.

Posicionada, con sus manos sobre el baldaquino de los pies de la cama, y cada pierna a un lado de las caderas de Ramón, aflojó su cuerpo logrando que la bestia ingresara sin demasiada resistencia dentro de su intimidad.

 

La habitación se llenó de un sonido húmedo y sordo, un encastre que pareció detener el tiempo. Josefa echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello como una cuerda tensa, mientras sus ojos se ponían en blanco por la invasión de esa masa colosal. No hubo grito, solo una exhalación larga, un aire caliente que cargaba el peso de la entrega y el poder.

Etel, con las manos aún bañadas en el bálsamo y el sudor de la bestia, quedó paralizada ante la visión, la unión de la autoridad sagrada con la monstruosidad desatada.

El cuerpo de Josefa, pequeño en comparación con la inmensidad de Ramón, parecía ser devorado y, a la vez, el único recipiente capaz de contener semejante furia carnal.

Ramón, al sentir el refugio húmedo, respondió con un espasmo que sacudió la cama. Sus músculos se hincharon y sus manos, atadas, tiraron de los baldaquinos con una fuerza que hacía crujir la madera vieja del piso.

 

-“Muévete conmigo! siente cómo la bestia se calma cuando encuentra su dueña, ayúdame a sostener este caos “ jadeó Josefa, buscando con una mano ciega a la novicia para obligarla a no apartarse.

La novicia, empujada por una mezcla de terror y curiosidad, puso sus manos sobre las caderas de la Madre Superiora, convirtiéndose en el ancla de aquel vaivén violento.

 

El aire en la habitación se volvió un fluido espeso, casi imposible de respirar. Etelvina, con las palmas pegadas a las caderas de Josefa, sintió cómo la furia de Ramón se transmitía a través del cuerpo de la Superiora como una descarga que, en cada embestida amenazaba con descoyuntar la cama.

 

Josefa soltó un gemido que se transformó en un silbido agónico. Cada vez que la enormidad de Ramón se hundía en ella, su espalda se arqueaba hasta el límite, y sus dedos se clavaban en el baldaquino como garras.

-“Más!!¡Empuja, hija siente cómo la bestia intenta escaparse de su propia existencia!” exclamó Josefa, con la voz rota por la presión.

 

El bálsamo y el sudor hacían que sus manos resbalaran, obligándola a abrazar la cintura de la mujer para no ser desplazada por el vaivén brutal. Ramón, con los ojos inyectados en sangre y las venas del cuello a punto de estallar, emitía un rugido rítmico, un fuelle de animal herido que marcaba el tempo de la ceremonia.

 

El tótem desaparecía y reaparecía, bañado ahora en una mezcla de aceites y fluidos, una columna de fuego que castigaba y redimía a Josefa en cada asalto.

La vibración era tan intensa que Etelvina temblaba, sentía el calor del gigante irradiando desde el vientre de la Superiora, un calor volcánico que quemaba.

 

De pronto, Ramón tiró de las correas con violencia, sus pies gigantes se apoyaron en el colchón, elevando su pelvis en un arco imposible que obligó a Josefa a elevar su rostro para no gritar de dolor.

 

Instantes después Josefa dijo

-“Basta!”  irguiéndose salió del calvario que la bestia la sometía, las lágrimas corrían por su rostro, sus propios músculos temblaban al límite de la resistencia física frente a las embestidas del gigante.

 

El aire en la habitación se volvió un cóctel de sudor, aceite y el olor del esfuerzo animal. Josefa, con el rostro desfigurado por una mezcla de agonía y triunfo, sintió que Ramón llegaba a un punto de no retorno.

Sin darle tiempo a la novicia para retroceder, Josefa la aferró por los brazos diciendo

-“Tu turno, hija “ sentenció Josefa, con la voz reducida a un susurro

-“ No dejes que la fuerza se pierda, recibe la verdad por la que estas aquí.”

 

Etel, con los ojos desorbitados y el pecho subiendo y bajando en un jadeo frenético, se encontró de pronto en el lugar del sacrificio. Josefa la empujó hacia adelante, obligándola a subir y darle la espalda a la masa hirviente de Ramón.

La novicia sintió el calor del tótem rozando su retaguardia, una columna de fuego que irradiaba una pulsación violenta, buscando su nuevo cauce.

Ramón, privado de su refugio, gruñía, sus manos tiraban con fuerza del cuero, sin dudas quería más.

Josefa, ahora posicionada detrás de Etelvina, le tomó las manos y las guió hacia las correas de los pies de la cama para que se sostuviera.

 

-“Afloja el cuerpo, Etel… “ le susurró al oído mientras le retiraba la túnica con un tirón.

 

-«Va a doler, hija», dijo Josefa al oído de Etelvina, mientras la posicionaba frente al gigante, abriendo sus muslos con una mano impregnada en el aceite de alcanfor.

 

-«Pero ese dolor es el precio de la paz. Siente cómo su voluntad busca tu centro, si te entregas, te habita».

 

Josefa presionó su propio cuerpo contra la espalda de la joven, sirviendo de cuña y de guía. Con una mano firme, tomó la base de la anatomía desmedida de Ramón y, con una puntería sacrílega, la posicionó en el umbral del cofre de la joven.

Etelvina sintió la punta de esa herramienta venosa presionar contra su propia humedad, un calor abrasador que prometía una invasión total. El miedo se mezcló con un hambre primitiva que nunca había conocido.

 

-“Ahora!” ordenó Josefa.

 

Con un empuje coordinado de la Superiora y el arco del gigante, la enorme herramienta de Ramón se proyectó hacia adelante con una violencia que dejó a Etelvina sin aliento, la blancura venosa comenzó su invasión en el cuerpo estrecho de la novicia, quien soltó un alarido que se ahogó en el cuerpo de Josefa.

 

Era una visión de puro poder carnal, un miembro pálido, tenso y surcado por venas gruesas que latían al ritmo del corazón desbocado de la bestia.

El grito de Etelvina no fue de dolor, sino una exhalación sorda, un desgarro de aire que se perdió en la humedad de la habitación cuando la inmensidad de Ramón encontró su cauce. La sensación fue la de ser atravesada por una columna de mármol hirviente, el tótem venoso se abría paso centímetro a centímetro, reclamando un espacio que parecía no existir en la fisonomía de la joven.

Josefa, pegada a su espalda como una sombra de sudor y autoridad, le sujetó el cuerpo contra el baldaquino, sirviendo de muro para que el empuje de la bestia no la proyectara fuera de la cama.

 

-“Recíbelo hija… “ le susurró Josefa al oído,

 

-“Deja que su fragor borre todo de tu memoria”.

 

Ramón, al sentir la estrechez virgen y el bálsamo que aún lubricaba el encuentro, desató una danza copular mecánica y brutal. No había sutileza, era el ritmo de un martillo contra el yunque. Cada embestida del gigante hacía que los pies de la novicia se despegaran del colchón, obligándola a aferrarse de las correas mientras su columna se arqueaba hasta el crujido.

La blancura casi verdosa de la piel de Ramón chocaba rítmicamente contra los muslos pálidos de Etelvina, produciendo un sonido de carne contra carne que marcaba el pulso de la iniciación. La novicia, con la mirada perdida en el techo, empezó a sentir cómo el miedo inicial se disolvía en una vibración que de a poco, le recorría la médula.

 

Ya no era Etelvina, era el recipiente del deseo y de la fuerza animal de Ramón. El gigante, con las venas del cuello a punto de estallar, emitía gruñidos sordos que acompasaban el vaivén violento de su pelvis, la cual se movía con la precisión de una maquinaria antigua y pesada.

 

-“Muévete con él”  ordenó Josefa, empujando las caderas de la joven para que encontraran el tempo de la bestia.

 

Etelvina, poseída por un frenesí oscuro, comenzó a devolver los golpes, buscando en la profundidad de aquel tótem la paz que Josefa le había prometido tras el fragor.

El ritmo de la danza copular alcanzó una frecuencia inhumana, la cama crujía bajo el peso de las embestidas de Ramón, que ahora eran martillazos desesperados.

Etelvina, con los ojos en blanco y las manos crispadas en el cuero de los baldaquinos, sintió cómo la vibración del gigante se convertía en un incendio que la recorría.

 

Cada estocada del gigante era una invasión total, un mazo de carne que la golpeaba desde adentro. Ramón, con los ojos en blanco y la boca abierta en un rictus de éxtasis animal, no buscaba el placer de ella, sino su propia liberación volcánica.

Etelvina, atrapada entre el cuerpo hirviente del gigante y la mirada de fuego de Josefa, cerró los ojos y se dejó llevar por la marea. No había vuelta atrás, la comunión de la carne era un incendio que solo se apagaría con la consumación total del gigante.

 

Josefa no pudo contenerse más, al ver el cuerpo de Etelvina sacudirse bajo las embestidas sísmicas de Ramón, una sed antigua la encendió nuevamente. El poder carnal que ella misma había desatado la llamaba desde el abismo.

 

-«Házme lugar, hija», exclamó Josefa, -“Siente cómo él nos reclama a las dos».

 

Josefa pasó su pierna cabalgando a Ramón, pegando su pecho al pecho sudoroso y vibrante del gigante. Sus manos, expertas y hambrientas buscaron el contacto, el roce de su humedad sexual contra el pubis de Ramón, creando un sándwich de piel hirviente y fluidos.

Ramón, al sentir el doble peso y el doble aroma, emitió un rugido que pareció rajar las paredes. Sus músculos se hincharon hasta un punto inhumano, las venas eran sogas tensas. La embestida se volvió frenética, una tormenta de carne donde los cuerpos de las dos mujeres se fundían contra la mole de la bestia, y donde Josefa guiaba el ritmo, sumergiendo el rostro de Ramón entre sus enormes tetas para espolear su fuerza.

 

En ese cuarto viciado, la comunión carnal alcanzó su punto máximo. Ya no eran tres seres, sino una sola maquinaria de pulsión animal, lubricada por el alcanfor y el deseo ciego, donde Josefa reinaba sobre el caos que el gigante descargaba sin medida.

Sus músculos se petrificaron, las venas de su herramienta se hincharon hasta el paroxismo y, con una embestida final que casi desencajó la cama de sus anclajes, el gigante se quebró.

 

-“¡Ahora, hija! ¡Recibe el fuego sagrado! “gritó Josefa, apretando su cuerpo contra el monstruo con una fuerza final y absoluta buscando su sacrílego clímax en comunión con ambos.

 

Ramón emitió un rugido que no pareció humano, un sonido gutural que sacudió los cimientos de la pieza. Con un arco de su pelvis que casi despega a Etelvina del colchón, se produjo la brutal descarga.

Fue una inundación volcánica, Etelvina sintió el impacto de vida del gigante estallando en su interior, una marea hirviente de semen que la golpeó con la fuerza de un ariete, inundando su ser.

Ese contacto final disparó en ella un orgasmo demoledor, una convulsión que le arqueó el cuerpo hacia atrás hasta que su nuca tocó los hombros de Josefa, quien también perdía sus cabales en un orgasmo conjunto. Sus gritos se fundieron en uno solo, un alarido de agonía y éxtasis que llenó cada rincón de la habitación.

 

La descarga de Ramón fue interminable, un pulso rítmico de carne y potencia que vació la furia del gigante dentro del cáliz de la novicia. Cuando el último espasmo cedió, el silencio que cayó sobre la habitación fue más pesado que el ruido anterior.

Etelvina se desplomó, sostenida únicamente por el cuero y el anclaje del gigante que aún la habitaba, temblando como una hoja tras la tormenta.

Josefa exhausta, dejó caer su cabeza sobre el hombro sudoroso del gigante. Los tres quedaron entrelazados en un mar de fluidos, aceite y restos de esperma, con la piel ardiendo y el espíritu vacío.

La bestia se había vaciado, y con ella, la tensión que asfixiaba la pieza.

 

La Superiora, con una sonrisa de triunfo sacrílego, desparramada sobre el pecho de Ramón, le acarició el cabello empapado a la joven, mientras el gigante, agotado y vencido por su propio fragor, dejaba caer su cabeza pesada sobre la almohada.

 

-“Bienvenida a la paz, Etel , bienvenida seas hija”

susurró

 

La habitación, que antes parecía un campo de batalla de carne y estruendo, quedó sumida en un silencio denso, solo roto por el ronco respirar de Ramón, quien, con un movimiento pesado y lento, cayó hacia atrás, liberando a Etelvina de la presión que la mantenía anclada.

El sonido de la retirada fue el de una succión húmeda, un desprendimiento que dejó a la novicia con una sensación de vacío ensordecedor. El descomunal miembro, ahora perdiendo su turgencia volcánica, pero conservando su aspecto de columna herida, se deslizó fuera del estrecho orificio de Etel, dejando tras de sí el rastro de la brutal descarga que aún emanaba calor.

 

Ramón dejó caer sus brazos, las correas sonaron por última vez.

Su respiración, antes un fuelle de bestia, se transformó en un suspiro largo y profundo. Sus ojos, antes inyectados en sangre, se cerraron con una mansedumbre absoluta, como si el acto hubiera drenado no solo su potencia, sino también su tormento, volvió a ser el niño de cinco años del principio.

 

Etelvina quedó tendida de lado, con las piernas aun temblando y la mirada fija en la penumbra. El bautismo de la carne la había transformado, sentía el latido de su propio sexo como un eco lejano del rugido de Ramón.

 

-“Míralo ahora, hija , ¿Ves al niño que tanto te preocupaba? Ya no hay sonrisas, ya no hay peligro. Solo queda el vacío». susurró Josefa, señalando al gigante que ya roncaba suavemente

 

-“Esa es la paz que solo la entrega total puede comprar. La bestia ha muerto para que nosotras podamos reinar en este silencio”.

 

Etelvina estiró una mano vacilante y, por primera vez sin que nadie la obligara, rozó la piel ahora fría del muslo de Ramón en una caricia.

Josefa se apartó con lentitud, su piel pegajosa brillando bajo la luz tenue que aún resistía.

El olor a esperma, alcanfor y esfuerzo animal era ahora el único dueño del aire.

Con una mano aún trémula, apartó un mechón de pelo empapado de la frente de Etelvina, que yacía tirada.

Josefa sumergió sus dedos en el exceso del viscoso fluido blanco que empapaba los muslos de la novicia y, con un gesto casi maternal, trazó una línea húmeda desde el esternón de Etelvina hasta su garganta.

 

-«Aprende esto hija, el poder de la carne es la única verdad que no miente. Los hombres rezan para pedir perdón, pero las bestias solo saben entregarse hasta desaparecer.

Hoy no solo te abriste a él, te abriste a la fuerza que mueve el mundo por debajo de las plegarias».

 

Josefa se puso de pie, su cuerpo desnudo y curtido en la penumbra, mientras Ramón emitía un ronquido profundo que se hundía en el sueño.

 

-«Límpiate, hija, el fragor terminó por hoy”.

 

Etelvina, con los ojos fijos en la oscuridad del techo y el vientre todavía latiendo por la invasión reciente, sintió que el frío de la pieza ya no la asustaba.

El poder carnal de la bestia la había transformado para siempre.

 

La luz gris de las farolas se filtraba por las rendijas de las maderas carcomidas, dibujando líneas sobre el desorden de la pieza.

El aire, antes denso y viciado, se sentía ahora extrañamente purificado, como si la violencia del ritual hubiera quemado todas las impurezas de la noche.

Ramón dormía un sueño pesado, con sus enormes extremidades relajadas y la piel aún veteada por el rastro seco del aceite y la esperma. Parecía una montaña de carne derrotada, un gigante que se había entregado y ahora solo era tierra.

Josefa se acercó a la palangana de peltre, humedeció un paño de lino en agua tibia y regresó al lado de Etelvina.

Con una delicadeza que la novicia nunca hubiera imaginado en esas manos antiguas, comenzó a limpiar los muslos de la joven, removiendo los restos del poder carnal que aún tenía.

-«Ya no eres la que entró antes por esa puerta, Etel», susurró Josefa, encontrando la mirada de la joven.

 

Etelvina no bajó la vista, sus ojos, antes cargados de temor y duda, reflejaban ahora una templada firmeza.

Se incorporó con lentitud, sintiendo el peso de su propia carne por la persistente embestida de la bestia en sus huesos.

Tomó el paño de las manos de Josefa y, en un gesto de complicidad silenciosa, terminó de limpiarse ella misma, para luego pasar el lino por el pecho de la mujer mayor.

No hubo palabras, solo el roce de la piel y el entendimiento de que ambas compartían ahora un secreto que las separaba del resto del mundo.

 

-«Mañana volveremos a ungirlo», dijo Josefa, mientras ayudaba a Etelvina a ponerse la túnica limpia.

 

-«Pero hoy, el mundo es nuestro. Vamos, hija. Hay que repararse antes de que amanezca «.

 

Caminaron juntas hacia la puerta, dejando atrás al gigante dormido en su paz.

Al salir al pasillo, la luz del candil les dio de lleno en el rostro, sellando un pacto que no necesitaba oraciones, solo el recuerdo del fragor y la certeza de que, bajo su ley, la bestia siempre encontraría su paz.

62 Lecturas/23 marzo, 2026/0 Comentarios/por Moechustrefe
Etiquetas: hermana, hermano, hija, madre, mayor, montaña, padre, sexo
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